VI

AL ESTALLAR LA GUERRA una oleada de inquietud sacudió los cimientos más sólidos de la sociedad. Nadie pudo imaginar de pronto el alcance del cataclismo. El mundo había gozado de largos años de paz. La guerra, castigo de Dios, era algo anacrónico, que el progreso había relegado a zonas de la prehistoria, al igual que las plagas bíblicas.

Pero desde el primer momento se advirtió que aquella sería una guerra distinta a todas las que se habían leído en los manuales; se previó que iban a perecer millares, millones de hombres, que las armas que se emplearían iban a asombrar por su novedad y por su fuerza, que los beligerantes no renunciarían al empleo del avión como arma de combate. La zozobra por el curso de las hostilidades, que no llegaba a la calle, se veía, sin embargo, pintada en el rostro de las gentes más sensatas.

Pero al agobio de los primeros meses sucedió una extraña locuacidad colectiva. Lo que nadie había sospechado estaba ya allí, a la vista de todos. A los pocos meses quedó borrada la línea de transición del día a la noche. En las horas soleadas, el tráfico intenso daba fe de la gula con que todo el mundo se lanzaba a la captura del dinero. No había tiempo más que para las visitas, los contratos, las conversaciones de negocios, los planes financieros. En la Bolsa, las sesiones eran la marejada del oro nómada que venía a recalar en un país situado fuera del alcance de los explosivos. Al atardecer se cernía sobre la ciudad una neblina sosegada, con las primeras luces encendidas en lo alto de los edificios, que cuajaban en el cielo con mil bombillas el anuncio de una nueva loción o de una marca de automóviles. Y empezaron a aparecer en la ciudad los magníficos fantasmas rubios llegados de París, exhalando los más sutiles perfumes de ultramundo en las terrazas de los restaurantes, envueltos en largas capas de visón, en cibelinas y zorros plateados; mostraban el prodigio de las nucas desnudas sin rebozo alguno, mientras las finas manos sostenían milagrosamente largas boquillas de ámbar. Entonces, para los hombres, tras un baño y el cambio de atuendo, empezaba el olvido de la batalla mercantil diurna; iban llegando a las terrazas de los cafés con una sonrisa sin afectación. Las peluquerías de los círculos brillaban con todo su esplendor; los humeantes masajes, la quina francesa, el jabón americano perturbaban la atmósfera de la noche. Los chefs de cocina echaban un vistazo a los sangrantes entrecôtes y repasaban la complicada carta. Los peluqueros, los modistos, los joyeros, las peleterías, los zapateros de lujo se resistían a cerrar, a considerar consumada la jornada. Los rozagantes cuarentones se quitaban solemnemente los guantes al llegar al piso de la amiga recién «affichada» y la besaban con una cortesía que el «savoir-faire» de las francesas había impuesto a una sociedad con su sola presencia. Ese mundo cenaría fuera de casa, distinguiría ya siempre más por el solo bouquet la calidad del vino, aprendería a discriminar los ingredientes de las salsas y a matizar entre las peculiaridades de dos mujeres de distinta hermosura; a gustar, en suma, ordenadamente el sabor de cada placer. Al correr de la noche y de las noches se dispondría de tiempo para el circuito entero de los lugares de rigor: la media hora del «Edén», la vuelta de la ruleta, los dos whiskies del «Excelsior», el resopón de madrugada. Los hijos de los ricos, esa generación que conoció la guerra de África, aprenderían a prolongar la noche matando, como la mujer de Macbeth, el sueño, matándolo con estupefacientes o con baños turcos o como fuera, y recuperándolo a plazos en los sillones de los casinos entre dos posturas de ruleta. Una partida de mantas, un flete, la adquisición de un paquete de marcos podían, de la noche a la mañana, convertir a un pelanas en un potentado. Las estilográficas, reciente novedad para uso de privilegiados, se destapaban junto con la botella de champán, para cerrar el trato hecho y el negocio concluso.

El tener una amiga había dejado de ser pecado mortal, en un sector muy amplio. Y como es natural, pronto la vistosidad y el chic de las mujeres de mundo constituyó un estímulo y lección para las amas de casa. Vedettes y bailarinas enseñaron a las damas barcelonesas que un sombrero podía costar hasta quinientas pesetas. Las señoras, sin distinción, se dieron ya sin reparo al maquillaje y a los perfumes. Ocho o diez modelos por temporada no fueron excepcionales en el Liceo.

Todo esto sucedía mientras fuera de nuestras fronteras, como decíamos, los ejércitos estaban agazapados, atrincherados en sus muros hostiles, mientras morían los hombres a millares y acababa de quedar destruido aquel sutil y delicado engranaje del equilibrio y de la paz en el resto de Europa. Tanto descalabro no rozaba siquiera la aturdida alegría con que, en una injusta contrapartida, el destino nos favorecía.

Surgió ante los ojos de Desiderio la noche de la ciudad con su séquito de luces, de lugares prohibidos, de rostros a los que solo vería una vez, teñidos por la luz fantasmal de las bombillas coloradas y azules y arropados en la música. Locales luminosos de los que él no podía imaginar la existencia cuando pasaba ante ellos a la luz del día. Rincones donde, al filo de la madrugada, era posible apurar la última botella de manzanilla entre risas de mujeres y rasgueo de guitarras; cabarets de luz evanescente donde se bailaba incesantemente al son de violines quejumbrosos; salas de juego en las que imperaba un silencio rasgado solo por la voz del croupier y el chasquido de la bola de la ruleta; altos desvanes a los que se subía por escaleras crujientes y mal alumbradas, donde un amigo hubiera instalado la zona oscura de su vida en camas turcas y gramófonos, botellas de licor y vasos sucios. Allí se prolongaba ruidosamente la alegría del baile interrumpido, se consumaba la juerga con las mujeres recogidas al azar en el itinerario nocturno, ávidas del escaso calor de aquella alegría o de un puñado de monedas. Conoció alguna vez el amor sin preámbulos, que dejaba al día siguiente en su ánimo una extraña desazón.

¿Cuál sería el malintencionado espíritu que aconsejaría por entonces a Evelina Torra, viuda de Fernández, el pelo platiné, a la moda de París, a diferencia del tono castaño con que, ya años atrás, disimulaba sus primeras canas? En puridad de verdad, en el cambio de tono del pelo de Evelina no intervino la opinión de nadie. Fue la determinación fulminante, personal y arriesgada, por la cual Evelina indicaba el cambio total de la época. Como tras una revolución y derribo de régimen ciertos Estados cambian de bandera, así cambió Evelina el tono de su pelo.

En esa mutación de Evelina estaban implícitos el color y los reflejos de la época entera, nacida bajo un signo aurífero y relumbrante. El rubio platino comenzó a constituir una trinidad con otros dos elementos áureos asimismo recién llegados: el whisky y la libra esterlina. El pelo de Evelina fue el símbolo, el ejemplo, la bandera de aquellos años.

El principal de Evelina fue abierto solemnemente a los amigos una tarde de principios de abril. Los antiguos chocolates fueron sustituidos en aquella memorable jornada por los fiambres caros, el caviar y el Pommery-Greno, servido por servicio masculino, al que Evelina no se atrevió a imponer la librea.

La soirée quedaría inscrita en la memoria de la viuda como uno de los fastos más importantes de su ya larga vida de relación. Lo más rutilante y florido de sus amistades se congregó en los flamantes salones. Con su charme habitual, Evelina hizo unos honores prolijos a cada uno de sus «fieles» según el grado de su afección a cada cual. Lo que le resultó más complicado fue soslayar los piques y peligros inherentes a las dos maneras de pensar en que empezaba a ser dividida la opinión de sus invitados. Se dio cuenta de que tendrían que volver a relucir unas dotes de diplomática no ejercitadas desde los tiempos en que se inició, junto a su marido, en la vida de las cancillerías. Un tal M. Borzage, presentado por Floro, el decorador, como uno de los financieros más ilustres de la Banca belga, fue identificado por Javier de Castro como un aventurero de no muy buena reputación.

—En tiempo de guerra es natural que haya gentes que intenten forzar el acceso a una ciudad por sus flancos más débiles. Son nociones elementales de estrategia —filosofó para sí Teodomiro Flo, ante el bufete abierto. Teodomiro era un cincuentón mustio, de formas exquisitas, lustre que mantenía a brazo partido contra lo desdichado de su situación financiera, desbaratada años atrás por el juego. Llevaba en el ojo un monóculo que era como el único lagrimón que había brotado de sus desdichas y se había quedado allí, en pleno rostro, solo extraído de su lugar con una manipulación certera cuando su dueño soltaba un chiste, con objeto de podérselo reír a sus anchas. Reuniones como esta le permitían trasladarse a la pensión en que vivía con una nostalgia, avivada por el alcohol, de paseos por el Bois de Boulogne y de primavera en Niza, su campo de acción veinte años atrás, cuando alternaba con príncipes y con propietarios de las cuadras más ilustres de Europa.

Evelina transitó, en aquella ocasión, de grupo en grupo, picoteó en las conversaciones, distribuyó sus sonrisas equitativamente por los ángulos y tras los biombos. Se sentía a la vez francófila y germanófila, partidaria en suma del entendimiento universal. Pronto advirtió, sin embargo, que al correr de los días tendría que definirse, si quería pasar sus veladas en paz. Esta determinación la consideró urgente en el momento en que descubrió a Javier de Castro y Floro enzarzados en una discusión muy viva, impropia de las maneras habituales del procurador y del decorador, ambos siempre tan correctos. ¡Javier y Floro fuera de sus cabales!

El procurador Javier de Castro era el más fiel de Tos «fieles» de Evelina, el hombre de su confianza, en quien confiaba a menudo todas sus zozobras, a quien consultaba sus cuitas familiares y sus inversiones de Bolsa.

Hacía ya muchos años que duraba su amistad con Javier. Incluso sospechaba que, allá en sus orígenes, ese sentimiento hacia ella se había enroscado en el corazón todavía juvenil del procurador con un nombre más tierno y más profundo. Pero él nunca había hecho la menor alusión ambigua o peligrosa. Por su parte, Evelina tenía en él una confianza ilimitada, doblada de un respeto sencillo y vehemente. A veces, al comentar con alguien su presencia en algún lugar público en el que coincidieran, esa admiración se manifestaba solo por algunas frases con que llamaba la atención de sus vecinas, intrascendentemente: «Allí está De Castro. ¿Verdad que así, de lejos, se parece a un Cristo?».

El procurador lucía una barba rala y negruzca, que empezaba a tener que teñir a su vez esporádicamente.

Evelina creía conocer a fondo la rectitud de las convicciones de su mentor. Era un hombre inconmovible en sus ideas. Aquella misma tarde, al saludarla y como ella le preguntara en qué había pasado todo el tiempo en que no se habían visto, De Castro había contestado con vaguedad:

—¡Bah!; leer y trabajar. Esa es toda mi vida.

Era un hombre de lecturas. Tenía una mentalidad aristotélica y firme.

—He releído a Donoso Cortés, que buena falta me hacía. Hace falta, querida Evelina, reavivar esas ideas. Se presiente algo en las costumbres que puede ser irreparable. Ya conoce usted mis principios.

Por eso, al verlo enzarzado con Floro no dudó de que sus dos amigos habían chocado y se dispuso a interponer sus buenos oficios.

—El ejército alemán tiene una potencia que no puede ser vencida —opinaba, sonrojado, el procurador, en cuya mano temblaba, medio vacío, un vaso con tisana.

—Pero las dotes de mando y el patriotismo están con los aliados —manifestó, sin inmutarse y con su voz meliflua, lloro. Y el charol de su crencha vibró con la agitación contenida de su afirmación.

—Bien, bien, mes amis, no van a reñir por tan poca cosa.

Vencieron las trapisondas en francés de Evelina. Javier de Castro transigió. Pareció olvidar sus conocimientos de balística —una de sus manías en ratos perdidos— y al roce con las sutilidades del perfume y de la sonrisa de su anfitriona se inclinó hacia ciertos apotegmas inmutables de su bachillerato.

—Es increíble que en los tiempos modernos el hombre civilizado pueda disparar contra sus hermanos. «Homo homini lupus». Porque esta es la realidad. La fraternidad humana es un mito.

Volvía a renacer el Javier de Castro ecuánime en quien Evelina confiaba.

El tiempo era tan bueno que algunos de los invitados habían optado por salir al patio, antes vulgar y desnudo, del antiguo principal, convertido en el pretencioso emparrado llamado ya por todos los «fieles» la rotonda. A medida que el calor y la bebida habían ido en aumento, algunos invitados se habían desparramado por los bancos, entre los tiestos de mayólica de esta rotonda del Ensanche barcelonés: desde allí lucía más que desde parte alguna el piso de Evelina. La habitación contigua al comedor, por la izquierda, era el «saloncito chino», sumido en una luz encarnada. En el salón de la derecha, o sala de música, para ajustarnos a la toponimia doméstica, un pianista estaba «haciendo» música a discreción, flanqueado por tres jovencitas de Caldetas que le pedían ora un «shimmy», ora un «tango», luego un «black-bottom». Evelina echó una ojeada al saloncito chino al punto en que de él salía una figura huesuda, enteca, de ojos brillantes y edad indefinible, que llevaba una gran fuente de dulces con un aire aguerrido y fraudulento.

—Vamos, Rita —le amonestó severa la dueña de la casa—. En el salón están sin dulces. ¿Qué hacías aquí, si no hay nadie?

Y la acompañanta tragó de un golpe los restos de una lionesa que acababa de llevarse a la boca cuando fue sorprendida. Se aventuró con paso firme por el pasillo, en la dirección que Evelina le indicaba enfurecidamente con los ojos. La dueña de la casa volvió a sonreír imperturbable, al volverse de cara a los demás, y salió a la rotonda.

Es preciso que hablemos con algún detenimiento de aquel personaje huidizo, que ha de ocupar un lugar no desdeñable en esta historia.

Rita Arquer era lo que se llama una mujer para todo. Cumplía a la perfección en las casas de Barcelona su papel de parásita activa. Vestía impecablemente con las sobras de los armarios de sus innumerables protectoras. Su habilidad para acoplar las formas y las líneas de los vestidos de las señoras de la sociedad a su silueta alta, tiesa y angulosa era trasunto de su versatilidad innata en todos los demás aspectos de la vida. Parecía como si al entrar en los vestidos de regalo que recibía penetrara en la mentalidad de un mundo que le había sido negada por nacimiento y clase, pero en el que se sentía al pelo con solo unos cuantos retoques y añadidos. Su venalidad no conocía límites: se dejaba sobornar con dinero o en especies, fueran estas un saco de arroz o la invitación a un té de postín.

Rita ejercía su talento en una esfera intermedia de los menesteres domésticos en la que no alcanzan las luces del servicio corriente ni son adecuadas las intervenciones de las señoras. Campeona del dedal y del zurcido, con una técnica sin par del almidón, un conocimiento profundo de la alquimia de las coladas, ilustrada en las mil posibilidades del gancho de la calceta, asidua a las exposiciones de bordados y calados, se hizo indispensable para la revisión semanal de la ropa blanca en media docena de familias. Sus buenas dotes iban acompañadas de una amena conversación: su talento práctico se manifestaba en lo concerniente a las manías y dolencias de las señoras a causa del conocimiento de las suyas propias de vestal cuarentona. Soportaba el mecanismo inútil de su femineidad con una arrogancia ejemplar; y al poder dar en cada instante el consejo oportuno se adentraba al propio tiempo en las sutilezas de la femineidad activa, aborrecida por ella con un rencor secreto, alimentado en las confidencias que las mujeres, ya lejanos los arrebatos pasionales de sus maridos, guardan en general para ellas solas. Nuevas cualidades habían venido a añadirse a las que ornaban la polifacética personalidad de Rita Arquer. Su habilidad con las agujas saltó de pronto de los cuartos de costura a las alcobas íntimas. Tras un aprendizaje somero, del que fueron víctima los elementos de servicio de las casas de su confianza, Rita Arquer se distinguió pronto en la aplicación de inyecciones. Clavaba las inyecciones en las nalgas pacientes con una saña singular, lo que las hacía prácticamente indoloras; y eso sin dejar de hablar y sin que su voz se alterara. Ya en ese terreno no había secreto que pudiera ser guardado para ella.

Rita se estaba aleccionando en la actualidad en la organización interna de meriendas, thés y soupers, con lo que se ensancharía algo su porvenir en casa de Evelina. Llevaba un control estricto de todo. En su trasiego de los salones al office, entre un cumplido y una orden, llevaba la cuenta de los vasos que había bebido cada cual, del tono de las conversaciones, de los excesos de unos y de la abstinencia de otros. En la cocina actuaba con plenos poderes y era verdaderamente una tirana del servicio que cayera bajo sus garras. Aparte de la retribución convenida por horas para esos menesteres, Rita engullía entre los bastidores de la reunión cuanto quedaba a su alcance, y aun se llevaba hacia el cuarto que tenía alquilado en la Barcelona vieja un paquetito regular con algunas sobras.

Cuando Evelina franqueó a Rita las puertas de su casa exigió y obtuvo de ella un monopolio absoluto sobre los servicios de la solterona. La ascensión de facto a subseñora colmó la ambición más recóndita de Rita Arquer. Se dispuso a compartir no solo los armarios, los salones, las veladas de Evelina; a no dejar por malas ni una de las sobras de la cocina o del ajuar de la viuda; a participar enteramente de sus opiniones, de sus gustos y de sus manías, a trazar con ella, por donde ella dispusiera, las líneas divisorias entre el bien y el mal, lo discreto y lo indiscreto; a abastecerla de chismes y de las últimas novedades de salón, a entregarle sin regateos las noticias más frescas, lo que hacía fulano y los quebrantos de fortuna o las aventuras de zutano. Rita desplegó una actividad infatigable en las casas que la utilizaron con anterioridad a su presente canonjía. A poco de haber varado en casa de los Fernández, Evelina ya no podía prescindir ni un instante de ella, sobre la que, en último término, podía descargar sin peligro sus furores —de los que nadie, en el exterior, la creía capaz— y sus imperativas exigencias de dominio.

Un solo «pero» nublaba la excelente situación que Rita Arquer disfrutaba desde su entrada en casa de Evelina. En sus muchas funciones, ejercidas en las más diversas casas de la burguesía barcelonesa, Rita no había tenido ocasión de practicarse en el cometido de acompañanta de una muchacha joven. Había acompañado, sí, a varias personas, pero eran personas de alguna edad, la mayoría de ellas achacosas y manejables. Al contratarle Evelina para que hiciera de acompañanta de su hija, Rita no podía sospechar lo violento que le iba a ser ese cometido. En puridad de verdad ella se sentía de otro tiempo y de otra época y no podía pasar sin asco muchas de las situaciones en que venía a colocarla la familiaridad que Crista adoptaba con su novio, con un desparpajo inadecuado. Así, vino a sentir una especie de antipatía instintiva por Desiderio, a quien hacía responsable de muchas de las sonrojaduras que tenía que sufrir. Parte de su aversión al muchacho provenía sin duda de que este no tenía detalles con ella. Aunque asalariada, Rita se tenía por una mujer que le daba ciento y raya a muchas señoras en lo tocante a urbanidad y no merecía el desdén, la sorna y el desprecio con que el jovenzuelo la trataba, por mejor decir, con que no la trataba de ningún modo. Bien es verdad que aprendió a tomar revancha de esos desprecios mortificando tanto como podía a la pareja, sin que se notara. Porque Rita Arquer tenía un prurito y era que sus arranques, sus sentimientos y sus actos de desquite no fueran nunca notados.

Cuando Evelina la mandó a la sala grande sorprendió a los novios en una actitud que le llamó la atención. Merodeó alrededor del sofá en el que estaban instalados y procuró pillar alguna frase suelta que pudiera revelarle algo más.

En efecto, el diálogo de Crista y Desiderio era un reproche velado que no podía menos de satisfacer a la acompañanta.

—Ya no soy un niño. Debes hacerte cargo. Mal iríamos si nos presentáramos al capitán a decirle que la novia nos está esperando. No tienes idea de lo que son esas cosas.

Ella estaba enfurruñada, la cabeza baja, en actitud malhumorada y resentida. Algo sabía Rita de esos altercados entre los dos novios. Eso era lo que convenía; que el fabricantuelo se alejara de la niña de la casa. ¿Es que Crista no podía aspirar a algo mejor?

En realidad, lo que Rita echaba de menos era un pretendiente de la chica que le diera unas buenas tardes como se dan a una señora, que se acordara del paquetito de bombones de cuando en cuando y que, por lo menos, delante de la gente, guardara las apariencias.

Hubo un silencio. Crista bajó la cabeza aún más, meditó, no como otras veces que respondía con risa o con unas evasivas. Estaba realmente afectada. ¿No será la tisana? Rita le había suministrado malévolamente dos vasos colmados de la recargada mixtura, en cuya confección cumplió estrictamente las instrucciones que recibiera de la dueña de la casa: no aflojar la dosis bajo ningún pretexto.

—¿A cuántas les has dicho lo mismo?

Esta frase le salió a la chica sin querer. Se sentía desesperanzada.

—Pero, Crista, por Dios. ¿Esas tenemos, otra vez? ¡Ni que fuera un don Juan! Ya sabes que solo existes tú.

—Contéstame.

A pesar de su aparente indiferencia todos los rasgos del rostro de la muchacha estaban en tensión. Rita pensó que en aquellos momentos estaba casi fea.

«Mándalo a paseo», animó mentalmente Rita para sí. Luego vio a Desiderio intentar coger la mano de la chica; pero ella esquivó. «Así me gusta; duro con él», volvió a mascullar Rita, para quien el simple roce de una mano era delito. Pensó que debía aparecer, antes de ser sorprendida.

Tras la planta de grandes hojas que les protegía, asomaron la nariz, los ojos, la tez olivácea de la acompañanta.

—No comen nada —se quejó, acercándoles la fuente de dulces—. ¿No tienen gana? —insistió, con intención. Desiderio cogió maquinalmente una yema y la engulló sin chistar.

A partir de aquel instante, Rita Arquer no paró un momento. Anduvo de un sitio a otro del principal, pero tanto ajetreo no tenía otro objeto que confirmar definitivamente sus sospechas. Pretendía pillar de improviso a la pareja en alguna nueva actitud elocuente y esperanzadora. Hambrienta de notoriedad y de chismes cruzaba el pasillo y entraba un momento, con la fuente de dulces, en el salón; seguía luego hacia el saloncito chino o se perdía un momento con una excusa en la alcoba de Evelina; luego volvía a la rotonda.

En uno de esos rodeos quedó un momento a la expectativa, viendo salir del salón a la pareja y emprender con todas las de la ley, en la salita de música, los pasos de un «black-bottom». Aguardó un rato, semioculta por la hoja de la puerta. El baile terminó y los novios salieron a la rotonda; pero dando un rodeo se metieron en el saloncito chino, que en aquellos momentos estaba desierto. Desde allí oyó el rumor de besos, cierto jadeo de Crista. Asomó la nariz y les vio tan pegados uno al otro y en posición tan apasionada que, con el rebufo que la inflamó de pies a cabeza, tuvo que carraspear.

—Tráenos un poco de tisana, Rita, mona —ordenó Crista al descubrirla, medio sorprendida y alterada, pero con la mayor naturalidad, mientras se arreglaba apresuradamente cierto pliegue incómodo de su vestido, junto al talle. Rita salió disparada en busca de tisana.

Pero no entró en el saloncito con la bebida. La dejó al alcance de los dos, sobre la mesilla que estaba al lado del diván, junto a la puerta. Desiderio y Crista no vieron ni siquiera que entrara. Seguían acariciándose, los alientos muy juntos, sonrojados y ausentes.

En sus correrías, Rita estuvo buscando a Evelina por todos lados, sin dar con ella. Así estuvo mucho rato. Bien es verdad que las constantes libaciones que efectuaba con los líquidos más inesperados, según iban llegando las bandejas a la cocina, impedían estar todo lo atenta a su cometido y a su propósito, y aun acertar a distinguir si quien pasaba ante sus narices era Evelina o el señor de Borzage. La seguridad que infundían a su ánimo esas libaciones era tal que pronto desistió de cualquier propósito concreto. Se irguió ante el gran balde de cristal tallado de la tisana y se sirvió consecutivamente tres cucharones del líquido color topacio, medida que por costumbre aplicaba a la moderna y alcohólica pócima según la tasa de sus prehistóricas raciones de sopa de caldo. Huelga decir que el tiempo transcurrió a partir de entonces, para ella, en un decir amén, irreverente apostilla con que cerraba sus ingurgitaciones.

Cuando Rita salió de la cocina, la gente de compromiso se había despedido y los que quedaban eran de absoluta confianza. Los jóvenes se habían dispersado por los saloncitos, alguno, quizás habría entrado hasta en las alcobas, con el pretexto de recoger el abrigo, tiempo indispensable para aprovechar el beso escapado, la rápida insinuación. Sobre las mesillas quedaban los restos del party; bandejas de dulces y emparedados saqueadas y maltrechas, copas y ceniceros repletos. Puesta de pie ante ella, con una mirada de duro reproche, Evelina la regañó:

—¿Dónde andabas metida?

—Evelina, Evelina, ocurre algo. Crista y… su novio estaban de lo más descarado. No han tenido la menor vergüenza…

—Tú métete en tus asuntos —ordenó la viuda—. En mi casa no tienes por qué echarles la vista encima.

Y le volvió la espalda, para sonreír a Matilde Palá, que se marchaba.

«Evelina impávida, Evelina presuntuosa y tenaz: —pensó Rita—. Ya vería adónde irían a parar con esas libertades. Y ella, tan fresca… Seguía tan campante como si nada ocurriera, dueña de un mundo cerrado y dispar en el que, poniendo velos a su rudeza más íntima, su egoísmo poderoso pudiera seguir mangoneando. Pero… ¡al tiempo, amiga! Ya veríamos quién tendría razón».

«Esta mujer es mala», fue la conclusión a que acababa de llegar la confidente, profundamente despechada y bastante bebida.

Le asombraba y le dolía a Desiderio el agudo olfato, el fino y certero instinto que Crista tenía para adivinar que las cosas no iban como era debido. ¿Sería, quizá, que empezaban a trascender a su aspecto exterior los rastros de su vida irregular, de sus salidas de noche, la descomposición que actuaba sobre su ánimo con el incentivo de los placeres? No comprendía cómo aquella muchacha inexperimentada, que nada conocía de la vida, pudiera tener la percepción casi exacta de lo que estaba ocurriendo. La verdad es que, bajo su apariencia benigna, actuaba en su temperamento un resorte extraño, que era como un disparadero, como un fuelle o una válvula misteriosa, y cuando eso se ponía en juego era verdaderamente incapaz de detenerse, incapaz de frenar, como una fuerza de la naturaleza.

Sea como sea se hallaba en pleno torbellino y no quería volverse atrás solo para calmar los escrúpulos o las intuiciones de su novia. Al fin y al cabo creía no traicionarla, no rozar con su distracción nocturna ninguno de los lazos que le ataban a ella. Hasta entonces se había limitado a hacer lo que hacían los demás. ¿Por qué no iba a ser como ellos? A beber unas copas en los lugares públicos, a tener sus más y sus menos con alguna muchacha sin compromiso, a reír y a charlar intentando distraerse un poco del agobio de las horas de cuartel. No había dejado de ver a Crista, no había reducido ni en una sola las horas que debía destinarle y, a lo que creía, en sus encuentros le mostraba el mismo cariño de siempre. ¿De qué se quejaba? ¿Eran simples mimos o eran ganas de fastidiarle, de dominarle?

La verdad es que lo que más le alarmaba no era la inquietud de Crista sino la suya propia. Que Crista recelara y se torturara podía ser pasado por alto a condición de que su manera de fingir fuera acertada. Pero ¿era siempre acertada su manera de fingir? Le parecía que los titubeos de Crista se animaban y encendían más, cada vez que él intentaba disuadirla; y es que, en el fondo, ella debía sacar sus sospechas precisamente del empeño en que él ponía en destruirlas. Si la cosa fuera de verdad, si los celos de Crista no tuvieran en definitiva una justificación, ¿se empeñaría él en demostrarle que era una necia, que estaba loca, que estaba desvariando? No; simplemente la dejaría hablar y la tranquilizaría, a lo mejor, con una simple sonrisa, con un halago cualquiera, después de lo cual no se hablaría más del asunto. Pero las cosas no eran de ese modo. Los celos de Crista le enfurecían delante de ella, precisamente porque estaban justificados y porque, por más que hiciera, al expresarlos, Crista estaba cargada de razón.

Lo único que buscaba con afán era que cada vez que se despedía de ella la cuestión de su amor quedara tan clara, tan fuera de toda duda que le permitiera pasar con tranquilidad sus horas de asueto. No importaba que cada encuentro empezara de una manera violenta, con incomodidad, si las despedidas eran tranquilizadoras. Así, sus ratos de idilio con Crista se dividían en dos partes muy determinadas. La de los reproches, que duraban largo rato; la de la tristeza y los silencios de Crista, rotos con brusquedad para obtener una comprobación, un rastro o un atisbo de realidad que le comprometiera, que obligara a Desiderio a jurar solemnemente que la quería. Y la de la reconciliación. De pronto, no se sabe por qué toquecillo del duende, ella se ponía a creer tenazmente, como si se zambullera en el foso de la verdad, en la autenticidad de las protestas con que él la había aturdido infructuosamente durante largo rato. Cuando esto sobrevenía, Desiderio consideraba que ya podía despedirse tranquilo de ella. Ya no había nada que temer… hasta la próxima entrevista.

Y, sin embargo, por nada del mundo hubiera renunciado a ella. A veces se decía que sus pasatiempos eran una injusticia, un desaire hacia su novia y que no tenía perdón de Dios. La quería de verdad, no con fingimiento, mientras que lo demás era una manera como otra cualquiera de aturdirse. ¿Por qué lo hacía, pues? Ni él mismo podía explicárselo. Mientras duraba el día no le costaba el menor esfuerzo decirse que aquella noche no iba a salir. Pero bastaba que decreciera insensiblemente la luz del crepúsculo hasta encender la negrura más hosca en el exterior para que empezaran a bailar alrededor de él, en su imaginación, todas las luminarias de la noche. Entonces, a medida que esa sensación de la noche, que ese silencio corpóreo de la nocturnidad se redondeaba a su contorno, toda precaución, todo propósito eran inútiles. Había una fricción evidente entre los dos mundos, entre el hemisferio diurno y su oponente nocturno. Latía en el aire oscuro un cierto fulgor que le llamaba desde lejos, y era el fulgor de las Ramblas desmelenadas como una hembra, con todo el follaje de sus plátanos y la joya de sus luces. Era la sierpe oscura de la calle del Teatro, de la que se podían contar una a una todas las anillas. Era la vorágine de carricoches y risas, el aliento de docenas de risas y de rostros desconocidos, la aureola maravillosa de los carteles luminosos, la piel dorada, como la seda, de las mujeres de los «music-halls», el iris que hacían las burbujas de champán en el rostro de las artistas, todo el contenido de la caracola ruidosa y excitante de la ciudad nocturna el que se vaciaba sobre él de pronto, sin que faltara ni uno solo de sus acordes, y que imposibilitaba toda vuelta atrás, toda solución de compromiso con promesas y escrúpulos.

Y, además, esa sugestión no hacía más que insinuarse y ya empezaba a poseer un nombre, ya se apellidaba de algún modo y tenía un rostro concreto y determinado. ¿Quién sabe lo que podría salir de ahí? Daba lo mismo que ese nombre fuera un nombre postizo, un simple apodo de guerra, con el que es frecuente que las mujeres de mundo se fabriquen un incógnito prudente, en la última reserva de su pudor. Le daba lo mismo que ese nombre, Jeannine, fuera valedero para siempre o una simple añagaza nocturna, pasajera y mudable. Para él, ese nombre era sinónimo de la aventura, lisa y moliente. Y ¿se podía resistir a ese personaje singular, la Aventura, cuando esta se presentaba con la máscara misteriosa, indulgente, llena de sutilidades, y de finezas, y de lánguidos ademanes, y de delicadas promesas de una mujer llamada Jeannine?

No lo pensó más. En cuanto sintió que la puerta de casa de Crista se cerraba tras él, sintió que no podía someterse a los propósitos que se había hecho, a los juramentos que acababa de pronunciar para tranquilizar a Crista. ¿O es que no había estado esperando aquel momento desde hacía cuarenta y ocho horas?

No, no lo pensó más. Con paso rápido y gesto resuelto se encaminó al «Ecuestre». Llevaba solo unos días presentado en la sociedad por Anselmo e iba en su busca.

—¿Ha llegado el señor Durán?

El conserje puso su mano en la visera de la gorra.

—Sí, señor. Ya lleva un rato en la casa.

Subió lentamente las escalinatas. Miró un instante en el hall. Unos cuantos socios degustaban una limonada mientras hojeaban revistas inglesas. Uno de ellos, un hombre corpulento, de media edad, jovial y con aire deportivo se levantó de su poltrona para saludarle.

—¿Cuándo ponen en marcha la catedral? —y había en su rostro vigoroso y satisfecho una sonrisa de ironía sin malicia.

—Pronto, pronto.

—Diga a su padre que se acuerde de sus colegas, que no se lo coma todo.

Era el fabricante Basereny, tradicional competidor de Rius.

Cruzó el hall y se dirigió a la escalera. En ella le saludó un hombre joven. El pelo muy liso hacia atrás, una boquilla de oro en las manos, un cierto abdomen filosófico.

—¿Dónde vas tan acalorado? ¿A quién buscas?

—A Durán.

—Le he visto arriba.

—Adiós, Clemente.

Clemente Pidal le miró unos instantes salvar los peldaños apresuradamente. Pero había pensado en él a menudo. ¡Aquella iniciación de los dos juntos en el «meublé» de Madame!.. Se tenían simpatía, en el bachillerato. «Este estaba bien arropado —pensó—. Con un padre como el suyo…».

Desiderio siguió hacia los billares. Antonio Mira, un veterano del Polo, se le acercó, taco en mano.

—A ver cuándo te vemos en el Polo, como antes. ¿Ya no montas?

—Sí pero estoy haciendo el servicio, en Santiago…

—Razón de más. Vente un día por allí, hombre… —dijo, disponiéndose a tirar un retroceso—. Te lo dedico.

Elevó su panza con cierta dificultad sobre el paño verde, como si fuera a bailar sobre un solo pie.

Dio un golpe de taco; la bola chocó contra la otra y salió disparada hacia atrás.

—Bravo. ¿Has visto a Durán?

—No.

—Voy a ver si lo encuentro.

Subió al segundo piso. Miró a los reservados y luego entró en la sala de juego.

Desde lo alto de sus banquetas los jueces, a ambos extremos de la mesa, le miraron un instante en silencio. La voz del croupier repetía un sonsonete conocido. El golpeteo de la bola, intermitente y tintineante, resbalaba en el silencio opaco. Una docena de jugadores rodeaba el cuadrángulo de luz y la bola saltarina.

—Hagan juego, señores…

Un caballero anciano que fumaba con pipa y alrededor del cual había un círculo de humo, dobló en el catorce, que acababa de ganar. Vio a Anselmo Durán, cuya calvicie relucía en un extremo, adelantar cinco fichas y aplicarlas en el veintiocho. Apiló otras cinco y las puso a caballo entre el siete y el quince.

—Nueve rojo; encarnado gana, color pierde.

—Hagan juego, señores…

El croupier retiraba las fichas con la pala. Durán puso cinco fichas en el dieciocho. La bola se precipitaba sobre los dientes de la ruleta con un chasquido intermitente.

—¿Sales esta noche? —preguntó Anselmo, sin volverse.

—Sí.

—¿Has hecho tratos con Cosme?

—Sí.

—Es un robo.

—Sí, quince duros.

—Dieciocho rojo; encarnado gana, color pierde.

Durán cogió con cara de entusiasmo una pila de fichas que le tendía el croupier

—Anda, vamos a tomar un whisky. Debes necesitar la llave, ¿no? —dijo, entregándole el llavín de su estudio—. Yo no iré esta noche por allá.

Y salieron de la sala de juego para beber un rato en el bar.

—¿Se puede saber si ella es una francesa?

Desiderio sonrió, asintiendo.

—¿Que se llama Jeannine?

Se sentaron en las poltronas y pidieron dos whiskies.

—¿Cómo lo sabes?

—Hombre, la cosa estaba clara anteayer, ¿no?

Hubo un largo silencio.

—Me han hablado de ella —comentó Anselmo, con cierto aire de misterio—. Entró aquí del brazo de cierto holandés que va y viene de la frontera de una manera extraña. Entraron a montar una casa de modas o algo así. ¿Acierto?

—No sé. Tú sabrás. Yo no conozco pormenores… todavía.

Advirtió en Anselmo cierta envidia, como si hiciera lo posible por desmerecerle a Jeannine. Le daba lo mismo. Lo único que verdaderamente le interesaba en aquellos momentos era que dentro de poco estaría con ella, nada más. Quién era Jeannine ni a qué había venido no le importaba.