XXVIII
PABLITO DE INGLADA y su adorable carga habían cruzado sobre las ruedas de su voiturette colorada toda la muchedumbre que se movía y se zarandeaba en el fregado de la calle Nueva, a punto de atropellar a más de uno. Pero Pablito no sabía frenar. Era tal su satisfacción, su ilusión y su entusiasmo, que el menor de sus reflejos obedecía a esta gracia singular de que estaba imbuido en aquellos momentos. Había aliñado el trayecto con grandes risotadas, que se mezclaban al estampido del motor. Y ahora, al dejar el coche junto a la acera, a unos metros del pórtico del Gran Teatro, puede decirse que no cabía en sí de gozo.
Había hecho saltar a su pareja de la carlinga, cogiéndola por el talle y llevándola unos palmos en el aire, hasta que ella hubo de chillar, entre asustada y divertida. Luego la cogió de la mano y sin mirar a nadie la arrastró a través del portal y escalera arriba. Ya se oían los acordes de la música y un vago murmullo de muchedumbre. Se abrió paso entre unas máscaras que obstruían la entrada del salón y la graciosa Pompadour y el atlético heredero se encontraron en la gran atmósfera del baile de Carnaval.
Casi no tuvo tiempo Pablito de pararse a observar cuánto lujo, cuánta satisfacción, cuánto brillo se diluía en el ambiente. Echó una rápida mirada a la altura y luego cogió nuevamente de la mano a Crista e hizo que le siguiera unos pasos, hasta la plataforma del baile. Rodeó su seductor talle de favorita, que era como el de una emperatriz y, prestando un momento de atención al ritmo musical que se desfloraba a lo lejos, inició con ella los pasos de la danza.
Todo empezó a girar. Giraron los palcos más cercanos y los lejanos proscenios, giraron los del anfiteatro y los del cuarto piso, y los plafones, y los artesonados, y los cortinajes, y el gran telón de terciopelo, y los lagrimones de cristal y la inmensa lámpara del techo. Giraron los alabarderos y los hindúes, los arlequines, los centuriones, las sílfides, las colombinas, los marineros, las damas medievales, los mejicanos… Frente a todo eso que giraba, ante el enorme tiovivo que rondaba inmensamente a su derredor, solo había algo inmóvil, sólido, perfecto, inmutable: el rostro de porcelana de Crista, sus bucles admirables, los pendientes que llevaba colgando de sus orejas, el brillo de sus ojos negros y el rojo de sus labios gruesos y prietos. Solo eso resultaba inmutable, solo ese plano se mantenía en su lugar; y el escote juvenil, pletórico, que realzaba y sostenía, por la columna de un cuello admirable, ese dechado de belleza.
Pablito se sintió languidecer, sintió que desfallecía de golpe toda su corpulencia, y que todo lo que él era se convertía en un niño cobardón y asustado. Crista no le había dado nunca el sí, ese ansiado sí en que cifraba toda su dicha futura. Y Pablito estaba decidido a que esta fuera la noche de sus nupcias hipotéticas, estaba resuelto a que no pasaran esas horas sin arrancarle la aceptación.
Pero mientras tanto, Pablito daba vueltas airosamente, generosamente, aladamente. Chocaba el metal de su tizona contra faldas de época y contra piernas de pirata, moviendo a cada compás un rumor de metal y una tremolina. Volteaban al aire como una inmensa ala las vueltas de su capa granate; y los alones del sombrero de espadachín se iban volviendo más airosos y descarados al roce con el viento, en cada rondón. Su estampa arrogante dejaba vacío un espacio del gran salón de baile, y allí, en el centro de la gran sala, rodaba Pablito con la magnitud de una estrella, en una órbita inmutable, elíptica y parabólica, que era como la trayectoria de la luz que le enardecía y que le encendía por dentro y que rasgaba el cosmos de su derredor. Las luces, los plafones, las máscaras, los globos biselados parecían brillar de retope, al paso de ese descomunal meteoro radiante.
Y de pronto Pablito sintió algo que era como la presión a través del aire de otra fuerza contraria, como la coacción en su órbita de una estrella más fuerte que forcejeara para arrancar a la suya de su centro, de su acción milenaria, de su trayectoria ciega y abismal. Algo ocurría que torció sus pasos, que le obligó a moderar sus vueltas, que rozó vertiginosamente su entusiasmo con una premonición. Y es que Crista, de pronto, ya no le seguía con aquella agilidad portentosa en la que antes ella y él formaban una sola figura, una misma pieza, una sola estructura. Crista estuvo a punto de detenerse, y en la inercia del baile, de pronto las espuelas del espadachín se enzarzaron con las faldas del pomposo vestido femenino, desgarrando el damasco y la puntilla. Y Crista hizo una mueca de desánimo, mientras su pecho palpitaba por la fuerza del baile y de alguna emoción que quería ocultar. Pablito vio que ella, levantando provocativamente su mirada, la dirigía hacia arriba, en dirección a un palco de anfiteatro, donde un dominó solitario miraba con ojos errabundos la inmensa superficie del vals.
Al principio, Pablito no hizo un gran caso de esa mirada, de la actitud de Crista y de la tenacidad con que se quedó prendada en dirección del palco en el que Desiderio parecía dormitar. Nunca había creído Pablito que su compañero de cuartel fuera un enemigo de categoría. Confiaba quizás excesivamente en sus propias fuerzas, o desdeñaba con demasía la de su contrario. Se agachó con dificultad, debido a lo tirante de la faja roja que envolvía su cintura, y desenganchó sus espuelas del pliegue de la Pompadour. Se dispuso a volver a bailar, rodeando de nuevo el talle de la muchacha. Pero antes de dejarse abrazar de nuevo, Crista siguió mirando unos instantes sin disimularlo al palco de los Rius. Y luego, al bailar, lo hizo con desgana, con laxitud, desmedrada y sin ánimos. No seguía con prontitud los pasos del atlante, se equivocaba adrede y se obstinaba en bailar de cara al palco del anfiteatro, obligando a Pablito a bailar un vals en línea recta.
—¿Qué te ocurre, estás cansada? —le preguntó.
Crista hizo un signo ambiguo con la cabeza. Y luego se inquietó. Se movió nerviosamente, volviendo la cabeza; Pablito observó que la figura del palco había desaparecido. Crista volvió a reemprender la danza, otra vez con fidelidad, sin tropezar, sin dar traspiés, pero completamente callada y seria.
Hubo una pequeña pausa y Pablito ofreció su brazo, para acompañarla a buscar un asiento. Pero cuando los violines volvieron a desgranar un ritmo de «blackbottom», renunció al descanso y quiso volver a bailar.
A mitad de ese baile el rostro de Crista volvió a iluminarse. Pablito notó que su pareja le empujaba discretamente, pero sin cejar, hacia uno de los ángulos de la gran sala, aquel que daba a la puerta de acceso del fondo. En una de las vueltas, Pablito miró hacia allá y vio, apoyada en el ángulo del pequeño corredor de salida, la figura de Desiderio Rius trocada con su deslucido traje de dominó. A partir de aquel instante el «blackbottom» se convirtió en un forcejeo sordo entre Crista, que impelía hacia la salida, y Pablito, que se enraizaba tercamente en los aledaños de la orquesta, zurciendo sobre el tapiz del piso unos pasos pequeños que no llevaban a ninguna parte.
—Parece que bailemos en casa, ¿no ves cuánto sitio sobra para bailar? —protestó enojada.
Pero Pablito no cedía; no cedió hasta que vio que Desiderio, caminando lentamente por el borde, se acercaba al pretil de la orquesta, se quedaba un momento allí, miraba a lo alto, y luego entraba en el pasillo, subía la rampa de salida y se marchaba de la gran pista. En aquel momento terminaba el «blackbottom».
—Tengo sed —dijo de pronto Crista—. Me voy al bar. —Aguarda, te acompaño.
Pero Crista ya se había marchado. Cruzaba entre las parejas que volvían a sus asientos con toda la prisa que le permitía el enorme miriñaque que llevaba colgando en sus flancos.
Pablito se fue al bar. Y Crista, antes de que él traspusiera la puerta, pudo alcanzar a ver a Desiderio que subía por la escalera. Le siguió. Desiderio había cruzado entre las parejas que estaban sentadas en los peldaños. «Así estaría ahora yo de buena gana con él», pensó Crista. Y pidió a su vez que la dejaran pasar. Una de las muchachas, rozagante ella, se abrochó rápidamente el corpiño de holandesa, en el que se entrevió la redondez del seno que intentaba cubrir con prisas.
Desiderio cruzó el fumoir y un visaje de desilusión se expresó en el rostro de Crista al verle entrar en el Círculo del Liceo. Estuvo a punto de seguirle, pero no se decidió. Dio media vuelta y con paso mohíno volvió a bajar la escalera. Luego se dirigió al bar.
Pablito estaba al pie de la escalera de acceso, mirando inquietamente a todos lados, sin dar con ella. Al fin, al volverse, la vio en lo alto. Dio un gran suspiro y luego sonrió, tranquilizadísimo y recobrado. Ni siquiera consideró necesario preguntarle cómo se había retrasado. La cuestión era que estaba allí.
En las mesas del bar, que estaban repletas, se confundían hombres y mujeres, máscaras y gente de etiqueta, en una animada algarabía. Se oía el estampido del champán y muchas risas. Junto al mostrador, grupos de bebedores con sus parejas se movían agitadamente. Había una densa atmósfera de humo. Pablito buscó una mesa y, al no hallarla, abordó al camarero. Puso en sus manos una moneda y en el acto este les llevó a un rincón donde había un velador solitario, oculto por los grupos a los que buscaban sitio desde la entrada.
—Siéntate, Crista. No puedo esperar más. Quiero hablar contigo.
El camarero trajo una botella de champán. Les sirvió. Pablito echó un trago.
—Dime, Crista. ¿Quieres ser la madre de mis hijos?
El barullo del local, la facha del d’Artagnan, el humo, el griterío impedían entre otras cosas tomar en serio aquella declaración singular, que Pablito había leído en su infancia en alguna novela. A Crista le pareció que el caballero del chambergo estaba haciendo una broma más, digna de su atuendo.
—Estás loco. ¿A qué viene eso ahora?
—Te quiero, Crista. Siempre he soñado con una mujer como tú.
Crista estaba distraída mirando con extrañeza a un extraño figurón disfrazado de loro, de pajarraco de la selva. Todo él eran plumas verdes, hasta en los sobacos.
—¿Qué decías?
—Escúchame, Crista. Contéstame dentro de una semana. Esperaré hasta el final.
—¿Casarnos? —Y sonrió, sin ánimo de dañarle—. ¿No crees que es muy temprano para pensar en estas cosas?
—¿Temprano? —preguntó Pablito, figurándose que se refería a la hora—. Nada de eso, es tarde.
—Yo te aprecio mucho, Pablo, no lo dudes. Pero de eso a…
—¿Qué quieres decir? ¿Crees que no sería un buen marido? Hasta ahora confieso que he hecho las cosas un poco… un poco mal. Pero desde que te conozco…
—Me gusta saber que te he hecho ir por el buen camino. Ves, nunca me hubiera creído que fuera capaz de esto.
Pablito tomó alientos.
—Crista. Me he prometido a mí mismo que me des el sí esta noche. Cuando me has propuesto venir me figuraba que…
—Bueno, hombre; no te pongas trágico. ¿Por qué quieres resolver siempre las cosas de la mañana a la noche?
—No, no tengo prisa. Pero necesito que tú me des tu conformidad. Se lo he prometido a… a tía Consolación. Ella me dijo que lo demás era tontear.
—¡Vaya con tu tía! Tontear, ¿eh?
—Lo dijo sin mala intención. Es una persona muy seria.
—No tengas prisa, chico.
—Sí, la tengo —clamó él, perdiendo los estribos— Llevo un año detrás de ti… Si tú accedieras a quererme me harías el más feliz de los hombres. Además, tú serías la mujer más querida del mundo. Pero empiezo a estar nervioso. A veces pienso si… si no estarás jugando conmigo.
—¡Bah!, en todo caso jugaríamos los dos… Pero no te pongas triste, chico. Haremos lo que tú prefieras. Dentro de ocho días te daré el «sí» o… el «tan amigos».
Pablito respiró, por primera vez desde que empezó el diálogo. Miró a Crista con los ojos suplicantes de quien está pendiente de la sentencia, una vez lista la causa. Ahora, era preciso no volver a hablar de ello mientras durara la noche de Carnaval. El espectro del padre Rosal empezó a pasearse lentamente por su ánimo. Pensó en sus reconvenciones, en sus reparos, la tarde en que estuvo a verle: «¿Es comprensiva? ¿Es paciente?». Y miró a Crista, con ánimo de que su actitud la revelara perfecta de una vez, a sus propios ojos y a los de sus allegados. Claro que, vestida así, a la Pompadour, ningún juicio podía ser adecuado…
—Solo te pido ahora una cosa. No pienses más en eso hasta dentro de ocho días. ¿Prometido? Además: ahora tienes que dejarme ir a… en fin, espérame aquí. ¿Lo harás?
—¿Dónde vas? —preguntó al ver que se levantaba.
—Chitón, a callar —regañó ella—. ¿Me esperarás o no?
—Sí, aquí te esperaré.
Crista salió, cruzando con dificultad entre las mesas, por las que pasó su miriñaque con riesgo de tumbar copas y botellas. Pablito se quedó meditabundo en su rincón.
—Diablo de chica, ¿qué le debe ocurrir?
A su alrededor la animación bullía, se encrespaba, hacía chocar copas y prorrumpir a las mujeres en agudos gritos histéricos. Desde lo hondo parecía escucharse la música de la gran sala, e iban llegando al bar y se iban turnando en él toda clase de máscaras. Pablito echó su mirada a todas ellas. Con tanto fervor como había entrado, y ahora estaba sintiendo que la noche se le venía encima de pronto.
Se sentía incómodo. Los pantalones de espadachín le apretaban, la ancha capa se le enroscaba por todos lados, el chambergo era inaguantable. Además, el champán estaba caliente. Llamó al camarero con su gran vozarrón, harto ya de todo. Cuando llegó le encargó un «picón». Esa era su bebida favorita y la única que conseguía hacerle remontar los tragos amargos, cuando los había. Era necesario remontarse. ¿Era eso el baile de Carnaval o un funeral de tercera? ¡Arriba se ha dicho!
Al principio, el «picón» le supo mal y tardó un largo rato en sorberlo a pequeños tragos. Empezó a extrañarse de que Crista no regresara aún. Echaba miradas impacientes a la escalera, en espera de verla aparecer. Apuró su negra bebida y estuvo un rato más con el vaso vacío sobre el velador. Cuando iba a pedir un renuevo pensó que lo mejor sería tomarlo en el bar, de pie. Se levantó y recogió como pudo todo lo que llevaba para pasar entre las mesas: espada, capa y chambergo. Con todo apretado en los brazos se abrió paso hacia el bar.
Le costó bastante trabajo hacerse con un hueco y apoyar allí parte de su corpachón. Pidió un nuevo «picón» y ese sí lo bebió de un sorbo.
«¿Qué le ocurrirá a esa maravilla? Si lo que quería es ir al excusado tiene tiempo de… En fin, no pensemos en ella así, un poco de respeto. Pero, vamos, que ya lleva más de una hora».
Se enfrentó al barman y le hizo signo de que le sirviera nuevamente.
«Si me da el sí, la llevaré una tarde al padre, para que la estudie a sus anchas. Eso sí, que se ponga un vestido no muy apretado; ¿cómo decía el padre? Verbigracia; sí, verbigracia —subrayó con el pensamiento, evocando ya del todo la estampa del jesuita, sus reconcomios, sus latinajos—. Verbigracia aquel vestido que tiene gris, que es lo mejor para curas y sacristanes. También en ese vestido les gustaría a las tías».
Se volvió, ya un poco más reconfortado, para mirar el bullicio a sus espaldas, con el vaso de «picón» en las manos. El bullicio y la animación del bar crecían de minuto en minuto, mientras la incógnita del lugar donde estaría Crista en aquellos momentos mortificaba al joven Inglada. La chica llevaba ya un tiempo increíblemente largo alejada de él. Pero sus últimas palabras le impedían moverse del bar. «Por lo menos —pensó—, me podía haber citado en el salón, que es más ancho».
En aquel momento una máscara de corta estatura, un organillero gesticulante, le saludó, con grandes gritos, acercándose a él entre los grupos.
Era Félix Pérez, el charlatán de chaqueta a cuadros, el conspicuo del «Iris». Estaba considerablemente bebido. Se lanzó a su cuello, abrazándole.
—¡Estás fenomenal! ¡Pareces don Quijote!
Las figuras literarias se confundían en la mente del organillero. Se volvió, para abrir paso a una «hurí», vestida con velos. Una gasa tenue cubría la parte inferior de su rostro, de ojos abajo.
—¡Mira quién está ahí! ¿La reconoces?
Pablito no sabía exactamente de quién se trataba. Además, su seguridad, sus alardes de poder, sus ganas de moverse y de animar a los demás, que en él eran habituales, brillaban hoy por su ausencia. Esta excepcional actitud no pasó inadvertida a Olvido, la «hurí» de marras, que descolgó uno de los corchetes de su velo y mostró de un golpe su boca grande y sus dientes blanquísimos. Sin ninguna consideración, como si estuviera en pleno «Iris», la morena se colgó a su vez de su cuello y se sostuvo así hasta que se desprendió por sí misma. Luego se ahuecó para quedar apretada contra él, entre su tórax y el mármol del mostrador.
—¿Qué te ocurre? ¿Estás aburrido? Si no pareces el mismo. ¿Y cómo es que no has vuelto a verme?
El asidero del bar, aquella zona horizontal y promiscua, llena de vasos, de máscaras y de ajetreados bebedores y la presencia de Olvido adosada a él, le electrizaron suavemente. Aquello empezaba a estar de acuerdo con sus ademanes y con su voz. Pidió un nuevo «picón», en vista de que Crista no aparecía, resuelto a entrar de lleno en el jolgorio y a dejarse de historias.
Olvido quedó ajustada como una pieza de rompecabezas en el espacio que quedaba libre entre él y el mostrador. El calorcillo que emanaba del cuerpo de Olvido y el leve tufo femenino, en lugar de resultar repelentes para Pablito, le hicieron ensanchar sus pulmones, un poco reducidos por su conversación con Crista.
Tragó el «picón» casi sin respiro y se sintió fuerte y seguro de sí. Inmediatamente empezó a vociferar.
—¿Dónde está Félix? —preguntó a toda voz.
—Anda perdido por ahí —contestó Olvido—. La lleva desde ayer.
Acababa de decirse que la mejor manera de demostrar al padre Rosal que servía para casado era apurar hasta el máximo las posibilidades del tiempo que le quedaba de soltero.
Bebió un «picón», y luego otro, hasta cinco más. Ya no se acordaba de que esperaba a Crista. La negroide elemental y esbelta, cuyo rostro impávidamente risueño no debía esforzar para resultar terriblemente tentador en ocasiones así, y mucho más después de la larga continencia a que se había sometido en aquellos meses el d’Artagnan de Tarragona, empezó a prometérselas muy felices. Los movimientos y zarandeos de la mujer, trasladados al bar del Liceo desde la plataforma de níquel del bar del «Iris», contrastaban hasta tal punto con los negocios sentimentales que hasta entonces habían abrumado al heredero Inglada, que todo empezó a transformarse sutilmente en el ánimo del joven. Los flecos de sus pensamientos nefandos empezaron a desleírse en su caletre. Y presintió que iba a «correrla»; prima: porque Crista no había cumplido su palabra; secunda: porque Olvido estaba imponente; y la soberbia sensación de ser él quien iba a decidirlo todo, como siempre, y a su total antojo, renació con pujanza, apuntándole como una estatua vívida de la novelería dieciochesca en el mostrador del bar.
Bebía velozmente, sin decir nada. A su alrededor empezaron a fluctuar los seres. Unas máscaras iban a la sala de baile, dejando unos momentos el espacio libre, que venían a ocupar otros hombres con otras mujeres. Entre aquellos sobrevino inesperadamente la figura de Félix Parés, abrazado a una odalisca romana. Se desprendió de ella y se acercó a Pablito.
—Me ha dicho un pajarito que te vas a casar. ¡No te cases, Pablito, no te cases! —clamó el menudo y chistoso estudiante, totalmente ebrio—. Los que se casan son unos cobardes.
De la manera más inesperada y gratuita el joven de los grandes sarcasmos acababa de llegar a la conclusión, a la terrible y firme conclusión de que su amigo y protector Pablito de Inglada era un traidor y un descastado. Había intentado infundirle durante años la filosofía del soltero, le había estado insuflando los arquetipos y estructuras de una sociedad renovada desde su raíz, a medias anarquista y celibataria, que aniquilara y desmontara la actual, caracterizada por el predominio de los padres de familia, y que extirpara totalmente de la faz de la tierra la hórrida fauna de las matronas que van para suegras, las madres de las niñas casaderas. Félix Parés había transitado por los casinos de las colonias veraniegas desparramando con eficacia su doctrina en los retoños masculinos más tiernos de las familias con cuenta en el Banco, a Tos que ilustró cínicamente y de la forma más clara sobre las maneras de llevar con decoro, y hasta con jactancia, las lacras más abominables de la promiscuidad sexual. La tribuna de sus extraños idearios solía ser el patio de Derecho de la Universidad, apretando bajo el brazo el sucio montón de papeles de los apuntes y los libros de texto, y a seguido de la lectura del marqués de Sade y de la asiduidad a las sesiones de «cinema cochón». Había perforado en todas las aulas, con grafismos brutales, la madera de los pretiles de los bancos escolares con repugnantes y primarios bajorrelieves que hacían sonrojar a algunos estudiantes de primero recién salidos del colegio. Este producto ínfimo e infame de una cópula mal aprovechada poseía una inteligencia singular, atrevida y vivaz. Pero quién constituía su ídolo, por ser su primero, más brillante y distinguido discípulo, era Pablito de Inglada. Este le había correspondido considerándole durante un tiempo poco menos que un genio.
La arremetida de Félix hizo zozobrar un momento a los grupos del bar. Hubo un momento en que todo el mundo se calló y hubo un instante de expectativa. Muchos de los presentes conocían a Pablito y esperaban de un instante a otro una implacable reacción. Pero el monumental joven miró de arriba abajo, en su corta extensión, la figura de su amigo con cierto desdén misericordioso. Comprendió que estaba borracho y le ignoró con desprecio.
—¡El matrimonio! —insistía Félix—. Eso es para las mujeres. ¡Te han pescado! —Y empezó a reír jacarandosamente.
—¡Cállate! —ordenó Pablo.
—Déjalo, está borracho —aconsejó prudentemente la «hurí».
La olímpica ignorancia de que hizo alarde Pablito, con gran serenidad, consiguió al fin en aquella ocasión alejar al pequeño y malvado Calibán de la blusa de organillero. Pablito sintió el tibio calorcito del cuerpo de Olvido y pidió un repuesto de «picón».
«Si es comprensiva o no, poco me importa —pensó, obstinado en adaptar a Crista a las exigencias de su pariente el jesuita—. Lo cierto es que ya no tengo edad para andar borracho por el mundo».
—No estés tan pensativo, hombre —animó Olvido—. Total, casarse no es nada. Yo me casé una vez y no me he muerto.
La dentadura blanquísima y ancha de Olvido se puso delante de él como una muralla de marfil. Detrás de ella no había nada; antes de ella unos gruesos labios sonrientes le invitaban a algo.
—¡Verbigracia! —tronó de pronto con voz potente—. Sí, verbigracia… ¿Qué le importa a nadie si me caso o no? Eso son cosas de cada uno.
La observación era tan justa que dos o tres máscaras acodadas en el mostrador asintieron abiertamente.
—Sirva bebida a estos señores —decidió, señalando al conejo, a la ama seca y al mandarín en quienes había visto la sonrisa de franca adhesión.
El síntoma de que el alcohol empezaba a hacer su efecto era el arranque de su prodigalidad.
—Y esa quisquilla, menos… —profirió, recordando a Félix—. Le he pagado todos los vicios. Por eso le duele.
—Déjalo, te conviene olvidarlo. ¿Por qué no salimos de aquí? Podríamos ir a tomar un poco de aire —insinuó.
—No, no… Todavía no. Quiero que quede bien claro: tengo novia y me caso, si es que me caso, porque me da la gana. ¿Y si uno encuentra en su vida una chica decente, qué? ¡Ahí le duele!
—Pero, déjalo… —susurraba Olvido, dándole tirones del brazo—. ¿No ves que eso no le interesa a nadie?
Pablito empezaba a ser aquel día difícil de llevar. Olvido estaba decidida a sacarle de allí y a aprovechar la noche. Estudiaba la manera de llevarle por su camino.
—Mira, ¿quieres un consejo? Esto se está poniendo feo. ¿Por qué no vamos a tomar cualquier cosa fuera?
—No puede ser. Estoy acompañado.
—¿Acompañado?
—Por ahí estaba… esa chica.
—¡Por ahí, por ahí!… ¿Cuánto tiempo hace que no la ves? Fíate tú… Apuesto a que ya ni se acuerda.
Pero Pablito ya no reaccionaba. Bebió su «picón», se volvió de cara al local y derramó su mirada en la atmósfera turbia y repleta.
La negroide insistía, mirándole con sus ojos grandes e inexpresivos.
—Déjala. Si tanto te quisiera no se hubiera marchado ni un minuto de ti.
Pablito pensó que eso era verdad.
—Yo te digo que esta vida es un asco —murmuró.
La risa de Olvido no le dejó filosofar de nuevo.
—Paga y vámonos. Vamos a los merenderos. ¿Te acuerdas?
Pablito mudó de faz. ¡Los merenderos! Justamente pocos días después de su primera visita en los merenderos —había sido esa chica del «dancing» la que los había descubierto— había llevado a Crista allí, la mañana en que la besó. Entre los merenderos nocturnos de la negroide, que se abrían clandestinamente para ellos solos, y los de Crista, mediaba el gran descontento que sentía sin saber por qué en aquellos instantes.
Sacó de su bolsillo un fajo de billetes y pagó. Se envolvió en las vueltas de su capa roja.
Aguardó unos instantes a su ocasional amiga, que se marchó a misteriosas gestiones en el reservado. En cuanto volvió, risueña, mostrando todos los dientes, se abrieron paso.
En la escalera otras parejas de máscaras bebían y charlaban. En lo alto, la música sonaba aún a todo metal. Y ciertas máscaras de paso indeciso iban de un sitio a otro, abrazadas, enturbiadas. Se volvió, no fuera que en aquellos instantes le descubriera Crista, pero no vio trazas de ella. El alcohol le hacía pensar que aquella marcha imprevista era una lección de hombría.
Salieron a las Ramblas, por la gran escalinata. La noche era fresca. Olvido había ido a buscar un abrigo de lanilla, con el que se abrigó, encima de la seda de su vestido oriental. Pablito se sintió revivir. Rodeó a la chica por el talle y la hizo encabritarse en la carlinga de su pequeño vehículo encarnado, en cuanto llegaron a él.
Desfrenó, dio el contacto, cogió la manivela y la entró en el orificio del radiador. Notó como si le costara más que otras veces dominar la mecánica. Volvió a probar y la voiturette empezó bruscamente a crepitar y moverse, con un ruido de hierros y explosiones, que luego cuajaron en el estruendo normal del motor.
Ocupó su plaza ante el volante y encendió los faros, que iluminaron una larga pincelada blanca de adoquines. Apretó el embrague y movió la palanca de las marchas.
Tampoco estas iban tan finas como de costumbre. Pensó que los coches hay que tratarlos con más cuidado que el que él prodigaba a su voiturette. Al fin, chirriando, la marcha entró. Levantó un poco el pie izquierdo al tiempo que el derecho daba en el acelerador.
Su compañera sintió la brusquedad del arranque como si intentaran ahogarla, basculando su cabeza violentamente hacia atrás. Pero no protestó. Miró a Pablito y le pareció que estaba obsesionado. «El aire le hará reaccionar», pensó. Y se inclinó un tanto a la derecha para acomodarse a la virada que Pablito, velozmente, dio en la Plaza del Teatro para enfilar las Ramblas en dirección contraria.
—Verás que pronto llegamos —dijo.
Ella volvió a mirarle. Antes o después de casado, con novia o sin ella, Pablito era para ella «un caso». Le gustaba. Puso su mano en el muslo del hombre, que se movía apretando el acelerador.
—¿Qué ha pasado aquí? Parece que ha habido una batalla campal.
—Son los restos de la pelea de los mascarones —gritó Olvido.
En la calzada de las Ramblas paseaban los rezagados, los noctámbulos empedernidos. Frente al Liceo había un gran trasiego de máscaras que empezaban a salir del local. Dentro no quedarían sino los más aguerridos, los que no iban a dejar de beber, los empedernidos. Un gran grupo de disfrazados subían alegremente por la calzada bebiendo de unas botellas y tocando la guitarra.
—Fíjate en este, fíjate.
En el centro del paseo, en la Rambla de las Flores, un falso guardia urbano con una nariz de cartón, subido a una de las paradas de flores, que estaban vacías, se esforzaba en dirigir la circulación.
—Ese Félix es un cretino —bramó de pronto—. La próxima vez le romperé las narices.
—¡Claro, claro! —asintió benévolamente Olvido.
—¡Verbigracia! —gritó él—. ¿Por qué no podemos casarnos dos o tres veces?
—¡Claro que podemos! —asintió ella—. Y aún más.
—Quince —soltó él.
—Las que una quiere.
—Todas las mujeres son iguales, ¿no es así? —filosofó el heredero—. Excepto las viejas.
Empezaba a sentirse de otro humor. Enfilaron el Paseo de Gracia. Allí ya no había máscaras.
Pero en los balcones se bamboleaba una gran cortina de serpentinas, que el viento zarandeaba.
—¡Bah, qué asco! Esta tarde he estado aquí. Me he cansado muchísimo.
Pasó por su memoria que por allí debía de estar la casa de Crista, donde había cenado junto a ella; pero no acertó a localizar cuál era de entre todas. Harto de Paseo de Gracia, torció por una de las calles transversales. Al doblar, el estruendo del motor hizo parar a unos grupos que caminaban y a un coche de caballos, que se quedó plantado como si se aproximara el diluvio o un terremoto. A Pablito le gustaba el gesto de estupor que hacían las gentes, saltando como marionetas a su paso, brincando alarmadísimos a la acera. Aminoró un poco y luego volvió a acelerar, ya en plena calle de Provenza. Era el dueño de los espacios urbanos. La idea de volver al lugar de sus éxitos y de tener allí a Olvido con unas copas de más por delante, le hacía soterrar enteramente sus problemas de conciencia.
En aquella zona de la ciudad las luces urbanas empezaban a decrecer. Después de pasar por el margen de un descampado llegaron al Paseo de San Juan y el coche viró hacia la calle de la Industria. Allí, seguro de sí y conocedor del camino, Pablito apretó a fondo el acelerador. Con el coche a toda marcha se sintió de nuevo aquel Pablito de los grandes ímpetus por la carretera de Vich, que señoreaba en el campo a ochenta por hora. Se volvió, risueño, a su compañera. La tez olivácea de la joven del «Iris» quedaba completamente cubierta de sombras, aturdida por el paso cortante del aire. No se veía en esta tiniebla más que la amplia arcada de sus dientes, como una media luna en un cielo oscuro. La mano de Olvido apretó hasta arañarlo el fuerte muslo de Pablito, hiriéndole con el goce, con la emoción extraña y frenética de la velocidad. Aquella mujer creía que vivía ahora en otro planeta, muy lejos de su mundo habitual; que alentaba en otro ser que no era el suyo, que no debería acercar ya más sus labios al caramelo líquido con una guinda que le servía el barman del «Iris», del que había tragado ya litros largos en su periplo por la vida y que garantizaba su soldada efímera. Apretaba sus dientes con una ansia de vivir más, de alejarse todavía más aprisa en la compañía de aquel hombrón que la deslumbraba.
De vez en cuando veía aproximarse una luz y, temiendo que el conductor no la hubiera visto, le miraba un momento con inquietud, pero siempre Pablito la descubría antes que ella.
Entraron en el arrabal. Había un núcleo de casas de un solo piso, viviendas mugrientas, descascarilladas. Los faros alumbraron luego una polvorienta carretera en la que el pequeño coche empezó a botar locamente con sus dos ocupantes. Dobló en una plazoleta y dio una virada completa por detrás del garito del portazo. Los muelles del coche chirriaron y pareció que fuera a quebrarse el metal de que estaban hechos. Pero se enderezó y volvió a arrancar nuevamente a todo gas.
Ya estaban llegando. Pablito metió el pie en el acelerador. La ristra de plátanos de ambos lados de la carretera se convirtió en una doble superficie que parecía maciza, como una lámina continua que tiñera el mundo gris y la tiniebla que el coche perforaba. Delante no había más que el haz de los potentes focos. Olvido soltó de pronto el muslo de Pablito. Y llevó con un gesto repentino de espanto su mano a la boca.
Lanzó un grito agudo. Pablito se agarró fuerte al volante. «No es nada», pensó. El coche se volvió, se cruzó en la carretera. Pablito seguía cogido al volante; luego sintió un golpe duro; el tumbo de las ruedas en el suelo; su bote y rebote, como el de una pelota y un rápido vaivén, una cabriola y dos vueltas más. Entonces hubo un choque y un silencio.
«He pasado de largo», se dijo.
Había volcado, Incomprensiblemente todo se había vuelto oscuro. «Debo cerrar el contacto — pensó—. De lo contrario nos abrasaremos todos».
Adelantó su mano y no dio con la llave. Aquello que palpaba no era la clavija, era el asiento. «Ahí debiera estar esa chica y no está», comprobó, con gran asombro.
—¡Olvido! —gritó.
Sintió el trepidar del coche y saltó, como pudo. «Es curioso —se dijo—, no estoy en la carretera».
En aquel momento sintió un fuerte dolor en el costado izquierdo y en el brazo. Al ir a tocárselo cayó sobre su mano diestra el hilillo caliente e inconfundible de la sangre.
Era un pequeño chorro y llevó esta mano a la frente, de donde caía. Toda su mano quedó empapada.
Pero no conseguía ver nada. Poco a poco su mirada distinguió, como una bruma, una pálida realidad. «Verbigracia… —dijo—. Aquello es el cielo y está estrellado».
«¿Dónde estará ella?», pensó. Intentó descubrir en la oscuridad un rastro que le permitiera saber dónde estaba y qué había ocurrido.
Caminó unos pasos; poco a poco apareció ante sus ojos una mancha plateada que fue cuajando; y cierto rumor.
Era un río, eran las aguas escasas del Besós. ¡Claro, el merendero no debía de estar lejos! Pero era cosa de darse prisa, urgía hacer algo. Notaba en su costado izquierdo, de la frente a los pies un dolor lacerante.
«Me he roto algo —pensó—. Es preciso que encuentre a esa chica porque me he hecho daño».
Aquel dolor en el tórax no le dejaba vivir. Se puso la mano en el costillar y con solo rozarlo se palpó el descalabro.
¿Y ella, Dios, dónde estaría? Todo había venido por culpa de Félix Parés. Había sido un estúpido, le había irritado.
Pisó la grava de la carretera. Debía de estar muy lejos todavía de los merenderos. Había pasado de largo y corría mucho. Se trataba de llegar, solo de eso. Pero ¡diablos! ¿Qué se había hecho de Olvido?
Intentó gritar, llamándola, pero sintió en su voz y en el pecho un gran vacío, una total imposibilidad de alentar.
«Eso que se oye son los grillos —se dijo—. Es de noche y por eso cantan».
La carretera era una mancha larga, gris y prolongada, una serpiente sinuosa de grava y tierra. Se perdía a lo lejos, infinita, misteriosa, inquietante, llena de sombras.
Al fondo le pareció que se elevaban unos bultos más negros. Empezó a andar con más ánimo, jadeando y sobreponiéndose a su dolor. «Allí está el merendero —se dijo—. Es necesario llegar hasta allí».
Se esforzó. «Necesito caminar aprisa. Más aprisa aún… Así, como cuando era chico».
Dio un paso, y otro. Sí, todavía podía hacerlo. El tronco de un árbol y luego otro, pasaron por su lado.
De pronto, unos metros más lejos, vio un bulto, algo, la forma de un cuerpo, unas piernas…
«Es ella —se dijo—. Allí está Olvido».
Se apoyó en el tronco de uno de los plátanos. Luego caminó hasta el otro. Finalmente llegó al tercero.
La cabeza de Olvido había topado contra el tronco. Se agachó. Intentó volverla con la mano, pero no pudo. La cogió por los cabellos y la volvió.
No vio más que la mitad de la cara. De la blanca dentadura de Olvido no había más que la mitad. Lo demás no existía.
«Estoy loco —se dijo—. La he matado».