XXVII
DURANTE UN LARGO RATO estuvo escuchando el silencio de aquel cuarto que la presencia de Jeannine, sus pasos quedos, el rumor de un pliegue, el tintineo de un cristal, había quebrado tan sutilmente otras veces. Ahora solo era rasgado por la quejumbre del pequinés, que estaba tendido en el suelo sin moverse, mirándole con unos ojos tristes, mustios y doloridos. Desiderio se había sentado en la mecedora en que ella muchas veces se había balanceado para escuchar los acordes de «La muerte de Isolda» o del «Concierto de Brandeburgo». Jeannine había dejado su pequeño ático de tal manera que parecía que ella pudiera volver a entrar impensadamente en cualquier momento. Por lo visto, al marchar, había arramblado precipitadamente con las prendas más precisas, pero una parte de su ajuar estaba desperdigado sobre los silloncitos y la cama. En un rincón, un zapato desapareado; echados al suelo libros y vestidos, algunas prendas de ropa interior y un par de sombreros. Ese revoltijo era como una última pirueta de Jeannine, como el detalle preciso de sus últimos gestos, de sus pasos postreros, de su nervio de última hora. Y, sobre el tocador, quedaban algunos de los frascos casi vacíos de su toilette, abandonados en la precipitada recolecta de solo los más precisos. Pero lo que era el rasgo más vivo de la huida de Jeannine eran unas palabras que había escrito sobre la superficie del espejo del tocador, con el extremo de su barra de rouge, que podían leerse con solo situarse en un ángulo en que se volviera opaca la masa de cera y de pasta roja allí dejada: «Soignez bien “Yucki”. Merci».
Esas eran las postreras palabras indelebles de su amante, de su garabato de despedida. En ellas parecía escrito temperamentalmente y como sin querer el carácter de su amiga. Las letras emborronadas en el tramo más alto del espejo de tocador, de modo que cuando leyó el aviso Desiderio vio detrás de él, mezclado a él, su propio rostro macilento y extrañado.
Ahora la huida de Jeannine, su abandono, se hicieron definitivos en el ánimo de Desiderio. Ya no estaba en la calle, donde cada esquina, cada travesía, cada portal podía parecer un hueco donde ella pudiera haber sido escamoteada, hurtada de improviso. Estaba en su cuarto, en su casa, frente a todo lo que ella había abandonado sin cuidado y sin atención; y no era mucho más que ese zapato desapareado o ese montoncito de ropa que ella había renunciado a llevarse.
Al pensar en eso, sintió tal dolor, le pareció tan inútil todo cuanto hiciera para equilibrarse, que pensó que si le dijeran que iba a morir allí mismo, en aquel instante, le hubiera parecido que eso era lo natural. Y esa idea de la muerte vacilaba entre sus pensamientos, le iba dominando, le iba cercando sigilosamente. Contempló una vez más cada uno de los estantes del pequeño ático. Paseó su mirada en el ropero abierto, en los estantes de libros, en el fonógrafo, en los estores de la ventana, pensando que los contemplaba por última vez, que en realidad ya estaba muerto y que quizá la muerte no fuera mucho más que esa mirada impasible, incongruente y sin amor hacia todas las cosas. Y la mecedora chirrió, la madera tuvo de pronto también su quejido imperceptible, que vino a herirle con una mínima sacudida y apretó en su bolsillo el bulto de plata del bolso de Jeannine, con intención de dejarlo allí, encima de la repisa, ya inservible, inutilizable. Pero al sacarlo de su bolsillo lo sopesó, y lo abrió, y se encontró con el conjunto de aquellas tres interioridades que ella había guardado celosamente como un secreto personal, en las que no dejaba que él pudiera entremeterse: el espejito enmarcado en diamantes, la pistola de puño de nácar, la caja de inyectables, con la pequeña cápsula en la que bailaba el líquido aturdidor y sosegante.
Esta era el alma de Jeannine, pensó de nuevo. En esas tres cosas estaba resumida Jeannine toda entera: su actitud expectativa, que quería observarse íntimamente y hasta lo más hondo, que se contrastaba a cada instante con los demás, y su actitud soñadora, su actitud huidiza de las realidades, del contorno. En esos tres objetos se patentizaba plenamente Jeannine, cabalmente y por entero. Y así sintió que al estrujar el pequeño bolso conseguía atrapar al fin algo muy concreto de Jeannine, cuando Jeannine ya no estaba.
Se levantó. No podía aguantar aquel dolor, la desolación que le anegaba. Eso es como la muerte, pensó. Así deben de sufrir los que agonizan, cuando se mueren inconscientes balbuciendo palabras que no se llegan a comprender. Así sienten ellos. Y mientras pensaba en ellos, sin querer, automáticamente, asió por su puño la pistola, acarició su mango y sintió el roce arisco del nácar, que brilló varias veces con todas sus aguas ante sus ojos. Se había situado ante el espejo y pensó que ni siquiera meditaba en el dolor, en la desgarradura, en la sacudida de la herida y de la muerte. Iba a disparar sin un temblor, exactamente como si otra mano hiciera las veces de la suya, sin sentir ni miedo, ni remordimiento, ni cautela, ni incertidumbre. Lentamente llevó la pistola hacia la sien. La apoyó en ella y sintió sobre su latido el roce frío de la boca del cañón y lo apretó cuanto pudo sobre su piel. Si ahora disparara, ya estaría para siempre… o para nunca. Y se quedó así unos instantes, esperando que su propia indiferencia le hiciera dar el ciego gatillazo; se quedó unos instantes sintiendo el leve temblor que empujaba su índice hacia atrás, hacia el disparo. Pero no ocurrió. Allí enfrente, en el reflejo, estaba él y no era él. Era un dominó deslustrado que no tenía nada que ver con él; no se reconocía en los rasgos de aquella cara que estaba a medias borrada por las letras del rouge caligrafiadas en el espejo; ni en el foulard encarnado, en el que dormitaban como dos lágrimas las dos perlas de su madre. Se vio como se ve a un testigo de nuestros actos, ajeno a ellos. Y en aquel momento le pareció ridículo cuanto hacía, el aspecto melodramático de su actitud, su incongruencia. Debía, sin embargo, matar, matar aquel fantasma estúpido que no cesaba de mirarle entre las letras de la súplica de Jeannine. Puso la pistola encarada al espejo, apuntó contra su propia imagen y, con un golpe rápido del índice, accionó el gatillo contra el cristal.
Y el fantasma incongruente de su propia imagen, aquel disfraz de sí mismo, no se alteró, no se movió; se quedó tal cual estaba en el reflejo. No había ocurrido nada. La superficie de azogue estaba intacta y el disparo no había proyectado nada, absolutamente nada contra él. Volvió a accionar el gatillo y entonces vio en el espejo, entre las letras de rouge, que el espectro vacilante que él era se echaba a reír de pronto desencajadamente, con una gran carcajada.
Se retiró, lanzando airadamente contra el suelo la pistola de Jeannine. Inmediatamente, después de mirar sus propios ojos turbios en la mirilla del espejito, lo tiró al suelo con la misma ira. El espejito se partió en mil pedazos, que eran como una múltiple quebradura de la imagen de ella. Y, muy cansado, con lentitud, empezó a prepararse el inyectable.
Se dio en el muslo una punzada viva, por encima del pantalón. Vació en su cuerpo la totalidad de la ampolla. Y luego se echó sobre la cama de Jeannine, jadeando de dolor y de fatiga y esperando que todo se calmara. «Yucki» había cesado de gruñir y se había dormido.
Asmodea oteó desde su asiento la gran planicie del baile que rodaba pausadamente a sus pies, por todo el espacio que abarcaba su mirada. Contempló la gran explanada de la pista, que cubría enteramente toda la platea del Gran Teatro, desde el foso de la orquesta hasta las puertas de acceso, como las aguas de un lago multicolor amansadas de un cabo a otro hasta la curvatura de los palcos. Para identificar en esta enorme superficie aquel mismo lugar en que, cualquiera otra de las noches del año, se sentaban con una atención devotísima los melómanos, los encopetados espectadores de la «Aida» o de la «Tosca» se necesitaba no poca imaginación. Asmodea la tenía, pero no se confundió, ni pretendió establecer comparaciones ni paralelos. Eso que iba rodando a sus pies, ante sus ojos, era la vuelta de la muchedumbre que aquella noche había ido al Liceo, desprendida de sus recatos de otros días, a gozar de la gran noche de las máscaras.
Las luminarias derramaban su luz sobre la totalidad del extraño mundo que, mesuradamente, sin alterar todavía las formas, se bañaba dócilmente en deslumbrantes destellos. Desde una de las dos butacas de propiedad de Antonio, en el anfiteatro, Silvia Romeu paseaba distraídamente su mirada entre los centenares de parejas que en aquel momento volteaban el vals. Los violines de la orquesta sonaban estruendosamente, rítmicamente, unidos con magnífica precisión en la armonía ensoñadora. Toda clase de colores, toda clase de siluetas formaban la rueda abigarrada del vals y los granates y los verdes, los blancos, los amarillos y los negros de las grandes casacas, de las túnicas de las faldas flotantes, se barajaban y confundían, cubriéndose unos a otras y dejando luego ver, en curiosa mezcolanza, en confusa componenda, según las vueltas y los retornos de la música, los más sorprendentes tipos y caricaturas. Una por una, cada una de esas máscaras tenía una consistencia particular, era un aspecto exagerado, cómico, singular, de una humanidad recién inventada, de un mundo novel, asombroso, unas veces tétrico, otras sutilmente galante. Pero en su conjunto, la oscilante masa era un rondón de tules, gasas, paños y terciopelos que pasaban solo una misma pincelada de luz variante, como el revuelto contenido de un cubo de espesa pintura chillona que fuera agitada por las vueltas del pincel.
Un trecho más hacia arriba, la consistencia del teatro era la misma de siempre. Fuera de esa movediza muchedumbre, la vista reposaba en los detalles familiares, en los ángulos peculiares del Gran Teatro: los artesonados, los relieves, los plafones áureos sobre el gran mate colosal del balcón de los palcos; su granate característico, que teñía al local entero de una suerte de gran arrobo total, que parecía mullir el gran ámbito en los algodones más suaves, que lo guardaba como bajo el gran capitoné de un damasco mirífico, como los interiores blandos de un guardajoyas inmenso que acabara de ser abierto bajo una enorme luz. Las cortinas de terciopelo granate, las puertecillas de acceso a los palcos recordaban a todos los despistados el lugar en que se hallaban. Y en lo más alto, levantando aún un poco más la mirada, la naturaleza del gran local se confirmaba enteramente por el gran telón granate que tapaba la inmensa boca de la escena. A mitad de la altura de ese telón empezaba a sobresalir el relieve del anfiteatro. La comba elegantísima del piso arrancaba de uno de los extremos, y con toda suavidad, con el más fino diseño de una curva airosa, seguía toda la trayectoria del ámbito, sosteniendo en el aire, de uno a Otro lado del local, el barandal recamado de molduras, en el que palpitaba el colgajo brillante, el pinjante lleno de destellos de luz de los lamparones, que infundían una claridad uniforme a todo el conjunto. Apretados a ambos lados por dos grandes columnas blancas y de oro, los proscenios rozaban la caída del gran telón de terciopelo, y formaban una hilera vertical de orgullosas balaustradas, ante los que se mostrara sin reparos la gracia entera del coliseo. Desde ellos, la sucesión de los pisos y su conjunto se podía abarcar con una sola mirada. Las cinco plantas del teatro formaban un bloque compacto, eran los cinco estantes airosos, apoyados uno en otro, de un soberbio secreter; cinco elegantísimos y ricos cajoncitos de los que se podría tirar para sacar de ellos el más antiguo, el más rumoroso y sugestivo secreto de los tiempos. Parecía que allí cada rincón, cada relieve, cada pulpa de luz guardara una memoria infinita de las cosas acaecidas, de los sucesos que habían hecho vivir y palpitar a la ciudad durante un siglo. Pero todo guardaba silencio menos la música evanescente, todo estaba pendiente de las vueltas de los violines, en la espléndida oquedad del vals.
En los palcos de la platea, algunas máscaras permanecían sentadas, sin accionar ni mezclarse todavía en la euforia de la danza. En el primer piso, aquí y allá, otras máscaras, otras gentes vestidas de soirée esperaban también. Y en los pisos superiores se veía asomar alguna vez a la baranda de los palcos el rostro de algún curioso, ciertos escorzos de mujer o el figurón de una máscara de tela coloreada que no quisiera ser identificada todavía. Con el foco de los binóculos todo ese mundo se acercaba, cada figura volvía a individualizarse, tenía su propia consistencia y su propia magnitud. Y luego, al dejar de ser miradas con el artilugio óptico, todas volvían a su imprecisión, a su anonimato.
Asmodea había observado con detenimiento, con el auxilio de sus binóculos de teatro, toda la magnitud del local. Se había entretenido en cada uno de los palcos habitados; había derramado su mirada con tesón, captando con el aparato los sucesivos enfoques de aquella humanidad distraída, lo más llamativo de la gran explanada del baile. Había visto acuñarse un instante, en la fugaz, la inasible baraja de las figuras que bailaban, multitud de dispares personajes: pierrots, exploradores, colombinas y gitanas, húsares, napoleones, tribunos romanos, damas medievales de punzante caperuza; toda suerte de habitantes del globo: mandarines chinos, exóticos hindúes de pomposo turbante, hadas y príncipes, faraones, faquires y lacayos. Los más distintos atuendos habían hecho su aparición en el redondel óptico, detenidos allí un instante para desaparecer de nuevo en la vorágine. Y la vista, poco hábil, se paraba de pronto como llevada a tientas, hasta que tropezaba en un paño de baranda de los palcos, y recogía de pronto un fleco del gran cortinaje, o rozaba artesonados, lámparas colgantes, objetos que no tenían nombre ni interés, peculiaridad anecdótica alguna en el conjunto de la mascarada.
Pero ni uno solo de los dominós que se multiplicaban por doquier, en la amplia, inalcanzable superficie del ámbito, ninguno de esos melancólicos personajes funambulescos que el instrumento óptico de Asmodea había captado podía confundirse con Desiderio Rius. Todos ellos eran otros, que se perdían en la rueda del vals o entre la multitud sin dejar rastro.
No es que tuviera la esperanza de que Desiderio Rius hubiera podido hallarse entre ellos, pero quería cerciorarse de que no estaba allí, antes de salir en su búsqueda. No era solo la promesa que le había hecho a Jeannine antes de marchar, sino que estaba ella misma llena de una inquietud personal. No imaginaba cómo podía haber reaccionado Desiderio ante la partida de su amante, pero todos sus presagios y temores eran turbulentos.
A su lado, Antonio, en cambio, no se mostraba inquieto. Antonio Mira no solía preocuparse grandemente por la suerte de los demás. Cumplidor como era, según creía, de sus propios deberes, de los diversos quehaceres que llenaban su propia vida, su rutina y su esfera de acción, trazaba entre ellos y las preocupaciones de los demás una divisoria tajante. Era testigo de la inquietud de su amante, pero ya le había aconsejado repetidamente que no se desazonara, que cada cual cargaría con sus propios problemas, y que hiciera lo posible por no amargarse nunca las horas de diversión.
Pero de la misma manera que intentaba alejar a su amiga de los quebraderos ajenos, respetaba enteramente su manera de reaccionar. Si Silvia no estaba tranquila, ¿qué podía hacer él por ayudarla? Silvia pensaba, a su vez, que no era justo preocuparle a él por ella y hacía los posibles por disimular su estado de ánimo.
Al llegar al Gran Teatro, el grupo congregado en su casa se había disuelto. Anselmo Durán y su cíngara —por cierto, ambos ya bastante bebidos— fueron los primeros en separarse de todos los demás y, con el auxilio de sus binóculos, Silvia les había visto bailar incansablemente. El suizo y sus dos amigas se habían ido al bar; Clemente estaba sentado en un palco de la platea; Óscar Andrade y su modelo causaban sensación en la sala, a causa del frufrú de Monique, y Bernardo Catasús y Fernando Molins debían de andar en algún lugar impreciso. El champán no había escaseado, para acompañar la cena, en casa de Antonio, y esa dispersión podía muy bien ser efecto de su prodigalidad.
Asmodea estaba persuadida de que Desiderio no podía estar más que en un sitio, y este era el piso de Jeannine. Por otro lado, deseaba pasar cuanto antes por el piso, para ver cómo había dejado Jeannine su habitación y para hablar con la portera. Pero le preocupaba todo, poder socorrer a Desiderio en seguida; debía evitar que este pudiera desesperarse demasiado y debía hacerle la mayor compañía posible, hasta que el primer baldón del golpe se hubiera amortiguado.
—¿Me perdonas un momento? —rogó a Antonio, sin indicarle adónde pensaba ir, para no molestarle, pues le veía muy a gusto en su butaca—. Volveré en seguida.
Al observar la determinación con que ella se levantaba, Antonio no le preguntó adónde iba. Con seguridad no quería importunarle.
—Si no me encuentras aquí, búscame en el bar o en el Círculo —se limitó a indicarle.
Silvia recogió los vuelos de su vestido de noche y cruzó la fila hacia la salida. Salió por la puertecilla, junto a los palcos, y luego al pasillo; recogió del guardarropa su renard y con él en los hombros bajó la escalera.
Caminaba apresuradamente. En las Ramblas su paso quedó entorpecido unos instantes en el tráfago de una multitud que aglomeraba frente a la puerta del teatro, viendo llegar a las máscaras rezagadas. Más abajo, en la embocadura de la calle Nueva, frente a la Plaza Real, tuvo que detenerse para dejar paso a un grupo de energúmenos envueltos en unas sábanas viejas.
Ya frente al portal de Jeannine, picó con las palmas de sus manos para llamar al vigilante. Este tardó un rato en llegar. Al fin, como ya conocía a Asmodea, le abrió la puerta y le entregó una vela encendida, para que se alumbrara en la escalera.
—La señorita Jeannine se ha marchado de viaje por unos días y me ha encargado que me ocupara de sus cosas. ¿Andará usted cerca toda la noche?
—Sí, señorita.
—Bien. Voy a subir ahora para ver cómo está el perro, y más tarde pasaré a recogerlo. Le daré a usted mi dirección, para que se la entregue a la portera mañana. Cualquier cosa relativa a la señorita, me la comunican en seguida. Ahora deje abierto el portal hasta que baje.
—Muy bien, señorita.
Dio una propina al vigilante y empezó a subir. En lo alto, puso su mano en el saliente de la ventana y encontró el llavín, tal como Jeannine le había indicado. Se dispuso a meterlo en la cerradura cuando se dio cuenta que la puerta estaba ya medio abierta, entornada. Esto, en cierto modo, la tranquilizó, puesto que era señal de que Desiderio estaba dentro.
Empujó la puerta y observó la estancia, a la luz de la lamparita de mesilla, que había quedado encendida. En la cama de Jeannine, tendido y sin que, al parecer, se hubiera dado cuenta todavía de su entrada, estaba, en efecto, Desiderio. Asmodea se acercó de puntillas a él, creyendo que estaba dormido, pero él abrió entonces lentamente los ojos de cara a ella, y seguidamente hizo un esfuerzo para levantarse. Su fatiga era evidente.
No te muevas, no te muevas, descansa. Eso es lo que te conviene —tranquilizó la mujer, como si estuviera delante de un enfermo. Los rasgos del rostro de Desiderio indicaban esa alteración que es propia de la fiebre o de la enfermedad; pero ya no había en ellos desesperación, ni dolor. Estaba tranquilo—. Ya me he figurado que estarías aquí —siguió Asmodea, en voz baja, para no dañarle con una voz demasiado fuerte, o quizá para no despertar al perrito que, se sin embargo, la miró, sin moverse, y luego volvió a tumbarse—. Reposa, reposa…
Pero Desiderio se incorporó. Se pasó las manos por los cabellos, para ordenarlos un poco. Luego se quedó sentado en la cama y lanzó un gran suspiro, como quien acaba de ser arrancado de un largo sopor.
—Luego, o mañana, arreglaré esto —dijo Asmodea, echando una ojeada a la habitación y observando el desorden. Vio en el suelo la pistola de nácar y los pedazos, del espejito de Jeannine. Miró atentamente a Desiderio, pero no dijo nada. También vio, sobre la tabla de la coqueta, los restos de la ampollita y la caja niquelada.
Desiderio se pasó la mano por el rostro, con un gesto abúlico, inexpresivo, involuntario y tardo.
—¿Dónde estabais? ¿Habéis ido al Liceo?
—Sí, allí están los demás. Pero no te muevas, hombre… No te levantes.
Desiderio ya lo había hecho. Se desentumecía ahora apretando sus puños y distendiendo el rostro. Todo cuanto hacía era lento, tardo y automático.
—No, no. Quiero ir con vosotros. No quiero estar solo —afirmó.
Se acercó lentamente al espejo y se miró en él, como si se extrañara de que aquel fuera su propio rostro. Se palpó los labios, acercando al espejo la pequeña cicatriz que le había quedado de la mordida de Crista, en la tarde del Polo. Luego se tocó la frente, pasó por ella su índice, palpando imperceptibles irregularidades de la piel. Más tarde pareció darse cuenta de que Asmodea le observaba.
—Es curioso, es curioso… ¿No has visto lo que ha dejado escrito Jeannine? —indicó, señalando las letras del cristal. «Soignez bien “Yucki”. Merci». Y sonrió a Silvia, con una sonrisa cándida, como si el aviso que la otra trazara sobre el cristal cobrara una gracia increíble, inesperada, a sus ojos, como si fuera el más delicado de los mensajes, ¿No te parece precioso? Jeannine es… una maravilla —dijo, dispuesto a emprender un largo monólogo—. Siempre que está en una situación decisiva se sale con una de esas. «Soignez bien “Yucki”» —repitió, silabeando cada una de las palabras. Es como cuando vio aquel mono a quien habían dado el espejito. O cuando se asombró de las chicas que bailaban sevillanas. Es una pena que tú, Silvia, no la hayas conocido en momentos así.
Silvia le miró con ternura, a la expectativa. Respiró, tranquila, como si la locuacidad de Desiderio rebotara en su ánimo.
—Tienes razón. Y sin embargo, muchas veces a mí también me parecía extraordinaria — contestó, halagándole. Pensó que la ataraxia de Desiderio duraría por lo menos hasta que pasaran los efectos de la droga—. ¿Verdaderamente te sientes con ánimo de venirte al Liceo? ¿No te convendría ir a casa a descansar?
—No, no, por Dios… A casa, no —contestó él, con horror—. A casa, no. Al Liceo; eso es lo que me conviene. Hablaremos de ella, ¿no?
—Todo lo que tú quieras.
Asmodea sacó de su bolso un peine y lo tendió a Desiderio. Este se lo pasó con lentitud por los cabellos, hasta quedar peinado. Luego se arregló los pliegues de su ropa talar y se afianzó el foulard, apretando el alfiler de las perlas.
—Dame, yo te ayudaré —dijo Silvia, acercándose y arreglándole el pañolón.
Se miró otro instante y se dispuso a salir.
—¿Tienes cerillas?
Alargó a Asmodea una caja y ella encendió el cabo de la vela que había sobrado. Asmodea se despidió soplando un beso hacia el pequeño «Yucki».
—No te muevas de aquí. Luego vendré a buscarte —le dijo al perrito en voz baja.
Cerraron tras sí la puerta del pisito, después de apagar la luz.
Por la tiniebla de la escalerilla descendieron hasta el portal. La puerta estaba abierta. Salieron al pasaje, bajo los porches.
El aire nocturno vino a aclarar y a despejar la frente de Desiderio Rius. Se paró un rato, sorbiendo a bocanadas aquella brisa confortadora. Se cogió del brazo de Silvia, que de vez en cuando le observaba como si sintiera aún un poco de temor.
—Vamos allá. Me encuentro bien, me encuentro muy bien, no sufras —tranquilizó mientras empezaba a andar.
Pasaron al centro de la calzada de las Ramblas; pero, al intentar avanzar, un continuo movimiento de los apiñados grupos se lo impedía. Pronto se dio cuenta Silvia de lo que se trataba. Todos los años bajaban de lo alto de la ciudad, desde Gracia, las máscaras de aquella antigua villa para enfrentarse en plena Rambla con las que vienen del Paralelo. Ese es un encuentro tradicional, casi histórico, que debió de haberse iniciado muchos años atrás, en los albores del siglo anterior, y que de año en año no hacía más que encresparse. Las máscaras que antaño vinieran por el polvoriento camino de Gracia al encuentro de sus antagónicas, lo hacían ahora sobre el asfalto del paseo, pero su iracundia y su acometividad no quedaban por eso menguadas. Al toparse con las del barrio portuario, que las esperaban a la salida de la calle Nueva, arremetían unas contra otras con toda clase de estacas y toda especie de objetos contundentes. Era un deporte singular, que debió nacer a raíz de alguna querella de Carnaval entre pequeños grupos de esas dos procedencias, y que había ido perdurando, incrustándose en los anales de la jornada.
Las máscaras que estaban dispuestas a defender el honor de una u otra circunscripción no iban disfrazadas con trapos vistosos ni hacían esfuerzo alguno por tener referencias o parecidos con ningún personaje histórico o folclórico. Por el contrario, sus atuendos delataban la más asombrosa improvisación. Estaban hechos con tapetes, con fundas, con viejas sábanas, con retales de las más groseras telas. También usaban los sacos y pedazos de alfombra, la malla de los calcetines para cualquier asomo de gorro o caperuzón. Esgrimían, amén de algunos palos, toda suerte de escobas, de cazos, de sartenes, de ollas, de inverosímiles jarrones viejísimos. En realidad, esas eran las máscaras auténticas, las que habían echado mano de lo más próximo, de lo más inútil, con tal de zafarse, de mistificarse, de ocultar de un modo grosero y grotesco lo que eran de verdad. Las alusiones obscenas y escatológicas menudeaban; los utensilios que llevaban y sus gestos aludían a las más hórridas funciones fisiológicas y abundaban las referencias a la maternidad, en caravanas orientales que llevaban en andas a mascarones de cara pintada, cuyo perfil simulaba el de las mujeres grávidas, con la cintura llena de almohadones bajo la mugrienta sábana que les cubría. Pero al llegar a la altura de la calle Nueva el espectáculo cambiaba de color. Las falsas mujeres más pletóricas abandonaban su catre para lanzarse a aporrear sin miramientos a sus oponentes del bando contrario. Se armaba una polvareda y un griterío indescriptible. Se zumbaban de lo lindo, sin miramientos, con todo realismo. En el batacazo solía haber todos los años heridos y contusos de todo género, que acababan la noche en el hospital con algún hueso roto o con algunas costuras cosidas de prisa en la casa de socorro más próxima.
Cuando Desiderio y Silvia se pararon ante la calle Nueva, la batalla estaba comenzando. Como es natural, antes de la arremetida se pasaban unos minutos en que ambos bandos se lanzaban los más soeces insultos para enardecerse convenientemente. Asmodea y Desiderio cruzaron hacia la acera en el curso de ese prólogo. Inmediatamente que hubieron cruzado, la batalla empezó.
Grandes y chicos, en medio de un gran volandeo de sábanas, se enzarzaron en la más descompuesta batalla campal. Al cabo de unos segundos volaban las sillas de boga del paseo y se veía agitarse un gran bosque de palos y de escobas. Se oían gritos de todo género, no aptos para ser transcritos.
Asmodea y su acompañante quedaron unos instante mirando la pelea, pero sin mucho interés. Un gordo Baco en camiseta, con una gran corona de ramaje sobre los cabellos pintados de verde, soltaba tremendos patadones a quienes se ponían a su alcance, parándose de vez en cuando para tragar pacientemente el hilillo de vino negro que hacía salir con fuerza del pezón de su bota de piel, y que se derramaba sobre sus mejillas y su boca grasienta. Una «embarazada» las emprendía contra un grupo de truhanes que la rociaban con un sifón, mientras de ella se iban derramando almohadones.
Pensaba Desiderio en cómo hubiera mirado Jeannine aquella turbamulta. Y sintió entonces que ella estaba lejos, que estaba en medio del mar, y hasta le pareció sentir bajo sus pies la oscilación del barco, el crujir de los maderos, la oscilación que hacía todo él al avanzar entre las aguas. También sintió el ruido del mar, rítmico, monótono, y pensó en un gran paño de agua azul, inmensa bajo el halo de la luna, sin más que silencios y sombras, agua y viento por todos lados. Pero no sintió dejadez ni dolor ante esas imágenes. Le parecía que Jeannine era feliz, que él lo era también por haberla amado, que los dos se seguirían queriendo en la distancia y que ese amor les llenaría de luz toda la vida.
Interrumpió su soliloquio el bramido de un motor, y el paso raudo de un pequeño coche colorado, a frenazos y bruscos aceleramientos entre la muchedumbre que se aporreaba. El vehículo estuvo en un tris de atropellar al beodo de la bota, que lanzó contra él una sarta de insultos. Era el coche de Pablito de Inglada, y Desiderio vio confusamente el torso del hombre, junto a la silueta de una figura femenina vestida de azul, con un alto peinado pintoresco y petulante, bajo el cual Desiderio no pudo reconocer a Crista.
Asmodea le cogió nuevamente del brazo, invitándole a andar. Toda la Rambla estaba iluminada; los escaparates fulgían como en día de labor y la calle rezumaba bullicio y un clamor sonoro hecho de los ecos más dispares.
Llegaron frente a la puerta del Liceo. Desiderio se dio cuenta de que sus zapatos estaban manchados de barro, pero tampoco eso tenía la menor importancia en aquellos momentos.
La entrada del teatro y la ancha escalinata de mármol le dio la noción clara de todo lo que había ocurrido en el curso de aquellas horas. Le pareció que todo el trecho que iba desde que entró en el piso de Asmodea y vistió su disfraz hasta este momento era un hueco terrible en su vida, algo sin peso, como un bulbo solitario y mortífero crecido de pronto en el flanco. Él se había preparado unas horas antes para venir aquí, y aquí estaba. Pero nada de todo eso ahora se parecía a aquello. Todo había cambiado bruscamente de sentido o, mejor dicho, todo lo que antes tenía un sentido había cesado repentinamente de tenerlo. La gran escalinata ya no correspondía al espacio que ocupaba en el mundo, no era ya la escalinata de aquel Gran Teatro, en el que en definitiva él tenía un entronque, sino un lugar abstracto, sin filiación, sin naturaleza, sin destino. Los disfraces que subían por la escalera no correspondía tampoco a nada concreto, no eran seres humanos con los que cupiera una relación, por trivial que fuese, no eran sus contemporáneos ni sus paisanos, sino espectros huidizos de otro mundo, de un mundo sin pasión, sin afección, sin carnadura. Quizá todo lo que estaba viviendo no existiera aún, o quizá ya había pasado y no era más que una reminiscencia. ¿Qué importaba todo? Lo cierto es que no sentía el menor dolor, sino una gran mansedumbre, hasta una dulzura especial, un enternecimiento por todo y para todo. Y Asmodea le llevaba, sosteniéndole suavemente.
—Podemos ir a buscar a Antonio. Me ha dicho que seguramente estaría en el bar, si no estaba en el anfiteatro.
Pero Desiderio no quería ver a nadie más; Desiderio se sentía bien como estaba, solo consigo mismo, y quería saborear aquella sutil bonanza de su intimidad espiritual. También hubiera querido tenderse, reposar, quedar sumisamente absorto sin hacer nada, sin requerir nada, sin propósito alguno; adormecerse lentamente. Y le dijo a Asmodea que prefería que se fuera a buscar a Antonio, y que luego, si querían, volverían a encontrarse.
—No puede ser. No puedo dejarte solo, amigo. ¿Por qué no quieres que esté contigo? —Y en la propuesta se expresaba una gran ternura.
—Bueno, ven si quieres. Pero es que pienso meterme en el palco de casa. Desde allí se ve bien todo. Allí me encontrarás. —Buena idea —dijo ella—. Te acompaño allí, a condición que no te muevas. Yo iré en busca de Antonio.
Así lo hicieron. Desiderio se hizo abrir la puertecilla de acceso al palco por el ujier, que le saludó afablemente. Abrió la luz del antepalco y se sentó en el taburete. Se oía del otro lado de la cortina el eco estupendo de la música de la gran orquesta, el rumor de los pasos de la muchedumbre que bailaba, y un rumor de voces y de conversación.
Allí quedó sentado largo rato, sin pensar en nada concreto. Nunca había mirado tan atentamente cada uno de los objetos que formaban la decoración de aquella minúscula salita. El espejo pequeño, el colgador, el papel floreado, la repisa de madera para dejar allí un momento las joyas o para tener en ella unas flores o un cepillo; la mesita, en la que había un cenicero de cristal. Todo quedaba anticuado y pensó Desiderio que aquel antepalco era como una imagen de su propia alma abandonada. Cuanto había ocurrido allí le parecía ahora un extraño reflejo de lo que ahora le ocurría. Y al mirar el espejo pensó primero en Jeannine, pensó en sus cabellos, en su peinado. Pero después, por una extraña transmutación, la que fue apareciendo, la que se fue perfilando fue otra imagen femenina, que aún no tenía nombre o si lo tenía estaba amortiguado por un olvido lejano e inclemente; y esa figura, esa faz, se fue amasando, cobrando forma y color, y Desiderio se levantó lentamente del taburete y se fue acercando a la mirilla deslustrada y espolvoreada por los años, en la cual apenas si se podía ver.
Sí, en aquella superficie de azogue mordido y enturbiado por los años se había reflejado alguna vez el rostro de su madre, y en aquel suelo ella había reposado, tendida y muerta. Sintió como temor de pisarlo. Sintió temor de la estrechez de aquel reducto exiguo, temor de quedarse solo allí. Y raudamente, por un impulso repentino, con un cierto escalofrío, salió al palco.
El baile había desarrollado toda su alfombra rutilante y el Liceo entero era un brillo de luces, un rigodón gigantesco, una mazurca de otro tiempo completamente desenvuelta. Centenares de parejas se movían en toda la extensión del gran salón granate, dorado, amarillento. La sonoridad majestuosa de la orquesta parecía llenar la inmensa concavidad de aquella rutilante caracola. Las damas y jovencitas con los más diversos y coloreados atavíos, llenaban por entero el local, y grandes ojos hermosos se abrían y pestañeaban detrás de los antifaces, asombrados de tanta luz, de tanta riqueza y de tanta gracia. Y el alarde sensual de los escotes de las más distintas formas, correspondientes a las modas y a los usos más arbitrarios y diversos, ponía un atractivo incitante en todos los ángulos con la pincelada de la joven carne palpitante bajo las joyas y los terciopelos. Las piernas de muchas mujeres se mostraban impúdicamente por mor del disfraz en el fino molde de seda y desde la altura se veía a los hombres que bailaban acariciar lentamente, insistentemente a sus parejas, desearlas con un arrobo sordo, sin discreción y sin arrebato. Pero muchos conservaban puestas todavía las caretas y había arlequines y chinos de larga trenza en todos lados, mientras se oía, en algunos palcos cercanos, el estampido de las primeras botellas de champán al ser descorchadas.
¿Dónde estará Jeannine?, pensó Desiderio. ¿Es posible que ninguna de esas mujeres sea ella? Pero ¿para qué razonar? El rumor del mar se diluyó en el vívido fulgor trascendente de esa humanidad amasada, fundida con el tono granate de los cortinajes y de los palcos. Todo parecía surgir de la amable tonalidad atrayente y lánguida de esa pulpa de luz granate disuelta en el aire y en la inmensidad de la sala que la música llenaba con su poderoso y armónico clamor.
Era preciso mezclarse en ese tumulto, era necesario fundirse en la alegría de los demás, era necesario diluirse en paz y con entusiasmo en la gran zarabanda. Y Desiderio salió de su palco, sin preocuparse de apagar la luz.
Salió al pasillo y cruzó entre unas máscaras femeninas que pasaron por su lado riendo. Ni se volvió siquiera.
Bajó por la escalera y entró en la platea. Quedó arrimado en uno de los ángulos del pasadizo de entrada.
La piña de las parejas discurría tumultuariamente sobre la enorme pista. Desde allí, los acordes de la orquesta sonaban lejanos, perdidos en la gran oleada de los rumores que hacían las parejas al bailar. Junto a Desiderio, rozándole, pasaron un gran guerrero, un Gengis Kan de careta enorme con rasgos mogólicos y su pareja, una bailarina con una gran cola de pavo real, a la que sostenía con la mano para evitar que fuera pisada por los demás. Luego un lagarto inmenso, un dragón solitario de ojos verdes de cristal, abrazado a una mariposa cuyas alas apenas ocultaban la gran espalda femenina, hermosamente desnuda. Luego un chauffeur, con bata blanca, gorra y una careta risible, que se agarraba a una gruesa bayadera hindú, con pantalones de seda rosa sujetos por anillas en el tobillo y el rostro púdicamente tapado por el velo. Y otras parejas y otras máscaras que volteaban airosamente, como aisladas de toda música, por una suerte de rutina auditiva singular. Y de pronto, cierto «pelotari» aplastado contra una fina cíngara morena y de piel fresca y juvenil.
—Desiderio…
La pareja se acercó a él. Anselmo se desprendió de la chica, que quedó un poco alejada, haciendo unas muecas, sacando la lengua y moviendo los brazos, burlándose de su pareja. Sin duda Juanita estaba bebida. También lo estaba Anselmo.
—¿Verdad que tienes palco? ¿Por qué no me dejas que vaya a él? —barbulló, riendo.
—Ve si quieres. No tienes más que entrar. Lo he dejado abierto. Es el once de arriba.
El «pelotari» volvió a abrazarse a su pareja, con más denuedo. Pronto desaparecieron entre la marejada. Y Desiderio abandonó aquel lugar; dio un rodeo, bajo la baranda de los palcos. Se acercó al pretil de la orquesta, al foso de los músicos, debajo del escenario. Desde allí miró a lo alto.
Parecía que todo el inmenso salón, que la fachada radiante de los cinco pisos apilados, fuera a caer, pudiera derrumbarse de pronto aplastando tanto movimiento y tanta vitalidad. La gran lámpara del techo parecía removerse, como si fuera empujada por un viento de cumbre. Todo puede caer, todo puede venirse abajo, pensó Desiderio. Y esa sensación de vértigo le hizo alejarse de nuevo. Subió los peldaños de la escalerilla y cruzó por detrás de los palcos. A través de las puertas abiertas de algunos de ellos se veían escenas picantes, alguna botella sobre la mesa, aquí la pierna tendida de una mujer, más allá el beso que se daba una pareja, ella apretada contra el tabique del antepalco, bajo el colgador. Y rumor de risas y aspavientos a través de los cortinajes.
Avanzó hacia la salida. Pero dudó un instante y volvió a subir por la escalera. En ella se habían sentado algunas parejas. Cuando pasó, una de ellas se apartó y en un movimiento apresurado la mujer, una muchacha joven, pletórica, vestida con un traje holandés, mostró el corpiño abierto y por él la silueta de un seno firme, jadeante.
Subió hasta el fumoir. En los bancos del salón de los espejos parejas de hombres y mujeres, a quienes los disfraces empezaban a resultar incómodos, ya desprendidos de sus caretas, se acariciaban. Otras se susurraban cosas al oído y muchas de ellas reían, reían desconsideradamente, acaloradamente, bajo los efectos de la bebida. Y aquel mar de sensualidad y de deseos se estaba encrespando y Desiderio se sentía solo, absolutamente al margen de él, dominado por una terca sensación de bonanza que le decía que nada de aquello merecía en aquellos momentos la pena, y que, sin embargo, era necesario mantenerse en pie.
Entró en el Círculo del Liceo. Lo hacía todo como un autómata, sin saber con exactitud a qué se debía ninguno de sus gestos, ninguno de sus pasos.
El conserje le saludó llevándose la mano a la visera. Cruzó por el salón que Casas decorara. Los bellos plafones estaban llenos de figuras amistosas, de figuras pretéritas y amables y miró distraídamente, saludándola con una sonrisa, la de aquella hermosa automovilista de fin de siglo. Luego, entró en el salón de juego.
Había un silencio absoluto solo rasgado por la voz del croupier y por el chasquido de la bola al dar contra los bordes de la ruleta.
Sacó de su cartera todo el dinero. Eran tres mil pesetas, y algunos billetes pequeños. Compró unas fichas. Se acercó a la mesa verde en la que volteaba el círculo, la rueda. Los jugadores formaban un círculo sombrío a su alrededor, y allí ya no había rastros del Carnaval, ni nadie sabía en qué día ni en qué lugar se hallaba.
Apiló unas cuantas fichas en uno de los cuadrados. Luego puso otras en otro.
—Ocho negras; color gana, encarnado pierde.
La pala del croupier recogió rápidamente los redondeles rojos. Apiló nuevas fichas en otro cuadrado.
Y empezó a rodar la bola, y luego empezó a tintinear, y no quedó más ante sus ojos que aquel chasquido rápido y breve que dominaba sobre su calma extraña y su extraño vértigo, en el que todo empezaba a quedar muy lejos.