V
EL DESPERTADOR lanzó su llamada a las cuatro y media de la madrugada en el viejo hogar de los Rius. Don Joaquín se levantó al mismo tiempo que su hijo para asistir a todos los preparativos: los leguis, el correaje, el sable. Parecía surgir un hombre de la figura de un jovenzuelo, como surge la forma en la escultura. Esta estatua viviente fue vivificándose con un rumor de espuelas por los pasillos oscuros del viejo principal.
Los pucheros disimulados del día anterior se convirtieron en fresco y lozano llanto en las mejillas de Josefina al ver a Desiderio vestido de militar. Desiderio asombraba a la vieja doncella, que le había visto nacer, con su facha aguerrida reflejada en la luna del armario. La ceñida guerrera azul con los vivos amarillos, el casco de gala y, en él, la abundante llorona de crin blanca, la pelliza azul, adornada con las tres muletillas y ribeteada de astracán, exaltaban la esbeltez de ese niño mayor al que la sirvienta, conmovida, pellizcó al fin en la mejilla sin poder contenerse.
Con paso vivo Desiderio cruzó la distancia que le separaba de la caballeriza, en la que debía encontrarse con Anselmo. Este ya le esperaba. Al contemplarse uno a otro, a la luz del cachivache de acetileno que el sereno acercó en el establo, los dos se echaron a reír a carcajadas. Anselmo parecía un húsar de opereta. Su bigotito recortado parecía más recto bajo el esplendor del gran casco y había en su facha algo de ridículamente marcial.
—Vamos a dar el golpe —clamó Anselmo, dándolo por anticipado en la espalda de su amigo—. Pareces de verdad —comentó, aguantando la risa.
Sacaron los caballos a la calle, que estaba solitaria y oscura. Montaron con dificultad, no habituados a su pesado indumento.
Desiderio había prometido a Josefina pasar por delante del balcón, camino del cuartel. Era algo raro transitar a caballo y vestidos de aquel modo en plena oscuridad, cruzar la Plaza de Cataluña y enfilar el Paseo de Gracia. El aire tenía un regusto marino y salobre como si hubiera un polvillo salado flotando por el aire. La mañana era fría y húmeda.
Paró un instante ante el principal. Su padre y Josefina salieron al balcón. Él no hizo más que detenerse un instante y saludar con el brazo. Vio a Josefina llevarse la punta del pañuelo a los ojos, y se avergonzó un poco de aquella efusión delante de su amigo.
—¿No te importará pasar por el Paseo de Gracia? Así como así, el camino es el mismo.
—¿Es que te espera alguien más?
—Sí, mi novia me dijo que quizá se levantaría para verme.
—¡Caramba, eso son palabras mayores! —dijo Anselmo, un poco fastidiado ya de tanto espectáculo.
En efecto, Crista se había levantado y estaba detrás de la vidriera. Desiderio vio claramente su silueta detrás de los cristales. Se puso debajo de una de las farolas del paseo, para que ella pudiera admirarlo bien. Luego lanzó un beso con la mano.
—Vaya un madrugón que se llevan por ti. Ya puedes agradecerlo.
Los cascos de los dos caballos hacían un ruido muy vivo al chocar contra el pavimento. Clareaba insensiblemente sobre azoteas y terrados. Desde la altura de la grupa la ciudad silenciosa parecía puesta a su merced. Se sentían llenos de la ilusión del acontecimiento; pero era preciso disimularlo, quitarle lastre. Les habían dicho muchas veces que los primeros días había que ir con mucho cuidado.
—No seremos más que cinco cuotas —le informó Anselmo—. Además de Inglada, un tal Perico Rovira y otro tal Tomás Esteve. Me lo dijo un sargento.
—Vaya, estaremos bien. —Y Desiderio pensó en los privilegios que podrían obtener de esa restricción numérica.
—Nos van a meter en el escuadrón del capitán Suárez. Según me han dicho, es un bonachón — informó Anselmo, que parecía estar al corriente de todo.
Por una de las calles laterales fueron avanzando hacia el Paseo de San Juan. La claridad iba creciendo insensiblemente sobre las fachadas. Era una luz lechosa, difusa, como de espectro. Cruzaron el Paseo de San Juan y se metieron, en dirección a la Sagrada Familia, por la Travesera. La estrecha calle de barrio estaba completamente solitaria. Solo los faroles, encendidos y amustiados por la creciente claridad, parecían poseer el silencio.
La mole de la Sagrada Familia, sus altas torres, como oscuros espárragos monumentales, apareció en lo hondo. Aquel era ya el paisaje cuartelero, les acercaba a su término. Los dos caballos cabeceaban y resoplaban, como si estuvieran infundidos de la misma impaciencia que ellos.
El Cuartel de Dragones de Santiago estaba instalado en la parte alta de la ciudad, sobre un descampado irregular en las estribaciones de la montaña. Durante largos meses los jóvenes reclutas iban a entrar muy de mañana en este edificio y a vivir unas horas diariamente la vida militar en los largos patios flanqueados por los abrevaderos, en el picadero, en los escuadrones, ruidosos del cocear de los caballos e impregnados de un fuerte olor a pienso, estiércol y paja, en la cantina y en el Cuerpo de guardia. El alarido irregular de la corneta señalaría la diana, el pienso, el rancho, el abrevaje, el toque de queda. Su sonido metálico iría a morir en el desmonte, en el pequeño suburbio crecido al calor del cuartel, en los garitos de bebidas, barracas de ladrillos y hojalata, en cuya puerta gatos y perros vagabundos se lamían mansamente las lacras.
La entrada de los nuevos soldados en el cuartel fue un espectáculo digno de ser contado. Todo empezó en el momento de trasponer la puerta. La luz del amanecer iluminaba ya totalmente los torreones y las falsas almenas de ladrillo del recinto castrense. Lo primero que asombró a nuestros dos amigos fue el sonido delirante de una corneta, completamente insólito y no previsto en las ordenanzas. Pronto advirtieron que se trataba de una guasa. En el momento en que llegaron a la puerta del cuartel Pablito de Inglada estaba apartando la gualdrapa escocesa de un caballo hermosísimo que sostenía por las riendas un mozo del picadero de Arsenio. Junto a la acera de enfrente se veía la voiturette de Pablito, de la que este acababa de bajar. La exhibición del mozo había movilizado a un grupo de veteranos del garbanzo, y en seguida, con el permiso del capitán, fueron a avisar al corneta para que preparara la ruidosa recepción. Fue en el momento en que los tres nuevos reclutas hacían su entrada en el cuartel, en que sonó con un alarido vergonzante el toque de corneta y grandes y numerosas risas y abucheos. Desiderio, el primero en entrar, se encontró frente al mismísimo capitán Suárez, que le inspeccionó de arriba abajo con un detenimiento atarante. Vio reflejados en sus ojos la impecable guerrera de Almagro, los guantes de Comas, las botas de piel de Sayal, tan bruñidas como para hacerse ante ellas el nudo de la corbata.
—A sus órdenes, mi general —saludó el capitán, cuadrándose ante él, en una parodia escalofriante de disciplina a la inversa.
Un coro de carcajadas en el patio coreó el cómico ademán.
Les hicieron entrar en un cuartucho, donde pasaron lista y les tomaron la filiación. Allí estaban ya el resto de sus compañeros, Perico Rovira, y Tomás Esteve, a los que había aludido Anselmo. Cumplida la formalidad, Desiderio y sus cuatro compañeros oyeron con espanto al capitán dar una orden extraña, inesperada; y al poco, se encontraron en las caballerizas, limpiando con palas y escobones los detritos que, en el suelo, sobre la paja, habían dejado en veinticuatro horas los caballos del Regimiento de Dragones de Santiago. Esos caballos no tenían, ciertamente, la catadura ni los modales de sus propias flamantes cabalgaduras. Eran unos potrancos ariscos, suspicaces, movedizos y malhumorados, cansados de bromas.
Contra lo que Desiderio presumía, Pablo Inglada aceptó de buena gana y con grandes voces de júbilo el triste cometido higiénico a que acababan de ser condenados. Aseguró que era diestro en estos lances, y hasta demostró su habilidad en ello. Dio unas cuantas instrucciones a los demás, que estaban mascullando interjecciones, como para demostrar que era un experto.
—Hay que ser hombre de campo para eso. Vosotros no servís, se ve a la legua —decía con petulancia.
Al cabo de un rato de sometimiento a esa prueba, fueron llamados de nuevo por el capitán. Los reunió en un cuarto en el que había unos bancos y una pizarra en la pared. La suciedad de las cuadras no había hecho apenas mella en los atuendos de los reclutas. Las botas, después de un ligero toque con un trapo, brillaban como antes.
—Les he hecho llamar, señores, porque es preciso que nos conozcamos. Supongo que ya se habrán dado cuenta de que aquí no habrá preferencias ni tratos de privilegio. En las horas de cuartel, todos somos unos, ¿entendido?
Era un hombre gordezuelo, de mediana estatura, que respiraba optimismo y socarronería.
—A ver, usted, general —dijo, dirigiéndose a Desiderio—. ¿Cómo se llama usted?
—Desiderio Rius, mi capitán —respondió, en actitud de firmes.
—¿Desiderio? ¿Y quién le gastó esa broma?
Miró y observó complacido que su gracia era reída por todos menos por el objeto de ella.
—Vamos, vamos, formalidad. En la disciplina soy muy severo. ¡No tiene fama el capitán Suárez de hombre recto e intachable concerniente al servicio! En lo demás, fuera de servicio, un amigo, eso es, un amigo en todo y para todo. Oiga usted —terció de pronto, dirigiéndose a Inglada—, aunque se venga en coche, aquí dentro eso no cuenta, ¿entendido? Y a ese criado que le ha acompañado aconséjele usted que en adelante se quede en casa. ¿De acuerdo? Ya está usted suficientemente crecidito para venir solo, ¿no cree?
Acto seguido, tras una breve pausa, empezó a parafrasear una glosa del articulado de las Ordenanzas de Carlos III referentes a la disciplina.
Una vez terminado el repaso a grandes líneas de esa parte del articulado —el capitán había bautizado ese rato con el nombre de clase teórica— pudieron salir a los patios en espera de la hora de la instrucción. Los patios eran amplios y formaban anchas avenidas polvorientas en las explanadas libres de las edificaciones del cuartel. Arrimados a los muros multitud de soldados, mal vestidos o a medio vestir, se despanzurraban al sol matinal, otros formaban tertulias o se perseguían sobre las desiguales losas; un grupo de ellos jugaba con una pelota de trapo; algunos estaban empeñados en su toilette matinal, afeitándose al aire libre ante diminutos trozos de espejo colgados de algún clavo en la pared. Los había de todas clases y cataduras; altos, forzudos, norteños de fuerte musculatura y vozarrón bizarro; y levantinos ágiles como gacelas, casi rubios. Pero abundaban más los hombres de tipo extremeño, bajos, cenceños, oliváceos, de rostro mordaz y mirada aguda. De vez en cuando uno de ellos cruzaba el patio, sin que los demás se preocuparan de abrirle paso, precediendo a una ristra de tres o cuatro caballos que llevaba a abrevar. Los caballos cruzaban entre los jugadores de pelota o entre los que corrían sin torcer para nada su camino. A veces, alguno de ellos parecía sentir de improviso un arranque insolente; se paraba con un movimiento nervioso de las patas, bailaba un instante agitadamente sobre las losas y con grandes cabezadas se resistía a la rienda que le ataba a los demás, hasta producir un ligero tumulto. Pero un tirón del soldado restablecía la calma, mientras sonaban voces airadas y juramentos y algún trallazo chasqueante en el aire. Los caballos seguían su camino, dejando aquí y allá, en el suelo del patio, la pelota humeante de sus detritos que brotaban a borbotones de su carnadura marrón y lustrada cuando las colas largas se elevaban con una violencia vibrátil y arrogante a la altura del torso. Luego se acercaban a los abrevaderos, apretándose unos contra otros, frotando entre sí sus lomos poderosos en busca de un hueco donde meterse y hundían los pacientes morros en el agua plácida, verdosa, de la acequia que discurría en las pilastras de cemento. Bebían prolongadamente, con un sorbo lentísimo y pertinaz hasta quedar saciados. El belfo mojado surgía otra vez al aire y lo trituraba como una golosina, con un abrirse voraz de las ventanas nasales que mostraba en su distensión las pálidas encías y las blancas dentaduras mojadas y babeantes.
Pronto ese espectáculo les resultó familiar. Desiderio y Anselmo dieron un rodeo por los patios. Los soldados los miraban con curiosidad, con un asomo de burla, pero no les molestaban. Andaban un poco perdidos, abúlicos y desplazados. Cruzaron enteramente la curva de herradura que forma el cuartel, hasta pararse frente a un tosco garito de una planta del que salían voces y canciones, un murmullo de guitarras y el eco de un cante. Era la cantina, según rezaba con letras burdas un cartelón sobre la puertecilla de entrada, de la que colgaba una cortina de cuentas multicolores que cerraba el paso a las moscas.
No tardaron en darse cuenta de que Pablito era un tipo singular, capaz de plantar cara a las situaciones más difíciles, a juzgar por la amistad que parecía unirle ya al corneta que poco antes floreara en su honor uno de los repiques más curiosos de su carrera musical. Pablito y el corneta en el interior de la cantina canturreaban a grandes voces y daban palmadas estruendosas acompañados por el instrumento que un veterano de pelo gris y cara tristísima, en la que faltaba nada menos que un ojo, estaba rasgueando. Había sobre el mármol del mostrador una botella y unos vasos, así como restos de tortilla y un plato de ensalada no muy apetitosa ciertamente, sobre el que volaba, planeando y zumbando a trompicones, un enjambre de moscas. El corneta tenía cara de pocos amigos, pero en aquel momento parecía hallarse a sus anchas. Dos grandes patillas, que parecían la hoja cortante de un hacha de leñador, cubrían sus mejillas enjutas, hasta una cicatriz que partía en diagonal su labio inferior. Un bigotito fino acentuaba la malignidad aparente de aquel rostro, malignidad a la que acababan de rubricar unos ojillos saltones y brillantes, apenas visibles entre la maraña de las hirsutas cejas. Llevaba el corneta la guerrera sin abrochar y por la cintura del pantalón asomaba en ella el mango de una navaja virulenta y poco tranquilizadora. Pero Pablito y él parecían haber congeniado a fondo, a juzgar por el ademán protector con que Inglada pasaba su amplia mano sobre el hombro del sucio recluta. Desde el interior Pablito les hizo signo de que entraran, pero ellos se excusaron con un ademán y siguieron caminando.
Al cabo de media hora sonó un cornetín un poco embarullado —o al menos así les pareció que sonaba, quizá sugestionados aún por la estampa del corneta que habían dejado en la cantina— y creyeron entender que era hora de la instrucción. Los cinco recién llegados cumplieron su cometido a la perfección, adiestrados como estaban por las lecciones de las academias. El recuerdo de don Crisanto flotó un instante en el aire al comprobar la satisfacción con que el sargento que les dirigía pronunció sus «muy bien» y su convicción de que la jura de la bandera no habría de ser demorada. Al término de la instrucción quedaron descansando en su lugar durante un rato, en espera de que les revisara el coronel. Al fin este, cojeando ligeramente, apareció en el extremo del patio, seguido por el capitán Suárez. El coronel era un hombre de porte distinguido, de pelo gris, casi blanco y de rostro moreno, de aspecto jovial. Les pasó revista detenidamente, uno por uno, sin abrir boca. El aspecto de todos ellos pareció complacerle. Tuvo un aparte con el capitán y este preguntó después si alguno de los nuevos reclutas tenía «escuela» de equitación y ordenó que, en tal caso, el interesado diera un paso adelante. Desiderio dudó si dar a conocer en aquel trance sus habilidades de jinete en años de colegio. Al fin, pensando que su destreza no se le habría olvidado tanto con los años, se decidió a dar el paso. Hizo al capitán la salvedad de que no creía estar entrenado en su forma actual, pero que desde luego él poseía «escuela» y hasta era ganador de algún trofeo modesto. Al capitán Suárez se le redondeó el busto de satisfacción y le dijo que se pusiera a las órdenes del teniente Campos.
Encontró a este teniente Campos en el cuarto de oficiales. Recibido el encargo del capitán, el joven oficial le invitó afablemente a que lo siguiera. Era un hombre jovial, casi de la misma edad de Desiderio, barbilampiño, de facha simpática y charla abierta y natural. Le explicó en seguida que era un prurito del coronel conservar una tradición de buenos jinetes en el Regimiento, para su lucimiento en los concursos anuales; el coronel mismo era un excelente jinete; había sido años atrás una de las figuras de la equitación militar española. Ahora, ya lo había visto, el reuma afligía sus miembros —el clima de Barcelona no le sentaba bien— y los años empezaban a pesarle, por lo que había tenido que renunciar a la silla. Mientras el teniente hablaba, Desiderio, que caminaba a su lado, observaba al pasar las dependencias del cuartel que estaban cruzando. Estas mostraban un aspecto que nadie hubiera sospechado desde el exterior; era todo aquello la morada de oficiales y jefes. Tenían aquellos pasillos anchos y las salitas que de vez en cuando se dejaban ver a través de livianos cortinajes y estores, un cierto aire de estancia colonial. Los muebles, las pinturas, los tapices, las cornucopias debían de ser una réplica de la decoración de ciertos palacetes que habían cobrado su forma y obtenido su carácter en las plazas fuertes de las posesiones antillanas, en los palacios de Capitanía de La Habana o de Veracruz; solo que, aquí, quedaban como una copia modesta, como un reflejo mustio de aquellas grandezas. Sin embargo, de la sobriedad, del tono casi conventual de la decoración de aquellas dependencias trascendía el espíritu al que habían de servir. La simpatía, la llaneza del teniente contribuían también a congraciarle con el ambiente y se sentía animado.
Cruzado el edificio, el teniente y el nuevo soldado salieron a un patio interior, aislado del resto por un alto muro, tras el cual se columbraban los perfiles de las viviendas de la calle. Las características de ese patio le dieron a entender en el acto que se trataba del lugar de ejercicios de los jinetes de temple del Regimiento. Había varios obstáculos de ramaje dispersos aquí y allá y, en el fondo, una pequeña caballeriza, en cuyo mástil ondeaba el estandarte de Santiago; de ella llegaban hasta su percepción coceos y breves relinchos.
Entraron en la caballeriza y el teniente ordenó a uno de los soldados que la guardaba que preparara cierto caballo. Desiderio vio ante sí al cabo de un rato, en el patio, a una finísima yegua, lista para que la montara. El teniente le dio unas instrucciones.
—Dele primero unas vueltas para que se desfogue. En seguida verá que es fina como una brújula. Ánimo —dijo, ayudándole a montar.
Desiderio dio unas vueltas con ella. Bailaba y rebrincaba, ni un momento quieta. Parecía tener ganas de empezar a saltar en seguida. Tuvo que retenerla. Se encabritó un instante, torciendo el cuello. Luego, dispuesto a saltar, la puso frente a la primera valla.
Limpiamente, como si él no le pesara, pero dócil a sus menores tirones, a la sugerencia más leve de su rodilla, la yegua se lanzó al galope hacia el obstáculo. Desiderio se agachó, se puso en tensión, fue elevado velozmente y sintió de nuevo los cascos sobre la tierra polvorienta; y nuevamente avivó al animal para que salvara un poste de madera tras el cual se hallaba tendida una ringlera de sacos. Miró atrás y comprobó que el poste estaba intacto. Se encaró al promontorio de tierra; y la yegua saltó ágilmente sobre ella y volvió a bajar; luego, la obligó a torcerse sobre sí misma; la enfrentó nuevamente al primer obstáculo.
—Ya basta —oyó gritar al teniente—, dele un par de vueltas más y ya bastará por hoy.
Una vez la hubo ejercitado nuevamente con igual éxito, se paró junto a la caballeriza y descabalgó.
—Está bien, está muy bien. Ya informaré al capitán de eso. Es buen bicho, ¿no? —preguntó, dando unas palmadas al cuello de la yegua.
Cuando Desiderio contó a Anselmo el lance, a este le pareció que su amigo no tardaría en hacer brillante carrera en el ejército.
—De peores cosas han nacido Napoleones —comentó.
Pero Desiderio no veía tan claro su porvenir guerrero. El cuartucho en el que conversaban olía a paja y a cochambre de una manera estremecedora. Parecía que se hubieran vaciado en él todas las letrinas del suburbio. Desiderio le echó una ojeada desilusionada.
—¿Y este es nuestro hotel?
Aquel era en efecto el cuarto donde tendrían que dormir, si podían, en las noches de imaginaria y de guardia, donde tendrían que pasar las horas de lluvia y de silencio cuando estuvieran acuartelados. Era un cuadrángulo de tres o cuatro metros; sus paredes desconchadas estaban manchadas de humedad y vagaba, por el suelo, ese polvillo como de algodón que solo puede provenir del contubernio de telas y maderas con ratones y cucarachas. Cuatro camastros, uno al lado del otro, sin sitio apenas para pasar, lo aproximaban de una manera alarmante a la idea que Desiderio se había formado de una celda de cárcel. Las ropas de esos camastros hacían volver la cabeza con náusea. Unas mantas agujereadas, apolilladas, de un color indefinible, formaban protuberancias sobre unas sábanas de un algodón mugriento color café o poco menos. Las almohadas tomaban todas las formas imaginables. Unas parecían embudos, otras redondas bolas, pero todas ellas eran de una dureza medieval. Sus leguis, su correaje, la impecable guerrera de Almagro casaban mal con aquel lugar asqueroso. Por fortuna la presencia del sargento de guardia les hizo salir.
—¿No saben que eso es el Cuerpo de guardia? —recriminó enfurecido el menguado jefe, como si les hubiera descubierto en flagrante delito de espionaje o traición, en una maquinación extraña por apoderarse de aquel edén, de aquel reducto nauseabundo. Pero también a eso se iría habituando.
Cuando Desiderio contó a la intrigadísima y orgullosísima Crista sus impresiones del cuartel un velo opaco se ponía sobre las contingencias más deplorables y no quedaba más, a los ojos de su novia, que el aspecto romántico y un poco legendario de aquella aventura. Aunque lo hubiera pretendido le habría sido imposible a Desiderio destruir la ilusión con que ella lo veía, el asombro que le producían sus negras botas, su guerrera azul, el astracán que la ribeteaba. Y todo eso era suyo, era de ella; ella tenía una parte importante en la arrogancia con que él caminaba y se mostraba, hecho un brazo de mar, como el más elegante y airoso de todos los caballeros que habían existido.
Para Desiderio la vida del cuartel fue una realidad, y una realidad más bien pesada, asfixiante, llena de dificultades; para ella, en cambio, el servicio militar de Desiderio era una leyenda, el párrafo de un libro que estuviera saboreando con pasión, absolutamente alejada de los hechos reales.
Día tras día, el joven recluta hizo el mismo itinerario; Anselmo y él le llamaban, con propiedad, «el camino de Santiago». Llegaron a la conclusión de que era mejor dejar el caballo al cuidado de ciertos especialistas, que tenían un puesto de forraje en las cercanías del cuartel. Así sus viajes de madrugada se efectuaron en tranvías y de una manera menos brillante que la primera vez.
A los pocos días de su ingreso juraron la bandera y empezó para ellos la verdadera vida de la milicia. Un par de días a la semana tenían que pasarlos íntegramente en el cuartel, de sol a sol. Les costó habituarse a la pesadez de las guardias, a coger un sueño suficiente en el deplorable cuarto de guardia y a despertar así que el compañero daba a sus pies el tirón insistente que indicaba la hora de incorporarse al «punto». Los ojos se cerraban sin querer, en el curso de las dos largas horas en que debían vigilar junto a una garita o a un torreón, en la más sombría y anestésica negrura de la noche. «¿Quién vive?», y la voz lejana respondía en silencio: «¡Santiago y España!». Era un eco que sugería en la tiniebla hechos heroicos que estaban fuera de lugar, noches de vigilia y de zozobra en lejanas tierras conquistadas y turbulentas. Porque allí, mirando bien, no se veía más, a lo lejos, que el perfil pacífico de las azoteas de suburbio, ni había otro clamor que respondiera a esa voz vacilante que el ladrido de un can, el trasiego de una turba de ratones o los pasos de un noctámbulo despistado que volviera al arrabal con el mal sabor de boca de unas horas de podredumbre y de hastío en la ciudad.
El cuartel introdujo inesperadamente un elemento desconcertante, irregular, en su vida. Por las tardes, en los días en que no tenía guardia, Desiderio iba a la fábrica. Pero su trabajo quedaba descalabrado por la inconexión de ese horario y le hacía sentirse forastero y excluido de las normas establecidas. Apenas podía reconocerlas. La doble vida turbaba sus hábitos de tal modo que se sentía tremendamente incómodo en todas partes, en el cuartel, en su casa y en la fábrica. Había que tener paciencia, puesto que no había hecho más que empezar.
Con el mismo talante parecían tomarlo sus compañeros. Anselmo Durán era un hijo de familia sin profesión reconocida. Había estudiado la carrera de Derecho, que aún no había terminado, por puro deporte, por justificarse de algún modo ante los demás. A lo que podía verse, Anselmo era, sin embargo, un hombre a quien le gustaba un cierto orden en todas sus cosas. Aunque sus condiciones económicas y su libertad hubieran podido autorizarle cualquier gasto, aun el más impensado, Anselmo era todo lo contrario de un bohemio. Administraba a conciencia sus goces, mantenía un orden inflexible hasta en sus malas acciones. No se quejaba de su suerte jamás y adoptaba una pose constante de autoequilibrio que al cabo del tiempo llegaba a hacerse bastante fastidiosa. Anselmo tenía un faible y era la pintura. Eso le permitía llevar a su estudio, instalado no lejos del cuartel, en una parte de la Travesera de Gracia, a las muchachas descubiertas en ciertos bailes de barriada de los que era frecuentador. Quizá por eso tenía del amor ideas personales y las ponía en práctica como un artífice de su propia filosofía. Cuando descubría alguna joya de arrabal, fuera su hallazgo dependienta de modista o trabajadora de fábrica, no reparaba en gastos. La muchacha salía, a los pocos meses, vestida, arreglada, peinada según los toques que el artista daba a su personalidad; se especializaba en transformar beldades de suburbio, en hacerles conocer y gustar los placeres del restaurante, la brillantez de la vida nocturna. Los diamantes en bruto quedaban a los pocos meses en disposición de desenvolverse por su cuenta en aquel mundo al que no hubieran podido aspirar nunca sin la intervención de un mentor. Nadie pudo admirar ni una sola de las telas que servían de anzuelo a esa pesca milagrosa. La verdad es que la figura de Anselmo, su calvicie de hombre de sociedad, su bigote de maniquí de sastre, tenían muy poca relación con los caracteres que nos hacen decir de un rostro o de una figura que parece un artista. Anselmo era la antimelena, la antichalina, la anticaspa y el antigenio. Su fantasía se limitaba a las confusiones que a menudo sufría sobre la verdadera catadura de los personajes que ejercían una sugestión sobre él; cualquier demi-mondaine se convertía, en su imaginación, en una aristócrata en desgracia, baronesa o duquesa, parienta de tal o cual. Le causaba una impresión vivísima cualquier mujer a la que encontrara ya vestida, perfumada, arreglada sin necesidad de ayuda y dueña sin sus retoques fonéticos de un léxico ad-hoc. No obstante lo cual, y contra lo que pudiera parecer, era muy meticuloso, incluso con sus fallos y, de vez en cuando, desaparecía de la vida nocturna y hasta de la diurna para restablecer con unas semanas de abstinencia cualquier exceso imprevisto de su administración.
Desde el segundo día de su cambio de costumbres, Anselmo, que hasta entonces le había parecido a Desiderio un muchacho sin reproche, le mortificó con su egoísmo y con su modo constante de refunfuñar. Aquello no era para él. Estaba a disgusto, observando a cada paso con horror que aún le quedaban muchos meses de brega y buscando en vano una solución a tantas incomodidades.
En cambio, el que parecía haber resuelto las cosas a su gusto era Pablito Inglada. El hombrón era muy correcto con Desiderio. La tirantez que este le manifestaba, aun sin querer, resabio de su disgusto por la escena del día de Reyes, no parecía afectarle lo más mínimo. Al contrario, prodigaba sus amabilidades con el joven Rius, muy ajeno a la reacción que le causara. Pablito era un tipo singular. Pese a la admonición del capitán, se presentaba en el cuartel invariablemente a lomos de su insecto metálico. Su prestigio en el cuartel, entre los del garbanzo, crecía de día en día. Tenía voluntarios para todo, con solo sacar de su bolsillo un puñado de plata igual al que había mostrado la primera tarde que Desiderio le vio en el «Iris»; el corneta parecía estar a sus órdenes y a menudo se les veía departir amistosamente en la cantina. En los días de guardia, al borde de la una del mediodía se presentaba en un coche a la puerta del cuartel un ceremonioso camarero del «Suizo» portador de una bandeja que contenía la comida pantagruélica y refinada del joven Inglada. Este la devoraba sentado en una pilastra de cemento con el mismo empaque con que lo haría en el propio «Suizo», rodeado aquí de perros macilentos que se mordisqueaban y aullaban en disputa de un bocado, o de un coro de reclutas mirones.
Lo más sorprendente de las gestas de Pablito fue el arrojo con que se lanzó a solventar el engorro de las guardias. Lo hizo sin avisar a nadie y, por lo visto, sin el menor reparo en provocar un castigo que en ese caso hubiera sido tajante y ejemplar. De sus coloquios con el corneta resultó pronto una entente, según la cual el músico, mediante un estipendio que una y otra parte contratante mantuvieron rigurosamente secreto, se comprometió a realizar por el otro las guardias que le correspondían. Ante la evidencia, Anselmo Durán quedó boquiabierto y empezó a rumiar en el modo de usar a su vez de la estratagema, siempre y cuando transcurrieran unos cuantos días que comprobaran la impunidad del cambiazo. Hizo indagaciones claras cerca de Pablito.
—Nada más fácil —contestó este, llamando aparte al corneta— ¡Eh, Cosme, ven acá!
Anselmo, Cosme y Pablito tuvieron una larga sentada en la cantina. Se oyó cantar flamenco hasta a Anselmo Durán. El resultado fue que Cosme se convirtió en el gerente de una verdadera bolsa de compraventa de guardias.
A partir de aquel día fueron muchas las guardias en las que el miserable habitáculo de los camastros estuvo ocupado por los tres supervivientes de argucia, puesto que los sustitutos dormían en el cuarto de guardia de su clase, situado entre las caballerizas. Desiderio tuvo que tratar con más frecuencia a Perico Rovira y Tomás Esteve. El primero era un muchacho grueso, bonachón, con unas grandes gafas de concha sobre los ojos reposados. Perico Rovira era el hijo de una familia de transportistas. Tenía rasgos de un humor cordial que rezumaba agudeza, comprensión. Era una buena naturaleza. Solía decir que él había elegido Caballería porque conocía mejor a los caballos que a los hombres. Tomaba un poco el pelo a Tomás Esteve, que tenía un porte aristocrático, un esqueleto que podía parecer el de don Quijote, una piel blanca y un pelo fino y lacio, como el de ciertos cadáveres. Le decía a menudo que él había entrado en Caballería por razones distintas a las suyas propias. Tomás Esteve, en efecto, había elegido el cuerpo porque todos sus parientes, colaterales y consanguíneos, habían jurado armas caballerescas en Santiago, desde tiempo inmemorial. En cambio, los antecesores de Perico habían sido carreteros. «Yo mismo, aquí donde me ves —afirmaba el gordo y risueño Perico—, no soy más que un trajinante». Tomás Esteve, a quien el labio bífido hacía sonreír constantemente, era condescendiente y hasta parecía divertido con las manifestaciones de Perico, por el que sentía un gran afecto. Dispares y sin nada en común ni por su sangre ni por su temperamento, Tomás y Perico habían intimado de la manera más feliz en pocas semanas. A menudo, a la hora de la comida, se veía a Perico increpar a Tomás porque comía poco. «Las cantidades de hambre que habéis pasado los finos —le decía—. Si no hay más que verte. Lleváis sin mover las quijadas desde el siglo XI, desde la Santa Cruzada».
Porque, pese a su profesión y a su modestia, Perico Rovira era un muchacho que había leído, que se pasaba leyendo las horas largas de la imaginaria o de la guardia. Tomás Esteve, en cambio, en quien cuadrarían mejor esas funciones intelectuales, se divertía jugando al mus en la cantina. Había, pues, también un trastrueque en las aficiones de los dos amigos, de tal manera que Desiderio se habituó a considerarlos como complementarios, como actuantes de una curiosa simbiosis social y personal.
Después de una primera tanda de ausencias que duró unas tres semanas, Anselmo Durán se reincorporó a los servicios de guardia, renunciando momentáneamente a su trato con el corneta. Volvía de sus incursiones nocturnas con el tinte cambiado, con la cara radiante, aunque algo más delgado. En el curso de una tarde de guardia estuvo explicando a Desiderio meticulosamente, con todo pormenor, las novedades que había tenido ocasión de gustar en su jira por los placeres de Barcelona. Y, sin embargo, era mejor que, de momento y por una temporada, volviera a incorporarse a sus obligaciones. Cosme, el sinvergüenza, cobraba un pico. Si a eso había que añadir el tren de gastos que se originaba cada noche que pasaba fuera del cuartel, más todo lo que se llevaba ya de dispendio antiguo, la instrucción, el caballo, los uniformes y la cuota, el servicio militar tenía un presupuesto semejante al de toda la guerra de Troya. Hablaba apresuradamente, pero con convicción. Acababa de adoptar tajantemente uno de sus determinios de cicatería y de reducción de gastos. Bien es verdad que, además, le convenía alejarse de cierta odalisca del «Iris» que se estaba tomando las cosas demasiado a la brava. Y ¿para qué? A él no le gustaban esas, que ya son como profesionales; buscaba siempre un poco de cariño de verdad y para ello era preciso buscar en otras zonas. Ninguna como una chica de esas que uno, sin esperarlo, se encuentra alguna vez en plena calle, a la que hay que decir unas cuantas palabras bien dichas. Luego, todo sigue sobre ruedas. «Claro que a veces te complican la vida y se creen que les has prometido casarte y mil fantasías más. Pero lo cierto es que la mujer te tiene que tener un poco de afecto, si no, acabas aburriéndola».
Algunas veces pasaba por el ánimo de Desiderio la idea de aprovecharse también de la oportunidad que se le ofrecía. Adherido como estaba a la tiranía de sus costumbres ninguna ocasión se le presentaría tan fácil como en esas jornadas que podían procurarle una noche entera de evasión. Sentía con cierta viveza la curiosidad de empañarse un poco en el aliento de la noche que Anselmo describía con tintas tan radiantes. Sopesaba lo larga que llega a ser una noche para aquel que la pasa sin dormir; medía la monotonía de las horas y la pesadumbre del sueño en el cuartel, mientras abajo la gente titilaba de esperanzas, de alegrías bullangueras. Pero se guardaba aún esa golosina como se la puede guardar un niño para saborearla en el momento oportuno. Pensaba y recordaba, en cambio, lo placenteras que son las noches largas cuando se saben aprovechar. Pensaba en Louise, por ejemplo. Sí, decididamente, si un día Anselmo se prestaba a ello, se brindaría a hacer con él una escapada a ese mundo que su amigo conocía al dedillo.
Y entraron en el recinto de la fábrica la piqueta, el cemento, carros cargados de sacos y una muchedumbre de peones. Fue abierta la cuenca profunda en que se vaciaron las piedras y el cemento y que diseñó el trazo de los nuevos edificios. Se empezó a trabajar con el engorro de aquella baraúnda, entre andamios, pilas de ladrillos, envueltos en polvillo de cal y de cemento. Los rayos del sol que entraban por los amplios ventanales de la nave fueron, poco a poco, lapidados por el muro de sombra que crecía al conjuro de las voces de los albañiles. Así, la vieja fábrica empezó a ser como enterrada, rodeada y disuelta en la nueva, y la humedad de sus muros pareció asomar acrecentada en esa desaparición, en esa jubilación, desde lo hondo de su arcilla, como el achaque postrero de un empleado inútil.
La presencia de los albañiles a ras de ventanas y el trasiego de tablones o las pilas de ladrillos que obstruían el paso de las gentes creaban una atmósfera en la que parecía que nada estuviera en su lugar y en la que Desiderio, desde luego, estaba completamente desplazado. La vida del cuartel, sumada a semejantes estropicios, le hacían pasar del todo inadvertido. Le parecía que, en las noches en que por no estar de guardia cenaba en casa y hacía en ella su vida normal, su padre al verle llegar levantaba la vista del grueso anuario como si se sorprendiera. En cierto modo agradecía esta situación, por la que se sentía al abrigo de aquella vigilancia, de aquel control de todos sus actos que tanto había llegado a apesadumbrarle en los meses anteriores, y principalmente antes de su marcha a Inglaterra.
Pero ¿iba a desechar esa situación que le era ofrecida en bandeja? Nada se lo impedía. Inclusive contaba con algunos fondos, para los gastos que pudieran venir de su travesura. Tenía en el Banco algún dinero, producto del ahorro de regalos y del acopio de sus sueldos, que su padre le había obligado a guardar. Ahora don Joaquín había olvidado enteramente el controlarle mensualmente esa cuenta, que ya ascendía a un par de miles de pesetas. Desiderio fraguaba lentamente un plan para seguir las trazas de Anselmo. La vida en el cuartel había logrado desconcertarle también en relación con Crista. Le parecía ahora que aquella vida entre hombres le obligaba a hacer el hombre. Si contrastaba su manera de ser y la norma de sus costumbres con las de sus compañeros le parecía que estaba viviendo una existencia todavía infantil, apegado a la iniciativa de Crista y de su madre, o sujeto a la vigilancia de la carabina de Crista. ¿No era hora ya de iniciarse un poco por su cuenta en los sucesos que llenaban la vida de los muchachos de su condición? Se sentía atrasado con relación a ellos y con ganas de tomarse un día de buen desquite. Seguramente no sería más que para probar, un mero impulso de la curiosidad que pronto quedaría saciada. Crista no tendría por qué sentirse traicionada ni por qué reprochárselo, en primer lugar porque no se enteraría nunca de ello, y en segundo lugar porque, en caso de que lo supiera, sería mucha intransigencia y falta de amor preferir que él se estuviera pudriendo en el cuartel a que probara a solazarse una noche, sin hacer daño a nadie.
Cuando, a las dos semanas del retorno al redil de Anselmo, vio a este, ya restablecido de sus descalabros financieros y de sus escrúpulos, dispuesto a tentar de nuevo la salida, y comprobó ciertos apartes misteriosos que tenía con el corneta Cosme, le sugirió la posibilidad de acompañarle una noche en sus andanzas. Anselmo aceptó la idea complacido. La única dificultad era guardar las apariencias para que el abandono no pudiera aparecer total por parte de los «cuotas», dado que Inglada parecía empeñado en no cumplir ni una sola de sus guardias. El corneta se las arregló para que la simulación fuera completa. Desiderio, con una excusa a Josefina, hurtó de su armario un traje de paisano que trasladó al estudio de Anselmo, junto con un par de mudas. Desiderio y Anselmo dieron una vuelta completa por la Barcelona nocturna, al cabo de la cual Desiderio se prometió que no volvería a hacerlo más. Pero se equivocaba. A los pocos días, volvió a sobornar al corneta y volvió a salir, esta vez ya sin remordimientos y sin escrúpulos. Su vida cuartelera empezaba a cobrar un cariz insospechado.