Capítulo 42

Viernes, 24 de septiembre de 1999, 12:01 AM

El Mausoleo, Capilla de los Cinco Distritos

Ciudad de Nueva York

—El embajador no va a regresar, Eva —Sturbridge empujó el cuerpo inmóvil con la punta del pie. Con un suspiro, todo el torso se desplomó en una cascada de cenizas grises y hueso amarillento—. Ni Jacqueline, ni Aarón ni Foley —fulminó con la mirada a su protegida como si la estuviese desafiando a discutir la afirmación.

—De veras no lo entendéis todavía —el tono de Eva era de sorpresa más que de disculpa.

—Entiendo lo suficiente. He sido lenta en llegar a este entendimiento y me ha costado muy caro. Me has arrebatado a tres de mis pequeños de las manos. Me has robado mi capilla. Has roto mi confianza. Y ahora debes tratar de quitarme la poca vida que me queda.

Eva sacudió la cabeza.

—Aquí abajo reina un mórbido humor en el aire. Un fétido aroma a melancolía, desconfianza, lástima de uno mismo. Puedo sentir cómo es exhalado entre los rotos dientes de estas criptas abandonadas. Tenéis mucha razón al advertir a los demás que no se acerquen. Pero os equivocáis si pensáis de veras que os quiero muerta. Sois mi regente, mi protectora, mi benefactora.

—No sé lo que eres —replicó Sturbridge con frialdad—. Una vez, pensé que eras... alguien muy especial. Pero no soy más que una anciana estúpida. Eres tan vulgar como la muerte.

Eva retrocedió como si acabara de recibir un golpe y pareció a punto de contestar con furia. Entonces se calmó visiblemente.

—No lo decís en serio. Sé que no. No sois vos misma. Es este lugar, es tan... —se estremeció—. Vamos. Salgamos de aquí.

—No vamos a ir a ninguna parte hasta que te hayas explicado. No hasta que yo comprenda por qué estás haciendo esto.

—No estoy haciendo nada. Y debéis daros cuenta de que a estas alturas no corréis ningún peligro... ¡Y mucho menos por mi causa! Si el asesino os hubiese querido muerta, todos estos embustes no hubieran sido necesarios. Foley seguiría en su puesto. Aarón hubiera recibido su ascenso y hubiera sido trasladado discretamente a otra capilla. Jacqueline, bueno, Jacqueline difícilmente hubiera llamado la atención de alguien fuera de esa casa, ¿verdad? No os confundáis, Su Regencia, alguien no se ha ahorrado molestias para traeros sana y salva hasta esta coyuntura.

—Has traído la muerte a mi hogar; no dejarás la responsabilidad por estos asesinatos en la puerta. No es culpa mía que estén muertos. Ahora lo sé, aunque también este entendimiento ha tardado demasiado en alcanzarme. He sentido el peso de su sangre sobre mí. He pasado días sin dormir, preguntándome si había algo que hubiera podido hacer de forma diferente... algo que hubiera podido salvarlos. Puedes descansar con la seguridad de que en el juicio final serás responsable por cada uno de esos días.

—Ahora me estáis asustando. Os lo ruego, Su Regencia, abandonemos este lugar de inmediato.

Sturbridge la ignoró.

—Su sangre corre entre mis dedos. No puedo contenerla y ella, a su vez, se niega a aferrarse a mí. Hubo noches, por supuesto... noches en las que me revolqué en su vida derramada, traté de reclamarla como propia. Ésta es mi casa, maldita sea y todo cuanto ocurre en ella es en último caso un reflejo de mí, de quién soy. Todo cuanto ocurre bajo mi techo lo hace con mi aprobación... sea implícita o explícita. Creo que soy responsable de haber permitido que Foley fuera asesinado y, al no lograr encontrar a su asesino, condené a Aarón y luego también a Jacqueline.

—Pero eso son más divagaciones, delirios —tomó a Sturbridge de la mano—. Vamos, iremos a ver a Helena, ella sabrá cómo ayudar. Vais a poneros bien.

Sturbridge no se movió.

—No, la lógica de la condenación personal resultaba implacable. Soy responsable de todo cuanto ocurre bajo este techo. Foley, Aarón y Jacqueline fueron asesinados bajo este techo. Por tanto, soy responsable de sus muertes. Quod Erat Demostrandum. No podía liberarme de ese maldito silogismo. Esto es, no pude hasta la llegada de tu cómplice. Ése fue tu primer error verdadero.

Eva dejó caer la mano de Sturbridge.

—¿Mi cómplice?

Con la punta del pie, Sturbridge removió de forma impaciente la pila de cenizas y huesos.

—A su peculiar manera, el embajador me recordó que, a pesar de mi rango y título, yo no era la verdadera señora de esta casa. La escritura de esta capilla no estaba firmada con mi sangre. No tengo nada aquí que Viena no pueda arrebatarme en una sola noche.

—No estoy segura de estaros entendiendo. ¿Así que estáis diciendo que, desde que os disteis cuenta de que no sois en realidad responsable de cuanto ocurre aquí, es posible que no fuerais responsable de esas tres muertes? ¿Es eso?

—Y eso me permitió volver a mirar a mi alrededor para buscar al verdadero responsable. Una vez más, el embajador acudió en mi ayuda. Al hablar con él, me di cuenta de que él, y por extensión, Viena (porque él era exactamente lo que afirmaba ser: un portavoz, nada más), consideraban a Aarón como un héroe. Pero, ¿cómo era tal cosa posible?

Eva abrió la boca para hablar, pero Sturbridge prosiguió antes de que pudiera interrumpirla.

—Sabíamos que Aarón había escoltado a un asesino a través de las defensas de la capilla. A pesar de todas las absurdas especulaciones sobre infernalismo y demonios liberados, aquel que atacó al secundus entró en la capilla por medios más mundanos. Fue guiado a través del Exeunt Tertius y escapó siguiendo la misma ruta. Por supuesto, Aarón no podía saber que el asesino reclamaría también su propia sangre. Mas ésta es la parte curiosa. En vez de ser señalado como traidor, Aarón era considerado un héroe. No tenía sentido. Ahora bien, entre los nuestros, la única hazaña que merece esa clase de honores es la entrega de la propia vida en el cumplimiento del deber. Así que empecé a hacerme preguntas. Siempre me había costado asumir la idea de que Aarón había actuado por traición. Sencillamente, la proposición no resistía un análisis. Incluso el neófito más inexperto sabe lo rápido e inmisericordemente que cae toda la pirámide sobre el primer indicio de deslealtad. Aarón no podía tener esperanzas de escapar a su cólera. Más bien, confiaba en alguien más que lo libraría de las consecuencias de sus acciones. Y no fue hasta después de haber hablado con el embajador cuando me di cuenta de que el héroe había muerto por su clan. No era la traición lo que lo había motivado sino más bien la lealtad... y quizá la promesa de una rápida promoción y un billete de salida de esta capilla asediada. Estaba llevando a cabo una misión bastante peligrosa (y, sin que él lo supiera, suicida) para sus superiores. Estaba recibiendo órdenes directas de la casa madre de Viena.

Por fin Eva pudo intervenir.

—Ahora sí que me he perdido por completo. Vuestras especulaciones parecen plantear más preguntas de las que contestan. ¿Por qué iba Viena a querer muerto a Foley? Y aunque fuera así, ¿por qué no "convocarlo" a Viena, donde podría arreglarse una desaparición más privada? ¿Y por qué introducir un asesino ajeno al clan y por tanto poco fiable en vez de ordenar al propio Aarón que asesinara al secundus? ¿Y cómo podía esperarse que Aarón...?

—Tus preguntas son espurias. Ya conoces las respuestas. Pero quizá te gustaría averiguar si yo las conozco. Muy bien. Sospecho que la muerte de Foley no te interesaba tanto como la excusa para poder involucrarte en los asuntos de esta capilla. Con un par de asesinatos no resueltos, podías confiar en que tu golpe de estado encontrara poca resistencia. Al insertar a un legado especial enviado desde Viena, al romper la cadena de mando regional te habrías asegurado mano libre en la dirección de los asuntos de la capilla. Sólo serías responsable ante el propio concilio. No estoy del todo segura de por qué es tan importante para ti la Capilla de los Cinco Distritos, pero sospecho que debe de tener algo que ver con la guerra Sabbat. Es evidente que eres una intrigante experta. Perteneces al clan y estás íntimamente familiarizada con la manera de utilizar el sistema en tu propio beneficio. Y no tienes escrúpulos a la hora de acabar de forma despiadada con quienquiera que se oponga a tus planes o se acerque demasiado a tus maquinaciones o incluso resulte poco fiable. A estas alturas, mi suposición es que eres una poderosa desaprensiva que pretende saquear los recursos de esta capilla. Ciertamente respondes al perfil, si no a los detalles. ¿Piensas dirigir nuestras fuerzas a la lucha por recuperar Washington? ¿O simplemente absorberás nuestros activos hasta que el último núcleo de resistencia que queda en Nueva York se colapse bajo la presión creciente de la marea Sabbat?

Eva la miraba con incredulidad no ocultada. Parecía atrapada entre la preocupación por su señora y el deseo de huir en busca de ayuda.

—¿Qué eres? —repitió Sturbridge intencionadamente, ahora que sus especulaciones habían al fin cerrado el círculo.

Eva guardó silencio durante largo rato. Cuando por fin encontró las palabras, su voz sonó suave y lejana:

—Ven y lo verás.

Sin volverse para asegurarse de que la seguía, se encaminó hacia la más profunda oscuridad entre los arcaicos huesos.