Capítulo 21

Domingo, 1 de agosto de 1999, 9:05 PM

Sanctum del Regente, Capilla de los Cinco Distritos

Ciudad de Nueva York

Eva depositó ruidosamente otro montón de libros sobre el suelo. Empezaba a ser difícil ver a Sturbridge, medio enterrada como se encontraba entre los libros y papeles tirados por el suelo del fallecido. No prestó atención al clamor que hicieron los libros al caer, y cuando Eva musitó una apresurada disculpa apenas levantó la mirada del texto que estaba examinando.

La fórmula que el presente libro describía tenía algo que ver con una tinta hecha con extracto de sangre de buho. La pegajosa nota dejada por Eva para marcar la página rezaba:

En estantería.

Sellado (marcado con sello, familiar. ¿Una variante de la marca de Foley?), pero no protegido.

Resonancia: uso reciente.

Los ingredientes corroboran la lista de la compra de Jacqueline.

Ya había al menos otros cincuenta libros como aquel esperando pacientemente a que Sturbridge los examinara. Muchos de ellos no mostraban menos de una decena de notas indicadoras de color rosa, asomando subrepticiamente por los bordes de sus páginas. Sturbridge cerró el libro con un suspiro de resignación. Exagerado por la súbita inhalación de aire producida por el libro al sellarse a sí mismo, como si fuera un viejo hábito. El sencillo encantamiento era ajeno al hecho de que su señor ya no necesitaba sus servicios.

Algo preocupaba a Sturbridge. Se puso lentamente en pie entre el desorden de los libros y los papales de Foley. Se preparó para el hormigueo entumecedor de la sangre al volver a circular por sus agarrotadas piernas y entonces se reprendió por su necedad.

Otro hábito estúpido y viejo que se negaba a reconocer la muerte de su señor. Había transcurrido el tiempo de varias vidas desde la última vez que Sturbridge hubiera tenido que preocuparse de inconvenientes biológicos tales como la circulación.

Aquella línea de investigación no la estaba llevando a ninguna parte.

—Muy bien. Después de tres noches catalogando los libros, papeles y curiosidades de Foley no tenemos una noción más clara de lo ocurrido la noche de su muerte que al comenzar. Quizá estemos siguiendo la pista equivocada.

Eva, aliviada por el indulto, se dejó caer en el suelo, a su lado.

—El secundus era una verdadera urraca... si me permitís que lo diga, Su Regencia; no pretendía faltarle al respeto al fallecido. Sería más sencillo hacer una lista de las cosas que no había metido en su estudio.

—Está bien —replicó Sturbridge, sumándose al juego—. ¿Qué no estaba en el sanctum de Foley? O, para ser más precisas, ¿qué faltaba en la habitación?

—Oh, eso es bien sencillo. ¿Qué tal un demonio salvaje? O puede que un grupo de asaltantes del Sabbat. En este punto, incluso me conformaría con un asesino escurridizo emboscado en la esquina...

—No termino de creerlo —reflexionó Sturbridge—. Sigo pensando que la respuesta debe de estar aquí, entre sus papeles. Yo conocía a Foley. Conocía a Foley. Fuera lo que fuese lo que estaba haciendo, lo escribió en alguna parte. Nunca estaba del todo tranquilo sin tener pluma y papel frente a sí. Mira cuántas anotaciones, las listas, los comentarios en los márgenes. Es algo obsesivo.

—No sé por qué se molestaba siquiera —replicó la abrumada novicia—. En poner las cosas por escrito, me refiero. Nunca olvidaba nada. ¿Recordáis el primer día que pasé aquí, en la capilla? Estaba tan aturdida que apenas puedo recordar más que unas pocas impresiones dispersas: las diminutas y salvajes caras esculpidas en la Grande Foyer, el sonido de los cerrojos de esta puerta cuando se abrió para admitirme a mi primera audiencia, el inesperado peso de la túnica de aprendiz, la vulgaridad de la tela... Son tontas de verdad las cosas que una recuerda. Pero el secundus... él era capaz de recitar los detalles exactos. Podía decirte quién se encontraba allí cuando llegaste, dónde se encontraba, lo que dijeron. Podía recordar cada una de las pequeñas crueldades, los tópicos, las aparentemente amistosas bienvenidas y las sutiles coletillas que las acompañaban. Era asombroso. Resultaba incómodo.

—Sí. Parece que Foley causaba ese efecto en la gente.

Se sentaron en silencio durante algún tiempo mientras cada una de ellas pasaba revista a sus propios recuerdos sobre el camarada caído.

—¿Qué gente? —fue Eva quien rompió el silencio.

—¿Perdona?

—He dicho que qué gente. ¿En qué gente provocaba ese efecto?

—Oh, sí. Ya veo. Sí. Bueno, en casi todos, supongo.

—¿En vos?

Sturbridge sonrió.

—Ciertamente. Pero no fui yo la que lo mató, si te refieres a eso.

—No, supongo que no. Las cosas no van a ser fáciles por aquí ahora que el secundus ha desaparecido. Y Aarón. Y ahora que Jacqueline... —se interrumpió.

—No he decidido todavía qué hacer con Jacqueline. Aunque sea inocente de todo mal en este asunto, y sigo convencida de ello, aún es responsable de haber permitido que este imprudente ritual llegara tan lejos. Eso fue algo irresponsable. Y no pienso tolerarlo. No puedo tolerarlo. Maldita sea, hay demasiado en juego.

—Son las pequeñas intrigas —replicó Eva tras una pausa—. Quiero decir, al final todo conduce a eso, ¿no? Seguro que es duro presenciarlo cuando uno se encuentra más cerca de ello, cara a cara. Sostienes el cuerpo en tus brazos y lo único que puedes ver son los agujeros de bala; tu cabeza está llena del olor de la sangre y la pólvora usada. Y piensas, otra muesca para el Sabbat.

Tres noches de aturdimiento y horror continuaron brotando a trompicones de sus labios.

»Sólo que no fue el Sabbat, no sé si me entendéis. Sí, seguro que algún cafre Tzimisce apretó el gatillo, pero también a vos os han disparado antes. Hasta a mi me han disparado antes. ¿Por qué seguimos aquí cuando otros como Foley han desaparecido? Porque no fue el Sabbat el que acabó con él. Y tampoco fue la bala que lo mató. Fueron las malditas intrigas. Foley consigue que lo maten en un ritual de locos y sumamente peligroso. Se supone que Jacqueline debía asistirlo. Sólo que no lo hace. Y no lo detiene. No sé por qué. Pero puedo suponerlo. ¿Qué hay del resentimiento? Foley ha estado jactándose de su última conquista durante una semana. Y Foley no hubiera tenido ningún aprendiz nuevo del que jactarse de no ser porque Jacqueline lo había sometido a esa obligación de servicio. Y Jacqueline no hubiera tenido que hacer esa estúpida elección si no hubiera estado tratando de atraer la atención hacia el pequeño proyecto personal de Foley acudiendo con retraso al ritual de caza. Y así es como van las cosas. Capa sobre capa. Todo es tan absolutamente carente de sentido y autodestructivo y odioso... Lo odio. No lo soporto.

Sturbridge puso una mano sobre el hombro de la novicia.

—Está bien, Eva. Todo va a ir bien.

Bajó la mirada hacia su más joven novicia. Su joven protegida. Ella era su más grande esperanza. Las facciones de Sturbridge se pusieron tirantes. Y sin embargo, era un producto inconfundible de su clan. Ya ostentaba los signos... esta joven mujer que tenía más miedo a sus propias hermanas que al Sabbat.

—Jacqueline no asesinó a Foley —dijo Sturbridge. La frase parecía un poco incongruente, pero por el momento era lo más reconfortante que se le ocurría—. Ninguno de quienes moran en este lugar lo hizo. ¿Lo comprendes?

Eva se secó los ojos y asintió.

—Le fallamos. No hay manera de negarlo. Todos nosotros le fallamos. Pero nosotros no matamos a los nuestros.

La voz de Sturbridge se fue apagando. Sus pensamientos no estaban en Foley sino en Jacqueline, quien todavía aguardaba juicio por el papel interpretado en el desagradable asunto.

—Nosotros no matamos a los nuestros.

—Oh, Su Regencia, lo siento. Es sólo que...

—Lo sé, chiquilla, lo sé.

—Jacqueline me contó que trató de advertirlo, que trató de hacer que se detuviera, pero él se limitó a... —apartó a un lado los detalles del desagradable encuentro—. Él no quiso escucharla. Ya sabéis como era cuando estaba obsesionado con algo. Simplemente asumía que cualquier cosa que se le dijera era un intento por sabotear sus esfuerzos. Como con esa caja suya. Obsesivo. No permitía que nadie se acercara. Vaya, una noche se la encontró abierta e hizo azotar a tres novicios apenas a unos centímetros de...

—Estoy al corriente del incidente en cuestión —la desaprobación de Sturbridge resultaba evidente en su tono de voz.

—Oh, Su Regencia. Deberíais haberle quitado esa caja. Deberías haber...

Sturbridge volvió a la novicia hacia ella. Eva abrió mucho los ojos.

—¡Perdonadme, Su Regencia! No pretendía sugerir que todo esto fuera culpa vuestra. Sólo quería decir que ojalá...

—No sabes lo que había en la caja —comprendió Sturbridge en voz alta. Eva parecía confusa.

—Pero yo pensaba que la caja era lo que... Era muy antigua y muy hermosa. Y despedía una resonancia muy intensa... una sensación histórica. Pero no de una historia agradable, creo. Si no tenéis inconveniente, preferiría no tener que volver a tocarla.

Esa era una impresión interesante. Sturbridge la archivó para una reflexión posterior.

—Había una piedra, una gema. Pequeña, esférica. De un color rojo ahumado con espirales negras en los extremos. No estaba allí cuando encontramos el cuerpo. Lo sé porque la busqué... había asumido que tú también sabías lo que teníamos que buscar. No importa, necesito que lo pienses cuidadosamente. ¿Te has encontrado con una piedra como ésa en el transcurso de los últimos tres días? No sólo en los aposentos de Foley, en cualquier parte.

Eva reflexionó.

—No, creo que hubiera recordado algo como eso.

Sturbridge se maldijo en su fuero interno. Si había pasado por alto un detalle tan evidente, ¿qué más podía haber olvidado?

—Está bien. Repasemos lo evidente. ¿El cuerpo estaba intacto? ¿Todas sus partes estaban presentes? ¿Fueron recontadas?

Eva arrugó la nariz.

—Sí.

—La caja. Tengo un recuerdo bastante claro sobre esto, pero comparémoslo al tuyo. ¿Estaba cerca de él?

—En el suelo. Bajo la mesa de laboratorio.

—¿Abierta o cerrada?

—Abierta y volcada. Como si se hubiera caído.

—¿Contenía algo?

—Estaba vacía. El forro estaba ennegrecido. Estaba chamuscado.

—¿Causa?

—El fuego alrededor de la mesa. Unas velas tiradas. Siete velas. Unos cuantos papeles habían ardido, estaban dañados o habían sido destruidos. El suelo y las patas de la mesa sufrieron daños circunstanciales.

—Bueno, parece que tenemos gran cantidad de papeles. Pero, por el momento, nada que parezcan notas, preparativos, fórmulas, descripciones o transcripciones del ritual que se estaba llevando a cabo.

—Podéis atribuir eso a su maldita memoria.

—Así que nada en sus papeles o libros. Eso ya lo hemos comprobado. De forma exhaustiva —Sturbridge pareció arrepentida al reparar en la gran cantidad de libros que no habían revisado todavía—. ¿Había una estilográfica? ¿Una pluma? ¿Un estilo, lo que sea?

—Una pluma, sí. Sobre la mesa de trabajo. Estaba partida en dos.

—¿Dónde?

—¿Cómo?

—La pluma. ¿Por dónde estaba partida? ¿Por la mitad? ¿En la punta?

—Yo no diría que por la mitad. A unos dos centímetros de la punta. ¿Por qué?

—Justo en el punto en que lo hubiera hecho de haberla tenido en la mano. Eso sugiere que estuvo escribiendo algo en algún momento del ritual. Si la hubiese partido como una especie de acto ceremonial, lo hubiera hecho en el punto medio. ¿Qué me dices del tintero?

Eva hizo una pausa y pensó un momento.

—Sí —contestó con aire inseguro—. Había un tintero. En el suelo, no muy lejos de la caja, creo.

—Otra cosa que había caído de la mesa de trabajo. ¿Estaba roto?

—No, pero sí que estaba volcado. Debía de estar casi vacío. No recuerdo haber visto manchas de tinta en el suelo.

—No es definitivo. Puede que se volcara antes de caer al suelo. O puede que cayera sobre alguna de las hojas tiradas.

—Más papeles desaparecidos.

—¿Qué quieres decir?

Eva se tomó un momento de tiempo antes de contestar.

—Quiero decir que si la tinta se hubiese volcado sobre una hoja de papel, ¿dónde está ese papel? Sí, es posible que fuera uno de los que ardieron, pero, ¿qué hay de lo que quiera que Foley hubiera estado escribiendo? Habéis dicho que tenía que haber escrito algo. ¿Estaba firmando algún contrato siniestro? ¿Transcribiendo la fórmula de un rito prohibido? ¿Tratando desesperadamente de dejarnos una advertencia? ¿Una confesión? ¿Una nota de suicidio? ¿Dónde está el papel que falta?

—No en la habitación. La hemos registrado por completo.

—Puede que el asesino se llevase la prueba consigo.

Sturbridge sacudió la cabeza.

—No, todavía no. No tenemos un asesino. Lo único que tenemos es una víctima.

—No —la voz de Eva era firme, confiada, a pesar de su creciente excitación—. Lo único que tenemos son dos víctimas.

—Sí, maldita sea mi estampa —Sturbridge estaba de pie y arrastraba a la novicia detrás de sí.

—Probablemente.

Sturbridge, en el umbral, empezó a volverse, pero entonces pareció pensárselo mejor. Eva entrevio el diminuto destello de una sonrisa.

—Si hay algo que no puedo soportar en una novicia, señorita FitzGerald...

Eva se reunió rápidamente con su señora y siguió sus largas y resueltas zancadas con algún esfuerzo.

—Sí, su Regencia. La familiaridad.