
Capítulo 31
Sábado, 28 de agosto de 1999, 4:15 AM
Hotel Lord Baltimore
Baltimore, Maryland
Chessie se debatía salvajemente, combatiendo la sensación de que se estaba ahogando, enterrada bajo una pesadísima masa de agua. Escuchó una voz familiar.
—Ya es suficiente, por fin vuelve en sí.
Sintió que algo enorme se desenrollaba sobre lo alto de su pecho. Abrió los ojos alarmada, pero su visión estaba cubierta por una película de sangre. Tuvo la fugaz impresión de que una rama nudosa se apartaba retorciéndose hacia una esquina de la habitación y desaparecía entre las vigas con un crujido.
—Ha regresado con nosotros, señorita Lyon. Estaba empezando a temer por su seguridad.
—Profesora Sturbridge —parpadeó repetidamente, tratando de disipar la neblina que le tapaba los ojos, pero los encontró humedecidos con nueva sangre—. ¿Qué ha...?
—No fue nada, señorita Lyon, se lo aseguro. Nada que no hubiera hecho por una novicia confiada a mi cuidado. ¿Puede incorporarse? No, despacio. Mejor.
Chessie se secó los ojos con el revés de una mano.
—Discúlpeme. Me temo que no me encuentro bien.
Mientras su visión regresaba, inspeccionó el desorden de los muebles que rodeaban la chimenea. Lo que quedaba de una mesa, su lámpara, la jarra de cristal y las dos copas habían sido apartados rápidamente a un lado, dejando un espacio vacío en el suelo. Chessie yacía en el corazón del huracán.
—Lo siento. No sé lo que...
Sturbridge le quitó importancia con un ademán.
—No es nada. Yo no intentaría ponerme todavía en pie si fuera usted.
Chessie se vio obligada a coincidir con su juicio y se desplomó sobre el suelo con toda la dignidad que pudo reunir.
—Parece que estoy en deuda con usted. Me hizo volver.
Sturbridge la miró con curiosidad.
—¿Que la hice volver?
—Sí, volver del... dígame, ¿estaba muerta? Quiero decir, muerta de verdad.
—No más que cualquier otra persona.
—Por favor, profesora, esto es bastante angustioso. Me llamó usted desde el fondo del mar, desde el mismo centro. Desde la Interiora Terrae.
Al instante, el tono frívolo de Sturbridge desapareció, reemplazado por preocupación.
—Bueno, ese sí que es un largo camino —se inclinó y tomó con firmeza la barbilla de Chessie en una mano. Le abrió primero el primer párpado y luego el segundo y estudió sus ojos en busca del brillo revelador del delirio.
»Hábleme del fondo del océano. Debía de ser un lugar muy... apacible.
Chessie se encogió como si la hubieran golpeado, pero Sturbridge no la soltó.
—¿Apacible? El agua estaba llena de cuerpos y cadáveres. No me dejaban en paz. Me golpeaban, me empujaban, se apoyaban contra mí sin parar. Y sus rostros... Oh, si hubiese podido usted ver sus rostros..
—Rostros tan redondos y brillantes como lunas...
—¿Qué es eso? —le espetó Chessie.
—Nada. Un antiguo sueño. Un poema, el fragmento de una canción. No es nada. Me estaba usted hablando de los niños.
—Los niños.
—Los Niños del Pozo.
—No, no, no me está usted escuchando. No había niños. No había ningún pozo. Le estaba hablando del fondo del océano, del Hombre Ahogado.
—Lo siento. La he malinterpretado. Continúe, por favor.
—...O al menos yo pensaba que era un hombre. Un hombre que podría haber sido una serpiente. Una serpiente marina. Sí, creo recordar una serpiente marina. Y un naufragio. Oh, debe de pensar usted que soy una gran idiota. Qué sinsentido. ¡Qué sinsentido más absoluto!
Con un gran esfuerzo de voluntad, Chessie logró ponerse en pie. Sturbridge se movió para ayudarla, pero la mirada de la joven dejó bien clara que su asistencia no sería ni necesaria ni bienvenida.
—En absoluto, señorita Lyon. Su relato no es tan extraño como podría usted imaginar. Cuenta usted con toda mi atención. ¿Puede hablarme del Hombre Ahogado?
—¿Que le hable de él? Pero si era usted la que me hablaba a mí sobre él. "Nuestra amada serpiente del oráculo", así lo llamó usted. "Nuestro prometeo, nuestro Lucifer".
—El Portador de la Luz. Sí, ya veo. Pero, ¿qué estaba haciendo? ¿Hizo o dijo algo... inusual? —su mirada se tornó astuta, predadora—. ¿Qué le dijo?
Chessie titubeó, desconcertada por la repentina intensidad del interés de Sturbridge. La joven podía sentir cómo penetraba en su interior, igual que el calor de una llama. Se agitó, incómoda, pero no había razón para ocultarle la información a Sturbridge.
—Me dijo... me dijo que visitara el centro. Visita Interiora.
Una amplia sonrisa se dibujó en las facciones de Sturbridge. Chessie exhaló un profundo suspiro, aliviada, al ver que la mujer a la que conocía regresaba.
—Vitriolo. ¿Le dio la copa de vitriolo? ¿Está usted completamente segura, señorita Lyon?
—¿Copa? No he dicho nada sobre una copa. Creo que fue usted la que me dio vitriolo para beber. Todavía no me he recuperado de los efectos de su poción y no estoy segura de que vaya a hacerlo por completo alguna vez.
—No, me malinterpreta usted, señorita Lyon. Vitriolo. V-I-T-R-I-O-L. Es una antigua fórmula alquímica: Visita Interiora Terrae, Rectificando Invenies...
—Occultum Lapidem. Sí, esas mismas palabras. Es extraño. Algo bastante raro para que yo lo soñara, ¿no le parece, profesora? La posibilidad de que me topara accidentalmente con una especie de antiguo proverbio ocultista... vaya, debe usted admitir que no son muy elevadas.
—¿Cree usted que se trata de una coincidencia, señorita Lyon?
—No —replicó ésta con énfasis.
Sturbridge decidió ignorar el tono acusatorio.
—Bien. Me permitiría sugerirle, entonces, que no ha sido ningún accidente que descubriera usted esta gema en particular, esta occultum lapidem, en su primer viaje hacia el interior. Es un mapa de carreteras, señorita Lyon. Será un gran consuelo para usted en los años venideros, en los viajes que realice por ese país interior. Y también es una promesa: la promesa de que regresará usted allí.
—No estoy completamente segura de desearlo. No era un lugar... agradable.
Al escuchar esto, Sturbridge rió en voz alta.
—Es su lugar, señorita Lyon. Es el lugar del que usted emana. Es el lugar que lleva usted consigo misma, incluso ahora. Es el lugar al que, con el tiempo, deberá regresar. Pero no esta noche, creo.
Las sospechas de Chessie, no obstante, no se apaciguaron del todo.
—Si me permite usted decirlo, profesora, no me parecía en absoluto un lugar mío. Se parecía sospechosamente a ustedes. Estaba lleno con sus antepasados, sus rituales, sus símbolos, sus parloteos ocultistas. Ni siquiera yo me parecía a mí misma. Me sentía como uno de los protagonistas de una historia arcaica... una historia de su gente.
—Quizá es que todavía no lo comprende. Cree que me he aprovechado de usted, que he drogado su bebida, que le he hecho perder el conocimiento y le he susurrado sugestiones hipnóticas al oído.
Se produjo un silencio incómodo antes de que Chessie contestada.
—Yo no he sugerido tal cosa.
—Claro que sí. Escúcheme, señorita Lyon. Las cosas que vio no fueron obra mía. Yo no sabía que había viajado usted a la interiora Terrae, no sabía que se había encontrado con Gora... con el Hombre Ahogado, no sabía lo que él hizo o dijo. No es mi voz la que le ha estado susurrando, es la voz de la sangre.
Algo que había en sus palabras sonaba a verdad y, al mismo tiempo, llenó a Chessie con un miedo espantoso.
—Está en la sangre —recitó con voz hueca—, el poder está en la sangre.
Sturbridge asintió.
—La sangre que corre por sus venas, la sangre que hemos compartido esta noche, es la sangre de los Tremere. La Sangre de los Siete. La argamasa de la Pirámide. Es antigua, es potente y le habla a cada uno de nosotros... en visiones y en pesadillas. En palabras arcaicas y en gestos rituales olvidados. Y en los lugares silenciosos, a los que nadie más acude, la sangre nos susurra al oído.
Chessie sintió una sensación abrumadora, como si un agujero se estuviera abriendo en su mismo corazón. La furia emergió burbujeando para llenar el vacío.
—¡Yo no lo he pedido! Vine aquí de buena fe, porque usted me pidió que lo hiciera. ¿Y así es como me trata? ¿Emponzoñándome con su maldición? Es usted un monstruo, una criatura de engaño y de traición. Me ha envenenado con su sangre maldita.
Sturbridge sostuvo su mirada, sintió la fiebre que ardía en su interior, vio cómo empezaba a desbocarse la misma locura que antes se apoderara de la joven.
Chessie se abalanzó sobre ella. Sturbridge no trató de impedírselo. Un abrazo inflamado por una pasión muy diferente a la de dos amantes.
La sangre cantó entre ellas.