Capítulo 18

Martes, 27 de julio de 1999, 3:16 AM

Capilla de los Cinco Distritos

Ciudad de Nueva York

—¿Todos ellos, Su Regencia? —preguntó la abrumada novicia.

—Todos ellos —contestó Sturbridge—. Y quiero todos sus papeles: sus notas, sus cartas... incluso sus listas de la compra. Todos los libros que no se encuentren en su lugar, también los quiero. Si están abiertos, anotad las páginas. Si no lo están, registradlos en busca de notas al margen y apuntad las páginas. Recorred toda la habitación... toda la habitación y todo el camino hasta el Exeunt Tertius, en busca de cualquier resonancia. Cualquier cosa que encontrareis, la quiero. Eso debería bastar para empezar. ¿Qué sabes sobre el ritual que estaba celebrando cuando fue... interrumpido?

Los ojos de la novicia no dejaban de extraviarse involuntariamente hacia el cuerpo desecado que ocupaba el centro de la habitación.

—No lo... quiero decir, es un ritual divinatorio, evidentemente, teniendo en cuenta la presencia del diagramma hermetica, pero... seguramente Jacqueline podrá responder mejor a estas preguntas. Ella ayudó en la preparación del... —la novicia se interrumpió, pero se recuperó rápidamente—. Enviaré a buscarla también —añadió apresurada, en previsión de la siguiente orden.

Sturbridge se detuvo y luego dejo caer el dedo que iba a ordenar eso mismo a Eva. Sonrió.

—Mejor. Dime, ¿cómo dirías que murió?

—Algo fue mal, Su Regencia. El círculo de protección ha sido borrado en algunas partes, las velas han caído al suelo. Tuvimos suerte de que la habitación entera no ardiera...

—No puede hacerlo, pero continúa —la interrumpió Sturbridge.

Eva lanzó una mirada interrogativa a la regente, pero al ver que no parecía avecinarse más información, continuó con su especulación:

—El ritual fue mal. Algo... entró. Lo asesinó y huyó. Por allí, en dirección al Exeunt Tertius y luego a la calle. Aarón trató de impedir su huida y fue también asesinado.

Sturbridge sacudió la cabeza con lentitud.

—Te estás precipitando. Pero quizá es que no aprecias el peligro. Aquí nos enfrentamos a la muerte: a la Muerte Definitiva. ¿Lo entiendes? Cuando cazas mortales, puedes ser voraz. Sin embargo, si te enfrentas a la Muerte, debes ser desapasionada. Debes ser disciplinada. Debes ser paciente. También la Muerte es muy... paciente.

Pronunció las últimas palabras como si fueran una caricia. Pero no había ninguna calidez en ellas.

—Partes de demasiadas presunciones. Para empezar, ¿cómo es que el ritual fue mal? Foley era un regente secundus. Fue asistido por dos aprendices, uno del Tercer Circulo, otro del Séptimo, cualquiera de los cuales podría haber cerrado el ritual divinatorio por sí solo. Sencillamente, no se sostiene.

Eva empezó a protestar, pero fue interrumpida.

—Dos. No se puede "entrar" en una divinación. Ni tampoco pueden hacerlo los moradores del "otro lado". Esos son cuentos de viejas, útiles tan sólo para asustar a los neófitos. No es como abrir de par en par una puerta con postigos. Es más parecido a espiar por el ojo de una cerradura. Asomarse, más que ir. O, como diría una novicia diligente, escudriñar en vez de...

—Aportar —terminó rápidamente Eva, tratando de esquivar el significado implícito en la mirada de la regente—. Pero, ¿y si no se tratara de un ritual divinatorio? ¿Y si hubiera sido una invocación en toda regla? Sé que los preparativos habituales no están en su lugar: no veo ninguno de los nombres de los arcángeles protectores, ninguna barrera en los puntos cardenales, nada más eficaz que tiza y luz de velas y pluma y pergamino. Pero puede que él no quisiera que nadie supiera que se trataba de una invocación.

La regente le lanzó una mirada de severo reproche.

—Sabes perfectamente que está prohibido realizar invocaciones dentro de los límites del domicilium. Incluso colaborar en tan desafortunada aventura sería arriesgarse a incurrir en mi más profundo desagrado.

El tono de esta última declaración transmitía una amenaza mucho más seria que las propias palabras. No obstante, Eva estaba demasiado absorta tratando de reunir las piezas de su teoría como para advertirlo.

—¡Razón de más para que quisiera esconder la naturaleza del ritual! Cualquiera de los diagramma rituales le hubiera condenado. Sus asistentes habrían advertido su propósito —se detuvo con aire triunfante... y entonces recordó de pronto dónde estaba— y le hubiera disuadido de tan temerario curso de acción —terminó, sin demasiada convicción.

—Sí, los asistentes —Sturbridge reanudó la narración—. A los que Foley había decidido incluir en su ritual "secreto", ¿con qué propósito? Me parece que ni siquiera los druidas, los adoradores de Satán o los templarios se toman tantas molestias para asegurarse de que sus rituales secretos estén bien concurridos.

—Si me permitís que hable con franqueza, Su Regencia —empezó a decir Eva mansamente—, hay en nuestra capilla quienes no respetan de manera tan ferviente como vos y yo los interdicti.

Sturbridge se alzó cuan larga era y por un momento pareció como si fuera a golpear a la novicia. Eva, mientras tanto, escudriñaba algún detalle del complejo diseño de las baldosas del suelo, con la cabeza inclinada en gesto de sumisión.

Sturbridge exhaló audiblemente.

—Los interdicti existen precisamente para impedir que novicios necios incurran en estupideces que los lleven a la autodestrucción. Lo creas o no, aquí estamos bajo asedio. ¿Sabes lo que hay tras esas paredes?

Una leve sonrisa se asomó a las facciones de Eva antes de que pudiera suprimirla. Estaba pensando en el relativamente eremítico campus del Colegio Barnard, sobre el que estaba situada la capilla. Fue lo bastante sensata como para no prestarle voz a tales pensamientos.

—Más allá de estas paredes —continuó Sturbridge— se extiende el territorio enemigo. Nueva York es un baluarte del Sabbat. El baluarte del Sabbat. Por mucho que hayas podido oír lo contrario del autoproclamado "príncipe" Ventrue de la ciudad. Hasta el momento, has sido cuidadosamente escudada de esta cruel e intransigente realidad. Pero sin duda, incluso en de la seguridad de la capilla, sabes lo que está en juego aquí.

—Sí, Su Regencia —el tono de Eva era de sumisión.

Sturbridge alzó el rostro gacho de la novicia.

—Podemos mantener a raya a los salvajes Sabbat. Los mantendremos a raya. Pero debemos hacerlo de la manera correcta. No recurrimos a rituales peligrosos, en especial aquellos que prescinden de las precauciones adecuadas, dentro de los confines de la capilla. No pondremos en peligro a nuestros hermanos con una búsqueda de mejores armas para enfrentarnos a nuestros enemigos. No implicaremos a otros poderes, y menos a aquellos ajenos a esta esfera terrestre, en nuestra lucha. Lo más importante al enfrentarse a los monstruos es asegurarse de que uno no...

—Se convierte en un monstruo —terminó Eva la cita del filósofo. Era un compatriota suyo, parte de la compleja tradición intelectual y mística que conformaba su heredad. Pero Eva no podía por menos que recordar que las pegadizas frases del filósofo formaban también parte de la heredad que había dado a luz al Reich. Lo a menudo que sus aforismos habían sido utilizados para defender y justificar un pogromo genocida que empequeñecía incluso los peores excesos de los no-muertos.

Por lo que parecía, también las palabras podían volverse desesperadas y monstruosas.

Sturbridge puso una mano sobre el hombro de la novicia y la condujo hacia la puerta.

—Pero pareces fatigada. Ve al refectorio. Consigue un poco de alimento para tu organismo. Cuando estés completamente segura de que podrás con todo, entonces, y sólo entonces, puedes regresar y hacer lo que te he ordenado.

Mientras Sturbridge cerraba la puerta de la cámara tras ellas, Eva se encogió a ojos vista como si la proximidad del cadáver hubiera sido lo único que la mantenía erguida. Recorrió tambaleándose el pasillo que conducía al refectorio. Como una sonámbula.

Sturbridge observó la figura que se alejaba hasta que llegó al recodo del pasillo, como si quisiera asegurarse de que no trastabillaría y caería antes de llegar. Satisfecha, la llamó:

—Eva...

La figura se volvió con aparente esfuerzo.

—Ten cuidado. No todos los monstruos provienen de más allá de estas paredes.

Entonces se encaminó con paso firme hacia su sanctum. Los pocos novicios con los que se cruzó de camino, al percatarse del humor de su regente, se pegaron contra las puertas y se deslizaron por corredores laterales para dejarla pasar.

La regente agitaba con aire ausente la mano frente a su rostro, como si pretendiera limpiarse una telaraña o algún insecto persistente. Activó a propósito no menos de tres sistemas defensivos (dos de ellos silenciosos y otro muy ruidoso) que había dejado tras ella para que el equipo de seguridad los desarmara. No estaba en absoluto complacida por la demostración de sus evidentes carencias dos noches atrás y no se sentía inclinada a facilitarles el trabajo esa noche. Incluso fue tan lejos como para acorralar a un espíritu guardián especialmente perverso y liberarlo con el propósito de convencer a las defensas autónomas de la capilla de que el domicilium estaba ardiendo. Esa imposibilidad en particular debía bastar para mantenerlos ocupados algún tiempo. Posiblemente tendrían que desconectar muy, muy cuidadosamente el sistema "averiado" y desmantelar y volver a montar una por una todas las complejas protecciones místicas, electrónicas, bioquímicas y geomecánicas.

Era, quizá, una pequeña crueldad. Pero Sturbridge no se arrepentía de ella. El castigo era, en el mejor de los casos, por completo insignificante en comparación con el precio de sangre que podría haber exigido por su fracaso: un fracaso que había conducido a la muerte de su segundo en el mando en el santuario de su propio laboratorio.

Mientras entraba en su propio sanctum, advirtió con satisfacción que la puerta se sellaba tras ella con el siseo hidráulico y el canto de los cerrojos de acero al encajar en sus cámaras. Comprobó el estado de las entradas de la capilla. Todas ellas estaban selladas. Se aproximo al escritorio y dio inicio a una sobrecarga gimmel, lo que abrió una de las puertas (la del Exeunt Tertius, sólo para mojarles un poco la nariz). Con unos pocos gestos rápidos, preparó una guarda (un aullador, uno muy ruidoso) para que saltara cuando la puerta fuera sellada de nuevo y gritara el tiempo exacto de respuesta.

Sólo entonces se permitió el lujo de dejarse caer sobre el enorme sillón que había en la esquina más alejada de la habitación. Este asiento era la única concesión a la comodidad en el austero estudio. E incluso así, había algo imponente, una semejanza a un trono, en él. Parecía alzarse sobre un estrado de libros apilados. En algunos lugares, los montones de volúmenes llegaban hasta la altura de los hombros y se mecían peligrosamente. No era infrecuente que un ala entera del edifico se desplomara y cayera al suelo en una avalancha de manuscritos miniados, revistas de moda, rollos de papiro, circulares informativas, manuscritos redactados a lápiz, tablas de arcilla y papeles sueltos.

Sturbridge se hundió en la voluminosa silla. Se envolvió en la muralla de libros y se arrebujó tras ella. Sintió su tranquilizadora proximidad, su calor, su protección. Lentamente, las siniestras alas que revoloteaban frente a su cara empezaron a remitir.

Estaba más que familiarizada con su siniestro contacto, el temporal de golpes que ni cortaba ni magullaba sino que más bien parecía ahogar. Le zumbaban los oídos con los gritos de las aves de carroña. Podía sentir su peso sobre ella, planeando de forma opresiva como el sol de mediodía, aguardando. Uno entre ellos, más osado que el resto, se atrevió a picotear de forma experimental el borde de una manga.

La mano buscó cobijo tras el abrigo del capullo de libros. Su primer instinto fue el de azotar, golpear, aterrorizar y dispersar la bandada de cuervos. Con esfuerzo, logró reprimir esta respuesta instintiva y animal.

No era tan necia. No tenía ningún sentido consumir sus energías vengándose de meros mensajeros, de aquellos heraldos del fin. Retrajo su desprecio, reservándolo para su señor, la única Némesis verdadera.

Así que de nuevo está entre nosotros. Sturbridge se encontró de pronto reuniendo sus defensas de forma instintiva, trazando los contornos de ingeniosas protecciones, llamando con señas a aliados invisibles. No albergaba ilusión alguna sobre el resultado de aquel enfrentamiento tan antiguo como una vida. Incluso sus (considerables) poderes servirían de poco frente a aquel invitado no bienvenido.

Sturbridge no era una de esas bellezas legendarias que obligaban a sus pretendientes y rivales a sobreponerse a los océanos y las generaciones. Sin embargo, este pretendiente en particular poseía una paciencia y una persistencia inhumanas.

No era la primera vez que la Muerte venía a visitarla. Durante su última aparición, no sólo la había privado de su vida, sino también de su humanidad, su arte y su única hija.

Sólo esperaba que, esta vez, no se sintiera inclinado a quedarse.