Capítulo 16

Domingo, 25 de julio de 1999, 12:47 AM

Capilla de los Cinco distritos

Ciudad de Nueva York

El brujo, sumido en un profundo trance, no tuvo oportunidad de salvarse. La feroz estocada de Anwar con su katar fue un movimiento fluido y el kafir chocó contra la mesa como un árbol talado. Anwar se encontraba sobre su víctima, bebiendo profundamente, antes de que sus párpados dejasen de revolotear.

Hadd. Venganza.

Durante cinco siglos, los hijos de Haqim habían languidecido bajo la maldición de los Tremere, habían sido incapaces de cumplir en su totalidad con los caminos de la sangre prescritos por el anciano de los ancianos. Pero ahora la segunda fortaleza, Tajdid, estaba siendo reclamada; cada hora de servidumbre sería pagada con creces. Anwar no había dado más que un golpe: un pequeño paso en la senda de la hijra.

Pero había poco tiempo para recrearse en la hazaña. Con las renovadas fuerzas que fluían por sus venas, volvió la vista hacia Aarón. El Tremere, cuya desazón era evidente, contemplaba boquiabierto el cuerpo de su hermano de clan. ¿Acaso no tienes estómago para la sangre?, se preguntó Anwar. O quizá era la concentrada brutalidad de su acto lo que había intimidado a su guía. Pero debía de haber sabido que sería así.

Lenta, metódicamente, Anwar empezó a registrar a su víctima. Aarón se dio la vuelta a medias.

—¿Es eso de veras necesario?

Anwar abrió a la fuerza el puño crispado del brujo. Le arrebató algo a la presa del muerto.

—Está hecho. Vamos.

Envolvió la sanguinolenta piedra en un trapo y se la guardó en la faja.

Aarón flaqueó un momento. Entonces, con aire resuelto, recogió un pedazo de pergamino del suelo y se lo guardó en la manga de la túnica.

—¿Un recuerdo? —se burló Anwar.

—Una prueba acusadora.

Anwar se inclinó ligeramente.

—Guíame.

Rehicieron sus pasos, Anwar pisándole los talones al brujo. Mientras subían por la escalera de los suspiros, Anwar descubrió que volvía a encontrarse en guardia. Todavía no era demasiado tarde para que saltara una traicionera trampa o para que una horda de brujos cayera sobre él y lo arrastrase a las profundidades de su capilla.

Pero ningún asaltante emboscado se materializó frente a él. Atravesaron la oficina del piso de arriba y luego el corto pasillo que le separaba de la libertad. Anwar sintió el frío aire de la noche en el rostro.

—No deberías haberme hablado en el sanctum de Fol... del brujo —le acusó Aarón—. Ha sido peligroso y poco profesional.

—¿Acaso estás descontento con la manera en la que he cumplido el contrato?

—Y además dejaste allí el esbozo.

—Garabatos dementes. Los examiné. No eran relevantes. Decidí dejarlos.

—Yo aparecía en ese esbozo. Si yo estuviera implicado en esto, ¿no te parece que eso sería relevante?

—No pretendo ofenderte, Aarón Portador de la Luz. Pero ese hecho no es relevante.

—¿Qué quieres...?

—Tus superiores estarán disgustados.

—Sí —supongo Aarón con aire de cautela—. Supongo que...

Con un grácil paso, Anwar pasó el cable sobre la cabeza del Tremere. El alambre se hincó en el cuello del brujo y atravesó la tráquea y la yugular. Un fuerte tirón y la cabeza cayó al suelo separada de los hombros.

—Esto es algo parecido a la misericordia en comparación con lo que tus hermanos de clan te hubieran deparado. Descarea en paz, Aarón, Portador de la Luz. En el servicio sin tacha se esconden tanto la gloria como la redención.