
Capítulo 24
Viernes, 27 de agosto de 1999, 11:52 PM
Auditorio McHenry, Hotel Lord Baltimore
Baltimore, Maryland
Sturbridge se detuvo frente a las dobles puertas y sopesó sus opciones. Todavía no era demasiado tarde para dar la vuelta. El portero incluso le pediría un taxi. Podía estar en el aeropuerto en media hora y de regreso en Nueva York a tiempo de frustrar cualquiera de la media docena de mezquinas intrigas que se habrían tramado durante su breve ausencia.
No. Era mejor entrar y acabar con ello. Se preparó y penetró en el auditorio esperando lo peor. Parecía que las celebraciones estaban en pleno apogeo.
—¿Qué estabais pensando, en nombre de los nueve infiernos? --la voz, que Sturbridge reconoció de inmediato como perteneciente a su querido vecino, el Príncipe Lladislas, recientemente desalojado de Buffalo, resonó desde las vigas. El hecho de que el grupo al que se estaba dirigiendo (uno de cuyos miembros, un hombre de aspecto digno, respondía perfectamente a la descripción de su anfitrión, el Príncipe Garlotte) no se encontrase siquiera a un metro de distancia no le parecía razón suficiente para moderar el volumen de su estallido.
Garlotte recibió este insulto directo con una paciencia visiblemente tensa.
Sturbridge realizó un cálculo rápido mientras tomaba asiento discretamente en la primera fila. Lladislas y lo que quedaba de su corte no podían llevar en Baltimore mucho más de una semana. A juzgar por la expresión de Garlotte, había sido una semana muy intensa.
—Dado que abrazar a un puñado de neófitos ignorantes funcionó tan de puta madre en Buffalo, ¿estáis planeando volver a hacerlo en Hartford? ¡Qué demonios...! Podía haber esperado esa clase de truco de ti, Garlotte. Pero, Theo...
Calmada y gentilmente, el arconte Brujah posó una mano disuasoria sobre el hombro de Lladislas. El destronado príncipe se la sacudió de encima con un bufido, pero abandonó Su diatriba. Su voz bajó de volumen, pero la acusación persistió en ella.
—Confiaba en ti.
Bell lo miró con franqueza.
—Bien. Con eso y un dólar tengo para una taza de café —esbozó una amplia sonrisa y le dio a Lladislas una palmada en el hombro—. Buffalo era una trampa mortal. Tú lo sabes; yo lo sé. Siento que duela oírlo. No había nada más que pudieras haber hecho salvo bajar a repartir golpes. Pero te diré una cosa: habrá otras batallas, batallas de verdad, batallas que pueden significar algo. Y quiero tenerte allí cuando llegue el momento. ¿Nos entendemos?
Lladislas alzó las manos. Parecía que todavía se estaba acostumbrando al humilde papel de príncipe en el exilio. Sturbridge podía seguir el curso de sus torturados pensamientos sobre las líneas de su rostro mientras el ex Príncipe pugnaba por medir cuan lejos podía enviar exactamente de un empujón a su anfitrión.
La voz de Garlotte interrumpió sus vacilaciones.
—...un privilegio tener entre nosotros a la regente Aisling Sturbridge de la Capilla de los Cinco Distritos de Nueva York. Si se me permite, señora Sturbridge, diré que es un gran honor contar con la presencia de tan veterana y firme oponente a los avances del Sabbat.
Sturbridge recuperó la compostura y se puso en pie para dirigirse a los presentes. Saludó con un gesto a las personalidades más importantes, al tiempo que asociaba los nombres con los pocos rostros que no le eran familiares:
—Príncipe Garlotte, Arconte Bell, Príncipe Vitel, Príncipe Lladislas, señor Pieterzoon.
Su tono era cuidadosamente desapasionado, formal. Igualmente podría haber estado dando una clase a un grupo de escolares o indicando la dirección a un motorista perdido que dirigiéndose a lo que quedaba del orgullo de la Camarilla en la Costa Este.
—Hace tres semanas, el Príncipe Garlotte informó al representante Tremere en Washington de las aseveraciones realizadas frente a esta asamblea por el Justicar Xaviar del Clan Gangrel. Hablando oficialmente en nombre del Clan Tremere, no podemos otorgar credibilidad a las absurdas afirmaciones de las que se nos ha informado. No tenemos razones para dudar de la veracidad del justicar. Siempre ha sido una torre de fuerza y un pilar de integridad. Sentimos una profunda simpatía hacia su perturbadora pérdida. Lloramos a nuestros camaradas caídos. Pero no podemos, sin embargo, aceptar de forma literal la valoración del justicar sobre la situación. Ya hay suficientes monstruos babeando a las mismas puertas de esta ciudad. No hay necesidad de conjurar míticos Antediluvianos para distraer y desmoralizar aún más a nuestras fuerzas. No podemos permitirnos el lujo de distraer parte de nuestros muy necesitados recursos en el presente conflicto para vengar la pérdida personal de la partida de guerra de Xaviar. No os confundáis, su pérdida es una tragedia. Los echaremos terriblemente de menos en las atribuladas noches que se avecinan. Pero los Tremere no serán influidos ni obligados participar en una insignificante venganza por las menos que veladas amenazas formuladas contra este concilio por el justicar.
Sturbridge miró a cada uno de sus compañeros de concilio, uno tras otro. Vio que sus propios sentimientos encontraban eco en las estoicas miradas, los ojos vueltos hacia el suelo, los rostros apartados de sus pares.
—Lo que me preocupa —Pieterzoon rompió el incómodo silencio— es qué podría haber aterrorizado a alguien como Xaviar hasta ese punto. Si fuera yo el que hubiera aparecido desvariando sobre Antediluvianos —esbozó una sonrisa de desprecio hacia sí mismo—, todos nos hubiéramos reído justo antes de olvidar el asunto. Pero Xaviar... no me parece de los que se excitan con facilidad.
—Fuera lo que fuese lo que encontraron allí —dijo Garlotte—, es mejor evitarlo por completo. Puede parecer algo maquiavélico, pero pienso que, sea lo que sea, ahora es problema del Sabbat. Lo siento, pero así es como lo veo.
—Lo mismo que Nueva York —las palabras de Sturbridge cayeron pesadamente sobre el silencio.
—¿Disculpe?
—Nueva York. Ahora es problema del Sabbat. Buffalo, Albany, Nueva York. ¿Qué es una pesadilla suelta más?
—Señora Sturbridge, he sido un pésimo anfitrión, no pretendía ofenderla. Ni tampoco pretendía apremiarla a acudir a las sesiones del concilio antes de que hubiera tenido tiempo de descansar y recuperarse del viaje. Confío en que me permita usted enmendarme.
—Eso no será necesario, Príncipe. He hablado por enfado. El comentario no representa la posición de mi clan. Lo retiro. No es mi intención descartar de plano las preocupaciones del justicar —continuó—. Hemos descubierto nuevas pruebas que confío en que viertan un poco de luz sobre la naturaleza de lo que Xaviar y su grupo encontraron para su desgracia en aquellas montañas.
Depositó un maletín de cuero sobre la mesa y sacó de su interior un sobre manila sin señal alguna, que contenía una simple hoja de pergamino. Se lo tendió a Jan y éste lo abrió.
Un único ojo sin párpado lo miraba. Más ilustraciones y anotaciones ocupaban la hoja, realizadas todas ellas por la misma mano temblorosa y desesperada. El pergamino parecía retorcerse en sus manos. Jan se estremeció involuntariamente.
—¿Qué se supone que es esto? —preguntó mientras pasaba rápidamente el pergamino a Vitel, que se encontraba a su derecha.
—Bueno, eso es precisamente lo que confiaba en que me ayudaran a determinar, señor Pieterzoon. La página fue descubierta junto al cuerpo de uno de mis asociados —Sturbridge relató apresuradamente aquel conjunto de medias verdades—, que fue asesinado en el transcurso de un... ritual bastante heterodoxo.
La hoja de pergamino continuó dando la vuelta a la mesa en el sentido de las agujas del reloj hasta llegar a Gainesmil, mayordomo de Garlotte y su mano derecha. Éste dejó escapar un silbido bajo.
—Quienquiera que imaginara todo esto era un caso especial. Un verdadero lunático. —Le pasó el documento a Victoria Ash y su mano se demoró un momento de más sobre ella.
—La razón por la que he querido presentar este boceto ante el concilio es la ilustración del borde inferior izquierdo, el hombre tuerto rodeado por lo que parece ser un montículo de huesos astillados. Este dibujo trajo a mi memoria...
—Sí, ya veo —Vitel tenía una mano en el pergamino, pero Victoria parecía reacia a soltarlo—. La descripción de Xaviar. El monstruo del ojo llameante.
—Las circunstancias que rodearon a la creación de este dibujo no están todavía del todo claras, pero el momento coincide casi con total exactitud con la confrontación descrita por el justicar.
A pesar del tono discreto de Sturbridge, sus palabras estaban causando efecto. Jan se agitaba en su asiento, incómodo.
—¿Qué demonios es esa cosa?
—Una pregunta razonable —dijo Sturbridge. Pero si tenía alguna respuesta razonable, no la compartió con ellos.
—¿Me permite? —Por segunda vez, Vitel intentó quitarle el documento a la inusualmente reservada señora Ash. Ésta sujetaba el pergamino de manera obstinada.
¿Qué esperan ganar los Tremere de todo esto?, pensaba Jan. ¿Acaso pensaban que podían desviar la atención de ellos mismos y de su señalada falta de implicación en la presente crisis ofreciendo al concilio una información tan ambigua? Lo que él necesitaba era información sólida: posiciones del enemigo, composición de sus fuerzas, líneas y puntos de suministro. No anotaciones al margen y especulaciones absurdas.
—Leopold.
La voz de Victoria les llegó como venida desde gran distancia. El impacto de una gota de agua en las profundidades de un pozo.
—¿Disculpa? —Garlotte se volvió hacia ella.
—Es Leopold —dijo ella con tranquilidad, sin que sus ojos abandonaran el pergamino un solo instante.
—Sí, creo que esa es una de las inscripciones —Vitel se inclinó sobre el pergamino—. Leopold. Y esta otra se parece a Hazima-el. Y ésta, Occultum...
—No, éste. Éste es Leopold —los dedos de Victoria sujetaban con tal fuerza el pergamino que parecía que fueran a desgarrarlo.
—¿Lo conoces? —preguntó Gainesmil con incredulidad.
—¿Quién es Leopold? —preguntó el Príncipe Garlotte.
Victoria miraba el dibujo sin dar señales de haber oído al príncipe. Sus manos temblaban. Parecían retroceder frente a sus ojos.
—¿Puede alguien decirme quién demonios es Leopold? —Lladislas estaba en pie.
—Nadie —dijo Victoria simplemente—. Un escultor. Un Toreador. De Atlanta.
Todo el mundo habló a la vez.
—No me lo creo. Lo que estás tratando de decirnos es...
—¿Estás completamente segura de que lo reconoces? No es más que un esbozo a lápiz...
—Esto es ridículo. Ya he tenido más que suficiente...
Sturbridge podía sentir que las alas negras se cernían sobre ella. Enfurecida, las apartó de sí con un ademán.
—Lo siento. ¿Ha dicho usted Atlanta, señora Ash?
Victoria se limitó a asentir, pero Garlotte ya se estaba adentrando a toda prisa por esa línea de especulación.
—Parece una pequeña coincidencia, ¿no es así? Un regente Tremere asesinado. El primero de los asaltos del Sabbat. Su propia fuga... por los pelos. Y ahora, pretende hacernos creer que esta criatura...
Lladislas fue golpeado repentinamente por lo absurdo de todo ello.
—¡No estarás sugiriendo que un solo Toreador destruyó a un pequeño ejército de Gangrel!
Ahora sí que levantó Victoria la mirada. Miró directamente a Jan, con aire suplicante, para confirmar en silencio su creencia.
—Lo único que digo es que éste es Leopold —apartó de sí la hoja y cruzó los brazos.
—Está bien —intervino Sturbridge rápidamente—. No es culpa suya —miró directamente a Lladislas como si lo estuviese desafiando a contradecirla—. No es culpa suya.
—Muy bien. —Garlotte estaba recuperando la compostura—. Entonces, ¿qué es lo que hacemos ahora? ¿Enviar a alguien tras Xaviar? ¿Decirle que se ha cometido un gran error? Que la cosa con la que se encontró no era más que...
—¡Oh, eso sí que dará resultado!
—Me temo que hay muy poco que pudieras decirle a nuestro orgulloso justicar en este momento —la voz de Vitel sonaba calmada, razonable—. No estoy por completo seguro de que haya algún beneficio práctico que podamos obtener de esta información. No pretendo ofender a la representante de los Tremere —inclinó la cabeza en dirección a Sturbridge.
Ésta se volvió para enfrentarse al inesperado ataque recibido desde una dirección inesperada.
—No lo habéis hecho, mi Príncipe.
—Yo voy a ir —dijo Victoria en tono bajo.
Vitel continuó pensando en voz alta, de forma casi ausente.
—Dígame, señora Sturbridge, ¿ha dicho que ha venido usted pasando por Washington? ¿Cómo está...?
Mi ciudad. Sturbridge pudo oír las palabras casi con tanta claridad como si el otro las hubiese pronunciado en voz alta.
—¿Cómo está progresando el esfuerzo por reclamar la capital?
Se alzó un gruñido al otro lado de la mesa y Lladislas alzó los brazos, exasperado.
—¡Esa vieja cantinela otra vez no!
Sturbridge lo ignoró.
—La capilla sigue resistiendo, mi Príncipe. Y mientras lo haga, seguirá habiendo esperanza.
—A Atlanta. Para encontrar a Leopold. Alguien tiene que ir —Victoria no parecía haberse dado cuenta de que la conversación había tomado otros derroteros.
—Ni se plantea —dijo Garlotte—. Es peligroso. No tiene sentido. No hablemos más de ello.
—¿No crees que deberíamos escucharla?
Sturbridge se volvió de inmediato hacia Jan, asombrada por su repentina traición. Su rostro seguía impasible. Suavemente, casi sin ningún esfuerzo, acababa de redefinir a Victoria. Quien había sido antaño una par, una compañera de concilio, quizá incluso una rival, acababa de ser convertida en otra herramienta prescindible para ser arrojada a las fauces de las fuerzas del Sabbat. Resultaba inquietante.
—¿Estás completamente segura de que quieres hacerlo? —la preocupación de Gainesmil estaba mezclada con un deseo demasiado aparente de distanciarse de cualquier asociación desafortunada con la señora Ash, que empezaba a irse a pique.
—Partiré de inmediato —apartó la silla y estuvo a punto de arrojarla al suelo—. Señor Gainesmil, mi Príncipe. Jan —casi huyó de la mesa.
Vitel asintió distraído, sin reparar aparentemente en la apresurada marcha de la Toreador.
—Todavía hay esperanza. Por supuesto. Por supuesto. Pero, dígame, señora Sturbridge, ¿qué noticias hay de mi viejo amigo, Peter Dorfman? Debo confesar que me... entristece su silencio desde que me vi obligado a exiliarme aquí.
Sturbridge sintió que una grieta se abría bajo sus pies. Dorfman. Vitel. Maldición. ¿Cómo se le podía haber pasado por alto esa conexión?
Trató de refutar la insinuación.
—El pontifex ha salido del país hace algún tiempo, mi Príncipe. La casa madre. Viena.
Las palabras se volvieron frías y pesadas al abandonar sus labios. Mentiras, se percató demasiado tarde. Mentiras transparentes.
—Viena —repitió Vitel con tono ausente—. Ya veo. ¿Así que no se ha involucrado en la resistencia, en la defensa de la ciudad? ¿Podría, incluso ahora, no estar al corriente de la cruel carta que el destino ha jugado contra su viejo amigo?
Sturbridge se dio cuenta de que los cuernos del dilema se precipitaban sobre ella. Trató de explicarse.
—Según tengo entendido, ha estado allí desde antes de...
—¿El ataque sorpresa? Un hombre afortunado. Un hombre muy afortunado. Eso nadie puede negarlo. Estoy seguro de que se las arreglará muy bien solo. En Viena —añadió intencionadamente.
—¿Adónde quieres ir a parar, Vitel? —le interrumpió Garlotte de mala manera. Él, más que nadie, parecía desconcertado por la brusca marcha de Victoria—. ¿No pretenderás sugerir que el pontifex sabía de antemano que...?
—No, no. Nada de eso. ¿Cómo puedes siquiera pensar tal cosa? Vaya, estar al corriente de un ataque del Sabbat sobre tu propia ciudad y no advertir a tu príncipe, vaya, eso sería...
—Absurdo. Sospechas sin fundamento. De veras, Vitel, esto es impropio de ti.
—Sería casi tan malo —continuó Vitel con voz calmada— como solicitar de forma activa tal ataque.