
Capítulo 17
Domingo, 25 de julio de 1999, 9:00 PM
Capilla de los Cinco Distritos
Ciudad de Nueva York
Tres golpes fuertes en la puerta. Sturbridge rodó sobre la cama y dio un manotazo al monitor que había al pie de la misma. A su contacto, el monitor parpadeó como si estuviera sorprendido y abandonó abruptamente el modo suspendido. Una voz de hombre, gruñona y con un definitivo y cantarín acento de Cork, habló por los diminutos altavoces:
—Invitados a primera hora de la mañana / Asaltantes, el hambre, forúnculos o moscas / Serían más bienvenidos.
Sturbridge ignoró al enfadado ordenador y conectó la imagen. La cámara que había justo al otro lado de la puerta reveló a Eva, parada con aire inseguro frente al umbral.
No vestía la túnica habitual de los novicios sino una blusa y una larga falda negra. Ropas civiles. Parecía incómoda, con una mano alzada, como si estuviera considerando si sería sabio llamar una segunda vez.
Un gesto de Sturbridge hizo abrirse a las cerraduras hidráulicas que aseguraban la puerta de la cámara. Eva se apartó bruscamente del reptiliano siseo y entonces, mientras la puerta se abría, dio tres pasos decididos para entrar en al habitación y se detuvo. Permaneció muda e inmóvil, con la cabeza y los hombros inclinados como si estuvieran soportando un gran peso.
Sturbridge se puso en pie y recogió una túnica que descansaba sobre una silla cercana.
—Entra, Eva. Gracias por venir a verme. Siéntate, por favor.
La novicia siguió de pie, con la cabeza inclinada, negándose a mirar a su regente a los ojos.
—Si mi señora me lo permite, preferiría permanecer de pie.
Sturbridge se cerró la faja alrededor de la cintura mientras observaba a la muchacha con curiosidad.
—Ya veo. Muy bien, dime, ¿qué te ronda la mente?
Eva reunió todo su coraje.
—He venido a someterme a vuestro juicio, su Regencia. La historia de Talbott, él dijo que tendría un precio. Estoy aquí para pagar la cuenta.
—Ah, sí, el precio —un silencio incómodo se instaló entre ambas—. Hubiera creído —reflexionó en voz alta— que una novicia que acudiera a presencia de su regente para tratar tan importantes asuntos hubiera debido hacerlo formalmente ataviada con su túnica de oficio.
—He devuelto mi túnica al vestuario —le costó mucho admitirlo—. He quebrantado la confianza de mi regente. He abandonado la comunión con esta capilla. Me someto a vuestro juicio.
—¿Hmmm? Oh, sí. Sí, haces bien. Veamos —Sturbridge le dio la espalda a la novicia y se abrió camino hacia el destartalado trono de libros—, supongo que ahora la cuestión es, ¿qué vamos a hacer contigo? ¿Te importa si me siento? Gracias.
Sturbridge se acomodó en el alto sitial y alzó la voz como si se estuviera dirigiendo a una corte de justicia.
—Grabación de acción disciplinaria. Caso presentado ante la regente: FitzGerald, Eva. Novicia del Primer Círculo.
La terminal situada junto a la cama emitió una serie de gruñidos renuentes, velados finamente como esfuerzos por acceder al disco duro y entonces dio comienzo a una trascripción de las palabras de Sturbridge.
—La novicia se presenta ante nos acusada por sí misma y confesa de, ¿cómo lo has llamado, querida?
—Quebrantar la confianza de mi regente —recitó Eva— y abandonar...
—Ah, sí, quebrantar la confianza de su regente y abandonar la comunión con la capilla. Magníficamente expresado. La novicia ha contraído también una deuda con el Hermano Portero, por el relato de un cuento. El informe debe recoger que el cuento en cuestión fue, a la manera habitual del hermano, bastante deslavazado y fantasioso, de modo que es de esperar que el precio sea muy elevado. Si se tiene en cuenta el exorbitante interés demostrado aparentemente por la novicia en pagar al narrador su cuento, puede también esperarse que la factura haya aumentado de forma exponencial. ¿Lo has recogido todo?
El ordenador empezó a leer la trascripción.
—¡Su Regencia, por favor! Esto es muy serio. He estado todo el tiempo... pensando en abandonar la... y vos...
Sturbridge cruzó el espacio que las separaba y rodeó a la novicia con un brazo.
—Lo sé, chiquilla. Está bien.
Meció suavemente a Eva adelante y atrás.
—Querías saber más. Sobre mí, sobre el lugar del que provengo, sobre quién soy, sobre qué soy. Sobre cómo llegué hasta aquí y lo que se supone que voy a hacer ahora al respecto. ¿No?
Eva asintió, incapaz de gobernar su voz. Enterró el rostro en el hombro de Sturbridge.
—Está bien. Es bueno hacerse preguntas. Es bueno hacer preguntas. Es bueno dudar. Lo único que siento —continuó tras una pausa— es que no sintieras que podías venir a mí con esas preguntas.
—¿Qué derecho tengo a demandar explicaciones de vos? —la réplica de Eva fue rápida y había una nota de amargura tras ella.
Sturbridge mantuvo los hombros de la chica a la distancia de sus brazos.
—No tienes derecho a demandar explicaciones. Pero puedes acudir a mí. Puedes hacerme preguntas, incluso preguntas difíciles. Y si me es posible, las responderé. ¿Lo comprendes? Es una promesa. Si puedo, las responderé.
Eva asintió detrás de sus lágrimas.
—Ahora siéntate aquí y límpiate la cara. Das verdadero miedo con toda esa sangre derramándose por tus mejillas. Eres un verdadero monstruito.
Se vio recompensada por una risa ahogada que enseguida se disolvió en una serie de sollozos quebrados.
—Eso está bien. Siéntate aquí, junto a mí y te contaré algo más de esa historia que tan desesperadamente necesitabas conocer. Es una historia de magia e inmortalidad. De diablos y brujas. De sangre y fuego. Es tu historia. ¿Lo sabías? Ya has pagado su precio. Lo pagas cada anochecer cuando, contra toda razón y toda lógica, vuelves a levantarte. Lo pagas cada noche cuando cazas, bebes vida, resistes. Lo pagas cada mañana cuando vuelves a rendirte a la pequeña muerte. Ya empiezas a reconocer algo familiar en el cuento, jirones de sueños, fragmentos de canciones. Cosas que sabías antes de que fueran sabidas. ¿Verdad? Bien. Son nuestra herencia. El legado de la Pirámide. La Sangre de los Siete que corre por las venas de todos nosotros. Conectándonos, atrayéndonos los unos a los otros, uniéndonos. No importa lo mucho que te alejes, pequeña. Extiende una mano. Toca la vibrante cuerda de sangre que se extiende entre nosotras y yo podré sentir tu contacto. En este mismo momento, yo puedo acudir a mi sire. Observa. Más cerca. Casi puedes ver el temblor que recorre su nuca. Casi como si alguien estuviera caminando sobre su tumba. Ah, ahora nos ha encontrado. —Los ojos de Sturbridge se cerraron al sentir la caricia que respondía a su llamada y se perdió un momento en el recuerdo antes de interrumpir el contacto—. Somos de una misma sangre. Nada puede cambiar eso. Ni siquiera la muerte. ¿Lo comprendes? Ahora tranquila, chiquilla. Tranquila.
Eva guardó silencio durante un largo rato. Entonces preguntó, insegura:
—Su Regencia, lo que Talbott dijo, ¿es cierto? Que tuvisteis una hija, me refiero.
Las líneas del rostro de Sturbridge se endurecieron. Apenas un momento atrás se había descubierto llamando "chiquilla" a esta pequeña. Tuvo que luchar para controlarse antes de volver a hablar.
—Sí. Tuve una hija una vez. Una niña pequeña y hermosa. Una niña mágica y viva. Sé que tal cosa resulta difícil de imaginar aquí.
Se descubrió pensando, y no por vez primera, lo mucho que se parecían su joven novicia y su hija desaparecida. Tenían la misma edad e incluso había la insinuación de un leve parecido entre ellas. Sabía que había sentido un deseo instintivo de protegerla desde el día que había llegado a los Cinco Distritos.
La voz de Eva interrumpió su ensimismamiento.
—Creo que me hubiera gustado tener una hija.
Sturbridge abrazó a la joven novicia y enterró sus lágrimas.