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Tuve unos sueños muy desagradables y al despertarme no se me ocurrió ninguna buena idea. Me levanté de la cama de muy malhumor y la situación empeoró cuando recordé el compromiso que me aguardaba esa mañana.
Tenía una cita en la fiscalía con un cliente, médico, profesor universitario, barón, y acusado de haber apañado un concurso para colocar a uno de los que le llevaban el maletín. El otro candidato era un profesional de fama internacional que había trabajado durante años en universidades y centros de investigación americanos y que, en un determinado momento, había decidido regresar a Italia.
Se presentó al primer concurso relacionado con su especialidad, sin saber que la plaza estaba adjudicada antes de que se publicase siquiera el concurso. El vencedor predestinado era un joven investigador, totalmente descerebrado, pero hijo de otro profesor de esa misma facultad apodado en los ambientes universitarios, a causa de su inflexible catadura moral, Pierino l’ingordo2.
La desproporción entre los títulos y méritos científicos de uno y otro candidato —obviamente, con todo el peso de la balanza a favor del que no estaba recomendado— era casi grotesca. El detalle, sin embargo, no había impresionado a la comisión, y el joven descerebrado había obtenido la plaza. El otro no se había conformado: había impugnado la decisión ante el TAR —ganando el recurso— y había presentado también una denuncia ante la fiscalía.
Mi cliente, pues, había recibido una citación para que compareciera, acusado de tráfico de influencias y abuso de poder y falsedad, y yo le había recomendado que se acogiera al derecho a guardar silencio. Las pruebas en su contra eran escasas y someterse a un interrogatorio —dado que, entre otras cosas, la ayudante del fiscal era una joven muy despierta y, sin duda, mucho más inteligente que él— sólo podía agravar la situación.
En aquel caso, como en muchos otros, a decir verdad, tenía la sensación de estar en el bando equivocado. En aquel caso, como en otros, me había preguntado si realmente quería aceptarlo y defender a ese cliente. Me había contestado a mí mismo que no, que no quería, pero lo había aceptado de todos modos. Una cuestión que debería tratar con mi psiquiatra, en caso de que tuviera uno.
Mientras pedaleaba en dirección al tribunal, iba pensando que era la mañana menos adecuada para encontrarme con aquel tipo: era, sin lugar a dudas, culpable de una falta que a mí me resultaba odiosa, era un tipejo pomposo, petulante y servil y, sobre todo, llevaba mocasines con borlas.
Existen algunas cosas hacia las que siento que debo ser despiadado. Entre éstas figuran los mocasines con borlas; también las cadenas o las cintas para llevar las gafas colgadas, las plumas Cartier, los Cardigan con ochos, los brazaletes de hombre de oro macizo, cualquier tipo de espray para el aliento.
Con estas premisas, cuando nos encontramos delante del edificio de la fiscalía, unos minutos antes de la hora fijada para prestar declaración, no estaba en mi mejor momento. Después de saludarnos y de intercambiar, sin cordialidad alguna (al menos por mi parte), las dos frases de rigor, me dijo que tenía muchas dudas de que acogerse al derecho a guardar silencio fuera la decisión más adecuada. Pensaba que podía dar todas las explicaciones que fueran necesarias y le parecía que negarse a contestar era casi como admitir que era culpable, y una admisión de culpabilidad no estaba en consonancia con su posición.
Tu posición de viejo pomposo y de académico de botica, pensé, mientras notaba cómo me iba dominando una irritación desproporcionada porque mi cliente, en el fondo, sólo estaba expresando una duda legítima. Pero, para su desgracia, en esos momentos era la persona equivocada, en la mañana equivocada y, sobre todo, con los zapatos equivocados.
—Creo que eso ya lo hemos hablado, profesor. Conociendo al fiscal y teniendo en cuenta la fase en la que se encuentra el procedimiento, le reitero mi consejo: tiene que acogerse al derecho a guardar silencio. Como es lógico, la elección es suya, así que si usted considera oportuno actuar de otra forma, yo no puedo impedírselo. Sin embargo, si lo hace, sepa que, a mi entender, comete un grave error y que me reservo la facultad de renunciar a defenderle.
Nada más terminar de hablar, fui el primero en asombrarme por la agresividad con la que lo había hecho. Él se quedó en silencio durante algunos instantes, turbado, casi asustado, sin saber cómo reaccionar. En otras circunstancias, su pomposa petulancia de barón le hubiera llevado, naturalmente, a contestarme con cajas destempladas. Pero estábamos en la fiscalía, uno de los sitios más intimidatorios que existen, él era un acusado y yo su abogado. No se encontraba en las condiciones ideales para ir de duro conmigo. Al final, suspiró.
—Está bien, abogado, lo haremos como usted dice.
Llegados a ese punto, y dado que no soy lo que se dice un paradigma de coherencia, me sentí culpable. Le había maltratado abusando de mi situación de poder con respecto a él: una cosa que no se debería hacer nunca. Mi tono de voz se volvió mucho más suave, casi amistoso.
—Es lo mejor, profesor. Vamos a observar los próximos movimientos del fiscal. Si es necesario, siempre estamos a tiempo de redactar una memoria en la que podremos poner todo lo que queramos para defendernos.
Poco después entramos en el despacho del fiscal, nos acogimos al derecho a guardar silencio, y a los cinco minutos yo estaba de nuevo en la calle, camino de mi bufete.
Estaba poniéndole la cadena a la bicicleta, junto al portal, cuando vi un enorme perro negro, cuya silueta me resultaba muy familiar, que se me acercaba, trotando, por la acera.
Cuando lo reconocí, el corazón me dio un brinco de alegría. Baskerville. Nadia, pues, debía estar por allí cerca, me dije mientras silbaba al perro y miraba alrededor para localizar a su dueña.
El perrazo se acercó a mí y, apenas estuvo lo bastante cerca, se irguió sobre las patas traseras y apoyó las delanteras sobre mi pecho. Movía la cola frenéticamente y yo pensé —muy orgulloso de mi inesperado éxito con los perros— que Baskerville y yo nos habíamos hecho realmente buenos amigos en muy poco tiempo. Para corresponder a su cordialidad, empecé a acariciarle la cabeza y por detrás de las orejas, como había hecho la noche en la que nos conocimos.
¿Detrás de las orejas?
Baskerville sólo tenía una oreja, me dije. Es decir, ese perrazo que movía la cola mientras apoyaba sus zarpas en mi pecho y acercaba el hocico a mi cara no era Baskerville. Tragué con dificultad, intentando descifrar la expresión del perro y averiguar si, después de haberme hecho aquellas jubilosas carantoñas, tenía la intención de matarme y hacerme pedazos. El perrazo, sin embargo, parecía realmente sociable y hasta me lamió las manos. Estaba preguntándome cómo librarme de su abrazo sin herir la sensibilidad de mi nuevo amigo cuando un jovenzuelo flaco y algo jadeante dobló por la esquina y se dirigió hacia nosotros. Lo primero que hizo al llegar a nuestro lado fue ponerle la correa al perro y apartarlo. Luego, mientras intentaba recuperar el aliento, se dirigió hacia mí.
—Lo siento muchísimo, perdone. Lo tenemos suelto en la tienda, un cliente se ha dejado la puerta abierta y se ha escapado. Lo hace en cuanto puede, es todavía un cachorro, no tiene ni un año. Espero que no se haya usted asustado.
—No, para nada —mentí un poco. En realidad, en cuanto me di cuenta de que no se trataba de Baskerville noté un escalofrío de terror recorriéndome la espalda, pero no me pareció indispensable informar al joven de todos los detalles.
— Rocco es buenísimo y adora a los niños. Queríamos un perro guardián y por eso elegimos un corso, pero me temo que nos ha tocado el ejemplar menos adecuado.
Sonreí, con aire comprensivo, como un entendedor del mundo de los perros, pero no añadí nada. El jovenzuelo parecía excesivamente locuaz y no me apetecía darle alas para que me contase su vida y todas sus experiencias con los animales, empezando por el primer hámster que tuvo. Así que me despedí de él, me despedí de Rocco y, mientras ellos se alejaban, volví a ocuparme de la cadena de la bicicleta.
El candado emitió su familiar y tranquilizador clic, yo me levanté y, de pronto, me di cuenta de que en mi cabeza se había introducido, sin mi permiso, una idea que antes no estaba. La idea no paraba de zumbar, yendo de un lado a otro: yo sabía que estaba allí, pero no podía verla, mucho menos atraparla.
Intenté reconstruir los hechos que acababan de tener lugar.
El perro había ido a mi encuentro, yo le había llamado con un silbido, pensando que iba a ver a Nadia de un momento a otro, el perro me había hecho todo tipo de fiestas, yo le había acariciado detrás de las orejas, me di cuenta, entonces, de que no era Baskerville, un instante después apareció su dueño que..., espera, espera, rebobina, Guerrieri.
Le había acariciado detrás de las orejas y me había dado cuenta de que no era Baskerville. Fue entonces cuando se introdujo en mi cabeza esa idea desconocida. Intenté, frenéticamente, articularla.
El perro Pino, también llamado (por mí) Baskerville, se caracterizaba porque sólo tenía una oreja. Su característica era, pues, una ausencia. La información radicaba en algo que faltaba.
Un pensamiento muy profundo, me dije, intentando ser sarcástico. No lo logré. Había, de verdad, algo importante que agarrar.
Baskerville. Una oreja que falta. Gracias a eso que falta se comprende otra cosa. ¿Cuál? Algo que falta.
Baskerville.
Sherlock Holmes.
El perro no ha ladrado.
La frase se materializó, de repente, en mi cabeza como si fuese una bandera de colorines en medio de un escenario desierto y espectral.
«El perro no ha ladrado» es una frase que pronuncia Sherlock Holmes en El sabueso de los Baskerville. O quizá no, quizá no lo haga en ese libro. Tenía que comprobarlo inmediatamente, aunque todavía no sabía por qué razón.
Subí al bufete, en el que no había nadie. Estaban todos en distintos despachos judiciales, cumpliendo con sus agendas. Me alegré de estar solo, me preparé un café, encendí el ordenador, entré en Google y tecleé: «Holmes y el perro no ha ladrado».
La frase no era de El sabueso de los Baskerville sino de Silver Blaze, el caballo desaparecido. Al leerlo, me acordé. El relato trata de un purasangre que ha sido robado y Holmes resuelve el caso gracias a que constata que el perro guardián no había ladrado: el ladrón del caballo tenía que ser alguien al que el perro conocía.
La clave del misterio radicaba en algo que no había ocurrido. En algo que debería estar y, sin embargo, faltaba.
¿Qué era lo que faltaba? ¿Qué debería estar y, sin embargo, faltaba?
Una idea comenzó a cobrar forma, trayendo consigo una intensa y repentina sensación de náusea, como un mareo súbito.
Cogí el dosier, saqué el listado de llamadas del teléfono de Manuela y lo examiné de nuevo. Y, a medida que lo hacía y confirmaba mi idea, es decir, no encontraba lo que debería estar y no estaba, en lo que no me había fijado hasta entonces, la náusea aumentaba, de forma tan violenta que pensé que iba a vomitar de un momento a otro.
El perro no había ladrado. Y yo sabía quién era ese perro.
Encendí el móvil y me encontré con cuatro llamadas de Caterina.