30
—¿Sabías todas esas cosas?
—Más o menos, aunque no con detalles —respondió Caterina.
—¿Por qué no me has dicho nada?
Estábamos ya en un taxi, camino de regreso. El tráfico de Roma estaba ofreciendo lo peor de sí mismo. Caterina suspiró profundamente antes de contestarme.
—Intenta entenderme. Eran asunto de Nicoletta y ella es amiga mía, aunque ahora apenas nos veamos. He hecho lo posible para que os vierais y fuera ella misma la que te lo contara. Me pareció que era la mejor solución.
—¿Y si Nicoletta no me llega a decir nada?
—Dudo mucho de que eso hubiera pasado, pero en ese caso habría intervenido.
El discurso de Caterina no tenía un solo fallo. Se había comportado impecablemente: me había ayudado sin traicionar la confianza de una amiga.
Entonces, ¿por qué experimentaba esa sensación de fastidio, como si se me escapase del todo alguna regla del juego que estábamos jugando?
Tenía que preguntarle si ella también había probado alguna vez la coca y si no había nada que ella no me hubiera contado. Estaba buscando las palabras más adecuadas para hacerlo cuando sonó su móvil. Lo sacó del bolso pero no contestó.
—Contesta, si quieres —le dije.
—Es una amiga. No me apetece hablar con ella, no me apetece decirle que estoy en Roma. Luego le envío un mensaje —dijo encogiéndose de hombros y apretando un botón que silenció la musiquilla del móvil.
Yo, mientras, decidí que aquella pregunta me resultaba demasiado embarazosa, que probablemente no era fundamental, y que, en todo caso, ése no era el momento para hacérsela.
—Según tú, ¿Nicoletta ha dicho todo lo que sabe?
—Probablemente no, pero te ha dicho lo que te interesaba, y estoy segura de que no sabe nada en concreto sobre la desaparición de Manuela.
Tenía razón, pensé mirándola.
Y también una piel maravillosa, pensé mientras seguía mirándola, hasta que me di cuenta, cómo decirlo, de que me había distraído un poco.
—¿Qué idea tienes? ¿Crees que la desaparición de Manuela está relacionada con lo de la cocaína?
Aunque el taxista estaba totalmente concentrado en oír un programa de deportes por la radio y no mostraba interés alguno hacia nosotros, bajé el tono de voz, instintivamente.
—No lo sé. Si Michele no hubiese estado en el extranjero el día de la desaparición sería más fácil establecer un nexo. Tal y como están las cosas, la situación sigue siendo un rompecabezas.
Caterina se interrumpió y empezó a masajearse la nariz con los dedos índice, medio y pulgar, mientras parecía escrutar con la mirada algo indefinido. Cuando pareció encontrar lo que buscaba, habló.
—¿Puedo decir una cosa?
—Claro —respondí.
—¿Por qué estamos tan seguros de que Manuela desapareció en Puglia? ¿Quién dice que no volvió a Roma, esa tarde o esa noche? ¿Por qué lo hemos excluido con tanta seguridad?
Cierto.
Todos habíamos dado por descontado que Manuela no llegó a salir en dirección a Roma. Basándonos en excelentes razones, por supuesto. Era la hipótesis más probable. El taquillero recordaba haberle vendido un billete para Bari; Manuela le había dicho a Anita que iba a Bari y que, sólo después, se iría a Roma. En resumen, era razonable situar el momento de la desaparición en el trayecto de Ostuni a Bari o después de la llegada a Bari. Pero no había elementos que excluyeran de forma categórica que Manuela no se hubiese ido a Roma y que los hechos que provocaron su desaparición no se hubiesen producido en Roma.
Cierto, me dije, si Manuela había salido de Bari, había llegado a Roma y, quizá, era allí donde había desaparecido, toda mi así llamada investigación valía lo que un cero a la izquierda. Y, sobre todo, de ser así, yo no tenía ni idea de por dónde volver a empezar, ni cómo.
Caterina debió intuir qué estaba pensando.
—No vamos a resolver nada esta noche. Hemos hecho lo que debíamos, has conseguido de Nicoletta la información que ella podía darte, ahora se trata de reflexionar sobre lo que sabemos y ver si se nos ocurre algo. Pero es mejor que lo hagamos con la mente fría, ¿no crees?
Asentí, no muy convencido.
—¿Has probado alguna vez la comida etíope?
—¿Perdona?
—Que si has probado alguna vez la comida etíope.
—Hace unos años, en Milán. ¿Por qué?
—¿Te gustó?
—Fue divertido, sí. Recuerdo que se comía con las manos, envolviendo la comida en una especie de piadina blanda, como una tortilla mexicana.
—Se llama injera. Pues entonces, vamos a cenar ahora a un restaurante etíope y mañana seguimos pensando.
¿Seguimos? ¿Tú y yo? ¿Es que ya somos socios?
El restaurante estaba cerca de la estación y, por los numerosos clientes africanos que llenaban el local, me dije que allí debía servirse auténtica comida etíope. Los camareros conocían a Caterina, la saludaron muy cordialmente y nos llevaron enseguida la carta.
—¿Hay algo que no te guste?
—No, como de todo, he hecho la mili —contesté.
—Entonces déjame a mí elegir el menú. Tú elige sólo el vino.
Elegir el vino no era un trabajo precisamente laborioso, dada la oferta. Sólo había cuatro posibilidades entre las que elegir, y ninguna de ellas era como para tirar cohetes. Pedí un syrah siciliano, la única opción que parecía algo aceptable.
—Por lo que veo, eres cliente habitual.
—Cuando vivía en Roma venía mucho por aquí.
—¿Manuela también?
—Sí, claro.
Se me ocurrió que podía pedirle que me acompañara a los lugares a los que Manuela solía ir en Roma. Podía hacer algunas preguntas y, quizá, descubrir algo. Me dije enseguida que era una idea de detective de serie de televisión y cambié de tema.
—Y dices que no tienes novio...
—No —contestó ella, negando con la cabeza.
—¿Desde hace mucho?
—Desde hace unos meses.
—¿Y eso?
—¿Qué quieres decir con «y eso»?
—Tienes razón, te he planteado mal la pregunta. Has tenido una historia hasta hace unos meses. ¿Duró mucho?
—Bastante, sí. Un par de años.
—¿Cuando desapareció Manuela estabais todavía juntos o ya habíais roto?
—Estábamos todavía juntos, pero la historia ya estaba en las últimas.
—Entonces habrás hablado con tu novio de la desaparición de Manuela.
—Sí, claro.
—¿Te molesta que te haga estas preguntas?
—No, no es que me moleste..., o puede que sí, sí, me molesta un poco hablar de mi ex. Pero es problema mío, pregúntame lo que quieras, no te preocupes.
—¿Cómo se llama?
—Duilio.
—Duilio. No es un nombre muy común.
—No, y tampoco es muy bonito. Creo que nunca le llamé por su nombre.
—¿Crees que merece la pena que hable dos palabras con él, para ver si me da alguna idea sobre Manuela?
—Yo diría que no. No había ninguna relación entre ellos, quiero decir, se veían, y tal, sólo porque estaba yo.
—¿Cuánto tiempo habéis seguido juntos después de la desaparición de Manuela?
Caterina tardó algo en contestar. Apoyó la cara sobre la mano derecha, el codo sobre la mesa y se concentró.
—Puede que un mes. Sí, un mes, más o menos —contestó al cabo de unos minutos.
Pensé que quizá la desaparición de Manuela había acelerado la ruptura. Estuve a punto de preguntarle si había sido así, pero deseché la idea. Era evidente que no le gustaba hablar del tema y yo no tenía ninguna justificación para insistir sobre ello.
Justo en ese momento nos trajeron la comida. Un gran plato todo él cubierto por una especie de tortilla blanda y esponjosa sobre la que estaban dispuestas las cosas más variadas. Verduras de distinto tipo, carne, pollo, salsas, olores entre los que dominaba alguna especia picante. En un plato aparte nos trajeron más tortillas, para envolver en ellas la comida.
Durante un rato nos concentramos en comer y beber, sin hablar. La botella de vino se iba vaciando rápidamente y pensé que era la segunda en el día y que no convenía exagerar. Luego me dije que llevaba toda mi vida repitiéndome que no debía exagerar y que estaba empezando a estar harto de mi yo Pepito Grillo.
—Entonces, ¿cuando acabe la carrera me vas a contratar en tu bufete para que haga las prácticas?
—Sí, de acuerdo —dije sin más, ya que no encontraba una respuesta ingeniosa.
—Me gustaría mucho.
Estuve a punto de decirle algo en plan triste y paternalista sobre la profesión, los sacrificios que ésta conllevaba y lo seguro que había que estar antes de emprenderla, pero, en vez de eso, cogí otro trozo de injera y envolví en él lo que quedaba de una carne cocinada de forma indefinida, muy picante.
—Has cogido lo que quedaba de tebs —dijo Caterina en tono de reproche.
—Ah, perdona, ¿lo querías tú?
—Sí —dijo con la expresión de una niña acostumbrada a salirse siempre con la suya.
Le tendí el bocado. Ella negó con la cabeza, rehusando cogerlo. La miré con expresión interrogante.
—Estabas haciendo una cosa muy fea, así que para que te perdone tienes que hacer algo bonito por mí.
Y, según decía eso, alargó la cabeza hacia mí y entrecerró los labios. La miré, sin poderme creer lo que veía, tragué con dificultades, y luego le acerqué los dedos a los labios. Ella cogió el trozo de comida y retuvo mis dedos entre sus labios, mirándome fijamente a los ojos, con una expresión divertida y sin compasión alguna.
Una parte de mí mismo intentaba aún oponer resistencia.
No debes hacerlo. No está bien, esta chica podría ser tu hija. No sólo biológicamente. Su madre te lleva apenas unos años, y cuando tú tenías veintiuno, veintidós años, a veces salías con mujeres algo mayores que tú. Giusi, por ejemplo, tenía veintitrés años cuando tú tenías veinte. Si la hubieseis cagado, ahora tendrías una hija de la misma edad que Caterina, con una mujer de la edad, más o menos, que tiene la madre de Caterina.
Guerrieri, éste es uno de los argumentos más demenciales que te he escuchado, me contestó la otra parte de mí mismo. Biológicamente hablando, podrías haber tenido una hija a los quince años. Si aplicas a rajatabla este argumento y esta pseudonorma —no salir con mujeres que podrían ser tus hijas—, mi querido Guerrieri, teniendo en cuenta que tienes cuarenta y cinco años, sólo podrías simpatizar con mujeres que hayan pasado de los treinta. ¿Será posible que estés pensado semejantes idioteces?
Le dijimos al taxista que nos dejara en la plaza España, que no distaba mucho de nuestro hotel. Hacía años que no iba a la plaza España, no conseguía ni recordar cuántos, y al bajar del taxi sentí una alegría infantil y elemental. Nos sentamos entre la masa de turistas que rodeaban la fuente, a escuchar a la gente y el agua. Luego subimos por la escalinata, y yo, consciente de mi simplicidad pero igualmente alegre, pensé que hay pocos lugares en los que se pueda sentir la llegada de la primavera como en la plaza España y Trinità dei Monti.
Ya habíamos llegado casi a la iglesia cuando un filipino me ofreció rosas. Le dije que no, gracias, apartándome ligeramente para esquivarlo. Caterina, en cambio, se detuvo, le compró una y me la ofreció.
Luego entramos en un pequeño local con un cartel en la puerta en el que se prometía una «velada nostálgica» con música italiana de los años ochenta.
Nos quedamos allí el tiempo justo para oír cuatro o cinco canciones, ninguna de ellas inolvidable. Luego Caterina me propuso que volviéramos al hotel. Advertí, físicamente, una ligera sacudida eléctrica y pensé que estaba cansado de ofrecer resistencia, admitiendo que la estuviera ofreciendo hasta ese momento. Le dije que sí, nos pusimos en camino, y a los diez minutos habíamos llegado.
Cogimos las llaves de nuestras respectivas habitaciones y yo la acompañé hasta la suya, que estaba un piso debajo del mío. Ella se detuvo y se apoyó de espaldas contra la puerta.
Ahora ella me pedirá que entre, y yo entraré, y pase lo que tenga que pasar a quién le importa porque estoy harto de no dar un solo paso en mi vida que no evoque la crítica de la razón práctica.
—Gracias, Gigi, buenas noches —dijo ella, dándome un beso en la mejilla.
¿Gigi? ¿Buenas noches? ¿Te has vuelto loca, o qué?
No dije eso. En realidad, no dije nada. Me quedé allí, inmóvil, con una expresión que me hubiera divertido observar, si hubiese sido la de otro.
—A las personas que me gustan las llamo por sus iniciales. Gi-Gi: Guido Guerrieri. Adiós, Gigi, buenas noches, y gracias por esta noche maravillosa.
Antes de que consiguiese decirle algo ya había desaparecido en el interior de su habitación.
Me preparé rápidamente para irme a la cama, en medio de una maraña de emociones en la que había sensaciones embarazosas, irritación, alivio y otros sentimientos menos fáciles de descifrar. No tenía ganas, sin embargo, de verificar de cerca esa combinación de factores y su dosis efectiva, así que decidí leer el libro que me había llevado —una antología de cuentos de Grace Paley— hasta que tuviera sueño. Algo que no iba a ocurrir muy pronto, me temía.
Llevaba ya unos diez minutos leyendo cuando, justo mientras pensaba que el cuento por el que había empezado no era precisamente apasionante pero que, a lo mejor, me hacía coger el sueño, oí que llamaban a la puerta.
—¿Sí?
—Soy yo. ¿Me abres?
—Un segundo —dije, mientras tropezaba intentando ponerme los pantalones.
—Pero bueno, ¿es que no me vas a dejar pasar?
Me hice a un lado y la dejé entrar. Mientras pasaba a mi lado noté un perfume que, sin duda, no llevaba antes, cuando habíamos salido. Era un perfume que me resultaba extrañamente familiar, que me inquietaba y, al mismo tiempo, me infundía seguridad. Intenté descubrir a qué me recordaba, pero no lo logré.
—Muy bonita, tu camiseta —dijo ella, sentándose en la cama, mientras yo caía en la cuenta de que llevaba puesta una camiseta ridícula, con el dibujo del Lupo Alberto en versión experto en artes marciales.
—Ah, sí, bueno, es que no me esperaba visitas...
—La verdad es que lo tuyo no tiene nombre.
—¿Perdón?
—Que eres increíble.
—¿En qué sentido?
—Esperaba que me dijeras que si podías pasar a mi habitación, y nada. Luego esperaba que llamaras a la puerta; luego, por teléfono. Y nada otra vez. Vas de duro, ¿eh, Gigi? Pero, tranquilo, me di cuenta desde el principio de que no eras como los demás.
No tenía ni la más remota idea de qué responderle, así que, sospecho, debí poner una cara especialmente enigmática y, por lo tanto, idónea para confirmar su tesis de que no me parecía a los demás.
—¿Por qué sigues de pie? Ven a sentarte aquí, a mi lado, como si estuvieras en tu casa.
Hice lo que me decía. Para no parecer demasiado duro, obviamente.
Al sentarme en la cama volví a notar su perfume.
Y, luego, sus labios, que eran cálidos y frescos y suaves y sabían a cereza y a invencible juventud y a verano y a tantas cosas maravillosas de hacía mucho tiempo. Pero que ahora estaban allí, presentes y vivos.
Antes de desaparecer, escuché en la cabeza el eco de unos versos.
¿Quién es aquella que surge como la aurora,
bella como la luna, radiante como el sol,
temible como un ejército con los estandartes desplegados?