10
El maresciallo Navarra es un tipo simpático, con poca pinta de policía y menos aún de militar. Conserva la cara de un jovencito, un jovencito algo más gordo de lo que debiera, y nadie se lo imaginaría irrumpiendo, pistola en mano, en una guarida de traficantes de droga o interrogando a un sospechoso a ritmo de guantazos. Está casado con una ingeniera, investigadora del CNR, a la que conoció en la universidad cuando él también estudiaba Ingeniería. Luego hizo las oposiciones para subinspector de los carabinieri, las sacó y dejó de estudiar. Tiene tres hijos, un perro, un destello de tristeza en la mirada y una pasión bellísima: construye aviones de papel.
Dicho así, puede parecer un hobby de críos, una de esas cosas que sólo se hacen para matar el rato en la sala de espera del médico.
Pero no es el caso. Él se pasa días haciendo bocetos para cada modelo, proyectando, probando, perfeccionando, hasta que el avión vuela. Y cuando digo vuela quiero decir que vuela de verdad. Mucho rato, un rato increíblemente largo, como si tuviese motor y un piloto, o vida propia. Para darme las gracias por un consejo legal que le di a su hermana, me regaló tiempo atrás uno de sus aviones. Aún lo conservo y es uno de los pocos objetos de los que me dolería desprenderme.
Tenía el número del móvil de Navarra, así que lo llamé a la mañana siguiente.
— Maresciallo Navarra, soy el abogado Guerrieri.
—Buenos días, abogado, ¿qué tal está? ¿Conserva aún mi avión?
—Buenos días. Lo conservo aún, claro. Lo miro de vez en cuando, preguntándome cómo consigue hacer algo así con dos simples trozos de papel.
—¿Puedo ayudarle en algo? —me dijo.
—Sí, me gustaría hablar de una cosa con usted, como una media hora. ¿Quedamos?
—¿De qué se trata?
—De la desaparición de Manuela Ferraro. Sus padres vinieron a verme hace unos días, he leído el dosier y me gustaría comentarlo con usted, si tiene un rato.
—¿Tiene que ir hoy al juzgado?
—No, pero si usted tiene que ir nos podemos ver allí.
—Si tiene que ir expresamente no merece la pena. Mejor les pido a los del juzgado que me dejen declarar lo antes posible, le llamo y me acerco a verle a su bufete.
Le dije que no quería hacerle perder el tiempo y él me contestó que le apetecía ir a verme. Dijo que yo le resultaba simpático, a diferencia de la mayoría de mis colegas. Dijo que, según él, yo debería ser fiscal porque le había gustado cómo llevé la defensa en un caso por usura que él había investigado. Dijo que, de haber sido por el fiscal, el cabrón del acusado habría salido absuelto. Si los jueces condenaron a aquella panda de usureros fue gracias a mí, dijo. Le apetecía verme, repitió.
Me llamó antes de lo previsto. Su juicio se había pospuesto porque faltaban algunas notificaciones, así que ya estaba libre. Veinte minutos después estaba sentado frente a mí.
—¿No estaba usted antes en otro bufete?
—Sí, nos hemos mudado hace cuatro meses.
—Tiene un aire americano. Pero me gusta, es bonito. A mí también me gustaría hacer algunos cambios, pero trabajando de carabiniere no es fácil, vives estrictamente de tu sueldo y no tienes horarios. Había pensado en matricularme en la universidad.
—¿Para terminar Ingeniería?
Me miró sorprendido.
—Tiene buena memoria. Pero no, no. No podría ponerme otra vez a estudiar aquellas asignaturas. Había pensado en algo de letras, de filosofía. Pero quizá es una veleidad mía. Lo que pasa es que, cumplidos los cuarenta años, empiezas a hacerte preguntas molestas sobre el sentido que tiene lo que haces y, sobre todo, sobre el tiempo que pasa, se diría que cada vez a más velocidad...
—Hace tiempo leí un libro muy bueno, de un psicólogo holandés, creo, que se titulaba Por qué el tiempo vuela cuando nos hacemos mayores. Hablaba de ese fenómeno. Es muy interesante.
—Sólo con oír el título me siento angustiado. Hay momentos en los que me siento como si hubiera perdido totalmente el equilibrio y estuviera a punto de caerme en cualquier sitio. No es una sensación agradable.
Sabía de lo que hablaba. No es una sensación agradable, en efecto. Nos quedamos callados, con algunas palabras suspendidas en el aire.
—Pero ya está bien. Dejemos a un lado el tiempo que pasa y mi crisis de los cuarenta. Me ha dicho por teléfono que quería hablarme de la desaparición de Manuela Ferraro.
—Sí. Como le he dicho, sus padres vinieron a verme, acompañados por un colega especializado en derecho civil. Me pidieron que estudiara el dosier para ver si había alguna posibilidad de que no se dieran por concluidas las investigaciones. Ayer por la noche lo leí y, obviamente, vi enseguida que había sido usted el que se había ocupado del caso.
Asintió, sin decir una palabra. En vista de ello, proseguí.
—Me gustaría saber qué idea se ha formado usted del asunto, con independencia de lo que se lee en su informe.
Evité preguntarle expresamente si creía que era factible continuar con las investigaciones. Incluso una persona inteligente y serena como Navarra tiene sus susceptibilidades. Pensé que quizá sacaría algo en claro si tratábamos el tema informalmente.
—Es difícil hacer hipótesis serias sobre las desapariciones de personas. Según mi experiencia (pero también según las estadísticas), el índice de probabilidades de que una persona desaparecida aparezca, pasado mucho tiempo, es muy bajo.
Se detuvo, como si acabara de recordar una cosa importante.
—Supongo que sabe de sobra que el inspector Tancredi es un excelente especialista en este tipo de casos. Ha acumulado una experiencia increíble con los casos de niños desaparecidos. Creo que usted lo conoce, ¿no?
—Sí, Tancredi y yo somos amigos.
—Bueno, pues si es amigo de Tancredi, escuche también su opinión. No me sentiré ofendido. En cualquier caso, lo que usted quiere saber es si yo tengo alguna idea más sobre el caso, al margen de lo que haya escrito en el informe.
—Me sería de gran ayuda, en efecto.
Navarra cerró con fuerza los labios. Se rascó la nuca. Movió ligeramente la cabeza, como preguntándose si hacía bien en fiarse y, por lo tanto, en decirme lo que pensaba. La respuesta que se dio fue, obviamente, afirmativa.
—Si hubiese podido dedicarle mucho tiempo a este caso, mejor dicho, si le hubiese podido dedicar todo mi tiempo a este caso, habría investigado la vida que la chica llevaba en Roma. Tengo la impresión de que las dos amigas (Abbrescia y Pontrandolfi) no contaron todo lo que sabían, de que ocultaron algo, aunque no sé el qué. Que quede claro que mi primera elección como sospechoso fue Cantalupi, el ex novio de Manuela. Es un niño de papá, un idiota, presumido y mimado, que parece que está deseando que le den dos guantazos. Pero según los listados de las llamadas cuando Manuela desapareció él estaba en Croacia y regresó cuatro o cinco días después. Vamos, que salvo que le tele-transportaran, no tenía posibilidad alguna de entrar en contacto con la joven cuando ésta desapareció.
—Que Cantalupi estaba en Croacia sólo lo prueban los listados de las llamadas.
Me miró con una sonrisa.
—Yo tampoco quería abandonar la idea de que ese tipejo estuviese implicado en la desaparición de la chica. Y yo también tuve la sospecha, insensata, si me permite decírselo, de que el móvil lo hubiera usado una tercera persona. Pero los listados registran llamadas del número de su casa, es decir, de sus padres. Y, de todas formas, en vista de que el tipo no me gustaba, hice comprobaciones, de forma extra oficial, con el skipper del barco en el que viajó. Me temo que no hay dudas. Durante esos días, ese cabroncete estaba al otro lado del Adriático.
Mientras me contestaba pensé que la hipótesis era, en efecto, absurda: Cantalupi le deja el móvil a alguien en Croacia para fabricarse una coartada mientras regresa a Italia para secuestrar o asesinar a su ex. ¿Y por qué, además? Me sentí un poco imbécil, a pesar de que un investigador profesional como Navarra hubiese hecho un razonamiento análogo al mío.
—¿Qué me decía, en cambio, de las dos amigas?
—Las amigas, sí. Vaya por delante que yo soy muy cauto con mis sensaciones acerca de la espontaneidad o la sinceridad de los testigos o de las personas investigadas. ¿Sabe cuál es el método infalible para saber si un investigador es un gilipuertas?
—No, dígamelo. Puede serme útil.
—Preguntarle si es capaz de darse cuenta de cuándo alguien le está mintiendo. Los que responden que sí, y que es imposible que ellos se traguen una mentira, son los más gilipuertas de todos. Y también son a los que un mentiroso hábil se las mete dobladas con más facilidad y más a gusto.
—Conozco a un par de fiscales que afirman que ellos se dan cuenta en el acto de cuándo un imputado o un testigo les están mintiendo. Y, sí, en efecto, son los más gilipuertas de toda la fiscalía.
—Deben ser los mismos en los que yo estoy pensando. De todas formas, la digresión venía a cuento para dejar muy claro que yo soy muy cauteloso con mis impresiones sobre la posible sinceridad de la persona a la que estoy escuchando. Lo que no significa que las ignore. Las tomo como un punto de arranque, algo desde lo que profundizar.
Llegados a ese punto, le pregunté si quería un café u otra cosa. Él dijo que sí, gracias, que justo ahora estaba pensando en que le apetecía un capuchino. Llamé por teléfono al bar, pedí dos capuchinos, y me dirigí de nuevo a Navarra.
—¿Y...?
—Cuando escuché a las dos chicas tuve la impresión de que algo no cuadraba.
—¿El qué, en concreto?
—Sospeché que no me lo estaban contando todo. Le pondré un ejemplo. En un momento dado le pregunté a Nicoletta, la compañera de piso de Manuela, y luego a la otra, si Manuela consumía drogas.
—Sí, lo he leído en las declaraciones. Las dos contestaron que no, que ellas supieran, salvo algún porro.
—Sí, la cuestión es cómo lo dijeron. Había algo en la respuesta que me dieron las dos que no me terminó de convencer. Insistí algo más y ellas se cerraron. No tenía nada con lo que contraatacar, así que tuve que dejarlo. Pero me quedé con la sensación de que no me lo habían contado todo. Y la que parecía más incómoda era Nicoletta Abbrescia.
—¿Le ha comentado sus dudas a sus superiores o al fiscal?
—Sí, claro. Y, por cierto —añadió como si de repente se hubiera dado cuenta de que estaba contándome detalles reservados de una investigación formalmente aún en curso—, esta conversación nunca ha tenido lugar.
—Por supuesto. ¿Y qué le han dicho sus superiores y el fiscal?
—El capitán se encogió de hombros. Quizá yo tenía razón, pero, ¿qué podíamos hacer con mis sospechas a falta de elementos concretos? Le sugerí que siguiéramos a las chicas durante un par de días. Me miró como si me hubiera convertido en un extraterrestre. Luego me preguntó dónde pretendía hacer algo así, como de película americana. Como es obvio, yo quería hacerlo en Roma. ¿Autorizaba yo la misión en Roma? Y ya que estábamos, ¿la pagaba yo también, con mis fondos reservados, en vista de que nos han recortado el presupuesto hasta para la gasolina? Entonces le dije que podíamos intervenir sus teléfonos, conseguir los listados. Me contestó que lo hablara directamente con el fiscal.
—¿Y qué hizo usted?
—Fui a la fiscalía y hablé con el magistrado.
—¿Y éste qué le dijo?
—Fue hasta amable, a fin de cuentas. Me preguntó si pensaba solicitar una orden para intervenir un teléfono escribiendo que el maresciallo Navarra dudaba sobre la sinceridad de dos personas preguntadas sobre los hechos. Me preguntó si me imaginaba lo que iba a contestar el juez. Yo le dije que sí, que me lo imaginaba, y la cosa acabó ahí. Ni siquiera llegué a redactar la petición, obviamente.
En ese preciso instante llegó el chico del bar con nuestros capuchinos. Navarra se tomó el suyo sujetando la taza con las dos manos, como un niño. Se le quedó algo de espuma sobre el labio superior. Se limpió cuidadosamente con un par de servilletas de papel, como alguien que sabe qué ocurre cuando uno se toma un capuchino, y procede en consecuencia.
Esa simple y precisa secuencia de gestos me gustó mucho. Sólo había consistido en quitarse de los labios un poco de espuma del capuchino, pero pensé que me hubiera gustado ser el tipo de persona que hace gestos tan cuidadosos, conscientes y exactos.
Navarra arrugó las servilletas y se dirigió de nuevo hacia mí.
—En definitiva, hemos hecho todo lo que podíamos, estamos sobrecargados de trabajo, los nuevos dosieres se amontonan sobre las mesas de trabajo y tenemos que ocuparnos de ellos. Además, abreviando, no existe ningún indicio de delito. Quiero decir, la chica...
—Ya, ya. La chica es mayor de edad, no hay ningún elemento explícito que indique que su desaparición dependa de un delito, no hay forma de excluir que no haya desaparecido voluntariamente, etcétera...
—... etcétera. Es improbable, pero podría haber desaparecido por su propia voluntad y podría no querer que la encuentren.
Lo miré directamente a los ojos. Él cruzó su mirada con la mía y se encogió de hombros.
—De acuerdo, yo tampoco lo creo. Pero no se podía hacer nada más. A menos que, como ya le he dicho, le hubiese podido dedicar todo mi tiempo a la investigación. Al no poderlo hacer, estoy obligado a cerrar el caso y dedicarme a otra cosa. Pero quizá usted consiga encontrar algo que a mí se me haya escapado.
Lo dijo sin que en su voz se percibiera un átomo de ironía, pero era seguro que la hipótesis nos parecía a los dos harto improbable.
—¿Qué piensa hacer? —dijo empujando hacia atrás su silla.
—Usted sabe mejor que yo que esto es menos que un intento. Si usted no ha encontrado nada es muy improbable que lo consiga yo.
—No esté tan seguro. La investigación es un mecanismo extraño. A veces lo haces todo correctamente, de forma perfecta, según las reglas, y no sacas nada en limpio. Luego, cuando ya te has resignado, ocurre algo, casualmente, que te brinda gratis la solución. En este campo, mucho más que en otros, no hay técnica o planificación o experiencia que valga tanto como la chiripa, o que ocurra un milagro.
Encogí los hombros y sacudí la cabeza, pero me gustó lo que había dicho. Me había infundido valor. Yo era un principiante absoluto en lo que a la investigación se refiere, pero con los milagrosos golpes de chiripa siempre me las había arreglado muy bien.
—Creo que intentaré hablar con las dos amigas de Manuela, las que estudian en Roma. Hablaré también con el tipo que le cae mal, el ex novio. No sé si merece la pena hacerlo también con la chica que la llevó a la estación de Ostuni.
—Anita Salvemini. Tenga una charla también con ella.
—¿Por qué?
—Lo más seguro es que no sirva para nada. Pero a veces, pocas, ocurre que cuando se vuelve a escuchar a una persona, en un contexto y en un momento distintos, quizá en una situación menos estresante, ésta recuerda detalles que antes se le habían pasado. A veces, un fragmento de recuerdo sale a flote y es justo ese detalle el que te pone en las manos el hilo del que tirar. Es raro que ocurra, pero, total, no le cuesta nada hablar también con esa chica.
—¿Tiene algún otro consejo que darme?
—Los manuales aconsejan que se proceda en dos tiempos cuando se escucha a un informante. En el primero es mejor dejarle hablar libremente, sin interrupciones, interviniendo sólo para darle a entender que estamos siguiendo atentamente su discurso. Cuando esa narración libre se agota es preciso pasar a hacerle preguntas específicas, para aclarar y profundizar. Y, para concluir, siempre hay que dejar una puerta abierta. Hace falta decirle al testigo que, seguramente, en las próximas horas o los próximos días, recordará algún otro detalle. Quizá a él le parezca algo insignificante y se incline a guardárselo para sí. Eso no debe ocurrir. Entre los detalles aparentemente insignificantes puede esconderse la clave para resolver el caso.
—¿Así pues...?
—Así pues hay que decirle al testigo que si recuerda otra cosa (cualquier otra cosa) tiene que volvernos a llamar. Es útil para que no se disperse la información, pero también para reforzar el sentido de su responsabilidad. Si se siente responsable se mantendrá en un estado mental activo, y ésta es la premisa fundamental para recuperar detalles ulteriores.
—Con esos intereses y esos conocimientos debería matricularse en Psicología, no en Humanidades.
—Sí, ya lo he pensado. Pero, como ya le he dicho, es decidir matricularme en la universidad y comprender, al segundo, que es una estupidez, con cuarenta y tres años, sin ninguna posibilidad real de emplear el título para algo. Y cuando esta idea hace clic, le siguen otras, todas bastante desagradables.
Permaneció durante unos segundos con una expresión absorta y algo ausente. Luego dijo que tenía que volver al cuartel.
—Según usted, ¿la joven sigue viva?
Antes de responderme, dudó un poco. Luego negó con la cabeza.
—No, no lo creo. No tengo ni idea de qué puede haberle pasado, pero no creo que siga viva.
Eso era exactamente lo mismo que pensaba yo. Lo que había pensado desde un principio, pero oírselo decir a él me produjo una sensación horrorosa. Por su expresión noté que se había dado cuenta, que lo sentía, pero que no podía hacer nada al respecto.
—Si necesita algo más no dude en llamarme. Y, como es lógico, hágalo si descubre algo.
¿Cómo no iba a hacerlo? Resuelvo el misterio, le cedo generosamente al culpable, y luego me pierdo de nuevo en las sombras. Nosotros, los héroes solitarios, siempre actuamos así.
—Un día de éstos me gustaría acompañarle a ver cómo lanza a volar a uno de sus aviones.
Sonrió.
—Le llamaré para que venga conmigo, un día de éstos.