28
El hotel era mucho mejor que al que voy, ya desde hace muchos años, cuando tengo cosas que hacer en Roma y no consigo terminarlas en el día.
Decidimos cambiarnos y comer algo por allí cerca. Luego Caterina llamaría a Nicoletta y quedaríamos con ella.
La habitación era acogedora y daba a un patio al que ya había llegado la primavera, precoz, fresca y deslumbrante. Mientras me desnudaba para darme una ducha me di cuenta de que habían pasado años desde la última vez que estuve en un hotel con una mujer. Y de que la mujer con la que estuve aquella última vez fue Margherita.
Una parte de mí mismo protestó vivamente. No se podían comparar dos situaciones tan distintas: Margherita y yo estábamos juntos, eran nuestras vacaciones y, como es lógico, no teníamos dos habitaciones separadas; con Caterina estaba en Roma por motivos de trabajo, no salíamos juntos, ella era una jovencita y, obviamente, dormíamos en dos habitaciones separadas.
Se trataba de un argumento impecablemente racional, así que lo ignoré. Es algo que se me da muy bien, ignorar los argumentos racionales cuando se trata de mis cuestiones privadas.
La última vez que estuve en un hotel con Margherita fue cuatro años atrás. Habíamos ido de vacaciones a Berlín, con dos amigos suyos. Berlín me gustó con locura y pensé que, de no existir el invierno, me hubiera quedado de buena gana a vivir allí. Me entraron ganas hasta de estudiar alemán y, en definitiva, volví entusiasmado, como me había pasado muy pocas otras veces, después de unas vacaciones.
Algunas semanas después Margherita me informó de que había aceptado una oferta laboral en Nueva York. Una oferta que estaba pensándose desde hacía meses, es decir, también mientras estaba de vacaciones en Berlín con el idiota de Guido Guerrieri que, ajeno a todo, no se había enterado de nada. Mientras yo estaba en Berlín, sintiéndome estúpidamente feliz, ella tenía la cabeza puesta en Nueva York, en una nueva vida de la que yo no iba a formar parte.
Algunas semanas más tarde se fue, diciéndome que volvería al cabo de un año. No me lo creí ni siquiera durante unos instantes y, de hecho, no regresó. Al menos, no para quedarse.
Entrecerré los ojos y, como en una película, se me apareció su figura delgada, musculosa y consciente de su ropa interior blanca, en la penumbra de la habitación del hotel de Berlín, el Oranienburgerstrasse. Era una imagen trágica y, al mismo tiempo, llena de serenidad. Incluía la perfección de ese instante y la consciencia de que no iba a durar.
Dónde estará ahora Margherita, me pregunté. Hacía mucho tiempo que no me lo preguntaba. ¿Qué me había pasado en los años transcurridos desde que se fue de mi lado? No recordaba casi nada, aparte del encuentro con Natsu y de una secuencia de rituales cotidianos. Asomarme a ese vacío de recuerdos me produjo vértigo, el mismo que se siente cuando uno se asoma a un precipicio físico.
Pensé en la carta que Margherita me escribió desde Nueva York para decirme que no iba a volver. Era una carta amable, toda ella animada por el deseo de no hacerme daño, de que aquel adiós fuera lo menos doloroso posible. Insoportable, por lo tanto, pensé al leerla por tercera o cuarta vez antes de arrugarla y tirarla a la papelera.
El recuerdo de la carta de Margherita accionó un descenso vertiginoso, por pendientes escarpadas y desiertas. Las pendientes iban poblándose, a medida que me precipitaba en un pasado cada vez más lejano. Al final, me encontré en el fondo del precipicio.
Era a finales de los años setenta. Muchas cosas estaban cambiando, se había producido el denominado reflujo, un tipo había enviado una carta al Corriere della Sera diciendo que quería suicidarse por amor, dando lugar a meses de interminables, insoportables debates. John Travolta triunfaba y todos intentaban parecerse a él. Alguno lo conseguía, otros —yo, por ejemplo— no.
Fui a ver Grease con una chica que me gustaba con locura y que se llamaba Barbara.
Nos habíamos conocido en una fiesta y, charlando, ella me había dicho que todos sus amigos habían visto ya la película y que no sabía con quién ir. Vaya, qué coincidencia, yo tampoco la había visto, mentí. Si le apetecía podíamos ir juntos, quizá mañana por la tarde, en vista de que era domingo.
Le apetecía, así que al día siguiente, sin terminar de creérmelo del todo, pero radiante de felicidad, me encontré en el cine, sentado a su lado y rodeado de un enjambre de adolescentes que miraban junto a nosotros cómo John Travolta, Olivia Newton-John y sus amigos —algunos de los cuales, por cierto, estaban grotescos e inverosímiles en el papel de estudiantes de dieciocho años— bailaban, cantaban y mantenían unos diálogos más que improbables.
Al llegar frente a su casa, al despedirnos, Barbara me dio un fugaz beso en los labios y, antes de desaparecer en el portal, me dedicó una sonrisa rezumante de promesas. Mejor dicho: una sonrisa que yo interpreté como rezumante de promesas.
Esa noche no pude pegar ojo, literalmente, y al día siguiente decidí darle una sorpresa e ir a buscarla al colegio, tras informarme astutamente de la hora a la que salía los lunes y comprobar que su horario era compatible con el mío.
Mientras caminaba a grandes, rápidas y felices zancadas hacia el liceo scientifico Scacchi —el colegio de Barbara— no dejaba de fantasear acerca del maravilloso futuro que me aguardaba junto a ella.
No iba a tardar en aprender una cosa muy importante: nunca es buena idea darle una sorpresa a alguien cuando no se tienen claras las coordenadas de la situación.
Sonó la campana que indicaba el final de las clases, rabiosa y alegre, y al poco, un ruidoso torrente de chicos y chicas se arrojó sobre la calle. La localicé casi enseguida entre aquel caudal informe de jerséis, cazadoras, bufandas, mochilas, gorras y gorros oscuros, pero ahora no consigo recordar su cara. Si me esfuerzo en enfocarla sólo consigo entrever el cliché de una belleza adolescente: rubia, de rasgos regulares, con los ojos azules, los pómulos altos y la piel luminosa.
Estaba a unos cincuenta metros de ella. Avancé, iniciando una sonrisa, y la sonrisa se eclipsó en el acto, como en los dibujos animados. A contracorriente con respecto a la muchedumbre de escolares, y adelantándome —en todos los sentidos—, un chico se abrió camino, la alcanzó, le dio un beso y la cogió de la mano.
No sé decir qué pasó luego. Instintivamente, me refugié en el primer edificio que vi con el portal abierto, abofeteado por la vergüenza e, inmediatamente después, atenazado por la desesperación.
Me quedé en aquel portal unos diez minutos, al menos, y sólo me fui cuando estuve seguro de que Barbara y ese tipo que, sin duda, era su novio, habían desaparecido y ya no corría el riesgo de que alguien —quien sea— me viera en ese estado.
Porque, mientras tanto, me había echado a llorar, silenciosamente, mientras un torbellino de palabras y preguntas me daba vueltas en la cabeza. ¿Por qué había ido al cine conmigo la tarde anterior? ¿Por qué me había dado un beso? ¿Cómo es posible que alguien sea tan cruel?
Durante algunas semanas fui terriblemente infeliz. Cuando ya empezaba a sentirme algo mejor me la encontré, una tarde, en la calle Sparano. La vi de lejos, ella iba con dos amigas, yo en cambio estaba solo, frente al escaparate de la [librería] Laterza.
Me puse derecho, intentando adoptar un aspecto y un aire orgulloso.
Pensé que debía estar a la altura de las circunstancias, adoptar un aire indiferente, saludarla con un leve gesto con la cabeza. No un gesto de desprecio —debía estar hasta por encima del desprecio—: de indiferencia. Ella, probablemente, haría intención de pararse para saludarme, pero yo proseguiría mi camino. Dignamente, distante.
Qué diablos.
Habíamos salido una tarde, habíamos ido al cine y ella me había dado un beso. ¿Y bien? Eso no significaba que fuéramos a casarnos. Es algo que ocurre con frecuencia entre chicos modernos y emancipados como éramos entonces ella y yo. Se queda, se va al cine, ella le da un beso a él, se despiden, y fin de la historia, sin problemas.
Ya estábamos muy cerca el uno del otro, pero ella no me había visto aún. Iba hablando animadamente con sus amigas y, de repente, sin ningún motivo que lo justificase, pensé que ella y aquel chico lo habían dejado. En ese caso —me dije— quizá no debía ser demasiado duro con ella, demasiado despiadado. Sí, se había portado mal, pero esas cosas ocurren. Quizá podía brindarle una segunda oportunidad, en cuyo caso era conveniente adoptar una expresión digna pero no hostil. Quizá podía hasta esbozar una sonrisa. Seguro que se había dado cuenta de su error, y de ser así, bueno, no iba a ser yo el que le negara una segunda oportunidad.
Me vio cuando no quedaban ni dos metros para que nos cruzáramos, me dijo «hola» distraídamente y siguió hablando con sus amigas. Después de aquel encuentro yo estuve fatal durante otras varias semanas. Me convencí de que no iba a tener novia jamás y de que iba a ser desgraciado el resto de mi vida.
Escuché cómo llamaban repetidamente a la puerta de la habitación y me di cuenta de que estaba todavía en albornoz.
—¿Sí?
—Soy yo. ¿Estás listo?
—No, perdona, es que he tenido que hacer unas llamadas, temas de trabajo, y se me ha echado el tiempo encima.
—¿Por qué no me abres?
—Porque no estoy vestido. Espérame en el hall, me reúno contigo en cinco minutos.
—A mí no me da vergüenza que estés sin ropa. ¿A ti sí?
—A mí sí, tú lo has dicho. Espérame en el hall, no tardo nada.
Mientras dejaba el albornoz sobre la cama me pareció oír una carcajada alejándose por el pasillo.
Pero quizá sólo eran imaginaciones mías.