18
La calle estaba desierta y brillante a causa de la lluvia.
No sé cuánto duró, pero debió ser bastante rato, porque ella me preguntó, en un momento dado, si iba todo bien.
—Sí, todo bien. ¿Por qué? ¿He hecho algo raro?
—¿Raro? Parecía una escena de El exorcista. Movías los labios, cambiabas de expresión, vamos, que parecía que estabas hablando con alguien aunque no emitieras ningún sonido.
Permaneció unos instantes mirándome, antes de proseguir.
—No estarás loco, ¿no?
Lo dijo sonriendo, pero juraría que había tenido un momento de duda.
—¿De verdad que parecía que estaba hablando con alguien?
—Mmmh... —hizo ella, moviendo vigorosamente la cabeza hacia delante.
—Cuando tu perro ha levantado la cabeza para dejarse acariciar la garganta ha hecho el mismo, idéntico gesto que hacía el pastor alemán de mi abuelo, hace muchísimos años.
—Nunca se deja acariciar la garganta. Le caes bien, es algo poco frecuente.
—Ese gesto me ha hecho recordar, todas juntas, un montón de cosas de mi infancia. Algunas las he recordado ahora mismo, después de treinta años. No me extraña que hayas dicho que parecía que estaba hablando solo.
Volvimos a caminar, en la misma formación: Nadia, en el centro; Pino-Baskerville, a su izquierda; yo, a su derecha.
—Yo no recuerdo apenas nada de mi infancia. Creo que no fue ni feliz ni infeliz, pero sólo lo digo porque no recuerdo momentos especialmente tristes ni especialmente alegres. Si los tuve, los he olvidado, tanto los unos como los otros. Es difícil de explicar, pero hay cosas que sé que ocurrieron y por eso digo que las recuerdo. Pero, en realidad, no recuerdo nada, de verdad. Es como si conociese las cosas que me pasaron en esa parte de mi vida sólo porque alguien me las ha contado. A veces, me parece que tengo los recuerdos de una infancia que no fue la mía —dijo Nadia.
—Sé a qué te refieres. Es algo parecido a cuando te preguntas si una cosa ha ocurrido de verdad o la has soñado.
—Justo, es lo mismo. Creo que mi madre organizó un par de veces una fiestecita para celebrar mi cumpleaños, pero si me preguntas qué pasó en esas fiestas, quién vino, o cuántos años cumplía, no sabría qué responderte. A veces esto me produce una sensación de vértigo casi insoportable.
—¿Recuerdas mejor otros periodos de tu vida?
—Sí. No sé si es una bendición o una desgracia, pero recuerdo perfectamente la época en la que empecé a trabajar de puta.
—¿Cuándo fue? —le pregunté, esforzándome en mantener un tono lo más neutro posible. Ella ignoró la pregunta.
—Sabes, la explicación de mis así llamadas elecciones no tiene nada de dramático. Más bien diría que es banal, y también algo triste.
Hice un gesto con la mano, como para apartar algo. Fue involuntario y apenas esbozado, pero ella lo notó perfectamente.
—Vale, a paseo con los adjetivos. Lo que quiero decir es que no puedo echarle la culpa de mi destino a nadie ni a ningún acontecimiento. A mi familia, por ejemplo.
—¿Qué hacen, o hacían, tus padres?
—Mi padre era secretario en un colegio de scuola media; mi madre era ama de casa. Ya no están. No puedo decirte que mis relaciones familiares fueran fantásticas, pero no eran peores que los de muchas otras que no terminaron siendo putas. Tengo una hermana, mucho mayor que yo. Vive en Bolonia, no la veo desde hace siglos. Hablamos por teléfono de vez en cuando. Amables y distantes, como dos extrañas. Lo que somos, por otra parte.
Me gustaron mucho la seca sinceridad y la economía de palabras con las que Nadia había sido capaz de expresar el concepto.
—En cualquier caso, todo empezó cuando tenía diecinueve años. Había obtenido el diploma de agente de aduanas y estaba matriculada en Economía y Comercio, pero me di cuenta enseguida de que no tenía ningunas ganas de seguir estudiando. O puede que lo que no me apeteciese fuera seguir estudiando aquello, pero bueno, para el caso da igual.
Mientras ella hablaba, recuperé mentalmente la información relativa a su fecha de nacimiento, que leí en los autos del proceso en el que la defendí. Por motivos que ignoro, nunca olvido la edad de una persona, aunque sólo la conozca superficialmente o por motivos profesionales.
Hice un rápido cálculo: cuando ella tenía diecinueve años yo tenía veinticuatro. ¿Qué estaba haciendo a esa edad? Acababa de licenciarme. Aún no había conocido a Sara, que más tarde se convirtió en mi mujer, y más tarde aún en mi ex mujer. Todavía vivían mis padres. En la práctica, cuando Nadia estaba a punto de empezar su aventura en el mundo real, yo, aunque fuese cinco años mayor que ella, era todavía un crío.
—Quería ser independiente, quería irme de casa, odiaba la mediocridad de mi vida familiar. No soportaba aquel piso modesto, tres habitaciones, cocina y servicio, repleto de objetos de pésimo gusto, y el olor a naftalina que salía de la habitación de mis padres. No soportaba sus conversaciones insignificantes y sus miserables planes de futuro: pagar los plazos del coche, encontrar un hotel de dos estrellas para pasar las vacaciones, contar los años que faltaban para que mi padre se jubilase. No soportaba las cuentas para que cuadrase el presupuesto familiar, la pasta recalentada de por las noches, los vestidos viejos y dados de sí de mi hermana, el mantel de hule de la cocina. Pero había algo que detestaba por encima de todo.
—¿El qué?
—Mi padre tomaba un poco de vino, en la comida y en la cena. Poco, pero todos los días. Obviamente, no podíamos permitirnos vinos caros, así que, al hacer la compra, comprábamos vino en tetra-brick. En la mesa siempre había uno, y recuerdo la siguiente secuencia de gestos: mi madre abría el tetra-brick con las tijeras; mi padre se echaba vino hasta llenar la mitad del vaso y el resto lo llenaba con agua; al final de la comida, mi madre cerraba el tetra-brick con una pinza de la ropa y luego, a la hora de la cena, volvía a ponerlo encima de la mesa. ¡Dios, cómo lo odiaba! Hay veces en las que revivo esa sensación y me quema como entonces. Otras, en cambio, me devora el sentimiento de culpa.
—Es inevitable, creo.
—Ya, yo también creo que es inevitable. En cualquier caso, yo era una chica guapa y empecé a trabajar como azafata en una agencia que ofrecía personal para congresos, reuniones políticas, espectáculos. Una vez, uno de los organizadores de una convención de asesores de productos farmacéuticos me preguntó si me apetecía acompañarle a cenar, cuando terminase de trabajar. Era un señor de unos cincuenta años, muy distinguido, con unos modales exquisitos. Acepté, quedé con él lejos de mi casa porque me daba vergüenza que viera dónde vivía.
—¿Dónde vivías?
—En un bloque de barrio, por la zona del Redentore, ya sabes, el Instituto de los Salesianos.
—Voy por esa zona a practicar boxeo.
—¿Boxeo? ¿Puñetazos y todo eso?
—Sí.
—No es que seas muy normal, lo sabes, ¿no?
—Anda, sigue...
—Él vino a buscarme en un Thema Ferrari y me llevó a cenar a un restaurante famoso, uno de esos con los que siempre había soñado. Lo recuerdo como si lo viese. Todo: el mantel, los cubiertos de plata, los vasos, los camareros tratándome como a una señora, aunque fuese una cría. Y recuerdo todo lo que comimos y el vino que tomamos. Un Brunello, la botella debía costar una fortuna, y aún me parece estar apreciando su sabor, su aroma, ahora mismo, aquí, mientras te hablo.
—¿Qué restaurante era?
Me dijo su nombre. Lo recordaba bien, era uno de los restaurantes de moda de hacía veinte años, en la provincia: un sitio al que no había ido nunca. No fui de joven porque entonces no podía permitírmelo y no fui más tarde, cuando ya habría podido hacerlo, porque había cerrado, esfumándose en la nada, como tantas otras cosas de aquellos años.
—Después de cenar me propuso que fuéramos a tomar una copa a su casa.
El tono era neutro, pero en el relato se percibía que la tensión iba in crescendo. La tensión de las historias cuyo final ya te sabes. Un final que no te gusta, pero que no puedes hacer nada para evitarlo o cambiarlo.
—Pensé que viviría solo y que me llevaría a su casa. En realidad estaba casado y tenía un hijo de mi edad. Me llevó a una especie de apartamento de soltero, y todo se desarrolló de forma natural. Al irnos me dio trescientas mil liras.
Hizo una pausa y me miró durante unos segundos antes de proseguir, con un tono en el que se advertía un imperceptible matiz de desafío.
—¿Y sabes qué? Me gustó mucho coger aquel dinero. Tuve la sensación de que estaba a punto de alcanzar el control de mi vida.
—¿No te disgustó la experiencia?
—Sé que parece increíble, pero no. Ya había tenido mis novios, a decir verdad, tenía uno también en esa época. Aquella situación fue distinta y, sin embargo, como ya te he dicho, fue todo muy natural. No habíamos hablado de dinero, pero, no sé explicarte cómo, estuvo muy claro desde el principio que se trataba de una especie de trabajo. Algo que no era divertido, pero tampoco repugnante.
Hizo una pausa de nuevo. Yo estaba allí sin saber qué decirle, ni siquiera qué pensar.
—A partir de aquella noche salí más veces con aquel señor. Vito, se llamaba. Me enteré de que murió hacía unos años, y lo sentí. Salir con él no era del todo como ser una puta. Me explico: quedábamos, íbamos a cenar, teníamos relaciones sexuales y luego él me hacía un regalo. Nunca me he casado, pero creo que muchos matrimonios funcionan igual.
Esas palabras permanecieron suspendidas en el aire durante un rato. El cielo empezaba a clarear en algunos puntos. Me hubiese gustado sentarme en un banco para seguir hablando pero estaba todo mojado. Así pues, seguimos caminando, junto a Pino, aunque éste no participaba mucho en la conversación.
—Luego, se produjo un vuelco.
—¿Es decir?
—Una noche, cuando nos estábamos yendo de su pisito, Vito me dijo que si quería hacerle un favor.
—¿Qué favor?
—Me pidió que saliera con otro hombre. Un señor con el que tenía importantes relaciones de trabajo, y que iba a llegar a la ciudad al día siguiente. Dijo que era un señor muy distinguido, también sumamente atractivo. Vito quería que se sintiera a gusto porque iba a ayudarle a cerrar un negocio importante. No recuerdo si dije algo o me quedé callada. En el siguiente fotograma ya sale él otra vez, sonriendo, sacando la cartera, contando diez billetes de cien mil liras y dándomelos. Luego recuerdo un pellizco en la mejilla, que me dio con el dedo índice y el medio. Era una buena chica, me había portado muy bien.
Estuve a punto de decirle que no quería conocer el resto. Luego me di cuenta de que no quería oírlo pero que, al mismo tiempo, sí que quería. Una sensación que a veces experimento con las novelas o las películas, cuando tratan temas que me molestan y que preferiría ignorar.
—Desde entonces él me pidió más veces que quedara con algún amigo suyo, aunque en estos casos ya no pagaba él. Luego, cómo decirlo, empecé a hacerme una clientela autónoma. Por el boca oreja. Entre mis clientes había también dos jueces. Uno ha muerto; el otro es un personaje importante y a veces veo su foto en los periódicos. En las fotos tiene siempre una expresión muy seria.
Dejó la frase suspendida en el aire; el sentido era, claramente, que ese juez no era siempre tan serio como parecía por las fotos. No me dijo quién era y se lo agradecí, aunque tuve que hacer un pequeño esfuerzo para no preguntárselo.
—Sé que todo esto parece triste, y probablemente lo es. Pero, cómo decirlo, era difícil darse cuenta de ello. Mis encuentros con los clientes eran muy parecidos a una cita de verdad. Muchos de ellos me llevaban a cenar, al cine o al teatro, y muchos querían hablar. Con el tiempo me di cuenta de que para algunos estas cosas accesorias eran tan importantes como el sexo.
»Una cosa que dicen las putas con frecuencia es que muchos hombres las buscan porque quieren a una mujer con la que follar en paz y hablar en paz. Sin sentirse juzgados por cómo hacen lo uno y lo otro. Basándome en mi experiencia, puedo decir que es cierto. En estos casos es cuando surgen los problemas.
—¿En qué sentido?
—A veces ocurre que un cliente confunde el plano de la realidad con el de la ficción, en resumen, que se enamora de ti. Cuando pasaba eso, cortaba de raíz. Me parecía más justo, más ético. Lo sé, suena raro oírle hablar de ética a una puta, pero creo que todos nos aferramos a un sistema de reglas para no hacernos migajas, sea cual sea nuestro oficio. En cualquier caso, ética aparte, romper de raíz con aquellas relaciones era prudente. Nunca se sabe lo que le puede pasar a la gente por la cabeza. A una amiga mía un cliente que se había enamorado de ella no dejaba de perseguirla y casi la mata de una paliza porque ella le había rechazado.
—Te fuiste de casa, claro.
—Sí, claro. Para justificar el dinero y mi independencia dije que había encontrado trabajo como representante de ropa. No tengo ni idea de si se lo creyeron, en realidad no sé si mis padres supieron o se dieron cuenta de a qué me dedicaba. Cuando me arrestaron y la cosa se hizo pública ya habían muerto los dos.
—Continúa, sigue contando...
—Lo que sigue no es muy interesante, suponiendo que lo haya sido lo que te he contado hasta ahora. De todas formas, lo que ocurrió después lo recuerdo de forma mucho más confusa. Hice aquellas películas, pero eso no duró mucho tiempo. Ganaba más dinero prostituyéndome. Luego empecé a llevar a otras chicas, y con eso ganaba todavía más. Cuando me arrestaron hacía ya mucho que había dejado de prostituirme. Pero esa parte de la historia ya la conoces, fuiste mi abogado.
Parecía que había acabado de hablar, y yo estaba a punto de decirle algo cuando ella retomó la palabra, como si se le hubiese olvidado un detalle importante.
—Hay una cosa que no te dije cuando era tu cliente.
—¿Es decir?
—Cuando me arrestaron experimenté casi una sensación de alivio. Creo que no aguantaba más ese tipo de vida y que la situación había empeorado desde que empecé a ser madame. Hubiese mantenido mi equilibrio con más facilidad siendo una puta, directamente. Al gestionar el trabajo de otras chicas me di cuenta de la tristeza del asunto. Probablemente no lo sabía (en cualquier caso no consigo recordarlo con precisión), pero me hubiese gustado encontrar una forma de salir de aquello, aunque no era nada fácil. Era un trabajo muy rentable y yo no tenía otro.
Habíamos caminado bastante, entre el paseo marítimo y la zona alrededor del teatro Petruzzelli. No conseguía descifrar el relato de Nadia. No conseguía captar el timbre emotivo de aquella historia. Ella la había narrado en tono neutro y, sin embargo, se notaba que bajo la superficie bullía algo. Simplemente, no conseguía entender el qué. Pino seguía andando pegado a la pierna de su dueña y pensé que me hubiera gustado tener un compañero tan discreto y silencioso en mis paseos nocturnos. Nunca había pensado en tener perro, pero en esos momentos la idea me apeteció mucho.
La voz de Nadia interrumpió mis pensamientos. Tenía una entonación ligeramente distinta de la empleada para contar su historia.
—¿Puedo decirte una cosa frívola?
—Me gustan las cosas frívolas.
—Cuando me arrestaron le pedí consejo a un amigo (no a un cliente) sobre qué abogado debía contratar. Él me dio tu nombre. Dijo que eras muy eficiente y muy honrado y esta definición me hizo imaginarme a un anciano, un poco calvo, un poco con exceso de peso. Una especie de tío. Luego, en cambio, apareciste tú en la cárcel.
—Aparecí yo, ¿y?
A veces, hacerme el obtuso me sale muy bien.
—Bueno, tú no eres precisamente un anciano calvo y con exceso de peso. Aunque sí que eras muy serio y muy profesional.
—Tú también eras muy seria. La cliente ideal, nada de parloteos inútiles ni de pretensiones absurdas.
—Estaba obligada a ser seria. No quería parecer lo que era, es decir, una puta, aunque fuera una puta de lujo. Pensé que cualquier manifestación de feminidad podía interpretarse de forma equivocada.
Se detuvo unos instantes, como reflexionando sobre lo que acababa de decir.
—O quizá de forma acertada. En cualquier caso, lo único que me permití, sólo al final, fue regalarte un libro. ¿Lo recuerdas?
— ¿Y cómo no? La revolución de la esperanza de Erich Fromm.
—Tuve dudas de si lo tendrías ya, aunque tú dijiste que no, que gracias, que te gustaba mucho, que estabas detrás de él desde hacía tiempo, y que lo ibas a leer enseguida.
Sonreí. No me acordaba de haber dicho aquellas cosas, pero son la respuesta que doy siempre en estos casos: cuando me regalan un libro que ya he leído me da pena desilusionar al que me lo ha regalado y miento.
—En efecto, ya lo había leído.
Ella sonrió, pero había algo en su mirada que me sobrecogió, de una forma desproporcionada y sin relación alguna con la anécdota del libro, como si se hubiese entreabierto una puerta, apenas unos segundos, y yo hubiese vislumbrado una terrible tristeza.
—¿Y después?
—¿Después qué?
—¿Qué pasó después del juicio?
—Ah, sí. Fui lo bastante lista como para no recomenzar la historia. Tenía un buen montón de dinero ahorrado y lo había sabido invertir. Una inversión sin riesgo, con rentas bajas pero seguras, tres apartamentos en las zonas apropiadas, convenientemente alquilados, más el cuarto, en el que vivo. Vamos, que podía permitirme el lujo de retirarme hasta decidir qué iba a hacer en la segunda parte de mi vida. Hice algún que otro viaje, alguno muy largo. Luego descubrí eso de lo que ya te he hablado, pero los médicos estuvieron hábiles, y ahora me parece que todo pasó de una forma muy rápida. Cuando regresé, de los viajes y de la enfermedad, me matriculé en la universidad.
—¿En qué?
—Literatura Moderna. Me examino y todo, ¿qué te has creído? Dentro de un par de años creo que tendré el título.
—¿Tienes ya tema para la tesina?
Sonrió de nuevo, pero esta vez no hubo claroscuros en su sonrisa. Si acaso, un chispazo de gratitud por estar tomándola en serio.
—No, todavía no. Pero me gustaría hacer algo relacionado con la Historia del Cine. El cine es mi pasión.
No dije nada. Mientras seguíamos caminando la observaba por el rabillo del ojo; ella, en cambio, tenía la mirada fija hacia delante. Es decir, no se fijaba en nada. Pasaron algunos minutos.
—Tuve un novio. El primero y, por ahora, el último de mi segunda vida. El primero al que no tuve que ocultarle cómo me gano la vida.
—¿Y qué tal te fue con él?
—Era (y es) un gilipollas. Me fue con él como te va siempre con un gilipollas. A los diez meses ya habíamos llegado al final del trayecto.
—¿Y luego?
—Luego se acabó.
Intenté calcular mentalmente cuánto tiempo había pasado desde entonces. Ella se dio cuenta y me ahorró el esfuerzo.
—Hace casi un año que no estoy con un hombre.
Callé, muy oportunamente.
—Tengo la sensación de estar viviendo la vida al revés, no sé si entiendes lo que quiero decir.
Asentí, pero no sé si me vio hacerlo porque seguía con la mirada fija hacia delante.
—¿Y el Chelsea Hotel?
—El último capítulo de la historia. La universidad me gusta, pero no me basta. Demasiado tiempo libre para pensar, algo que no siempre es bueno.
—Casi nunca lo es.
—En efecto. Pensé que tenía que encontrar un trabajo, alguna ocupación, y, hablando con un amigo gay, se me ocurrió abrir el Chelsea. Me gusta el horario, se empieza a trabajar hacia las ocho de la noche, se acaba a las cuatro de la mañana, se duerme hasta la hora de comer. Y, además, ir allí todas las noches, ver a gente, hablar con ella, me hace sentirme menos sola.
Por la acera opuesta pasó un chico con un perro de una raza indescifrable que empezó a ladrar salvajemente, intentando librarse de la correa. Pino-Baskerville volvió la cabeza en dirección al otro, se detuvo y lo miró. No ladró, no gruñó, no dio muestras de querer lanzarse, cosa que hubiera podido hacer perfectamente, dado que estaba suelto. Miró y punto, pero yo me imaginé que en esos segundos debían estar pasando por su cabeza imágenes terribles, ruidos, el sabor metálico de la sangre, el dolor por su oreja arrancada, garras, patas, vida y muerte. Nadia le susurró una orden y la fiera se puso en sit con un movimiento geométrico, adoptando la posición de una esfinge, y dejó de mirar hacia el otro lado.
Al final, el chico consiguió llevarse a rastras a su perro, presa ya de una crisis histérica, se restauró el silencio de la noche, y nosotros reemprendimos el camino y la conversación.
—¿Piensas que te he contado toda la verdad? ¿O crees que he cambiado algo para atenuar la tristeza?
—Nadie dice nunca toda la verdad, sobre todo cuando habla de sí mismo. Pero si me haces esa pregunta quiere decir que, de alguna forma, ya sabes eso y que has puesto mucho cuidado al hablar. Así que, probablemente, me has contado algo muy cercano a la así llamada verdad.
Me miró con una expresión entre curiosa y preocupada por una revelación que podía tener consecuencias inesperadas.
—¿En serio que nadie dice nunca la verdad?
—Toda la verdad, nadie. Los que afirman (y puede que convencidos) que no mienten jamás son los más peligrosos. No son conscientes de que mienten, inevitablemente, no se dan cuenta de ello, y son prisioneros de sí mismos.
—Prisioneros de sí mismos. Me gusta esa expresión.
—Sí, prisioneros de sí mismos, e incapaces de entender quiénes son. Haz la prueba, pregúntale a alguno de esos «Yo Digo Siempre La Verdad» cómo trabaja, cuáles son sus virtudes, cómo son sus relaciones con los demás, cualquier cosa relacionada con la imagen que él o ella tiene de sí mismo o de sí misma. Presenciarás un fenómeno interesante.
—¿O sea?
—No son capaces de responder. Dicen generalidades, tópicos, o se atribuyen cualidades que les gustaría tener pero de las que carecen, sin duda. Cualidades que se corresponden con la falsa imagen que tienen de sí mismos. ¿Sabes quién es Alan Watts?
—No.
—Era un filósofo inglés. Estudió las culturas orientales y escribió un libro muy hermoso sobre el zen. Watts decía que una persona sincera es aquella que sabe que es una gran impostora y actúa con total descuido. Aceptando esta definición, yo estoy a medio camino. Sé que soy un impostor, pero todavía no consigo manejar el asunto con descuido.
—Estás loco. De verdad.
—Déjame que me lo tome como un cumplido.
—Lo es.
—Creo que ya va siendo hora de irse a la cama —dije mirando el reloj.
—Sí, tú tienes un trabajo de persona seria y no te puedes quedar en la cama hasta tarde, como yo.
—Te acompaño al coche.
—No hace falta, a menos que quieras que te lleve a tu casa. No sé dónde vives, pero si está lejos, te acerco en coche.
—Vivo a dos pasos de aquí.
—Entonces no hace falta que vuelvas hasta donde hemos dejado el coche.
—Gracias por la conversación, y por todo.
—Gracias a ti.
— Baskerville, en el fondo, es un buen sujeto.
—Ya.
Tras unos segundos de vacilación, se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla. El Asesino, afortunadamente, no clasificó el gesto como hostil y, por lo tanto, no me hizo pedazos.
—Adiós, buenas noches.
—Adiós.
—¿No es absurdo?
—¿El qué?
—Me he puesto colorada.
—No me he dado cuenta.
Cuando me pongo a ello, soy capaz de decir las cosas más idiotas.
—Bueno, ahora sí que me voy de verdad.
—¿Estás segura de que puedes volver tú sola a casa? ¿No tendrás problemas?
La frase se me escapó una fracción de segundo antes de interceptar la mirada de Pino.
Tenía esa expresión llena de paciencia que reservamos para los que no son mala gente pero, objetivamente, sí un poco imbéciles.