24

En unos pocos minutos llegué al Riviera, que a esas horas estaba semivacío. Me senté en una mesa del piso de arriba, desde donde se veía el mar hasta que se perdía la vista. Era exactamente el mismo sitio en el que me sentaba en la época de la universidad, con mis amigos, durante algunas tardes de interminables, insensatas, maravillosas conversaciones.

Recordé una de aquellas tardes en concreto. Habíamos salido del seminario de economía política y, después de una hora dando vueltas sin rumbo fijo, habíamos acabado en el Riviera. Estoy seguro de que, como de costumbre, empezamos hablando de chicas; no sé cómo, sin embargo, de las chicas pasamos a fantasear con personajes de novela: con cuáles nos identificábamos más, cuáles nos hubiera gustado ser. Andrea dijo que Athos, Emilio que Phillip Marlowe, yo dije que el Capitán Fracassa, Nicola dijo, por último, que él también aspiraba al papel de Athos. Siguió una animada discusión sobre cuál de los dos tenía más dotes para interpretar al conde de la Fère. Andrea sostenía que Nicola, debido al abuso de perfumes, podía, como mucho, identificarse con Aramis, pero que, para ser totalmente sinceros, todavía más con Milady. Esta precisión subió el tono de la disputa y Nicola aseguró que cualquier duda sobre su virilidad podían aclararla, con toda profusión de detalles, la madre y la hermana de Andrea.

Entrecerré los ojos y me pareció oír nuestras voces, intactas y auténticas, como me las restituía el archivo de la memoria. La voz profunda de Emilio; la nasal de Nicola; la acelerada, a veces con notas algo estridentes, de Andrea; la mía, que nunca he sido capaz de definir, estaban allí, aleteaban por el aire de la sala desierta para recordarme que los fantasmas existen y habitan entre nosotros.

Este recuerdo debería haberme puesto melancólico pero, en cambio, me produjo una ligera, inexplicable excitación, como si de repente el pasado no fuese pasado sino que formase parte de una especie de presente dilatado, simultáneo y acogedor. En aquel bar, mientras esperaba a un traficante de cocaína, me pareció, durante un instante, intuir el misterio sincrónico del tiempo y de la memoria.

Luego, el traficante de cocaína llegó y aquel insólito encantamiento se desvaneció tal y como había aparecido.

Pedimos dos capuchinos, y esperamos a que el camarero nos los llevase y desapareciese en el piso de abajo, dejándonos solos. Sólo entonces empezamos a hablar.

—¿Y bien, Damiano?

—He estado haciendo preguntas por ahí y puede que haya dado con algo.

—Dime.

—Hay un chico, un chaval gay, que trapichea por las discotecas. En realidad es un híbrido entre camello y consumidor: la vende, sobre todo, para financiarse su consumo personal. Me ha dicho que conocía a un tal Michele que casi siempre tiene coca. Me ha dicho que a veces le ha comprado pequeñas cantidades y que otras, en cambio, se las ha pasado él. Es algo que ocurre entre pequeños traficantes: se la intercambian, cuando uno tiene le da al otro y viceversa.

—¿Por qué has pensado que puede tratarse del Michele que nos interesa?

—Usted me ha dicho que el tal Michele es un tipo muy guapo, ¿no?

—Es lo que me han dicho de él.

—Mi amigo gay me ha dicho que este Michele está bueno que te cagas. Palabras textuales.

—Y supongo que no sabrá su apellido.

—No, pero con enseñarle una foto...

Justo. Con enseñarle una foto sería suficiente, así que tenía que dejarme de chapuzas y encontrar la forma de hacerme con una. Es decir, tenía que llamar a Fornelli. O, quizá, Caterina tendría alguna. Esto me hizo recordar que tenía que llamarla de todas formas para ponernos de acuerdo para el día siguiente.

—¿Abogado?

—¿Sí?

—Este chico no tendrá problemas por lo que le estoy contando, ¿no?

—¿Te refieres a tu amigo gay?

—Bueno, no es que sea mi amigo, pero sí, me refiero a él.

—No te preocupes, Damiano. Lo único que me interesa es intentar descubrir qué le ha ocurrido a Manuela. Tú y yo ni siquiera hemos hablado, en lo que a mí respecta.

Quintavalle pareció aliviado.

—Perdone si le he dicho eso, abogado, pero es que...

Lo interrumpí con un gesto de la mano. Obviamente, entendía de sobra su preocupación, para alguien con su trabajo sólo el hecho de ir por ahí haciendo preguntas ya era peligroso. Le di las gracias, le dije que intentaría localizar una foto de Michele y que ya volvería a llamarle. Luego nos fuimos los dos a nuestros respectivos trabajos, más o menos honrados.

Llamé a Caterina de camino hacia el bufete, le dije que había hecho dos reservas para mañana, en el avión de las once, y que me pasaría a recogerla en coche a eso de las nueve y media. Le pregunté si la dirección era la misma que figuraba en el informe de los carabinieri y ella me dijo que sí, que era ésa, pero que podíamos quedar delante del Petruzzelli para mayor comodidad. Sentí una enorme sensación de alivio al pensar que no tenía que pasar por su casa, arriesgándome a que su madre o su padre —quizá más o menos de mi edad— me viesen, se enterasen de que su hija se veía con un salido de mediana edad y decidiesen intervenir con llaves inglesas, bates de béisbol o instrumentos análogos.

Recordé lo de la foto de Michele cuando estábamos a punto de colgar.

—Una cosa, Caterina.

—¿Sí?

—No tendrás por casualidad una foto de Michele Cantalupi, ¿no?

Tardó un rato en contestarme, y, si el silencio pudiese tener entonaciones, el suyo lo habría definido un gran signo de interrogación.

—¿Para qué la necesitas? —dijo por fin.

—Necesito que la vea una persona. Es mejor no hablarlo por teléfono, mañana te lo explico. ¿Crees que podrás encontrar alguna?

—Miraré, pero no creo que tenga ninguna.

—De acuerdo, hasta mañana entonces.

—Hasta mañana.