Capítulo 32

No es una ráfaga, pensó Lily en el segundo en el que sintió que la magia tocaba su rostro, le provocaba cosquillas en la nariz y hacía que le ardieran las manos.

Era un vendaval. Mucho más fuerte que el primero, terriblemente intenso.

La realidad estalló en pedazos. Aquí y allí, por todas partes, el vórtice del cambio atrapó a los lupi y los obligó a adoptar otras formas. Se oyeron gritos. Uno de los guardias de Lily dejó caer las manos o las perdió en el huracán del cambio.

Era todo lo que Lily necesitaba. Hundió un codo en las costillas del otro guardia y el golpe distrajo al lupus de la batalla que estaba librando contra el cambio. El guardia aulló y se agachó, la realidad pareció cambiar mientras Lily se lanzaba al suelo para recoger el rifle que había dejado caer uno de los guardias de Benedict.

Lily lo agarró, rodó por el suelo y se puso de pie inmediatamente, rifle en mano.

Lobos. Había lobos por todas partes, y las mujeres asomaban sin saber qué hacer en aquel mar de pelo. Cerca de Lily no quedaba nadie que siguiera sobre dos piernas, excepto la rhej, que tenía los ojos cerrados y movía los labios; el rho, que también estaba inmóvil allí donde había caído al suelo, muerto o inconsciente, el cuerpo lleno de oscuras lesiones… y Rule.

Rule estaba de rodillas, tal como había querido Víctor, con la cabeza echada hacia atrás, el rostro convulsionado. Gritaba. Y sangraba. Incluso mientras Lily lo miraba, la sangre manaba de los poros de su piel como si de sudor se tratase.

Lily trató de ponerse en movimiento, pero algo la detuvo y casi se cayó al suelo. La mano de Benedict se había cerrado en torno a uno de sus brazos y la había detenido en seco. Lily se volvió hacia él y le hubiera pegado, o lo hubiera intentando al menos, si hubiera tenido la otra mano libre en vez de sujetar un rifle con ella.

Aquella breve incursión en la cordura le permitió a Lily tener su primer pensamiento completo: la había detenido la mano de Benedict. Benedict ya no era un lobo, pero lo había sido. Su ropa había desaparecido. ¿Cómo había podido revertir el cambio con tanta rapidez?

—¡No! —gritó Benedict para hacerse oír por encima de los aullidos—. No puedes tocarlo ahora. El manto de autoridad lo posee.

Lily todavía sentía en la piel el vendaval de magia, aunque ya no rugía sino que soplaba en silencio. Los aullidos procedían de las gargantas de los lupus, de una docena, de dos docenas, incluso de más. Mientras Rule estaba librando alguna batalla interna terrible, los Leidolf se limitaban a aullar.

—¿Por qué no cambia? —gritó.

La voz de Benedict sonó ronca.

—No puede.

La rhej se movió. Solo dio cuatro pasos, pero afrontó cada uno de ellos con un tremendo cuidado, como si estuviera atravesando arenas movedizas o un campo minado. Se arrodilló al lado de Rule y del rho caído, alargó un brazo y cogió la mano de Víctor. Con la otra sujetó el hombro de Rule.

Lily se sintió impulsada a actuar, su instinto no quería que nadie tocara a Rule si ella no podía hacerlo, pero Benedict la sujetó con fuerza. La rhej puso los ojos en blanco. Se quedó allí, inmóvil sobre la hierba seca, como un puente blanco que se hubiera levantado entre los dos hombres, uno quizá inconsciente, el otro…

Rule dejó de gritar. Poco a poco se irguió, balanceándose, aunque siguió de rodillas. Las gotas de sangre empezaron a secarse sobre su piel. Tenía los ojos abiertos pero era obvio que no veía nada, y una serie de temblores atravesaron su cuerpo como si fueran escalofríos. La rhej lo soltó.

Los gruñidos y aullidos empezaron a sonar demasiado cerca. Lily se giró. La mayoría de los lobos aullaban y observaban lo que ocurría en el claro donde estaban Rule, la rhej y su rho; pero había dos lobos que miraban hacia otro lado. Dos lobos gris oscuro del tamaño de un poni se acercaban con las orejas gachas, las cabezas bajas y el lomo erizado. Después, otro lobo se movió, uno de pelaje rojizo y mucho más pequeño, un gran danés en vez de un perro pastor. Lily preparó el rifle.

—No dispares al pequeño —le dijo Benedict con su arma presta también—. Es Cullen.

De pronto, el vendaval de magia dejó de soplar y se convirtió simplemente en aire, frío e inmóvil. Después, la magia volvió, aunque esta vez mucho más sutil, acariciando la piel de Lily con un ritmo como de marea mientras le hacía cosquillas como si fueran las semillas de un diente de león.

Los aullidos cesaron, pero los gruñidos aumentaron a medida que los lobos se concentraban en Lily y en Benedict y en el lobo rojo que se había situado entre ellos y los demás. El suelo estaba cubierto de ropa: zapatos, téjanos, pantalones de vestir, cinturones, camisas… Todo había caído al suelo cuando sus dueños habían desaparecido en otra dimensión y habían regresado con otra forma.

De pronto Rule cayó hacia delante y se sujetó con un brazo para no terminar con la cara hundida en la tierra. Pero el brazo le temblaba y su pecho subía y bajaba como si hubiera corrido kilómetros y kilómetros.

—Maldita sea. —Lily no podía acudir a su lado, no mientras los rodearan los lobos, lobos en cuyos ojos podía distinguirse la escasa humanidad que les quedaba. Ahora docenas de ellos miraban a Lily y a Benedict con el lomo erizado y sus gruñidos formaban un inquietante coro.

—¡Leidolf! ¡Os ha mentido!

La voz de una mujer, fuerte y sonora: la de la rhej. Lily la miró brevemente. La mujer se había acercado a Víctor y le había dado la vuelta de modo que el rho ahora yacía sobre su espalda. Sostenía una mano del rho en las suyas.

—Vuestro rho ha mentido. No ha dejado que el manto eligiera, ha intentado obligar a Rule Turner a aceptarlo, y este ha sido el precio que ha tenido que pagar. Mirad a Víctor. Oledlo. Vuestro rho tiene cáncer y casi ha acabado con su vida al intentar encontrar una forma legal de matar a alguien a quien había concedido honores de invitado. Ahora morirá, si suelto su mano morirá en cuestión de segundos. Y la soltaré si atacáis a sus invitados. Soltaré su mano y el rho morirá.

Los gruñidos se apagaron ligeramente. Pero no del todo.

—Mujeres —gritó la rhej—, vuestros hermanos os conocen. Acariciadlos, tocadlos, ayudadles a recordar quiénes son. —Luego la rhej miró a Lily y su voz bajó de tono—. Acércate a tu hombre. Muévete despacio, pero ve a por él. Ayúdalo a levantarse. Ahora es heredero. Estaba ganando la batalla cuando el nodo explotó y casi todo el manto de autoridad fue introducido en su cuerpo. He conseguido que la mayor parte de él vuelva a Víctor, pero no cabe duda de que ahora él es el heredero. A los Leidolf no les va a gustar, pero no tienen más que olerlo en él.

A Lily se le dio muy bien lo de acercarse a Rule, pero no tanto lo de hacerlo lentamente. Aunque al fin lo consiguió sin instigar una revuelta entre los lobos. Se arrodilló al lado de Rule y lo rodeó con su brazo libre.

Rule alzó la cabeza para mirar a Lily, los ojos revelaban su dolor. Apenas era consciente de lo que ocurría.

Benedict se acercó a Rule por el otro lado y el lobo rojo se colocó delante para protegerlos. Lily se movió de modo que el brazo de Rule cayera sobre sus hombros y Benedict hizo lo mismo. Entre los dos consiguieron que se pusiera de pie.

Rule se balanceó y movió la cabeza.

—Lily.

—Aquí. Estoy aquí.

—Tenéis que salir de aquí —dijo la rhej con la voz ronca—. Todos vosotros. Los que todavía no han regresado… bueno, no sois un olor que ellos puedan reconocer. Y los que han vuelto pronto empezarán a pensar en el Desafío, si es que pueden pensar en algo.

Unos de los lobos más grandes alzó el hocico hacia ella, con las orejas alerta. Su color le recordó a Lily la forma lobuna de Rule: negro con vetas plateadas.

—Es cierto. —La rhej se dirigió al lobo como si este hubiera hablado—. Si empiezan con los Desafíos, él morirá. —Con un gesto de cabeza señaló a Rule—. Y también morirá el clan Leidolf, porque si matan al heredero, el manto regresará a Víctor. Apenas puedo mantener la vida en él ahora, si el manto vuelve a él, morirá. Necesito que vuelvas a ser humano, Alex. Necesito que unas tu voz a la mía y ellos también. Inténtalo. Ahora eres lu nuncio. En nombre de la Dama y por el bien de los Leidolf, inténtalo.

El lobo gimió infeliz y cerró los ojos. La realidad se plegó sobre sí misma, pero lentamente. Por primera vez Lily pudo seguir el proceso del cambio por completo… casi, porque parte de él estaba fuera de aquel mundo, más allá de lo que los sentidos de Lily podían ver u oír, o su mente podía comprender.

El pelaje se convirtió en piel humana, las piernas se curvaron y se alargaron; y en un parpadeo estaba allí, pero no estaba… hasta que surgió un hombre, un hombre enorme casi del tamaño de Benedict, desnudo, con su piel morena brillando de sudor y el rostro contorsionado por el dolor.

—¡Mierda! —dijo—. ¡Joder!

—Venga, ánimo. —Era su hermana, llena de compasión—. Háblales.

Alex se irguió y tras unos segundos, habló, proyectando su voz poderosa.

—Escuchad. Soy el lu nuncio y vosotros escucharéis. ¿Acaso los Leidolf asesinan a aquellos que gozan de los privilegios de un invitado? ¿Acaso hemos olvidado el precio del deshonor? Escuchad. Escuchad y recordad. En los días en los que Eiriu luchó contra Trath, cuando los gnomos habitaban bajo tierra y los elfos todavía moraban en los bosques…

Una historia. Estaba contando una historia, una que pertenecía a su historia oral como especie, una de las leyendas que habían escuchado de niños. Y al parecer funcionaba: Alex había captado la atención de su clan.

—Muchacha —dijo la rhej en voz baja—, trae aquí a tu hombre. No puedo soltar a Víctor, pero Rule Turner está confuso. Nadie está hecho para soportar dos mantos de autoridad simultáneamente, y él casi ha tenido que absorber todo el manto Leidolf encima de la porción de heredero Nokolai.

Lily intercambió una mirada con Benedict y los dos obedecieron a la rhej.

Rule había olvidado cómo caminar. Se inclinaba a un lado y luego al otro. Adelantaba la misma pierna dos veces en vez de alternar una con otra; se daba cuenta de que estaba mal y se detenía, y volvía atrás con tanta fuerza que casi arrastraba a Lily con él. Benedict lo sujetó con fuerza.

La rhej se agachó y se sentó con las piernas cruzadas en el frío suelo, sin soltar la mano de Víctor Frey ni un solo segundo. El rho era una visión que asustaría a los niños… Dios, y a agentes federales duros y curtidos también.

La piel llena de manchas parecía separarse de los huesos como cera dura, una piel semejante a la de una rana arrasada por tumores que habían crecido como hongos después de la lluvia.

Tan rápido. ¿Cómo podían haber crecido tan rápido?

—¿Puede ayudar a Rule?—preguntó a la rhej con la voz ahogada por el miedo—. Si está intentando mantener vivo a Víctor, ¿cuánto puede dedicarle a Rule?

Una sonrisa, inesperada y feroz, atravesó el rostro oscuro que se giraba hacia ellos.

—Ahora mismo, nada, maldita sea. Tengo que extraer más magia que cualquier otra rhej se ha visto obligada a extraer desde hace cientos de años. —Miró a Rule—. Doblemanto —dijo en voz baja, e hizo que el término sonara como una especie de título—. ¿Me dejarás que te ayude?

Rule se movió como si intentara sostenerse por su propia fuerza, pero volvió a hundirse enseguida.

—Me vendría bien… algo de ayuda, sí.

—Necesito su mano —dijo la rhej mientras alargaba la suya.

Con cuidado, Lily soltó el brazo de Rule que le rodeaba los hombros confiando en que Benedict sería capaz de sostener a su hermano. Rule reunió la fuerza suficiente para alargar la mano por sí mismo. La mujer la tomó y frunció el ceño.

—Hay algo extraño dentro de ti.

No parecía que Rule fuera a responder, así que Lily lo hizo en su lugar.

—Veneno demoníaco. Un demonio lo hirió y el veneno entró en su cuerpo. —La voz de Lily no sonaba muy firme. Con todo lo que había ocurrido, se había olvidado del veneno.

—No creo que yo pueda ayudar con eso, pero con lo otro… —La rhej cerró los ojos y empezó a canturrear… Lily se dio cuenta de que era Rock of Ages, y la sorpresa por oírla cantar ese antiguo himno góspel casi la hizo reír.

O quizá era que estaba a punto de sufrir un ataque de histeria. Lily aplastó ese sentimiento.

Alex todavía seguía contando la historia de un antiguo rho y su enemigo… y a unos metros de distancia, la realidad volvió a estallar en mil pedazos otra vez. Donde antes había habido un lobo de pelaje rojizo estaba ahora Cullen, desnudo y inclinado sobre las rodillas, intentando recuperar el aire.

Alex lo miró y sin perder la cadencia con la que estaba contando el cuento, dijo:

—Eric. Reese. ¿Acaso los Nokolai son mejores que los Leidolf? Cambiad ahora. Os necesito sobre dos piernas. Entonces, Trath aceptó firmar un tregua con Eiriu —continuó—, y los dos serían invitados de los Leidolf, pero entonces, Trath…

Cullen se movió más lentamente de lo habitual y se agachó para coger algo de entre su ropa que estaba apilada en suelo; no los pantalones, sino un colgante. Los rayos del sol brillaban en aquel diamante que volvió a colgarse del cuello.

A la izquierda de Lily, dos lobos se rompieron en pedazos como de otra dimensión y volvieron a adquirir forma humana.

Rule se irguió. Su respiración se hizo más equilibrada y relajada. Giró la cabeza, sus ojos se clavaron en Lily… y allí estaba de nuevo. Cansado, el pelo empapado de sudor, pero era él y estaba bien. Rule sonrió a Lily y luego a la rhej.

—Serra —dijo y después hizo una cosa muy propia de Rule: se inclinó y la besó en la mano—. Te doy las gracias.

—Ya me las darás más tarde —replicó ella con amargura—. Venga, moveos.

—…Y estuvieron de acuerdo en que tenían que terminar con el poder de Eiriu —dijo Alex—, porque se había corrompido por la lujuria de sangre. Reese, Eric, acompañadlos. Las llaves del coche están en mis pantalones. Que se lleven mi monovolumen; ellos tienen el coche aparcado demasiado lejos. Sin embargo, los Leidolf no querían romper los vínculos de…

Y así, cinco hombres escoltaron a Lily a través de un mar de lobos y todos, a excepción de Rule, iban tan desnudos como el día que nacieron. Ahora ya sabía qué aspecto tenía Benedict desnudo y tenía que decir que la ropa no le hacía nada de justicia.

Unos pocos lobos gruñeron al verlos pasar, pero ninguno se enfrentó a ellos. Lily tenía el rifle preparado por si acaso. Rule andaba por sí solo, pero su agotamiento era patente, aunque los Leidolf no estaban en condiciones de percibirlo porque ni siquiera se dignaban a mirarlo. Los hombres que la escoltaban no despegaban los ojos de ella, ni de Benedict ni de Cullen, pero ni una sola vez miraron a Rule. Y los lobos que iban dejando atrás los olían al pasar, con los hocicos levantados, pero ninguno miraba a Rule directamente.

Lily supuso que era porque podían hacerse cargo de la presencia de los Nokolai puros, e incluso de una mujer como ella, pero la presencia de un Nokolai que era a su vez el heredero Leidolf debía de ponerlos muy nerviosos. O quizá «nerviosos» no fuera la palabra adecuada.

Por fin, consiguieron llegar a la carretera, donde un monovolumen verde estaba aparcado delante de la casa de Víctor. Uno de sus escoltas, Reese o Eric, Lily no tenía ni idea de cuál de ellos era, les entregó las llaves. Lily hizo el gesto de cogerlas, pero Benedict fue más rápido.

—¿En serio crees que la única persona que no ha cambiado dos veces debe conducir?

—No.

Si Benedict todavía era capaz de adelantarse a ella a la hora de coger las llaves, Lily supuso que también estaba en condiciones de conducir.

—Quizá… —dijo Lily, y miró hacia la casa pensando en el AK-47 que se había quedado en la habitación, pero también en los pantalones.

—No —dijo Benedict de nuevo—. No vamos a volver para recoger nuestras cosas.

Lily no discutió.

Entró en el asiento trasero con Rule. Él le estrechó la mano y apoyó la cabeza en el asiento mientras el coche se ponía en marcha y las ruedas levantaban una gran polvareda.

—Estás bien —dijo Lily suavemente, pero también era una pregunta.

Rule lo entendió así, giró la cabeza y sonrió débilmente.

—Creo que sí. Las cosas todavía están un poco… agitadas aquí dentro. La rhej ha hecho que se crucen todos mis circuitos, así que el nuevo manto está asentándose dentro de mí, pero… bueno, me resulta difícil hablar ahora.

Lily le apretó la mano indicándole que las palabras no eran necesarias.

Benedict conducía muy rápido por aquella carretera llena de baches, demasiado para cualquiera que no fuera un lupus. A Lily le pareció bien y bajó la ventanilla para poder disparar a través de ella si fuera necesario. Estaba claro que había demasiado territorio que cubrir si a alguien se le ocurría atraparlos en una emboscada de última hora; y por cómo avanzaba la carretera, un solo grupo de lobos podía cerrarles el paso e impedirles salir. Apoyó el cañón del rifle en la ventanilla abierta.

—Voy a volver y arrestar a ese Brady una vez todos los demás vuelvan a ser humanos.

—No es necesario —dijo Cullen—. Es hombre muerto. —Sacudió la cabeza ligeramente—. Creo que estoy embriagado de energía. Si así es como fue el viento mágico del otro día…

—Este ha sido peor. Mucho peor. Y si ha sido así de malo en todas partes… —Lily pensó en el mundo exterior y soltó la mano de Rule justo cuando el coche llegaba a una carretera asfaltada. Los neumáticos chirriaron.

Quizá ahora podía guardar el rifle sin miedo a que los atacaran, y lo hizo. Después, sacó el móvil del bolsillo y llamó a Rubén. Tenía tres llamadas perdidas: sus padres, el popular «Desconocido» y Cynna.

—Brady no está muerto —señaló—. A pesar de todo lo que ha sucedido, no ha muerto nadie.

—Quiere decir que Rule lo matará —explicó Benedict.

—Eh… no. —Decidió llamar a Cynna primero y pulsó el botón de llamada. El teléfono sonó y sonó, pero no oyó ni la voz de Cynna ni el aviso del buzón de voz. Lily frunció el ceño, comprobó que tenía cobertura y después llamó a su propio buzón de voz—. Se supone que estáis haciendo esfuerzos por integraros en el mundo de los humanos, ¿recordáis? Ir por ahí matando a la gente que os cabrea no es la mejor forma de hacerlo. —Lily pasó rápidamente los dos primeros mensajes.

—Lily. —Rule apoyó una mano en su hombro—. Lo siento, pero tienen razón. Brady debe morir.

Lily se volvió hacia Rule con una mirada de sorpresa, pero entonces empezó el mensaje de Cynna y su voz se oía jadeante y llena de pánico. Lily prestó atención a las palabras inconexas y poco a poco el horror fue acumulándose en su estómago.

—Benedict —dijo y no pudo comprender por qué su voz sonaba tan tranquila—. ¿Tienes el tanque lleno de gasolina? —Sí.

—Entonces pisa el acelerador. A fondo. Tenemos que llegar a Washington cuanto antes. Yo… conseguiré que nos escolte alguien. —Sí, una escolta, un coche patrulla con sus luces brillantes abriéndoles camino, lo necesitaban. Se volvió hacia Rule y le cogió la mano—. Jiri ha atacado la casa. Toby está en el hospital.

El Mundo de los Lupi 03 - Líneas de sangre
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