Capítulo 1

9.25 p. m. 19 de diciembre (Hora local)

2.52 a. m. 20 de diciembre (Greenwich)

El concierto del Mesías de Haendel ofrecido por la Sinfónica Nacional había comenzado a las ocho y media, así que el coro estaba en pleno «Aleluya» cuando el tenor principal se convirtió en lobo.

Hasta entonces Lily Yu había estado disfrutando de la velada. No había creído que podría hacerlo, no después de haber recibido las últimas noticias sobre la investigación. Y antes que eso incluso, había surgido el problema de la ropa. A Lily le gustaba la ropa. Tenía un buen número de prendas en su armario, la mayoría de ellas chaquetas para el trabajo y cosas por el estilo, pero también se había traído a Washington sus pocos vestidos de gala. La misión lo requería. Así que se había puesto su vestido de seda negra favorito, y si ya lo había lucido en otras cuatro ocasiones, ¿qué importaba? No podías equivocarte con el negro, especialmente cuando el vestido parecía hecho a medida para ella.

Y así había sido. Su prima Lynn estaba intentando montar un negocio de modas.

Pero no tenía un abrigo. Concretamente un abrigo adecuado, de vestir. Justo al día siguiente de que el tren de aterrizaje de su avión tocara tierra en el aeropuerto internacional Reagan, Lily se había comprado una parka, pero no podía ponerse eso con un vestido de seda.

Lily estaba en Washington D. C. de forma temporal. Durante el día participaba en una versión más especializada del típico entrenamiento del FBI cerca de Quántico, y por la noche acudía a fiestas. Las fiestas eran por trabajo, no por diversión. Ahora era una agente del FBI, formaba parte de la secreta Unidad 12 dentro de la División de Crímenes Mágicos, pero en la actualidad la habían prestado al Servicio Secreto. El caso que tenían entre manos iba más allá de las competencias de esa agencia: un congresista había recibido una oferta para pactar con un demonio.

Y había denunciado el hecho. El Servicio Secreto estaba bastante seguro de que había otros políticos en su misma situación que no lo habían hecho.

Estaba claro que la agencia necesitaba saber si otros habitantes del Congreso y demás burócratas situados en altos cargos habían firmado con sangre sobre la línea de puntos, pero Lily odiaba el papel que le habían otorgado en aquella investigación, sobre todo porque no le estaba permitido investigar en serio. Ni le habían informado de nada. El Servicio Secreto se tomaba demasiado en serio la segunda palabra de su nombre y la mayoría de ellos no confiaban en la Unidad.

Mucha gente se sentía así respecto a la magia, por supuesto. Por esa razón Lily había mantenido en secreto su propio don durante mucho tiempo.

Lily era una empata al contacto, uno de los dones más raros. La magia no le afectaba, sin embargo, podía sentirla en su piel, podía identificar el tipo y, a veces, incluso la fuente. Durante años los empatas habían sido utilizados para descubrir a las personas con dones y a los miembros de la Estirpe que se hacían pasar por personas normales. Se suponía que la época de la persecución ya había pasado, pero los prejuicios no se habían evaporado con la derogación de las sanciones oficiales.

Lily nunca había delatado a nadie. Punto. El trabajo que estaba haciendo para el Servicio Secreto se acercaba mucho a eso, pero existía una pequeña diferencia entre hacer tratos con los demonios y practicar el arte o volverse peludo una vez al mes. Lily veía la diferencia. Además, los mandamases no querían que la prensa se oliera nada de lo que transcurría en aquella investigación y ella tenía una coartada de lo más elegante para justificar sus continuas fiestas: Rule pasaba mucho tiempo en Washington buscando apoyos para su gente. Su causa actual, o más bien la de su padre, era el Proyecto de Ley para la Ciudadanía de las Especies, un proyecto que ya habían echado atrás algunos comités, pero que seguía vivo.

Así que Lily estrechó manos, sonrió y encontró a un asesor, a un diputado y a un burócrata con un cargo muy alto en cuya carne percibió cierto toque a naranja. Los tres fueron interrogados, y aunque ella no había formado parte de esas entrevistas, parecía que estaban a punto de encontrar a quien fuera que había traído al demonio hasta allí para ofrecer esos tratos.

Aquella misma tarde Lily había sido informada de que el caso estaba cerrado. El sospechoso había confesado suicidándose. Incluso había tenido la consideración de dejar una nota, así que parecía que Lily podría volar de vuelta a casa para Navidad.

Eso debería haberla puesto contenta. Era una pena que muy pocas veces Lily sintiera lo que se suponía que debía sentir.

Volver a casa era volver a San Diego, donde el clima tenía sentido. En San Diego, el agua no se solidificaba a no ser que la pusieras en el congelador. Tampoco caía del cielo a menudo y mucho menos en forma de perdigones helados, que era justo lo que había sucedido la noche anterior.

Aquello había sido una verdadera sorpresa. Lily siempre había pensado en Virginia como en un lugar caluroso.

La noche anterior, nada más regresar de Quántico, Lily había descubierto un abrigo extendido sobre su cama. Un abrigo largo, negro, fabricado en una mezcla suntuosa de lana, seda y cachemir. Un abrigo extravagantemente caro y lujoso con un torcido y barato lazo rojo que decoraba el cuello… y un gordo gato naranja sentado encima jugando con él.

Se llevó inmediatamente a Harry el Sucio, para gran fastidio del animal.

Harry era una de las extravagancias de Rule. No sabían cuánto tiempo iban a estar en Washington, así que Rule había insistido en pagar un billete de avión para el gato. Lo gracioso era que él y Harry ni siquiera se llevaban bien, pero Rule consideraba que Harry formaba parte de la familia de Lily. Así que Harry había volado con ellos en primera clase, aunque el animal no había tenido la oportunidad de apreciar el honor. Había volado dentro de su transportín, por supuesto, y sedado, para su tranquilidad y la de Lily y Rule.

—No he tenido tiempo de envolverlo —dijo Rule mientras entraba en la habitación detrás de ella.

—Creía que habíamos quedado en que nos daríamos los regalos en Navidad, no antes. —Lily intentó sonar severa, pero el cariño con el que acariciaba el abrigo restó efecto a sus palabras.

La boca de Rule hizo un gesto nervioso.

—No podía esperar más. Perdóname. No es que me importe ver cómo tiemblas y tiritas y te quejas del clima todo el rato. Ya me he acostumbrado, además, tus labios son realmente atractivos cuando se vuelven azules. Pero sé cómo odias el despilfarro, y ya que parece que estaremos de vuelta en California para el gran día…

Lily hizo un gesto de fastidio e interrumpió a Rule con un beso. Después le entregó las entradas para el acontecimiento de aquella noche: el regalo de Navidad de Lily para Rule, antes de tiempo, claro, por lo que ella ya no podía seguir quejándose de que Rule no hubiera respetado lo que habían acordado respecto a los regalos.

En realidad Lily no tenía ganas de quejarse. Era un abrigo fabuloso.

Y el abrigo fabuloso le cubría los hombros a las diez menos diez de la noche, cuando el coro atacó las notas finales del «Aleluya». Miró al hombre que se sentaba a su lado.

Era un auténtico placer mirarlo. Lily ya se estaba acostumbrando. Ella se había arreglado mucho y estaba muy guapa, pero Rule Turner enfundado en un esmoquin hacía que las cabezas se volvieran para verlo pasar. No era por algo concreto, pensó Lily. Los rasgos de Rule eran impactantes, pero imperfectos: los labios eran una delgada línea, la nariz estaba un poco torcida, igual que su sonrisa. Las mejillas marcadas iban a juego con el ángulo en el que se inclinaban sus cejas encima de esos ojos tan oscuros como su cabello.

En aquel momento, Rule estaba absolutamente inmóvil, con la cabeza inclinada ligeramente y todo su ser concentrado en la música.

Ah, bien. Bien.

La magia que hacía que los lupi sanaran a gran velocidad era especialmente fuerte en Rule. Se había recuperado con rapidez de la operación que lo había remendado después de que un demonio lo destrozara, pero había algo en su interior que no se había curado todavía. Guardaba silencio durante demasiado tiempo y tardaba demasiado en sonreír.

¿Estaba afligido? ¿Echaba de menos… a la otra Lily? ¿Aquella que se había marchado, pero que seguía allí con ellos?

La voz de los cantantes la atravesó: la letra afirmaba que no existía la pérdida; que la muerte, como sostenían los budistas, era una ilusión. Lily deseó dejarse llevar e ir a donde la música quería llevarla, pero aquel no era el estilo de música que iba con ella.

Pero sí era el de Rule.

Él le había contado que su gente era amante de la música, pero eso era como decir que los téjanos aman el fútbol americano o que a los gatos les va el atún. Lily había descubierto que casi todos los lupi tocaban al menos un instrumento y todos ellos cantaban. Y una entonación perfecta era más la norma que la excepción.

Por eso estaban allí, por eso Lily había comprado esas entradas. No había visto a Rule así de concentrado fuera de la cama…

…desde que habían escuchado el canto de los dragones sentados en aquella roca.

Lily parpadeó. Euforia, dolor, un pellizco de envidia; aquellos sentimientos mezclados la atravesaron a medida que el recuerdo se apagaba. Nunca podía aferrarse a esos recuerdos, esos susurros de su otro yo. Como las semillas de un diente de león, a veces los recuerdos flotaban en su mente, como si se burlaran de ella al invocar una vida que aunque era suya, no lo era.

Allí y ahora, casi podía evocar el sonido del cantar de los dragones. Casi.

Se sobresaltó.

La magia se arrastró y chisporroteó por cada milímetro de su piel expuesta, una ola de pura energía; como si alguien hubiera abierto una puerta y hubiera dejado entrar una corriente de aire invisible. Se le aceleró el corazón y contuvo la respiración; y la magia cosquilleó en su garganta cuando entró en ella a la vez que el aire. Algo que no le había ocurrido nunca.

Y desapareció, un torbellino de magia que había llegado y había pasado. Se volvió para contárselo a Rule.

Sus ojos se habían vuelto negros. No solamente oscuros, sino completamente negros, sin blanco alrededor del iris. La bestia lo dominaba. Se le marcaba el músculo de la mandíbula y sus manos se agarraban a los reposabrazos de la butaca con tanta fuerza que parecía un milagro que no los hubiera partido en dos.

—¿Estás bien? —susurró preocupada.

El la miró con esos ojos ciegos y negros.

—Dame un minuto —se las arregló a decir a través de los dientes apretados.

Alguien gritó. Por un segundo Lily creyó que era por Rule, pero un segundo grito se oyó por encima del primero, y provenía del escenario.

Lily miró justo a tiempo para ver los últimos instantes del cambio.

Probablemente nadie más en el público tenía idea de lo que estaba presenciando. Era imposible de describir, una hendidura cambiante en la realidad donde las formas parecían desvanecerse de un lado y reaparecer por otro como en una banda de Moebius pasada a toda velocidad.

Pero Lily ya lo había visto antes. Sabía lo que estaba ocurriendo. Estaba a punto de aparecer un hombre lobo sobre el escenario; y si estaba en lo cierto, el lobo iba a estar confuso y asustado. No era bueno mezclar eso con un montón de humanos confusos y asustados.

Lupus, se recordó a sí misma mientras se levantaba y pasaba por delante de las personas que ocupaban su fila. No hombre lobo. Hoy en día había que llamarlos lupi, en plural, o lupus, en singular.

—Policía —dijo Lily a un hombre fornido que se había levantado para ver lo que estaba ocurriendo—. Siéntese.

El hombre se sentó. Lily llegó hasta el pasillo. En el escenario se había desatado el caos: cantantes que se pisaban unos a otros mientras trataban de escapar, músicos que huían. El director no se había movido. Estaba gritando a todo el mundo, aunque no en inglés.

Lily miró brevemente a Rule. No se había movido. Lily dedujo que el cambio estaba siendo muy intenso y que si la concentración se le escapaba durante un solo segundo, Rule perdería la batalla. Entonces tendrían a dos lobos asustando a la gente.

Lily no llevaba su arma encima. Una funda sobaquera no era exactamente el accesorio adecuado para una velada en el Kennedy Center, así que la había dejado en el coche, maldita sea.

De todas maneras, aquel no era un problema que pudiera resolverse con un arma. Corrió por el pasillo hasta el escenario. El resto del público se estaba levantado. Pronto la confusión se convertiría en pánico y la turba colapsaría las salidas.

—¡Policía! —Gritó esta vez—. Permanezcan sentados, tranquilícense. No hay ningún peligro. —Por lo menos no había foso para la orquesta. Pudo subir directamente al escenario mediante un procedimiento muy poco elegante cuando se realiza con una falda corta, pero no podía evitarlo.

El coro estaba colocado en unas gradas detrás de la orquesta. La mayor parte de ellas estaban vacías ya. Una mujer yacía en el suelo al final de la última fila, gimiendo.

Pero la zona que rodeaba al lobo se había vaciado en un instante. Estaba al pie de las gradas, un animal grande, pero más pequeño que Rule en su forma de lobo. Pelaje rojizo. El lomo erizado. Mostraba los dientes.

El director no dejaba de gritarle.

—Idiota —murmuró Lily por lo bajo mientras se acercaba a él y lo agarraba del hombro—. Cállese.

El director se volvió, con los ojos abiertos de par en par y la boca formando una «o» de sorpresa.

—Está gritando a un lobo. No creo que le guste mucho. —Aunque había un hombre dentro del pelaje y los gruñidos, ahora mismo era el lobo el que tenía el control.

—¡Pero ha arruinado el concierto! ¡Lo ha echado todo a perder!

—No es culpa suya. ¿Cómo se llama?

—¿Qué? ¿Su nombre? ¿Por qué?

—Usted solo dígame su nombre.

—Paul. Paul Chernowich.

—Muy bien. Tiene a su gente corriendo por ahí asustada y un herido. —Señaló a la mujer que yacía en el suelo—. Necesita ayuda médica. Usted. —Se volvió hacia una mujer solitaria que permanecía de pie observando al lobo con la mandíbula desencajada, al parecer demasiado impactada como para huir. Era joven, de pelo oscuro y por lo menos era medio asiática. Sostenía el violín con una mano y el arco con la otra—. Toque algo.

La mujer se volvió hacia ella.

—¿Que qué?

—Que toque algo. Lo que sea. Hará que la gente se tranquilice. —Tenía la esperanza de que el lobo también—. Los lupi no atacan a las mujeres —añadió—. Está a salvo.

La mujer miró al lobo, luego a la muchedumbre y luego de vuelta a Lily; sus ojos revelaron que lo había comprendido. Sus labios se inclinaron hacia arriba en una sonrisa.

—Como si fuera la solista —murmuró—. ¿Por qué no? —La mujer se situó en la parte delantera del escenario, se colocó el violín bajo el mentón, suspendió el arco en el aire para darle algo de dramatismo al momento y empezó a tocar.

Las suaves notas de una sonata de Bach surgieron del violín.

Lily se encaró con el lobo. El animal miraba a su alrededor con el lomo todavía erizado, pero ya no gruñía. Bien. Lily se preguntaba por qué el lobo no se había limitado a salir corriendo. ¿No habría sido lo más natural?

—Paul. —Lily habló con firmeza, sin elevar la voz. Él podía oírla—. Estás disgustado. No sabes qué ha ocurrido, ¿verdad?

El lobo la miró y luego desvió los ojos para examinar el área.

¿Qué estaba buscando? Quizá a quien fuera que le había hecho aquello.

—No sé qué es lo que te ha obligado a cambiar, pero no existe ninguna amenaza inmediata. —Lily dio un paso hacia el lobo. ¿Dónde estaba Rule? ¿Seguiría aún luchando contra el cambio? —No nos conocemos, pero seguro que has oído hablar de mí. Soy Lily Yu, la elegida de Rule. Rule Turner de los Nokolai.

El lobo la miró directamente y gruñó.

—De acuerdo, quizá no seas Nokolai. Pero nunca harías daño a una elegida. —Lo dijo con firmeza, aunque la visión de todos aquellos dientes, sin mencionar la cabeza agachada y el lomo erizado hacían que su corazón latiera con fuerza. Se sacó el pequeño talismán que colgaba de su cuello—. Tú sabes lo que es esto. Vuestra Dama…

Se oyó un disparo. Lily se volvió mientras automáticamente se llevaba la mano al lugar del arma que no llevaba.

Un agente de policía uniformado estaba de pie en medio del pasillo, con las piernas abiertas y el arma en la mano.

El lobo pasó al lado de Lily tan rápido que apenas pudo verlo, directo hacia el idiota del arma.

Pero Rule se interpuso en su camino.

Lily no sabría decir de dónde había salido. Parecía que había caído del cielo. Y caminaba sobre dos piernas, maldita sea, ¡no estaba en condiciones de jugar a aplacar a un lobo de casi cien kilos! El hombre lobo rodó por el suelo para ir a parar al borde del escenario con Rule justo debajo de él. Las mandíbulas del lobo se abrieron dispuestas a destrozar la garganta de Rule…

Que él ofreció sin resistencia alguna al inclinar la cabeza hacia atrás. Alguien gritó.

Quizá esta vez fuera la misma Lily.

El lobo se quedó inmóvil. Sus fauces estaban sobre el cuello de Rule, pero no se movía. Tras una pausa terrible, el lobo se retiró. Olisqueó el mentón de Rule y su pecho, y luego lo miró a la cara. Lily habría jurado que el lobo parecía desconfiar.

Ni culpa, ne defensia —dijo Rule.

Lentamente el lobo dio un paso atrás y permitió que Rule se levantara.

La respiración de Lily se estremeció. La violinista pasó de una sonata a otra, aminorando el ritmo y deslizándose de un allegro a un adagio. Y la música cubrió el escenario y el patio de butacas como la espuma de una ola que se retira.

Y el imbécil uniformado que tenía el arma en la mano, volvió a apuntar.

El Mundo de los Lupi 03 - Líneas de sangre
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