Capítulo 25

La cocina olía a cebolla, perejil, pimientos y gente… gente que Rule conocía y quería, gente que importaba. Lily cortaba las patatas que había pelado antes; Benedict estaba apoyado en la pared cerca de la puerta, observando; Toby leía sentado en la mesa redonda. La lluvia caía como había estado cayendo toda la noche, a ratos.

Rule estaba contento.

—¿Cómo has dicho que se llama este plato? —preguntó Lily.

—Una frittata. —Rule miró por encima de un hombro. Lily había insistido en que él le enseñara a cocinar algunos platos básicos. No era que hubiera desarrollado un interés repentino por la cocina, sino que se ponía un poco nerviosa si era Rule el que hacía todo el trabajo.

En aquel momento estaba cortando patatas… lentamente. La preparación de un plato llevaba más tiempo cuando Lily ayudaba que cuando no lo hacía, aunque Rule tenía la esperanza de que su alumna aprendería con rapidez.

—¿Quieres que te preste la regla de medir? —preguntó Rule educadamente mientras batía unos huevos.

—Eso es sarcasmo —observó Lily sin levantar la mirada y le enseñó otro trozo de patata cuidadosamente cortado—. Has dicho que querías trocitos de medio centímetro.

—No pasa nada si te pasas unos milímetros.

Toby dejó de leer su libro.

—¿Ya está?

—No. Pero puedes cortar el pan, si quieres, las dos hogazas redondas que hay en la despensa.

—Pero yo…

—Toby.

El niño suspiró pesadamente, le dio la vuelta al libro y se dirigió a la despensa.

La contribución de Lily al número de familiares de visita en aquella casa estaba en la sala de estar. Lily había dicho que si se le pedía, Li Qin ayudaría encantada, pero nunca jamás se le ocurriría ofrecerse. Preguntar si podía ayudar era de mala educación, porque implicaba que sus anfitriones no sabían cómo manejarse en la cocina sin ella. Y, por supuesto, Lucy no había tenido la necesidad de explicar que su abuela era incapaz de ayudar. Madame Yu podía hacerse cargo de la situación y ponerse a dar órdenes, pero no estaría dispuesta a ser un mero pinche.

Aquella noche, las dos mujeres se habían ido a la cama pronto para poder madrugar. Li Qin había bajado a la cocina a preparar un poco de té y había pedido a Lily que acudiera a atender a su abuela. Rule no había estado presente en aquella conversación, pero dio por sentado que Lily se lo había contado todo a madame Yu.

El intercambio no había sido mutuo. Madame Yu deseaba un público más concurrido para dar sus explicaciones, fueran cuales fueran.

Lily pasó a Rule la tabla de cortar, donde se apilaban ordenadamente los cubitos de patata recién cortados.

—¿Estás seguro de que puede hacer eso? —Preguntó en voz baja—. Todavía no tiene esa super capacidad de curación que tenéis los adultos.

—No te preocupes. El cuchillo del pan tiene el filo serrado y va a serrar, no a cortar. Hay que prestar muy poca atención para serrarte un dedo.

—Si tú lo dices. —Lily se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y miró a Toby preocupada, por si veía sangre por algún lado—. ¿Y ahora qué?

—Podrías rallar un poco de queso.

—¿Cuánto?

Rule no tenía ni idea. Cocinaba a ojo, guiándose por su experiencia. Pero Lily necesitaba medirlo y pesarlo todo porque si no, no sabía si lo estaba haciendo bien o mal. Así que Rule le dio una cifra que sonó bastante segura:

—Tres tazas.

—Muy bien. —Y se dirigió a la nevera.

Rule cogió las patatas, encendió el fuego bajo una sartén y añadió una saludable porción de mantequilla. Miró a Lily por el simple placer de poder hacerlo y el deseo lo atravesó.

Ah, maldito lobo aguafiestas.

Rule había comenzado con su penitencia aquella misma mañana a las seis. Su intención había sido pasar como lobo solo diez minutos. Eso lo haría mucho más difícil y no solo por la tensión de la magia. Los lobos no utilizaban relojes. Para ellos, el tiempo era siempre el presente. Así que Rule fijó en su mente la imagen de un reloj que mostraba las seis y diez y se recordó cuáles eran los deseos de la Dama.

El cambio le dolió. Siempre dolía, pero era peor cuando no estaba en contacto con la tierra. Rule había decidido cambiar en el dormitorio, en la segunda planta, donde podía tener el reloj a la vista. Y a Lily. En su forma de lobo Rule se había tumbado en el suelo y había observado cómo dormía Lily. E incluso cuando la había mirado, aspirando su aroma y el suyo propio, había sentido el dolor de la pérdida.

Lobo tonto. Rule vertió las patatas en la sartén caliente. La Lily que había estado con él en Dis era la misma que estaba allí ahora. Vivía en esta Lily… aunque ella no pudiera recordarlo. No sabía cómo era el cielo en Dis, ni había oído la belleza del canto de los dragones, y desconocía lo que había hecho la primera vez que se había despertado en aquel lugar terrible, desnuda, asustada, sin memoria y sola… excepto por un demonio y un lobo.

Lily se había acercado a él y había hundido los dedos en su pelaje. Ella lo había reconocido. En un momento en el que no podía conocerse ni a ella misma, Lily lo había conocido a él.

Rule meneó la cabeza y cogió una cebolla y un cuchillo. El lobo no lo entendía, pero él no era solo un lobo. Rule podía recordar por los dos; y Lily estaba allí, allí mismo a su lado. No la había perdido.

Rule empezó a cortar la cebolla moviendo el cuchillo mucho más rápido que Lily.

Abrió el horno. El calor salió y se le pegó a la cara.

Rule se quedó inmóvil. Después, lentamente, introdujo la bandeja en el horno. Se irguió, cerró la puerta y puso en marcha el reloj.

Había ocurrido otra vez.

—Ya he cortado todo el pan —anunció Toby.

Rule consiguió componer una sonrisa y se volvió.

—Muy bien. —¿Lily había ayudado al niño? Rule miró a su compañera, que estaba poniendo la mesa. Pero quizá antes había echado una mano a Toby. Los pedazos de pan eran antinaturalmente iguales.

Rule no lo sabía. Al parecer había terminado de preparar la fríttata, pero no lo recordaba. Sería mejor no hacer ningún comentario sobre el pan… o Lily descubriría lo que había ocurrido.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que no iba a contárselo a Lily. Esta vez no.

Sonó el timbre de la puerta.

—Ya voy yo.

Benedict se separó de la pared. Rule le lanzó una mirada airada que recibió como única respuesta otra que no reflejaba emoción alguna. Rule no iba a abrir la puerta sin llevar escolta, al igual que no iba a comer ni dormir ni ir al baño solo.

La enorme y silenciosa sombra de su hermano mayor lo siguió por el comedor. Rule hizo todo lo que pudo por ignorarlo.

No podía haber perdido mucho tiempo. Recordaba haber cortado la cebolla, así que después habría sido el turno del pimiento verde. Cinco minutos. Cuando las patatas hubieran terminado de dorarse, él…

—Tu comida tarda mucho —anunció Li Lei Yu desde lo alto de su trono temporal en la sala de estar, un sillón que podía haber acomodado a dos mujeres como ella. Se había vestido con ropa estilo occidental: pantalones de vestir negros y una seria blusa color dorado abotonada hasta el cuello. Todo de seda.

—He tenido ayuda.

Li Qin alzó la mirada de la revista que estaba leyendo y sonrió. Harry estaba despatarrado sobre su regazo, ronroneando.

—Buenos días otra vez.

Benedict saludó con un breve gesto de cabeza. Rule sonrió también. Era inevitable sonreírle a Li Qin. Incluso al maldito gato le gustaba.

—Perdónenme un momento, señoras. Tengo que ir a abrir la puerta.

—Tu hermano abrirá la puerta. Para eso va armado hasta los dientes —dijo madame Yu, y para sorpresa de Rule, la mujer se deslizó del sillón y se levantó—. Tú te quedas aquí conmigo.

Rule mantuvo el tono de su voz bien bajo.

—Madame, sabe que la adoro, pero a veces me gustaría saber por qué.

—Ah, y a veo que no te gusta… ¿Cómo se dice?… Que te den órdenes. —Li Lei sonrió. Era extraño porque no solía hacerlo a menudo. Durante unos segundos, una mujer más joven asomó en sus ojos—. A mí tampoco me gusta. Pero yo soy muy mayor, así que creo que me lo consentirás.

—Creo que mucha gente le ha consentido muchas cosas a lo largo de los años. —Pero Rule hizo un gesto a Benedict y, mientras su hermano mayor iba a abrir la puerta, él se quedó con la anciana. Arqueó las cejas: Aquí estoy. ¿Y ahora qué?

Li Lei ya no sonreía, pero tampoco lucía esa máscara impenetrable que tanto le gustaba componer. Con un aire solemne y lleno de seguridad, madame Yu alargó los brazos y tocó las mejillas de Rule con ambas manos.

—¡Li Lei!

La asombrada exclamación de Li Qin hizo que Rule volviera la cabeza. La mujer había dejado caer la revista y parecía preocupada.

—Calla —dijo madame Yu, pero su voz era amable. Firmemente obligó a Rule a volver a mirarla.

Rule frunció el ceño.

—¿Qué se trae entre manos?

—No voy a hacerte daño. —Los ojos de Li Lei eran de ese extraordinario marrón oscuro que parecía negro, y lo blanco era casi invisible. Rule miró esa oscuridad fascinado.

Las palmas de las manos de Li Lei se volvieron cálidas. Muy cálidas. Rule oyó la voz de Cullen y la de Cynna y el timbre del horno. Nada de eso parecía importar ya. Estaba flotando…

Li Lei dejó caer las manos. Rule parpadeó.

—Madame. —La voz de Li Qin sonó como un reproche.

—¿Qué ha hecho? —quiso saber Cullen. Estaba muy cerca, mirando fijamente a las dos mujeres. Cynna estaba a su lado, con el ceño fruncido.

—No puedo arreglarlo. —La voz de Li Lei sonó como siempre, pero por debajo se percibía cierta tristeza.

Rule sacudió la cabeza en un intento de deshacerse de la sensación dejada por lo que fuera que Li Lei le había hecho… pero no consiguió librarse de la ira. En cierta manera, madame Yu se había impuesto sobre él y eso no le gustaba nada.

—Si está hablando del veneno del demonio, tampoco han podido hacer nada ni una sacerdotisa wiccan ni un arzobispo católico.

—Obispos, monjes, sacerdotisas… ¡bah! Son buenos para hacer preguntas, pero cuando hay que pasar a la práctica no sirven para nada. —Con ese misterioso comentario, Li Lei volvió a sentarse en su sillón—. Puedes presentarme a tus amigos. A Cullen, lo conozco. A ella, sin embargo…

Para asombro de todos, Li Qin la interrumpió.

—Has arriesgado demasiado…

La anciana se encogió de hombros brevemente.

—Algunos secretos no pueden seguir siendo secretos durante mucho tiempo.

—No me refería a eso.

—Quiero saber qué es lo que le ha hecho —dijo Cullen—. Y qué ha intentado hacer.

—Yo también —dijo Lily desde el umbral con el rostro pálido. Rule no sabía qué era lo que había retirado el color de su cara, si la ira o el miedo.

Madame Yu arqueó las cejas de forma imperiosa.

—No siempre obtenemos lo que queremos.

Li Qin entrelazó las manos en su regazo y volvió a sentarse plácidamente.

—Lo siento. Con mi preocupación no he traído más que confusión. El peligro no era para Rule, sino para madame. Ha intentado…

—Li Qin —le reprochó la abuela.

—…absorber el veneno en su cuerpo —terminó Li Qin sin sentirse coartada por la mirada de madame Yu—. A veces se cree indestructible.

—¡Bah! —Madame Yu se levantó—. Tengo hambre. Vamos a comer.

Li Lei Yu no se permitía caer en sentimentalismos demasiado a menudo, pero al mirar a las personas que estaban sentadas en aquella mesa, se ablandó un poco. Su nieta y tocaya había conseguido reunir a su alrededor a una interesante familia.

Rule Turner estaba sentado a la cabecera de la mesa, como debía ser. Todavía no había superado del todo su ira, por supuesto. De un lobo enjaulado… o de un hombre fuerte, tan solo podía esperarse que enseñara los dientes a la primera de cambio. La jaula en la que se encontraba ahora nada tenía que ver con Li Lei, pero ella había anulado su voluntad durante unos segundos; y aunque la intención hubiera sido buena, Rule no la había perdonado todavía.

Li Lei lo comprendía. Había que ser fuerte para comprender a los fuertes.

A madame Yu le gustaba Rule Turner. A su nuera no. Al expresar su disgusto por la elección de Lily, Julia Yu había tenido el sentido común de no criticar la habilidad de Rule de convertirse en un lobo. Al fin y al cabo, lo de cambiar de forma no era un defecto a los ojos de Li Lei. Lo que más molestaba a Julia Yu era que Rule Turner no fuera chino.

Julia tendía a pensar de forma superficial. Li Lei le había explicado que si hubiera querido que sus hijos y nietos se casaran con chinos no se habría marchado nunca de China.

Cullen Seabourne levantó la mirada de su plato, que había vaciado, sospechaba Li Lei, sin enterarse de lo que estaba comiendo. Vio que ella lo miraba y le guiñó un ojo.

Descarado. Li Lei meneó la cabeza, pero Cullen sabía que ella no se había ofendido. Madame Yu siempre tenía un hueco en su corazón para un rebelde tan guapo como él. ¿Qué mujer no lo tenía? Pero no dejaba que eso la cegara. Cullen era un hombre peligroso: poseía poder y obsesión; y aunque gracias a eso había sobrevivido todos aquellos años como lobo solitario, también había creado profundas grietas en él.

A Li Lei le gustaba mucho Cullen Seabourne. La mujer comió un poco más de la frittata, que estaba excelente. Se alegraba de que el amante de su nieta fuera tan buen cocinero y le estuviera enseñando a cocinar. Julia había fracasado estrepitosamente.

A ambos lados de Cullen se sentaban dos hombres que Li Lei no conocía. Guardaespaldas lupus. Comían rápidamente, se levantaban y dos más ocupaban su lugar; y así se relevaban para comer. Li Lei creía que era muy sensato por parte de Rule dejar que los guardaespaldas hicieran su trabajo, aunque sabía que aquello era parte de la jaula en la que él se sentía atrapado.

En aquel momento, Rule Turner era más peligroso que su amigo el hechicero, porque él mismo estaba en peligro. Li Lei deseó que su intento de ayudarlo no hubiera fallado.

Frunció el ceño. Li Qin no tenía que haber hablado como lo había hecho. El peligro no había sido tan grande. El cuerpo de Li Lei se habría desecho del veneno inmediatamente. Con toda probabilidad.

Por supuesto, Li Qin no aprobaba la manera con la que Li Lei había utilizado su mirada. Habían pasado muchos años desde la última vez que lo había hecho, por lo menos con tanta intensidad. Pero no lamentaba haber recurrido a ella en el caso de Rule. ¿Por qué pedir un permiso que sabes que te va a ser negado? Rule Turner no habría aceptado que Li Lei absorbiera el veneno en su cuerpo.

A la derecha de Rule, su hermano guerrero comía con fruición y de forma eficiente. Li Lei respetaba mucho a Benedict. Se había forjado en la tragedia y había conseguido la pureza de un arma. Ella desconocía qué le había ocurrido a Benedict y uno no se dedica a husmear en las heridas dolorosas de un hombre a quien respeta; pero Li Lei podía reconocer las consecuencias de una desgracia.

Li Lei conocía la tragedia. Y la supervivencia.

Benedict se volvió para sonreír a Toby, que estaba sentado al otro lado de la mesa. Li Lei sintió que el corazón se le llenaba de calidez. Los niños eran el mayor regalo de la vida. No eran, como solía decir la gente estúpida, la esperanza del futuro. Era cierto que el futuro estaba depositado en ellos, aunque no era tan importante y no era más que el don que les había otorgado el Creador, uno que no podían compartir. Ni tampoco era el hecho de que ofrecieran su amor con tanta sencillez lo que los hacía preciosos: como ocurría con muchos dulces, eso era un placer agradable, pero pasajero. La verdadera bendición de los niños era la manera en la que hacían que los corazones doloridos o entumecidos se abrieran a ellos.

Toby era un niño que brillaba. Decía mucho de Rule Turner como padre que su hijo fuera cortés pero a la vez curioso, y que estuviera cargado de buenas intenciones aunque en su mayor medida no llegaran a realizarse.

Li Lei sintió un pinchazo de dolor. Echaba de menos a su propio hijo. La pasión de Edward por lo ordinario había supuesto una gran frustración, e incluso había llegado a ser una decepción en algunas ocasiones; pero ella entendía que ese sentimiento nacía de la decepción del propio Edward. La magia de la sangre de Li Lei había pasado de largo en el caso de su hijo y se había asentado en su nieta mediana.

Que estaba sentada al lado de Rule Turner haciendo un trabajo excelente escondiendo su miedo. Lily había comido muy poco, pero aparte de eso lo estaba llevando bastante bien.

Lily no había pedido a su abuela que ayudara al hombre que amaba. No había revoloteado a su alrededor ni siquiera después de que el mal juicio de Li Qin la hubiera empujado a hacer la revelación. No era propio de Lily revolotear alrededor de nadie. No había pronunciado ni reproches ni preguntas, y eso decía mucho de ella. Lily simplemente había besado a su abuela en una mejilla y la había mirado a los ojos.

Dar las gracias de viva voz estaba muy bien, pero Li Lei prefería los agradecimientos que no se pronunciaban. Estaba muy orgullosa de su nieta. Si el miedo era tan grande, entonces… Ah, bueno. Una vida sin miedo era el truco más difícil del repertorio.

La mirada de Li Lei recayó en la última persona sentada a la mesa. Cynna Weaver ocupaba la silla en el extremo opuesto de Rule, lo que no resultaba muy apropiado; pero Lily necesitaba estar cerca de su lupus. El pelo de Cynna era absurdo: una melena excesivamente corta cuyos mechones salían disparados en todas direcciones sin gracia ni belleza, y que parecía haber teñido con lejía. Su piel era extraordinaria. Hermosa, incluso, si se observaba sin prejuicios. Cynna llevaba a la vista de todos la causa de su aislamiento… y eso hablaba de su gran fuerza, su gran ira o su gran dolor.

Aunque a veces podía darse todo junto. El acento y la ropa horrible de Cynna, un espantoso traje gris, delataban sus orígenes humildes. Li Lei no se lo tenía en cuenta, pero tampoco era de esas que decían que todas las personas eran iguales. Los pobres no eran iguales que los ricos, algo por lo que había que dar gracias a Dios, porque los ricos eran aburridos y sus almas y cerebros se habían vuelto estúpidos a causa de los privilegios. La pobreza tenía que ver con nacer pobre de espíritu más que con carecer de nobleza o dinero.

Lily le había contado que Cynna Weaver había ido con ella y Cullen a Dis para salvar a Rule. Lily confiaba en aquella mujer. Li Lei se reservaba su opinión, pero creía que, de todos los presentes, Cynna era la que más se parecía a Benedict.

Pero Benedict ya había superado el fuego de su desgracia y Cynna todavía ardía en él: todavía tendría que tomar muchas decisiones.

Cynna estaba tensa y preocupada, observaba a los demás o su propio plato y hablaba poco. Les había enseñado el nuevo tatuaje que había aparecido en su mano; obra, al parecer, de su antigua maestra. Ninguno de ellos, ni siquiera el hechicero, habían conseguido descifrar el significado de aquel diseño, pero Cynna estaba segura de que lo sabría una vez el hechizo se activara.

Li Lei se sentía extremadamente curiosa en cuanto a Cynna Weaver.

Muchas cosas de las que le había contado Lily le habían causado mucha impresión. Mientras sorbía el té, Li Lei pensó que incluso aquellas revelaciones habían supuesto un gran golpe para ella. Su nieta había estado en gran peligro, su alma se había dividido y la mitad de ella se había visto atrapada en un mundo extraño. Y Li Lei no había podido saberlo porque estaba en el otro extremo del mundo, buscando fantasmas.

Tendría que haberlo sabido; y lo sabía, desde luego: los fantasmas nunca servían para ayudar a nadie.

Bueno, su hijo la había llamado para informarle de los hechos más superficiales, las partes de la historia que eran de dominio público. Edward no era tan tonto como para esconderle a su madre ese tipo de cosas. Pero ni él ni Julia sabían exactamente qué había ocurrido: solo que Lily había resultado herida, que su don y su compañero habían desaparecido durante un tiempo… y que de alguna manera Lily había hecho que los dragones volvieran al mundo.

Li Lei sintió que la emoción la ahogaba y se quedó sin aliento durante unos segundos. Pero solo durante unos segundos. Habían cambiado tantas cosas…

Todavía seguían cambiando y cambiarían todavía más. Li Lei miró a Li Qin, que estaba sentada a su lado y de forma excepcional se dejó llevar por un impulso: alargó el brazo y estrechó la mano de su compañera.

Li Qin levantó la mirada sorprendida. Sus mejillas se sonrojaron levemente de placer. Miró a Li Lei con esa sonrisa dulce y serena.

El amor solía adoptar formas inesperadas. Aunque le había costado muchos años, Li Lei había aprendido a no despreciar ninguna de ellas. Asintió sin dejar de mirar a Li Qin y luego soltó su mano.

Era el momento.

—Ahora, hablaré.

El Mundo de los Lupi 03 - Líneas de sangre
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