Capítulo 11

—Pueden esperar. Tengo que hablarte de la reunión. —Lily sentía una gran presión en el pecho, como si una tormenta creciera en su interior y un torrente de palabras estuviera a punto de desbordarse. Sin embargo, Lily no sabía qué era lo que necesitaba decir. O preguntar.

Era algo que tenía que ver con el lobo…

Los ojos de Rule estaban serios y oscuros. Y aunque seguía en su forma humana y su rostro y el tono de su voz no reflejaran más que tranquilidad, Lily percibía el lado salvaje que bullía en el interior de Rule. Lily casi podía ver al lobo escondido en los huesos y los músculos, como un animal salvaje que acecha desde la espesura de los árboles.

¿Acaso Lily veía a Rule de forma diferente porque él había admitido que el lobo estaba cerca? ¿O algo había cambiado en su interior?

Las palabras de Rule fueron de lo más prosaicas.

—¿Cynna se lleva tu coche?

—El suyo está averiado y tiene que llegar a Nutley lo antes posible. —Aunque en aquel momento eso parecía menos urgente que lo que bullía en su pecho, Lily no sabía qué más tenía que decir. ¿Ayúdame? ¿Me he tragado las palabras y noto cómo crecen en mi interior?

—Cuéntame. —Rule estaba siendo tremendamente comprensivo, como si supiera que Lily sentía esa opresión en el pecho y quisiera que ella le hablara de eso en vez de los hechos.

Pero Lily solo contaba con los hechos.

—La ola de magia de la noche de ayer no fue un fenómeno local. Ha recorrido todo el mundo y ha causado todo tipo de problemas y acontecimientos extraños. Como ya he dicho antes, la Unidad no tiene efectivos suficientes para hacerse cargo de todo. Se vieron goblins en Missouri, duendes en Tennessee y quizá incluso haya un gólem en Vermont. Un autobús escolar ha desaparecido en Texas. Y, por supuesto, tenemos que perseguir a unos cuantos demonios.

—Por eso Cynna va a Nutley con un tipo al que ni siquiera conoce. No puede acompañarle nadie de la Unidad.

—Sí. Rubén ha creado una nueva unidad que se dedicará a buscar una explicación para lo ocurrido y pensar en las posibles consecuencias. Está convencido de que ocurrirá de nuevo y de que algo fundamental ha cambiado en el mundo.

Durante un largo instante Rule se quedó mirando a Lily, sus oscuras pestañas que miraban hacia abajo indicaban que estaba pensando. Finalmente dijo:

—¿Has comido ya?

¿Lily le estaba hablando de los desastres que asolaban el mundo y todo lo que quería saber él era si ella ya había almorzado?

—No tengo hambre.

—El proceso de curación quema un montón de calorías. Necesito comer aunque tú no quieras. Sigue hablando. Yo haré unos bocadillos. —Rule se acercó a la nevera y empezó a sacar todo tipo de ingredientes—. Con extra, extra, extra de pepinillos, ¿no?

—Vas a hacerme un bocadillo aunque yo no quiera, ¿verdad?

Rule sonrió y miró a Lily por encima de su hombro.

—Por supuesto.

Sin razón alguna aquella sonrisa hizo que la presa que contenía las palabras se rompiera dentro de Lily y habló:

—Echaba de menos los pepinillos.

Rule, por supuesto, se quedó mirándola sorprendido.

—No…yo. Mi otro yo, la que estuvo contigo en el infierno mientras tú estabas en forma de lobo. Creo… creo que está intentando decirme algo. O quizá… —Algo sobre el lobo—. Quizá necesite decirte algo a ti.

Rule se acercó a Lily y la rodeó con los brazos.

—Ella eres tú.

—Más o menos. —Misma alma, distintos recuerdos—. No consigo que las palabras lleguen a la superficie, pero siento que es importante. Si…

Sonó el timbre de la puerta.

—Ya voy yo.

—Lily…

—Ya voy yo —repitió ella. Y corrió a abrir la puerta.

Lily ya sentía la casa como suya. Sabía dónde estaban las cosas y podía caminar entre los muebles en la oscuridad. La mayor parte del tiempo se alegraba de estar allí en vez de en algún impersonal hotel lleno de gente. Y otras veces sentía que aquel lugar la asfixiaba.

Las habitaciones estaban abarrotadas de cosas. Cosas hermosas, por supuesto: un baúl de estilo jacobino en la entrada, una mesa de comedor cuya madera relucía bajo una araña de cristal, un par de sillas estilo reina Ana situadas en el salón enfrente de un lujoso sofá. Las paredes estaban decoradas con valiosos cuadros y las diferentes superficies estaban elegantemente arregladas con flores de seda, libros encuadernados en piel, candelabros y decenas de cosas de bronce o cristal.

A la madre de Lily le encantaría.

Mientras Lily cruzaba el comedor tuvo que resistir la necesidad de alargar la mano y tirar al suelo el decantador de cristal tallado, las copas relucientes y la bandeja de plata que descansaban sobre la mesa.

Menos cosas, pensó, y más plantas. Lily deseaba que hubiera al menos una pared desnuda y que pudiera percibirse el olor del océano.

¿Echaba de menos su casa?

Quizá Lily quisiera estar de vuelta en su casa para poder meterse en la cama, taparse la cabeza con la manta y esconderse así de los monstruos, las responsabilidades y los cambios. La vida era muy simple si una manta te cubría la cabeza.

Lily tenía que ponerse de puntillas para alcanzar la mirilla de la puerta principal. Quien fuera que la hubiera instalado debía medir por lo menos uno ochenta.

Lo que vio realmente la sorprendió.

La alarma seguía desconectada. Lily corrió el cerrojo, abrió la puerta y recibió una segunda sorpresa.

Las dos personas que esperaban ante su puerta tenían planeado quedarse mucho tiempo. Cada una de ellas llevaba una bolsa de lona. La persona que Lily había visto por la mirilla era un hombre de altura media con el cabello castaño claro. Esas eran sus características normales. Porque, por lo demás, era completamente anormal: tan guapo que se te paraba el corazón y hacía que las cabezas giraran para verlo pasar; era el hombre físicamente más hermoso que Lily había visto en su vida.

Cullen Seabourne le sonrió.

—Hola, cariño. Mira lo que me he encontrado.

La otra persona era mucho más bajita que Cullen, tan bajita que Lily no la había podido ver por la mirilla. Era mono, no sexi; y su sonrisa carecía de la picara confianza de Cullen.

Tenía ocho años.

—Hola, Lily —dijo Toby con una voz tan temblorosa como su sonrisa—. ¿Mi padre está en casa?

 

Por el momento, los interrogadores de Toby no habían conseguido nada que Cullen no le hubiera sacado ya.

Rule y Lily estaban sentados en la cocina con el sorprendente hijo de Rule. Harry el Sucio había colocado su gordo trasero cerca de Cullen, que estaba ocupado cortando rodajas de carne para los bocadillos.

—No ha sido tan difícil. —Toby hizo un gesto con la mandíbula que lo convirtió, durante unos segundos, en una miniatura de su padre—. Entré en internet y reservé un billete. Puedes marcar una casilla si eres menor, así que lo hice.

—Alarmante —murmuró Cullen. Toby se parecía tanto a Rule y Rule se parecía tan poco a su propio padre, que Cullen nunca había notado el parecido.

Supuso que tenía que ver más con la expresión que con los rasgos físicos. Y el olor. No había ninguna duda al respecto: Toby era un dominante.

—¿Qué? —replicó Rule.

Cullen aplacó a la bestia que descansaba a sus pies con otra rodaja de carne y luego utilizó el cuchillo para señalar.

—Miradlo. ¿No veis la imagen fantasmal de Isen flotando sobre este rostro de querubín?

Toby imitó a los adultos que fruncieron el ceño al mirar a Cullen.

—Mi abuelo no es un fantasma.

—Es una metáfora. —Cullen volvió a su labor y comenzó a cortar un tomate hasta formar una ordenada pila de rodajas—. Significa que dices que algo es como otra cosa para explicar lo que quieres decir. Como cuando dices que están cayendo chuzos de punta cuando en realidad lo único que cae es agua corriente.

—¿Y por qué es alarmante que me parezca al abuelo?

—Cuando repartieron la testarudez, Isen volvió a por una ración doble. —Cullen colocó las rodajas de tomate sobre la carne que ya estaba embutida en los bocadillos—. Creo que tú también recibiste más de lo que te tocaba.

—Nos estamos desviando del tema —intervino Rule—. ¿Cómo reservaste el billete, Toby? No conozco ninguna empresa que extienda tarjetas de crédito a nombre de un niño.

Toby bajó la mirada.

—Utilicé la tuya —admitió—. Los números que salen en ella. Me los sabía porque… ¿te acuerdas cuando compraste música por internet?

—Ya veo. —Rule sonaba tremendamente serio—. Hace dos meses memorizaste los números de mi tarjeta para poder utilizarla sin mi permiso.

—¡No! —replicó Toby mientras se erguía lleno de dignidad—. Yo no… Yo no pretendía… Fue el ordenador el que recordó los números, no yo. Yo no sabía que los iba a necesitar. Quiero decir —repitió con la intención de corregir sus explicaciones meticulosamente—, que no había planeado portarme mal. Pero al final me vino bien.

—Lo que nos lleva de vuelta a la pregunta original —dijo Lily suavemente—. ¿Por qué?

Toby se encogió de hombros, le dio una patada a la pata de la mesa y se negó a mirar a los adultos.

Pobre crío. ¿Acaso no era obvio? Cullen cogió dos platos y se acercó a la mesa.

—Mi madre y yo nos llevábamos bien —dijo—. Pero a mi padre no le hacía gracia lo que era yo.

El rostro serio de Toby se alzó para mirarlo directamente.

—¡Pero tu papá era un lupus! Ya sabía lo que eras.

—Pero no era un hechicero. Ni siquiera un brujo, como mi madre. A mi madre no le hizo mucha gracia cuando quemé algo accidentalmente; mi don era mucho más poderoso de lo que yo podía controlar cuando era joven, pero no creía que fuera un bicho raro porque pudiera ver la magia. —Puso un plato delante de Toby—. Mi padre no supo asumirlo.

Los ojos oscuros de Toby se clavaron en el rostro de Cullen.

—¿Tu papá no te quería?

—No confiaba en mí. —Lo dijo como si no tuviera importancia, aunque durante todos aquellos años aquella simple verdad le había carcomido por dentro—. Yo poseía un poder que él no podía comprender. Pensó que yo debía renunciar a ese poder para encajar en su mundo. Pero no pude.

Lily y Rule intercambiaron una mirada.

Sonó el teléfono de la casa.

—Probablemente sea tu abuela —dijo Rule mientras se levantaba.

La señora Asteglio no estaba en casa cuando Rule la había llamado, pero no era extraño. La mujer creía que su nieto había volado a Washington para pasar la Navidad con su padre. Era cierto, por supuesto, pero ella no sabía que todo había sido cosa de Toby, no de Rule.

Toby había sido muy valiente, la verdad, consideró Cullen mientras colocaba dos platos más sobre la mesa para unas personas que no parecían muy interesadas en la comida. El muchacho poseía talentos insospechados.

Toby hizo un puchero con los labios. Quitó la tapa del bocadillo y se concentró en quitar las rodajas de tomate que Cullen acababa de poner.

—La abuela se enfadará. No entiendo por qué no podemos decirle que vosotros me dijisteis que viniera.

Rule se detuvo, se giró y se arrodilló para que su rostro quedara a la altura del de su hijo. Cogió a Toby por los hombros.

—Yo quiero que estés aquí. —Su voz sonó grave y fiera—. Yo quiero que estés aquí siempre. Lo sabes.

Lily miró a padre y a hijo y luego corrió a coger el teléfono.

—¿Sí? Sí, señora Asteglio, Toby ha llegado perfectamente. El problema es que no sabíamos que fuera a venir.

Cullen cogió su plato y se dedicó a escuchar las dos conversaciones: Lily contando a la abuela que no habían pedido a Toby que viniera a verlos; y Rule explicando a su hijo la diferencia entre querer que Toby estuviera allí con ellos y que Toby se presentara allí por propia iniciativa.

Desde luego, el muchacho había demostrado que tenía iniciativa. Cullen le dio un mordisco a su bocadillo. Toby había planeado cada detalle, bueno, hasta el momento en el que la azafata creyó que iba a entregar al niño a algún adulto al llegar al aeropuerto. La aventura habría llegado a su fin si el avión de Cullen no hubiera llegado cuando lo hizo, un poco antes que el de Toby, de modo que él ya había recogido su equipaje y estaba a punto de marcharse cuando había oído la voz familiar del niño.

¿Qué probabilidades había?, pensó Cullen mientras daba otro mordisco. Después, dejó el bocadillo en el plato y sus ojos se encogieron mientras pensaba.

Las coincidencias ocurrían continuamente. La gente se encontraba con amigos de su ciudad natal a pesar de estar a miles de kilómetros de distancia, o hacían cola detrás de una persona que llevaba su mismo apellido. Las estadísticas creaban su propia magia para convencer a la gente de que esos acontecimientos eran menos extraños de lo que parecían. En un país con 280 millones de personas podías contar con que ocurrirían coincidencias increíbles al menos 280 veces al día.

Pero las probabilidades de encontrar a una persona concreta en un aeropuerto tan lejos de casa en un momento concreto…

Cullen miró a Toby con la visión de la magia.

No, no tenía que ver con eso. El aura del muchacho tenía el mismo aspecto de siempre. Quizá la magia fuera ligeramente más intensa en él, pero eso era de esperar a medida que Toby se hiciera mayor.

De todas formas, era una idea absurda. El don para ver y diseñar patrones en el mundo era un don condenadamente raro. Por lo que sabía Cullen, él era el único lupus del planeta que lo tenía.

Lily prometió a la señora Asteglio que volvería a llamar y colgó. Rule le preguntó con un simple arquear de cejas lo que había averiguado.

—Está disgustada, por supuesto. —Lily se había puesto la máscara que indicaba que solo iba a referir hechos y que no iba a dar su opinión—. Tenemos que llamarla cuando decidamos qué hacer para que, si es necesario, ella pueda hacer sus planes.

Rule arqueó las cejas aún más.

—¿Qué planes?

—La madre de Toby ha sido trasladada a la oficina de Beirut de la agencia de noticias para la que trabaja. Se marchó ayer, así que no podrá estar de vuelta para Navidad. La señora Asteglio había decidido pasar las fiestas en casa de la familia de su hijo en Memphis. Toby… —Lily miró al muchacho—… no estaba de acuerdo. Pensó que él se había puesto en contacto contigo y que tú le habías comprado el billete de avión.

Siguió un segundo de silencio total. Rule miró a Toby.

—Puedo entender que estuvieras disgustado porque tu madre no podrá estar en casa para Navidad. Pero ¿por qué no me llamaste? ¿Por qué?

Toby se examinó los zapatos.

—No lo sé.

—Sabes que me doy cuenta cuando mientes, puedo olerlo.

Cuando Toby alzó la mirada, su expresión testaruda le recordó a una mula… o al abuelo de Toby.

—La abuela dice que mamá me quiere, pero no es verdad. No me quiere porque soy un lupus. Quiero vivir contigo.

—Toby—. La voz de Rule contenía una nota de dolor—. Tu madre se ha negado muchas veces a compartir la custodia y mucho menos en cedérmela a mí. Intentar cambiar eso nos llevaría a un juicio y la verdad es que no tengo todas las de ganar.

—Crees que no le gustarás al juez porque eres un lupus. Pero yo también lo soy.

—Y es algo que sería de dominio público si apelo a un tribunal para conseguir tu custodia.

—¡No me importa! Tú me quieres. Ella no. Y podemos demostrárselo a un juez porque tú estás conmigo mucho más tiempo que ella. Sé que a veces tienes que irte a otros sitios, pero durante el curso podría quedarme en el Hogar del Clan con el abuelo para que tú pudieras ocuparte de los asuntos del clan.

—¿Y qué pasa con tu abuela? —preguntó Lily delicadamente—. Ella te quiere.

Toby hizo un puchero testarudo.

—Ella podría venirse al Hogar del Clan también.

Claro, como si eso fuera a ocurrir. Cullen tan solo había visto a aquella mujer una vez, pero había bastado para saber que no le gustaban los lupi mucho más que a su hija. Sin embargo, quería al niño, lo que provocaba en ella uno o dos conflictos interiores… Y en opinión de Cullen, aquella mujer se merecía tener esos conflictos.

Rule suspiró y se levantó.

—No podemos arreglar esto ahora y, dados los recientes acontecimientos, será mejor que Toby se quede aquí durante un tiempo. Pronto tendremos guardaespaldas.

—Oh, Dios. No lo había… —Lily se calló abruptamente y dejó en suspenso lo que tuviera intención de decir. Rule y ella intercambiaron otra mirada.

—Es posible —dijo Rule como si ella hubiera formulado la pregunta—. Dios sabe que Ella es capaz de cualquier abominación.

Cullen arqueó las cejas.

—Me siento tristemente desinformado.

—Más tarde —le cortó Rule. Luego miró a su hijo—. Primero tenemos que ocuparnos de un asunto de disciplina dentro del clan.

Lily negó con la cabeza.

—Esto no tiene que ver con el clan.

Cullen tuvo la impresión de que Lily iba a ponerse difícil y se acercó a ella.

Rule siguió mirando a su hijo fijamente.

—Lo es y Toby lo sabe. Toby. —Su voz sonó dura, tan dura como lo habría sido la de su padre—. Has venido aquí con la intención de demostrar que puedes desobedecerme y salirte con la tuya.

Toby agachó la cabeza.

—Supongo… supongo que sí.

—Al usar mi tarjeta de crédito sin mi permiso has robado. Has desobedecido y engañado a los que se esfuerzan por cuidar de ti. Sabes que tus acciones tendrán consecuencias.

Toby asintió una vez.

—Arrodíllate.

—¡Espera un segundo! —intervino Lily—. No es…

—Lily. —Cullen la sujetó por el brazo—. Cállate.

Lily se enfrentó con él.

—¡No es más que un niño!

—Sí —dijo Cullen en voz baja—. Un niño que dentro de cinco años será capaz de partirte el cuello y destripar a la gente. Es más, un niño que sentirá la necesidad de partirle el cuello a la gente, incluyendo el de su propio padre. La adolescencia es dura para todo el mundo, pero para un lupus comporta una serie de peligros que no puedes comprender.

Lily abrió la boca, pero la cerró inmediatamente. Miró a Rule con el ceño fruncido, aunque Rule seguía concentrado en su hijo.

Cullen cogió su plato.

—Vamos —le dijo a Lily—. Tú y yo tenemos que hablar de lo que me ha traído hasta tu puerta. —Y Toby no necesitaba público.

En el salón, Cullen se dejó caer en el sofá, un elegante mueble Victoriano con el respaldo curvado y demasiados cojines, y señaló el decorado armario en la esquina.

—¿Hay una tele ahí dentro?

Lily se le quedó mirando.

—¿Quieres ver la televisión?

—No, quiero que haya un sonido. Quizá el oído de Toby no sea tan fino como llegará a serlo, pero esta no es una casa muy grande. Probablemente pueda oírnos desde la cocina.

Lily se acercó a la mesita, cogió el mando y apuntó hacia el armario. Un arpegio de guitarra surgió desde el mueble. Suena a flamenco español, pensó Cullen, y le dio un mordisco a su bocadillo. O el televisor estaba sintonizado en una emisora de radio o Rule había instalado un reproductor de CD en vez de un televisor. Serviría igualmente.

Lily se paseó por la sala y murmuró:

—Esa zorra.

No era el tema del que Cullen hubiera querido hablar en primer lugar.

—¿Cuál de ellas?

—Alicia. La madre de Toby. —Siguió paseándose—. Hace dos semanas Rule le preguntó si Toby podía pasar la Navidad con nosotros. Ella no quiso oír hablar del tema, pero ahora resulta que ni siquiera ella misma siente la obligación de pasar las fiestas con él.

Cullen se encogió de hombros.

—Alicia nunca hubiera tenido que ser madre. No lo tenía planeado, pero por lo menos deja que su madre se encargue del niño antes de fastidiarlo por completo.

—Podría dejar que su padre se encargara de él.

La intensidad de los sentimientos de Lily despertó la curiosidad de Cullen. No hubiera creído que Lily estuviera más interesada que Alicia en lo de ser madre.

—¿Eso es lo que quieres?

Lily desechó la pregunta con un gesto de la mano.

—Estamos hablando de lo que quiere Toby. Lo que necesita. Parece ser que a Alicia no le importa.

—Para ser justos, Alicia cree que está haciendo lo que es mejor para Toby al evitarle estar expuesto a nuestras perversiones. Si su madre no hubiera insistido en que Toby tenía derecho a pasar tiempo con su padre, Alicia ni siquiera habría permitido que Rule viera a Toby.

—¿A Alicia le disgustan los lupi, pero se fue a la cama con uno?

—Increíble. A pesar de haber trabajado en Homicidios todavía crees que la gente es consecuente.

Lily levantó una mano con la palma hacia Cullen.

—Vale, entendido. —Siguió pensando sobre el tema unos segundos más y finalmente preguntó—: Explícame por qué la disciplina exige que Toby tenga que arrodillarse ante su padre.

Seguía sin ser el tema que Cullen deseaba abordar. Quizá no conocía a Lily tan bien como creía.

—Toby es un alfa. Rule tiene que seguir siendo su dominante, de modo que cuando su cuerpo sufra el primer cambio, sus hormonas choquen con la canción de la luna y su mente se colapse, siga obedeciéndole.

—Pero obligarlo a que se arrodille…

—Deja de ser tan condenadamente humana. La sumisión no es humillante. Para nosotros es cosa de instinto y está bien; pero los humanos también lo hacéis. ¿Acaso un sargento se siente humillado cuando tiene que saludar a un coronel?

La voz de Lily sonó fría.

—Quizá sí, si el coronel le obliga a postrarse ante él. ¿Cómo te sentirías si tuvieras que arrodillarte ante Rule?

—No lo haría —dijo él rápidamente—. Pero sí me arrodillaría ante mi lu nuncio.

Lily miró a Cullen durante un largo instante y luego negó con la cabeza.

—No hay quien entienda a los hombres. Y si sois lupi menos todavía. —Lily frunció el ceño aún más—. Rule se sintió muy incómodo después de someterse a Paul, pero supongo que el acto en sí no le molestó en absoluto.

Cullen arqueó las cejas.

—¿Quién es Paul?

—Es complicado y mejor que te cuente las cosas por orden. —Por fin, Lily se sentó y apoyó un pie sobre una de las sillas—. Todo comenzó con una ola de energía que sucedió ayer por la noche.

—¿Estamos hablando de energía eléctrica?

—Magia. Una sobrecarga enorme de magia que, por lo que sabemos, se desató a la vez en todo el mundo. ¿No sentiste nada?

Cullen frunció el ceño.

—Probablemente los dragones estaban más cerca del nodo que yo cuando ocurrió. Esos bastardos avariciosos debieron de absorber toda la magia.

—¿Pueden hacer eso?

—Como esponjas. ¿Recuerdas lo difícil que era hacer que la magia funcionara en Dis? Háblame de esa ola de energía —dijo mientras seguía comiéndose el bocadillo—. Mientras, yo comeré.

El Mundo de los Lupi 03 - Líneas de sangre
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