Capítulo 21
Cuando llegaron a Urgencias el doctor estaba enseñando a Timms radiografías de su brazo. Cullen les había explicado que Merilee lo había roto al golpearlo sobre su rodilla como si fuera un palito. Timms había tenido suerte. El hueso estaba roto por dos sitios, pero eran fracturas limpias. No había necesidad de operar ni de que Timms se quedara ingresado.
El agente se alegró de verlos. Incluso de ver a Cullen. Los dos hombres habían acercado posturas durante la batalla y ahora Timms era más amistoso, sobre todo gracias a la gran cantidad de Percodán que llevaba en el cuerpo. Después, el agente abrió su bocaza y le preguntó a Cynna sobre su cabeza. ¿No debería dejar que el médico le echara un vistazo?
El doctor, un chico joven de pelo muy corto y orejas agujereadas aunque no llevaba pendientes en aquel momento, quiso hacerle un TAC a Cynna. Pero ella le explicó que una sanadora ya se había ocupado de su lesión.
Esto no sirvió para tranquilizar al doctor. Pero Cullen sí lo hizo. Aseguró al médico que él mismo había monitorizado el procedimiento y mencionó frases como «región frontoparietal», «fuerza bruta» y «hematoma subdural». No llegó a afirmar que fuera médico, pero por lo menos hablaba como uno.
Y habría funcionado si Timms no se le hubiera quedado mirando más confundido que sospechoso.
—Creía que eras estríper.
Los ojos de Cullen se agrandaron por la sorpresa.
—La facultad de Medicina es muy cara.
Fue una noche muy larga la que pasaron en Urgencias. El médico decidió que Cynna debía hacerse el TAC por encima de todo y no aceptó un no por respuesta. De hecho, dejó claro que estaba dispuesto a esperar el tiempo que hiciera falta sin tratar el brazo de Timms si con eso obligaba a Cynna a consentir. Cynna había perdido los nervios.
Otro doctor, mayor, más moreno y mucho más cansado, siguió el sonido de sus gritos.
—A eso le llamo yo maldecir como es debido —le dijo a Cynna—, y quizá tenga razón sobre la madre y demás familia del doctor Farley, pero no está usted sola aquí, hay otros pacientes. Baje la voz. —Cynna suspiró y asintió. El médico siguió hablando—. Ha sido usted herida en casa de Víctor Frey. ¿Es allí donde la han tratado?
Cynna asintió con la esperanza de que el médico no preguntara quién lo había hecho. El doctor se volvió hacia su colega más joven.
—Entonces es un trabajo de Leah. No te preocupes por ella. Ocúpate del brazo del hombre.
Leah, ¿eh? Cynna archivó ese nombre en su memoria. No tenía intención de utilizarlo sin el permiso de la rhej.
Cynna se dirigió a la sala de espera mientras el doctor escayolaba el brazo de Timms. Cullen fue al servicio. Cynna se dejó caer pesadamente sobre una silla vacía y suspiró aliviada. Cerró los ojos y se entretuvo identificando las voces de las otras personas que esperaban en la estancia.
El niño que lloraba era fácil de adivinar. Iba con una mujer de recio aspecto que estaba sentada al otro lado de la sala, y junto a ella había una niña con el pelo lleno de trencitas que también lloriqueaba. Las quejas en voz firme y aguda procedían de una abuelita muy delgada que intentaba arreglar algún tipo de papeleo relacionado con su seguro; y los estornudos tenían su origen en un hombre mayor sentado en la misma fila de sillas que Cynna.
Cynna estaba pensando en reunir la energía suficiente para levantarse e ir a por una Coca-Cola cuando alguien se sentó a su lado. Abrió los ojos con dificultad, miró hacia ese lado y los volvió a cerrar.
—¿La facultad de Medicina?
—Muy cara —dijo Cullen—. Toma.
Cynna frunció el ceño al ver el vaso de plástico que sostenía Cullen.
—No bebo café.
—La cafeína es un suave anestésico. Bueno para los dolores de cabeza.
Cynna suspiró, se irguió y cogió el vaso sin dejar de fruncir el ceño ante aquel líquido turbio.
—El ibuprofeno es más eficaz y no sabe tan mal.
—Ya has tomado de eso. Le he puesto tres bolsitas de azúcar.
Quizá eso haga que sea bebible, y si es eficaz contra el dolor de cabeza… Cynna tomó un sorbo e hizo un gesto de asco.
—Y la gente se toma este brebaje por placer.
—Es el elixir de los dioses. —Cullen tomó un sorbo de su vaso—. Aunque este café en concreto quizá lo sea de los dioses menores. Muy menores. En cuando a ese hechizo que bloquea el dolor…
—Por Dios, Cullen, ahora no.
—Quizá pueda descubrir algo en él que me ayude a entender el veneno demoníaco que ha invadido el cuerpo de Rule.
—¿Eh? —dijo Cynna con la intención de que Cullen siguiera explicándose.
—La herida de Rule no se está curando. Tu hechizo bloquea el dolor, pero también el proceso de curación. Merece la pena echarle un vistazo.
Cynna pensó en ello o al menos lo intentó. La cafeína aún no había surtido efecto.
—¿Estás pensando en revertir el efecto del hechizo y activar de nuevo la capacidad de curación de Rule?
—Puede. O quizá al examinar el funcionamiento del hechizo solo busque entender los efectos del veneno. ¿Puedo ver el kilingo de tu hechizo?
Casi nadie conocía los términos correctos para hablar de la magia Msaidizi, pero él sí. También sabía que Cynna había sido una shetanni rakibu, una jinete de demonios; y por supuesto conocía el pleno significado de ese término.
Cynna quería que Cullen se marchara.
—Se supone que no debo utilizar el hechizo, ¿recuerdas? Y no podrás ver nada si permanece inactivo.
—Cuando la rhej te curó no supo en ningún momento que el hechizo estaba ahí, así que sus efectos deben ser mínimos a no ser que inviertas mucha energía en él. Ponle solo un poquito de magia para que yo pueda ver cómo funciona.
Cynna se mordió el labio. Quería ayudar a Rule, pero aquello le resultaba extrañamente íntimo.
—De acuerdo, pero intenta no dejarte llevar por la pasión. Tengo que levantarme el jersey.
—¡Uau! —murmuró Cullen.
Cynna estaba convencida de que era una respuesta automática. Los lupi se sentían obligados a flirtear con las mujeres. Para ellos era como decir «gracias» y «por favor»; una cortesía básica. Quizá Cullen sí se sintiera atraído por la idea de acostarse con ella, pero su verdadera pasión era la magia.
—Está en mi estómago. Aquí… en esta zona encima del ombligo…—Cynna enseñó a Cullen las líneas del hechizo mientras mentalmente añadía un poco de magia al dedo que lo señalaba.
Ah, así se sentía mejor. Incluso con tan poca magia el hechizo era de lo más eficaz.
Cullen se inclinó y giró la cabeza para estudiar el hechizo.
—Esta parte de aquí —dijo mientras recorría la piel de Cynna con un dedo—, parece prometedora. Doy por sentado que reconvertiste un hechizo que tenía componentes físicos.
—Sí. —Vaya. El dolor de cabeza había pasado a un segundo lugar y ahora sentía como sus hormonas andaban revolucionadas y felices por ello. Cynna sintió la calidez del dedo de Cullen en su piel. Calor de verdad, no tan solo ardor sexual.
Espera un segundo. El dolor de cabeza había desaparecido del todo. Completamente.
—Eso parece la signa de marjoram.
—Lo es. —Casi no había enviado energía mágica al kilingo, ¿podía ser posible que la eficacia del hechizo aumentara con el uso? ¿Que se adaptara por sí solo a las necesidades del cuerpo?— El hechizo tiene cuatro partes relacionadas con las fases de la luna. Es necesario todo un mes para ponerlo en marcha. De hecho, terminé el mes pasado.
—Mmmm. —Cullen retiró la mano y Cynna se bajó el jersey para cubrir su piel extrañamente cálida. Después, él la miró a los ojos y sonrió, y allí Cynna también percibió calidez—. Yo soy bueno con el fuego —dijo en voz baja—. Lo que significa que con un simple toque puedo hacer que su primo más amable cobre vida también. Con un simple toque.
¿Acaso Cullen estaba diciendo…? Oh, sí, lo estaba diciendo.
—¿Tienes manos mágicas?
—Es una pena que no pueda enseñarte a qué me refiero exactamente… —Cullen tomó la mano de Cynna y la apoyó en su regazo, una acción que era de lo más interesante por sí misma. Después, Cullen trazó un círculo en la palma de la mano de Cynna con la punta de uno de sus dedos y… Cynna sintió calor—. Esto es un ejemplo —añadió con una sonrisa que se había convertido en algo más.
Cullen estaba pensando qué otros lugares del cuerpo de Cynna podría tocar con esa calidez. Y ella también.
Cullen siguió trazando círculos. Al contrario que el resto de su cuerpo, las palmas de las manos de Cynna no tenían tatuajes. Hasta entonces ella no había pensado que eso podía ser erótico. Se humedeció los labios con la lengua.
—Endorfinas.
—¿Endorfinas? —preguntó Cullen con la voz ronca por el deseo.
Cynna asintió.
—Son mejores que la cafeína.
—Juntos podríamos producir muchas más endorfinas de esas. —Cullen suspiró y cerró su mano para envolver la de Cynna en su calidez—. Pero esta noche no. Tienes que apagar ese hechizo y la rhej me ha dejado muy claro que no tengo que molestarte ni pedirte sexo por ahora.
Cynna se sorprendió. Una vez había visto a Cullen obedecer a la rhej de los Nokolai, lo que había resultado de lo más impactante. Pero esta rhej ni siquiera formaba parte de su clan.
—¿Y vas a hacer lo que te ha dicho?
—Ha amenazado una de las partes favoritas de mi cuerpo. Además, tiene razón. Ahora mismo necesitas descansar, no producir endorfinas.
También tenía que dar por terminado el hechizo. Cynna suspiró, cerró los ojos y se concentró.
—Oye. —Abrió los ojos de nuevo—. Está absorbiendo energía.
—¿El hechizo?
—Sí. Incluso… en este poco rato ha estado absorbiendo más magia sin mi permiso. Yo… oh, mierda. —Al segundo siguiente de que hubiera eliminado el hechizo, el dolor de cabeza volvió como una venganza.
Cullen estaba fascinado.
—¿Dónde conseguiste ese hechizo?
—Me lo enseñó una sacerdotisa vudú.
—¡Por Dios! La magia vudú está basada en su panteón. No puedes eliminar la parte de la invocación y esperar que…
—¡No soy idiota! ¿Por qué siempre crees que soy una idiota? Esto es un hechizo, no uno de sus ritos o sus encantamientos. No hay dioses de por medio. La sacerdotisa lo aprendió de su abuela, que lo aprendió de su abuela y todo eso. Lo usaba con ella misma.
—¿Había tierra de cementerio de por medio? ¿Huesos?
—No y no.
—¿Sangre mágica?
—Bueno, sí, claro, pero mi propia sangre. ¡Jesús, Cullen! Todas las tradiciones del planeta utilizan hechizos de sangre.
—Yo tampoco soy idiota —replicó Cullen—. Yo también utilizo hechizos de sangre. Pero al usar tu propia sangre vinculaste el hechizo a tu cuerpo. No sé cuál es el proceso de transcribir el hechizo sobre tu piel… Sí, sí, puedes cerrar la boca. Ya sé que no vas a contármelo por el juramento de guardar el secreto y todas esas chorradas; pero tiene que ser parecido a fabricar un encantamiento, solo que más personal ya que lo tienes que escribir en tu cuerpo y no en un objeto inanimado. Quizá el hechizo esté vinculado a ti de dos maneras: por la sangre que utilizaste la primera vez de invocarlo y después cuando lo absorbiste. —Cullen se quedó pensativo durante unos segundos—. Tengo que verlo. Tengo que ver lo que sucede cuando empieza a absorber energía.
Cynna sentía que los latidos de su corazón retumbaban en su cabeza.
—Hoy no. Hoy no vas a verlo.
—No. —Cullen sonó disgustado—. Dime, ¿puedes transcribir el hechizo en el cuerpo de otra persona?
—Yo… Sí, claro, así es como me lo enseñaron a mí: transcribieron el hechizo sobre mi cuerpo la primera vez que lo lancé. Nunca lo he hecho yo misma, pero creo que sabría hacerlo.
—Eso es lo que quería oír. Los lupi… necesitamos ese hechizo. Cuando nos sometemos a una operación no pueden anestesiarnos, lo que incrementa el riesgo de sufrir una conmoción.
Cynna no había pensado en eso.
—Es peligroso. Como el hechizo absorbe magia, puede interferir con el proceso de curación. Pero lo examinaremos, ¿de acuerdo? Aunque esta noche no. —Cynna se masajeó la cabeza con energía—. Y hablando de curarse. Las sanadoras pueden hacer que un cuerpo se cure más rápidamente, pero no pueden ir por ahí arreglando fracturas de cráneo. ¿Eso es algo que hacen las rhejes?
Cullen estaba sentado con las piernas abiertas e inclinado sobre ellas para que los codos descansaran sobre los muslos. Giró la cabeza para mirar a Cynna inquisitivo.
—Tú estabas allí cuando abrimos la puerta al infierno.
Cynna miró alrededor. Los gritos del bebé que estaba cerca probablemente impedían que nadie pudiera oír la conversación, sin embargo…
—Será mejor que no hablemos de eso aquí.
Cullen se irguió.
—¿De verdad crees que tres mujeres y un hechicero poseen la magia para hacerlo solos?
—Por eso necesitabais el nodo. Era pequeño, pero también resultó ser una puerta pequeña.
El pie de Cullen empezó a taconear sin descanso.
—Tienes un buen cerebro. No sé por qué no lo utilizas más a menudo. Energía a la energía, Cynna. Hace falta magia para utilizar magia, y nosotros no teníamos la suficiente como para abrir una puerta. Las rhejes obtienen la energía de sus clanes.
Cynna no podía creérselo.
—¿Pueden hacer eso? ¿Obtener la magia de otras personas para utilizarla ellas?
—Normalmente no lo hacen, pero pueden. Cuando la rhej de los Leidolf te habló sobre tu curación te dijo: «Te lo debemos». «Nosotros» no «yo». Utilizó parte de la magia del clan para remendarte.
Cynna no sabía si era posible que alguien fuera capaz de utilizar la magia de otra persona sin su permiso. Ella estaba convencida de que prefería no tener en sus manos ese tipo de poder.
Cullen siguió moviendo el pie.
—¿Hemos comido?
—¿Comido?
—Quiero decir si hemos cenado. No —decidió y se levantó de un salto—, no hemos cenado. Tiene que haber una cafetería por aquí. —Miró a su alrededor como si pudiera haber un bar escondido en alguna esquina de la sala de espera.
—¿Qué te ha activado el resorte?
—El hambre. Es una cosa del lobo. Cuando alcanzamos la edad de cinco años ya sabemos que las horas de comer son muy importantes para el lobo. ¿Alguna vez has…? No importa. Tú también necesitas comer quieras o no.
No, no quería.
—Está sonando tu móvil.
Cullen miró enfadado el teléfono que llevaba colgado del cinturón.
—Creía que lo había apagado.
—¿Lo vas a coger?
Cullen hizo un gesto de disgusto, pero respondió a la llamada.
—Estoy aquí, pero tengo hambre. ¿Podemos hacer que esta conversación sea muy breve?
—¿Quién es?
—Lily. No —dijo Cullen al teléfono—. Estaba contestando a Cynna. Sí, aparte de un dolor de cabeza espantoso y su locura habitual, está bien. ¿Qué hay de…? —Las palabras de detuvieron y frunció el ceño.
Una enfermera de piel morena trajo a Timms en una silla de ruedas. Cynna arqueó las cejas. Timms tenía más secretos de los que creía Cynna: llevaba una escayola nueva y un cabestrillo nuevo…. los dos de color rosa flamenco.
Timms se iba a enfadar mucho una vez se le pasaran los efectos de los calmantes. Cynna sonrió, se levantó y saludó a Timms con la mano.
—Estamos aquí.
Hubo unos segundos en los que todos hablaron a la vez. Timms estaba hasta las cejas de Percodán y tenía ganas de charlar: hablaba sobre tranquilizantes para demonios. La enfermera estaba molesta porque Cullen estuviera hablando por el móvil, así que el lupus decidió salir. Después, la enfermera abordó a Cynna con la intención de explicarle cómo cuidar de Timms.
Al parecer, el agente se había torcido el tobillo, lo que explicaba la necesidad de la silla de ruedas. Cynna convenció a Timms de que ya hablarían más tarde sobre drogas para demonios, prestó atención a la enfermera y se guardó en el bolsillo las recetas para los calmantes y las muletas, y la lista de instrucciones para su cuidado. Podrían recoger las pastillas en el hospital, pero no podrían llevarse las muletas hasta el día siguiente porque el almacén estaba cerrado.
Cynna estaba planteándose tomarse una de las pastillas de Timms cuando Cullen volvió.
La enfermera, la anciana gruñona y la exhausta madre se olvidaron momentáneamente de sus problemas para quedarse mirando. Cuando estaba quieto Cullen era toda una alegría para la vista, pero en movimiento, era como música hecha forma.
Aunque en aquel momento no era una música muy tranquilizadora. Caminaba como si sintiera la necesidad de estar en otro sitio y se detuvo delante de Cynna con una expresión tensa en su rostro.
—Rule está peor. Vuelvo directamente a Washington. ¿Dónde quieres que te deje?
—Vaya pregunta más tonta. Voy contigo.
—Necesitas descansar.
—Cómprame una almohada. Aprovecharé el viaje para dormir.
Cullen no discutió y eso la preocupó bastante.
—¿Qué hacemos con él?
Timms parpadeó y los miró medio mareado.
—Vosotros tenéis mis armas. Será mejor que yo vaya también.
Estaba claro que el Percodán no había afectado a las prioridades del agente.
—Me pido el asiento de atrás —dijo Cynna.