CAPÍTULO VEINTICINCO
—NO sabía que una fiesta en los Hampton formara parte del trabajo—comento, tratando de parecer distraída y restándole importancia mientras piso la manta de hojas secas que cubre todo el sendero del bosque.
Puedo sentir como Héctor sonríe detrás de mí.
—¿Celosa?—adivina, encantado de que así sea.
—No, en absoluto. Aunque la visita de tu amiguita Linda no me resultó agradable.
Héctor frunce el entrecejo, evidentemente contrariado por mi confesión. La imagen de él, confundido, con arrugas que cruzan su frente y sus chispeantes ojos verdes entrecerrados me excita de inmediato.
Aquel hombre alto y fuerte, siempre impecablemente vestido y esforzándose en aquel momento por comprender lo que yo acabo de decirle.
—¿Linda te hizo una visita?—me pregunta, volviendo a repetir lo que yo le he dicho con un tono incrédulo e iracundo.
—Una muy desagradable.
—¿Y qué te dijo exactamente?
—No tiene importancia—le respondo, sin ganas de explicar que ella me ha tachado de cateta provinciana inferior a las que son como ella—aunque está claro que Linda siente una devoción absoluta por ti, acuciada por el hecho de que ya no le prestas atención.
Héctor esboza una mueca de disgusto.
—Nos acostamos un par de veces. Nada serio. Se acabó hace años—me explica, con un tono lo suficiente tajante como para que a mí me quede claro que él no está más interesado en Linda de lo que podría estarlo en sus anteriores y olvidadas amantes—siempre le he dejado claro que para mí no es más que una amiga. Ahora dejará de serlo. No me gusta que se entrometan en mi vida, pero sobre todo, me desagrada que te molesten a ti. Hablaré con ella.
Asiento encantada. Él no tiene por qué hacerlo, al fin y al cabo, yo no soy su pareja.
Tengo que admitir que no sé qué es lo que me agrada más: si el hecho de que Linda vaya a ser directamente revolcada por el barro y pruebe de su propia medicina, o el hecho de que él se preocupe por mí.
—No tienes que estar celosa. En serio.
Yo frunzo el entrecejo.
—No estoy celosa—gruño.
—¿Ni un poquito?
—Ni un poquito—replico irritada.
Héctor se queda pensativo y se rasca la barbilla.
—Entonces, definitivamente estoy haciendo algo mal contigo.
—¿Cómo dices?—le pregunto sin entender.
Héctor coloca un dedo en la base de la garganta y lo hace descender hacia mi escote, deteniéndolo justo antes de llegar al final de mi blusa. La respiración se me acelera cuando él lo hace. Me mira con ojos brillantes y con una sonrisa máxima.
—Me agradaría que estuvieras un poco celosa porque eso significaría que te gusto. Si un hombre estuviera interesado en ti, yo haría cualquier cosa por apartarlo de tu lado. Nada me detendría—me informa, con voz poderosa.
Las pulsaciones se me aceleran, y él adentra su dedo por dentro de mi blusa hasta llegar al borde del pezón.
—Me gustas—le aclaro.
—¿Cuánto?
—Demasiado.
Héctor se apodera de mis labios y los besa con presteza. Su mano agarra uno de mis pechos y yo me acaloro. Él se separa de mí, y me agarra por los hombros.
—Lo habría pasado mejor en los Hampton si tú hubieras venido conmigo.
Lo imagino follándome en cualquier lugar de una mansión en los Hampton: en la librería, mientras yo tiro de su corbata y él me penetra fuerte y duro, una vez, y otra, y otra...
Siento como el calor empieza a calentarme la piel y me sobra toda la ropa.
—¿Te encuentras mal?—pregunta preocupado.
—Perfectamente—respondo, con dificultad para encontrar mi voz.
Héctor se acerca hacia mí, y sus dedos atrapan mi bufanda, deslizándola por mi cuello hasta que esta cae al suelo. Me sopla bajo el oído, y un escalofrío de placer recorre todo mi cuerpo.
—¿Qué haces?—le pregunto confusa.
—Tienes calor.
Siento un escalofrío que eriza el vello de mi piel cuando su aliento cálido recorre la carne de mi cuello.
—Tú que sabes...—murmullo sin apenas voz.
—Estás ardiendo...
Suspiro y echo el cuello hacia atrás, lo que provoca que él plante un sendero de besos húmedos a lo largo de mi garganta. Las manos de Héctor continúan desabrochando los botones de mi blusa, hasta que ésta se abre. Me sube el vestido por encima de la cadera y acaricia mi vientre.
—Te he echado de menos—me dice, sin apartar los ojos de los míos—No sabes cuánto.
El atrapa mi mano y la lleva hacia el bulto que se esconde bajo sus pantalones. Trago con dificultad.
Sí que me ha echado de menos, sí.
Héctor me empuja contra el tronco de un árbol e inclina su cadera hacia la misma, apremiándome.
Mostrándome con urgencia lo mucho que me necesita en aquel momento. Allí y ahora. En medio del bosque. Miro hacia uno y otro lado con una mezcla de deseo y terror.
—Si nos ve alguien...—amenazo.
—En la playa no te preocupaba tanto—dice, atrapando mi boca y tirando de mi labio inferior entre sus dientes.
Yo sofoco un gemido cuando él acaricia mis pechos pon encima de la tela y los pezones se erizan ante aquel contacto. Lo agarro de la chaqueta, sin pensarlo, lo atraigo hacia mí y lo beso con ferocidad.
¡Al diablo el resto del mundo!
Lo que yo quiero en este momento es a Héctor Brown dentro de mí. A poder ser, lo antes posible.
Sus labios chocan con los míos y su lengua me devora ansiosa, en uno de aquellos besos que tanto me gustan.
Sin ninguna palabra, Héctor me rompe las medias y me arranca las bragas. Yo suelto un grito ante la sorpresa. Su boca desciende a medida que él se va agachando, y mi respiración se sofoca cuando adivino lo que está a punto de hacer. Estoy de pie, con la espalda apoya en el tronco de un árbol y Héctor entre mis piernas.
Él no se demora en darme lo que yo necesito, y su lengua comienza a besarme en mi sexo.
Instintivamente mis manos se entierran en su cabello, mis caderas se inclinan hacia su cabeza y mis piernas se abren más, ofreciéndome a él. Héctor lame mi hendidura, introduce un dedo dentro de mí y su lengua juega con mi clítoris, succionándolo y haciéndome gemir cada vez que él me toma con la lengua.
—Te quiero dentro—le pido, con la voz entrecortada.
De inmediato, se pone de pie, se baja los pantalones y me penetra . Sus manos me agarran de las caderas y yo enrosco una de mis piernas alrededor su cintura, luego la otra. La penetración se hace más intensa. Mi placer mayor.
Héctor entra y sale de mí. Primero lento. Luego rápido.
Mi espalda choca contra el tronco cada vez que él me penetra. Era salvaje y rudo. Posesivo. Me encanta.
Encontró mis labios, los besa, los atrapó entre sus dientes y tira de ellos.
—Sara...
—No pares....—pido desesperada, apretándome contra su cuerpo, a pesar de que sé que él no parará.
—Ni aunque me lo pidieras mil veces—se ríe.
Me aferro a sus hombros y aprieto las piernas alrededor de sus caderas.
Oh, sí, aquello va a matarme...
—T-tomó la píldora—balbuceé en un murmullo inteligible.
Él parece entenderlo pues emite un gemido ronco en señal de asentimiento y satisfacción.
Los primeros espasmos de placer me sacuden, y el clímax llega en el momento exacto. Héctor se corre dentro de mí, dejándome una extraña sensación de plenitud que no he sentido antes en toda mi vida.
Media hora más tarde, las manos de Héctor se deslizan por mi piel húmeda, ofreciéndome un cálido masaje bajo el chorro de la ducha. Ambos nos apretamos contra el cuerpo del otro a causa del reducido espacio del plato de ducha, lo que provoca que nos excitemos y volviéramos a hacer el amor, esta vez, bajo el agua. Enrosco las piernas sobre sus caderas, pego mi espalda contra la pared húmeda y dejo que el agua caiga sobre mis pechos mientras estos se balancean ante las acometidas de Héctor.
Salgo de la ducha con una toalla en la cabeza y sin dejar de admirar el cuerpo escultural de aquel hombre. Se ha enrollado una toalla alrededor de las caderas, y el principio del vello oscuro asoma por encima de la tela. A ambos lados, los oblicuos marcados conducen hacia el pecado.
Suspiro.
Este hombre consigue volverme loca una y otra vez.
Me visto y le pregunto si quiere algo de almorzar, a lo que él responde algo acerca de mis nulas artes culinarias.
—Si quieres algo mejor entonces háztelo tú mismo—replico alterada.
Él se encoge de hombros y se dirige hacia la cocina, abre la nevera y rebusca durante unos minutos.
Va depositando varios alimentos sobre la encimera y luego se dedica a cortar verduras y a poner un cazo de agua a hervir.
Vale, lo mejor que yo sé cocinar son macarrones, pero que quieres que te diga, vivimos en el mundo de la cocina precocinada, por lo que mis intenciones de cambiar son reacias a ello. De todas formas, el hecho de que Héctor cocine mejor que yo, lo cual, por otro lado, no es difícil, me pone de mal humor.
Me siento en el sofá a esperar.
—¿No ves la televisión?—pregunta en tono jocoso.
—Sabes que no tengo televisor—replico de mala gana.
El señala sin mirar hacia el televisor que me ha regalado. La pantalla y la caja de libros están aún en el suelo.
—Vale que no sepas cocinas, ¿Pero ni siquiera sabes montar un televisor? Sólo hay que enchufarlo.
—¡Claro que se enchufar un televisor! Pero no es mío.
—¿Y de quién es?—me cuestiona.
Pude notar como su voz se altera por momentos.
—Tuyo—mascullo entre dientes.
—Sara—se gira hacia mí, con una mano apoyada en la encimera y el gesto cansado—monta el maldito televisor. Me da igual que no quieras aceptarlo, pero voy a ver el partido de futbol mientras como.
De mala gana, me levanto y recojo el televisor. Mientras él se dedica a cocinar yo configuro el aparato. El almuerzo consiste en una tempura de verduras en salsa agridulce y una ensalada de gambas con aguacate. Devoro la comida mientras veo el partido. Me encanta el futbol, y por supuesto, mi equipo es el Real Betis Balompié. Es uno de los pocos y buenos recuerdos que tengo de mi padre. Él solía llevarme a ver los partidos de nuestro equipo, y yo ondeaba la bandera verdiblanca cada vez que mi equipo marcaba un gol. Cuando mi padre se marchó, lo desterré de mi memoria. Pero el futbol siguió conmigo, tal vez como algo innato que me permitía mantenerlo a él junto a mí.
Aquel día no juega el Betis, pero sí lo hace la selección española contra la selección americana. He de reconocer mi devoción absoluta por el equipo nacional desde que éste gano la copa de Europa. Ahora, con dos copas de Europa y un mundial de futbol, yo soy una fanática de la selección.
—Os vamos a dar un repaso—comento, encantada de que así sea.
Héctor enarca una ceja con sorpresa.
—¿A quién?
—A tu selección americana.
—Yo voy con España. No olvides que mi madre era española, y siento un gran amor por este país.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Y qué pasa con Estados Unidos?
Héctor tuerce el gesto, ligeramente incómodo. No entiendo el motivo, pero está claro que hay algo acerca de su país de origen que lo incomoda.
—Digamos que me siento más vinculado con España—resuelve, cortante.
Sé por su forma de hablar que la conversación ha terminado, pero no dispuesta a rendirme, opto por adoptar una actitud conciliadora.
—¿Me lo contarás algún día?
—Puede.
Héctor se centra en el partido y yo me siento un poco más aliviada al saber que existía una pequeña posibilidad de que él me abra su corazón.
Canto cada gol que marca España, grito a nuestros jugadores y maldigo al equipo contrario cada vez que comete una falta. Respiro tranquila al final del partido, cuando España gana por cuatro a dos.
Héctor no para de reírse cada vez que me ve sufrir, gritar y llevarme las manos a la cabeza.
—No sabía que eras tan exaltada—bromea
—Sufro mucho con el futbol. Para los españoles, la selección es una manera de sentirnos orgullosos de lo nuestro. Con tanto desempleo, políticos inútiles y una crisis de la que no salimos, el futbol es el orgullo nacional del país.
—Yo creo que hay otras cosas de las que sentiros orgullosos.
—¿Ah, sí?
—Las mujeres españolas sois toda una belleza—dice, con una atractiva sonrisa en su cara. Luego continúa—aunque tenéis mal genio y un carácter fuerte, y a veces sois insoportables.
—¡Eh!
Le lanzo un guantazo que él esquiva. Me echa sobre el sofá y se tumba encima de mí, aprisionando mis brazos a cada lado de mi cabeza. Me muevo para defenderme y propinarle otro golpe por aquel ultraje, aunque no puedo parar de reírme porque sé que él tiene razón respecto a mi carácter.
—También sois reacias a aceptar regalos...
Él me mira acusadoramente, aunque yo sé que él se está divirtiendo tanto como yo. Deja un beso en mi cuello y continúa su observación.
—Pero sois divertidas...
Me hace cosquillas hasta alcanzar mi punto débil, y yo estallo en una profunda carcajada.
—Y traviesas...
Baja su mano hasta mis muslos, y yo los cierro aprisionándole la muñeca.
Él desliza su mano por encima de los pantalones, acariciándome y provocándome con la fricción.
—Y descaradamente sexis.
Baja hacia mis labios y me da un profundo beso.
Luego se separa de mí, me mira a los ojos y esboza una sonrisa.
—¡Ah, me encantan las mujeres españolas!
Héctor está quitándome la camisa cuando recibo una llamada de teléfono. De mala gana, descuelga el móvil y contesta a la llamada.
—¿Tan urgente es?—se pone tenso al escuchar lo que le dicen—de acuerdo, si hay más remedio estaré allí en menos de una hora.
Héctor me mira con culpabilidad. Yo le sonrío restándole importancia.
—¿Trabajo?
—Sí, y me temo que tengo que irme.
—No importa—comienzo a abrocharme la camisa—podemos vernos luego.
Y así acabas lo que has empezado, pienso.
—¿Qué tal si te vienes conmigo?
—¿A tu trabajo?
—Sí, sólo tengo que solucionar una cosa, será sólo un momento. Además, voy a una de mis filiales. Es una editorial que tiene varias sucursales. Podrías verla y, tal vez, cambiar de opinión.
Aprieto los dientes. Está claro que no era de los que se conformaba con un no por respuesta.
—Ve tú sólo.
Me levanto para abrirle la puerta, pero él me coge del brazo y me sienta sobre sus rodillas. No me deja levantarme, y me mantiene quieta hasta que yo me decido a mirarlo y escucharlo.
—Sara...
—El mundo editorial no me interesa.
Él se levanta y me tiende una mano.
—Sólo iba a decir que luego quiero invitarte a un sitio, ¿Eso también vas a negármelo?
—¿A dónde?—quiero saber, aún reacia por si él pretende llevarme a alguna otra de sus espectaculares empresas.
—Es una sorpresa.
Camina hacia la puerta, seguro de que yo lo acompañaré. Suspiro, suspiro y suspiro. ¡Qué hombre! Yo me quedo sentada, dispuesta a tener la última palabra. Pero me encantan las sorpresas...y al final, para mi propia mortificación, mis pies se mueven y lo acompañan.
Héctor luce una sonrisita triunfal durante todo el camino.
¡Hombres!