CAPÍTULO OCHO

LEO, el cachorro de mi hermana, me lame la cara para que me despierte. Aquello es lo más romántico que me ha pasado en los últimos meses, lo que resulta muy deprimente.

Aparto al perro de mi cara y busco algo con lo que alimentarlo. Encuentro una lata de jamón cocido y la corto en trocitos pequeños. En realidad yo tengo aptitudes para convertirme en una buena madre de familia, ¿no?

Salgo de la cabaña dispuesta a encarar a Adriana. Si resulta que la camarera descubrió la investigación de mi hermana, tenía sobrados motivos para asesinarla. Lo que no me espero es la imagen que ven mis ojos. Héctor está haciendo footing, y lo pillo corriendo antes de que se meta dentro del bosque. Él no me ve, pero...¡Santo cielo! Yo no puedo ver otra cosa. La ropa de deporte lo hace lucir aún más sexy de lo habitual, y por debajo de la camiseta de licra se adivinan unos abdominales que deseo lamer.

Estoy tan abstraída por la visión de Héctor que apenas reparo en Erik, quien me observa con un deje de irritación. Está plantado frente a la puerta de la cabaña con mala cara. Borro la sonrisa de boba en cuanto lo veo.

—Hola—me saluda. Advierto la crispación de su voz.

¿Es que una chica no tiene ojos en la cara?

—¿Todavía aquí?—me pregunta.

—Ahora soy la nueva inquilina—le informo. Tengo una sonrisa de triunfo en la cara, y mis ojos brillan al ver que lo he despistado.

—¿Qué has hecho para que te alquilen la casa?—me replica, en un tono acusador que no me gusta nada.

—Lo que tú no has podido hacer para averiguar quién ha matado a mi hermana—le espeto.

Él se encoge de hombros y rueda sus ojos fuera de mi vista, como si acaso lo que acabo de decirle no tuviera importancia.

—Quizá no haya sido asesinada.

Me acerco a él y lo miro a la cara, levantando mi barbilla para estar a su altura.

—Dijiste que no se había suicidado—lo acuso.

—Fue lo que yo dije, no lo que sé que pasó.

Cansada del carácter extraño de Erik, bajo las escaleras dispuesta a marcharme.

—Aún no te he interrogado.

Me crispo al escucharlo, y me detengo en seco dispuesto a encararlo.

—¿Por qué, acaso crees que yo maté a mi propia hermana?

—No lo creo, pero tengo algunas preguntas que hacerte.

Me siento en las escaleras del porche dispuesta a esperar.

—Que sean rápidas.

—¿Hace cuanto que no hablabas con tu hermana?

—Cuatro años. Pero eso ya lo sabes.

Él anota mis respuestas en su libreta.

—¿Por qué se fue de casa?

—No lo sé.

—¿Sabías que estaba casada?

—Hasta hace un día no tenía la menor idea.

—¿Sabes si tu hermana tenía algún tipo de adicción?

Me levanto indignada.

—Sólo es una pregunta, no la estoy acusando—dice con suavidad.

—No, que yo sepa.

—Eso es todo.

—¿Tienes sospechas de que ella se metiera algo?

Mi cupo de malas noticias ya ha llegado al máximo. En el futuro no creo poder soportar más malas noticias.

—Sólo sospechas. Tu hermana estuvo casada con un traficante.

Pensé que había llegado a un punto en el que averiguar algo más sobre Érika era imposible. Pues bien, me equivocaba.

—¿La mató él?

—Tenemos una orden de búsqueda contra él, nada más. Se ha saltado la condicional, estaba cumpliendo condena por dos años. Su permiso coincide con el día en que Erika murió, lo cual no significa que él la matara.

—Pero es muy raro—sospecho.

—Lo es—acepta—te mantendré informada si sabemos de su paradero.

—Tengo que irme.

—Sara, haré todo lo que esté en mi mano para encontrar a su asesino—me informa, mirándome a los ojos con sinceridad.

—Gracias.

Al llegar al bar del pueblo, me encuentro con Héctor saliendo del mismo. Lleva una botella de agua en la mano y está vestido con la misma ropa de deporte que le queda tan bien, otorgándole un aspecto informal y demasiado sexy. Me sonrojo al verlo, pero reparo en mi actitud y pronto esbozo una sonrisa correcta. Él me mira enigmáticamente y me abre la puerta del bar.

—Encantado de verla, Sara—me dice. Su voz acaricia mi nombre de una manera muy sensual.

—Señor Brown—lo saludo.

Soy tan patosa que me tropiezo antes de entrar con el bordillo de la entrada, pero él es rápido, y me sostiene por el antebrazo. Me levanta sin el menor esfuerzo y me pone de pie. Estoy tan avergonzada que sólo puedo murmurar un tímido gracias.

Como si fuera a volver a caerme, él coloca una mano en mi espalda y me acompaña hacia la entrada.

La piel me quema en la zona en la que él me toca, y me aparto de él al sentirlo.

—Que tengas un buen día, Sara—me dice.

Acto seguido se marcha. Lo veo caminar y alejarse, de una manera tan resuelta y segura que me percato de lo antagónicos que somos: yo torpe e insegura, él todo seguridad y habilidad.

En el bar del pueblo no hay rastro de Adriana. Me siento en un sofá de cuero de un rojo vistoso frente a una mesa redonda y espero a que la camarera aparezca. Esta mañana el local está más lleno que la vez anterior, y las miradas de los vecinos caen escrutadoras sobre mi persona. Algunos tratan de encontrar diferencias entre Erika y yo, otros actúan como si hubieran visto un fantasma, manteniendo los ojos muy abiertos y el semblante tenso. Los hay que me observaban con un deje de recelo que no me pasa inadvertido, como si yo fuera una intrusa en un pueblo pequeño al que no frecuentan las visitas. Estos últimos tienen algo de razón, pues no sé qué hago aquí, en un pueblo como éste, cuando acabo de perder el único lazo que me unía a él.

Yo no formo parte del grupo de pares de gemelas que se esfuerzan en demostrar a los demás las cuantiosas diferencias entre ellas. Para mí, las diferencias interiores entre nosotras habían sido tan palpables incluso para los terceros que no hacía falta que ninguna de las dos tuviera que decir su nombre en presencia de otras personas. Todos eran capaces de distinguirnos a ambas, a pesar de que nuestra apariencia era idéntica. El carácter rebelde, inconformista y solitario de mi hermana se plasmaba en su rostro. Mi espíritu impulsivo, alegre y torpe se plasmaba en el mío. Ni profesores, compañeros de clase y familiares tenían problema alguno en distinguir con cuál de las dos hermanas Santana estaban tratando.

Ahora, en este pueblo, donde yo no he existido previamente para estas personas, es más difícil explicar la presencia de una mujer idéntica a otra que se ha suicidado.

Detrás de la barra hay un hombre que aparenta unos sesenta años. Tiene el pelo canoso, la barba blanca y pulcramente cortada que cae dos centímetros por debajo de la barbilla, la piel pálida, las mejillas sonrosadas y los ojos celestes que se advierten tras unas monturas de pasta, envueltos bajo dos espesas cejas del mismo tono blanco que su cabello.

No sé por qué los hombres con barba y pelo canoso me causan simpatía. Quizá el aspecto bonachón y la sonrisa amable que todos comparten tienen algo de influencia. O puede que la imagen de Papá Noel me nuble el juicio.

Papá Noel rodea la barra y se acerca con paso tranquilo hacia donde yo estoy. No es tan gordo como Papá Noel. Y tiene un delantal con dos humeantes tazas de café colgado alrededor de la cintura.

Imagino que me tomará nota y se marchará a preparar la comanda, sin embargo, coge una silla y se sienta a mi lado. Sus manos regordetas y callosas toman las mías, y un suspiro tembloroso escapa de sus labios. Me quedo congelada sobre mi silla, sin saber cómo actuar ante el cálido recibimiento.

—Mi sobrina me dijo que viniste ayer, soy Javier—me explica con una voz tan cálida como el calor que irradian sus manos—¿Cómo te encuentras? Es terrible, lo que ha pasado...pobre Érika, la quería tanto como a una hija.

—¿Usted era su jefe?—adivino

El hombre asiente con un movimiento afirmativo de cabeza.

—No lo entiendo. Ella estaba ilusionada. Decía que había empezado una nueva vida y que por fin tenía esperanzas, no tiene sentido—se lamenta

—¿Esperanzas de qué?

—De ser feliz—responde, sus ojos tristes sobre los míos— Érika era la clase de persona que emanaba tristeza. Todos a su alrededor podíamos sentirla, y todos queríamos que ella fuera feliz. A medida que se fue integrando en nuestra comunidad ella se convirtió en otra persona. Siempre con una sonrisa, dispuesta a ayudar en el pueblo. Tenía un brillo especial y distinto a esa luz grisácea que la rodeaba cuando llegó al pueblo. Por eso, por más que intento entenderlo, no le encuentro sentido.

—Yo tampoco—murmuro sin apenas voz.

Se me ha escapado, pero el tabernero no parece darse cuenta. En presencia de otras personas, si yo quiero averiguar lo ocurrido, debo aparentar estar convencida de que mi hermana se ha suicidado. Sólo de esa forma los habitantes del pueblo me contarán la verdad.

Sucede que las personas, la mayoría de veces, tienen algo que ocultar. Aunque sea una nimiedad, si ellos saben que mi hermana ha sido asesinada no me contarán todo lo que saben. Por miedo o con la intención de proteger a algún conocido o así mismos. Ya fuera que debieran dinero, habían discutido con Érika la noche anterior a su muerte o no la vieran como la perfecta nueva vecina que ayudaba en el pueblo. Aunque ellos no sean los culpables de su muerte, saber que la verdad puede ponerte en la lista de sospechosos hacía que mentir fuera una salida más oportuna.

—¿Recuerda el día que mi hermana llegó al pueblo?—quiero saber.

El hombre sonríe ante el recuerdo.

—Claro que lo recuerdo. Parecía una niña asustada que se había perdido. Yo tenía un cartel para buscar una nueva camarera. Ella arrancó el cartel de la puerta y lo plantó sobre la barra. A pesar de que pude ver que ella estaba muy nerviosa, hablo con voz firme. Me dijo “ necesito este empleo y no se arrepentirá si me contrata”. Yo me quedé pasmado ante esa actitud tan desafiante y accedía a contratarla. Dijo que se había mudado a la casa del lago y no habló más sobre sí misma. No me arrepentí de contratarla.

—¿Hablaba algo sobre sí misma?

—En absoluto. Nadie sabía si tenía familia o pareja. Aunque a veces dejaba entrever algunas cosas.

Nunca dijo que tenía una hermana gemela, pero en ocasiones hablaba de los hermanos en sentido general. De cómo ellos podían echarse de menos aunque la distancia borrara cualquier rastro de comunicación. “No hacen falta palabras entre los hermano” decía, y luego se ponía a trabajar.

—Entiendo—respondo, aunque en realidad no entendía nada. Nunca comprendí a aquel ser ambivalente que tenía por hermana—¿Sabe si tenía problemas?

Javier parece ligeramente sorprendido por la pregunta.

—No lo sé. Estas últimas semanas faltó en varias ocasiones al trabajo, lo cual era extraño viniendo de ella, que siempre llegaba a la hora exacta y cerraba a la hora exacta. Tenía intención de hablar con ella para preguntarle si le sucedía algo, porque aquella conducta era tan impropia de ella que solo algo de suma importancia la podría alejar de sus obligaciones. Ahora entiendo lo que le pasaba.

—¿Faltaba a la misma hora?

—Algunos días, por la mañana. ¿Por qué quiere saberlo?

—Quiero saber si mi hermana tenía algún tipo de problema de índole económico. Me gustaría tener zanjadas todas sus posibles deudas antes de marcharme del pueblo—miento.

—No tiene por qué preocuparse. Érika era la clase de persona que sólo pagaba con dinero metálico, y nunca se llevaba nada prestado. Decía que no quería deberle nada a nadie.

Eso sí tiene relación con la Erika que yo conocía.

—Entonces no tengo de qué preocuparme—busco alrededor del local con la mirada, haciendo latente mi búsqueda para Javier.

—¿Busca a alguien?

—En realidad sí, ¿No ha venido Adriana a trabajar hoy?

—No se encontraba bien, sufre de migrañas. Puede dejarle un recado si lo desea, ¿Es importante?

—Me gustaría hablar con ella para informarla sobre el funeral de mi hermana. Eran compañeras de trabajo y supongo que buenas amigas así que tal vez quiera decir unas palabras en la misa—vuelvo a mentir—también quería informarlo a usted, y a todos los amigos de mi hermana aquí en el pueblo.

—Por supuesto, era muy querida en este pueblo. Si quiere, le dejo la dirección de mi sobrina—coge una servilleta y saca un bolígrafo del bolsillo delantero de su camisa. Escribe la dirección y me ofrece el papel—a veces falta algunos días por las migrañas, a la pobre no la dejan dormir por las noches.

Imagino que este asunto le corre prisa.

Es la imagen que yo he querido proyectar con esa mentira, y he conseguido el resultado esperado.

Ahora, frente a aquel hombre que parece sentir un cariño sincero por mi hermana, me siento muy culpable.

—¿Sabe si mi hermana tenía alguna embarcación? Me hospedo en la casa del lago y no he encontrado ninguna junto al ...

—Que yo sepa no—me informa—la casa del lago...ahora que lo recuerdo, dicen que es usted periodista. Seguro que conoce a su vecino, el señor Julio Mendoza.

¿De qué me suena a mí ese nombre?

Un momento, ¿Mi vecino? ¿Qué vecino?

—Creía que la casa del lago era la única en las inmediaciones.

—Su hermana era la única inquilina hasta hace seis meses. Luego llegó el escritor, que también es el director del pequeño periódico del pueblo—me acerca un ejemplar en el que rezaba “periódico local de Villanueva del lago”, por Julio Mendoza—se mudó aquí hace seis meses. Apenas sale y habla con los vecinos. Yo no he leído ninguno de sus libros pero algunos de nuestros vecinos sí, y dicen que es un gran escritor. Parece ser que se mudó aquí en busca de la tranquilidad para escribir. Ya sabe, este es un pueblo pequeño en el que no pasan muchas cosas.

Julio Mendoza, el famoso escritor de misterio del que yo he leído todas sus obras. Vecino de mi hermana.

—¿Dónde está la casa?

—A unos dos kilómetros de la casa del lago, justo al final del mismo.

—¿Mi hermana lo conocía?

—Creo que no, ya le he dicho que es un hombre solitario y que casi nadie de aquí lo ha visto,¿Le traigo algo de beber?

Pido una taza de café y me quedo con el periódico entre mis dedos temblorosos. Un anuncio en letra negrita llama mi atención.

“Se busca redactor”

Voy a tener que hacerle una visita a mi nuevo vecino. Y no sólo porque sea una fanática declarada de sus libros, ni porque yo necesite el trabajo, sino porque también se ha convertido en un nuevo sospechoso que vive justo a dos kilómetros de donde han asesinado a mi hermana, en la única casa cercana.