CAPÍTULO TRECE
ERIK llama a la puerta tres veces. Fuera de la casa del escritor no se escucha nada. Rodeo la casa sin constatar presencia alguna. Mi vena cotilla me puede, y pese a la mirada de amonestación que me echa Erik, me pongo de puntillas para echar un vistazo por la ventana y así observar el interior de la casa.
—Parece vacía—dice Erik.
—¿No puedes dar una patada a la puerta y entrar?—le sugiero.
Él se masajea la sien, como si yo lo estuviera agotando y todo lo que digo resultara ser una tontería.
—No tengo una orden de ...
—¡Pues consigue una!—exclamo cortante.
—Lleva su tiempo. La tiene que firmar un juez, y aquí no hay ninguno—explica, irritado porque yo le lleve la contraria.
—¿Cuándo volveremos?
—Volveré. Será mejor que te mantengas alejada. No eres policía—me corrige.
—Si lo fuera haría mejor tu trabajo—lo acuso sin piedad alguna.
Erik me dedica una mirada helada.
—Eres demasiado impulsiva, charlatana y torpe, además de ser, sobre decirlo, la mujer más insoportable del mundo. Lo dudo.
—¡Gilipollas!—grito, a la figura que se alejaba caminando por el bosque.
Lo sigo, con miedo a quedarme allí tirada. Se está haciendo de noche y las copas de los árboles trazan sombras grotescas en el sendero del bosque. Camino tras él, esforzándome por no tropezar con las ramas caídas y el barro que se ancla en mis botas mascaró, tan bonitas y poco prácticas en la noche campestre.
—¿Te ayudo?
La arrogancia y burla de su tono de voz me enoja, y me niego a complacerlo mostrándome como una inútil que no puede desenvolverse sola en medio de un bosque.
—¡No!
Erik avanza con paso apresurado dejándome atrás.
—¡Espera!—le grito—no quiero perderme.
—Creí que no necesitabas mi ayuda....—murmura, evidentemente disfrutando con mi torpeza.
—Y no la necesito—respondo alcanzándolo—sólo necesito ver por donde caminas. No quiero perderme.
Erik me agarra de la muñeca y me arrastra tras de sí.
—A tu paso se nos echará la noche encima.
—¡Bruto!
Yo trato de zafarme de su agarre mientras el tironea de mí y me obliga a caminar más deprisa. Mis delicadas botas negras se manchan de barro, y la palma de la mano izquierda se raspa contra un arbusto de zarzas.
—¡No eres un caballero!
—Sería un caballero si estuviera tratando con una dama.
Intento soltarle una patada, pero me tropiezo con mis propias piernas y caigo de bruces sobre el barro.
Erik me levanta sin dificultad alguna y me arrastro con él, lo que me molesta aún más.
—¡Imbécil!
De repente, Erik me agarra de los hombros y me empuja hacia un árbol cercano. Pone una de sus manos sobre mi boca y me mira con ojos amenazadores. Tiene todo su cuerpo pegado al mío, lo que me produce un inesperado placer, para mayor mortificación mía.
—Cállate—me ordena.
Yo estoy a punto de morderle la mano cuando entiendo por qué actúa de tal forma. Una voz femenina pasa caminando cerca de donde nos encontramos. Al estar ocultos por el árbol no llega a vernos.
—¡Te digo que ya tengo el dinero! ¡No! No me vio nadie. Sólo una persona tenía sospechas de que yo robaba, y ahora está muerta.
Reconozco la voz al instante. Se trata de Adriana.
Aparto la mano de Erik de mi boca sin que él se oponga, demasiado concentrado en la conversación de Adriana.
—Es la camarera, ella robaba dinero de la caja. Mi hermana lo sabía—le explico.
—¿De dónde has sacado...? ¡Oh, es igual!
Sale de nuestro escondite y encara a Adriana.
—Señorita, tengo unas preguntas que hacerle. Más vale que posponga su llamada.
Adriana sigue sollozando, con los hombros caídos, las palmas de las manos sobre la cara y un ligero temblor que se ha apoderado de su cuerpo. Está sentada sobre un gigantesco tronco cortado, y ha pasado de ser la atractiva camarera que yo conocía a convertirse en una asustada niña pequeña que no es capaz de articular palabra. Si no fuera porque sospechoso de ella, casi podría sentir lástima al verla en semejante estado.
Yo ya he explicado todo lo que sé. Las fotografías que muestran a Adriana robando en la cafetería de su tío y los motivos que pueden haber llevado a Adriana a asesinar a mi hermana.
—Y-yo no la ma-maté—tartamudea.
—No te creo—aseguro, aunque en este momento ya no sé lo que pensar. Observo a Adriana compungida y un sentimiento de culpabilidad me oprime la conciencia.
—Será mejor que vengas conmigo—Erik le ofrece un brazo consolador.
—P-pero y-yo no la maté, ni siquiera sabía lo de las fotos.
—Sólo será un interrogatorio rutinario. Necesitamos saber tu coartada.
—¡Estuve en casa todo el día!—protesta, recobrando parte de su entereza y alterándose ligeramente— ¿Tú me crees verdad?—le pregunta a él, esperanzada.
La técnica de los ojitos lacrimógenos, no obstante, no le va a funcionar conmigo.
Erik trata de mantener la compostura, pero por su expresión, puedo adivinar que ver a Adriana en ese estado lo está afectando.
—Pienso que te has metido en un lío. Oh, no llores, por favor—le echa un brazo sobre el hombro y deja que ella solloce sobre su americana—solucionaremos el tema de tu camello, y buscaremos ayuda para ti. Tienes que salir de las drogas antes de que sea demasiado tarde.
—¿Y qué hay de mi hermana?—protesto, al comprender que las tornas se han cambiado y ahora Adriana se ha convertido en la víctima.
Erik susurra algo al oído de Adriana y la deja a un lado. Se acerca hacia mí con el gesto sombrío, me agarró del brazo y me lleva unos metros lejos.
Yo no pierdo a Adriana de vista en ningún momento.
—No va a irse a ningún lado—asegura—¿Por qué diablos no me lo contaste?
—Soy demasiado impulsiva, charlatana y torpe—le recuerdo con sarcasmo.
Erik parece realmente enfadado.
—Eso no lo dudo, pero soy el único que puede ayudarte, ¿Entiendes eso?
—No me has ayudado en absoluto—señalo hacia Adriana con un gesto desdeñoso—y ahora haz tu trabajo.
—No ha sido ella—responde muy seguro.
—¡Claro que sí! ¿Te has tragado el cuento de los ojitos de cordero? ¡Qué básico eres!
En el entrecejo de Erik se marca una profunda arruga de desaprobación hacia mi comentario.
—Créeme, no ha sido ella. En mi carrera me he topado con muchos criminales, y ella no es una de ellos. Es solo una chica asustada.
Giro sobre mis talones y me encamino hacia el bosque oscuro.
—¿A dónde coño vas?—me pregunta, acelerando el paso y alcanzándome sin mayor dificultad.
Adriana ya ha pasado a ser un tema secundario—Deja de comportarte como una niña pequeña.
Yo lo encaro con rabia en los ojos. Le apunto con un dedo afilado sobre el pecho mientras hablo.
—Y tú deja de ser un capullo—muevo mi dedo sobre su pecho con cada una de mis palabras—y encuentra al asesino de mi hermana.
Erik esboza una sonrisa ladeada. Una sonrisa en la que, por un instante, pude observar un deje de amargura.
—Eso haré.
Se vuelve para observar a Adriana y acto seguido me mira a mí.
—La voy a llevar a comisaría. Tú quédate aquí. Volveré a buscarte. Lo que faltaba es que te perdieras —me dice.
Erik se va a recoger a Adriana, y cuando los pierdo de vista, yo vuelvo a la cabaña sin esperarlo.
Llego a la cabaña del lago una hora más tarde. Hacerme la indignada y largarme sola por un bosque desconocido no ha sido buena idea. Por eso, cuando una hora más tarde y dos kilos de barro en las botas después atisbo la cabaña a lo lejos, salgo corriendo con una sonrisa de idiota en la cara, no vaya a ser que alguien mueva la cabaña de sitio y yo tenga que dormir a la intemperie.
El cachorro de mi hermana ladra al verme y corre a mi encuentro. Aquel peluche blanco es un adorable canino del tamaño de una pelota de tenis. Me agacho sobre mis rodillas para acariciarlo y es entonces cuando observo un destello plateado entre sus afilados dientecillos. Recojo aquel brillo con las manos. Es un collar de oro blanco con un colgante en forma de estrella de seis puntas. En el interior de la estrella hay un zafiro azul rodeado por seis zafiros blancos circundantes.
Me quedo boquiabierta, observando aquella joya con fascinación.
Aquel colgante debe costar una fortuna, ¿Cómo es posible que una chica con el sueldo de una camarera pueda comprarse esta joya? Evidentemente, sólo hay una respuesta posible. Alguien se la ha regalado, ¿Pero quién?
—¿Dónde la has encontrado?—le pregunto a Leo.
El cachorro se tira sobre su espalda para que yo le acaricie la barriga, seguro de ser merecedor de su premio. Por supuesto, lo es. Todo aquel que me regale un colgante de zafiros merece mi gratitud eterna. Por cierto, yo nunca he recibido ninguna joya cara. Le rasco la barriga, aún sosteniendo el colgante entre mis dedos temblorosos.
—¿Dónde estaba, pequeñín?
El cachorro trota sobre sus patas y se sube al sofá, dejando caer su cabeza sobre las patas delanteras y sumiéndose en un placentero sueño.
Cuando se convierta en un perro adulto pienso adiestrarlo. Mientras tanto, me propongo encontrar el escondite del misterioso collar, pero al percatarme de mi mugriento estado y de mi olor, decido darme una ducha. Salgo quince minutos más tarde, con un turbante en la cabeza y el vapor rodeándome en una halo de misterio. Ríete, Cleopatra.
Me preparo una humeante taza de chocolate y mientras espero a que pierda un poco de calor, créeme, quemarte el palar con chocolate hirviendo es doloroso, me afano en buscar el que ha sido el escondite de aquella joya.
Abro cajones, remuevo cojines, levanto las sábanas, muevo los muebles...
¡Ajá!
Un estuche de color azul topacio está justo detrás de la mesita de noche. Lo cojo y lo abro con sumo cuidado. El interior es blanco, y hay unas letras grabadas en el fondo, del mismo color plateado que la cadena.
“Con amor, para una mujer fascinante. 1/06/2013”.
Paso los dedos por las letras grabadas, tratando de asimilar aquellas palabras. Mi hermana salía con un hombre. Apenas han pasado tres meses desde la fecha, lo que quiere decir que su ex marido no tiene nada que ver con aquello. Y de todas formas, después de lo que sé de él, no albergo dudas acerca de que no es un hombre de flores, chocolates y joyas.
Nadie en el pueblo ha comentado relación alguna. Diana tampoco ha hecho alusión a ello. En el funeral no se ha presentado ningún supuesto amante herido por la pérdida de su amada.
Entonces, alguien tenía un motivo para ocultar aquella relación.
Una relación prohibida.
La cosa se pone interesante.
Mi mente comienza a trabajar sobre el misterio, buscando al candidato perfecto para convertirse en el amante oculto de mi hermana. Una joya cara, una mujer fascinante... Dinero, poder...
Me quedo paralizada y el collar se me cae al suelo. Conozco a un hombre que reúne todas las cualidades. El mismo que me ha definido como una mujer “poco convencional”. Ese que se siente atraído por mí. Y si esa atracción tiene que ver con mi hermana...
Si es él, estoy metida en un gran problema. Siento una atracción fatal por el principal sospechoso de la muerte de mi hermana.
Héctor Brown.