CAPÍTULO CUATRO
NO he estado nunca en aquel sitio, aunque para ser sincera, no he estado en la mayoría de pueblos de Sevilla. Yo soy más de ciudad; centros comerciales, pubs, tiendas de zapatos...
Sé, no obstante, que se trata de un pueblecito cercano a un lago famoso en la temporada de verano, donde las altas temperaturas de la ciudad hacen que la gente de ciudad se decida por sitios cercanos en los que refrescarse.
Como tengo el coche estropeado, me voy a la estación de autobuses y saco un billete para el próximo autobús. Tengo suerte, porque el siguiente autobús sale dentro de una hora. Relativa suerte, porque tendré que hacer noche en el pueblo ya que no hay autobús de vuelta hasta la mañana siguiente. O los habitantes de Villanueva del lago no salen de su pueblo o bien tienen coche para desplazarse, a diferencia de mí, lo cual explica la carencia de autobuses hasta el lugar.
Paso el viaje, que dura una hora, malhumorada por estar sentada al lado de un hombre corpulento que ha decidido convertir mi hombro en su particular almohada. A pesar de mis múltiples codazos y carraspeos con la garganta, el hombre tiene el sueño lo suficiente profundo como para no despertarse.
Así que una hora después, dos litros de baba en mi chaqueta y las piernas dormidas, llego a mi destino.
Un destartalado, polvoriento y oxidado cartel me da la bienvenida al pueblo.
El pueblo no tiene nada de especial. Casas blancas de tejados rojizos que se amontonan las unas con las otras cuesta arriba a lo largo del pavimentado suelo de adoquín, una pintoresca iglesia de piedra con una bonita torre que guarda una sola campana, un colegio y una plazoleta circular con dos únicos bancos de hierro forjado.
Es el típico pueblo andaluz de aspecto blanco inmaculado, calles estrechas y dispares adoquines. Sin embargo, puedo sentir un encanto especial. Más allá del olor a azahar y de la suave brisa de otoño que se cuela por las callejuelas estrechas. Hay algo distinto.
Supongo que el hecho de que mi hermana haya elegido este sitio alejado a una hora escasa de la ciudad para vivir influye un poco.
Saco el papel del bolsillo y miro la calle. Me decido por preguntar a alguno de los vecinos del pueblo dónde se encuentra la comisaría de policía, lo que me ahorrará tiempo.
Me acerco a un señor con boina, camisa de cuadros y jersey sin mangas de color verde aceituna. Es una copia exacta de mi abuelo, un buen hombre que nos llevaba a mi hermana y a mí a su pueblo todos los veranos.
Siento una punzada de dolor al recordar a mi hermana cuando aún era una niña distraída a la que la inocencia de la edad la había obligado a jugar conmigo. Luego el tiempo se encargó de cambiar las cosas.
No me da tiempo de llamar al hombre. Este ya se ha dado la vuelta y me mira con ojos fijos y cierto rechazo en ellos. Otorgo su expresión a mi cansancio por el viaje, lo que sumado a la muerte de mi hermana me ha vuelto más vulnerable y susceptible que de costumbre.
—Señor, ¿Podría decirme dónde está la comisaría?
El hombre señala la calle que tengo justo detrás. Me vuelvo para mirarla, luego quiero preguntarle si la comisaría se encuentra al final de la calle, pero cuando voy a hacerlo el hombre ya se ha alejado varios metros de mí, caminando con paso firme.
Estoy a punto de adentrarme en la calle que el hombre me ha indicado cuando un coche pasa a gran velocidad por mi lado. A pesar de la velocidad, es como si la imagen transcurriera a cámara lenta. El hombre que conduce y yo cruzamos la mirada, y sus vivaces ojos verdes se posan en los míos apenas unos segundos, los suficientes para que me deje trastornada. No he logrado ver nada más, pero juraría que esos ojos verdes pertenecen a él. Me quedo unos segundos allí parada, observando como el coche se aleja. Siento un extraño y creciente deseo en mi interior, y de repente, el hombre del metro se cuela en mi imaginación. Va vestido con una camisa blanca y lleva desabotonados los primeros botones. De su pecho asoma un vello oscuro, y cuando intento tocarlo, él me agarra la muñeca, me aproxima a sus labios y me muerde.
Abro los ojos, perturbada por la visión tan realista que acabo de tener. Para mi consternación, tengo las mejillas enrojecidas y los pechos me duelen por el placer que la realidad, al despertarme, me ha negado.
Inquieta por la visión que acabo de tener, decido adentrarme en la calle. Es un pasillo angosto y oscuro con puertas a cada lado y ropa colgada en improvisados tendederos junto a las paredes de las casas.
Me esfuerzo por no darme de bruces con unas bragas empapadas de agua y continúo mi camino.
Puede que yo sea rara, pero ver mi ropa interior tendida en la calle ante los ojos de los demás no me hace ninguna gracia. Imagino mi tanga rojo de Intimissimi talla cuarenta colgado con pinzas en un tendedero a la vista de todos y me entra la risa floja.
Entre unos calzoncillos y un jersey celeste que creo que antes de entrar en la lavadora era blanco, diviso la comisaría de policía. Salgo del catálogo de las últimas oportunidades de Villanueva del lago y camino con paso firme hacia el edificio. Entro y me acerco al mostrador, donde una mujer de mediana edad se queda de piedra al mirarme.
—No puede ser...—titubea.
Comprendo al instante lo que pasa por su cabeza y me apresuro a aclarar aquel malentendido, no vaya a ser que la mujer se vuelva histérica al creer que se le ha aparecido el cadáver de una difunta.
—Soy la hermana de Érika—le explico.
Los ojos de la mujer se abren sin ocultar la sorpresa.
—¿Érika tenía una hermana?
No me sorprende lo más mínimo. Si mi hermana se había largado de casa, ¿Para qué iba a ir contando por ahí que tenía una hermana gemela?
—¿Sara Santana?—pregunta una voz conocida.
Me vuelvo hacia la áspera voz de la llamada telefónica de hacía pocas horas. Es un policía robusto, calvo y con cara de pocos amigos, aunque su semblante se suaviza al hacer contacto con el mío y me ofrece su mano.
Le doy un apretón fugaz.
—Lo primero de todo, lamento su pérdida. Quiero que sepa que su hermana era una chica muy querida entre nuestra pequeña comunidad.
Aprecio la sinceridad de sus palabras y también el tono acogedor que emana de ellas. Aquel hombre trata de hacerme sentir mejor, intención que yo agradezco pero que no consigue su propósito.
¿De qué me sirve a mí saber que mi hermana era querida por los vecinos de aquel pueblo que poco me importan? Ella también era querida en casa, y sin embargo, se marchó.
Lo peor de todo es que yo no puedo culparla. Ella se ha suicidado y no ha pedido ayuda a su familia. Si lo hubiera hecho, si hubiera acudido a mí, yo la habría disuadido.
—Soy el Jefe de policía de Villanueva del lago, Jaime Rondón—se presenta el hombre—por favor, acompáñeme.
Así lo hago. Me guía a través del edificio, un sitio pequeño para un pueblo pequeño. Entramos a una salita en la que hay una camilla. Una sábana blanca cubre lo que imagino debe ser un cuerpo.
El cuerpo de mi hermana.
Se me ponen los vellos de punta y me siento mareada.
Todo a lo que ha estado dándole vueltas en el trayecto de autobús se torna real en este momento.
Durante aquella hora que había pasado sentada en el autobús había tenido tiempo a albergar la esperanza de que se hubieran equivocado. De que aquella que yacía muerta en la camilla de una comisaría no era mi hermana. Ahora debo enfrentarme a la cruel realidad.
Mi mente ha optado por diversas maneras de alejarse del problema. Ahora, allí, frente a la camilla, no hay escapatoria alguna.
Jaime me observa, inquieto, sin saber si debe esperar o destapar la sábana. Yo estoy segura de que en un pueblo pequeño los suicidios y las malas noticias no son frecuentes.
—Destápela—le pido
Jaime aferra la sábana con sus manos enguantadas y el cadáver que yace sobre la almohada se va desvelando ante mí.
Soy yo. Mis mismos ojos negros, mi cabello oscuro, mi tez morena y mis labios carnosos. Es como ver mi propia muerte a través de un espejo. Sólo que esa no soy yo. La que yace inerte sobre la camilla es mi hermana Erika.
Mis peores temores se hacen ciertos.
Un temblor se apodera de mi cuerpo y mis ojos se anegan de lágrimas.
El inspector Jefe va a echar la sábana sobre el cadáver de mi hermana cuando le coloco una mano sobre el hombro para que no lo haga.
Hay algo raro.
Escruto el cuerpo con mayor detenimiento. Hay algo que no cuadra. Mi hermana está demasiado pálida y azulada incluso para ser un cadáver, y tiene unas extrañas manchas blanquecinas alrededor de la boca y la nariz.
—¿Qué son esas manchas?—le pregunto.
—Su hermana murió ahogada.
—Creí que se había suicidado—respondo sin comprender.
—Así es—me explica— ingirió una gran cantidad de pastillas para la depresión. Encontramos varios frascos vacíos en su casa y el examen toxicológico demostró que las había ingerido. Lo que suponemos que sucedió es que su hermana se quedó sentada en la plataforma de madera que hay frente a su casa, los efectos de la sobredosis hicieron que se mareara, cayendo y golpeándose el cráneo contra uno de los palos de anclaje de las embarcaciones, a causa de eso cayó al lago inconsciente y murió ahogada.
—No es posible...—murmuro.
—Tenemos un psicólogo a su disposición, señorita Sara, y quiero que sepa que todo lo que requiera de nuestra comunidad con gusto le será...
—¡No quiero un psicólogo!—lo interrumpo—sé que está muerta.
El hombre se queda callado.
—Ella no se ha suicidado—aseguro, mirándolo a la cara.
Jaime se queda perplejo.
—Le aseguro que la investigación del forense ha concluido que así ha sido—replica aireado.
—No, mi hermana le tenía pánico al agua. Estuvo a punto de ahogarse cuando era una niña, y desde entonces no se acercaba a cualquier sitio con agua. Incluso se negaba a usar la bañera.
—Estaba confundida por el efecto de los fármacos. Eso, unido al efecto de la depresión que acarreaba la confundiría.
—No estoy de acuerdo—replico llena de ira.
Estoy demasiado enfadada para entrar en razón porque aquel hombre no quiere escucharme. Pero sobre todo, estoy demasiado enfadada porque sé que yo llevo razón.
Mi hermana no se habría acercado a un lugar con agua a menos de quince metros de distancia.
Cuando era una niña estuvo punto de ahogarse en uno de nuestros viajes de verano con mi abuelo a su pueblo, un sitio bastante parecido a aquel lugar, con un lago circular y merenderos rodeando el gran charco de agua. Mi abuelo se había despistado un momento, y mi hermana, una niña bastante distraída, se había adentrado en el agua. La encontramos un minuto después, pálida e inconsciente. La reanimación duró más de quince minutos en los que ella no reaccionó. Años después mi hermana siguió insistiendo en que ella había estado muerta y de que había visto una luz de la que se había alejado porque me había escuchado llorar en un lugar muy lejano del que ella se encontraba. Aquella experiencia la había traumatizado de por vida. Mi madre no consiguió que asistiera a clases de natación. En verano no pisaba la playa, ni la piscina. Lloraba cada vez que mi madre nos metía en la bañera. Y de mayor, lo único que consiguió superar fue su temor a plantar los pies en el plato de la ducha.
No, definitivamente ella no se ha suicidado.
¿Por qué iba a pasar sus últimos minutos de vida con algo que le producía un pánico atroz?
¿Por qué soportar aquella agonía en lugar de quedarse tumbada en la cama esperando a que la muerte la sumiera en un plácido sueño?
—Hay una cosa que usted no sabe—me informa el Inspector—su hermana vivía en la única cabaña cercana al lago. Estaba a solo treinta metros . Y esa cabaña tiene unas vistas inmejorables. Si le daba miedo, ¿Para qué levantarse cada mañana con aquellas vistas?
—Tiene que haber una explicación—respondo con recelo.
—Claro que la hay. Quizá ella superó su miedo.
Yo sé que no lo había hecho.
Años de terapia y apoyo familiar no habían logrado que ella lo superara.
Pero por encima de aquellas razones, algo me dice, en lo más hondo de mi corazón, que ella no se ha suicidado. No sé si se trata del vínculo del que todos hablan, pero siento una opresión en el pecho que me dice que ella ha sido asesinada. Que no ha muerto por su propia voluntad.
—Necesito salir de este sitio.
Me siento mareada ante la información que debe procesar mi cerebro. El inspector me acompaña a una salita con varias butacas y una mesa con cafetera. Me ofrece un café que yo rechazo.
—Le pido que no se ofenda si insisto en pedir una segunda opinión—le digo, con el tono más cordial que encuentro dentro del amasijo de sentimientos negros que empañan mi corazón.
Me ofrece una sonrisa amable y sincera, con sus ojos emanando comprensión.
—Querida, está usted en su derecho de recurrir a un detective privado si así lo desea. Pero no encontrará lo que busca. Sé lo duro que es perder a un ser querido por esta causa. Uno se pregunta qué hizo mal para que él creyera que la muerte es el camino más fácil. También se pregunta si él no pensó en los que lo amaban, en por qué fue tan egoísta. Mi hijo tenía diecinueve años—su voz está cargada de pesar—un chico solitario y al que nunca logré entender. Ahora sé que no puedo reclamarle nada. Él sufría y yo no pude hacer nada por paliar su dolor. Ahora sólo vivo con su recuerdo. Es mejor vivir con eso.
—Pero ella no se ha suicidado—musito, sorbiéndome los mocos.
El hombre me tiende un pañuelo.
—El inspector de homicidios encargado del caso quizá quiera interrogarla. Es un hombre de ciudad que se ha desplazado hasta aquí para esclarecer los hechos. Como usted vive en la ciudad no tendrá problemas en localizarla.
Asiento en silencio.
—Era una chica muy querida. Llegó al pueblo hace poco menos de un año y en seguida le tomamos cariño. Trabajaba en la cafetería y preparaba el mejor café que yo he probado nunca.
Le sonrío agradecida por el recuerdo que él guarda de ella y me está ofreciendo.
—Tengo que pasar la noche aquí, ¿Sabe dónde puedo hospedarme?
—Hay una sola pensión en el pueblo—me informa—si no encuentra el sitio de su agrado, en mi casa hay una habitación de sobra. Mi mujer y mis hijos sentían un gran cariño por Érika y estarán encantados de tenerla con nosotros.
—Gracias, no quiero molestar. Probaré en la pensión.
—Avíseme si cambia de idea.
Me despido de Jaime, quien a pesar de su firme convicción de que mi hermana se ha suicidado, me ha producido una buena impresión. Al llegar a la pensión, la dueña, una mujer entrada en carnes, me informa de que todas las habitaciones están completas.
—Un grupo de excursionistas ha llegado esta mañana y han ocupado las cuatro únicas habitaciones de la pensión. Por aquí no suele venir mucha gente, ha tenido mala suerte niña.
Me derrumbo sobre el mostrador y recuerdo la oferta de Jaime. Lo que necesito en este momento era estar sola, y la idea de pasar el día junto a un grupo de desconocidos no me seduce.
—Lamento su pérdida—comenta la mujer—me llamo Lola. Y su hermana era una muchacha muy querida. Es usted igualita a ella.
—Gracias.
Estoy a punto de marcharme cuando caigo en la cuenta de algo.
—¿Sabe donde vivía mi hermana?
A Lola se le iluminan los ojos al ver que puede proporcionarme algo de ayuda.
—En la primera cabaña que hay junto al lago. Para llegar debes bajar la pendiente, cruzar la plaza y girar a la derecha. Encontrarás un sendero de arena, si lo sigues todo recto durante aproximadamente dos kilómetros, encontrarás la cabaña. Se ve a lo lejos, es un sitio precioso.
Me despido de Lola y emprendo mi camino.
Como buena loba solitaria, mi hermana ha elegido el sitio más alejado del pueblo. Un pueblo de pocos habitantes y una casa sin vecinos molestos. En la imagen que tenía de ella no cuadra el hecho de que viviera junto al lago, pero conociendo a Érika, la persona más incongruente que he conocido en toda mi vida, no me extraña.
Es como intentar volar sin tener alas.
Aquella frase se quedó grabada en mi memoria cuando mi hermana la dijo cuando teníamos nueve años. Al principio no la había entendido. Con el paso del tiempo conseguí asimilar sus palabras.
Mi hermana era un tipo poco común de persona. Alguien con talento que disfrutaba desaprovechándolo. Se le daba bien escribir, y cuando terminaba una historia, perdía el interés en ella tan pronto como la acababa, dejando el esfuerzo de varias semanas olvidado en papeles arrugados tirados de mala manera por su habitación. Se le daba bien la música pero cuando se hacía con el manejo de una partitura la olvidaba para ponerse con una nueva. Un día le daba por pintar. Otro por escribir. Al siguiente por tocar el piano. Pero lo que más interesaba a Érika por encima de todas las cosas eran aquellas pequeñas nimiedades que no se le daban bien. Un día la había pillado frente al televisor, ensimismada con un documental sobre tiburones.
—Pero si te da miedo el agua—le dije—¿Por qué ves eso?
—Porque me gusta—respondió sin mirarme, con su atención centrada en la televisión.
—Pero luego no te quieres bañar. No te gusta el agua.
—Pero me gusta verla—replicó aún sin mirarme.
Yo me quedé allí plantada tratando de desvelar el misterio con mi misma cara y que tan poco se parecía a mí.
Mi hermana se volvió para mirarme con una enigmática sonrisa.
—Es como intentar volar sin tener alas”
Con el paso de los años nuestras diferencias se habían acuciado, y las cosas que compartíamos se habían ido disolviendo. Entendí aquella frase de mi hermana cuando me hice mayor. Ella disfrutaba de las cosas que no podía hacer. Era mala patinando, pero se calzaba los patines por el mero gusto de caerse. Le daban miedo los perros, pero su pasatiempo favorito era quedarse plantada frente a la valla que guardaba al perro de la vecina, con una sonrisita malvada en la cara. Le daba pavor el agua, pero podía pasarse horas viendo como mi madre me bañaba, contemplado los peces del acuario o viendo documentales marinos.
Es una extraña forma de desafiar el peligro. Esa era ella.
Tal vez, la solución a por qué vivía frente al lago cuando tenía un miedo irracional al agua radicaba en su particular personalidad y en su manera extravagante de afrontar las situaciones.
Sumergida en mis pensamientos, avanzo por el sendero de tierra hasta que diviso la cabaña. Una cabaña de piedra blanca y dos únicas ventanas, con un porche de madera del mismo color en el que hay tan solo un banco columpio con muchos cojines de diferentes colores y estampados. La cabaña ofrece unas inmejorables vistas del lago, tal y como ha dicho Jaime. Y se encuentra a una distancia perfecta del mismo. Es el lugar perfecto para mi hermana. Lo era.
Aunque el lugar está desierto, no quiero toparme con alguien que crea que soy una ladrona con tendencia a entrar en propiedad privadas, por lo que me empleo en buscar la llave en los lugares más recónditos que la mente de mi hermana habría elegido.
No está bajo ninguna de las persianas de las ventanas, ni oculta por el felpudo, ni en alguna tabla suelta de madera.
Me siento en los escalones del porche con la cabeza entre las manos.
¡Maldita mente enrevesada la de Érika!
Miro hacia ambos lados del porche tratando de encontrar algún posible escondite, y con el estímulo de que si no lo hago pasaré la noche tumbada en la calle. Me pongo de pie de un salto y reanudo mi empeño en encontrar la llave. Ante todo no quiero pasar la noche a la intemperie.
Una idea ilumina mi cabeza.
Señalo el banco columpio con un gesto triunfal, como si hubiera cazado a un estudiante de instituto en plena chuleta.
Desplumo uno a uno los cojines del banco, sin importarme si mi hermana les ha tenido algún aprecio mayor en vida pasada. Me pueda más el temor de pasar la fría noche que se avecina en medio de un bosque desierto. De todas formas nadie en su sano juicio adoraría un cojín con estampado de Winnie The Poo.
Después de ocho cojines, cuatro kilos de espuma y un porche que limpiar, encuentro la llave.
—¡Ajá!—exclamo, con la llave de la discordia en la mano.
Me doy la enhorabuena a mí misma, porque nadie desde hace unos meses me ha felicitado sobre nada en concreto. Pienso en el “está bien” de mi jefe, pero definitivamente eso no cuenta.
Voy hacia la puerta e introduzco la llave en la cerradura, la giro, disfrutando del dulce sabor de saber que estoy haciendo algo malo. Estoy entrando en una propiedad privada y estoy segura de que eso debe estar tipificado en algún artículo del voluminoso Código Penal.
La última vuelta de llave y entraré de nuevo a la vida de Erika.
—¡Alto ahí!—grita una voz a mi espalda—las manos en alto donde yo pueda verlas.
Doy un respingo, tropiezo con mis propios pies y caigo de culo sobre el felpudo. Espatarrada en el suelo, con las piernas abiertas, me giro para ver a mi descubridor.
Él me mira anonadado.
Yo lo miro con una mezcla de rabia y dolor por la caída.
Es un hombre alto, de unos veintiséis años, cabello castaño cobrizo, chispeantes ojos marrones y porte atlético. Es atractivo y tiene la pose del típico seductor de película que se lleva a todas las chicas de calle. Pero si es atractivo, yo en ese momento no le encuentro ninguno.
Me apunta con una pistola, que va bajando gradualmente a medida que se fija en mi cara.
—¿Quién eres?—me increpa, sin amabilidad alguna.
Yo sigo con las manos en alto y las piernas abiertas, y al percatarme de mi posición, trato de recobrar mi dignidad al incorporarme.
—¡No te pienso contestar hasta que bajes la puta pistola!—le grito.
Me doy cuenta al instante de que gritar a un hombre armado no es buena idea. Pero así soy yo. Mi lengua es más rápida que mi mente en la mayoría de ocasiones.
—La hermana de Érika, supongo—dice él.
Se guarda la pistola y se cruza de brazos, mirándome con descaro.
—A no ser que creas en fantasmas, sí, soy la hermana de Érika—le informo con evidente sarcasmo.
—Soy el inspector de homicidios, Erik.
No me tiende la mano. Al parecer, para el tal Erik las muestras de cortesía y formalidades varías no existen. O las ignora.
Yo termino de incorporarme y me paso una mano por mi dolorido trasero. Los ojos del tal Erik brillan de diversión, lo cual me molesta.
—Una pregunta, inspector de homicidios—le digo, sin ocultar mi ira.
—Dispara—me dice, esbozando una sonrisa ladeada.
Lo fulmino con la mirada. La broma no me hace ni la más remota gracia.
—Ya que se te da tan bien reaccionar rápido, respóndeme a esto, sin pensar, ¿Tú también piensas que mi hermana se ha suicidado?
Los ojos de Erik se entrecierran,
—Tu hermana no se ha suicidado.