CAPÍTULO DIECINUEVE
—¿POR qué ya no trabajas en el periódico?—comienza de nuevo.
Yo pongo los ojos en blanco, ¿Qué tiene aquel tema de interesante?
Yo soy una periodista con una trayectoria cutre. Tengo varios trabajos publicados en medios de comunicación de menor calado social, y mis esporádicas intervenciones en el periódico el sur han sido escasas y nada relevantes.
—Dijiste que te preguntara lo que quería saber a ti. Lo estoy haciendo.
Punto para él.
Suspiro derrotada y hablo.
—Desde hacía unos meses trabajaba como free lance, cubriendo reportajes de menor envergadura que colocar en el periódico. Ya sabes, los de rellenar los huecos vacíos que nadie lee. Estaba esperando la oferta de un puesto fijo y pensaba que nunca llegaría. Ayer me llamó mi exjefe y me ofreció un empleo como reportera de moda en Madrid. No es lo que yo estaba esperando, a mí me gustaría cubrir política internacional, siendo corresponsal en alguna parte del mundo. Evidentemente necesitas una buena trayectoria profesional para optar a esa puesto, y con ese empleo yo habría podido ir haciéndome un hueco.
—¿Y por qué no lo aceptaste?—pregunta sin comprender.
—Si hubiera sido en Sevilla, o en algún lugar más cercano...—digo sin reprimir la añoranza por lo que pudo ser y no fue—pero las islas canarias están más cerca de África que de España. Es irónico, siempre he aspirado a un puesto de trabajo que me permitiera viajar y conocer todos los rincones del mundo, y ahora resulta que me encuentro en un momento de mi vida que me mantiene anclada a un pueblo perdido en Sevilla de menos de doscientos habitantes.
—No te vas porque sientes que estás abandonado a tu hermana—explica, adivinando mis razones.
Asiento.
—Puede parecer una estupidez, pero siento que si me marcho del pueblo no encontraré a su asesino.
Es como si ella estuviera esperando a que yo descubriera la verdad. Y yo la necesito. Pasé cuatro años sin verla y me la culpa me corroe. Ambas necesitamos la justicia. Ella, para dejar de atormentarme en sueños. Y yo, para perdonarme a mí misma y sentir que por primera vez en la vida mi hermana y yo estamos unidas, aunque sea después de su muerte.
—Tú no tienes la culpa de lo que le pasó—me dice, en un extraño tono sombrío que no entiendo.
Por un momento pude sentir que él comparte mi dolor, como si ambos hubiéramos experimentado una perdida, cada uno a su manera, de tal modo que nos sentimos irremediablemente unidos.
—Entiendo lo que es que la culpa te atormente—explica, posando sus ojos sobre el mar. Volvía a tener aquella actitud abstraída, lo que me alejaba de él de forma que no lograba alcanzarlo-no debes dejar que ese sentimiento te domine. Se hace más fuerte, hasta que no te deja vivir.
—¿Héctor?—lo llamo con suavidad—¿Estás hablando de ti mismo?
Él se vuelve para mirarme, y por un momento su rostro está completamente vacío. Desterrado de emoción alguna. Es una imagen que no me gusto. La de un hombre sin alma, que vaga perdido intentando encontrar su lugar.
—Los fantasmas del pasado—explica, volviendo a recomponerse—no tiene importancia.
—¿Me lo contarás algún día?
¿Por qué demonios quiero saberlo todo de él? Mi alarma del peligro suena en mi mente.
—Eres una mujer imposible—se ríe—no hay nada que se te resista, mi pequeña testaruda. Algún día, quizá.
“Testaruda”
Frunzo el entrecejo, hasta que se me marca una profunda arruga de desagrado en la frente. Yo no soy testaruda. Aunque el irritante policía se esmerara en repetirlo constantemente. Yo soy...insistente. Sí, esa es la palabra.
No puedo evitar sentir disgusto cuando recuerdo a Erik. Aquel hombre me saca de mis casillas. Vale, tampoco es muy difícil. Pero él lo hace de una manera espontánea. Natural. Me pone de los nervios.
—Deberías dejar el trabajo a la policía—aconseja.
La palabra “policía” enciende la bombilla candente de la desconfianza en mi cerebro, y me tenso instintivamente.
—Al fin y al cabo es su trabajo. Y para ti, ese empleo es una gran oportunidad—explica, con su habitual tono autoritario cada vez que intenta “aconsejarme”.
—No—niego rotundamente—ese policía es un idiota.
—Eres testaruda, Sara—vuelve a repetir, como si aquello le divirtiera en exceso. Yo no le veo la gracia por ningún lado—y por más que yo te lo repita mil veces no vas a hacerme caso, ¿Verdad?
—Verdad. Y no entiendo por qué tendría que obedecerte, de todos modos.
—No he dicho que me obedezcas—apunta cortante—de todos modos, me alegro de que no aceptaras ese empleo.
—¿Ah, sí?
—Sí—dice con una sonrisa en los labios—no soportaría tenerte alejada de mí.
Reprimo una sonrisilla.
—¿Y si hubiera aceptado el empleo?—lo tiento.
—Te encontraría.
—Bueno, todo el mundo no tiene un avión privado, así que eso no cuenta mucho—bromeo, para molestarlo.
Héctor suelta una amplia carcajada. Su manera de reír me encanta. Echa la cabeza hacia atrás, sus labios se expanden en una bella sonrisa y tenía una apariencia joven y relajada. Lejos de aquel hombre serio y vestido con traje que parece poco dado al humor, pero manteniendo aquel poderoso atractivo que hace que las mujeres se giren para mirarlo.
En la mesa de al lado están bebiendo un refresco de su marca. Ambos lo vemos. Yo sonreí con ilusión, él no parece afectado. Evidentemente, ver refrescos como aquel en cualquier lugar del mundo ya no es algo que le impresione.
Señalo hacia la bebida.
—¿Sabes, mi refresco preferido es la cereza Power Brown, soy una adicta desde que salió al mercado?
—¿En serio?—preguntó asombrado, y con cara de espanto.
—Sí. No sé por qué pones esa cara. Tu marca de refrescos es famosa en el mundo entero.
Él se encoge de hombros.
—No me gusta la cereza Power Brown.
—¡No!—exclamo, como si hubiera dicho la mayor injuria del mundo.
—La encuentro demasiado dulce—, aunque las barritas energéticas de mi marca son las mejores del mercado.
—Son un asco—digo, sin poder controlar lo que sale de mi boca.
—¿Sí?—inquiere, con indignada sorpresa.
—No, esto..quiero decir, que son para deportistas y yo pues no lo soy.
—No te gustan.
—¡Que sí!
—Te gustan tanto como un mareo en pleno viaje en barco.
Le doy la razón partiéndome de risa.
—Ah, Sara Santana, eres una mujer terrible. Yo me siento muy orgulloso de mis barritas energéticas y tú te has burlado de ellas...¿Qué puedes hacer para compensarme?
—Podríamos ir a la cama—sugiero, tan desinhibida por el vino que ya no medía mis palabras.
Los ojos de Héctor se oscurecieron.
—¿Siempre eres tan directa?—pregunta encantado.
Me ruborizo.
—Soy una bocazas.
—No, eres una mujer que dice lo que piensa. Y eso me encanta—hace una señal al camarero y se levanta, cogiéndome del brazo con su habitual elegancia.
—A veces no mido mis palabras—le digo, sintiendo la necesidad de defenderme—pero es algo que intento cambiar.
Héctor posó sus ojos esmeralda sobre mí, contrariado.
—Sería una pena que lo hicieras.
Llegamos a la suite del hotel, una habitación amplia y lujosa a la que yo no presto ninguna atención.
Todo lo que podía ver es la cama. Héctor adivina mis pensamientos y me muerde el cuello.
—Mmm..., has herido mi orgullo—me dice al oído—En serio, las barritas Power Brown son las mejores del mercado.
—¡Prefiero las de la marca phinter!
—¡Traidora!
Se da un golpe en el pecho, como si yo lo hubiera herido.
—¿Qué puedo hacer para que me perdones?—insinúo.
Comencé a desabrochar los botones de su camisa y voy dejando besos en su pecho, sus hombros y sus brazos. Héctor recoge mi cabello entre sus dedos y se lo llevó a la nariz.
—Me encanta como hueles.
Mis labios se curvan en una sonrisa, que va descendiendo hacia los pantalones. Agarro la cremallera entre mis dientes y tiré de ella hacia abajo. Sus dedos se hunden más en mi pelo. Le quito los pantalones y lo desprendo de sus calzoncillos con un gesto ansioso. Su miembro se libera ante mí, duro y erecto.
Dejo un beso sobre la punta, y entorno mis ojos para ver su reacción. Él entrecerró los ojos a causa del placer, luego los abrió y los fija en mí.
—No dejes de mirarme—ordena—quiero verte la cara mientras me la chupas.
Aquellas palabras tan soeces consiguen su objetivo, y me excitan de inmediato. Me arrodillo y tomo su pene entre mis manos. Mis labios lo envuelven, y mi lengua saborea la punta, y rodeo su prepucio.
Lo oigo jadear, y saber que doy yo quien lo hace suspirar de placer me hace sentir poderosa.
Frunzo mis labios y succiono su punta. Héctor suelta un gruñido, y sus manos me agarran el pelo hasta llegar a las raíces.
—Mírame—ordena.
Lo hago, y sus ojos se clavan en mí como dos gemas ardientes. Instintivamente, paso la lengua desde la punta de su pene hasta el final, acaricio sus testículos y vuelvo a metérmela en la boca. Disfrutando de ser tan desinhibida. Mirándolo mientras lo provoco..
Una sonrisa de satisfacción se dibuja en su rostro.
Dejo que entrara en mi boca y descienda lentamente. Luego, mis movimientos se hacen más rápidos.
Bajo y subo; entra y sale.
Más rápido. Más intenso.
Lo rodea con mis labios, y lo lamo con mi lengua.
—Así nena...
Él echa la cabeza hacia atrás, está a punto, yo puedo notarlo.
Comienza a arquear la pelvis hacia mi boca, acompañando mis movimientos con el vaivén de su cadera. Me sujeta el cabello con las dos manos, obligándome a seguir su ritmo.
—Sara...voy a...—avisa.
Yo noto el tono de disculpa en su voz, y tomo sus glúteos entre mis manos. Por nada del mundo voy a dejarlo escapar; lo quiero allí, en mi boca.
Héctor se corre en mi boca, y yo, que nunca he hecho eso, lo recibo con un deje de sorpresa y agrado.
Las últimas gotas de semen llegan a mi boca; y yo paso mi lengua por mis labios, lamiéndolo todo. Sé que él me observa sin pestañear; estudiando mi reacción.
Me agarra por los hombros y me pone en pie de un tirón, me echa sobre la pared, coloca una rodilla sobre mis muslos y me besa.
Sus manos me arrebatan la blusa y el sujetador, y atrapan mis pechos. Su boca desciende hacia mis pezones, que están tensos y a la espera.
—Me gusta que seas desinhibida—murmuró contra mi piel desnuda—no debe existir timidez entre nosotros.
Era imposible que yo no me ruborice sólo de pensarlo.
—¿Te apetece jugar?—me pregunta, antes de atrapar uno de mis pezones entre sus dientes y tirar de él.
—Me apetece follar—explico sin tapujos, y sin entender a qué se refiere.
Pude sentir cómo su risa tiembla sobre mi cuello.
—Me refiero a jugar en la cama. El sexo es un juego.
Mete su mano dentro de mis pantalones y comprueba lo que ambos sabíamos.
—Ya estás húmeda y receptiva.
Atrapo su mirada con ojos amenazantes.
—No me va el sado. Ni ninguno de esos jueguecitos raros—le advierto.
—¿Cómo lo sabes si nunca lo has probado?—me reta, introduciendo dos dedos dentro de mí y masturbándome.
—Y tú que sabes lo que yo he probado—protesto alterada.
—Sé que tus relaciones sexuales han sido más bien corrientes—explica sin inmutarse.
—¿Ah, sí, y eso quién te lo ha dicho; tu secretaria?—me burlo.
Me echa una mirada glacial.
—Me lo dice tu cuerpo—introduce otro dedo en mi interior—cómo respondes a mí, tu espontaneidad...
Me muerdo un labio y me aferro a sus hombres.
Para que negar lo evidente...
—No quiero jueguecitos raros—insisto.
—Te gustará. Y siempre podrás decir que pare.
Agarra el lóbulo de mi oreja y tira de él entre sus dientes.
—Sólo tienes que decir sí.
Yo me mantengo en mis trece. Héctor me coge del brazo y tironea de mí hacia él.
—Ya te has dado cuenta de que me gusta mandar—me informa.
Oh, sí. Debería estar ciega si no lo hubiera visto.
—¿Realmente tengo otra opción?
—No. Te daré placer, a mi manera.
Héctor me tumba en la cama y me despoja de los pantalones y el resto de mi ropa interior. Saca unas esposas negras de la mesita de noche y yo pongo una mano de inmediato en su pecho, deteniéndolo.
—¿Qué coño hacía eso ahí?—inquiero repentinamente enfurecida.
—En los lugares que frecuento saben lo que me gusta, y lo tienen siempre preparado—explica tan tranquilo.
—¿Con cuantas mujeres has venido a este hotel?—pregunto indignada.
Él me atrapa la barbilla entre sus dedos, me acerca la cara a la suya y me suelta: —Sinceramente, querida, no es de tu incumbencia.
Yo estoy a punto de soltarle un guantazo, pero por primera vez desde que estoy con él, pienso antes de actuar. No, no es asunto mío con cuantas mujeres haya follado. Ni en ese hotel ni en todos los hoteles del mundo entero. Por mucho que me afecte.
—Tienes razón; a mí no me importa—digo, dándole la razón y un sentido distinto a mis palabras.
Disfruté al ver que aquella respuesta indiferente, de algún modo le ha molestado, ¿Acaso quiere que me sienta celosa? ¡Jódase señor Brown!
—¿Vas a dejar que te ponga las esposas?—pregunta, recomponiéndose.
—Sí, pero si pido que pares...
—No lo harás—asegura él, seguro de sí y con tono chulesco.
Pongo los ojos en blanco y me tumbo en la cama.
Hombres...
Él ata mis muñecas por encima de la cabeza junto al cabecero de la cama. Totalmente inmóvil de cintura para arriba; cierro las piernas tratando de recobrar algo de control sobre mí misma cuando él me las abre.
Héctor vuelve a abrírmelas y yo a cerrarlas. Necesito mantener lo que sea de mí a salvo. Él las abre de nuevo.
—Podemos estar así toda la noche—comenta algo cansado.
Yo dej o las piernas quietas. Tranquilizándome. No soy una niña pequeña; soy una mujer hecha y derecha, y pienso disfrutar de una grata sesión de sexo sin tapujos.
Voy a decirle algo cuando él me pone una mano en la boca.
—Cállate si no quieres que te amordace.
Me quedo callada de inmediato. Él no sería capaz, ¿O sí?
Él se aleja de la cama, rebusca dentro de la mesita de noche y saca un paquete cerrado. Lo abre. Es un juguete erótico. Un vibrador, pintado en un gris metalizado.
Héctor recorre con el dedo índice el interior de mi muslo, trazando círculos que se acercan cada vez más al centro de mi deseo. Yo me estremezco cuando él parece a punto de tocarme justo en mi sexo, para luego apartar la mano y continuar con su torturante caricia. Cuando se cansa de jugar, me coge ambos muslos con las manos, los separa exponiéndome ante él y recorre mi vagina con la palma de su mano. Yo cierro los ojos y exhalo un suspiro de placer, al notar cómo me humedezco bajo su toque. Al comprobar mi humedad, Héctor apremia sus caricias y éstas se hacen más intensas. Atada de manos, sólo puedo retorcerme sobre la cama, jadear y abrir más las piernas. Él parece encantado de verme tan desatada, y sin mediar palabra, me abre los labios vaginales e introduce lentamente el juguete, hasta que este se encaja en mi interior. Cierro los ojos y siento la presión. La exquisita presión que me lleva a un punto de no retorno.
Cuando creo que nada puede superar a lo que estoy sintiendo, Héctor coge una especie de mando a distancia y pulsa un botón. El vibrador se activa dentro de mí, y yo suelto un grito de sorpresa.
—Joder...—jadeo.
De repente se para, y yo le echo una mirada de reproche a Héctor. Va hacia la mesita de noche y saca una mordaza. Yo niego con la cabeza, lanzándole una mirada de rabia. Él saca un antifaz negro.
—¿Antifaz o mordaza?
Irritada, señalo el antifaz. Héctor me lo coloca sobre los ojos, se acerca a mi oído y me susurra que me esté calladita o de lo contrario también me amordazará.
—¿Sigo?
Será cabrón...
Muevo la cabeza afirmativamente, y él vuelve a activarlo, al mismo tiempo que coloca su pulgar sobre mi clítoris y traza círculos que me vuelven loca sobre mi tenso botón.
—¿Más fuerte?
Muevo la cabeza afirmativamente, sin dudarlo.
Héctor pulsa otro botón y la vibración se hace más intensa. Jadeo y me retuerzo sobre las sábanas, mientras que Héctor no cesa en sus caricias. Ellas, unidas a la vibración que se activa dentro de mi cuerpo, me producen un placer difícil de asimilar para mis sentidos.
Héctor apaga el vibrador y lo saca de mi interior, razón por la que yo articulo un murmullo de protesta.
—Tranquila mi pequeña ansiosa—me dice.
Y para demostrarme que el juego aún no ha acabado, coloca la palma de su mano en mi estómago y la desliza lentamente hacia mi sexo. Entonces, él coloca su boca sobre mi sexo.
Y...¡Dios! No sé cómo he podido vivir todo este tiempo sin esto. Yo he practicado sexo oral en varias ocasiones, pero la forma que él tiene de besarme justo ahí..., de una manera tan salvaje e intensa. No, definitivamente yo no he experimentado nada como esto antes.
Su lengua toma mi vagina, y la lame de arriba abajo. Luego se concentra en mi clítoris, lo toma entre sus labios y tira de él. Siento como mi clítoris se hincha entre sus labios, y su lengua vuelve a tomarlo, provocándome. Sus dedos acompañan aquella deliciosa tortura, adentrándose en mi vagina y penetrándome; arqueándose en mi interior y buscando aquel punto que me lleva a la gloria. Hasta que llego.
Tiro de las esposas instintivamente mientras todo mi cuerpo se tensa; mis muslos se cierran alrededor de su cabeza y sus manos; y el cabecero de la cama tiembla, mientras yo trato de comprender aquella reacción. Placer, sometimiento, ansiedad...todo ello culmina en un viaje hasta un maravilloso orgasmo.
Héctor me quita las esposas, y masajea las muñecas, algo doloridas por mi lucha entre la discrepancia de sensaciones que he tenido. Me quita el antifaz y me mira a los ojos.
—Eres una luchadora incansable—me dice, al notar el enrojecimiento de mis muñecas.
Deja un beso en mis labios y yo rodeo su cuello con mis brazos. Mis piernas hacen lo mismo con sus caderas, y alzo mi pelvis hacia su miembro, mostrándole lo que quiero.
—Una luchadora que ha salido derrotada...—ronroneo.
—¿Quieres que te folle, Sara?—me provoca, mirándome a los ojos.
Su mano baja hasta nuestra unión y me acaricia el clítoris. Yo cierro los ojos y asiento.
—Dímelo—ordena. Su voz es oscura y autoritaria.
—Fóllame Héctor.
Él lo hace.
Se coloca un preservativo, me penetra de un solo movimiento, y se queda dentro de mí, sin moverse.
—Aún puedes ganar esta batalla.
Yo arqueo la cadera hacia él; tentándolo deliberadamente. Él no se mueve.
Araño su espalda con mis uñas, y muerdo su hombro. Héctor gruñe, se separa levemente de mí y vuelve a penetrarme. Ambos volvemos a separarnos, y nos acercamos al unísono. Sus embestidas me están matando; yo necesita más. Y sé lo que él quiere, que sea yo quien dé el primer paso.
Acerco mis labios a su oído. Yo también sé jugar.
Pongo la voz de una gatita en celo, y ronroneo en su oído.
—Fóllame duro—le pido, con la voz quebrada.
Y él lo hace..., ¡Y cómo lo hace!
Cale sobre mí y se mueve más rápido. Primitivo.
Entra y sale de mí, hasta que ambos no podemos más, y nos fundimos en un increíble orgasmo.
Héctor se queda tumbado sobre mí, destilando calor por cada poro de su piel. Recoge un mechón de mi pelo que cae sobre mi frente y juega con él entre sus dedos.
—No estoy acostumbrado a que me manden—me dice, sin mirarme. Más para él que para mí, como si acaso quisiera meditar sobre lo que acaba de decir.
—Yo tampoco.
—Estoy acostumbrado a que otros esperen que sea yo quien lleve la voz cantante.
—Tendrás que acostumbrarte. A mí nadie me manda—le digo.
Y para asegurárselo, le cojo la barbilla entre las manos y le doy un autoritario beso en el que soy yo la que manda. Cuando me separo de él, esboza una sonrisa ladeada.
—Supongo que es bueno probar cosas nuevas. Tú eres diferente.