CAPÍTULO CATORCE

INTRODUZCO el colgante de zafiro en el bolsillo de mi pantalón vaquero justo antes de que el coche negro aparque frente al camino de grava que hay junto a la cabaña. Un hombre vestido con un traje negro se apea del vehículo y me saluda.

—Señorita Santana, el señor Brown me ha pedido que la acompañe hasta el centro.

Me monto en el coche y paso todo el trayecto sin mediar palabra con aquel extraño. Yo le mandé un mensaje a Héctor la noche pasada, pidiéndole el favor de ir al centro esta mañana. Evidentemente, no le dije que albergo ciertas sospechas sobre una posible relación suya con el asesinato de mi hermana.

Qué quieres que te diga, no son cosas que se expliquen por SMS. Y después de todo, ¿Qué voy a decirle exactamente?

“Oye Héctor, me encantas y desearía que me arrancarás las bragas y me follaras en el primer sitio que pilles. Por cierto, ¿Mataste a mi hermana?”

—Disculpe—le digo al conductor cuando ya hemos llegado—¿No está el señor Brown en el centro esta mañana?

—Sí está. Me explicó que estaba ocupado y que se reuniría con usted en un par de horas.

Me despido de aquel hombre y cruzo por el jardín. Paso por un amplio salón en el que hay varias mujeres reunidas en torno a un conjunto de mesas. Saludo a Diana desde la distancia, quien está apartada del grupo sentada frente a una ventana. Me acerco hacia donde se encuentra y me siento a su lado.

—¿Qué quiere saber esta vez, Sara?—pregunta sin mirarme, con el habitual tono de altivez en ella al que ya me he acostumbrado.

Saco el colgante de su escondite y se lo enseño. Sus dedos delicados lo sostienen a la altura de sus ojos. Diana arrugó el entrecejo mientras lo estudia.

—No soy una experta en joyas, pero estoy segura de que es auténtica.

—¿Sabes quién pudo regalárselo a mi hermana?

La expresión de Diana cambia, y en su habitual semblante marcado por la indiferencia luce una palpable sorpresa.

—¿Era de Érika?

—Sí.

—Nunca se lo vi puesto—asegura. Me arrebata el colgante para estudiarlo con mayor atención—debe costar una fortuna.

—¿Mi hermana mantenía una relación con alguien?

Diana esboza una mueca sarcástica.

—Evidentemente hay que salir con algún ricachón para que te regalen semejante joya, pero nunca la vi mostrar interés en ningún hombre.

—¿Y tampoco la viste ilusionada?

—No. Ella escondía muy bien sus emociones. Pero la semana antes de su muerte, ya te dije que estaba rara. Demasiado alterada. Todo parecía afectarla y vivía en un continuo estado de alerta, ¿Crees que el colgante guarda relación con su muerte?

—No lo sé, ¿Pero por qué iba a ocultarlo?

Diana no responde. Su atención se ha volcado de nuevo en la ventana, y sus ojos entrecerrados brillan con excitación al observar algo que capta su atención en el jardín.

—Curioso que el señor Brown sea el único hombre rico al que Erika sabemos con seguridad que conocía, ¿No te parece?

Me sobreviene un repentino malestar al constatar que ella ha sospechado lo mismo que yo. Soy odiosa. Me siento culpable por desear con todas mis fuerzas a un hombre que, quizás, guarde relación con el asesinato de mi hermana.

Para mayor sorpresa, me veo contradiciéndola sin que pueda evitarlo.

—No tiene por qué haber sido él—le digo.

—No te dejes engañar Sara, por muy encantador que te parezca, los hombres como Héctor Brown no son asequibles para la mayoría de las mortales como nosotras. Míralo—Diana señala hacia el jardín con un gesto cargado de rabia—parece estar pasándoselo genial con su nueva amiguita.

Yo ruedo mis ojos hacia donde ella señala. Caminando por el jardín está Héctor Brown, y de su brazo cuelga una mujer rubia. La joven, una despampanante belleza de piernas largas y delgadas, es todo ojos y sonrisas para él. La odio sin conocerla.

Siento como una punzada de dolor atraviesa todo mi cuerpo. Así que por eso estaba tan ocupado...

—¿Suele venir mucho por aquí?—pregunto, refiriéndome a la rubia.

Diana cree que me refiero al señor Brown, y contesta.

—No, el no aparece por aquí más de un par de veces al año. Y ni siquiera pasa la noche en el centro, se va el mismo día. Ya veo por qué lleva aquí más de una semana. Se ve que ha encontrado un buen motivo—señala a la rubia sin disimular su aversión—demasiado estirada, ¿No crees?

Por primera vez estoy de acuerdo con ella. La única que quedaría bien colgada del brazo de Héctor sería yo. Me pellizco el brazo para castigarme a mí misma por los pensamientos tórridos que tengo con Héctor.

¡Maldita sea! Erika está antes que Héctor.

—¿Sabes si el señor Brown conocía a mi hermana?—quiero saber, deseando cambiar de tema.

—Nadie conoce a Héctor Brown, ni él conoce a ninguna de nosotras. Está claro que no formamos parte del círculo de bellezas en el que se mueve. Aún así, todas aquí le estamos agradecidas. Pero quien sabe, tu hermana recibió un bonito collar y no vivía en el centro...tal vez ellos se reunieron fuera...— Diana enciende un cigarrillo sin dejar de mirar por la ventana—es un hombre demasiado guapo. No me extraña que siempre le estén sacando nuevas conquistas.

Inspiro, sin importar el humo que se filtra por mis fosas nasales. Yo trato de encontrar un punto en el que concentrarme, pero todo lo que yo puedo ver es a Héctor y a la despampanante rubia colgada de su brazo. Puedo notar como toda la sangre fluye en una desesperada carrera por llegar hacia mi cabeza y agolparse en ella hasta formar una horrible mancha carmesí en mis mejillas.

Me levanto de la silla, obligándome a apartar la vista de aquella escena que tanto daño me hace. Mis ojos vagan por el conjunto de caras desconocidas y anodinas que no me dicen nada. Hasta que llego a una. Una que no es desconocida.

—¿Quién es?—pregunto a Diana, señalando hacia una mujer que está frente a la puerta. La mujer permanece allí de pie, mirándome fijamente, con un sentimiento difícil de desentrañar.

—Es María. No habla con nadie.

—La vi en el funeral de mi hermana.

Diana señala hacia ella con un gesto de total descaro.

—¿A ella?

Asiento.

Por un momento se queda en silencio, mirando a María con un sentimiento cercano al desprecio en los ojos.

—Es muy rara. No tengo ni idea de por qué iría. Nunca habló con tu hermana. Bueno, nunca habla con nadie. Parece un fantasma, todo el día vagando de un lado para el otro, como una sombra que no hace ruido.

Por las arrugas que se forman alrededor de la boca de Diana, sé que no me está contando toda la verdad. La pose de indiferencia que muestra hacia el resto de mortales se ha desvanecido cuando ha reparado en la tal María.

Me levanto para ir a buscarla, dispuesta a averiguar la verdad por mí misma, pero cuando comienzo a caminar en su dirección, María se escabulle hacia la salida.

—Ya te he dicho que es un bicho raro.

Sin importarme las palabras de Diana, salgo a buscar a María. Debe existir una razón para que alguien acuda al funeral de otra persona. Aunque ese alguien sea un fantasma que se dedica vagar entre las sombras sin hacer ruido.

Como cabe esperar yo no la encuentro. El edificio tiene tres plantas, más de mil metros, una infinidad de pasillos, puertas cerradas y escaleras que yo desconozco. Cansada y herida, decido que ya es hora de marcharme. Sobre todo, herida. Las sospechas que albergo sobre Héctor, y peor aún, el haberlo visto en actitud cómoda con otra mujer aún escuece en mis entrañas, y lo único que yo deseo es volver a la cabaña y protegerme bajo un pesado edredón y un helado doble de chocolate.

He sido una tonta. Ahora lo sé.

¿Cómo iba yo a interesar a Héctor Brown, uno de los solteros más cotizados del mundo?

Yo sólo soy una mujer corriente. Una chica con el pecho grande y las caderas rotundas a la que no le gusta hacer ejercicio. Una joven a la que el éxito se le escapa. Una periodista frustrada.

Ahora lo entiendo. Héctor pretende seducirme para que yo disipe todas mis sospechas sobre él. Lo lleva claro. A Sara Santana nada ni nadie se le escapa. Yo estoy dispuesta a descubrir la verdad, aunque para ello tenga que vérmelas con el mismísimo Héctor Brown.

Aprieto los puños, indignada porque aquello me importe tanto. Conozco a Héctor desde hace una escasa semana y ya ha logrado producir un efecto devastador en mí. Me siento ridícula. Peor aún. Soy ridícula.

—Te estaba buscando.

Héctor se materializa desde mis pensamientos hacia la realidad. Está frente a mí, tan atractivo y elegante como siempre. No es justo. Todo sería más fácil si él fuera feo. Pero Héctor Brown no tiene nada horrendo en él. Ningún defecto palpable. Es alto y de cuerpo bien formado, tiene la piel bronceada, el pelo oscuro, la barba cuidada y unos impresionantes ojos verdes.

Casi siento ganas de olvidar todo lo que sé acerca de él y perderme en sus brazos. Me imagino cómo tiene que ser tener su cabeza entre mis muslos, hundir mis dedos en su pelo y....

—Tengo que irme—le digo, utilizando el tono más indiferente y falso que puedo.

Todo lo que consigo es sonar con un extraordinario enfado palpable.

Lo esquivo y comienzo a bajar las escaleras.

—Te acompañaré. Podríamos pasar la mañana juntos.

Sí, claro. Él, la rubia y yo.

—No me apetece.

Héctor me sostiene la mano con delicadeza.

—En otro momento, ¿Quizá?

Niego, con los ojos rabiosos, y suelto su mano de manera abrupta.

—¿Te encuentras bien?—quiere saber. Sus ojos me estudian con atención—pareces enferma.

Enferma desde luego que estoy...

—Estoy bien. Tengo que irme.

Bajo los escalones todo lo deprisa que puedo, evitando así que él tenga la oportunidad seguirme.

Rodeo el jardín y paso junto al coche. El conductor ya está con la puerta abierta y un gesto educado para que yo pase al interior del vehículo. Bajo la cabeza, meto las manos en el bolsillo y paso por su lado sin detenerme.

—Señorita, tengo que llevarla.

—Prefiero caminar—respondo irritada.

—¡Pero el señor Brown se molestará si no la llevo!—exclama el hombre agitado.

Bien, en este momento no hay nada que desee más que molestar a Héctor Brown. Perturbarlo al menos una mínima parte de lo que él ha hecho conmigo.

Me entretengo el resto de la mañana apilando hojas caídas en una gran montaña junto al tronco de un árbol. Es una tarea sencilla y que me ayuda a apartar mis pensamientos de él. Todo el dolor que siento consigue esfumarse gracias a ello. Hay hojas amarillas, naranjas, verdes y marrones que crujen cuando las piso. Pero cuando una ráfaga de viento hace volar todo mi trabajo por los aires, pataleo como si me tratara de una niña pequeña, tiro el rastrillo al suelo y me meto en la cabaña maldiciendo en voz alta.

A la hora del almuerzo no tengo ganas de comer. Me siento alicaída y sin ganas de hacer nada más que pasar todo el día tumbada en el sofá mirando hacia el techo. Si no consigo mantener mi atención ocupada en algo, la imagen de aquella rubia colgada de su brazo vuelve a mi cabeza. O peor aún, la visión de mi hermana ahogada por dos manos que se parecen sospechosamente a las del señor Brown.

Llaman a la puerta por la tarde. Me levanto del sofá, con el pelo alborotado, los ojos llorosos y una mueca de disgusto. Un mensajero me ofrece una carpeta en la que firmar.

—¿Qué es esto?—pregunto, mi voz es áspera.

—Un envío a nombre de Sara Santana.

—Yo no he pedido nada.

Le devuelvo la carpeta.

—Lo envía el señor Héctor Brown. Tiene que firmar aquí—señala un punto en la hoja de papel y me lo devuelve.

—No lo quiero, puede llevárselo.

Le devuelvo la carpeta, esta vez, con menor educación que la debida. Escuchar el nombre de Héctor me ha puesto de mal humor.

—No, no. Mi trabajo es enviar estos paquetes, no devolverlos.

—Pero yo no los quiero—respondo irritada, no dispuesta a ceder en aquel asunto.

—Pues entonces tiene que llamar al teléfono que hay en el envío para que vengan a recogerlos—me explica.

Me da la carpeta y un bolígrafo de mala gana, sin duda, irritado porque yo lo haga esperar.

—¿Y no puede llevárselo usted?—insisto.

El hombre niega, por lo que firmo en el punto indicado y le devuelvo la carpeta de la misma forma en la que él me la ha entregado. El hombre procede a recoger las dos cajas y meterlas en la cabaña. Luego sale de la casa. Puedo oír sus palabras mientras se marcha.

“Estúpida loca, montar un drama por un televisor”.

Ese hombre no entiende que una mujer dolida no quiere regalos.

¿Y quién se cree Héctor Brown?

Primero me cambia por otra y luego intenta comprarme con regalitos baratos.

Bueno, baratos no. El televisor de cuarenta pulgadas y la colección de libros y películas deben costar una fortuna. Lo cual tampoco significa nada. Total, él es multimillonario.

Aquello me hace sentirme más enfadada. Puedo ser pobre, pero soy honesta y tengo mi orgullo.

Orgullo que no voy a permitir que Héctor Brown pisotee.

La primera caja contiene una suculenta colección de libros de autores victorianos y películas de la BBC En la segunda hay un lujoso televisor de plasma.

Me dirijo hacia el acuario de mi hermana.

—Al parecer no sois lo suficiente buenos para él—informo a los peces—no os preocupéis, yo tampoco.

Los regalos de Héctor quedan apartados en un rincón de la casa, y yo me dedico a curiosear por la cabaña de mi hermana. No encuentro nada interesante, a excepción de una botella de Johnnie Walker etiqueta negra. Miro hacia la urna de mi hermana y enarco una ceja. No me vendrá mal un traguito.

Sólo que no es un traguito.

Varias horas después la botella está por la mitad, y mi ropa esparcida por el suelo. Llevo puesto una camiseta interior y mis braguitas de lunares que tanto me gustan. Canto la banda sonora de Ghost a grito pelado, utilizando mi teléfono móvil a modo de micrófono. Desde un rincón del sofá, Leo me mira aterrorizado.

Llaman a la puerta y corro a abrir, dando brincos y saltos de alegría.

Héctor Brown está allí, con los ojos brillantes y una sonrisa en la cara. Me llevo las manos a la boca cuando suelto un hipo.

—¡Señor Brown!—exclamo con una risilla.

Héctor ladea la cabeza, se apoya en la puerta y me mira de arriba abajo.

—Sara, ¿Estás.. borracha?

—Porsupuestoqueno. Si vienessss aquí a criticar veteatucasa—mi lengua arrastra las palabras.

Héctor parpadea un par de veces al oír lo que le digo.

—¿Recibiste mi regalo?

Señalo hacia el suelo con gesto despectivo.

—Ahí lo tienes, no quiero nada tuyo.

Vuelvo a hipar y me pongo una mano en la boca.

—¿Se puede saber por qué estás tan rara?—inquiere, sin diversión alguna esta vez en su rostro.

—¡A mí no me p-puedes comprar con regalos Señor Broooooown!

—No pretendo comprarte—señala a la defensiva.

—¿Y entonces por qué me haces regalos?

Los ojos de Héctor brillan amenazantes y su boca se acerca a la mía.

—Porque quiero.

Yo me alejo dando un paso hacia atrás de manera tambaleante, y él me sostiene por el brazo para que no me calle. Aparto su mano y me agarro a la puerta.

—¿Qué será lo próximo? ¿¡Un BMW?

—Podría conseguirlo.

—Seguro—me cruzo de brazos, tratando de aparentar un completo domino de mis facultades que no siento en absoluto—seguro que consigues del mundo todo lo que quieeeeressss.

Héctor entra en la habitación sin recibir invitación alguna, hace oídos sordos a mis quejas, acorta la distancia hacia el salón y coge la botella de whisky. Me la enseña con actitud inquisitiva.

—¿Por dónde estaba la botella?

Me encojo de hombros.

—¿Tú también querías?

—Será mejor que te sientes—me coge del brazo y me obliga a sentarme en el sofá sin amabilidad alguna—voy a prepararte algo de cenar, seguro que ni siquiera has cenado antes de beber.

—T-tú sabes cocinar...

—Por supuesto que sé cocinar—responde.

—Pero yo no quiero nada tuyo—replico, echándome sobre el sofá y recogiendo a Leo sobre mi regazo —él tampoco quiere nada tuyo.

—Es tu comida—me contradice.

Tiene razón, y yo estoy demasiado borracha para responder algo inteligente.

Me cruzo de brazos enfadada, pero mi enfado da paso a la risa. Una risa agitada y burbujeante que llena el ambiente.

Héctor deja lo que estaba haciendo y me observa con ojos como platos.

—¿Qué te hace tanta gracia?

Yo no sé de qué me río, pero cuando veo a Hé ctor con mi delantal, un delantal de corazones rosas, me río aún más profundamente.

Yo no puedo controlar mis palabras, por eso, cuando vuelvo a hablar, no controlo lo que digo.

—Te queda bien. Todo te queda bien. No es justo que luzcas tan sexy con algo tan ríiicudilo.

—Ridículo—me corrige.

—N-no no eres ridículo, yo soy ridícula.

Héctor acorta la distancia que nos separa y se sienta en el borde del sofá.

—Tú no eres ridícula—asegura, muy serio.

Me coloca un mechón de cabello por detrás de la oreja, y al hacerlo, sus dedos acarician ligeramente mi mejilla. Siento un cosquilleo ante el toque superficial de sus dedos.

—¿Qué pasó esta mañana, Sara?

En su boca, mi nombre suena sensual, poderoso y prometedor.

—Tú estabas ocupa-pado—le recrimino.

Él acuna mi rostro entre sus manos, y me dedica una sonrisa. Una maravillosa sonrisa que traspasa mi piel y me llega al alma, a pesar de la desconfianza y todo el alcohol que yo he ingerido.

—Nunca estaré ocupado para ti, Sara.

Sus labios me acarician los labios, en un roce suave.

—Nunca.

Yo asiento, con un nudo en la garganta y sin poder dejar de mirar sus labios.

—Voy a terminar la cena.

Lo retengo por el cuello de la camisa y lo acerco a mí.

—Pero no tengo hambre.

—¿Y qué es lo que quieres, Sara? Sólo dímelo.

—A ti—susurro muy bajito.

—Lo dices porque estás borracha.

Yo niego de manera rotunda y me muerdo el labio.

Héctor me da un beso, largo, caliente y húmedo. Me tumba sobre el sofá, con todo su cuerpo pegado al mío.

—Sara...—lucha por contenerse.

Yo hundo mis manos en su pelo, y dejo que él bese mi cuello y lo acaricie con su lengua.

—Sara...—murmura con los dientes apretados —si sigues así no voy a contenerme.

—Pero yo lo quie...

Héctor coloca un dedo sobre mis labios, besa mi frente y se separa de mí.

—Voy a preparar la cena—me dirige una mirada furtiva—y vas a comértela.

Héctor sigue hablando, pero yo ya estoy demasiado ocupada fijándome en su trasero, en la forma perfecta y semiesférica de sus glúteos, en su espalda bien formada y en su cabello oscuro como la noche.

Prepara un risotto y una ensalada de aguacates. La comida huele genial, aunque yo no tengo ganas de comer. Héctor pone el plato sobre la mesa y me observa con gesto inquisitivo. Yo me llevo el tenedor a la boca sólo para complacerlo. Tomo un aguacate entre mis labios y los frunzo tentadoramente, hasta que deslizo el aguacate por mi garganta. Bebo un sorbo de agua y una de las gotas escapa hacia mi garganta. Yo atrapo otra con la lengua. Héctor me mira serio, impertérrito, aunque puedo ver a través del oscurecimiento de sus ojos que lo estoy tentando.

Al ver que no hace ni dice nada y sigue mirándome con el rostro cargado de tensión, le hago una pregunta.

—¿Dónde ha aprendió a cocinar, señor Brown?

—Mi madre era una gran cocinera—me explica.

—Yo pensaba que los ricos tenían personas que les cocinaran.

—Así es—él me mira divertido—eso no quiere decir que no seamos capaces de hacer cosas por nosotros mismos.

Yo juego con el tenedor sobre el plato, pensando en el personal de servicio dispuesto a complacer a Héctor Brown las veinticuatro horas del día. Mi mente pasa a algo mejor, una imagen nítida de Héctor vestido únicamente con mi delantal de cocina. Todos sus músculos ceñidos bajo la fina tela rosa de lunares, y el vello de su pecho asomando indiscreto por encima...

—Sara—me llama.

Yo no lo miro, sigo embobada con la imagen que tiene mi mente de su cuerpo semidesnudo.

—Sara, no me llames señor Brown. Es una orden.

Puedo sentir el fuego de sus ojos, aquellas esmeraldas ardientes que me abrasan. Yo asiento, con un nudo en la garganta que me impide tragar.

Termino de cenar y Héctor recoge los platos y los lava en el fregadero. Yo me quedo observándolo, con un sentimiento de adoración en los ojos. Allí está el señor Brown, uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo, lavando los platos.

Me tumbo en el sofá y sigo regodeándome en aquella imagen. Mis párpados comienzan a pesar, y por mucho que intento mantenerlos abiertos, lo último que recuerdo es la imagen de él echándome una manta por encima.