CAPÍTULO CUARENTA
HAN pasado dos días desde que Héctor y yo discutimos. A pesar de que llevamos todo este tiempo sin discutir, a veces puedo sentir como él sigue desconfiando un poco de mí. Hace poco volvimos a hablar de ello, y Héctor me dijo:
—Los celos son irreflexivos, Sara. Yo nunca he sentido celos de nadie. Entonces llegas tú y me haces sentir un celoso compulsivo. Supongo que estar dos días encerrada en la casa de un hombre da que pensar a cualquiera. Eso no es irreflexivo.
—Ya te dije que no hicimos nada. Sería incapaz. No hay otro hombre al que desee más que a ti, Héctor. Mi cuerpo te lo demuestra continuamente.
Entonces él me acomoda entre sus brazos dando por zanjada la conversación. Me besa y volvemos a hacer el amor una y otra vez, hasta que nuestros cuerpos caen exhaustos sobre el colchón. Pero a veces puedo sentir esa mirada desconfiada en la nuca y pienso que él tiene parte de razón porque le he dado suficientes motivos para desconfiar de mí; mi inicial desconfianza, mi escapada, Erik...Y luego está el hecho de que no le he contado toda la verdad, y eso quema justo en la parte de mi cerebro dedicada a la culpabilidad, que me hostiga una y otra vez: cuéntaselo, cuéntaselo No. Definitivamente no creo que sea el momento de destapar la caja de Pandora.
Como si mi jefe tuviera un radar, me llama justo en el momento en el que estoy dándole vueltas al coco.
—¡Sara, cuánto tiempo sin tener señales tuyas! Me enteré del incidente—dice con voz cargada de entusiasmo.
No me extraña. Al parecer, todo el pueblo está al corriente de la paliza que me dieron.
—¿Llamas para preocuparte por mí?—pregunto jocosamente.
Julio se ríe. Eso es que no.
—Eres una mujer fuerte, seguro que estás bien. Llamaba para que nos tomáramos un café y charláramos.
—Estoy frita a trabajo—me excuso.
—¿Ah sí?
—Tú deberías saberlo, eres mi jefe.
—Posponlo. Tenemos que hablar.
—Ya te he dicho que tengo trabajo que hacer.
—Y como soy tu jefe, yo te digo que no lo hagas. Reunión de última hora en la cafetería.
Qué maravillosa forma de empezar el día.
Al llegar a la cafetería, Julio ya me está esperando sentado con dos tazas de humeante café sobre la mesa. ¡Qué prisa tiene!
Me acerco a la mesa como si me hubieran metido un petardo en el culo, porque siempre he mantenido la creencia de que los acontecimientos agradables es mejor enfrentarlos lo más pronto posible. Y
tengo el presentimiento de que Julio quiere algo de mí que no va a obtener, lo cual no aventura nada bueno. Adriana me echa una sonrisa compasiva desde detrás de la barra cuando paso a su lado.
Le hablo sin saludarlo.
—Julio, ¿Para qué me has llamado?—pregunto cortante.
—Es evidente. No me pones al corriente de la situación, ¿Qué tienes sobre Héctor?
—Nada
—Nada—repite sorprendido.
—Nada que lo incrimine. Te puedo asegurar que no tengo la menor duda de que él no tiene nada que ver con la muerte de mi hermana. Se acabó. Lo siento. No tienes reportaje con el que hacerte famoso.
—¡Oh, Dios....sabía que estoy iba a suceder! ¡Estás enamorada de ese bastardo!—exclama muy indignado.
Me levanto como si hubieran colocado un alfiler en la silla.
—Cuida tu lengua, Julio. No tengo ni idea de por qué os lleváis tan mal, pero no pienso permitir que lo insultes.
Incluso si para eso le tengo que patear el culo a mi jefe. Tengo ganas de soltarle: “¡Con mi churri no te metas!”
—Te contraté para algo. Quería que encontraras pruebas incriminatorias sobre Héctor.
—¡Te digo que no las hay!
Los ojos de Julio parecen salirse de sus órbitas. Como poseído por un demonio, se levanta de la silla, golpea con ambas manos la mesa y se echa hacia delante rozándome con la punta de la nariz. La violencia de su acto hace que el resto de comensales se giren a mirar la escena.
—¡Pues búscalas! No me importa que él no tenga nada que ver, quiero cualquier trapo sucio. Rebusca en su basura, abre los cajones de su escritorio, espía su móvil...
Niego con la cabeza rotundamente, sintiendo pena por ese energúmeno al que toda la crítica literaria alaban.
—Se acabó. Tú y yo hemos terminado. Eres una persona sin escrúpulos y no pienso dejar que sigas alimentando el morbo sobre el asesinato de mi hermana. Si me puse a trabajar para ti era porque quería mantenerte alejado y necesitaba ganar algo de dinero. Joder...y pensar que te admiraba como escritor.
Julio vuelve a sentarse en la silla, echa la cabeza hacia atrás y se ríe cansadamente.
—Ah...Sara. A mí el asesinato de tu hermana no me interesó nunca. Yo sólo quiero destruir a Héctor Brown—sus ojos se oscurecen-y quiero que tu busques todos sus trapos sucios.
—Ni hablar. Héctor me importa.
—En ese caso, pienso contarle que lo has estado engañando.
Me doy la vuelta y camino hacia la puerta con decisión.
—Ni siquiera tendrás eso. Voy a contárselo yo misma.
Estoy despedida y a punto de cargarme mi relación. Genial.
Al llegar al centro, subo las escaleras de tres en tres y entro como una bala en la habitación. Héctor está probándose corbatas frente al espejo, y su reflejo parece estar de acuerdo conmigo en que este tipo es increíble. Me ofrece una sonrisa a través del espejo cuando me ve llegar y sigue probándose las corbatas para elegir cuál de ellas será la afortunada que visitará París.
¡París!
La noche en la que Héctor me presentará ante sus amigos y familiares como su novia se acerca...y yo estoy a punto de contarle la verdad. Lo miro con tristeza. No quiero que lo que tenemos se acabe.
—Aun no me has enseñado el vestido—comenta con interés, sacándome de mis pensamientos.
El vestido que he elegido ha sido un carolina herrera de un intenso color rojo con un vertiginoso escote en uve que cae hasta el final del tórax, con un sencillo lazo que frunce la tela a la cintura y vaporosa seda que cae hasta los tobillos. Me ha costado una fortuna, prácticamente el sueldo de medio año en mi antiguo trabajo como free lance. Por suerte, Julio me pagaba tan bien que he podido comprar el vestido sin que mis ahorros se vean demasiado mermados. Los voy a necesitar ahora que me he despedido.
—Te quiero sorprender en la fiesta—le digo, manteniéndome enigmática.
—Cariño, me sorprenderías incluso llevando una bolsa de basura.
Yo pongo los ojos en blanco. Esa sí que no cuela.
—Sí, te sorprendería pero por lo fea que estaría.
Héctor se acerca hacia mí y me da un beso en el cuello al mismo tiempo que hace descender un dedo hasta la curva de mi escote.
—Un escote de vértigo—murmura en mi oído.
Pues cuando vea el vestido...
Héctor sube de nuevo el dedo y rodea con él mi garganta, de una forma muy seductora.
—El collar quedará perfecto sobre este bonito cuello. Quiero que todos los hombres te miren y sientan envidia de mí por tener una novia tan hermosa.
Será la primera vez que acuda a un acto tan importante con un collar de diamantes y un vestido de alta costura, y sin embargo, yo sólo puedo pensar en lo afortunada que soy de asistir colgada del brazo de este maravilloso hombre.
—Desnúdate para mí—me ordena con voz ronca.
Yo miro el reloj que hay en mi muñeca izquierda.
—Tenemos que coger el avión dentro de quince minutos.
Héctor me acerca hacia él cogiéndome por la cintura y comienza a dejar besos en mi cuello, hasta que desciende hacia el escote. Pasa la lengua, bordeando la tela y adentrándose en el interior de mi sujetador.
Yo gimo.
Supongo que tener un avión privado hace que uno se olvide de algo tan importante para otros como la hora de embarque.
Me sube el jersey por el estómago hasta sacarlo por los hombros y se queda un rato admirando mis pechos bajo el sujetador de encaje color champagne que estoy estrenando. Bajo la arrolladora mirada de sus intensos ojos verdes es imposible que no me sienta la mujer más hermosa del mundo.
—Dios...me encantan tus pechos.
Héctor me lame la parte de los pechos que sobresale de la tela del sujetador, y yo siento como mis pezones se endurecen bajo la tela. Me agarro a su cabello y echo la cabeza hacia atrás, gimiendo y pidiendo más. Él me coge entre sus brazos y me deposita en la mullida alfombra de suave pelo blanco.
Me quita el sujetador y me besa los pechos, tomando los pezones entre sus dientes y tirando de ellos, hasta que éstos me duelen de placer. Entonces se levanta y camina hacia la mesita de noche, sacando una cajita plateada. Se vuelve a tumbar junto a mí y la abre. Antes de que pueda preguntar de qué se trata, él me muestra un bote rojo en forma de cilindro.
—Pensaba utilizarlo esta noche pero no puedo esperar más.
Héctor aprieta un extremo del bote y sus manos se empapan con un líquido de color transparente y textura aceitosa.
—Es un aceite que sirve para dar masajes. Cuando te toque la piel, te provocará una sensación de intenso calor.
Yo me estremezco, deseando que comience a acariciarme la piel con el lubricante.
—Nena, tienes que decirme dónde quieres que te lo ponga—me explica con la voz cargada de lujuria.
—En los pechos—le digo, sin pensármelo.
Para excitarlo aún más, me toco un pecho con la mano y lo acerco a mi boca, dejando que mi lengua juegue con mi pezón, al mismo tiempo que lo provoco con una mirada cargada de intenciones. Los ojos de Héctor se oscurecen al observar lo que hago, y yo, completamente desinhibida, me toco el otro pecho y vuelvo a repetir la operación, suspirando al darme ese placer a mí misma.
—Sí, tus pechos...me alegro de que ambos estemos de acuerdo.
Héctor acerca sus manos impregnadas de aceite a mis pechos y coloca las palmas abiertas sobre ellos.
Empieza a hacer movimientos circulares en ambos pechos y yo puedo notar como esa sensación de calor de la que hablaba comienza a invadirme. El calor y sus manos hábiles forman un tándem perfecto para que yo me excite aún más. Nunca me han dado un masaje en el pecho, y este, para ser el primero, está siendo una experiencia digna de recordar y volver a repetir. Él continua masajeándolos, los envuelve con sus manos hasta sopesarlos y hace que me estremezca cuando alcanza mis pezones y tira de ellos. Vuelve a coger el lubricante y esparce una considerable cantidad directamente sobre mi piel, desde el tórax hasta debajo de mi ombligo. Sus manos esparcen el líquido por todo mi estómago, hasta llegar a la parte baja de mi vientre, y otra oleada de calor me sobreviene. Yo alzo mis caderas hacia él, pidiendo más.
—Me has dado una idea al tocarte. Quiero que te toques para mí. Mastúrbate. No te daré lo que quieras hasta que lo hagas.
Yo me muerdo el labio de manera seductora, deseando darle lo que él me pide. Nunca antes me he masturbado delante de otro hombre, y hacer algo tan íntimo delante de él...tan sólo pensarlo...logra que me encienda aún más de lo que estoy.
Héctor me ayuda a quitarme los pantalones y me arranca las bragas. Yo lo fulmino con la mirada.
—Te encanta romper mi ropa.
—Me encanta verte sin ella—me corrige.
Pasa un dedo desde mi ombligo hasta mi monte de Venus, y cuando vuelvo a arquear las caderas hacia él de manera instintiva, lo retira.
—Dame lo que quiero—ordena.
Tumbada boca arriba en la alfombra, coloco las plantas de los pies en el suelo y separo las piernas, hasta quedar totalmente expuesta a él. Acerco un dedo a mi boca y lo humedezco de manera que parece que estoy haciendo una felación, y entonces, con el dedo húmedo, lo hago descender hacia mis pechos y mi monte de Venus, mientras mi mano libre me acaricia ambos pechos. Sigo descendiendo con mi otra mano hasta llegar al monte de Venus, y me detengo ahí, torturándonos a ambos deliberadamente. Cuando siento que su respiración se entrecorta, me abro los labios vaginales con los dedos e introduzco el dedo humedecido en mi interior. Cierro los ojos y me dejo llevar, masturbándome y ofreciendo el placer a mí misma..
—Uhm...-gimo.
Abro las piernas más, y bajo mi otra mano hasta colocarla sobre el clítoris, que me acaricio. Me introduzco un segundo dedo y me siento estrecha hasta que las paredes de mi vagina tiemblan contra mi dedo y mi clítoris se hincha ante los envites de placer que me acometen. Abro más las piernas. Me retuerzo de placer sobre la alfombra, echo el cuello hacia atrás y me corro gritando de placer.
Vuelvo a dejar caerme sobre la alfombra, perezosa y extasiada, y contemplo a Héctor de manera triunfal. Él me mira con los ojos entrecerrados y respirando agitadamente. Me toma la mano que antes ha estado en mi sexo y la lleva a sus labios, besándola.
—Ha sido lo más erótico que he visto en toda mi vida.
Se acerca a mí y me besa en los labios, sosteniéndome por la nuca hasta que me obliga a responder a su beso con ferocidad. Yo me abrazo a su cuello y dejo que me posea con la boca, de esa forma que tanto me gusta. Siento su erección a través de la tela del pantalón apuntando contra mi vulva desnuda y vuelvo a sentir deseo. Héctor desciende hacia mi vagina y entierra su cara en ella, lamiéndome y penetrándome con la lengua hasta llegar al clítoris que toma entre sus labios y succiona. Yo me aferro a su cabello y arqueo mi pelvis contra su boca, pidiendo más.
—Más...¡Más!...no pares.
—Nunca.
Su lengua me devora ansiosa, penetrándome y lamiéndome por igual, hasta que me provoca un orgasmo maravilloso. Me corro, y él lo toma con su lengua, lamiéndome hasta que termino de irme jadeando.
—Te necesito dentro.
Héctor se quita los pantalones, vuelve a coger el lubricante y lo dirige hacia mi vagina. Grito cuando siento como el líquido chorrea en mis labios vaginales y el intenso calor se concentra en mi punto más débil. Él coloca la cabeza de su pene en la entrada de mi vagina y me agarra por las caderas, enterrando su erección en mi vagina poco a poco, hasta que yo arqueo las caderas y siento como me llena por completo.
—Joder, me vuelves loco.
Héctor me besa y se mueve, poseyéndome con una ferocidad que hace que le arañe la espalda por encima de la tela de la camisa, hasta que termino por arrebatársela y mis uñas se clavan en la tensa carne de su espalda. Ambos gemimos, y él se mueve con mayor potencia, embistiendo de una manera ruda y salvaje que me encanta. Me agarro a sus glúteos y lo rodeo con las piernas alrededor de la cintura, lo que provoca que estemos más unidos.
—Oh..Sara, joder, sí...
Yo comienzo a sentir las primeras oleadas de placer y echo los brazos hacia atrás, dejándome ir.
Héctor coloca sus brazos encima de los míos y entrelazamos los dedos, apretándolos cuando el orgasmo se hace más intenso y ambos nos corremos. Héctor suelta un grito gutural antes de caer rendido sobre mí y rodar a un lado para no aplastarme.
Se queda tumbado de lado, mirándome de una manera que me llega al alma.
—Eres la mujer más maravillosa que ha entrado en mi vida, y no te voy a dejar salir nunca.
Yo ruedo hasta colocarme encima de él, y le rodeo el cuello con los brazos.
—Yo quiero quedarme contigo.
—¿Por cuánto tiempo?—pregunta.
—Todo el tiempo del mundo.
Él me besa en los labios y dice:
—Sí, para siempre sería un buen comienzo.