CAPÍTULO DIEZ

ENCONTRAR las escaleras de acceso a la primera planta me resulta más complicado de lo que había esperado. Tengo que admitir que mi sentido de la orientación es nulo, por eso, cuando doy la segunda vuelta y regreso al punto de partida, me esfuerzo en tranquilizarme.

Después del descubrimiento acerca del jardinero y el encuentro con la amiga de mi hermana, me encuentro en un estado cercano a la ira. Mi cerebro me impulsa a regresar a la ciudad y dejar aquella investigación a la policía, lo que en definitiva es su trabajo. Mi corazón, que en ese momento late desbocado en mi pecho, me obliga a quedarme. No puedo marcharme sin saber lo que ha sucedido. No entendiendo el porqué. Para ser sincera, cuatro años de separación de mi hermana me habían hecho que pensar en ella se me antojara inoportuno. Tan solo las veces que iba a visitar a mi madre y algunas conversaciones con tía Luisa sacaban el tema a colación. Ahora, por el contrario, encontrar la verdad es lo único que me mantiene ajena al dolor. Mi hermana, aquel ser tan distinto a mí del que había pasado cuatro años separada. Mi hermana, a quien nunca volveré a ver.

La dolorosa verdad cae sobre mí como el cielo plomizo de aquella tarde. No he reparado en ello hasta entonces, demasiado ocupada como estoy en descubrir la verdad. Yo he soportado cuatro años de separación con la esperanza de que algún día volveríamos a vernos. Porque ella volvería. Siempre lo había creído así.

Cruzo un pasillo por el que no tengo constancia de haber pasado y giro a la derecha. La escalera está allí. De mejor humor, me apresuro a dirigirme a la salida. He decidido emprender el camino de regreso a pie y no quiero que la noche y la lluvia se me echen encima.

Tropiezo con una alfombra marrón que cubre todo el pasillo. Soy torpe, pero en mi defensa debo añadir que aquella moqueta tiene el filo levantado. Mi pie se engancha en la alfombra y caigo de bruces en el suelo.

Mi cara se estrella contra la alfombra y mi cuerpo se queda allí tirado. Por suerte nadie ha visto aquel desastre.

Comienzo a incorporarme y unas manos ajenas me agarran de los brazos tirando de mí hacia arriba.

Héctor Brown está arrodillado frente a mí con una sonrisa en los labios.

Yo, y mi manía de llamar la atención ante los hombres. Llamar la atención para mal, por cierto.

—¿Acostumbra a tener accidentes de manera ocasional?—pregunta, con un brillo de diversión en los ojos.

Sus ojos de un verde vivaz me escrutan de arriba abajo. Va vestido con una camisa amplia de color blanco y unos pantalones vaqueros que se ciñen a cada centímetro de su escultural cuerpo. Si hay algo que pueda sentarle mal a aquel hombre, yo no conozco su existencia.

Aspiro su olor corporal mientras termino de incorporarme, una mezcla de gel de baño y menta que me deja embriagada. Héctor Brown parece recién salido de la ducha, y su cabello mojado me hace cosquillas en la mejilla cuando termino de levantarme.

Estoy muy pegada a él, a su cuerpo musculoso y atlético. Aquello me despista, porque yo no he estado ante un hombre tan atractivo en toda mi vida. Y aquel es el hombre más atractivo que yo he visto nunca. Con su tono de piel moreno, su cabello oscuro y sus ojos felinos cualquier mujer se sentiría tentada.

Él no aparta sus manos de mí, que todavía reposan cálidas sobre mis brazos. Siento la electricidad de nuestro contacto, y el vello de mi piel se eriza bajo las yemas de sus dedos.

Trato de encontrar mi voz entre el amasijo de nervios en el que se ha convertido.

—Estaba levantada—murmuro

—¿El qué estaba levantada?

Me muerdo el labio, perturbada por la atracción innata que siento hacia él.

—La alfombra—digo, intentando parecer calmada—la alfombra estaba levantada, y mi pie se ha enganchado.

—¿Ha encontrado lo que buscaba?

—No.

—Ya le dije que no encontraría nada.

Asiento, no demasiado segura.

—¿Por qué sigue aquí?

—¿Por qué debería marcharme?

—Un hombre de negocios como usted, ¿No tiene a nadie que le lleve los asuntos secundarios?— insisto.

—Esto no es secundario—responde con voz grave—no hagas eso, Sara.

Sus ojos se oscurecen al decir mi nombre.

—¿El qué?

—Interrogarme con preguntas que parecen inocentes y no lo son—me advierte.

Héctor Brown ya me ha soltado. De algún modo que yo no entiendo, aquello significa más para él de lo que yo puedo comprender. Y de nuevo, siento la agresividad oculta de sus palabras.

—Tengo que irme.

—Llamaré al jardinero para que te acompañe.

—¡No!—exclamo

Héctor no parece sorprendido por mi repentino grito. Todo lo que hace es fijar sus ojos en mí y estudiarme con detenimiento. Bajo su mirada me siento pequeña y débil, lo que me molesta mucho. Él no tiene derecho a ejercer ese efecto sobre mí.

—¿Por qué no?—quiere saber.

El tono de voz remarca una férrea autoridad. No me lo está preguntando...es...como si me lo exigiera.

Tengo ganas de decirle que aquello no es asunto suyo, pero no puedo. Irracional y estúpidamente yo quiero ser asunto de Héctor Brown, y algo me dice que él es peligroso. Peligroso para mí.

—Porque prefiero caminar—le digo, sintiéndome un poco mejor conmigo misma al expresarlo tan firmemente.

—Mientes muy mal.

Aparto mi mirada de la suya y comienzo a bajar la escalera. No he llegado al segundo escalón cuando sus manos me detienen y me hacen regresar.

—No vas a irte sola. Está a punto de oscurecer y va a llover—me dice, y de nuevo, vuelve a utilizar ese tono autoritario y tremendamente sexy.

Me sobresalto al sentir sus dedos firmes sobre mi brazo. No estoy acostumbrada a recibir órdenes y esta no va a suponer una excepción.

—Sí que voy a..

—La acompañaré—sentencia.

O quizá me equivoco.

Me agarra del brazo y me obliga a bajar las escaleras. Tengo que bajar los escalones de dos en dos para poder seguir su ritmo. Para mayor mortificación mía, me veo siguiéndolo sin oponer resistencia alguna. Este hombre ejerce una atracción innata en mí.

Llegamos hasta la zona trasera del edificio, donde un flamante BMW negro nos está esperando.

Vuelvo a recobrar la cordura y me zafo de su brazo recuperando parte de mi orgullo, que ha estado perdido todo este tiempo admirando el contorno de los glúteos de Héctor. Me adelanto hacia el asiento del copiloto, maldiciendo en silencio por subir al coche. Desde que lo conozco, sé que alejarme de Héctor Brown es lo más sensato. Pero yo nunca fui una chica sensata, ¿Sabes?

—Puedo andar sola—digo entre dientes.

No se me escapa la sonrisa de satisfacción en los labios de él. Y yo no tengo ninguna duda acerca de que aquel hombre hace que todas las personas a su alrededor hagan lo que él quiere.

El camino de regreso transcurre en silencio. Yo no quiero hablar, y Héctor Brown no parece tener necesidad de ello. Llegamos a la casa del lago y antes de que pueda bajarme, Héctor se apea del coche y va hasta la puerta del copiloto. La abre y me ofrece una mano. Aquel gesto tan arcaico es la mayor prueba de galantería que yo he recibido en toda mi vida.

Agarro su mano y me bajo del vehículo. De nuevo, la corriente eléctrica recorre mi cuerpo produciéndome grandes dosis de placer.

—¿Estarás bien sola?—pregunta.

Tiene una expresión en el rostro que no logro desentrañar.

—Puede que venga el lobo o algo por el estilo—me burlo.

Héctor me mira con dureza.

—Te acompañaré a la puerta.

—No es necesario.

Antes de que pueda añadir nada más, él ha colocado una mano en mi espalda y me dirige con presteza a la entrada de la casa. Cuando llego, introduzco la llave en la cerradura y abro la puerta de par en par.

Meto la cabeza en la entrada y giro el cuello hacia uno y otro lado.

—Al parecer, no hay ningún intruso en la casa—lo miro con convicción—no soy ninguna damisela en apuros.

—¿No tienes miedo?—insiste— puedes pasar la noche en el centro si lo prefieres. Podrías quedarte el tiempo que estimaras necesario, yo lo arreglaría todo.

Yo no entiendo su interés. Tal vez aquello apunte a una maniobra comercial para limpiar su nombre.

Una maniobra de distracción para que yo me vea obligada a confiar en él y olvidar cualquier indicio de culpabilidad relativo al asesinato de mi hermana.

Y sin embargo, hay preocupación en su mirada. Un sentimiento protector que convierte sus ojos en dos paraísos tropicales en los que yo ansío perderme, a poder ser, con el señor Brown como único acompañante.

—¿Por qué iba a tener miedo?—replico, haciéndome la dura.

Yo no sé en qué momento él se ha desplazado hacia mí y ha estrechado la distancia que nos separa.

—Porque estás sola—dice, mirándome a los ojos con intensidad—sola en el mismo lugar en el que murió tu hermana.

Su mano acaricia la parte baja de la garganta, creando entre ambos una intimidad difícil de asimilar para mi control. Mi respiración se detiene. Me doy cuenta de que él es un hombre demasiado oscuro y complicado, y que este clímax de sospecha continúa desemboca en un camino peligroso que yo he empezado a cruzar.

—No tengo miedo—aseguro, aunque en este momento sólo tengo miedo de una cosa. De perder el control y dejarme llevar hacia aquel cuerpo que se pega al mío.

—Deberías.

Héctor acaricia mi barbilla con su pulgar, y levanta mi rostro hacia el suyo. Yo me siento intimidada ante aquel hombre tan alto, pero ni yo me permito que él se percate de ello ni él me deja bajar la cabeza.

—No eres una mujer convencional, Sara Santana—su acento sureño acarició mi piel.

Y me besa.

Su boca cae sobre la mía, y toda la atracción acumulada desde la primera vez que nos vimos desemboca en un beso feroz. Me empuja contra la pared, con su cuerpo pegado al mío. Devora mi boca con una intensidad que me deja desvalida. Trato de resistirme, lo juro. Pero cuando él acuna mi rostro entre sus manos y me obliga a ser partícipe de aquel beso, yo no puedo más que corresponderle.

Lo deseo, más de lo que he deseado cualquier otra cosa en la vida.

Su lengua encuentra la mía, y me hace suspirar de placer. Las manos de Héctor bajan por mi espalda, lo que me provoca una intensa sensación que me hace encorvar todo mi cuerpo hacia el contacto con el suyo. Al hacerlo, siento la urgencia que hay en sus pantalones. Su otra mano descansa sobre mi cadera y me sube el jersey, adentrándose en mi piel, que se calienta allí donde él me toca.

Sus labios me devoran con ansiedad, buscando más. Y yo quiero dárselo todo. Bajan hacia mi cuello y plantan un reguero de besos húmedos y cálidos alrededor de mi garganta. Yo entierro mis manos en su pelo oscuro y me dejo hacer, delirando de placer ante sus caricias.

Sus manos suben hacia mi sujetador y se deslizan por dentro, amasando mis pechos y pellizcando mis pezones. Gimo ante la sensación incontrolable. Las puntas rozadas se vuelven duras y frágiles bajo sus dedos.

Me estremezco ante aquella sensación.

Deseando más. Deseándolo todo. Deseándolo a él.

Y en ese momento la veo. Allí, parada junto a la valla de la entrada del porche. Tiene la piel de un blanco enfermizo, dos manchas oscuras bajo los ojos y los labios morados. El pelo y la ropa mojada.

Ladea la cabeza y me mira con una expresión de dolor en la cara. Sólo tengo que estirar el brazo para tocarla.

Separo a Héctor de un empujón.

Yo respiro entrecortadamente. Él me mira confundido.

Me agarro al pomo de la puerta para no caerme y me adentro en la casa tratando de buscar una salida.

La figura ya se ha ido, dejándome traumatizada por su visión, frustrada por su pérdida, y dolorida por la separación con Héctor.

—¿Estás bien?—se preocupa, al percatarse de la repentina palidez de mi rostro.

Se acerca a mí pero yo pongo una mano en alto para detenerlo.

—Necesito estar sola.

El da otro paso hacia mí ignorando mi petición, con una pasión en sus ojos que me hace querer olvidarme de todo. Pero no puedo. La visión nítida y grotesca de ella me ha traumatizado.

—Por favor, vete—le ruego.

Me meto en la casa y cierro la puerta. Me quedo allí sentada de espaldas a la puerta. No sé cuánto tiempo paso allí, pero cuando me levanto y miro por la ventana, Héctor está sentado en las escaleras del porche mirando hacia el lago.

Me agacho justo antes de que él me vea y me muerdo el labio.

¿Por qué sigue aquí?

Esperaba que él se marchara después de mi desplante sin mirar atrás.

Intento no hacer ruido y me desplazo hasta el sofá. Lo más seguro es que se vaya pronto si él no escucha sonido alguno dentro de la casa. Me quedo sentada en el sofá con los ojos fijos en el reloj de la muñeca. Ya han pasado quince minutos.

—¡Sara!—me llama—no voy a marcharme hasta que abras esa puerta, sepa que estás bien, y me cuentes qué demonios ha pasado. Aunque me tenga que quedar aquí sentado toda la noche. Algún día tendrás que salir.

Él tiene razón, pero ¿Qué se supone qué voy a contarle?

Leo dormita a mi lado con su cabeza sobre mi regazo. Ojalá yo pudiera estar tan tranquila como él, sólo que cuando tienes una visión en la que aparece tu hermana muerta, la cosa se pone complicada.

Me cruzo de brazos decidida a esperar. Seguro que Héctor Brown, el ejecutivo impecable, tiene mejores cosas que hacer que estar allí sentado. Un rato más y se marchará.

“Tienes muy mal gusto”—susurro a la habitación desierta, “muy mal gusto”.

“¿Quieres volverme loca?”—le pregunto, mirando furiosa hacia ambos lados de la habitación, tratando de encontrar su imagen. Pero ella ya se ha ido.

Mi hermana siempre ha tenido un sentido del humor un poco macabro, ¿Sabes? Aunque aparecerse en mitad de un beso para que a mí me de un infarto ya es pasarse. Puede simplemente aparecer sin aspecto de haber muerto ahogada, ¿Es mucho pedir?

Me acerco el reloj de muñeca a la cara. El tiempo pasa lento cuando estás esperando.

Hace cuarenta minutos que Héctor está sentado en la puerta. Miro por la ventana segura de que él ya se ha marchado.

Allí, sentado en el porche, está Héctor Brown.