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EL GRAN TERROR (1936-1938)
Se ha escrito mucho sobre el «gran terror», que los soviéticos también denominan la Yezhovschina, «la época de Yezhov». Fue ciertamente en el curso de los dos años durante los cuales el NKVD fue dirigido por Nikolay Yezhov (de septiembre de 1936 a noviembre de 1938) cuando la represión adquirió una amplitud sin precedentes, que afectó a todos los segmentos de la población soviética, desde dirigentes del Buró político a simples ciudadanos detenidos en la calle para que se cumplieran las cuotas de «elementos contrarrevolucionarios a los que había que reprimir». Durante décadas la tragedia del gran terror quedó sometida a silencio. En Occidente no se conoció del período más que los tres procesos públicos espectaculares de Moscú de agosto de 1936, de enero de 1937 y de marzo de 1938, en el curso de los cuales los compañeros más prestigiosos de Lenin (Zinoviev, Kamenev, Krestinski, Rykov, Piatakov, Radek, Bujarin y otros) confesaron los peores delitos: haber organizado «centros terroristas» de obediencia «trotskozinovievista» o «trotsko-derechista», que tenían por objetivo derribar el Gobierno soviético, asesinar a sus dirigentes, restaurar el capitalismo, ejecutar actos de sabotaje, erosionar el poder de la URSS, desmembrar la Unión Soviética y separar de ella en beneficio de Estados extranjeros a Ucrania, Bielorrusia, Georgia, Armenia, el Extremo Oriente soviético…
Formidable acontecimiento-espectáculo, los procesos de Moscú fueron también un acontecimiento-pantalla que desvió la atención de los observadores extranjeros invitados al espectáculo de todo aquello que sucedía detrás y en paralelo: la represión masiva de todas las categorías sociales. Para estos observadores, que ya habían pasado en silencio la deskulakización, el hambre, el desarrollo del sistema de los campos de concentración, los años 1936-1938 solo fueron el último acto de la lucha política que había enfrentado, durante más de diez años, a Stalin con sus principales rivales, el final del enfrentamiento entre la burocracia estalinista termidoriana y la vieja guardia leninista que había seguido siendo fiel a sus compromisos revolucionarios.
Retomando los principales temas de la obra de Trotsky aparecida en 1936, La Revolución traicionada, el editorialista del gran periódico francés Le Temps escribía el 27 de julio de 1936:
«La revolución rusa se encuentra en su Termidor. El señor Stalin ha medido la inanidad de la pura ideología marxista y del mito de la revolución universal. Buen socialista ciertamente, pero patriota ante todo, conoce el peligro que hacen correr a su país esta ideología y este mito. Su sueño es posiblemente el de un despotismo ilustrado, una especie de paternalismo completamente alejado del capitalismo, pero también alejado de las quimeras del comunismo».
Y L’Écho de Paris expresó en términos más llenos de imágenes y menos respetuosos la misma idea el 30 de enero de 1937:
«El georgiano de frente baja se une sin quererlo con Iván el Terrible, Pedro el Grande y Catalina II. Los otros, a los que hace asesinar, son los revolucionarios que han seguido siendo fieles a su fe diabólica, neuróticos presa de una rabia permanente de destrucción»[1].
Habrá que esperar al «Informe secreto de Jrushchov en el XX Congreso del PCUS, el 25 de febrero de 1956, para que se levante el velo finalmente sobre «los numerosos actos de violación de la legalidad socialista cometidos en los años 1936-1938 en relación con los dirigentes y cuadros del partido». En los años que siguieron, numerosos responsables, fundamentalmente militares, fueron rehabilitados. El silencio, sin embargo, continuó siendo total en relación con las víctimas «ordinarias». Ciertamente, durante el XXII Congreso del PCUS, en octubre de 1961, Jrushchov reconoció públicamente que las «represiones masivas (…) habían afectado a sencillos y honrados ciudadanos soviéticos», pero no dijo nada de la amplitud de estas represiones, de las que él mismo había sido directamente responsable, al igual que muchos otros dirigentes de su generación.
A finales de los años sesenta, a partir de los testimonios de soviéticos que pasaron a Occidente, de publicaciones tanto de emigrados como de soviéticos del período del deshielo jrushchoviano, un historiador como Robert Conquest pudo no obstante reconstituir, en sus líneas generales, la trama general del gran terror, aunque en ellas aparecieran algunas extrapolaciones a veces arriesgadas sobre los mecanismos de toma de decisión y una sobreevaluación importante del número de víctimas[2].
La obra de Robert Conquest suscitó abundantes discusiones, fundamentalmente relativas al grado de centralización del terror, a los papeles respectivos de Stalin y de Yezhov y al número de víctimas. Por ejemplo, algunos historiadores de la escuela revisionista americana discutieron la idea según la cual Stalin habría planificado con precisión el desarrollo de los acontecimientos de 1936 a 1938. Insistiendo, por el contrario, en el aumento de las tensiones entre las autoridades centrales y los aparatos locales cada vez más poderosos, así como en los «patinazos» de una represión ampliamente incontrolada, explicaron la amplitud excepcional de las represiones de los años 1936-1938 por el hecho de que, deseosos de devolver el golpe que les estaba destinado, los aparatos locales habían dirigido el terror contra innumerables «chivos expiatorios», demostrando así al centro su vigilancia y su intransigencia en la lucha contra «los enemigos de todas clases»[3].
Otro punto de divergencia: el número de víctimas. Para Conquest y sus discípulos, el gran terror habría concluido con al menos seis millones de arrestos, tres millones de ejecuciones y dos millones de fallecimientos en los campos de concentración. Para los historiadores revisionistas, estas cifras eran excesivamente elevadas.
La apertura —siquiera parcial— de los archivos soviéticos permite hoy en día realizar un nuevo análisis sobre el gran terror. No se trata de volver a narrar en algunas páginas, después de otros, la historia extraordinariamente compleja y trágica de los dos años más sangrientos del régimen soviético, sino que se trata más bien de esclarecer las cuestiones que suscitaron en el curso de los últimos años el debate centrado fundamentalmente en el grado de centralización del terror, las categorías de las víctimas y su número.
Por lo que se refiere al grado de centralización del terror, los documentos del Buró político hoy en día accesibles[4] confirman que la represión en masa fue, en buena medida, el resultado de una iniciativa decidida por la más alta instancia del partido, el Buró político, y por Stalin en particular. La organización, y después el desarrollo de la más sangrienta de las grandes operaciones de represión, la operación de «liquidación de los antiguos kulaks, criminales y otros elementos antisoviéticos[5]», que tuvo lugar desde agosto de 1937 a mayo de 1938, aportan una luz completamente reveladora sobre el papel respectivo del centro y de las instancias locales en la represión, pero también sobre la lógica de esta operación, que pretendía, al menos originalmente, resolver de manera definitiva un problema que no había podido ser solucionado en el curso de los años anteriores.
Desde 1935-1936, la cuestión del destino posterior de los antiguos kulaks deportados estaba a la orden del día. A pesar de la prohibición, que les era recordada con regularidad, de abandonar el lugar que se les había asignado para residir, cada vez más «colonos especiales» se confundían entre la masa de los trabajadores libres. En un informe de fecha de agosto de 1936, Rudolf Berman, el jefe del Gulag, escribía: «Aprovechándose de un régimen de vigilancia bastante relajado, numerosos colonos especiales, que trabajan desde hace mucho tiempo en equipos mixtos con obreros libres, han abandonado su lugar de residencia. Cada vez resulta más difícil recuperarlos. Ciertamente han adquirido una especialidad, la administración de las empresas desea conservarlos, a veces incluso son espabilados para adquirir un pasaporte, se casan con compañeros libres, a menudo tienen una casa…»[6].
Aunque numerosos colonos especiales asignados para residir en zonas industriales tenían una tendencia a confundirse con la clase obrera local, otros huían más lejos. Un gran número de estos «fugitivos» sin papeles y sin techo se unían a las bandas de marginados sociales y de pequeños delincuentes cada vez más numerosas en la periferia de las ciudades. Las inspecciones realizadas en el otoño de 1936 en ciertas comandancias revelaron una situación «intolerable» a los ojos de las autoridades: así, en la región de Arcángel, no quedaban más que 37.000 de los 89.700 colonos especiales teóricamente asignados para que residieran en el lugar.
La obsesión por el «kulak-saboteador-infiltrado-en-las-empresas» y por el «kulak-bandido-errante-por-las-ciudades» explica que esta «categoría» fuera designada de manera prioritaria como víctima expiatoria durante la gran operación de represión decidida por Stalin a inicios del mes de julio de 1937.
El 2 de julio de 1937, el Buró político envió a las autoridades locales un telegrama en el que les ordenaba «detener inmediatamente a todos los kulaks y criminales (…) fusilar a los más hostiles de entre ellos después de que una troika (una comisión de tres miembros compuesta por el primer secretario regional del partido, por el fiscal y por el jefe regional del NKVD) llevara a cabo un examen administrativo de su asunto y deportar a los elementos menos activos pero no obstante hostiles al régimen. (…) El Comité central propone que le sea presentada en un plazo de cinco días la composición de las troikas, así como el número de individuos que hay que fusilar y el de los individuos que hay que deportar.
El centro recibió así, en las semanas que siguieron, «cifras indicativas» proporcionadas por las autoridades locales, sobre la base de las cuales Yezhov preparó la orden operativa número 00447, de fecha 30 de julio de 1937, que sometió para su ratificación ese mismo día al Buró político. En el marco de esta «operación», 259.450 personas tenían que ser arrestadas y de estas 72.950 fusiladas[7]. Estas cifras resultaban en realidad incompletas, porque en la lista establecida faltaban toda una serie de regiones que todavía, al parecer, no habían hecho llegar a Moscú sus «estimaciones». Como en el caso de la deskulakización, se asignaron cuotas a todas las regiones para cada una de las dos categorías (1.a categoría: para ejecutar; 2.a categoría: para deportar).
Debe notarse que los elementos que constituían el objeto de la operación pertenecían a un espectro sociopolítico mucho más amplio que el de las categorías enumeradas inicialmente: al lado de los «exkulaks» y de los «elementos criminales» figuraban los «elementos socialmente peligrosos», los «miembros de partidos antisoviéticos», los antiguos «funcionarios zaristas», los «guardias blancos», etc. Estas «denominaciones» se atribuían de manera natural a cualquier sospechoso, lo mismo si pertenecía al partido, que a la intelligentsia o al «pueblo llano». Por lo que se refiere a las listas de sospechosos, los servicios competentes de la GPU, y después del NKVD, habían tenido desde hacía años todo el tiempo para prepararlas, para mantenerlas al día y para actualizarlas.
La orden operativa de 30 de julio de 1937 proporcionaba a los dirigentes locales el derecho de solicitar a Moscú listas complementarias de individuos a los que había que reprimir. Las familias de personas condenadas a penas de campos de concentración o ejecutadas podían ser detenidas «por encima de las cuotas».
Desde finales del mes de agosto, el Buró político se vio inundado de numerosas peticiones de aumento de las cuotas. Del 28 de agosto al 15 de diciembre de 1937, ratificó diversas proposiciones de aumento de las cuotas por un total de 22.500 individuos para ejecutar y de 16.800 para internar en campos de concentración. El 31 de enero de 1938 adoptó, a propuesta del NKVD, un nuevo «añadido» de 57.200 personas, de las que 48.000 debían ser ejecutadas. El conjunto de las operaciones debía estar concluido para el 15 de marzo de 1938. Pero, una vez más, las autoridades locales, que desde el año anterior habían sido «purgadas» y renovadas varias veces, juzgaron oportuno mostrar su celo. Del 1 de febrero al 29 de agosto de 1938, el Buró político ratificó contingentes suplementarios de otros 90.000 individuos a los que había que reprimir.
Así, la operación que originalmente debía durar cuatro meses se extendió durante más de un año y afectó al menos a 200.000 personas por encima de las cuotas aprobadas inicialmente[8]. Cualquier individuo sospechoso de «malos» orígenes sociales era una víctima potencial. Igualmente resultaban particularmente vulnerables todas las personas que vivían en zonas fronterizas, o que de una manera o de otra habían tenido contactos con el extranjero, que habían sido prisioneros de guerra o que tenían familia, incluso lejana, fuera de la URSS. Estas personas, igual que los radioaficionados, los filatélicos o los esperantistas, tenían muchas posibilidades de caer bajo el peso de una acusación de espionaje. Del 6 de agosto al 21 de diciembre de 1937, al menos diez operaciones del mismo tipo que la desencadenada después de la orden operativa número 00447, fueron iniciadas por el Buró político y su relevo en la materia el NKVD, con la finalidad de «liquidar», nacionalidad por nacionalidad, a grupos de los que se sospechaba que eran «espías» y «desviacionistas»: alemanes, polacos, japoneses, rumanos, finlandeses, lituanos, estonios, letones, griegos y turcos. En el curso de estas operaciones «antiespías», se detuvo a varios centenares de personas a lo largo de quince meses, de agosto de 1937 a noviembre de 1938.
Entre otras operaciones, acerca de las cuales disponemos actualmente de informaciones —todavía con muchas lagunas, los archivos del antiguo KGB y los archivos presidenciales donde se han conservado los documentos más confidenciales son inaccesibles a los investigadores—, citamos:
— la operación de «liquidación de los contingentes alemanes que trabajaban en las empresas de la defensa nacional», el 20 de julio de 1937;
— la operación de «liquidación de los activistas terroristas, de diversión y de espionaje de la red japonesa de repatriados de Jarbin», desencadenada el 19 de septiembre de 1937;
— la operación de «liquidación de la organización derechista militar japonesa de los cosacos», desencadenada el 4 de agosto de 1937; de septiembre a diciembre de 1937, más de 19.000 personas fueron reprimidas en el marco de esta operación;
— la operación de «represión de las familias de enemigos del pueblo detenidos», iniciada en virtud de la orden operativa del NKVD número 00486, de 15 de agosto de 1937.
Esta breve enumeración, muy incompleta, de una pequeña parte de las operaciones decididas por el Buró político y puestas en funcionamiento por el NKVD basta para subrayar el carácter centralizado de las represiones masivas de los años 1937-1938. Ciertamente, estas operaciones, como todas las grandes acciones represivas llevadas a cabo, siguiendo órdenes del centro, por los funcionarios locales —ya fuera la deskulakización, la purga de las ciudades o la persecución de especialistas—, no se realizaron sin patinazos ni excesos. Después del gran terror, solo fue enviada una comisión a un lugar, a Turkmenistán, para realizar una investigación sobre los excesos de la Yezhovschina. En esta pequeña república de 1.300.000 habitantes (0,7 por 100 de la población soviética), 13.259 personas habían sido condenadas por las troikas del NKVD desde agosto de 1937 a septiembre de 1938 en el marco de la única operación de «liquidación de antiguos kulaks, criminales y otros elementos antisoviéticos». De estas, 4.037 habían sido fusiladas. Las cuotas fijadas por Moscú eran, respectivamente, de 6.277 (número total de las condenas) y de 3.225 (número total de las ejecuciones)[9]. Se puede suponer que en las otras regiones del país tuvieron lugar excesos y abusos semejantes. Se derivaban del principio mismo de las cuotas, de las órdenes planificadas procedentes del centro y de los reflejos burocráticos, bien asimilados e inculcados desde hacía años, que consistían en anticiparse a los deseos de los superiores jerárquicos y a las directrices de Moscú.
Otra serie de documentos confirma el carácter centralizado de estos asesinatos en masa ordenados y ratificados por Stalin y el Buró político. Se trata de las listas de las personalidades a las que había que condenar establecidas por la comisión de asuntos judiciales del Buró político. Las penas de las personalidades que debían comparecer delante de la sala de lo militar del Tribunal Supremo, de los tribunales militares o de la conferencia especial del NKVD estaban predeterminadas por la Comisión de asuntos judiciales del Buró político. Esta comisión, de la que formaba parte Yezhov, sometió a la firma de Stalin y de los miembros del Buró político al menos 383 listas que incluían a más de 44.000 nombres de dirigentes y cuadros del partido, del ejército y de la economía. Más de 39.000 de ellos fueron condenados a la pena de muerte. La firma de Stalin figura al pie de 362 listas, la de Molotov al de 373 listas, la de Voroshilov al de 195 listas, la de Kaganovich a la de 191 listas, la de Zhdanov a la de 177 listas y la de Mikoyán a la de 62 listas [10].
Todos estos dirigentes se dirigieron personalmente a cada lugar en concreto para llevar a cabo durante el verano de 1937 las purgas de las organizaciones locales del partido: así Kaganovich fue enviado a purgar en Donbass, las regiones de Cheliabinsk, de Yaroslavl, de Ivanovo y de Smolensk. Zhdanov, después de haber purgado su región, la de Leningrado, partió hacia Orenburg, la Bashkiria y el Tatarstán. Andreyev se dirigió al Cáucaso del Norte, al Uzbekistán y al Tadjikistán; Mikoyán a Armenia y Jrushchov a Ucrania.
Aunque la mayoría de las instrucciones sobre las represiones en masa habían sido ratificadas como resoluciones del Buró político en su conjunto, parece, a la luz de los documentos procedentes de los archivos hoy en día accesibles, que Stalin fue personalmente el autor y el iniciador de la mayor parte de las decisiones represivas dirigidas contra todos los estamentos. Por mencionar solo un ejemplo: cuando el 27 de agosto de 1937, a las 17 horas, el secretariado del Comité central recibió una comunicación de Mijaíl Korochenko, secretario del comité regional del partido de Siberia oriental, sobre el desarrollo de un proceso de agrónomos «culpables de actos de sabotaje», Stalin mismo telegrafió a las 17 horas 10 minutos: «os aconsejo que condenéis a los saboteadores del distrito de Andreyev a la pena de muerte y que publiquéis la noticia de su ejecución en la prensa[11]».
Todos los documentos disponibles en la actualidad (protocolos del Buró Político, empleo del tiempo de Stalin y lista de visitantes recibidos por Stalin en el Kremlin) demuestran que Stalin dirigía y controlaba la actividad de Yezhov. Corregía las principales instrucciones del NKVD, regulaba el desarrollo de la instrucción de los grandes procesos políticos e incluso definía su escenario. Durante la instrucción del asunto de la conspiración militar, en la que se acusó al mariscal Tujachevsky y a otros altos dirigentes del Ejército Rojo, Stalin recibió a Yezhov todos los días[12]. En todas las etapas de la Yezhovschina, Stalin conservó el control político de los acontecimientos. Fue él quien decidió el nombramiento de Yezhov para el puesto de comisario del pueblo para el Interior, enviando desde Sochi el famoso telegrama de 25 de septiembre de 1936 al Buró político: «es absolutamente necesario y urgente que el camarada Yezhov sea designado para el puesto de comisario del pueblo para el Interior. Yagoda, de manera manifiesta, no se ha mostrado a la altura de su tarea desenmascarando al bloque trotsko-zinovievista. La GPU lleva cuatro años de retraso en este asunto». Fue Stalin también quien decidió poner fin a los «excesos del NKVD». El 17 de noviembre de 1938, un decreto del Comité central puso fin (provisionalmente) a la organización de «operaciones masivas de arrestos y deportaciones». Una semana más tarde, Yezhov fue destituido de su puesto de comisario del pueblo para el Interior y reemplazado por Beria. El gran terror acabó como había comenzado: siguiendo una orden de Stalin.
¿Se puede elaborar un balance documentado del número y de las categorías de víctimas de la Yezhovschina?
Disponemos hoy en día de algunos documentos ultraconfidenciales preparados por Nikita Jrushchov y los principales dirigentes del partido durante la desestalinización, fundamentalmente un largo estudio sobre «las represiones cometidas durante la época del culto a la personalidad» realizado por una comisión dirigida por Nikolay Shvernik, creada a partir del XX Congreso del PCUS [13]. Los investigadores pueden contrastar estos datos con diversas fuentes estadísticas de la administración del Gulag, del comisariado del pueblo para la Justicia y de los tribunales hoy en día accesibles[14].
Parece así que, durante tan solo los años 1937 y 1938, 1.575.000 personas fueron detenidas por el NKVD; 1.345.000 (es decir, el 85,4 por 100) fueron condenadas en el curso de estos años; y 681.692 (es decir, el 51 por 100 de las personas condenadas en 1937-1938) fueron ejecutadas.
Las personas detenidas eran condenadas según procedimientos diversos. Los asuntos de los «cuadros» políticos, económicos y militares, de los miembros de la intelligentsia —la categoría más fácil de reconocer y mejor conocida— eran juzgados por los tribunales militares y las «conferencias especiales del NKVD». Ante la amplitud de las operaciones, el Gobierno puso en funcionamiento a finales de julio de 1937 «troikas» en el área regional, compuestas por un fiscal, y jefes del NKVD y de la dirección de la policía. Estas troikas funcionaban según procedimientos extremadamente expeditivos, puesto que respondían a cuotas marcadas con anterioridad por el centro. Bastaba con «reactivar» las listas de los individuos ya fichados por los servicios. La instrucción quedaba reducida a su expresión más simple. Las troikas hacían desfilar varios centenares de expedientes al día, como lo confirma, por ejemplo, la reciente publicación del Martirologio de Leningrado, almanaque, mes a mes, de los leningradeses detenidos y condenados a muerte a partir de agosto de 1937 sobre la base del artículo 58 del Código penal. El plazo habitual entre el arresto y la condena a muerte variaba de algunos días a algunas semanas. La sentencia, sin derecho de apelación, era aplicada en un plazo de varios días. En el marco de las operaciones específicas de «liquidación de espías y de desviacionistas», como en el de las grandes operaciones represivas —tal operación de «liquidación de kulaks…», iniciada el 30 de julio de 1937, la operación de «liquidación de elementos criminales», iniciada el 12 de septiembre de 1937, la operación de «represión de familias de enemigos del pueblo», etc.—, las oportunidades de ser arrestado con la única finalidad de que se llenara una cuota estaban relacionadas con una serie de casualidades. Se trataba de casualidades «geográficas» (las personas que vivían en las zonas fronterizas siempre estaban mucho más expuestas), itinerario individual vinculado de una u otra manera con un país extranjero, orígenes extranjeros o problemas de homonimia. Para «cumplir las normas», si la lista de personas fichadas era insuficiente, las autoridades locales «se las arreglaban». Así, para dar solo un ejemplo, para completar la categoría de los «saboteadores» el NKVD de Turkmenia se valió del pretexto de un incendio en una empresa para detener a toda la gente que se encontraba en el lugar y los forzó a nombrar a los «cómplices»[15]. Programado desde arriba, designando arbitrariamente categorías de enemigos «políticos», el terror generaba, por su misma naturaleza, patinazos que decían mucho sobre la cultura de violencia de los aparatos represivos de base.
Todos estos datos —que recuerdan entre otras cosas que los cuadros comunistas no representaban más que una escasa proporción de las 681.692 personas ejecutadas— no pretenden ser exhaustivos. No comprenden las deportaciones efectuadas en el curso de estos años (como, por ejemplo, la operación de deportación al Extremo Oriente soviético de 172.000 coreanos, transferidos, entre mayo y octubre de 1937, hacia el Kazajstán y el Uzbekistán). No tienen en cuenta ni las personas detenidas que murieron por efecto de la tortura mientras se encontraban confinadas en prisión o durante su traslado a los campos (cifra desconocida) ni los detenidos muertos en los campos de concentración durante estos años (alrededor de 25.000 en 1937 y más de 90.000 en 1938) [16]. Incluso corregidas a la baja en relación con las extrapolaciones extraídas de los testimonios de los supervivientes, estas cifras nos hablan de la sobrecogedora amplitud de estos asesinatos masivos, de centenares de millares de personas, dirigidos contra toda una sociedad.
¿Se puede ir hoy en día más lejos en un análisis por categorías de las víctimas de estos asesinatos en masa? Disponemos de algunos datos estadísticos que presentaremos más adelante sobre los detenidos del Gulag a finales de los años treinta. Estas informaciones que se refieren al conjunto de los detenidos (y no solamente al de los detenidos durante el gran terror) no nos aportan, sin embargo, más que elementos de respuesta parciales sobre las víctimas condenadas a una pena de campo de concentración durante la Yezhovschina. Así, se percibe un fuerte crecimiento proporcional de los detenidos que tenían una educación superior (más del 70 por 100 entre 1936 y 1939), lo que confirma que el terror de finales de los años treinta se ejercía de manera especial contra las elites educadas hubieran o no pertenecido al partido.
Puesto que fue la primera denunciada (desde el XX Congreso), la represión de los cuadros del partido es uno de los aspectos mejor conocidos del gran terror. En su «Informe secreto», Jrushchov se extendió sobre este aspecto de la represión, que afectó a cinco miembros del Buró político, todos fieles estalinistas (Postyshev, Rudzutak, Eije, Kossior y Chubar), 98 de los 139 miembros del Comité central, y 1.108 de los 1.966 delegados del XVII Congreso del partido (1934). Los cuadros dirigentes del Komsomol se vieron igualmente afectados. Se detuvo a 72 de los 93 miembros del Comité central, así como a 319 de los 385 secretarios regionales y a 2.210 de los 2.750 secretarios de distrito. De una manera general, fueron totalmente renovados los aparatos regionales y locales del partido y del Komsomol, de los que el centro sospechaba que «saboteaban» las decisiones necesariamente «correctas» de Moscú, y que obstaculizaban cualquier control eficaz de las autoridades centrales sobre lo que pasaba en el país. En Leningrado, ciudad sospechosa por excelencia, donde el partido había sido dirigido por Zinoviev, donde Kírov había sido asesinado, Zhdanov y Zakovsky, el jefe del NKVD regional, detuvieron a más del 90 por 100 de los cuadros del partido. Estos no constituían, sin embargo, más que una pequeña parte de los leningradeses reprimidos en 1936-1939[17]. Para estimular las purgas, se enviaron a provincias emisarios del centro, acompañados de tropas del NKVD con la misión, según la expresión pletórica de imágenes de Pravda, de «ahumar y de destruir los nidos de chinches trotsko-fascistas».
Algunas regiones, de las cuales se dispone de datos estadísticos parciales, fueron más especialmente «purgadas»: en primera fila figura una vez más Ucrania. Durante solamente el año 1938, después del nombramiento de Jrushchov a la cabeza del partido comunista ucraniano, más de 106.000 personas fueron detenidas en Ucrania (y, en su gran mayoría, ejecutadas). De los 200 miembros del comité central del partido comunista ucraniano, sobrevivieron tres. El mismo escenario se repitió en todas las instancias regionales y locales del partido, donde se organizaron decenas de procesos públicos de dirigentes comunistas.
A diferencia de los procesos a puerta cerrada o de las sesiones secretas de las troikas, donde la suerte del acusado quedaba decidida en unos minutos, los procesos públicos de dirigentes tenían una fuerte coloración populista y realizaban una importante función propagandista. Se pretendía en ellos estrechar la alianza entre el «pueblo llano, el simple militante, portador de la solución justa», y el guía, denunciando a los dirigentes locales, estos «nuevos señores, siempre satisfechos de sí mismos (…) que, por su actitud inhumana, producen artificialmente cantidad de descontentos y de irritados, que crean un ejército de reserva para los trotskistas» (Stalin, discurso del 3 de marzo de 1937). Como los grandes procesos de Moscú, pero esta vez a escala de distrito, estos procesos públicos, cuyas audiencias eran ampliamente reproducidas en la prensa local, daban lugar a una excepcional movilización ideológica, popular y populista. Puesto que desenmascaraban la conspiración, figura esencial de la ideología, porque asumían una función carnavalesca (los poderosos se convertían en villanos, las «gentes de a pie» eran reconocidas como «portadoras de la solución justa»), estos procesos públicos constituían, por utilizar la expresión de Annie Kriegel, «un mecanismo formidable de profilaxis social».
Las represiones dirigidas contra los responsables locales del partido solo representaban naturalmente la parte visible del iceberg. Observemos el ejemplo de Orenburg, provincia acerca de la cual disponemos de un informe detallado del departamento regional del NKVD «sobre las medidas operativas de liquidación de los grupos clandestinos trotskistas y bujarinistas, así como de otras formaciones contrarrevolucionarias, llevadas a cabo del 13 de abril al 18 de septiembre de 1937», es decir, antes de la misión de Zhdanov, destinada a «acelerar» las purgas[18].
En esta provincia habían sido detenidos en el espacio de cinco meses:
— 420 «trotskistas», todos ellos a cuadros políticos y económicos del primer plan;
— 120 «derechistas», todos ellos dirigentes locales importantes.
Estos 540 dirigentes del partido representaban cerca del 45 por 100 de la nomenclatura local. Después de la misión de Zhdanov en Orenburg, otros 598 dirigentes fueron detenidos y ejecutados. En esta provincia, como en otras, desde el otoño de 1937, la casi totalidad de los dirigentes políticos y económicos fue, por lo tanto, eliminada y reemplazada por una nueva generación, la de los «ascendidos» del primer plan, la de Brezhnev, Kossyguin, Ustinov, Gromiko, en resumen la del Buró político de los años setenta.
No obstante, al lado de este millar de cuadros detenidos figuraba una masa de gente desprovista de grado, miembros del partido, antiguos comunistas, por lo tanto, particularmente vulnerables, o simples ciudadanos fichados desde hacía años que constituyeron lo esencial de las víctimas del gran terror.
Examinemos nuevamente el informe del NKVD de Orenburg:
— «poco más de 2.000 miembros de la organización derechista militar-japonesa de los cosacos» (de los que unos 1.500 fueron fusilados);
— «más de 1.500 oficiales y funcionarios zaristas deportados en 1935 de Leningrado a Orenburg» (se trataba de «elementos socialmente extraños» deportados después del asesinado de Kírov a diversas regiones del país);
— «250 personas, aproximadamente, detenidas en el marco del asunto de los polacos»;
— «95 personas, aproximadamente, detenidas (…) en el marco del asunto de los elementos originarios de Jarbin»;
— «3.290 personas en el marco de la operación de liquidación de los antiguos kulaks»;
— «1.399 personas (…) en el curso de la operación de liquidación de los elementos criminales…».
Así, contando aún la treintena de komsomoles y la cincuentena de cadetes de la escuela de instrucción militar local, en esta provincia habían sido detenidas más de 7.500 personas por el NKVD en cinco meses, antes incluso de la intensificación de la represión posterior a la misión de Andrey Zhdanov. Por muy espectacular que fuera, el arresto del 90 por 100 de los cuadros de la nomenklatura local solo representaba un porcentaje insignificante del número total de personas víctimas de la represión, casi todas clasificadas en una de las categorías contempladas en el curso de operaciones específicas definidas y aprobadas por el Buró político, y por Stalin en particular.
Algunas categorías de cuadros y de dirigentes fueron especialmente diezmadas: los diplomáticos y el personal del comisariado del pueblo para Asuntos Extranjeros, que caían de manera natural bajo la acusación de espionaje, o también los funcionarios de los ministerios económicos y los directores de fábrica, de los que se sospechaba que eran «saboteadores». Entre los diplomáticos de alto rango detenidos —y en su mayor parte ejecutados— figuraban Krestinsky, Sokolnikov, Bogomolov, Yureniev, Ostrovsky, Antonov-Ovseen-ko, respectivamente de servicio en Berlín, Londres, Pekín, Tokio, Bucarest y Madrid[19].
En algunos ministerios, todos los funcionarios casi sin excepción fueron víctimas de la represión. Así, en el oscuro comisariado del pueblo para Máquinas y Utiles, fue renovada toda la administración. Fueron también detenidos todos los directores de fábrica (salvo dos) que dependían de esta rama y la casi totalidad de los ingenieros y de los técnicos. Sucedió lo mismo en los otros sectores industriales, fundamentalmente en la construcción aeronáutica, la construcción naval y la metalurgia, así como en los transportes, sectores todos ellos acerca de los que se dispone de estudios fragmentarios. Después del final del gran terror, Kaganovich reconoció, en el XVIII Congreso, en marzo de 1939, que en «1937 y 1938 el personal dirigente de la industria pesada había sido completamente renovado, millares de hombres nuevos habían sido nombrados para puestos dirigentes en lugar de los saboteadores desenmascarados. En algunas ramas fue preciso desprenderse de varios segmentos de saboteadores y de espías. (…) Ahora tenemos cuadros que aceptarán cualquier tarea que les sea asignada por el camarada Stalin».
Entre los cuadros del partido más duramente afectados durante la Yezhovschina figuraban los dirigentes de los partidos comunistas extranjeros y los cuadros de la Internacional comunista instalados en Moscú en el hotel Lux[20]. Así, entre las personalidades del partido comunista alemán detenidas figuraban: Heinz Neumann, Hermann Remmele, Fritz Schulte, Hermann Schubert, todos ellos antiguos miembros del Buró político; Leo Flieg, secretario del Comité central, Heinrich Susskind y Werner Kirsch, redactores jefes de la publicación Rote Fahne, y Hugo Eberlein, delegado del partido alemán en la conferencia fundadora de la Internacional comunista. En septiembre de 1939, después de la conclusión del pacto germano-soviético, 570 comunistas alemanes encarcelados en las prisiones de Moscú fueron entregados a la Gestapo, en el punto fronterizo de Brest-Litovsk.
La depuración llevó a cabo igualmente sus devastaciones entre los comunistas húngaros. Bela Kun, el instigador de la revolución húngara de 1919, fue detenido y ejecutado, así como otros doce comisarios del pueblo del efímero Gobierno comunista de Budapest, todos ellos refugiados en Moscú. Cerca de 200 comunistas italianos fueron detenidos (entre ellos Paolo Robotti, el cuñado de Togliatti), e incluso un centenar de comunistas yugoslavos (entre ellos Gorkic, secretario general del partido; Viada Copie, secretario de organización y dirigente de las Brigadas Internacionales, así como las tres cuartas partes de los miembros del Comité central).
Entre las víctimas del gran terror, figura una aplastante mayoría de personas anónimas. Extractos de un expediente «ordinario» del año 1938:
Expediente número 24.260
1. Apellido: Sidorov.
2. Nombre: Vassili Klementovich.
3. Lugar y fecha de nacimiento: Sechevo, región de Moscú, 1893.
4. Dirección: Sechevo, distrito Kolomenskyi, región de Moscú.
5. Profesión: empleado de cooperativa.
6. Afiliación sindical: sindicato de empleados de cooperativa.
7. Patrimonio en el momento del arresto (descripción detallada): una casa de madera, de 8 metros por 8, cubierta de chapa, un patio en parte cubierto de 20 metros por 7, 1 vaca, 4 ovejas, 2 cerdos, gallinas.
8. Patrimonio en 1929: el mismo más un caballo.
9. Patrimonio en 1917: 1 casa de madera de 8 metros por 8; 1 patio en parte cubierto de 30 metros por 20; 2 graneros, 2 hangares, 2 caballos, 2 vacas, 7 ovejas.
10. Situación social en el momento del arresto: empleado.
11. Servicios realizados en el ejército zarista: en 1915-1916, soldado de infantería de segunda clase en el 6.° regimiento del Turkestán.
12. Servicios realizados en el ejército blanco: ninguno.
13. Servicios realizados en el Ejército Rojo: ninguno.
14. Origen social: me considero un hijo de campesino medio.
15. Pasado político: sin partido.
16. Nacionalidad, ciudadanía: ruso, ciudadano de la URSS.
17. Pertenencia al PC(b)R: no.
18. Nivel de estudios: primario.
19. Situación militar actual: reservista.
20. Condenas pasadas: ninguna.
21. Estado de salud: hernia.
22. Situación familiar: casado. Esposa: Anastasia Feodorovna, 43 años, koljoziana; hija: Nina, 24 años.
Detenido el 13 de febrero de 1938 por la dirección de distrito del NKVD.
2. Extractos del acta de interrogatorio.
Pregunta: Dé usted explicaciones referentes a su origen social y a su situación social y patrimonial antes y después de 1917.
Respuesta: Soy originario de una familia de comerciantes. Hasta 1904 aproximadamente, mi padre poseía una tiendecita en Moscú, calle Zolotorozhskaya, donde, según lo que me dijo mi padre, comerciaba sin emplear a nadie. Después de 1904, mi padre tuvo que cerrar la tienda, porque no podía competir con los grandes comerciantes. Regresó al campo, a Sychevo, donde arrendó seis hectáreas de tierras de labor y dos hectáreas de prado. Tenía un empleado, un tal Goriachev, que trabajó con mi padre durante muchos años, hasta 1916. Después de 1917 conservamos nuestro terreno pero perdimos los caballos. Trabajé con mi padre hasta 1925, luego, tras su muerte, mi hermano y yo nos repartimos el terreno.
3. Extractos del auto de acusación.
(…) Sidorov, malintencionado hacia el poder soviético en general y el partido en particular, realizaba de manera sistemática propaganda antisoviética diciendo: «Stalin y su banda no quieren abandonar el poder, Stalin ha matado a un montón de gente, pero no quiere marcharse. Los bolcheviques se aferran al poder, detienen a las personas honradas, e incluso de esto no se puede hablar porque te meten en un campo de concentración por veinticinco años».
El acusado Sidorov se ha declarado inocente pero ha sido desenmascarado por varios testimonios. El asunto ha sido remitido para que una troika proceda a su juicio.
Firmado: Salajayev, subteniente de la milicia del distrito de Kolomenskoye.
Visto bueno: Galkin, teniente de la Seguridad del Estado, jefe del destacamento de la Seguridad del Estado del distrito de Kolomenskoye.
4. Extractos del acto de la resolución dictada por la troika el 16 de julio de 1938.
(…) Asunto Sidorov, V. K. Antiguo comerciante, explotaba con su padre una tienda. Acusado de haber llevado a cabo, entre los koljozianos, propaganda contrarrevolucionaria, caracterizada por frases derrotistas, acompañadas de amenazas contra los comunistas y de críticas contra la política del partido y del Gobierno.
Veredicto: FUSILAR a Sidorov Vassili Klementovich y confiscar todos sus bienes.
La sentencia ha sido ejecutada el 3 de agosto de 1938.
Rehabilitado a título postumo el 24 de enero de 1989.
(Fuente: Volia, 1994, núm. 2-3, págs. 45-46.)
Pero fueron los polacos los que pagaron el tributo más elevado. La situación de los comunistas polacos era especial: el partido comunista polaco derivaba del partido socialdemócrata de los reinos de Polonia y de Lituania, que había sido admitido en 1906, sobre una base de autonomía, en el seno del partido obrero socialdemócrata de Rusia. Los vínculos entre el partido ruso y el partido polaco, uno de cuyos dirigentes anteriores a 1917 no era otro que Feliks Dzerzhinsky, eran muy estrechos. Numerosos socialdemócratas polacos habían hecho carrera en el partido bolchevique: Dzerzhinsky, Menzhinsky, Unschlijt (todos dirigentes de la GPU), Radek…, por citar solo a los más conocidos.
En 1937-1938, el partido comunista polaco fue completamente liquidado. Los doce miembros polacos del Comité central presentes en la Unión Soviética fueron ejecutados, así como todos los representantes polacos en las instancias de la Internacional comunista. El 28 de noviembre de 1937, Stalin firmó un documento proponiendo la «limpieza» del partido comunista polaco. Generalmente, después de haber hecho depurar un partido, Stalin escogía un nuevo personal dirigente que pertenecía a una u otra de las facciones rivales que habían aparecido en el curso de la purga. En el caso del partido comunista polaco, todas las facciones fueron acusadas de «seguir las instrucciones de los servicios secretos contrarrevolucionarios polacos». El 16 de agosto de 1938, el comité ejecutivo de la Internacional votó la disolución del Partido comunista polaco. Como explicó Manuilsky, «los agentes del fascismo polaco se las habían arreglado para ocupar todos los puestos claves del partido comunista polaco».
Al haber sido «engañados», al haber carecido de «vigilancia», los responsables soviéticos de la Internacional comunista fueron, de manera natural, las siguientes víctimas de la depuración: la casi totalidad de los cuadros soviéticos de la Internacional fue liquidada (entre ellos Knorin, miembro del comité ejecutivo; Mirov-Abramov, jefe del departamento de comunicaciones con el extranjero y Alijanov, jefe del departamento de mandos), es decir, varios centenares de personas. Solo algunos dirigentes, totalmente sometidos a Stalin, como Manuilsky o Kuusinen, sobrevivieron a la purga de la Internacional.
Entre las otras categorías duramente golpeadas en el curso de los años 1937-1938, y acerca de las cuales se dispone de datos precisos, figuran los militares[21]. El 11 de julio de 1937, la prensa anunció que un tribunal militar, reunido a puerta cerrada, había condenado a muerte, por traición y espionaje, al mariscal Tujachevsky, vicecomisario de Defensa y principal artesano de la modernización del Ejército Rojo, (al que diferencias repetidas habían opuesto a Stalin y a Voroshilov desde la campaña de Polonia de 1920), así como a siete generales del ejército, Yakir (comandante de la región militar de Kiev), Uborevich (comandante de la región militar de Bielorrusia), Eideman, Kork, Putna, Feldman y Primakov. En los diez días que siguieron, 980 oficiales superiores fueron detenidos, de ellos 21 eran generales de cuerpo de ejército y 37 generales de división. El asunto de la «conspiración militar», imputada a Tujachevsky y a sus «cómplices», había sido preparado desde hacía varios meses. Los principales acusados fueron detenidos durante el mes de mayo de 1937. Sometidos a interrogatorios «rigurosos» (examinadas veinte años más tarde, durante la rehabilitación de Tujachevsky, varias páginas de la declaración del mariscal llevaban restos de sangre), conducidos por el mismo Yezhov, los acusados confesaron poco antes de su juicio. Stalin supervisó personalmente toda la instrucción. Había recibido hacia el 15 de mayo, a través del embajador soviético en Praga, un expediente falsificado, corroborado por los servicios secretos nazis, que contenía cartas falsas intercambiadas entre Tujachevsky y miembros del alto mando alemán. Los servicios alemanes también habían sido manipulados por el NKVD…
En dos años, la purga del Ejército Rojo eliminó:
— a 3 mariscales de 5 (Tujachevsky, Yegorov y Blücher, siendo estos dos últimos eliminados, respectivamente, en febrero y en octubre de 1938);
— 13 generales de ejército de 15;
— 8 almirantes de 9;
— 50 generales de cuerpo de ejército de 57;
— 150 generales de división de 186;
— 16 comisarios de ejército de 16;
— 25 comisarios de cuerpo de ejército de 28.
Desde mayo de 1937 a septiembre de 1938, 35.020 oficiales fueron detenidos o expulsados del ejército. Sigue sin saberse cuántos fueron ejecutados. Alrededor de 11.000 (entre ellos los generales Rokossovsky y Gorbatov) fueron vueltos a llamar entre 1939 y 1941. Pero después de septiembre de 1938 tuvieron lugar nuevas depuraciones, de tal manera que el número total de arrestos del gran terror en el ejército alcanzó, según las estimaciones más serias, a alrededor de 30.000 mandos, de un total de 178.000[22]. Proporcionalmente menos importante de lo que se pensaba por regla general, la «purga» del Ejército Rojo, especialmente en sus escalones más elevados, se hizo sentir en el curso de la guerra ruso-finlandesa de 1940 y a inicios de la guerra germano-soviética, y constituyó una de las desventajas más graves del Ejército Rojo.
A pesar de la amenaza hitleriana, que se tomaba mucho menos en serio que otros dirigentes bolcheviques como Bujarin o Litvinov, comisario del pueblo de Asuntos Exteriores hasta abril de 1939, Stalin no dudó en sacrificar a la mayor parte de los mejores oficiales del Ejército Rojo en provecho de una estructuración de mandos completamente nueva, que no conservaba ninguna memoria de los episodios comprometidos referidos a Stalin como «jefe militar» durante la guerra civil, y que no tendría la tentación de enfrentarse, como habían podido hacerlo hombres como el mariscal Tujachevsky, a determinadas decisiones militares y políticas tomadas por Stalin a finales de los años treinta, como era especialmente el caso del acercamiento a la Alemania nazi.
La intelligentsia representa otro grupo social víctima del gran terror sobre el cual se dispone de una información relativamente abundante[23]. Desde su constitución como grupo social reconocido, la intelligentsia rusa había estado, desde mediados del siglo XIX, en el centro de la resistencia frente al despotismo y contra la esclavización del pensamiento. Era natural que la depuración la golpeara de una forma muy particular, estableciendo la continuidad de las primeras oleadas de represión —en comparación muy moderadas— de 1922 y de 1928-1931. En marzo-abril de 1937, una campaña de prensa estigmatizó el «desviacionismo» en el área de la economía, de la historia y de la literatura. En realidad, todas las ramas del saber y de la creación se convirtieron en objetivos, sirviendo a menudo los pretextos doctrinales y políticos para encubrir rivalidades y ambiciones. Así, en el terreno de la historia, los discípulos de Pokrovski, muerto en 1932, fueron detenidos en su totalidad. Los profesores, encargados de continuar dando conferencias públicas, y por tanto susceptibles de influir en un amplio auditorio de estudiantes, eran particularmente vulnerables al poder ser denunciada la menor de sus frases por soplones que padecieran exceso de celo. Fueron diezmadas las universidades, los institutos y las academias, fundamentalmente en Bielorrusia (donde 87 de los 105 académicos fueron detenidos como «espías polacos») y en Ucrania. En esta república había tenido lugar una primera depuración de «nacionalistas burgueses» en 1933: varios millares de intelectuales ucranianos fueron detenidos por haber «transformado en guaridas de nacionalistas burgueses y de contrarrevolucionarios la Academia ucraniana de ciencias, el Instituto Shevchenko, la Academia agrícola, el Instituto ucraniano de marxismo-leninismo, y los comisariados del pueblo para la Educación, para la Agricultura y para la Justicia» (discurso de Postyshev de 22 de junio de 1933). La gran depuración de 1937-1938 concluyó en este caso una operación iniciada cuatro años antes.
Los medios científicos, aunque tenían una relación ciertamente lejana con la política, la ideología, la economía o la defensa, se vieron igualmente afectados. Las mayores eminencias de la industria aeronáutica, como Tupolev (el constructor del famoso avión) o Korolev (que estuvo en los orígenes del primer programa espacial soviético), fueron detenidos y enviados a una de esas unidades de investigación del NKVD descritas por Solzhenitsyn en El primer circulo. Fueron igualmente detenidos: la casi totalidad (27 de 29) de los astrónomos del gran observatorio de Pulkovo; la casi totalidad de los estadísticos de la dirección central de la economía nacional que acababan de realizar el censo de enero de 1937 anulado por «violación profunda de los fundamentos elementales de la ciencia estadística y de las instrucciones del Gobierno»; numerosos lingüistas, que se oponían a la teoría, oficialmente aprobada por Stalin, del «lingüista» marxista Marr; y varios centenares de biólogos, que rechazaban la charlatanería del «biólogo oficial» Lyssenko. Entre las víctimas más conocidas figuraban el profesor Levit, director del Instituto médico-genético; Tulaikov, director del Instituto de cereales; el botánico Yanata y el académico Vavilov, presidente de la Academia Lenin de las ciencias agrícolas, detenido el 6 de agosto de 1940 y muerto en prisión el 26 de enero de 1943.
Acusados de defender puntos de vista «extraños» u «hostiles», de apartarse de las normas de «realismo socialista», escritores, publicistas, gentes del teatro y periodistas pagaron un pesado tributo a la Yezhovschina. Alrededor de dos mil miembros de la Unión de escritores fueron detenidos, deportados a campos o ejecutados. Entre las víctimas más célebres figuraba el autor de los Cuentos de Odessa y de Caballería roja, Isaak Babel (fusilado el 27 de enero de>1940), los escritores Boris Pilniak, Yuri Olesha, Panteleimon Romanov, los poetas Nikolay Klyuev, Nikolay Zabolotsky y Ossip Mandelstam (muerto en un campo de tránsito siberiano el 26 de diciembre de 1938), Gurgen Maari y Titsian Tabidze. Fueron también detenidos músicos (el compositor Zheliayev, el director de orquesta Mikoladze), gentes del teatro de primera fila como el gran realizador Vsevolod Meyerhold. A inicios de 1938, el teatro Meyerhold fue cerrado por ser «extraño al arte soviético». Tras haberse negado a realizar públicamente su autocrítica, Meyerhold fue detenido en junio de 1939, torturado y ejecutado el 2 de febrero de 1940.
En el curso de estos años, las autoridades intentaron «liquidar definitivamente» —para utilizar una expresión de moda en aquella época— los «últimos residuos clericales». Al haber revelado el censo de enero de 1937 que una amplia mayoría de la población —alrededor del 70 por 100— había contestado afirmativamente a la pregunta «¿es usted creyente?», a pesar de las presiones de diversos órdenes ejercidos sobre ella, los dirigentes soviéticos decidieron lanzar un tercer y último asalto contra la Iglesia. En abril de 1937, Malenkov envió una nota a Stalin en la que juzgaba superada la legislación sobre cultos y proponía la derogación del decreto de 8 de abril de 1929. «Este», explicaba, «había creado una base legal para la puesta en funcionamiento por la parte más activa de los miembros del clero y de las sectas, de una organización ramificada de seiscientos mil individuos hostiles al poder soviético. Es hora», concluía, «de acabar con las organizaciones clericales y la jerarquía eclesiástica[24]». Millares de sacerdotes y la casi totalidad de los obispos fueron enviados a campos de concentración, pero esta vez un gran número de ellos fue ejecutado. De las veinte mil iglesias y mezquitas que todavía desarrollaban alguna actividad en 1936, menos de mil seguían abiertas al culto a inicios de 1941. En cuanto al número de ministros de culto oficialmente registrados, se elevaría, a inicios de 1941, a 5.665 (de los que más de la mitad procedían de los territorios bálticos, polacos, ucranianos y moldavos incorporados en 1939-1941), mientras que era todavía superior a 24.000 en 1936[25].
El gran terror, operación política iniciada y llevada a cabo desde principio a fin por las más altas instancias del partido, es decir, por Stalin, que dominaba entonces por completo a sus colegas del Buró político, alcanzó sus dos objetivos principales.
El primero era poner en funcionamiento una burocracia civil y militar, formada por mandos jóvenes formados en el espíritu estalinista de los años treinta, que según las palabras de Kaganovich en el XVIII Congreso, «aceptarán cualquier tarea que les sea asignada por el camarada Stalin». Hasta ahí, las diversas administraciones, mezcla heterogénea de «especialistas burgueses» formados bajo el antiguo régimen y de cuadros bolcheviques, a menudo poco competentes, formados sobre la marcha durante la guerra civil, habían intentado preservar su profesionalidad, sus lógicas administrativas o, sencillamente, su autonomía y sus redes clientelistas, sin plegarse ciegamente al voluntarismo ideológico y a las órdenes del centro. Las dificultades de la campaña de «verificación de cartillas del partido» de 1935, que había chocado con la resistencia pasiva de los dirigentes comunistas locales, igual que con el rechazo, expresado por la mayoría de los estadísticos, frente a la idea de «maquillar» los resultados del censo de enero de 1937 sometiéndolos a los deseos de Stalin, representaban dos ejemplos significativos que obligaban a los dirigentes estalinistas a interrogarse sobre la naturaleza de la administración de la que disponían para gobernar el país. Era evidente que una parte importante de los cuadros, fueran o no comunistas, no estaba dispuesta a seguir cualquier orden que procediera del centro. Era por lo tanto urgente para Stalin reemplazarlos por gentes más «eficaces», es decir, más obedientes.
El segundo objetivo del gran terror era concluir, de manera radical, la eliminación de todos los «elementos socialmente peligrosos», una noción de contornos muy difusos. Como lo señalaba el Código penal, era considerado socialmente peligroso cualquier individuo «que hubiera cometido un acto peligroso contra la sociedad, o cuyas relaciones con un medio criminal o cuya actividad pasada presentaran un peligro». Según estos principios, eran socialmente peligrosos la totalidad de la vasta cohorte de los «ex» que habían sido objeto, por regla general, en el pasado, de medidas represivas: exkulaks, excriminales, exfuncionarios zaristas, exmiembros de los partidos menchevique, socialista-revolucionario, etc. Todos estos «ex» fueron eliminados durante el gran terror conforme a la teoría estalinista expresada fundamentalmente en el curso del pleno del Comité central de febrero-marzo de 1937, según la cual, «cuanto más se avanza hacia el socialismo, más encarnizada es la lucha de los residuos de las clases moribundas».
Durante su discurso en el pleno del Comité central de febrero-marzo de 1937, Stalin insistió de manera muy particular en la idea del cerco de la URSS, único país «que había construido el socialismo», por parte de las potencias enemigas. Estas potencias limítrofes —Finlandia, los países Bálticos, Polonia, Rumania, Turquía, Japón—, ayudadas por Francia y Gran Bretaña, enviaban a la URSS «ejércitos de desviacionistas y espías», encargados de sabotear la construcción del socialismo. Estado único, sacralizado, la URSS tenía fronteras «sagradas» que constituían otras tantas líneas de frente contra un enemigo exterior omnipresente. No resulta sorprendente que, en este contexto, la caza de espías —es decir, de todos aquellos que hubieran tenido algún contacto, por tenue que fuera, con el «otro mundo»— y la eliminación de una potencial y mítica «quinta columna» se hayan encontrado en el corazón del gran terror.
A través de las grandes categorías de víctimas —cuadros y especialistas, elementos socialmente peligrosos (los «ex»), espías— se capta las principales funciones de este paroxismo de asesinato que tuvo como víctimas a cerca de 700.000 personas en dos años.