Intangible poder

 

 

 

El grupo de aventureros cruzó vigilante a la estancia contigua del templo Ilenio, en las profundidades de la tierra, bajo el gran Faro de Egia. La sala era incluso de mayores dimensiones y belleza que la que acababan de abandonar protegida por los engendros guardianes con cabeza de león.

Komir comprobó sobrecogido la inmensidad de aquella estancia de impresionante piedra pulida. Su mirada se perdió en la infinita altura del techo. Los cuatro aventureros, cual diminutas hormigas ante la grandeza de la estancia, avanzaron unos pasos, mudos de admiración. Las paredes de puro alabastro estaban decoradas con ornamentada simbología Ilenia de reflejos dorados. Sobre el suelo, apoyadas contra las deslumbrantes paredes, descansaban ánforas de blancas y pulidas superficies de enormes proporciones. Ininteligibles y refulgentes runas doradas las marcaban. Tres ánforas en cada una de las dos largas paredes laterales. Sobre ellas, seis agonizantes rostros humanos de ojos felinos vigilaban eternamente con la boca desencajada en una horrible mueca.

—¿Qué rayos son esas cabezas que cuelgan de las paredes sobre las vasijas? —preguntó Hartz señalando con su brazo vendado.

—Que me aspen si lo sé —respondió Komir —nunca había visto nada igual, parece la cabeza de un hombre pero los ojos son ciertamente extraños.

—Son ojos felinos, yo diría que de pantera, o de un gato montés —respondió Kayti con una sonrisa que el dolor de la herida en su costado pronto borró.

—¿Y se puede saber qué representa o por qué están ahí colgados? Desde luego nosotros no tenemos nada igual en nuestras montañas —bramó Hartz notablemente incómodo.

—O mucho me equivoco o nada halagüeño —respondió el sacerdote—. Yo he leído varios tomos sobre pesadillas y sufrimientos intangibles representados de forma similar, con rostros desencajados de dolor y angustia. Sí, lo recuerdo bien, en la biblioteca de Rilentor, ciertamente me impresionaron.

—¿Biblioteca? ¿Eso qué es, donde se guardan los libros? —preguntó Hartz como si la palabra le fuera ajena pero la hubiese oído con anterioridad en alguna ocasión.

—Así es, en efecto. ¿No tenéis bibliotecas de saber entre los vuestros? —inquirió el sacerdote arqueando una ceja.

Hartz y Komir se miraron un momento y comenzaron a reírse a carcajadas. Las risas retumbaron en la magna estancia, como un viento de vida barriendo la sórdida atmósfera reinante en la sala.

—No, sacerdote, los Norriel no tenemos bibliotecas —respondió Komir todavía riendo.

—Yo creo que no tenemos ni pergaminos —dijo Hartz y los dos volvieron a prorrumpir en risotadas.

—Así que sois Norriel, ¿eh?, ya lo había supuesto, pero me quedaba la duda. Por lo que veo cierto es mucho de lo que cuentan sobre los de vuestra tribu.

—Todo bueno, estoy seguro —dijo Hartz secándose las lágrimas de los ojos.

—La forma en la que lucháis, siendo tan jóvenes como sois, es prueba irrefutable de que provenís de las tierras altas. El resto de cosas, no tan respetables, no es necesario mencionarlas… —replicó con una amplia sonrisa el sacerdote de la Luz.

Komir, recuperando el fuelle, examinó uno de los atormentados rostros de cerca, luego contempló los recientes cortes y heridas en su cuerpo, negando con la cabeza. Padecía una sensación de intranquilidad enorme que le devoraba las entrañas. ¿Qué nuevas sorpresas les depararía aquella estancia? ¿Qué nuevos peligros estarían acechándolos en las penumbras incluso en aquel mismo instante? Intranquilo, miró en derredor intentando atravesar las sombras y descubrir algún peligro encubierto.

Avanzaron con prudencia. Dos hileras paralelas de gigantescos pilares circulares se alzaban hasta el inalcanzable techo y recorrían la sala de extremo a extremo. En el centro de la estancia se alzaba una plataforma circular al final de unas empinadas escaleras de mármol. En su centro, una enorme estatua translúcida de aspecto etéreo representando un ser de pesadilla, presidía la escena, amenazante. Los cuatro clavaron sus miradas en la estatua cuyo rostro, parcialmente visible bajo una capa con capucha, transmitía un dolor agónico. Aquel ente irradiaba un horror demencial.

Komir sintió miedo, más que eso, sintió terror.

Una siniestra figura, un hombre, los aguardaba escoltado por la terrorífica estatua sobre la plataforma. Vestía una larga túnica blanca con ribetes dorados que le cubría todo el cuerpo. En su mano derecha esgrimía un insólito cayado y en su mano izquierda un grueso tomo de tapas doradas. Su cara, oculta bajo la capucha blanca, no era visible pero sus ojos dorados brillaban en aquella penumbra, irradiando, enigmáticos. Aquellos intensos ojos del color del oro, ciertamente inhumanos, helaban la sangre. El misterioso ser levantó el báculo sobre su cabeza, murmuró unas palabras ininteligibles y el acceso a la estancia se selló con un estruendo tras el grupo.

Todos se detuvieron al instante.

Hartz echó la mano a la empuñadura de su espada mirando hacia la puerta a su espalda.

—Esto me huele mal, muy mal —avisó.

—¡No queremos hacerte ningún daño! —se apresuró a manifestar Komir intentando mantener la voz serena—. ¿Quién eres? ¿Qué es este lugar?

La encapuchada figura volvió a recitar unas inteligibles palabras en aquel extraño lenguaje, como en un cántico lúgubre.

De los ojos de la estatua etérea en el centro de la plataforma comenzó a surgir un mágico líquido dorado, como si aquella representación agónica llorara oro fundido. El extraño fluido comenzó a descender por el cuerpo intangible, llegando al suelo de la plataforma. Siguiendo cuatro surcos tallados en la base, llegó hasta las cuatro paredes de alabastro de la gran sala. Y la dotaron de vida, los símbolos Ilenios tallados en las paredes comenzaron a refulgir con fuerza. Un sudor espeso recorrió la espalda de Komir anunciando el peligro que se cernía sobre el grupo.

Las ánforas blancas, cuyas runas brillaban ahora con intensidad, comenzaron a desprender una neblina de extraña consistencia. Los agonizantes rostros humanos de ojos felinos situados sobre ellas parecían preconizar lo que se disponía a ocurrir. Aquellas desencajadas caras de horrible mueca parecían indicar el preludio de una autentica pesadilla por llegar. La espesa niebla proveniente de las ánforas se deslizaba hacia el suelo y fue cubriendo poco a poco toda la estancia.

—Oh, oh… —se lamentó Hartz.

—Esto pinta mal... —corroboró Komir.

La niebla los engulló por completo llenando los corazones de todos de un temor profundo. La estatua de demencial rostro comenzó a temblar envuelta por la mágica neblina. Los aventureros, sobrecogidos y sin poder creer lo que sus ojos les mostraban, vieron cómo recobraba vida, alimentándose de la volátil sustancia. La escultura despertó de su pesadilla eterna con un aterrador chillido que hizo que a Komir se le atenazaran las entrañas y comenzó a moverse, con dificultad, como despertando de un letargo infinito. Miró a su amo con su agónico rostro y la siniestra figura en blanca túnica señaló con su báculo en dirección al grupo de aventureros.

—¿Qué está sucediendo? —preguntó Kayti llena de inquietud.

—Mucho me temo que estamos ante un mago cuya misión debe de ser la de salvaguardar este templo de intrusos o saqueadores —dijo el sacerdote con voz trémula.

—¿Y esa cosa con cara de pocos amigos? —preguntó Hartz señalando al recién despertado espectro.

—Debe de ser un guardián al cual el mago ha despertado, al igual que hizo con los guardianes de cabeza de león. Será peligroso, me temo, muy peligroso. Su fin, con toda seguridad, es el de acabar con nosotros por invadir este, su templo —razonó el sacerdote de la Luz.

Komir se percató de que aquel ser etéreo salido de alguna pesadilla representaba una amenaza mucho mayor que los grandes guardianes que habían derrotado en la estancia anterior. Al verlo descender con aquel terrorífico rostro y los ojos inyectados con la dorada sustancia, Komir sintió en su estómago la desagradable sensación del miedo reprimido. Aquello le sobresaltó.

—¡Por el sol y la luna! ¡Preparémonos para el combate! —comandó Komir—. Dejad las lanzas y usad las espadas. Emplearemos la misma táctica, intentemos decapitarle, si antes funcionó quizás ahora también lo haga —sugirió a sus compañeros intentando mantener la calma para que sus amigos no se percataran del miedo que le apoderaba.

—De acuerdo, tajos certeros al cuello —confirmó Kayti.

—Sacerdote, tú mantente ahí detrás, al fondo, en la esquina, donde los dos muros de alabastro convergen, escóndete y si se te acerca grita para que te ayudemos —le dijo Hartz, y el hombre de fe, con las dos antorchas, se dirigió a paso ligero a la esquina derecha de la gran estancia del templo subterráneo, luchando por ver algo entre la neblina que empezaba a envolverlos por completo. Con cada momento transcurrido, era más espesa.

—Coloquémonos en semicírculo con las paredes a nuestra espalda, no se que esperar de este ser y es mejor que permanezcamos juntos.

—¿Cómo en la batalla de Lirmor? —preguntó Hartz

—Sí. Exacto. No me gusta nada esta niebla y es mejor que permanezcamos unidos, eso siempre garantiza una mejor oportunidad. Yo cogeré el lado izquierdo, tú, Hartz, el derecho y Kayti en el centro. No avancéis, no rompáis la formación, tenemos que mantener el semicírculo en todo momento.

—De acuerdo —asintió Kayti—, no estoy del todo convencida de que el plan funcione pero no se me ocurre una idea mejor que proponer en este momento. Como vosotros dos tenéis experiencia sobrada en batalla me ciño a vuestras órdenes.

Hartz le dio una palmada en la espalda.

—Tranquila mujer, ¿cuándo te hemos fallado? Todavía estamos vivos. No te preocupes, volverá a funcionar —le aseguró el grandullón sonriente.

Komir desenvainó su espada y cuchillo de caza y se relajó para hacer frente a aquel ser de terrorífica apariencia. Hartz sacó un puñal largo que llevaba en el cinturón a su espalda y se lo pasó a Kayti.

—Por si acaso —le dijo guiñando el ojo con una sonrisa, intentando transmitir seguridad y tranquilidad.

Ella asintió y le devolvió la sonrisa intentando disimular el temor ante la situación en la que se encontraban y que su rostro, en ese precioso momento, mostraba traicioneramente.

—Bueno, al menos esta vez el lío en el que nos encontramos no ha sido culpa mía —dijo el grandullón lleno de sana ironía.

Komir lo miró y sonrió al tiempo que negaba con la cabeza.

Esperaron en posición. Sin moverse. Respirando la helada tensión que llenaba la distancia hasta la amenaza, que ante los ojos estupefactos del intrépido grupo se deslizaba sobre el suelo y, sin pisarlo, se acercaba lentamente suspendida en la arcana neblina. Al llegar a unos pocos pasos del grupo emitió un chirriante lamento que llenó de temor los corazones de los aventureros, conscientes ahora de que habían cometido un grave error despertando el sueño eterno de aquel guardián de pesadilla.

El engendro llegó hasta el grupo.

Komir le lanzó un feroz tajo al horripilante rostro, en medio de la niebla circundante, pero para su descomunal sorpresa la espada atravesó el rostro incorpóreo, sin efecto alguno.

—¿Qué demonios...? —exclamó un instante antes de que el espectro guardián lo alcanzara con su mano translúcida. Todo el terror, la agonía y el sufrimiento que el rostro transmitía le fueron traspasados al instante a Komir. Con un grito de dolor Komir dobló las rodillas cayendo al suelo. El joven sintió como su vida se desvanecía por instantes siendo devorada por el maligno toque del guardián.

—¡Ayudadlo! —gritó el sacerdote mientras realizaba aspavientos con las antorchas.

Hartz tomó impulso y se lanzó sobre su amigo, empujándolo y liberándolo del toque de muerte del espectro guardián.

Kayti, viendo a sus compañeros en apuros, se adelantó para ayudarlos y golpeó al espectro con un potente tajo de su espada sobre la cabeza. La espada pasó a través del espectro, sin causar efecto alguno.

—¡Es incorpóreo, inmune a las armas, no podemos abatirlo! —exclamó Kayti llena de espanto.

Komir maldijo desde el suelo, nunca hubiera imaginado que se enfrentaría a algo similar, a un ser inmune a las armas. Sentía un dolor inmenso y temblaba de pavor; aquel ser de pesadilla había estado a punto de acabar con su vida, consumiéndola, destruyéndola en horror y desesperación.

El espectro volvió a emitir otro chirriante y espeluznante chillido. Todos se cubrieron los oídos. El insoportable sonido les perforaba los tímpanos.

El espectro se abalanzó sobre Kayti gravitando sobre la neblina. La valiente pelirroja se desplazó a un costado, evitando ser alcanzada por el toque incorpóreo de aquel ser maligno, cuyas consecuencias auguraba nefastas.

—¡Que no os alcance, su tacto conlleva una muerte de horror! —advirtió Komir a sus compañeros mientras a duras penas se ponía en pie con la ayuda de Hartz.

—Parece navegar la neblina, sostenerse en ella —observó el sacerdote.

—¿Qué hacemos? —preguntó Komir con una punzada de desesperación en la voz, al tiempo que rodaba por el suelo para escapar del terrorífico guardián que lo perseguía nuevamente.

—¡No lo sé! —gritó el sacerdote consumido por la preocupación—. Esta neblina no es en realidad tal, es una sustancia casi etérea, es como si esta estancia rezumara éter por algún motivo que no llego a comprender.

Kayti se acercó hasta él y pidió nerviosa:

—¡Una antorcha, sacerdote, quizás el fuego pueda con él!

—¡Yo lo distraigo! —se brindó Hartz, y blandiendo su espada corrió hacia el guardián de pesadilla gritando a pleno pulmón.

El ser de éter detuvo su persecución a Komir y miró al gran Norriel. Emitió un nuevo chillido y se dirigió a por él. Komir se derrumbó al suelo exhausto, el toque maligno lo había vaciado, no le quedaban fuerzas ni vitalidad alguna.

Hartz propinó dos tajos baldíos que atravesaron al ser de éter y comenzó a correr en círculos intentando evadirlo.

Kayti aprovechó la distracción proporcionada por el gran Norriel y acercándose por la espalda con una antorcha intentó prender en llamas al ser de pesadilla.

El fuego no le causó el más mínimo efecto, aunque emitió un despavorido chillido y comenzó a perseguir a la pelirroja guerrera.

—¡Por Zurine, nuestra señora! ¡Es inmune al fuego!

—¡Y al acero! —agregó Hartz.

—Sí, pero parece no haberle gustado el fuego... ¡Me habéis dado una idea! ¡Lanzadle agua! —pidió el sacerdote.

—¿Agua? ¿Es que has perdido completamente la razón, hombre de fe? —protestó Hartz.

En ese momento, el guardián inmaterial alcanzó a Kayti, que lastrada por el peso de su armadura no pudo esquivarlo por más tiempo. La pelirroja sintió una angustia y desesperación absolutas invadir su cuerpo y un sufrimiento infinito le alcanzó el alma. Cayó de bruces sobre el frío suelo mientras la neblina se arremolinaba amenazadora sobre su cuerpo.

Kayti se moría.

—¡Ayúdala, Hartz! —gritó impotente Komir desde el suelo un instante antes de perder la consciencia, incapaz de recobrarse del maléfico toque de horror que había sufrido.

Hartz cogió el pellejo de agua que portaba el sacerdote y corrió hacia el engendro.

—¡Aquí, mira aquí, demonio transparente! —gritó a pleno pulmón intentando llamar la atención del guardián.

Pero éste se abalanzó sobre la indefensa Kayti para acabar con ella.

—¡Déjala en paz! —gritó Hartz desesperado.

A la carrera, el gran Norriel, abrió el pellejo y apretando con fuerza envió un gran chorro de agua sobre el guardián de pesadilla.

El ser etéreo emitió un chillido espeluznante, aunque el agua pareció no tener efecto en él. El monstruo, se volvió y se lanzó en pos de Hartz, dejando a Kayti tendida en el suelo medio muerta.

—¡Creo que estoy en lo cierto, el guardián reacciona a los cuatro elementos!

Hartz que corría perseguido por el enfurecido espectro miró al sacerdote y preguntó angustiado:

—¿Reacciona? Pero no lo daña, al menos el agua y el fuego—. Volviéndose encaró al guardián y volvió a lanzar otro chorro de agua.

El monstruo guardián chilló nuevamente pero de inmediato continuó a la caza de Hartz.

—Cierto, no lo dañan... No lo dañan, ¿por qué? El agua puede con el fuego, el fuego con el aire, el aire con la tierra... Ummm...

—¡Vamos sacerdote piensa algo, rápido, me estoy cansando y me va a alcanzar!

El sacerdote apretó la mandíbula, concentrado, intentando resolver el enigma.

Hartz corría por su vida realizando grandes círculos para no ser alcanzado.

—¡Lo tengo, lo tengo! —exclamó lleno da esperanza —reacciona a los elementos ya que él mismo está compuesto de uno de ellos: del quinto elemento, del Éter.

—¡No entiendo una palabra de lo que estas diciendo! ¿Cómo lo matamos? —pidió Hartz jadeante.

—Matarlo... ummm... es etéreo, domina a los otros elementos, no le afectan... nada le afecta —razonó en voz alta.

—¡Eso no me ayuda nada! —bramó Hartz, que ya apenas podía escapar al guardián de Éter, el toque de muerte estaba a un palmo de su espalda.

—¡Lo sé! —exclamó muy nervioso el sacerdote—. Déjame pensar... ¿Qué afecta al Éter, ¿qué? Nada, sólo el propio Éter. Eso es, ¡eso es! ¡Debemos detener el Éter!

—¿Y cómo demonios hacemos eso? ¡Piensa algo rápido, me va a alcanzar!

El sacerdote miró alrededor… y lo vio claro.

¡La neblina de Éter!

Los envolvía completamente, ahí estaba la clave. Tenía que detener la neblina, aquello de lo que se alimentaba el guardián. Sin pensarlo más, corrió en dirección de la primera de las tres enormes ánforas de la pared a su izquierda, desde las cuales se originaba la neblina. Dejando la antorcha en el suelo empujó con todas sus fuerzas la gran ánfora y ésta se volcó rompiéndose en mil pedazos al golpear el suelo. Ya no emitía la sustancia etérea.

—¡Hartz, rompe las tres ánforas de esa pared! ¡Yo romperé las de este lado!

—¿Romper? ¡Magnifico! ¡Eso sí que se me da bien! —respondió el gran Norriel animado, aunque su fatigado rostro mostraba claros indicios de un agotamiento cercano a la extenuación. Realizó un brusco quiebro para esquivar al guardián, el cual casi consiguió rozarle, y se dirigió a por las tres ánforas de su lado espada en mano.

El sacerdote de la luz volcó con dificultad la segunda ánfora.

Mientras, Hartz destrozaba de tres potentes golpes de espada las tres ánforas situada en la pared opuesta.

Una alegría enorme inundó al hombre de fe al ver que la neblina comenzaba a disiparse. Corrió hasta la tercera de su lado y la estrelló contra el suelo usando todas sus fuerzas. Iba a saltar de alegría cuando vio caer a Hartz, alcanzado por el espectro.

—¡Nooooooo, Hartz! —gritó totalmente consternado.

El guardián de Éter lo miró con su cara de pesadilla infernal y profiriendo un terrorífico chillido se lanzó tras él.

El sacerdote corrió como alma que lleva el diablo hasta una de las esquinas, no había escapatoria posible. Lleno de espanto se dio la vuelta y encaró al espectro. Éste avanzaba hacia él desde el centro de la estancia.

—¡Que la Luz protectora me ampare y cobije en esta hora de necesidad imperiosa! —rezó el sacerdote que daba por hecho su fin mientras las rodillas le temblaban.

Cerró los ojos esperando el toque de la muerte.

Pero no se produjo.

El guardián profirió un chillido de rabia y el sacerdote abrió los ojos.

Atónito, contempló cómo el guardián retrocedía hacia el centro de la estancia, arrastrado por la neblina de éter. Alrededor del sacerdote la neblina había desaparecido por completo. El guardián no podía llegar hasta él. Corrió a recoger su antorcha del suelo mientras observaba cómo el guardián languidecía. La neblina se fue disipando completamente y aquel ser de pesadilla comenzó a solidificarse de nuevo. En unos momentos toda la neblina de la estancia desapareció por completo. Con un último y espeluznante chillido el guardián volvió a convertirse en estatua translúcida.

—¡Sí! —exclamó triunfal el sacerdote dando saltos de alegría.

Corrió hasta Kayti y la sacudió con energía, intentando que despertara.

La joven abrió los ojos de par en par, su rostro, compungido por el terror, parecía despertar de la más profunda de las pesadillas.

—¿Estás bien, Kayti?

—¿Dónde estoy? ¿Qué ha ocurrido?

—Tranquila, todo está bien, hemos derrotado al guardián de éter.

—¡Oh, sí, ahora recuerdo. Ha sido horroroso, su toque de agonizante sufrimiento casi me mata, pensaba que había llegado la hora de mi muerte.

—Ha estado muy cerca, pero te has salvado. ¿Puedes incorporarte?

La valiente guerrera lo intentó pero carecía de la fuerza necesaria.

—Necesito descansar, sacerdote, me ha dejado sin vigor alguno.

—Bien, voy a ver qué tal están los dos Norriel, descansa.

Al cabo de un rato el sacerdote volvió donde Kayti acompañado de los dos guerreros Norriel, que con rostros marcados por el sufrimiento y signos ostensibles de agotamiento, se arrodillaron junto a la pelirroja.

—Parece que sobrevivimos —aventuró el sacerdote nervioso.

—Por los pelos —reconoció entrecortadamente Komir.

—Ese sigue ahí —dijo Hartz apuntando en dirección al encapuchado mago en el centro de la plataforma.

Todos lo miraron con aprehensión.

—Dejémoslo estar de momento, no podemos ni con el alma, necesitamos recuperarnos y descansar antes de intentar nada. Pero no le quitéis ojo por si acaso —dijo Komir.

Descansaron un buen rato intentando recuperar las agotadas energías de sus maltrechos cuerpos. El descanso era tenso, ya que la encapuchada figura continuaba de pie en el centro de la estancia mirándolos sin emitir ningún sonido o realizar movimiento alguno. Komir no le quitaba ojo de encima, pero estaba demasiado débil y cansado como para enfrentarse a nada. Sólo esperaba que aquel mago no conjurara alguna otra maldad contra el grupo.

Tras un largo rato, los tres compañeros, algo más repuestos, se miraron indecisos. La experiencia les había pasado factura, su aspecto era tan lamentable como su estado físico y sus fuerzas eran mínimas por no decir nulas. Nada podían hacer al respecto, todavía corrían peligro.

Komir fijó su mirada en la figura encapuchada, inmóvil en el centro de la gran estancia. El sacerdote pasó una de sus antorchas a Kayti mientras Hartz se retocaba los vendajes de los suturados cortes en el brazo derecho y el muslo. Se acercó a Komir sin apartar la mirada de la impertérrita figura enemiga.

—Debe ser el Guardián del Templo, un sacerdote o mago guardián encargado de defender el templo de los profanadores —aventuró el hombre de fe.

—¿Crees que lo dejaron aquí, enterrado vivo? —inquirió Kayti.

—Eso creo, para que defendiera a su señor. Es una costumbre antiquísima de ciertas civilizaciones anteriores a nuestros tiempos. Existen textos de este tipo de tradiciones en la gran Biblioteca de Loraniun. ¿Os dais cuenta de lo que esto significa? Estamos ante uno de ellos, debe ser un miembro de la Civilización Perdida y que pensábamos extinguida. ¡Es un hallazgo de increíble importancia!

—Ummm si tú lo dices así será… pero yo sólo quiero respuestas y será mejor que ese encapuchado, guardián o no, milenario o no, me las dé si no quiere perder la cabeza —le respondió Komir.

—No, por favor, te lo ruego, no lo mates, hay tantas cosas que necesitamos saber, tantas incógnitas por resolver, tanto que podríamos aprender de él.

Komir dio un par de pasos hacia la figura encapuchada, y esta, como reaccionando a la amenaza que representaba el joven Norriel, volvió a levantar el báculo sobre su cabeza, recitó unas palabras y una luz dorada se pudo vislumbrar en la puerta de la estancia a su espalda. Komir se detuvo alarmado, esperando un nuevo ataque de algún otro engendro, espectro, o alguna nueva perversidad.

La siniestra figura sufrió un espasmo, y se desplomó al suelo.

—Pero, ¿qué…? —masculló el sacerdote.

—¡Te juro que no le he tocado! —alegó Komir, defendiéndose de la acusadora mirada del sacerdote, que le observaba con la duda sembrada en los ojos desde su posición unos pasos más atrás.

Se acercaron a la caída figura y descubrieron que los ojos bajo la capucha ya no brillaban con la luz dorada. Abrieron la túnica que llevaba y encontraron un ser con forma humana, pero completamente momificado. Estaba reseco y marchito, como si el paso del tiempo le hubiera absorbido hasta la última gota de fluido del cuerpo pero sin llegar a descomponerlo. Comprobaron sus constantes vitales.

Muerto, sin un ápice de vida remanente.

—¡Fascinante! ¡Realmente increíble! Creo que ese fluido dorado es algún tipo de líquido mágico capaz de imbuir y posiblemente alargar la vida en estos seres —dijo el sacerdote dejándose llevar completamente por el entusiasmo—. Una desgracia el que haya fallecido, una verdadera pena. ¡Quién sabe la edad que tendría este ser! ¡Podría pasar del milenio!

Recogieron el bastón y el libro del guardián caído y los examinaron con curiosidad. El bastón, de una longitud similar al de una persona, era de una extraña madera que no reconocieron y en su extremo superior un cristal, una joya blanca, relucía pálidamente. A media altura unas inscripciones enigmáticas adornaban la madera. El libro, por su parte, era de tamaño no muy grande y escrito en un lenguaje no comprensible que llamó de inmediato la atención del sacerdote. Las cubiertas parecían ser de oro aunque no estaban seguros de que así fuera.

—¡Este libro debe de ser un grimorio! ¡Un compendio de saber de artes arcanas de la Civilización Perdida! La base de los hechizos utilizados por el mago guardián. Necesitaré de mucho tiempo para estudiar en detalle esta importantísima reliquia, así como el cuerpo momificado de ese guardián —exclamó el sacerdote sin poder disimular su excitación por el hallazgo.

—Miremos en la siguiente estancia —le dijo Komir al sacerdote. Vosotros dos esperad aquí, descansad y reponeos. Si os necesitamos os doy un grito.

—No te preocupes amigo, en un momento estamos como nuevos —respondió Hartz que volvió a sentarse en el suelo.

Cruzaron la puerta con cautela y entraron en otra grandiosa estancia en forma de alargada nave. Una sucesión de altos arcos se alzaban desde el suelo hasta el elaborado techo abovedado a lo largo de toda la nave.

—Increíble… se asemeja a una gran basílica, del tamaño de la mismísima Catedral de la Luz en Rilentor, ¡fascinante! —exclamó el sacerdote con voz de asombro—. El trabajo que llevaría edificar este templo… la simetría y perfección de esta maravilla arquitectónica… años de trabajo de edificación —comentó mientras admiraba con la boca abierta los arcos y bóvedas.

Komir avanzó con cuidado seguido del fascinado sacerdote hasta llegar al fondo de la estancia, donde se alzaba un elevado altar rectangular. Sobre la plataforma, un enorme sarcófago translúcido grabado con inscripciones doradas y runas enigmáticas parecía presidir toda la cámara. Aquella tumba debía ser el motivo de la propia existencia de todo el templo subterráneo y en aquel sarcófago debía descansar el sueño eterno alguien de extrema importancia. Un gran círculo dorado en el suelo rodeaba completamente aquel insólito mausoleo como un anillo de oro en el centro del cual se hallaba la gran cripta.

—Déjame adivinar, si cruzamos el anillo dorado algo nada bueno va a suceder —aventuró Komir lleno de sarcasmo.

—Yo apostaría mí rasgada sotana marrón a que así es —respondió el sacerdote dejando escapar una pequeña sonrisa—. Creo que el guardián ha consumido su última energía vital para activar esta protección.

—Fantástico…

Komir se acercó al borde del dorado círculo y contempló el interior. El suelo estaba compuesto de losas de piedra cuadradas talladas con cinco tipos de grabados diferentes. En el exterior del círculo dorado el suelo era liso y sin ningún tipo de talla.

—Si queremos llegar hasta el altar tendremos que caminar sobre esos adoquines tallados en el suelo y me dan muy mala espina.

—Prueba a presionar uno con la espada a ver qué ocurre —le sugirió el sacerdote, inquieto.

Komir así lo hizo, eligió una baldosa con un intricado grabado y con la espada la presionó. Inmediatamente una lanza de color dorado surgió de la baldosa proyectada hacia el techo de la sala a gran velocidad. Komir instintivamente se lanzó hacia atrás y quedo sentado en el suelo con un buen susto en el cuerpo.

—¿No nos lo ponen fácil, verdad? —dijo el sacerdote intentando ahogar una risita.

Komir volvió a intentarlo, esta vez eligió otra baldosa con un grabado diferente. El resultado fue el mismo. No estaba teniendo demasiada suerte.

—Prueba la baldosa con el grabado más sencillo —le sugirió el sacerdote.

Komir así lo hizo, eligiendo la que sólo tenía un cuadrado grabado en su centro: y nada ocurrió. Volvió a presionar varias veces con su espada pero nada sucedió.

—Creo que esta es la buena dijo Komir —el símbolo en forma de cuadrado. De todas formas no me fío nada de estas trampas. Tráeme por favor un escudo metálico de la sala anterior, esos que adornan las paredes.

El sacerdote volvió al de pocos instantes con un pequeño escudo metálico.

—Perfecto, buen tamaño —dijo Komir.

Con mucho cuidado lo situó sobre una de las baldosas con el grabado cuadrado. Miró al sacerdote, respiró profundamente para calmar el nerviosismo que sentía y con un rápido paso se situó sobre el escudo encima de la baldosa.

Nada sucedió.

Komir dejo escapar un soplido de alivio. Cogió el escudo bajo sus pies con mucho cuidado para no perder el equilibrio y precipitarse sobre las otras baldosas, lo que significaría perecer atravesado por aquellas lanzas mortíferas. Como si de un juego de lógica se tratara buscó otra baldosa con el mismo símbolo para continuar avanzando hacia el sarcófago. Con gran calma y movimientos lentos y tentativos, continuó progresando. Estando ya muy cerca de la meta, situó el escudó sobre la última baldosa con el signo cuadrado que le permitiría llegar a su destino. Situó su pie izquierdo sobre el escudo y luego con mucho cuidado el derecho.

Repentinamente, Komir sintió una fuerte presión bajo sus pies.

¡Y salió despedido hacia el techo del templo!

Sin tiempo de reacción, instintivamente, saltó hacia delante y se estrelló de cabeza contra el altar con el sarcófago.

—¡Ha surgido una lanza! —chilló el sacerdote con gran alarma.

—¡Ya me he dado cuenta! ¡Malditos tramposos! Una trampa en la propia trampa. ¡Serán mal nacidos! Si llego a caer hacia atrás se acabó. Gracias al escudo, si no la lanza me atraviesa —dijo Komir mientras se ponía de pie y se tocaba el enorme chichón que debido al impacto contra el extraño altar de duro mármol transparente le estaba saliendo en la cabeza.

Una vez recuperado del golpe, pero aún medio mareado, escaló con dificultad el elevado altar translúcido hasta llegar al sarcófago y lo abrió empujando la pesada losa que lo cubría. Había venido a por respuestas y respuestas encontraría. Al romper el sello del sarcófago, el círculo dorado que lo protegía de los extraños desapareció como tragado por el propio suelo, desactivando la letal trampa. Dentro del sarcófago descansaba una figura momificada con una ostentosa corona de oro y brillantes en la cabeza. Sobre el cuerpo de aquel rey o señor Ilenio, descansaba una increíble espada de dos manos, un mandoble, con enigmáticos grabados dorados.

Examinando con más detalle el desecado cadáver, Komir vio que llevaba una brillante cadena argéntea colgada al cuello. La estiró con cuidado y un bellísimo medallón apareció al final de la cadena. Komir tuvo que contener una exclamación de sorpresa: El esplendoroso medallón consistía en una gema circular de tonalidad cristalina, casi transparente, de más de 300 caras. El tamaño de la gema era impresionante. Estaba encajada en un grueso aro plateado, con extraños símbolos o runas grabados en su superficie, por el cual se unía a la larga cadena. «¡Menuda piedra preciosa! Este es un medallón similar al de mi madre que nos ha guiado hasta aquí. Por otro lado, es muchísimo más grande, casi lo dobla en tamaño y de tonalidad contrapuesta». Komir lo contempló estupefacto. Si bien él nada sabía sobre joyas y piedras preciosas, podía reconocer que aquel medallón era muy especial y valiosísimo.

Tomó el deslumbrante medallón en la palma de su mano y miró incrédulo como la cubría casi por completo; comprobó con sorpresa que era muy liviano para sus dimensiones. Algo le decía que aquella maravillosa gema era especial, algo más que una valiosísima joya preciosa. Brillaba con una tenue y casi inapreciable luminiscencia emanando de su interior, casi como si tuviera pulso propio… vida propia… Komir la cogió y se la colgó al cuello, escondiéndola bajo su gastado jubón de cuero, sobre la cota de malla, junto al medallón de su madre.

Al colgarlo del cuello sintió una extraña sensación, un hormigueo dulzón le recorrió todo el cuerpo y un místico sentimiento etéreo lo envolvió completamente. Experimentó por todo su ser la incorporeidad, el Éter, el Espíritu. El medallón se lo mostraba, se lo decía, por alguna razón que él no comprendía. Sintiendo aquella rarísima sensación y después de haber luchado contra el guardián etéreo en medio de la neblina, Komir llegó a la conclusión de que aquel medallón estaba ligado a ese elemento, al Éter, al infinito espíritu. De eso no le quedaba duda alguna.

«Esta gema irradia poder, lo puedo sentir en mis carnes, sensaciones de incorporeidad, de pureza, de espíritu. Será mejor que la guarde bien guardada hasta averiguar cuál es su finalidad».

Komir siguió registrando el cadáver pero no pudo encontrar nada más que tuviera algún valor. Ni joyas, ni oro ni riquezas. Únicamente la magnífica corona de oro y brillantes, que sí intuía sería de gran valor. Se la lanzó al sacerdote, que la cazó al vuelo y soltó un largo silbido de sorpresa al verla. Luego lanzó hacia el cura la gran espada de a dos manos, que estaba seguro Hartz querría. El hombre de fe, poco versado en cuestiones físicas, a duras penas consiguió apartarse de su vuelo para dejarla pasar, tropezando y cayendo sobre sus propias posaderas como el torpe aventurero que era.

Komir no pudo evitar reír.

El sacerdote lo miró desde el suelo y se echó a reír también.

—Salgamos de esta cripta, no he encontrado lo que vine a buscar —le dijo Komir al sacerdote.

—Lo siento, amigo… siento que no hallaras las respuestas que buscabas. Por otro lado, no desfallezcas… aquí hay mucho por examinar y estudiar, quizás lo encontremos más adelante —intentó animarle el sacerdote examinando extrañado la magnífica corona—. Sea como fuere, estoy impaciente por contarle al Abad de la Luz en Ocorum nuestro maravilloso descubrimiento. Tenemos tanto que examinar y estudiar en este templo. Tantos secretos de esta antiquísima civilización por hallar, tanto conocimiento por desvelar.

Komir era consciente de que si bien no había obtenido las respuestas directas que buscaba, el nuevo medallón etéreo, sí que representaba un hallazgo importante. No sabía aún por qué ni cómo, pero veía claramente la relación entre los dos medallones Ilenios. El primero, el de su madre, los había guiado hasta allí, hasta el templo subterráneo, hasta el medallón del rey Ilenio allí enterrado. Por lo tanto, era lógico deducir que el medallón etéreo era realmente lo que buscaba, el objeto que de alguna forma estaba ligado a lo sucedido a sus padres, a su persona, a su destino. Descubriría el misterio que aquel medallón encerraba, aunque fuera lo último que hiciera.

Poco se imaginaba Komir en ese instante la trascendencia de aquel hallazgo y la magnitud de los eventos que aquello precipitaría. Eventos de una proporción épica.

Echó un último vistazo alrededor pero no vio nada significativo.

Mirando al sacerdote le dijo:

—Necesitarás del medallón de mi madre para poder activar las puertas y entrar y salir de este templo ¿verdad? Esa parece ser la finalidad del medallón.

—¿No me lo negaras, verdad? Hay tanto que debemos aprender aquí abajo —pidió suplicante el sacerdote.

—Creo que podremos llegar a algún tipo de acuerdo, sacerdote —le dijo Komir con una sonrisa.

—Gracias Komir, te lo agradezco en el alma. A propósito, no me lo has preguntado, bueno ninguno me lo habéis preguntado, cosa extraña por otro lado, pero mi nombre… es Lindaro —dijo el animado hombre de fe extendiendo su mano.

Komir lo miró a los ojos un segundo y estrechó su mano con firmeza.

—Encantado de conocerte, Lindaro.