Que las diosas te protejan

 

 

 

Anochecía en la aldea de Orrio y sus habitantes se preparaban para dormitar como en el resto de poblaciones Bikia. Komir llegó a la verde ladera rodeada de altos robles donde los sepulcros de piedra de sus padres habían sido erigidos. Aquel era uno de sus parajes favoritos, uno de los que ellos tanto amaban. Komir, con un gran pesar oprimiendo su corazón, intentaba sin fortuna reprimir las lágrimas que afloraban en sus ojos color esmeralda. Intentó serenarse, pensó en los momentos felices del pasado, y por unos breves instantes, experimentó el gozo que su alma le negaba.

La muerte de sus padres lo había destrozado completamente. Nunca volvería a ser la misma persona. Lo sabía, era consciente de aquel dramático hecho. Sentía un dolor, una agonía tan intensa en la profundidad de su alma que le era casi imposible soportarlo. El dolor por la pérdida era de tamaña intensidad que sentía como si le hubieran arrancado una parte de su pecho, dejando un vacío que no le era posible volver a llenar.

Se sentó en la hierba e intentó respirar lentamente con la intención de calmar el sufrimiento que lo devoraba internamente. Por momentos, no conseguía llenar los pulmones, le faltaba el aire. Inspiró profundamente para henchir sus pulmones y exhaló con lentitud, prolongando la salida del soplo. Lo repitió varias veces de forma consecutiva intentando tranquilizar su alma, pero fue en vano. Recordó la cara de su madre y las lágrimas volvieron a caerle por las mejillas, que tantas veces su madre le había acariciado.

Y lloró.

Lloró de forma desconsolada.

Intentó, por unos instantes, no dejarse llevar por la emoción. En aquel momento, su alma y su corazón caminaban aunadas por una profunda pena; la pena y el vacío irreparable que la marcha de sus padres le había causado, enterrando, sin saberlo, bajo el mismo lecho, su corazón con el de ellos. De sus ojos, incapaces de contener las lágrimas, brotaban gotas de tristeza que como rocío de la mañana caían sobre el sepulcro. Lloró sin consuelo, sin conseguir apaciguar el sufrimiento que lo embargaba.

Repentinamente, la irá volvió a apoderarse de su alma. Una ira desmedida y cruel, como si un demonio tomara posesión de su cuerpo y alma. Podía ver las caras de los atacantes con claridad en su mente; el solo recuerdo le exacerbaba de tal manera que casi perdía totalmente el control. Cerró los puños con fuerza. Quería matarlos a todos, y sobremanera a quien estuviera detrás del ataque, a quien hubiera dado la orden. El porqué le era secundario. Encontraría a los responsables finales, y uno a uno los mataría a todos, sin piedad. No, no sólo acabaría con ellos, sino que les haría padecer una agonía inimaginable. Sufrirían por mil el daño que le habían causado.

—¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? ¡Respóndeme, Igrali! —clamó al cielo—. ¡Sólo quería ser uno más, un Bikia más, un guerrero Norriel, normal, como todos los demás! Uno más… Normal…

Intentó tranquilizarse, apartar los malos recuerdos, pero por mucho que lo intentaba no conseguía pensar en nada que no fuera la tragedia. El duelo sólo acababa de comenzar, sentía que tenía un largo camino hasta poder cicatrizar la profunda herida que desde aquel fatídico día tenía en su corazón. Desde el incidente todos en la aldea estaban siendo extremadamente amables, lo cual le resultaba completamente ajeno, insólito y muy chocante. Sentía una extraña y dividida emoción ante tanta generosidad y buena voluntad por parte de sus vecinos. Aquel pueblo lo había marginado e ignorado a lo largo de toda su existencia, y ahora, a raíz de la tragedia, actuaban como si él hubiera estado siempre perfectamente integrado en la pequeña sociedad tribal. Por un lado agradecía el gesto, lo agradecía de verdad, sin falsedad. Pero por otro lado, se preguntaba qué necesidad había de haberlo castigado con aquel tratamiento de aislamiento que había sufrido durante tantos años, fruto de las supersticiones y el miedo a lo diferente. Suspiró, sólo en la mayor de las tragedias había recibido algo de buena voluntad por parte de sus vecinos.

«¡Demasiado poco, demasiado tarde!».

Un sonido a su espalda lo sobresaltó. Alarmado, giró la cabeza.

—¿Despidiéndote ya? ¿Tan pronto partes, joven Komir?

Komir reconoció la ronca voz de Amtoko a su espalda. La vieja bruja se había acercado hasta él con tal sigilo que ni se había percatado de su presencia.

—Cuanto antes me ponga en camino, mejor para todos —respondió él devolviendo la mirada a las tumbas de sus seres queridos.

—El camino que vas a emprender está lleno de peligros. La señora de la noche eterna te ronda, mi joven amigo. Si partes y abandonas tu tierra, los ejes del destino comenzarán a girar y te verás irremediablemente envuelto en acontecimientos que en un futuro podrían ser de gran repercusión. Este es un momento de gran importancia en tu vida y la de otros muchos, aunque tú ahora no puedas entenderlo.

—Nada de lo que me digas hará que cambie de opinión.

—¿Y si te digo que morirás sin cumplir tus deseos de venganza? —le tanteó la vieja bruja— ¿Y si puedo asegurarte que nunca conseguirás la venganza que tanto ansías?

—¡Pues que así sea! Pero no por ello cambiaré mi decisión. Sea cual sea mi destino final seguiré adelante con mi propósito, nada me apartará de ese camino. ¡Nada! —aseguró con tozudez.

—La venganza es un poderoso sentimiento, pero el más necio de los consejeros. La vida te enseña a enfrentarte a situaciones injustas, dolorosas, tal es la naturaleza de la existencia del hombre. De un modo u otro el dolor nos toca a todos, no hay escapatoria, somos humanos, padecemos los sinsabores de la vida. Pero en nuestra mano está elegir el camino correcto a seguir, el no dejarnos nublar por sentimientos poderosos pero erróneos.

—Mi decisión está tomada, Bruja Plateada.

—Aún estás a tiempo de cambiar de opinión. Eres un Norriel por derecho, quédate aquí, vive, lucha y muere como un Norriel y te aseguro que tu vida será plena, larga y llena de dicha. Si te marchas en busca de la venganza sólo te espera el dolor y la muerte…

—No soy ningún niño al que puedas asustar con tus artes arcanas. No cambiaré de opinión, digas lo que digas. Seguiré mi camino y nada me detendrá. Tendré mi venganza.

—Mi corazón se entristece al oír tan equivocadas palabras. Pero siendo esa tu voluntad, yo no puedo más que aconsejarte.

—Aconsejado estoy, puedes sentirte tranquila.

—En ese caso sólo puedo desearte fortuna en tu andadura, que Ikzuge, la diosa Sol, proteja tu camino de día e Igrali, la diosa del astro plateado, tus sueños de noche —le deseó la vieja bruja con tono pesaroso.

—Gracias… y gracias por advertirme aquella noche —dijo Komir suavizando el tono—. ¿Fuiste tú, verdad? Me visitaste en mis sueños y me advertiste de la llegada de los guerreros tigre.

—En efecto, mi joven amigo, fui yo, con la ayuda de nuestra madre Iram. Mis habilidades dependen en gran medida de los designios de la Madre Tierra. Siento que no pudiera verlos antes, no sentí su vil presencia hasta que ya estaban muy cerca. Demasiado cerca para huir. Lo siento, de veras.

Komir miró las tumbas de sus padres y realizó un gesto afirmativo.

—¿Seguirás ayudándome en el futuro? —indagó Komir, esperanzado.

—Lo intentaré, aunque nada puedo garantizarte. Fuera de estas tierras me resultará mucho más difícil comunicarme contigo, nuestra diosa Iram protege sus tierras y a los hijos que residen en ellas. Fuera de territorio Norriel, de nuestras amadas montañas y valles, su influencia se disipa. Sin embargo, lo seguiré intentando si eso es lo que me pides.

—Te doy las gracias, cualquier ayuda, por pequeña que sea, será bienvenida.

—No me lo agradezcas todavía. Algún día, seré yo quien necesite de un favor y acudiré a ti, espero que cuando lo haga, lo honres.

—Tienes mi palabra, siempre y cuando no me pidas algo que por honor haya de negarte.

—¡Ah! El honor y los principios. La moral y su doble cara. Esperemos que no se interpongan en nuestra amistad, joven guerrero.

—Esperemos…

—¿Sabes a dónde te dirigirás?

—Pues en realidad no estoy seguro…

—¿Alguna pista o indicación? ¿Encontraste algo en casa de tus padres que arroje alguna luz sobre el suceso o el camino que debes emprender?

Komir quedó pensativo, dudando, pero decidió arriesgarse y confiar en la Bruja.

—Algo he hallado… pero desconozco su significado. Quizás tú puedas decirme algo más. He encontrado un enigmático medallón escondido en un doble fondo del arcón de mi madre. Nunca lo había visto antes, en realidad nunca se lo he visto puesto a mi madre. Esto me extrañó mucho, sobre todo porque parece muy valioso.

—Ummm… Interesante… un medallón dices. ¿Puedo verlo?

—¿Cómo sabes que lo llevo conmigo? ¿Cómo sabes que no lo he escondido, que lo he enterrado?

La vieja bruja se echó a reír con una gran carcajada llevándose las manos al estómago.

—Del mismo modo que sé cuando va a llover, joven amigo, ¡qué cosas preguntas! Lo percibo, lo siento en mí. Ahora mismo percibo su presencia.

Komir la miró perplejo.

—¿Lo percibes? Pero si es un objeto, sin más, una joya tallada de forma artesanal con una enorme piedra preciosa.

—Sí, joven amigo, pero no es un objeto cualquiera…

—No sé a qué te refieres, pero está bien, aquí lo tienes.

Komir sacó el medallón que llevaba colgado al cuello bajo el jubón y se lo mostró a la bruja. Era precioso: una gema perfectamente redonda, negra como la noche, con más de 150 caras, del tamaño de una gran ciruela, encajada en un aro de oro puro y unido a una larga cadena de eslabones del mismo material. Komir no sabía si la piedra era un zafiro, un rubí o un diamante, o cualquier otra piedra preciosa. Él no entendía nada de joyas o riquezas más allá de lo aprendido de las leyendas Norriel y los cuentos de niños, pero lo que sí sabía a ciencia cierta era que aquella gema era única y que albergaba algún tipo de misterio.

Amtoko la examinó con detenimiento. Se tomó su tiempo y la estudió palpando con todo detalle. Después de un largo rato de estudio del misterioso medallón, cerró los ojos. Musitó unas palabras extrañas, manteniendo los ojos cerrados y los brazos extendidos, como orando al sol y la luna. Absorta, la bruja exhaló una fuerte luz. Todo su cuerpo se iluminó, envuelto en un haz de luz intensa que, con la misma rapidez que lo inundó todo, se desvaneció.

Transcurrieron unos largos instantes y Komir esperó sin saber muy bien qué hacer, incómodo por lo que estaba presenciando, que estaba seguro era brujería de algún tipo.

Finalmente Amtoko abrió los ojos.

—¡Magnífico! —exclamó la bruja de pronto asustando a Komir, que dio un involuntario brinco atrás.

—¡Por la Luna! Menudo susto me has dado.

—Y aún mayor te voy a dar —sonrió la bruja.

Komir la miró expectante, dudando de querer escuchar lo que iba a decir a continuación. Cruzó los brazos y se preparó para las nuevas.

—Este medallón, el medallón de tu madre, es un Objeto de Poder.

—¿Un qué? —preguntó Komir totalmente ignorante.

—Escúchame y presta mucha atención, mi joven amigo, porque esto te será útil en el futuro. En nuestro gran continente de Tremia, y en otros más lejanos y desconocidos, existen objetos que han sido creados o imbuidos de gran poder —ante la cara de incredulidad de Komir, Amtoko negó con la cabeza y continuó explicando—. Objetos mágicos, para que me entiendas. Objetos que han sido o bien creados de la mismísima energía de la que se alimenta el Poder, o que han sido imbuido de ella para algún fin. Lo que tú conocerás como hechizar. ¿Me sigues, joven osezno?

—Te sigo… me estas diciendo que el medallón de mi madre tiene poder… es mágico ¿No?

—¡En efecto! Pero más que eso, ese medallón tiene un poder antiquísimo.

—Ya veo, y por eso has notado su presencia, has presentido su poder, el hechizo que posee ¿no?

—Veo que aparte de músculo has sido bendecido con cerebro, mi joven guerrero, eso sí es una rara combinación por estas tierras —sonrió amistosamente la bruja—. Este objeto, esta gema en concreto, ha sido imbuido de poder por algún Mago muy poderoso.

—¿Puedes descifrar qué tipo de hechizo o para qué? ¿Es peligroso?

—No, está muy bien protegido con una magia muy lejana, muy antigua, casi primaria. Verdaderamente extraordinario —comentó la bruja volviendo a examinar la negra gema.

—Si es un Objeto de Poder es muy probable que esté relacionado con el ataque. Eso lo convierte en una pista que podría conducirme hacia los asesinos, y de ellos, a los responsables, a los que lo ordenaron.

—Muy posiblemente, Komir, muy posiblemente…

—Entonces tienes que ayudarme, Amtoko, ¿no puedes usar tu magia para romper la protección del medallón? ¿Para obtener alguna información? Todos dicen que tu magia es muy poderosa —le imploró el joven guerrero Norriel suplicando con sus ojos.

Ella lo miró con ojos tiernos y puso su mano sobre el hombro del abatido guerrero

—Será difícil pero podría intentarlo.

—¡Adelante, entonces! —exclamó Komir súbitamente esperanzado.

—Aquí no, debemos ir a otro lugar. A un lugar donde pueda entrar en contacto con la esencia de lo que sucedió, con objetos, con la estancia…

Komir estaba decidido, haría lo que fuera necesario para conseguir su propósito. Sabía perfectamente el lugar al que se refería Amtoko antes de que ésta prosiguiera.

—Komir, debemos ir a tu casa. Debemos realizar un ritual, esta noche, a media noche. Un ritual de sangre a Igrali, la diosa Luna, para que nos bendiga con su sabiduría y nos ayude a encontrar lo que buscamos.

 

 

 

Era casi medianoche sobre las eternas y silenciosas montañas Ampar y los Bikia dormían apaciblemente cual retoños en el protector regazo de la madre noche; la menguante luna bañaba el valle con su plateado resplandor dotando de una belleza inusitada al agreste paraje.

Komir contemplaba sentado junto a la chimenea de su hogar cómo Amtoko dibujaba un perfecto círculo en el centro de la habitación común. Espolvoreaba con cuidado unas cenizas, que Komir prefería no saber qué eran o de dónde procedían.

Las artes mágicas de Amtoko lo intimidaban sobremanera, siempre le habían inspirado cierto reparo y él, al igual que la mayoría de los Norriel, aborrecía la magia y la brujería. La bruja había dibujado otros dos círculos más pequeños con las mismas cenizas en los lugares donde su padre y su madre habían perecido. Al pensar en ellos un dolor insufrible volvió a atormentarlo oprimiéndole el pecho y después la garganta, impidiéndole respirar. Reprimió las lágrimas que asomaban a sus ojos y, sentado en una silla mirando a Amtoko, respiró profundamente.

—Tranquilo, joven Norriel, necesito que estés tranquilo, este conjuro ha de funcionar —dijo la bruja.

Lo dijo de espaldas, sin mirarlo, lo cual no le extrañó ya que aquella mujer percibía muchas más cosas de las que decía, las viera o no.

Un búho ululó en los alrededores de la cabaña.

Un vertiginoso escalofrío recorrió la espalda de Komir.

Amtoko se situó en el centro del círculo principal. En la mano izquierda portaba un gastado tomo con una vieja y curtida envoltura de cuero, que Komir tan solo esperaba no fuera de piel humana; en aquel momento cualquier cosa le parecía posible. En la otra mano brillaba una afilada daga con inquietantes motivos grabados en su filo.

—Es hora, mi joven amigo. ¿Seguro que quieres seguir adelante? Aún estamos a tiempo de olvidarnos de todo esto y dejar que los hilos del destino sigan sus caprichosos movimientos sin nosotros interferir.

Komir se levantó con ímpetu de la silla y se acercó a la bruja, situándose en el borde del círculo y mirándola a los ojos.

—Estoy listo. Sigamos adelante.

Amtoko negó con la cabeza, suspiró sonoramente, y se encogió de hombros.

—Entra en el círculo y dame tu mano —ordenó.

Komir entró en el círculo nervioso pero seguro de querer seguir adelante, hasta el final, costase lo que costara. Aunque perdiera la vida en el intento.

Amtoko esperó unos momentos y comenzó a enunciar unos enigmáticos versos en un lenguaje desconocido para Komir, en un lenguaje que nada tenía que ver con la lengua Norriel. Una fuerte corriente de aire frío penetró violentamente por la puerta y las ventanas. Un torbellino de hojas irrumpió con la fuerte corriente de aire, derramando a su paso las velas que alumbraban la estancia. En un instante, se encontraron en la más absoluta oscuridad. Sólo la luz del astro luna que atisbaba a entrar por la puerta marcaba la silueta de ambos. Amtoko, como ajena a todo lo que allí sucedía, continuaba recitando su misterioso cántico. Los tres círculos comenzaron a irradiar una luz blanquecina en dirección ascendente. La luz permanecía atrapada en el interior del círculo como presa de un mundo mágico al que pertenecía y no pudiera abandonar. Amtoko abrió el tomo que llevaba en su mano y leyó en voz alta una serie de palabras incomprensibles. Miró a Komir a los ojos y sin que él apenas se percatara le hizo un corte en la palma de la mano con la enigmática daga.

La sangre comenzó a fluir.

Komir cerró el puño instintivamente pero Amtoko le forzó a abrirlo. La sangre se deslizó hacia el suelo en el interior del gran círculo y la luz comenzó a tornarse amarillenta al contacto con la sangre. Unas imágenes comenzaron a formarse en el círculo a sus pies, imágenes que Komir reconoció con dolor, imágenes de la fatal noche. Como salida de la nada la magia le estaba haciendo revivir aquella hiriente escena.

Amtoko se desplazó al siguiente círculo donde Ulis había perecido. Repitió el ritual y al caer la sangre de Komir en el círculo, la imagen mostró la escena de la muerte de su padre. Komir cerró los ojos sufriendo un dolor inconsolable en su interior. Amtoko realizó el ritual una vez más y Komir no pudo contener las lágrimas al volver a presenciar la muerte de su querida madre.

—El medallón, por favor —requirió la bruja.

Komir se lo dio tembloroso y volvieron a situarse en el círculo central. La bruja sujetó la joya de poder por la larga cadena dorada y la dejó balancearse libremente sobre el círculo.

—Sujétalo tú, Komir, así como lo estoy haciendo yo —le indicó al joven que se secaba las lágrimas con el puño.

Komir obedeció y Amtoko comenzó una vez más a recitar aquellos insólitos versos. La sangre que caía de su mano comenzó a deslizarse por la cadena de oro y un fino reguero del espeso líquido llegó hasta la negra gema circular del medallón.

Un destello de luz dorada proveniente del objeto sobresaltó a Komir.

La sangre resbaló por la gema y cayó al centro del círculo en el suelo. Unas nuevas imágenes comenzaron a tomar forma en el círculo. Un infinito mar azul llenó la imagen. Unos instantes más tarde la escena cambió y unas enormes olas rompiendo sobre un alto acantilado la llenaron. Komir miró la imagen sin comprender, sin reconocer aquel acantilado, aquel mar. Transcurridos unos momentos volvió a cambiar. Esta vez, ya anochecido, sobre el acantilado, un enorme faro alumbraba el horizonte. La visión se mantuvo sobre la rectangular torre del faro unos instantes y finalmente desapareció.

Amtoko dejó de recitar y los círculos de luz desaparecieron al instante.

—¿Qué… qué lugar era ese? ¿Qué querían decir esas imágenes? —se apresuró a preguntar Komir.

—Esas imágenes mostraban tu destino, Komir, el lugar al que el medallón de tu madre desea volver… su origen quizás, su destino tal vez…

—Pero, ¿qué lugar es ese?, ¿lo conoces?, ¿sabes dónde está? —interrogó Komir esperanzado.

—Sí, joven Norriel, lo conozco. Es el Faro de Egia, en Ocorum, la gran ciudad portuaria del reino de Rogdon.

—Entonces allí me dirigiré.

La Bruja Plateada lo miró y negó cabizbaja.

—Que las tres diosas te protejan, Komir, las vas a necesitar.