El letargo de los guardianes

 

 

 

Repentinamente y formando un gran estruendo en medio del silencio, la abertura se selló tras ellos. Los cuatro se sobresaltaron y miraron consternados alrededor mientras el miedo hacía mella en sus jóvenes espíritus. Unas largas escaleras esculpidas en la piedra condujeron al grupo hasta una gran cueva ovalada de atmósfera lóbrega. Si bien en un principio pensaron que no tenía salida, en el extremo opuesto a las escaleras dieron con una puerta de piedra tapiada. Custodiando la puerta, y de casi tres varas de alto, dos guardianes de granito de hercúleos cuerpos y cabeza animal dormían un sueño eterno empuñando una larga lanza y un pequeño escudo romboidal. Sorprendentemente, las cabezas de los dos guardianes no eran humanas.

Eran de león.

La ferocidad que proyectaban atemorizó al grupo.

—No me gusta nada esto… hombres con cabeza de león… mal empezamos… —protestó Hartz mientras contemplaba de cerca uno de los guardianes de piedra.

Kayti se quitó el guantelete y palpó la puerta tapiada con su pálida mano.

—Roca pura, imposible abrir camino —comentó a sus compañeros.

En el arco que formaba la parte superior de la puerta descubrieron una nueva inscripción en el extraño lenguaje Ilenio.

Komir se situó frente a la puerta tapiada y, siguiendo aquel velado instinto, volvió a presentar el medallón sombrío de su madre a los símbolos que conformaban la inscripción.

El medallón inmediatamente, y con latente potencia, emitió un destello dorado.

La inscripción sobre la puerta respondió al momento con otro destello dorado.

Ambos, el medallón y las runas de la inscripción, comenzaron a brillar con una luz dorada que incrementó en intensidad hasta volverse cegadora. Los cuatro aventureros tuvieron que apartar las miradas ante la deslumbrante luminosidad. Los contornos de la puerta tapiada se volvieron de color dorado formando un ribete rectangular.

El ribete emitió un fortísimo fulgor.

Un segundo resplandor lo siguió.

El tercero iluminó por completo la caverna.

Ante el asombro de los cuatro compañeros que contemplaban boquiabiertos lo que estaba aconteciendo, la puerta de roca se abrió con un estruendo.

—In… creí… ble… —fue todo lo que acertó a balbucear Komir.

—¡Por Igrali, la diosa Luna! —le respondió Hartz todavía atónito—. Esto no pasa en nuestras montañas, ya te digo yo que no. Nadie me va a creer cuando lo cuente en Orrio… nadie…

—No hay duda de que ese medallón es un Objeto de Poder, habrá que determinar qué tipo de poder es y cuál es su origen y función —demandó Kayti acercándose al oscuro medallón que colgaba de la mano de Komir.

—Yo también lo creo así, debe ser la llave para acceder a algún lugar sagrado o templo Ilenio. ¡Qué emoción! —exclamó el sacerdote.

—El medallón es mío y conmigo se queda —aseveró Komir amenazante.

Kayti levantó las manos, dio un paso atrás y realizó una pequeña reverencia.

—Sigamos —indicó Komir.

Todos juntos cruzaron la puerta y continuaron descendiendo por unas estrechas escaleras de piedra esculpidas sobre la propia roca. Las escaleras desembocaron en una gran caverna natural de roca oscura y brillante. A la luz de las antorchas las altas y negras paredes de la gruta rezumaban la humedad que parecía conservarlas intactas ante el paso del tiempo. Hartz las contempló y comentó:

—Que me aspen si no parece que las paredes están llorando. Mal presagio... muy malo…

La caverna de más de veinte pasos de ancho y treinta de alto, con curvadas paredes a ambos lados, formaba un pasadizo subterráneo que descendía sensiblemente según se internaban en ella.

Continuaron avanzando con cuidado, internándose en las profundidades de la misteriosa gruta, con los corazones latiendo con sobresaltada anticipación. Llegaron a una bifurcación y decidieron continuar por la izquierda, lo que les condujo hasta una enorme caverna circular que finalizaba en un precipicio. Al alcanzar el borde del abismo, pudieron contemplar unas formidables y lustrosas estalagmitas colgando de la altísima bóveda de la caverna y a sus pies sólo podían ver una impenetrable oscuridad, como una noche cerrada sin estrellas. Kayti recogió una roca del suelo y la dejo caer en la negrura del abismo, con la intención de medir su profundidad. Todos guardaron silencio. Esperaron atónitos unos larguísimos instantes pero no consiguieron oír nada.

—Este abismo es de una profundidad ingente, será mejor que tengamos mucho cuidado y que nos aseguremos de donde pisamos o pereceremos en la oscuridad de las entrañas de estas cavernas —advirtió Kayti a sus compañeros.

El grupo retrocedió, y esta vez, siguieron por la derecha de la bifurcación, lentamente, durante largo tiempo. Al cabo de un rato, la pared de roca del lado izquierdo del sendero desapareció para ser sustituida por un negro precipicio sin final. Los compañeros se situaron pegados a la pared derecha y continuaron avanzando con suma cautela. Un poco más adelante, la pared derecha que los sustentaba, también fue sustituida por otro negro abismo, dejando al grupo sobre una estrecha senda de serpenteante roca.

—Situaros en fila de a uno y avanzad con muchísimo cuidado, la vereda no tiene más de tres pasos de ancho en esta zona y continúa descendiendo hacia las profundidades —volvió a advertir Kayti.

Descendieron lentamente extremando precauciones para no perder pie y caer al vacío. Durante un lapso interminable siguieron el sinuoso sendero de roca sobre los oscuros e insondables abismos que parecían no tener fin, como si se dirigieran al mismísimo centro de la tierra o a algún infierno abominable. Finalmente, el tortuoso y peligroso pasaje rocoso desembocó en una enorme plataforma de roca negra. Con un suspiro de alivio por abandonar la peligrosa senda, los aventureros se situaron en el centro de la firme planicie de granito disfrutando inmensamente del sentimiento de estabilidad y, más importante aún, de seguridad que proporcionaba.

Al fondo, tallada sobre una pared de roca, encontraron una nueva puerta en arco de grandes dimensiones y con los extraños símbolos Ilenios grabados sobre ella. Tras descansar, para recuperar fuerzas y renovar el ánimo, Komir se acercó y utilizó el medallón como lo había hecho anteriormente. Las inscripciones Ilenias tomaron vida una vez más, bañándolos en una intensa luz.

La gran puerta de piedra se abrió con un estruendoso chasquido.

Dejando la fosca cueva natural a sus espaldas, cruzaron la puerta y entraron en una majestuosa estancia de diseño y construcción exquisitos y de formas que nada tenían que ver con lo anterior. Aquel era un decorado totalmente diferente, como sacado de otro lugar y emplazado allí por algún misterioso motivo.

La estancia no era natural, en clara contraposición a las cavernas anteriormente recorridas. Había sido construida por expertos artífices. Oscuras paredes de alabastro se elevaban hacia un techo dorado a gran altura, adornadas por elegantes grabados simétricos en piedra y oro. Magnas columnas circulares sostenían el resplandeciente techo, dispuestas a lo largo de la rectangular sala a distancias exactas. Una cálida y tenue luz procedente del techo bruñido alumbraba delicadamente toda la sala. Las ocho monumentales columnas mostraban sobre su superficie tallados de misteriosas runas Ilenias. Frente a cada columna y sobre un pedestal ovalado, se encontraba la estatua de un musculoso guerrero de casi dos varas y media de altura en armadura de bronce.

Por cabeza, la de un temible león.

—Oh, oh… No me gusta nada esta sala… —resopló Hartz mirando a las estatuas—. Me da muy mala espina, no sé lo que es, pero no estoy nada tranquilo —confesó mientras miraba alrededor con la antorcha en alto.

—¿Qué llevan en las manos esos engendros, garras? —preguntó Komir.

—Eso parece, llevan unos guantes con cinco largas y afiladas cuchillas, como si fueran garras. Verdaderamente curioso —señaló intrigado el ávido sacerdote, acercándose a observar la primera de las estatuas.

—¿Alguna idea de lo que dicen estas inscripciones? —consultó Komir al sacerdote.

—Déjame ver… pues… la verdad… sólo consigo descifrar lo que creo que es el símbolo del guardián, aunque es más una suposición que otra cosa y si no me equivoco ese es el omnipresente símbolo de la muerte… sí, la muerte, es una de las pocas alegorías que conocemos a ciencia cierta —explicó el hombre de fe examinando detenidamente la inscripción sobre la primera columna.

—¡Qué reconfortante! —se mofó Hartz al tiempo que esgrimía un gesto burlón.

Kayti lo miró y no pudo evitar sonreír.

—Puede que me equivoque, pero éstos deben de ser los guardianes de este templo subterráneo —contestó el sacerdote mientras continuaba el estudio de las runas Ilenias.

—Será mejor que no toquemos nada no vaya a ser que disturbemos el descanso final de estos guardianes —aconsejó la cauta Kayti lanzando una mirada de advertencia en dirección a Hartz, quien la evitó, no dándose por aludido.

—Sigamos adelante, alerta y con mucho cuidado —pidió Komir.

Dieron unos pocos pasos en dirección al otro extremo de la gran estancia cuando, repentinamente, escucharon una profunda y grave voz, en un lenguaje desconocido, alzarse en la tenue penumbra de la gran sala.

Los cuatro aventureros se quedaron inmóviles observando a su alrededor, y sus corazones comenzaron a palpitar aceleradamente. Las runas sobre las columnas comenzaron a brillar con aquel característico color dorado, que ya les era familiar, y comenzaron a llorar un dorado y viscoso líquido que, arroyando por las mismas, avanzaba hacia el suelo, donde los hieráticos guerreros, mitad hombre mitad león, situados frente a ellas, las aguardaban. La extraña sustancia daba la impresión de ser oro fundido y avanzó por cada una de las columnas trazando una línea recta en el suelo hasta los fieros guardianes. Éstos, al contacto con la sustancia dorada comenzaron a temblar, cobrando vida y emitiendo un sonido estridente que obligó a todos los presentes a cubrirse los oídos. El grupo comenzó a retroceder mientras el miedo crecía en sus corazones ante lo que estaba aconteciendo. Al llegar a la puerta por la que habían accedido a la sala, la encontraron sellada.

—¡Es una trampa! —advirtió Kayti—. Será mejor que nos preparemos porque o mucho me equivoco o tendremos que hacer frente a esos engendros mezcla de hombre y león que están despertando.

—¡No, no puede ser! ¡Que la eterna Luz nos proteja! —rogó el sacerdote suplicante, mirando al techo en busca de un inalcanzable cielo.

—¡Maldita sea nuestra suerte, otra vez nos encontramos con magia! —bramó Hartz.

—Mantengamos la calma —intentó tranquilizarlos Komir, pero la voz se le quebró.

El primero de los guardianes del templo subterráneo bajó del pedestal en el que reposaba y avanzó hacia el grupo, despacio, blandiendo las afiladas garras y realizando movimientos con los brazos y hombros, como intentando desentumecerlos. Sus ojos felinos brillaban con el color dorado de la sustancia que le había otorgado la vida. Su gran melena y terribles fauces atemorizarían al más osado de los humanos. Era como estar ante un gigantesco felino. Su armadura era de bronce, aunque sucia y descolorida por el paso del tiempo. Vestía una coraza sobre una larga túnica negra, braceros y perneras todas de bronce. Una larga y negra capa le cubría la espalda. Se desplazaba con movimientos lentos pero poderosos, y por su tamaño y musculatura daba la impresión de poseer una fuerza descomunal.

La criatura se acercó y emitió un rugido salvaje que heló la sangre de los asustados aventureros. De un potente salto se abalanzó sobre Hartz, el más próximo de los intrusos. El Norriel, casi sin tiempo para reaccionar ante la embestida, bloqueó con su lanza el impacto de las afiladas garras. El engendro lanzó una potente patada al estómago del gran Norriel y este se dobló de dolor hincando la rodilla.

Komir y Kayti reaccionaron de inmediato y atacaron a la bestia simultáneamente con la intención de impedir que hiriera al compañero abatido. La lanza de Komir se dirigió al corazón de la bestia pero ésta, con unos reflejos felinos, desvió el ataque con sus garras metálicas. Kayti, sin embargo, consiguió clavarle la lanza bajo el hombro, en la axila. La bestia emitió un rugido estremecedor y retrocedió unos pasos. De la herida brotó una insólita sangre viscosa de un color dorado ennegrecido. Komir volvió a atacar pero el engendro, con un potente salto, esquivó la lanza y se abalanzó sobre el Norriel, derribándolo. Intentando que el miedo no se apoderara de su mente, Komir se defendió desde el suelo.

«¡Por Ikzuge, esta bestia es demasiado fuerte! ¡Estamos en un buen lío!».

La bestia intentó desgarrar el cuello de Komir con sus mortales fauces, mientras lo sujetaba contra el duro suelo marmóreo. Por fortuna, Komir consiguió revolverse a tiempo y la bestia hundió sus fauces en el hombro protegido por la cota de malla. A pesar de la protección que proporcionaba la armadura, Komir pudo sentir los voraces colmillos rasgando su carne tras perforar el jubón y la cota.

«¡Mi hombro!».

La bestia liberó el encarnizado mordisco para rugir de dolor. Kayti le había clavado la lanza en la espalda, atravesando su armadura de un potente golpe. Komir rodó hacia su derecha y desenvainó su espada Norriel y su cuchillo de caza. La bestia seguía en pie, ciega de rabia por el dolor de las heridas, y se preparaba para saltar sobre Kayti, que recogía la lanza de Komir del suelo.

—¡Cortadle la cabeza de león! —llegó el grito desaforado del hombre de fe.

Komir lo miró sin comprender.

—¡Es un animal salvaje y lo estáis enfureciendo de dolor! —gritó el sacerdote desde la esquina en la que se había refugiado con las dos antorchas en sus manos.

Komir no lo pensó dos veces y con un potente salto lanzó un certero y poderoso tajo al engendro, aprovechando que éste forcejeaba con Kayti, y lo decapitó. La cabeza de león rodó por el suelo de forma grotesca. Un suspiro después, el cuerpo se desplomaba al suelo sin vida, para no volver a levantarse.

Komir resopló de alivio y a Kayti le retornó algo de color a las pálidas mejillas. ¡Había forma de matar a aquellos engendros Ilenios!

—¡Oído, sacerdote! —corroboró Hartz que, ya recuperado, tenía ensartado a un segundo engendro guardián contra una columna y lo aprisionaba contra la misma. Kayti aprovechó la ventaja que su compañero le brindaba y se lanzó a la carrera, realizó un salto girando su cuerpo por completo en el aire y con el impulso decapitó a la bestia que Hartz sujetaba, de un limpio y medido tajo. La viscosa sangre ennegrecida salpicó la blanca armadura de la pelirroja.

Dos nuevos engendros aparecieron rugiendo en la penumbra. Rugían con un rugido agónico, como si aquellas bestias pudieran sentir la muerte de sus compañeros guardianes, como si aún quedara humanidad en ellos…

Komir se enfrentó al primero con el letal baile de su acero Norriel. Las largas y afiladas cuchillas de la bestia sobrevolaban su alma con sanguinarios zarpazos, pero su habilidad y destreza impedían que fuera cortado. Komir era bien consciente de que si le alcanzaban o era derribado, su contrincante, de mayor fortaleza física, acabaría con él. Con la sutileza de un letal asesino realizó un desplazamiento lateral, la metálica zarpa enemiga pasó rozando su hombro, pero sin alterarse, laceró la rodilla derecha del guardián. Herido, el engendró perdió el pie de apoyo, clavó la rodilla en el suelo y soltó un furibundo latigazo con su brazo derecho. Komir esquivó nuevamente la garra echando el cuerpo hacia atrás con agilidad forzada y al recuperar la posición equilibrada, decapitó a la arrodillada bestia.

Con un suspiro miró a la derecha donde Hartz había empalado con su lanza a otra de las bestias guardianas y forcejeaba con todas sus fuerzas para empujarlo contra una columna. Dos colosales guerreros desplegando todo su poderío físico. Hartz resultó victorioso en la puja y consiguió su propósito. Kayti, atenta y a la espera, fue en su ayuda presurosa y decapitó la bestia con un potente tajo de su ornamentada espada.

Pero aún quedaban cuatro guardianes más.

Kayti se preparó para hacerles frente. Al verlos acercarse llenando la amplia sala con sus aguerridos cuerpos y aquellas fauces insidiosas, un incontrolable sentimiento de pánico la atenazó completamente. Observó a sus compañeros que con mirada resuelta se preparaban para el frontal choque. La cercanía de sus camaradas la tranquilizó. Una fe en la habilidad innata de aquellos dos Norriel para el combate la envolvía y le infundía un renovado coraje con el que afrontar a los salvajes enemigos. Tenía la confianza de su habilidad con la espada, la de sus dos compañeros y la de las cuatro bestias ya vencidas. El miedo fue disipándose paulatinamente hasta desaparecer en su interior y sus músculos se relajaron. Vencerían, estaba segura. Saldrían de aquel entuerto. Escuchar el grito de guerra Norriel que Hartz profirió a pleno pulmón le llenó el corazón de una renovada fiereza y se lanzó al ataque siguiendo la embestida del gran Norriel.

La lucha fue encarnizada. Cuatro engendros mitad hombre y mitad león, de lentos pero poderosos movimientos, contra tres jóvenes y ágiles humanos.

Kayti vio a Komir despachar con gran sutileza a la primera de las bestias que se abalanzó sobre ellos. El Norriel esquivó los ataques cual magistral bailarín y sesgó piernas y brazos cual experto carnicero de matadero. Hartz y ella, por otro lado, lucharon frenéticamente contra otras dos bestias. Una afilada garra le hizo un corte en la barbilla y el miedo volvió a poseerla sin poder evitarlo.

«¡Por los sagrados Objetos de Poder! Un dedo más abajo y no lo cuento. ¡Reacciona!, no es más que un enemigo, un enemigo fuerte pero vencible, no permitas que su aspecto te intimide. Recuerda tu instrucción marcial. ¡Concéntrate, mujer!».

El miedo que sentía dio paso a la rabia y esta se convirtió en pura ira. Soltó un fuerte tajo horizontal que rebotó contra la coraza de la bestia, la cual rugió embravecida.

—¡Mala bestia! —gritó al engendro llena de una furia desbordada y clavó una certera estocada en la ingle del engendro. Un alarido casi humano explotó de la garganta felina. «Esto mataría a cualquier hombre, se desangraría en momentos, ¿pero tú no vas a darme esa satisfacción, verdad?».

La respuesta fue contundente: las afiladas cuchillas de la garra se le clavaron en el costado de la armadura de placas. Un pinchazo de dolor agudo le indicó que había sido herida.

—¡Bestia asquerosa! —con un alarido de rabia, obviando el dolor, alzó su espada y amputó el brazo enemigo que había herido su costado. La bestia dio un paso atrás rugiendo de dolor y Kayti la decapitó con un molinillo de su espada ejecutado sobre la cabeza.

Miró a su derecha y presenció como Hartz recibía una potente embestida de su atacante y salía despedido de espaldas hasta golpear el suelo con dureza. El guardián ya se abalanzaba en su pos. Kayti se dispuso a ayudarlo cuando escuchó un gemido de dolor a su izquierda. Se giró y descubrió a Komir en el suelo, con una bestia sobre él.

«¡Maldición! ¿Qué hago? ¿A quién ayudo? ¿A quién?»

La indecisión la atenazó completamente, como grilletes sujetando sus piernas y manos con duro acero. No podía decidirse y su vacilación podría costarles la vida.

De improviso, en un intento heroico, vio al clérigo de la Luz lanzarse en socorro de Komir, agitando las antorchas y gritando desaforadamente como poseído por un demonio de los abismos. La bestia, al verlo acercarse a la carrera fuego en mano, vaciló y Komir aprovechó el momento de desconcierto para rodar sobre sí mismo a un lado y recuperar la verticalidad.

Kayti, al ver aquello, propulsó sus cansadas piernas, castigadas por el combate prolongado y el peso de su armadura, y se lanzó en pos de Hartz, que de espaldas y sobre el suelo luchaba con toda su alma para evitar que las garras de la bestia le degollaran el cuello. El gran Norriel tenía a la bestia sujeta por las muñecas y se encontraba librando un pulso titánico con el rostro rojo como un tomate maduro debido al descomunal esfuerzo. Kayti llegó hasta él y, situándose tras la bestia, le clavó la espada en el costado. Una zarpa se liberó de la férrea sujeción sobre el Norriel y pasó rozando la cabeza de Kayti, obligándola a agacharse con un susto de muerte en el cuerpo.

Hartz, desde el suelo, propinó un fuerte puñetazo al engendro que se giró furibundo hacia el caído Norriel. Kayti aprovechó la circunstancia y a dos manos, decapitó al brutal enemigo por la espalda. La cabeza de león cayó al suelo y rodó unos pasos. Al verlo, a Kayti le pareció estar sumida en una pesadilla de la que no despertaba.

—Gra… cias… no ha… cía falta, ya era mío —masculló el gran Norriel intentando recuperar el aliento sin éxito, pues el esfuerzo que había realizado era descomunal.

Kayti se giró en dirección a Komir y descubrió que el sacerdote y el Norriel acababan con el último de los guardianes al que habían, de alguna forma, prendido fuego y deambulaba envuelto en llamas y rugiendo de dolor, mientras las implacables llamas devoraban su cuerpo.

Exhausta pero con el corazón aliviado, cayó de rodillas y miró a Hartz que continuaba echado en el suelo sin poder moverse.

—¿Estáis bien? —preguntó el clérigo acercándose a la carrera con el rostro compungido— ¿algún herido grave?

—Nada, unos pocos arañazos, nada grave —dijo Hartz desde el suelo.

Kayti asintió, demasiado cansada para hablar, aunque la herida en el costado le dolía considerablemente.

—Nada que unos puntos y un buen ungüento Norriel no puedan solucionar —respondió Komir estudiando varios cortes sobre sus brazos. En el morral tenemos aguja curva para suturar y ungüento de musgo amarillo contra las infecciones elaborado por Suason, la curandera. Ahora que me fijo, Kayti… tienes una garra clavada en las costillas, ¿cómo estás?

—Ha perforado la armadura llegando hasta la carne, pero no creo que sea muy profunda aunque me duele bastante, la verdad. Ninguna hoja antes había atravesado esta armadura.

—No te preocupes yo me encargo de extraerla y suturar la herida, se me da bien remendar guerreros, no sabes la cantidad de veces que he tenido que coser al cabezota este —le dijo Komir con tono desenfadado intentando restar importancia a la herida.

Kayti soltó una risotada y al momento el dolor la envolvió, obligándola a recostarse.

—Menos mal, por un momento he pensado que esas bestias acababan con nosotros —les confesó el sacerdote que examinaba una de las decapitadas figuras—. Sois unos luchadores extraordinarios, vuestra pericia con las armas e inteligencia nos ha salvado. ¡Gracias a la Luz que nos ha protegido de esta magia ancestral!

—¿Qué… Qué son estos seres? —preguntó Hartz que ya respiraba más calmado.

—Bien… Parecen algún tipo de engendros, mitad hombre mitad león que han vuelto a la vida cuando esa sustancia dorada les ha alcanzado, como si les imbuyera de existencia, de vida —explicó el clérigo mirando una de las inscripciones con las místicas runas que había generado la dorada sustancia.

—Menos mal que hemos encontrado la forma de derrotarlos, eran impresionantemente duros y fuertes —dijo Komir que se vendaba un corte en el brazo—. Te lo debemos a ti sacerdote, muchas gracias, no lo olvidaré.

—No hay de qué, realmente no sé cómo se me ha ocurrido, creo que de puro terror. Un detalle… la puerta al otro extremo de la estancia se ha abierto cuando habéis matado al último de los guardianes —afirmó el clérigo con un emocionado gesto.

—Pues yo no tengo nada claro que sea buena idea cruzarla —expresó Hartz con cierto temor en su voz—, todo este mundo subterráneo me recuerda a una gran tumba y me está dando escalofríos. ¡Y no se os ocurra preguntarme lo que opino de la magia y estos engendros!

—Me parece que has dado precisamente en el clavo, gran Norriel —dijo el sacerdote. Si no me equivoco eso es precisamente lo que es este lugar, una cripta subterránea y acabamos de vencer a los guardianes de la misma.

—No a todos, queda al menos uno, el que pronunció las palabras de poder que escuchamos e hizo despertar a los guardianes —apuntó Kayti con expresión dolorida.

—Muy cierto, lo había olvidado por completo —reconoció Komir—. Yo, al menos, debo continuar, no importa lo difícil que sea el camino. Necesito respuestas y las voy a conseguir aunque sea de estos engendros Ilenios.

—Me lo temía… —respondió Hartz con resignación —cuenta conmigo, amigo.

—Muy bien, entonces curemos las heridas y descansemos. Una vez recuperados avanzaremos con mucha precaución —declaró Komir con determinación inquebrantable. Su sed por encontrar las respuestas que buscaba era insaciable.

—Abramos bien los ojos, más trampas pueden estar esperándonos ahí adelante —señaló el sacerdote de la Luz—, trampas milenarias y arcanas…