Vínculo arcano
Aliana, con un nudo en la garganta, angustiada por la impensable visión frente a ella, se arrodilló y puso las manos sobre el pecho del petrificado Haradin. La preocupación por el estado del mago la carcomía de forma feroz, como si una bestia de afiladas uñas quisiera escapar perforando su estómago. «Parece fuera de toda ayuda, ¿lo hemos perdido para siempre? ¡Qué desgracia tan grande! ¿Habrá alguna esperanza de que todavía continúe con vida en semejante estado?».
Apartando los tortuosos pensamientos que le abordaban la mente se concentró en ayudarlo. Haciendo uso de su poder, canalizó la energía sanadora hacia el desdichado Mago atrapado en carbón. Todo su cuerpo, de pies a cabeza, era de grafito, lo habían convertido en carbón puro. La angustia le agarrotó la garganta, no podía ni tragar saliva. ¿Podré salvarlo o estará ya fuera de cualquier posible sanación? ¿Seré capaz de poder socorrerlo?
Se concentró, nunca antes se había enfrentado a una situación remotamente similar. Comenzó a penetrar en el fosilizado cuerpo, imbuyéndolo de su energía vital, sanadora. Durante más de cinco horas libró una batalla titánica intentando liberar las células de antracita del cuerpo de Haradin. Intentaba con todo su poder infundir vida, existencia, a los fosilizados átomos que se resistían, inalterables. Luchó por horas una colosal batalla que se resistía a perder con toda su alma. Utilizando el último remanente de su ya agotado poder sanador lo expandió por todo el cuerpo del Mago alcanzando hasta el más ínfimo recoveco. El gigantesco esfuerzo comenzó a pasarle factura, el agotamiento se apoderaba de su cuerpo y mente a pasos agigantados, pronto la consumirían. Continuó batallando, aun viendo la batalla perdida, debía luchar, vencer aquel mal.
Y ocurrió.
Sintió cómo provocó una reacción, un cambio.
Comenzó a revertir el proceso de carbonización.
¡Había esperanza!
No desfallecería, no se daría por vencida, la vida de Haradin dependía de ella. Un fracaso ahora sería mortal para él pero una sanación prolongada sería letal para ella. Apretó los dientes y continuó inyectando energía positiva, vital, reparando las células de hulla. Transcurrieron momentos agónicos, el sudor le llovía libre por la frente bañando sus cerrados ojos. Apenas podía mantenerse de rodillas sobre el cuerpo, el colapso era inminente.
«¡No lo voy a conseguir! ¡No me quedan fuerzas!».
Pero Aliana continuó luchando, al borde de la extenuación, negándose a perder aquella batalla, conocedora de que a cada instante su propia vida comenzaba a correr peligro, que toda su energía, su misma existencia, estaba siendo transmitida al paciente. Sentía cómo el cuerpo del Mago comenzaba a despertar, volvía a la vida desde un letargo infinito, y esto la empujaba a continuar con el proceso sanador sin reparar en el riesgo.
Debía continuar, debía finalizar la reversión a cualquier precio, incluso el de su propia vida. Después de todo, ella era una simple Sanadora y él Haradin, el gran Mago, defensor y protector del reino. Muchas vidas dependían de su recuperación. Pudo sentir la aciaga presencia de la tenebrosa Señora de la Noche Eterna. Se acercaba. Sus vacíos ojos eran como dos pozos de desesperación infinita fijos en su alma. Venía a cobrarse su precio, a hacerle pagar su atrevimiento por quebrantar la sagrada ley de las Sanadoras. Una fantasmal mano se aproximaba a su alma, estaba a punto de rozarla. Unos momentos interminables se consumieron. Aliana luchaba por Haradin mientras la muerte exigía su alma. Sintió su roce, gélido como una mañana helada de febrero, y apartó rápidamente las manos, deteniendo bruscamente la curación para no ser abducida por la Señora del Más Allá y no regresar jamás.
Aliana se derrumbó sobre el frío suelo engullida por la negrura.
Unas voces ahogadas y familiares despertaron a Aliana. Abrió los ojos lentamente saliendo de un largo sopor y contempló a sus cuatro compañeros sentados alrededor de un acogedor fuego comentando en susurrantes tonos algo que ella no llegaba a entender. El suave calor que irradiaba la pequeña hoguera la reconfortó y permaneció momentáneamente en silencio, disfrutando de aquella agradable sensación. No sabía qué había ocurrido ni cuánto tiempo había reposado pero estaba viva, muy vapuleada y dolorida, pero por fortuna, viva.
Gerart la miró y al verla con los ojos abiertos se puso en pie de un salto y se acercó raudo.
—¿Cómo te encuentras, Aliana? ¿Estás bien? —le preguntó arrodillándose a su lado y cogiéndola de la mano con expresión de gran preocupación.
Aliana miró al apuesto heredero a la corona de Rogdon sin poder evitar una punzada de felicidad al contemplar los azules ojos y el rostro del galante príncipe. Tenía su cabellera rubia llena de sangre y suciedad, que le conferían un halo de dureza poco habitual en él. Bajo sus ojos asomaban unos surcos morados, consecuencia del cansancio acumulado, que lo habían envejecido como si hubiera ganado años de experiencia en los últimos días.
—Estoy bien, un poco cansada por el esfuerzo, pero bien —respondió ella intentando incorporarse y mirando con preocupación a Haradin que continuaba tendido en el suelo a su lado.
—Está con vida. Ha recuperado algo el color natural en alguna pequeña zona del cuerpo y su corazón parece latir, muy débil, lejano, pero late. Le devolviste la vida al Mago, ¡es un verdadero milagro, por todos los dioses antiguos que lo es! —exclamó Mortuc con su habitual ímpetu.
—Lo hemos cubierto y encendido una hoguera para calentarlo pero no hay forma de que vuelva en si. Además, la mayor parte de su cuerpo, que todavía no ha recuperado el color, sigue de ese negro carbón, aunque ha perdido el estado pétreo y ahora podemos mover sus articulaciones… —explicó Lomar acercándose a contemplar el rostro del Mago.
—Parece estar sumido en un sueño muy profundo y nada lo devuelve a la realidad. Hemos intentado despertarlo pero parece encontrarse en un lugar remoto del que no puede retornar —comentó Kendas con preocupación.
—Voy a ver si puedo hacer algo más por él —dijo Aliana arrodillándose junto al comatoso Mago.
Inspiró y, centrándose en su pozo de energía interior, evaluó el poder que había recuperado: muy poco, apenas nada. El descanso no había sido lo suficientemente extenso como para regenerar la energía consumida, más aún teniendo en cuenta que había usado parte de su propia energía vital, algo que tenían terminantemente prohibido las sanadoras ya que podía matarlas. Canalizó la poca energía sanadora remanente hacia el cuerpo del paciente. No encontró signos de enfermedad y el proceso de reversión seguía su avance, muy lento, lentísimo, pero con éxito.
«En unas cuantas semanas, probablemente meses, el proceso se habrá revertido por completo. Si la fortuna nos sonríe, no quedarán secuelas de la carbonización, aunque lo dudo, lo más probable es que sufra de ellas». Observó nuevamente el cuerpo del Mago, aún quedaban muchas áreas sin regenerarse, necesitaban más tiempo. Sin embargo, su mente era otro problema totalmente diferente. Se encontraba bloqueada y Aliana no podía acceder a ella. El acceso a la mente del ser humano siempre representaba una dificultad máxima. En raras ocasiones había sido capaz de entrar en contacto con la mente de un paciente. En este caso en particular, le era completamente imposible llegar al subconsciente de Haradin.
—Físicamente se encuentra bien, irá mejorando con el paso de los días de forma lenta pero apreciable. Siempre y cuando pueda supervisar su progreso ya que de otra forma la regeneración irá castigando, consumiendo el cuerpo. Sin embargo, no puedo acceder a su mente, ni despertarlo —dijo ella con voz preocupada.
—Al menos conseguiste revivirlo antes de desfallecer, y lo que es aún más importante, aun se mantiene con vida —dijo Mortuc con tono triunfal.
—No estaba segura de poder conseguirlo. Por un momento pensé que no lo lograría. Temí lo peor —reconoció la joven sanadora.
—¿Crees que despertará? —preguntó Lomar intranquilo.
—No lo sé. La mente y sus mecanismos son un completo misterio para mí. Si se tratara de una enfermedad del cuerpo o una herida, podría darte una respuesta. En este caso sólo puedo rogar a la Madre Helaun que lo proteja y esperar que despierte —respondió Aliana cabizbaja.
—En cualquier caso no podemos permanecer aquí, en este templo subterráneo. Debemos volver a Rogdon —dijo el príncipe mirando hacia la entrada de la caverna.
—Es cierto, los Usik habrán llegado ya hasta la entrada superior de la cueva. Los hombres tendrán dificultades para mantener la posición. Debemos apresurarnos si queremos salir vivos de estas malditas montañas —refunfuñó Mortuc.
—Registremos el templo y busquemos algo con lo que fabricar una camilla para transportar a Haradin.
—Junto al gran altar, adornando las paredes, están colocadas varias lanzas y estandartes antiguos. Nos servirán —dijo Kendas acercándose a comprobarlas.
—Debemos salir de estas montañas y llegar a Rogdon lo antes posible. Es muy probable que la situación de guerra haya escalado. Consciente o inconsciente, llevaremos a Haradin de vuelta a lugar seguro —afirmó Gerart.
—Antes de partir me gustaría que me aclaraseis algo, ¿qué es este templo maldito y qué demontre era ese Mago o espíritu contra el que hemos luchado? —inquirió Mortuc.
—Esto parece un templo subterráneo construido en la antigüedad… —respondió Lomar mirando en rededor pensativo.
—¿Construido por quién? Los Usik seguro que no, esos salvajes verdes viven en poblados construidos sobre gigantescos árboles centenarios, según me han informado —respondió Mortuc—. ¿Es entonces, como decía la nota de Haradin, un templo Ilenio?
Kendas miró el sarcófago y señaló su interior.
—A mí este lugar me da la impresión de ser un mausoleo. Edificado, o mejor dicho, escarbado para el descanso eterno de alguien muy importante, quizás un rey…
—Sí, ese parece ser algún tipo de monarca o sumo sacerdote, pero ¿de qué etnia?, ¿de qué reino? —preguntó Lomar mirando a Aliana.
—No toméis mis palabras por hechos constatados, ya que son sólo deducciones de lo visto aquí y lo encontrado en el templo, pero creo que nos encontramos ante un Rey o Señor de los Ilenios.
—¿Los Ilenios? La Civilización Perdida entones… —masculló Lomar.
—Eso creo, no tengo ninguna certeza verificable y mi conocimiento en esta materia es muy reducido. Por ello tampoco lo he comentado abiertamente. Es una suposición basada en lo aquí visto y el interés manifiesto de Haradin por la misteriosa civilización desaparecida.
—No seré yo quien se aventure a discutirlo, tus más que acertadas deducciones nos han guiado hasta aquí, hasta Haradin —respondió Gerart guiñándole un ojo de forma cómplice.
—Ilenio... realmente increíble ¿verdad? —profirió Lomar.
—¡Ya lo creo! —exclamó Kendas.
—Sea como sea, debemos seguir adelante, hay mucho en juego y este templo subterráneo podría tener más sorpresas que para nada me interesa descubrir accidentalmente —dijo Gerart.
Todos asintieron en conformidad.
Aliana se acercó a Haradin y tras observarlo revisó sus ropajes, mientras la curiosidad le roía el alma.
—¿Buscas esto? Preguntó Gerart con picardía mostrando un bellísimo medallón de gran tamaño colgando de su mano.
Aliana contempló la espectacular joya boquiabierta. Era lo más bonito que había visto jamás. La gran piedra preciosa circular de tonos pardos y más de 100 caras, estaba montada sobre un anillo argénteo de gran tamaño. Se balanceaba rítmicamente al final de una larga cadena de plata. Por un instante perdió el habla.
—Sí… sí, este debe ser el objeto de gran poder que buscaba Haradin, sin duda alguna. Probablemente lo que tan celosamente guardaba el espíritu que hemos derrotado. Puedo sentir su poder emanando, un poder natural, térreo, de inmensa potencia. Debemos proteger el objeto. Algo me dice que si Haradin ha venido hasta aquí sorteando todos estos peligros para hacerse con él, su valor e importancia deben ser incalculables. Si cae en manos de nuestros enemigos podría ser devastador.
—Yo no siento nada, para mi no es más que un bello medallón. Bonito, sí, pero una joya sin más. Es increíble lo diferentes que somos aquellos que no poseemos el Don de aquellos que sí lo poseéis. Nosotros vivimos a ciegas, sin darnos cuenta de los poderes y energías que nos rodean, cual niños que no se percatan del peligro de jugar junto a un río de bravas corrientes. Tómala y cuida de ella, Aliana, tú tienes una afinidad con estos poderes de la que nosotros desafortunadamente carecemos.
—Gracias, Gerart, cuidaré de que no caiga en manos equivocadas, puedes confiar en mí —dijo ella mientras cogía la joya y la sostenía sobre la palma de la mano contemplándola maravillada. El poder que sentía irradiando de la joya era inmenso y antiquísimo.
Examinó el medallón con detenimiento, ensimismada, cautivada por la belleza de la joya. La esférica gema de color pardo emitía destellos en tonalidades marrones al contacto con la luz que resaltaban el color argénteo de la cadena que lo sujetaba. Un medallón de una belleza inusitada y la gema era de un tamaño y color como Aliana no había visto antes. «Es maravillosa, una joya de un valor incalculable, estoy segura de ello». Cuanto más la miraba, más encantada quedaba con su belleza, era digna de una reina. Inmediatamente pensó en Eleuna, Reina de Rogdon, y en lo bien que le quedaría aquel primor de joya. Desde luego, lo que estaba claro era que ella no estaba a la altura de semejante alhaja, no se veía portando tal esplendor en su cuello por mucho que le gustara.
Al sujetarlo, el medallón le transmitió una curiosa e inconfundible sensación. Sintió un hormigueo, y un arcano sentimiento de pura Tierra la envolvió de pies a cabeza. La joya la cubrió con un manto invisible de tierra, de arcilla, de arena. Hasta en la boca tenía un gusto a ocre, a mineral terroso. Aliana lo comprendió entonces, aquel era el Templo de la Tierra de los Ilenios, y el medallón del rey debía de estar imbuido de un poder basado en ese elemento primario y mineral.
Miró el medallón como encantada una última vez y se preparó para guardarlo en la pequeña bolsa de cuero que llevaba atada al cinturón. Pero no pudo, un destello de la joya captó su atención. Un destello diferente a los anteriores provocados por la luz refractando sobre la pulida superficie de la piedra preciosa. Un destello singular, más potente, de un color pardo más agudo y significativo.
«Interesante, ha emitido un chispazo que juraría provenía de la propia joya, ¡qué insólito!». Volvió a examinar el medallón con verdadera curiosidad, pero nada sucedió. «Bah, imaginaciones mías, me estoy volviendo loca con tanta tensión. Veo fantasmas donde no los hay. No debo dejar volar mi imaginación, aunque sea un objeto de gran poder sólo un mago con conocimientos específicos podría activarlo. Además, llegar a poseer esos conocimientos llevaría años y años de arduo estudio. Ese es el camino de la magia y sus leyes no escritas, son leyes inalterables».
Levantó la mirada y antes de que pudiera girarse, fue sobresaltada por una exaltación en su energía interior, como una gran roca impactando con violencia contra la superficie de un apacible lago en reposo. Produjo un salpicón de gran envergadura. Sorprendida se miró el pecho instintivamente.
«¿Qué sucede? Yo no he activado mi poder. ¿Cómo es que se ha producido este sobresalto?».
Otro vivo destello proveniente del medallón captó nuevamente su atención e inmediatamente volvió a sentir una nueva exaltación en su energía interior, como reaccionando a los destellos de la joya.
«¡Está activando mi poder! ¡El medallón esta activando mi poder! ¡Es algo totalmente inverosímil!».
Un nuevo destello provocó que diera un paso atrás inconscientemente, insegura de lo que estaba experimentando, de lo que estaba sucediendo. Cerró los ojos y se concentró activando su poder, despertando su energía interior. En ese instante, como si de una reacción química se tratara, una energía exótica, poderosa y antiquísima, procedente del medallón se entremezcló con la suya propia. Un vínculo de unión mística fue creado. Aliana se asustó. El miedo hizo latir con fuerza su corazón como una manada de desbocados caballos desfiladero abajo. Nunca antes había experimentado nada igual. El medallón era capaz de identificar e interactuar con su energía interior, con su poder. Aquello le pareció una intrusión extrema y peligrosa, una invasión de su intimidad, de su ser, e intento rechazarla. Tenía que repeler y expulsar aquella sensación que la invadía y no podía controlar.
Pero no lo consiguió.
El vínculo de unión que se había formado entre el poder del medallón y el suyo propio era de una fortaleza apabullante y Aliana no conseguía quebrantarlo. Siguió intentando romper el lazo invasor pero no lo logró, incluso volcando toda su voluntad y poder. Mientras intentaba repeler la fuerza invasora, fue perdiendo constancia de la situación. El lugar en el que se encontraba y la propia noción del tiempo se volvieron confusos. Todo a su alrededor comenzó a disiparse en una misteriosa e insólita bruma que comenzó a envolverla, haciendo desaparecer la realidad que la rodeaba. El lugar, los objetos, los elementos ante sus ojos comenzaron a desvanecerse, convirtiéndose en traslucidos, inmateriales. En unos momentos desaparecieron por completo para ser remplazados por una envolvente neblina.
«¿Qué está ocurriendo? Esto es muy extraño, algún conjuro o poder se ha activado y me está circundando. ¿Pero cómo? Yo no puedo haber sido». Sin embargo, Aliana no sentía ya miedo, comprendía que algún encantamiento poderoso estaba formándose, tomando lugar, pero no le producía temor. Se relajó y permitió que la neblina la engullera completamente. Ahora el espesor era cada vez mayor, impidiendo la visión, casi se podía atrapar con la mano. Ya no conseguía ver más allá de su propio cuerpo, de sus manos.
«¿Qué es todo esto? ¿Cuál es el significado de esta extraordinaria circunstancia?».
Como respondiendo a sus pensamientos el medallón volvió a producir un fulgor intenso.
Una sombra comenzó a formarse, a dos pasos, frente a ella.
Aliana dio un paso al frente apartando la neblina con las manos. Intentó identificar la silueta que se iba formando, escudriñando con ojos atentos, pero aun no tenía una forma definida. Esperó un instante, intrigada, expectante ante la aparición de la sombra que poco a poco tomaba forma humana. La situación le parecía irreal, como si de un sueño se tratara, pero su subconsciente le avisaba de que se manutuviera alerta, de que aquello no era realmente un sueño sino una realidad alterada. La bruma rodeando a la silueta humana se disipó como si una ráfaga de viento liberador la hubiera soplado fuera de allí.
Ante ella apareció un joven atlético, agachado, con una espada en una mano y un cuchillo en la otra. Poco a poco finalizó de materializarse. El joven de largos cabellos castaños la miró con sorpresa por un instante, e intensamente al siguiente, con radiantes ojos esmeralda. Ojos que la hechizaron por su viveza y ardor. Se incorporó despacio, alerta. Era de aproximadamente su misma edad, dedujo Aliana, unos 20 años, y algo en su serio semblante, en aquellos profundos ojos de un verde insondable, denotaba dolor, sufrimiento. Lo percibía con claridad, aquel joven había sufrido mucho y esto lo había hecho madurar con rapidez, aunque no comprendía cómo aquella emoción se trasladaba hasta ella. Lo miró atentamente, no la intimidaba, al contrario, su rostro aunque circunspecto, era amable, interesante, bello incluso. De una belleza disímil, diferente a la belleza clásica del apuesto Gerart, más básica, más animal, más masculina. Transmitía fuerza y carácter. Su porte y cuerpo atlético denotaban una ferocidad casi salvaje, era un luchador, un guerrero sin duda. Aliana quedó cautivada por el joven de una forma inesperada y sorprendente, no pudiendo apartar la mirada de los grandes ojos esmeralda del guerrero.
Un destello blanquecino obligó a Aliana a apartar la vista de aquel rostro misterioso y descubrir que portaba un medallón colgado al cuello. ¡Un medallón muy similar al que ella sujetaba en la mano! Los dos medallones comenzaron a emitir destellos, en pardas centellas las provenientes del suyo y en blanquecinos tonos los provenientes del joven. Por muy impensable que le pareciera, casi podría jurar que se estaban comunicando, intercambiando energía, como conversando. Intentó saludar al joven en busca de alguna explicación, pero ningún sonido abandonó su garganta. No podía hablar. Lo volvió a intentar pero sus cuerdas vocales no obedecían a su voluntad. El joven envainó las armas y la saludó levantando la mano.
Aliana lo imitó. No sintió ningún temor, al contrario: un pequeño brote de alegría en su interior la sorprendió, su corazón dio un pequeño vuelco y sintió una punzada en el pecho. Sin saber muy bien por qué se colgó al cuello el medallón que tenía en la mano.
Y algo impensable sucedió.
Un haz de luz marrón salió disparado del medallón de Aliana hacia otro haz de luz albina proveniente del medallón del joven. Ambos haces de luz impactaron a medio camino.
La sorpresa mayúscula quedó grabada en los rostros de ambos jóvenes.
Aliana sintió cómo el haz tiraba de su energía interior, consumiéndola, no sólo su energía, sino todo su cuerpo. Clavó los pies e inclinó el cuerpo hacia atrás para no ser arrastrada por la fuerza del rayo. Un intenso dolor comenzó a recorrer su cuerpo.
El joven frente a ella luchaba también por mantener el equilibrio ante la fuerza con la que estaban siendo empujados. El dolor se intensificó, como mil agujas candentes, al rojo vivo, punzando con saña por todo su cuerpo. Algo inexplicable y excepcional estaba sucediendo y Aliana, sin comprenderlo, lo sabía, lo percibía. Se estaba forjando un férreo vínculo entre los dos entes de gran poder. Los medallones parecían estar comunicándose, intercambiando y calibrando información, utilizando sus jóvenes cuerpos como herramientas para un fin. Apretó los dientes y cerró los ojos, incapaz de aguantar aquel dolor, aquella tortura que le provocaba un dolor insufrible por todo el cuerpo.
Súbitamente, el vínculo se deshizo y el dolor desapareció presto.
Sorprendida y desequilibrada, Aliana cayó hacia atrás quedando sentada sobre el suelo. Miró al joven guerrero y éste, manteniendo el equilibrio, permaneció de pie.
De súbito, comenzó a disiparse.
«¡No, no te vayas, por favor!», quiso gritarle, pero ningún sonido llenó el aire. Aliana extendió la mano en un vano intento de agarrarlo, de evitar que se fuera.
El joven la imitó extendiendo también su mano pero terminó de difuminarse a los pocos instantes.
«¡No, quédate! ¡Necesito saber quien eres! ¿Qué significa esto?», pero el guerrero ya había departido. Aliana miró el medallón y se percató de que la neblina que la envolvía estaba desapareciendo, disipándose con rapidez y la realidad volvió a rodearla, como si despertara de un profundo sueño. Volvió a estar rodeada por la cámara del templo subterráneo y sus compañeros de expedición.
Gerart, que parecía estar dirigiéndose a ella la tomó del brazo y la sacudió con fuerza al tiempo que gritaba:
—¡Aliana, despierta! ¡Vuelve con nosotros!
—Estoy aquí, he vuelto… —respondió ella intentando recobrarse de la insólita experiencia.
—¡Por los bigotes de mi tío Melkin el mentiroso! ¿Qué demonios ha pasado? —gruñó el sargento Mortuc.
—Un hechizo… un sueño… creo… no estoy segura. Ha sido el medallón, de alguna forma ha tomado vida y ha conjurado algún tipo de magia sumiendo todo a mi alrededor en un sueño, yo incluida.
—Nos has dado un susto de muerte, repentinamente dejaste de responder, estabas ausente, ida, como en trance —explicó el príncipe.
—No sé qué deciros, amigos, el medallón es realmente un objeto poderoso y acabo de experimentarlo en mis propias carnes.
—¿Estás segura de querer llevarlo? —inquirió el príncipe—, puedo llevarlo yo si así lo prefieres.
—No, no hace falta. Estaré bien, no te preocupes. El medallón es mi responsabilidad ahora.
—Como desees… —concedió Gerart zanjando el asunto.
Tras unas pocas preparaciones el grupo estaba listo. Llevando en una improvisada camilla al inconsciente Mago se pusieron en marcha en dirección a la boca de la cueva, abandonando el misterioso templo subterráneo de brillante roca escarlata, el Templo de la Tierra de los Ilenios.
No tardaron demasiado en llegar a la superficie, ya que no encontraron ningún contratiempo. A ritmo acelerado alcanzaron la entrada de la cueva, esperando hallar allí al resto del grupo defendiéndola. Miraron en dirección a la entrada, por donde los rayos de sol cortaban la oscuridad de la lúgubre cueva, alumbrando una macabra y desgarradora escena.
Todos habían muerto.
Sus cuerpos sin vida yacían ensangrentados sobre la entrada. Un feroz combate había tenido lugar allí y sus compañeros, finalmente, habían perdido la batalla. La sangre de aquellos valientes manchaba las paredes y el suelo rocoso de la entrada de la caverna. Los Usik habían retirado a todos sus muertos y sólo los cuerpos de los defensores allí permanecían.
Aliana no pudo reprimir un gemido de angustia al ver los cadáveres de sus hermanas de la Orden. Las rodillas le fallaron. Gerart la sujetó del brazo e intentó reconfortarla ante el fatídico espectáculo, abrazándola y desviando su mirada de la trágica escena.
Todos quedaron en silencio observando la tétrica y devastadora imagen. Dejaron la camilla en el suelo con delicadeza, intentando no hacer ruido, y desenvainaron las armas. No había rastro de los Usik pero debían de andar cerca.
Una moribunda voz los encontró:
—Aguantamos… hasta el último hombre… mi Sargento —balbuceó el veterano Morgen con un hilo de sangre en la comisura de los labios.
Mortuc se apresuró a su lado y le sujetó la cabeza. Al comprobar las fatales heridas negó con un gesto la ayuda que Aliana se disponía a dispensar. El veterano Lancero Real estaba fuera de toda esperanza.
—No tengo la más mínima duda, soldado Morgen.
—Nos… asaltaron en oleadas... las rechazamos… —balbuceó el bravo soldado su voz ya casi inaudible, mientras las fuerzas lo abandonaban.
—Sabía que no me fallaríais, Lancero Real, que cumpliríais con vuestro deber. Me llenáis de orgullo.
—Eran demasiados… no pudimos…
—Cumplisteis las órdenes, aguantasteis la posición, por Rogdon, por la patria, con honor y bravura.
—Por Rogdon… Sargento…
Y murió.
Mortuc, visiblemente emocionado, le cerró los ojos con la mano y rezó una pequeña oración a la Luz por el alma de aquel valiente.
Lomar, con un dolor indecible en el pecho, reprimiendo las lágrimas que le asaltaban, se acercó hasta el cuerpo de Jasmin. Su rostro estaba cubierto de sangre, sus ojos verdes, cerrados. Yacía sepultada bajo varios cuerpos. Sobre su pecho, el cuerpo de Olga con una lanza traicionera clavada en la espalda. Lomar se agachó junto a Jasmin, no podía creer que estuviera muerta, su corazón gritaba de sufrimiento. Resistiéndose a aceptar lo que sus ojos le mostraban. Puso su oído sobre la delicada boca de la guerrera de la Orden en busca de un milagro. Escuchó atentamente, aislando el resto de pequeños sonidos a su alrededor, buscando un soplo de aire, un aliento de vida. Durante un largo momento escuchó sin éxito, confirmando la evidencia, estaba muerta. Y justo en el instante en el que iba a retirarse, un minúsculo soplo llegó hasta su oído. De inmediato, como poseído, comenzó a retirar los cuerpos que sepultaban a Jasmin hasta liberarla.
Aliana, que se percató del hecho, corrió a su lado y se arrodilló junto a Lomar sobre el cuerpo de Jasmin.
—¡Vive!¡He oído un soplo de su respiración! Muy débil, pero lo he oído —aseguró Lomar.
—¿Estás seguro? —dudó Aliana.
—Lo estoy, compruébalo por favor, ¡te lo ruego!
Aliana situó sus manos sobre Jasmin y haciendo uso de su poder comenzó a imbuir el cuerpo con su energía sanadora. De inmediato se percató de que aquel corazón, aunque extremadamente débil, ¡latía!
—¡Esta viva, milagrosamente, pero esta con vida!
Lomar, al escuchar a Aliana, fue embargado por un sentimiento de una felicidad y alivio inconmensurables y al mismo tiempo estuvo a punto de echarse a llorar. Contuvo las lágrimas, recordando que un Lancero Real no podía mostrar tales debilidades de carácter. Por largo rato observó como Aliana trabajaba para salvar la vida de la joven que tenía cautivo su corazón. Finalmente Aliana retiró las manos y sonrió.
Jasmin abrió los ojos y sus deslumbrantes ojos verdes se encontraron con el preocupado rostro de Lomar.
—¿Qué...? ¿Qué ha sucedido? —preguntó confusa llevándose la mano a la cabeza.
—No te preocupes, estás a salvo —se apresuró a decir Lomar.
—Jasmin, tienes un tremendo golpe en la cabeza, debemos suturarlo de inmediato, casi te la abren por completo —le explicó Aliana.
—Sí… algo me golpeó mientras ayudaba a Olga… creo que perdí la consciencia. ¿Cómo está ella? ¿Y el resto?
Lomar la miró y ante su angustiada mirada, negó con la cabeza bajando los ojos.
Jasmin comprendió en nefasto mensaje y bajó también la mirada.
—Necesitamos aguja e hilo de suturar —dijo Aliana. Mortuc se las pasó de inmediato.
Aliana atendió la herida con esmero y pericia.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó al finalizar.
—Estoy bien, Hermana Sanadora, no te preocupes por mí.
Jasmin intentó alzarse pero sufrió un desvanecimiento.
Lomar, atento, la sujetó para evitar que cayera.
—Será mejor que la ayudes, Lomar —pidió Aliana—, el golpe en la cabeza ha sido brutal y es muy probable que sufra algunas pérdidas de conocimiento y vómitos.
—Yo me encargo de cuidar de ella, estate tranquila —dijo Lomar sin poder disimular del todo la ansiedad que lo embargaba.
—Ya me encuentro mejor… —dijo Jasmin con rostro de sufrimiento mientras Lomar la ayudaba a sentarse, apartándola de los cuerpos de sus caídos compañeros.
—Mentir no es una de tus virtudes —le dijo Lomar con una sonrisa.
—¿Tan mala cara tengo?
—Veamos… no sé que tiene peor pinta, si la cabeza y el rostro manchados de sangre, si la brutal brecha o la palidez enfermiza de esas mejillas y cuello.
—¿Tan mal, eh? La verdad es que me he mareado sobremanera al alzarme y la cabeza me esta matando de dolor.
—Descansa un momento. Estás viva de puro milagro, debes recuperarte. Permíteme que te limpie el rostro —Lomar buscó una cantimplora de agua y con la ayuda de su viejo pañuelo, intentó limpiar la reseca sangre que cubría la cabeza y cara de la joven.
—¿Cómo es que cada vez que me despisto te tengo a mi lado?
—Y yo que pensaba que te alegrarías de que hubiera regresado sano y salvo de las entrañas de esta gruta maligna.
—Yo no he dicho que no me alegrara de verte con vida. Al igual que me llena de alegría comprobar que Aliana, Kendas y Mortuc se encuentran bien.
—¿No te alegras una pizquita más de verme a mi? —atacó Lomar.
—¿Qué es lo que intentas, Lomar? ¿Engatusarme nuevamente con tu palabrería?
—¿Engatusarte, yo? Para nada, sólo estoy intentando limpiar la sangre que cubre tu rostro bello, alguien tenía que hacerlo, ha coincidido que yo estaba cerca… —respondió Lomar con guasa.
—¿Pero es que incluso en la peor de las situaciones, no puedes dejar de perseguirme?
—Creo que el golpe en la cabeza es peor de lo que pensábamos, tendré que ir en busca de Aliana, ¡estas delirando! —sonrió Lomar socarrón.
—Veo nítidamente tus intenciones, Lomar, sea esta clarividencia debida al golpe o no.
—Lo más probable es que estés desvariando —dijo él limpiando la sangre pegada en la frente de Jasmin.
—Desvalida, delirante o no, no conseguirás tu propósito.
—¿Y cual es ese propósito, si puedo saberlo? —inquirió él sarcástico.
—¡Sabes perfectamente de qué hablo! —estalló Jasmin—. Nada conseguirás, yo me debo a la Orden, a mis hermanas, a mi deber de proteger. No hay sitio para ti en mi vida, ni para ti, ni para ningún hombre.
—Yo no te he pedido nada, aún…
Jasmin lo miró a los ojos. Los de ella verdes y brillantes, llenos de exaltación, los de él anhelantes, la esperanza asomando en ellos. Lomar le limpió con delicadeza la frente, aguantando la intensa mirada de la joven. Le apartó suavemente unos negros mechones que le caían por la frente con la otra mano. Los dos quedaron mirándose el uno al otro, sin decir palabra, en tensión. Saltaban chispas de sus ojos, la pasión estaba a flor de piel. En la penumbra, todo a su alrededor desapareció, sólo ellos dos existían en aquel insólito lugar y momento. Lomar, cautivo de unos sentimientos que no lograba reprimir, acercó sus labios a los de ella. Jasmin, con el rostro en las manos de Lomar, no se apartó a sabiendas de lo que a continuación ocurriría; muy adentro, en las profundidades de su alma, en realidad, deseaba que sucediera, por mucho que intentara negárselo a sí misma una y otra vez.
Y Lomar la besó.
Larga y apasionadamente.
Los dos se dejaron llevar por la pasión en un beso húmedo y ardiente, sus sentimientos y excitación recorriéndoles la piel. Lomar, sintiendo toda la sensualidad que emanaba la joven y bajo el embrujo de la turbadora belleza de la morena, la atrajo contra su cuerpo en un arrebato de deseo.
Jasmin casi no pudo respirar, sintiendo el varonil cuerpo del Lancero contra el suyo. La joven, sintiendo intensamente las emociones carnales que la pasión estaba despertando en su cuerpo, fue consciente del agradable calor que la recorría. Las sensaciones, tan sensuales y carnales hicieron que, tras intentar resistirse un instante, cediera y se dejará llevar por el frenesí del momento.
Allí, en aquella distante y peligrosa tierra, rodeados de muerte y desolación, dos seres se llenaron de felicidad por unos intensos momentos.
Unos momentos que ninguno de los dos olvidaría jamás.
Una hora más tarde el Sargento Mortuc, con una señal, indicó al grupo que lo esperaran y avanzó de cuclillas pegado a la pared derecha hasta alcanzar la boca de la cueva. Allí observó por un buen rato en dirección a los bosques.
Regresó muy despacio evitando producir sonido alguno.
—Están acampados a escasos 200 pasos de la boca de la cueva. He contado unas tres docenas. No podremos con todos ellos —susurró el Sargento al expectante grupo.
—No creo que vayan a entrar en el interior de la cueva. Debe de ser un lugar maldito para ellos. Sin embargo, no podemos permanecer aquí, no disponemos más que de unos pocos víveres y Haradin necesita cuidados —razonó Gerart.
—Los caballos están ocultos en una cañada a unas cinco horas de aquí en un profundo bosque de hayas. Si pudiéramos llegar hasta ellos podríamos escapar—dijo Lomar esperanzado.
—Esperaremos a la noche y nos escabulliremos entre las sombras —explicó el Sargento con una certeza absoluta—. Recordad que el descenso de la montaña será entre nieve. Preparaos bien. No quiero accidentes.
—De acuerdo. Descansemos y librémonos de cualquier cosa que brille y pueda llamar la atención durante la noche. Abandonad toda la armadura metálica. No deben vernos —puntualizó Gerart.
Las horas transcurrieron lentamente. El dolor por la muerte de los compañeros pesaba como una montaña, hondo en los corazones de todos. El grupo, vistiendo sólo ropa oscura y abandonando las corazas y armaduras, aguardaba el momento de la huida.
Aliana sabía que la probabilidad de éxito era muy pequeña pero debían intentarlo. No podían permanecer allí.
La huida sería extremadamente arriesgada, las probabilidades de salir con vida, mínimas.
El miedo la invadió y comenzó a tiritar.