Gratos recuerdos

 

 

 

El viaje hacia la costa había transcurrido de forma apacible, sin ningún sobresalto más, y los tres viajeros avanzaban a buen ritmo por el amplio y despejado sendero en dirección al litoral. El día anterior habían dejado atrás los frondosos bosques y el paisaje que se abría ahora ante sus ojos revelaba una gran planicie. Estaba cubierta por alta hierba y salpicada de pequeñas formaciones rocosas de color grisáceo. Al atardecer llegaron hasta una bifurcación en el camino y se detuvieron indecisos, sin saber qué dirección seguir.

Komir buscó en su rasgada bolsa de viaje. Extrajo el viejo mapa tatuado sobre cuero que le había regalado Suason, la anciana curandera de la tribu, y lo estudió un momento intentando deducir la posición actual en la que se encontraban.

—Por los días de viaje que llevamos internándonos en territorio del reino de Rogdon en dirección sudoeste, yo diría que debemos estar cerca ya, algo al norte de la gran ciudad portuaria de Ocorum. Quizás a un día de distancia, si mi estimación es correcta y no nos hemos desviado demasiado. La orientación no es uno de mis fuertes. Creo que una vez alcancemos la cima de esas colinas podremos vislumbrar el mar en el horizonte y seguramente el gran Faro de Egia que está situado a medio día al norte de la ciudad —explicó Komir a sus dos compañeros de viaje.

—El sendero se bifurca en dos direcciones: hacia el sur y hacia el oeste, ¿cuál seguimos? —preguntó Hartz con tono indeciso.

—Sigamos hacia el oeste hasta llegar a los acantilados de la costa, desde allí deberíamos poder visualizar el gran faro que es nuestro destino. El camino en dirección sur probablemente conducirá directamente hacia la rica ciudad mercantil.

—¿Por qué vais a ese faro? Si no os molesta mi curiosidad… —tanteó Kayti con voz tenue.

Hartz miró a Komir con cara de preocupación expectante a la par que temeroso de la respuesta que su amigo diera a la pelirroja extranjera.

Komir, tras meditar un instante su respuesta y observando el inquieto gesto de su amigo, contestó con tono pausado:

—Tengo una misión que llevar a cabo, una misión personal que debo ver completada y ese faro es parte del camino hacia lo que persigo. Un primer hito en un misterio que he de resolver.

—Ummm… creo entender lo que me dices, disculpa mi atrevimiento, no pretendía ser indiscreta. Los motivos que tengáis para dirigiros allí no son de mi incumbencia, más aún si son motivos de índole personal. Si os parece bien os acompañaré al faro, me gustaría ayudaros si se presenta la posibilidad. Después de todo me habéis salvado la vida, tengo una deuda de gratitud hacia vosotros, quizás os sea de utilidad en vuestra misión y como Ocorum es la ciudad más cercana, no me supone mayor desvío —se ofreció la joven intentando colaborar.

—No tengo inconveniente en que nos acompañes, sólo te ruego que no interfieras en mis decisiones —dijo Komir mientras retomaba el camino en dirección oeste sin esperar una respuesta.

Poco después coronaban la cima de la colina y el infinito mar con su inmensa belleza azulada les dio la bienvenida sonriente. La inmensidad celeste, como un ensueño maravilloso, los inundó con un manto de calma. El paisaje era completamente espectacular y los tres viajeros se detuvieron a contemplarlo encandilados. Estaban al borde de un acantilado de enorme altitud desde el cual podían ver el colosal océano extenderse hacia el horizonte sin fin. El ocaso llegaba apaciblemente, embelleciendo aún más aquel atardecer con su presencia multicolor de suaves tonos dorados. Ikzuge, la diosa Sol, descendía inexorable hacia el mar, ocultándose en su ciclo perpetuo para dar paso a la llegada de su hermana Igrali, la diosa Luna, que ya la esperaba para hacer su triunfal entrada y situar su presencia en el insondable y eterno firmamento que les cubría. La diosa dorada se zambullía en el mar mientras bañaba toda la superficie del vasto océano con un bellísimo manto dorado. Ocultaba poco a poco, lentamente, su circular y cálida presencia. El cielo, vivo espejo del mar, se coloreaba de una tenue luz naranja que por un momento los inundó de paz y tranquilidad. Los tres contemplaron la bellísima puesta de sol mientras descansaban sentados sobre la mullida hierba. Aprovecharon para comer algo de las provisiones que llevaban: carne seca, pan duro y algo de queso.

Al sur, a corta distancia, podían divisar el fuego que ardía en el extremo superior de un descomunal faro: el Faro de Egia.

Estaba situado en un saliente de un arisco acantilado rocoso que se adentraba en el mar sin el menor temor a su furia. Era una construcción colosal de roca blanca, de más de cuarenta varas de altura y de forma rectangular. Las ventanas estaban situadas a pares en cada uno de los cuatro lados del rectángulo que conformaban las paredes del edificio. En la parte superior, bajo un tejado cuadrado y puntiagudo, ardía el fuego que daba aviso a los barcos en dirección a la ciudad de Ocorum de las letales rocas y acantilados sobresalientes de la costa.

A Komir le sorprendió muchísimo la magnitud de aquel faro, su imponente tamaño, mucho mayor de lo que él se había imaginado por lo oído en la aldea. Para levantar un edificio de tales proporciones, un trabajo descomunal de diseño y edificación era necesario, lo cual habría llevado años y años de arduo trabajo. Los Norriel no eran grandes constructores, sus edificios eran básicos y funcionales por lo que la gigantesca estructura lo cautivó.

En la parte inferior del magnificente edificio se encontraban dos puertas de acceso metálicas, cuadradas y simétricas. Protegiendo las puertas y la base de la estructura rectangular, una muralla circular de apreciable grosor y elevada altura se alzaba impidiendo el acceso y sirviendo como plataforma de defensa en caso de ataque. No parecía haber ninguna guarnición de soldados de Rogdon estacionados en la torre.

—¿Qué hacemos, Komir? ¿Vamos ahora o esperamos al amanecer? —preguntó Hartz a su compañero que contemplaba la torre.

—Esperemos al amanecer, de noche en esa torre cerrada no veremos gran cosa, ni siquiera con antorchas.

—Preparemos un fuego bajo y durmamos, el descanso nos vendrá bien. Será mejor que sigamos haciendo guardias como hasta ahora. Prefiero dormir algo menos pero más tranquilo —dijo el gran Norriel con una medio sonrisa.

—Sí, yo también lo prefiero —dijo Komir.

—Kayti, haz tú la primera guardia, luego Komir y por último un servidor —organizó Hartz mientras se volvía para recoger algo de leña seca para el fuego.

—No es necesario que siempre me dejéis la primera guardia a mí, tanta caballerosidad me hace dudar de que realmente seáis los salvajes de las montañas que decís ser —pinchó Kayti con tono guasón.

—Tienes toda la razón, ya lo creo que sí. Estamos dejando por el suelo la reputación de salvajes que los Norriel tanto han trabajado por ganarse —respondió Hartz entre carcajadas con su profunda voz. Su risa era tan contagiosa que Komir, una vez más, no pudo contenerse y comenzó a desternillarse de risa. Kayti al instante se unió al alborozo de los dos Norriel riendo a grandes carcajadas.

Los tres rieron por un tiempo, elevando sus espíritus.

Prepararon el campamento con renovado ánimo, encendieron un pequeño fuego para mantenerse calientes y descansaron al amparo de las oscilantes llamas de la pequeña hoguera. La noche era cálida allí, junto a la inmensidad del mar, escuchando el susurro constante del golpear de las olas contra las paredes del acantilado, envistiendo incansables con su eterno movimiento.

El sueño les llegó con rapidez bajo la atenta mirada de la gran estructura de roca y piedra, que con su ojo de fuego los vigilaba. Parecía que nada peligroso podía acontecer, como si estuvieran completamente protegidos y a salvo de todo mal.

Y Komir soñó.

Soñó recordando una época mejor, un tiempo de alegría, junto a su querido padre.

Recordó con todo detalle uno de los felices días de cacería, rememorando cada instante, como si estuviera volviendo a ocurrir, llenando su corazón de una alegría que ya no conocería. Evocó cuando agachado esperaba a la esquiva presa, escondido tras una gran roca y rodeado por la alta maleza. Se sentía contento. El día era precioso y el cielo estaba completamente despejado, sólo dos pequeñas nubes solitarias salpicaban de blanco un lienzo de intenso añil. El sol brillaba radiante aquella mañana de primavera; sus rayos teñían de oro los campos floridos e iluminaban el inmenso bosque al este. Cada haz de luz penetraba las frondosas ramas de los árboles intentando llegar hasta las ensortijadas raíces.

El bosque palpitaba lleno de vida, en plena efervescencia. Los pájaros cantaban y revoloteaban alegremente entre las ramas de majestuosos árboles mientras las ardillas saltaban y correteaban sin descanso. La primavera había llegado por fin, marcando el fin del largo y arduo invierno, y todo el bosque había despertado de un prolongado letargo al unísono. Todo estaba lleno de una renovada esencia, de una alegría contagiosa. Komir se giró lentamente evitando hacer ruido y contempló el vuelo rasante de un pequeño petirrojo alardeando de su vívido pecho rojizo. Siguió con la mirada al pajarillo sin dejar escapar ni el más mínimo detalle. Lo vio planear desde el borde del bosque hasta la cuenca del río que formando una zigzagueante silueta plateada, descendía valle abajo en dirección a la lejana aldea.

Inhalando una gran bocanada del fresco aire de las montañas, sujetó sus largos cabellos castaños con una cinta de cuero. Situando la mano sobre los ojos esmeralda para protegerlos del deslumbrante sol, centró la atención en su aldea: Orrio. En pleno corazón del territorio de la tribu Bikia.

«Un maravilloso día el de hoy». La primavera y la eclosión de vida que traía consigo siempre lo llenaban de alegría. Pero lo que realmente convertiría a aquel día en perfecto sería lograr cazar el venado que llevaban acechando toda la mañana. Queriendo asegurar un correcto escondite, comprobó la dirección del viento y se aseguró de situarse frente a él. De esta forma, los animales que se acercaran desde el bosque cercano no podrían detectarlo en la posición en la que se encontraba.

Respiró profundamente intentando percibir el olor del animal, que le llegaría a lomos de la suave brisa que soplaba en su dirección. El delicado arte de la caza requería de aprendidas habilidades y extrema paciencia, tal y como su padre le había repetido hasta la saciedad en las incontables cacerías que habían realizado. Cogió el arco de caza que descansaba a su costado y comprobó que estaba en perfectas condiciones. Sólo quedaba aguardar en silencio la esquiva y preciada pieza.

Al cabo de una hora, finalmente, consiguió detectar la presencia del animal que llevaban tanto tiempo acechando. Con afanado cuidado y evitando producir el más mínimo ruido estiró ligeramente el cuello y oteó sobre la maleza que lo ocultaba.

«¡Allí esta!». Un magnifico venado de buen tamaño acercándose con aquella característica timidez y cautela.

Al este, al borde del bosque, percibió una sigilosa silueta en movimiento conduciendo de forma experta al escurridizo venado hacia su posición. Se preparó para el tiro. Respiró profundamente, tensó el arco llevando la mano derecha hasta la mejilla en un movimiento, rápido y estudiado. Apuntó con cuidado buscando el corazón. Esperó un instante al momento propicio y con una exhalación soltó la flecha. El desprevenido venado se desplomó con la saeta clavada en el corazón, muerto casi al instante.

Komir se levantó de su escondite con una gran sonrisa en el rostro, lleno de regocijo por haber acertado diestramente con su tiro.

—¡Magnífico tiro, hijo! —le felicitó Ulis mientras se acercaba corriendo desde el borde del bosque. El experto cazador llevaba un arco en una mano y bolsa de cuero y aljaba con flechas a la espalda. Estaba vestido con su habitual atuendo de caza: jubón y pantalones de cuero gastado, ambos teñidos en un verde oscuro. Calzaba unas ligeras botas de cuero curtido. Lo cierto es que Komir no recordaba haberlo visto vestido de ninguna otra forma, fuera primavera, verano o cerrado invierno. Como era su costumbre al cazar, llevaba la cara y el pelo cubiertos de barro para confundirse mejor con la maleza y no llamar la atención de las presas. Komir se miró sus propias vestimentas un momento y se percató de que iba vestido de idéntica manera. Hasta las mismas manchas de barro y la misma cara sucia que su orgulloso padre. No pudo evitar sonreír.

—Gracias, padre. Me has enseñado bien aunque aún no soy ni la mitad del experto cazador que tú eres, ni creo que llegue a serlo nunca. Yo no hubiera podido encontrar el rastro del venado detrás de la cañada esta mañana. Menos mal que a ti no se te escapa ningún detalle, ¡eres como un auténtico perro de presa de dos piernas! —le dijo con una sonrisa y un destello de admiración en los ojos.

—¡Qué más quisiera yo! Casi pierdo el rastro en dos ocasiones, he de confesar que ha sido más suerte que destreza el que lo pudiera volver a encontrar.

—Lo dudo mucho, no sé cómo lo has hecho esta vez pero tendrás que enseñarme este, uno más de tus trucos excepcionales.

—Pronto no me quedará nada más que enseñarte, hijo; aprendes rápido, muy rápido… —le contestó Ulis con una sonrisa y expresión reflexiva.

—Estoy seguro de que aún te quedan muchos ases en la manga —respondió el joven entre carcajadas.

—Tu madre estará contenta hoy, volvemos con una buena pieza. Tendremos carne excelente para una temporada. Un buen día de caza, hijo, demos gracias a nuestra protectora Ikzuge, la diosa Sol, por su bendición.

Komir observó a su padre, que arrodillado comenzó a trabajar en la preciada pieza para poder trasportarla hasta la aldea, abajo, en el lejano valle. A pesar de sus 55 primaveras y su plateado pelo, recogido en una coleta, el experto cazador y rastreador de ojos oscuros era uno de los hombres más ágiles y fuertes que Komir había conocido jamás. Como respetado rastreador y arquero dentro de la tribu, su opinión era siempre escuchada con atención en el Consejo, lo cual llenaba de orgullo a Komir. Recibir el mismo respeto que la tribu profesaba a su padre era el más ferviente de los deseos de Komir, algo impensable, incluso utópico en sus circunstancias, pero algo que quizás algún día, un día lejano, podría alcanzar.

Komir se apresuró a ayudarlo con el venado al tiempo que Ulis le proporcionaba expertas directrices que Komir ya conocía pero escuchaba de buen grado de su querido padre. Una vez finalizado el despiece y preparado el animal, padre e hijo comenzaron el largo descenso desde el alto bosque en dirección a la aldea.

—¿Nervioso por lo de mañana, hijo? —le preguntó su padre situando el brazo sobre la espalda de Komir.

—La verdad… un poco sí que lo estoy… no me gustan en absoluto los actos sociales de la tribu. Ya sabes que no soy bien aceptado entre los jóvenes de la aldea… bueno, para qué engañarnos, no me aceptan en absoluto, debido a… ya sabes… mi origen… y prefiero no ser el centro de las miradas siempre que sea posible.

—Lo entiendo, hijo, no te preocupes por eso. Mañana será un gran día, has visto ya diecinueve primaveras y pasarás a convertirte en un hombre adulto a ojos de la tribu en la Ceremonia del Oso. A partir de ese momento, les guste a los otros jóvenes o no, serás miembro de pleno derecho de la tribu hasta tu muerte. Serás un Bikia de los Norriel, algo de lo que sentirse muy orgulloso hijo mío.

Komir asintió intentando asimilar la importancia del momento en su joven vida. Finalmente lograría convertirse en un Bikia, por sangre y por derecho, y nada ni nadie podría arrebatarle ese privilegio y ese deber. La tradición en la tribu Norriel marcaba que a los 19 años los jóvenes cachorros se convirtieran en adultos, en hombres al servicio de la tribu.

—Como bien sabes, este paso final en el desarrollo de los jóvenes guerreros de la tribu se celebra el último día de primavera todos los años —le explicó Ulis.

—Sí, me encanta esta gran celebración. Tengo entendido que se organiza en la población principal de cada uno de las treinta tribus Norriel. Es una fecha señalada.

—En efecto, hijo. Es una de las festividades más queridas entre las gentes de la tribu. Todos los Norriel nos reunimos en torno a nuestras tribus ese día. Es una gran fiesta. Se homenajea el paso de la juventud a la madurez de las mujeres y hombres de la tribu. A partir de ese señalado día los jóvenes pasan a formar parte de la intricada sociedad de la tribu con plenos derechos y responsabilidades, dejando atrás la alegre e irresponsable juventud. Se acabaron los días de golfeo, joven Norriel —le arengó Ulis despeinándole el pelo con un afectuoso gesto.

—He oído que este año será memorable, padre; se esperan muchos más asistentes que otros años. Se celebrará el tradicional mercado que tanto me gusta, con diferentes puestos y paradas para la venta de productos de las comarcas cercanas. También me ha contado Suason la Curandera que tendremos feria ganadera, juegos populares, torneos de lucha, la propia Ceremonia del Oso y bailes hasta el anochecer.

—Todo ello bañado con el abundante vino y cerveza que tanto nos gusta a los pobladores de las tierras altas, no me cabe la más mínima duda. Sí, hijo, será todo un evento para las gentes de las montañas, ya lo creo que sí.

Continuaron el descenso siguiendo la vera del refrescante río, charlando animadamente sobre el gran evento anual.

Komir se detuvo un momento y miró en dirección a la aldea pensativo:

—Me preocupa no hacerlo bien, padre. Es un día muy importante para todo hombre de la tribu y quiero representar dignamente a nuestra familia.

—No te preocupes demasiado, hijo, lo harás estupendamente. Disfruta de la ceremonia y de lo que representa, es un momento único en la vida que recordaras siempre con cariño. Te lo dice este viejo cazador montañés que aún recuerda aquel lejano día en el que se convirtió en Oso Norriel.

—La ceremonia, el rito en sí, no me preocupa aunque sé que será doloroso. Lo que me gustaría es vencer en alguna de las pruebas y que estéis orgullosos de mí.

—Has entrenado mucho y estás listo para las pruebas, no tengo ninguna duda de que destacarás. Pocos son tan hábiles como tú con la espada. A los diecisiete años en la Ceremonia del Lobo ya batiste a todos tus contrincantes. Yo hace ya un año que dejé de intentar vencerte, muy a mi pesar —, Ulis golpeó suavemente con los nudillos el hombro de su hijo—. El Maestro Guerrero Gudin te ha enseñado muy bien y tú posees una habilidad natural, innata, que unida a esos reflejos de gato montañés tuyos te proporcionan una destreza exquisita.

—Más que innata creo que se debe al riguroso entrenamiento al que nos ha sometido el Maestro Guerrero durante estos años. Ha sido muy duro con nosotros, nos ha moldeado con severidad pero he de reconocer que nos ha enseñado a combatir de forma experta y eso nos salvará la vida algún día.

—No tengas la menor duda. Sus métodos son muy rigurosos pero los resultados son inmejorables. Nuestros guerreros son temidos no sólo en el norte sino a lo largo del gran reino al sur, Rogdon, e incluso al noroeste en las tierras heladas de Norghana, tras las grandes montañas de hielo.

—Sí, sus sabias enseñanzas me ayudaron a conquistar la prueba reina de la Ceremonia del Lobo. Pero entonces éramos muy jóvenes, padre, sólo teníamos diecisiete años, las cosas han cambiado mucho en estas dos últimas primaveras… creo que hemos crecido mucho llevados por las circunstancias… Algunos de nosotros hemos experimentado el combate real, derramado sangre, matado al enemigo... Una experiencia que te marca… —Komir detuvo su avance y desvió la mirada hacia la diosa Sol intentando calmar el desasosiego que el recuerdo le producía.

—Gran verdad, hijo —reconoció su padre con tono pensativo situándose a su lado—. Matar a un hombre es un acontecimiento triste en la vida y te cambia para siempre. Lo llevarás grabado en tu corazón con pesadumbre eternamente. Pero ese es tu deber como Norriel, una vez pasada la Ceremonia del Lobo es deber del joven guerrero proteger su tierra, su tribu. Si se nos pide que luchemos, lucharemos. Siempre en defensa de nuestra familia, de nuestra tribu. El Lobo es el símbolo del joven guerrero, adiestrado y preparado para combatir en grupo, en manada, rodeado de sus compañeros. El Oso es el símbolo del guerrero Norriel pleno, ya completamente formado y desarrollado. Preparado para combatir por sí mismo, sin necesidad de la manada. Formado para defender la tribu y asumir los deberes y responsabilidades del Norriel. Estas dos etapas han marcado el desarrollo de los jóvenes guerreros desde hace mucho tiempo en nuestra tribu, establecen el pasaje de niño a hombre. Por ello son tan importantes para nosotros y los celebramos en dos ceremonias de gran trascendencia: la Ceremonia del Lobo a los diecisiete años y la Ceremonia del Oso a los diecinueve. Así lo marca la tradición y nuestra tradición es ley. Respeta siempre nuestra herencia, hijo mío, nuestro legado.

—Lo haré, padre.

—Norriel somos, Norriel moriremos.

—Entiendo su importancia, padre, no te preocupes, no lo olvidaré —aseguró Komir mirando a los ojos a su querido padre.

—Estoy seguro, hijo mío —le respondió éste, y continuaron el descenso por las campas silvestres.

Mientras caminaban Komir contempló las campas repletas de flores a su alrededor, exuberantes de color y vida, como un gigantesco manto multicolor tejido con miles de hilos entrelazados de intensos naranjas, amarillos y verdes. La suave brisa primaveral acariciaba el paisaje, meciendo de forma rítmica el manto silvestre compuesto de vivos colores. Las flores bailaban una coreografiada danza al son del perfumado soplo de los cielos.

«¡Qué belleza la de mi tierra!».

Tras recorrer una parte del largo trayecto se detuvieron a beber el agua fresca del río. Agua que descendía serpenteante de los altos cerros y cuya frescura, recién salida del alma de la montaña, apaciguó su sed.

—Padre, ¿es cierta la leyenda de Enesis? o ¿es un mito, un cuento adornado que nos narran nuestros ancianos, como parte del folclore de la tribu?

Ulis, agachándose a su lado, bebió del refrescante manantial y tras lavarse vigorosamente la cara y el pelo respondió:

—No es ningún mito Komir, la leyenda es cierta y por ello ha sido narrada durante generaciones de padres a hijos. Todos los jóvenes de la tribu comienzan su adiestramiento como guerreros a los seis años siguiendo los dictámenes de esta tradición ancestral que ha garantizado la supervivencia del pueblo Norriel desde sus orígenes en tiempos inmemorables. Este adiestramiento, el Udag, es vital para nosotros. De otra forma el poderoso reino de Rogdon hace tiempo que nos hubiera conquistado y anexionado. Si somos aún libres es gracias a nuestros guerreros que repelieron los dos últimos intentos de invasión. Todo se fundamenta en el entrenamiento marcial, diario y obligatorio, que desde los seis años hasta los diecinueve todos los jóvenes de la tribu, hombres y mujeres, habéis recibido cada atardecer. Esto garantiza la defensa y fortaleza de nuestra tribu. De otro modo ya hubiéramos sucumbido a nuestros vecinos del sur y sus poderosos y avanzados ejércitos.

—Entiendo, padre.

—Esta tradición fue creada e impuesta por Enesis El Sabio, primer gran líder y unificador de las tribus del norte, para garantizar la longevidad de su pueblo en una era en la que las tribus luchaban entre sí por el control del territorio de forma constante.

—Entonces ¿es cierto que fue Enesis quién creó el Udag tras una horrenda y sangrienta derrota?

Ulis se sentó sobre la mullida hierba e invitó a su hijo a que se sentara junto a él para narrarle la historia, como su padre había hecho con él y el padre de su padre anteriormente.

—Cuenta la leyenda Norriel que Enesis una fría mañana invernal, en medio una espesa neblina, recibió una agria derrota en una sangrienta batalla sobre las llanuras al sur del río Laihi. En la batalla mataron a su único hijo: Ebar. Con el corazón destrozado por el dolor de la irreparable pérdida se retiró con los supervivientes de su diezmado ejército al amparo de su base, en lo alto de las montañas Ampar. Viendo que sus guerreros habían sido derrotados por un número inferior de adversarios más expertos, se percató de que la habilidad y el adiestramiento de sus guerreros debía cambiar, debía mejorar y mucho. Necesitaba mejores guerreros para poder vencer. Un guerrero experto, bien entrenado y bien preparado era más valioso que tres guerreros sin el adecuado adiestramiento. Enesis, lleno de furia y dolor, cogió en brazos el ensangrentado cuerpo sin vida de su hijo Ebar, caminó hasta el centro de la plaza de la aldea y gritó al cielo con toda la fuerza de sus pulmones sumido en una agonía desgarradora. Mostrando el cuerpo de su hijo a todo su pueblo allí reunido proclamó el inicio de una nueva era, una era de fortalecimiento de la tribu en honor a su difunto sucesor que nunca reinaría. Organizó una competición entre todos los guerreros de la tribu para determinar quién era el mejor y más experto luchador. El vencedor fue investido como Maestro Guerrero, un titulo que reportaría gran honor y responsabilidad. Creó esta posición de privilegio y responsabilidad con la única función de enseñar y formar a todos los guerreros de la tribu, hombres y niños. El Maestro Guerrero renunciaría a su previa profesión y su vida se dedicaría exclusivamente al estudio, perfeccionamiento y enseñanza de la lucha. A su vez el Maestro Guerrero elegiría sus ayudantes de entre los más expertos guerreros con diferentes armas y se crearía una jerarquía de instructores. Y así, cuenta la leyenda, nació el Udag y por ello hoy en día en cada aldea existe un Maestro Guerrero que entrenan diariamente a hombres, mujeres y niños desde la edad de los seis años.

—Un hombre sabio.

—Sí, con una gran visión nacida del dolor por la perdida de su sucesor, pero que sirvió para fortalecer la tribu. Enesis se convirtió en el primer gran líder del pueblo Norriel y consiguió unir a casi la totalidad de las tribus del norte, unas por conquista y sometimiento y otras por medio de pactos de sangre. Gracias a esto creó un extenso dominio que se extendía por todas las tierras altas, las actuales tierras Norriel. Muchas de las actuales tradiciones y leyes tribales que han ido pasando de generación en generación fueron creadas durante el reinado de Enesis, al que se denominó con el apodo de El Sabio. Recuerda estas palabras Komir, algún día tendrás que transmitirlas con orgullo a tu propio hijo.

—Queda mucho para ese día, padre, pero lo haré, puedes estar seguro. La leyenda es tradición y parte importante de nuestro pueblo y así la traspasaré a mis hijos si algún día los tengo.

—Los tendrás, joven Norriel, algún día los tendrás. Gracias a Enesis, y a este sistema de adiestramiento, más la propia dureza de la vida en el norte y los cientos de años de constantes conflictos armados, los guerreros Norriel son ahora temidos y reconocidos en toda la parte occidental de Tremia. No sólo por nuestra magistral habilidad para la lucha sino por nuestra fiereza, dureza y fortaleza. Se nos considera grandes guerreros en las tierras bajas. Como sabes, el avanzado y rico reino de Rogdon, el gran reino al sur de nuestras tierras, una de las potencias militares en el continente, nos recluta ahora como mercenarios. En varias de sus guerras nuestros guerreros se han ganado la reputación que ostentan a base de derramar la sangre enemiga en el campo de batalla. Más de una ofensiva crucial se ha decantado favorablemente gracias a la ferocidad, determinación y dureza de nuestros inigualables guerreros. El respeto que infundimos a los civilizados y más avanzados reinos del sur y del noreste es conocido y esto asegura que nos dejen tranquilos. Sólo el temor de la derrota mantiene a raya a esos codiciosos imperios. Aquí en nuestras lluviosas montañas no somos un peligro para la avaricia de esos grandes reinos y mientras teman a nuestros guerreros no nos invadirán. Tienen mucho que perder y poco que ganar. Esto nos mantiene con vida y libres, ya que sus ejércitos son mucho más numerosos y mejor pertrechados y nos diezmarían en una guerra abierta. Para que te hagas una idea, hijo mío, la población conjunta de las treinta tribus Norriel no suma ni una décima parte de la del reino de Rogdon. Además, disponen de grandes riquezas, están muy bien armados y aprovisionados y su ejército está compuesto por soldados profesionales.

—Lo recordaré, padre —aseguró Komir mientras se ponían en pie y reanudaban la marcha en dirección a la aldea.

Los dos cazadores llegaron a los primeros retazos de civilización en la zona alta tras bordear un pequeño bosque de robles. Robustos casones construidos de recia roca con tejados de madera los recibieron amistosos. Estaban situados en un amplio altiplano y rodeados por completo de bosque. Una docena de familias compuestas principalmente de leñadores y cazadores Bikia residían apaciblemente en aquella altitud formando una pequeña comunidad. Padre e hijo saludaron a dos vecinos que guiaban un par de vacas hacia el casón familiar y tras intercambiar algunas nuevas continuaron el descenso hacia el valle bajo.

Con el sol siguiendo su perpetuo ciclo y comenzando a descender tras los picos de la impresionante cordillera montañosa al oeste, comenzaron a vislumbrar más comunidades. Un puñado de casones Norriel salpicaba de rojo y blanco una amplia ladera de la montaña al este. Por su tipología de construcción, más amplia que los edificios de los leñadores que habían dejado atrás, con grandes laterales cubiertos, podía identificarse que estaban destinadas a la ganadería. Agrupadas sin aparente orden formaban otra pequeña comunidad, muy característica de los Norriel. En las duras montañas de las tierras altas las opciones de supervivencia eran mayores formando pequeños colectivos. Las familias edificaban sus viviendas en la cercanía protectora de otras familias de la tribu. Más al este, otro grupo de alrededor de una docena granjas, descansaban sobre las laderas de un monte de alisadas pendientes. Komir oteó el sur y luego el oeste, comenzaban a divisarse las primeras agrupaciones de granjas con sus extensos campos labrados en las irregulares faldas de la montaña.

A Komir le alegró el espíritu el distinguir los campos arados. Sabía que algo más abajo y en dirección oeste numerosas comunidades de granjeros los esperaban, extendidas en mesetas y cerros hábiles para el arado, aunque desde aquella posición no podía divisarlas por el terreno y los bosques que las ocultaban. Y tras ellas comenzaba el gran valle con las comunidades más pobladas y las aldeas, amparadas por el regazo protector de la amplia depresión. Su casa, al oeste del valle, algo aislada bajo una ladera rocosa era una fuente de paz y calma para su intranquilo espíritu.

Pronto llegarían a casa y disfrutarían de una merecida y sabrosa cena que su querida y atenta madre se desviviría por prepararles en aquel remanso de tranquilidad.

Un tiempo de alegría y felicidad.

Una evocación de una época mejor.

El sueño, tan real y vívido que Komir no podía distinguir que en realidad era sólo un recuerdo, lo poseyó. El reconfortante y placentero ensueño le llevó el ansiado sosiego a su desgarrado espíritu y por primera vez en mucho tiempo durmió un sueño reparador y sin pesadillas.