Desaparecido

 

 

 

Aliana cuidó del príncipe diligentemente durante más de dos meses, hasta que éste logró recuperarse casi por completo. Era un joven fuerte, su cuerpo no se doblegó a la enfermedad en ningún momento y recobró paulatinamente la vitalidad robada por el vil envenenamiento. Durante el tiempo que estuvo dedicada a asegurar el bienestar del heredero a la corona, pudo observar cómo la ciudad iba cambiando de texturas, a modo de un cuadro inacabado al que, con nuevas pinceladas, van perfilando un paisaje diferente, una nueva panorámica. Los colores sobre el lienzo, antes claros y relucientes, se iban volviendo cada vez más grises con el paso de los días.

La guerra se acercaba.

Pronto el cuadro se volvería oscuro, tenebroso…

Todos lo comentaban, era el tema principal de conversación en la espléndida y moderna urbe de piedra y mármol. Especialmente en los mercados y tabernas, donde todo tipo de rumores intercambiaban dueño. La preocupación y alarma se acrecentaban día a día, así como el número de soldados que llegaban de otras regiones del reino hasta la capital. La proliferación de unidades del ejército no era nunca una señal halagüeña.

Poco a poco, un gran ejercito estaba siendo organizado y pertrechado en la ciudad; cientos de tiendas militares de azules y plateados colores con estandartes de diferentes condados del reino de Rogdon habían sido dispuestas en la amplia explanada norte, al pie del gran Portón de las Nieves. Pero pronto tendrían que ampliar la capacidad y extender el campamento al otro lado de la muralla, pues el espacio disponible resultaba ya escaso para albergar a tantos soldados. Los Condes Longor y Helmar pronto llegarían a la capital a la cabeza de sus respectivos ejércitos, o esos eran los rumores que las golondrinas traían surcando los cálidos cielos desde el norte y desde el este del reino.

Los comerciantes de la ciudad trabajaban frenéticamente obteniendo y proporcionando todos los productos y enseres que eran requeridos por el ejército. Su multitudinario séquito de apoyo, desde herreros a señoritas entregadas a calmar los tensos ánimos de los soldados, pasando por cocineros, herreros, carpinteros y demás oficios, se arremolinaban a su alrededor. El comercio vivía momentos álgidos, irreales, cientos de mercaderes obtenían provecho inusitado de la crítica situación política. La ciudad bullía de actividad, con miles de afanosas hormigas trabajando sin descanso, arriba y abajo, cosechando el fruto del día, sumando oro nuevo a las avariciosas arcas. El Portón de las Nieves y el Portón de las Llanuras que daban paso al norte y al este, estaban colapsados con el tránsito de mercaderes y soldados. La Guardia Real intentaba dirigir el colapso de tráfico humano con serias dificultades. El comercio desde y hacia otras ciudades del reino se había multiplicado considerablemente. Comerciantes de todas las regiones del reino se apresuraban a sacar el mayor provecho posible antes de que el mal se cerniera sobre sus tierras tiñéndolas de rojo.

Una terrible guerra estaba gestándose delante de sus ojos y Aliana no deseaba mirar, se negaba a aceptar aquella realidad. El ataque al príncipe había escalado la siempre tirante relación con el Imperio Noceano, al punto de la ruptura de relaciones diplomáticas. La guerra estaba a la vuelta de la esquina. Los rumores provenientes del sur contaban historias de un gran ejército de despiadados hombres de tez oscura avanzando hacia la frontera. Avanzaban desde las desoladas entrañas del cruel Imperio de los desiertos. El derramamiento de sangre parecía inevitable, y aquello entristecía el ánimo de la Sanadora, hundiendo su innata alegría y positivismo en un charco de mugre.

Aquel atardecer Aliana se encontraba paseando con el Príncipe Gerart por los exquisitos y cuidadosamente mantenidos jardines del palacio real, intentando evadirse de la tensa situación en la que se encontraba envuelta la capital y, por añadidura, el reino. En las muchas horas que habían compartido Sanadora y paciente durante la convalecencia había germinado entre ambos jóvenes una espontánea y sincera amistad. Aliana, poco a poco, se había acostumbrado, no sin bastante esfuerzo, a ver al príncipe por quien realmente era y no por la posición que ostentaba dentro de la escala social del reino.

Detuvieron el paseo junto al pequeño lago artificial. El príncipe sonrió a Aliana y realizando una elaborada reverencia comentó alegremente:

—Vuestros preferidos, señorita —dijo en referencia a los coloridos tulipanes que adornaban la orilla y otorgaban una alegre viveza al paisaje.

—En efecto, noble señor, bien me conocéis —respondió Aliana devolviéndole la reverencia con una amplia sonrisa.

Tras la broma, el semblante de Gerart quedó inesperadamente apagado.

—La verdad es que no puedo creer que tengas que volver al Templo de Tirsar tan pronto.

—Mi estancia en palacio estaba condicionada a la recuperación del príncipe, y según puedo comprobar, el príncipe esta totalmente recuperado —sonrió ella.

—Eso se debe a que he estado en las mejores manos posibles. Tus cuidados han obrado un milagro. Mi recuperación ha sido total, me encuentro otra vez en plena forma. Mis instructores me lo han comentado hoy, sin ir más lejos. Una recuperación rapidísima. Mi fortaleza física ha ido creciendo día a día, y con la espada ya no noto diferencia alguna: mi rapidez ha vuelto, mi brazo es firme y mi estocada certera. Me encuentro fenomenal. Todo gracias a ti, Aliana.

—El trabajo duro de recuperación lo has realizado tú, Gerart. Día tras día de severo esfuerzo físico. Yo sólo he cuidado de que tu cuerpo sanara con la ayuda del tiempo, que en estos menesteres es imprescindible. Intentar forzar la recuperación sólo hubiera conllevado una recaída. La naturaleza demanda el tiempo que necesita para reparar su obra. Tienes mucha voluntad y amor propio. Sé que te ha sido difícil aunque ahora quieras disimularlo, haciendo ver que todo el mérito se debe a mis cuidados. Los dos sabemos que no es así.

—No quería decepcionar a mi padre, necesitaba recuperarme pronto para poder servir al reino. Malos tiempos se avecinan y debo estar a la altura.

—Estoy segura de que su Majestad el Rey Solin no esperaba una recuperación milagrosa, estará muy sorprendido y orgulloso de la celeridad con la que lo has logrado.

—Si tú lo dices… pero a mí no me consta… —el príncipe golpeó una piedra con su bota y mirando al suelo continuó el paseo—. Mi padre es un hombre parco en elogios… y no suelo ser yo el destinatario de éstos. De hecho, raras son las muestras de abierto afecto que yo o mi madre hayamos recibido de él. En toda mi infancia sólo recuerdo un par de ocasiones en las que se ha mostrado verdaderamente afectuoso conmigo y desde que soy adulto… apenas ninguna. Muchas veces dudo de estar a la altura de sus expectativas. Él no lo expresa pero puedo ver la duda en sus ojos…

—Que sea un hombre parco en palabras, poco dado al sentimentalismo o a mostrar sus sentimientos en público no significa que no te quiera o que no esté orgulloso de ti.

—¡Oh, dulce Aliana! Tú siempre buscas el lado amable en las personas, pero no todos lo poseen. Mi padre es como es, un hombre adusto en todos los aspectos. En su corazón no hay sitio para sensiblerías o muestras de cariño. Él se debe al reino y eso es todo lo que cuenta: el reino de Rogdon. Para gobernar hay que ser duro, inflexible, no mostrar nunca ninguna debilidad, y mi padre nació para reinar.

—El que no lo demuestre de cara al exterior no quiere decir que no lo sienta en su interior…

—Yo he pasado toda mi vida siendo el hijo del gran Rey Solin, Solin el Salvador, Solin la Roca, el pilar sobre la que se sustenta el reino. Ha sido muy difícil crecer a su sombra, las expectativas son colosales. Por otro lado, las frases de ánimo o de aprobación del legendario Rey para conmigo pueden contarse con los dedos de una mano... Él es así y lo acepto. Yo debo seguir mejorando cada día para intentar llegar a ser, al menos, la mitad del hombre que es mi padre. Así algún día podré dirigir esta gran nación con pulso firme. Es mi deber.

—Creo que no te das suficiente crédito, Gerart…

—Gracias, Aliana, tus palabras siempre me levantan el ánimo. No hablemos más de ello, no hay nada que pueda hacer, siempre viviré bajo la enorme sombra de mi padre, ese es mi sino y lo acepto, sólo espero estar a la altura algún día.

—No me cabe la menor duda de que lo estarás —le respondió ella, asintiendo convencida.

Continuaron el paseo hasta llegar junto a los aromáticos rosales donde se detuvieron a contemplar la carmesí belleza en pleno esplendor.

—No me has contado gran cosa sobre ti en este tiempo que hemos pasado juntos —le interrogó él dando un brinco y situándose frente a ella.

Aliana se detuvo y lo miró divertida.

—La verdad es que no hay mucho que contar. He pasado toda mi vida en el templo, desde que era una niña. Mis primeros recuerdos son, precisamente, de las hermanas del templo compartiendo juegos al atardecer. Como me gustaban…

—¿Naciste en el templo entonces? Tenía entendido que sólo mujeres de la Orden son admitidas como residentes del templo. No permitís que los hombres vivan allí…

—Cierto. A los hombres no se les permite residir en el templo, de hecho muy pocos tienen el privilegio de poder entrar en él. Tú por tu alcurnia, por ejemplo, cuentas con ese privilegio. Es una de las concesiones que la Orden tuvo que hacer al reino para garantizar su subsistencia.

—¿Por qué razón? Nunca he entendido la negativa a aceptar hombres. ¿Nos odiáis por alguna razón? ¿Por nuestra condición física superior, quizás? —increpó él jocoso.

Aliana hizo un gesto despectivo con la mano y añadió:

—Para nada, no tiene nada que ver con vuestro sexo.

—¿Entonces? —dijo él realizando poses divertidas flexionando sus músculos junto a ella.

—El don de la sanación se presenta predominantemente entre las mujeres. Apenas hay hombres que posean el Don con la habilidad de la curación. En este continente han desaparecido, prácticamente. Por ello, la Orden se fundó por y para mujeres, ya que el Don se manifiesta en ellas. No es una norma que yo considere del todo justa, pero he de reconocer que ha ayudado a crear una hermandad, un vínculo entre nosotras, único, preciado. Es una unión muy fuerte y muy bonita. Somos todas como hermanas, tanto las Hermanas Sanadoras como las Hermanas Protectoras que nos defienden. Por ello, la norma se mantiene intacta con el paso del tiempo.

—Si el sistema funciona, no seré yo quién lo ponga en duda precisamente, ya que, después de todo, os debo la vida —reconoció él con una carcajada—. Pero dime, ¿qué sabes entonces de tus padres?

—Realmente no mucho. Fui abandonada a las puertas del templo. Las hermanas me encontraron en un cesto una fría mañana de invierno, llorando, envuelta en unas viejas mantas. Sin ninguna pista que pudiera indicar mi procedencia. Nunca he sabido quienes eran mis padres, ni por qué me abandonaron.

—No creo que sea coincidencia que te abandonaran a la puerta del Templo de Tirsar. Sabían de tu Don. Sabían que las Hermanas Sanadoras percibirían tu poder y te acogerían. ¿No crees?

—Sí, yo también lo creo. Pero aún así, las hermanas no encontraron nada en el cesto, ni en las ropas que vestía, ni en mí persona que les indicara quién podría ser.

—Interesante misterio. Parece ser que después de todo hay una historia intrigante tras tu origen…

—No lo creo. De todas formas nunca me ha preocupado en exceso. La hermandad me ha cuidado y protegido toda la vida. Mis hermanas son mi familia y el Templo de Tirsar mi hogar. Así ha sido siempre y así he sido completamente feliz.

—¿Pero no te gustaría conocer la verdad? ¿El por qué de tu llegada al templo, quiénes son tus verdaderos padres?

—¿Qué ganaría con ello? Ya soy feliz ahora, no creo que nada de lo que descubra consiguiera hacerme más feliz. En todo caso me romperá el corazón y me traerá pena y dolor, que no necesito ni deseo.

—Tienes razón, qué imprudente por mi parte… perdóname…

—No te preocupes, Gerart, no soy tan delicada como pueda parecer. Recuerda que dentro de mí hay una guerrera que ha sido adiestrada para matar. Las Hermanas Sanadoras tienen la obligación de curar pero también pueden matar si es necesario. Hemos sido entrenadas desde niñas para poder defendernos por nosotras mismas, para asegurar la supervivencia de la Orden en tiempos hostiles, como los de ahora, y protegernos ante la lujuria y perversión del hombre de alma corrupta.

—Sabios principios. He de reconocer que el sistema y leyes que rigen tu orden cada vez tienen más sentido para mí. ¡Acabaré por daros la razón! —rió el príncipe.

—Y si pasas más tiempo con las Sanadoras, más sentido tendrán aún —sonrió ella—. Será mejor que volvamos, he de finalizar un par de tareas y preparar el viaje de regreso que emprenderé mañana.

—Echaré mucho de menos tu compañía, Aliana —dijo el príncipe con sentida sinceridad y la tristeza aflorando en sus ojos azules.

—Y yo la tuya, Gerart… Las obligaciones me reclaman, mi orden me requiere y debo partir. Pero nos volveremos a ver pronto, no tengo la menor duda, estate seguro —le aseguró ella, intentando mitigar el malestar de la separación inminente.

Por un momento se miraron a los ojos, ambos conscientes de sentimientos que se arremolinaban en sus interiores. Un silencio incómodo se interpuso entre ellos. Un silencio que ninguno se atrevía a romper. Sin saber muy bien qué hacer, indeciso, el príncipe se acercó a Aliana. Ante la proximidad de la bella Sanadora, ante la cercanía de su proporcionado y esbelto cuerpo, y bajo la belleza de aquel rostro celestial, el príncipe sintió se le formaba un nudo en el estómago. Con una inexplicable osadía, acaricio suavemente los dorados cabellos de Aliana mientras un sentimiento de intenso deseo nacía en su interior.

Ella se estremeció ante el gesto. Sintió cómo algo recorría su interior: una grata y extraña sensación, un sentimiento poderoso que como un huracán se apoderó al instante de todo su cuerpo, algo que su mente no conseguía razonar. Sin darle tiempo a que pudiera reaccionar, a que pudiera entender lo que estaba sintiendo, Gerart tomó su mano y la besó en el dorso como el gentil caballero que era. Una sensación de deseo y nerviosismo eclosionaron en el pecho de Aliana, dejándola completamente sorprendida y avergonzada. Ruborizada, con un gesto rápido y sin poder pronunciar palabra, encaró el palacio y partió corriendo sin mirar atrás.

 

 

 

Una doncella de palacio llamó a la puerta de la habitación e informó a Aliana de que su Majestad requería de la presencia de la Sanadora en la sala del trono. Aliana, completamente sorprendida, terminó de empaquetar sus exiguas pertenencias para el viaje de regreso y, dejándolas sobre la cama, se apresuró a cruzar los custodiados pasillos que llevaban desde su aposento hasta la gran sala del trono.

Al entrar en la impresionante estancia apreció fascinada la majestuosidad y belleza de todo cuanto la rodeaba. Era una sala de magnas dimensiones, con altísimos techos ovalados, decorada con ricos tapices de motivos azul y plata a juego con los colores reales. Espléndidos cuadros pictóricos y diversos retratos de la familia real vestían las paredes de piedra de un ala, mientras murales épicos, de hazañas pasadas, en vibrantes colores adornaban la otra.

La sala rezumaba elegancia y sobriedad, como correspondía al carácter de los Rogdanos. Altas columnas rectangulares se elevaban hasta el techo formando un fastuoso pasillo hacia el imponente trono real. Su Majestad Solin, Rey de Rogdon, comandaba escoltado a su derecha por la reina Eleuna. La guardia real, hierática, estaba situada a lo largo de todo el pasillo de pilares. Aliana observó que contra las tapizadas paredes con grandes cuadros, a ambos lados y junto al trono, había apostados aún más guardias. Desde el ataque al príncipe, el castillo y la ciudad habían sido sellados y fortificados para garantizar la seguridad de la familia real.

Aliana se acercó al trono, caminando entre las columnas y la Guardia Real con paso acompasado. A medida que avanzaba observaba cómo los presentes junto al trono parecían mantener una acalorada discusión. Pudo identificar a sus Majestades el Rey Solin y la reina Eleuna, que estaban sentados en los majestuosos tronos, forrados de un colorido terciopelo y adornados con finos bordados de oro puro.

El príncipe Gerart, estaba junto a sus padres, y frente a él dos personas que Aliana no conocía. El hombre que estaba situado a la izquierda del príncipe vestía una ornamentada armadura completa de láminas de plata y repujada en oro que refulgía cegadora a la luz de los altos ventanales rectangulares. Una espesa barba negra le poblaba la cara y le llegaba prácticamente hasta el pecho. De sus anchos hombros colgaba una elegante capa azul con el emblema del reino. Tendría cerca de cincuenta años y aparentaba ser un curtido soldado.

Se fijó en el hombre a la derecha del príncipe: era pequeño, de cuerpo frágil y algo anciano, con un cabello blanco como la nieve. Sin poder señalar su edad con exactitud la estableció cercana a los setenta años. Con una voz aguda, casi chirriante, estaba manteniendo una fuerte discusión con el príncipe Gerart.

—Lo siento, Gerart, pero no podemos dar por hecho que el ataque sobre vuestra persona fuera obra del Imperio Noceano, necesitamos más evidencias de las que tenemos para llegar a tal conclusión. Esa es mi lectura de los hechos.

—¡Una flecha Noceana envenenada que casi acaba con mi vida es suficiente evidencia para mí! —respondió enojado el príncipe.

—El peligroso juego de la intriga y la política es muy complicado y enrevesado, mi joven príncipe —aleccionó el anciano.

—Te aseguro que los que atacaron mi columna de caballería eran arqueros Noceanos. De piel oscura, con arcos cortos y cimitarras, característicos de las tribus del sur. Eran hombres del desierto y sus vestimentas eran Noceanas. No soy un joven estúpido, puedo razonar y discurrir perfectamente. Mi guardia mató a varios de los atacantes y eran sin duda Noceanos. Desde luego, no soy tan astuto y con tanta experiencia en intrigas políticas o de la corte como tú, Consejero Real Urien, pero sé reconocer a un Noceano.

El anciano asintió, giró sobre sí mismo como meditando su respuesta y continuó:

—No dudo que lo que vieran vuestros hombres fueran Noceanos, e incluso que los hombres que matasteis así lo fueran. Lo que realmente dudo es que el Imperio Noceano, que se encuentra en dificultades en el suroeste con revueltas y alzamientos internos, quiera precipitar una guerra con los reinos del norte. Nuestros espías nos han informado de que varias de las regiones bajo el yugo de los Noceanos están en pie de guerra y las revueltas están causando muchos problemas a los regentes del Imperio. No encaja… no es el momento… no tienen nada que ganar y sí mucho que perder comenzando una guerra —razonó el viejo Consejero Real.

—En eso estoy de acuerdo contigo, Consejero —dijo el Rey Solin— ¿Tú qué opinas, Drocus? ¿Tiene sentido desde el punto de vista militar? Danos tu opinión como Primer General del ejército, ¿te encaja esta maniobra?

Drocus se aclaró la garganta antes de responder.

—No, no tiene mucho sentido. Sobre todo sabiendo como saben que tenemos firmada una alianza con el reino de Norghana desde hace cinco años. Con el respaldo de los hombres de las nieves, los Noceanos serían derrotados sin duda alguna. Bastaría con una misiva real al lejano Noreste, a las nieves de Norghana más allá de las Eternas Montañas Blancas, para que su devastadora infantería pesada, los Invencibles del Hielo, nos reforzaran. Con ellos a nuestro lado cualquier intento de invasión por parte del Imperio sería una empresa avocada al fracaso. Pensándolo bien… tampoco tiene excesivo sentido que se haya realizado un ataque aislado contra un miembro de la familia real sin el respaldo ni movimientos de posicionamiento de su ejército. Sus tropas comenzaron a maniobrar una vez nosotros cerramos la frontera, no antes —concluyó el curtido General.

Solin se alzó en su trono, inquieto.

—En efecto, algo no encaja en todo este escenario. Creo que estamos siendo manipulados, se está intentando crear inestabilidad en el continente. La pregunta es: ¿por quién? —preguntó el Rey con aire contrariado.

Solin se percató de que Aliana estaba en la sala expectante y le indicó con un gesto que se acercara al grupo.

—Bienvenida, Aliana, acércate por favor y permíteme que te presente a Drocus, General Primero del ejército, y a Urien, mi más allegado Consejero. Caballeros, esta es la joven Sanadora Aliana, de la Orden de Tirsar, a la que debemos la vida de Gerart.

Aliana saludó asintiendo con la cabeza y los dos hombres realizaron una solemne reverencia de cortesía a la joven Sanadora a la usanza de la corte rogdana.

—La razón por la que te he convocado es que necesitamos de tu ayuda una vez más, joven Sanadora —le explicó el Rey, sin más preámbulos.

—Estoy a vuestra disposición, Majestad —dijo ella con humildad bajando los ojos.

—Tenemos un complicado problema que necesitamos solucionar dada la actual situación política, que, como sabes, es especialmente turbulenta. La guerra con nuestros astutos rivales del sur podría estallar en cualquier momento. Pero no es por esto por lo que te he hecho llamar, hay un tema delicado y de suma importancia con el que quizás tú puedas ayudarnos.

El Rey miró a la Sanadora que no comprendía cómo ella, una simple hermana de la Orden de Tirsar, podría ayudar a personas de tamaña importancia y trascendencia como las allí reunidas.

—Creo que conoces a un carismático viajero conocido en este reino con el nombre de Haradin… —Aliana se sorprendió al escuchar el nombre del afable Mago.

—Sí, en efecto…, Haradin visita de forma regular el Templo de Tirsar desde hace muchos años, es buen amigo de la Maestra Sanadora y tengo la suerte de considerarle mi amigo…

—Excelente, eso es lo que tenía entendido. Pues bien, las malas nuevas son que Haradin ha desaparecido. Hace ya al menos tres meses que nadie lo ve y nos tememos que algo malo le haya podido suceder. Necesitamos encontrarlo con urgencia, sobre todo ahora que el reino puede entrar en guerra. Como sabrás, ya que lo conoces bien, Haradin es un poderoso mago, uno de los más poderosos del continente. En mi opinión el más poderoso de todo Tremia, sin lugar a duda, aunque no le gusta demostrarlo y mantiene una discreción envidiable. Nosotros honramos sus deseos de anonimato porque lo consideremos un amigo de la familia real además de ser el Mago de Batalla del Rey. Hace unos meses partió en uno de sus habituales viajes y no ha regresado ni dado señales de vida desde entonces.

—Si la guerra finalmente estalla necesitaremos de su poder en el campo de batalla para hacer frente y contrarrestar a los Hechiceros de los Noceanos. Estos Magos son tremendamente poderosos en sus oscuras artes. El Regente del Norte tiene a su servicio un Hechicero sumamente poderoso llamado Zecly, que actúa como su Consejero y maestro de espías —señaló Drocus.

—Como sabrás debido a tu vocación y familiaridad con el Don de la Magia, ésta no es muy común en nuestra tierra; de la misma forma que tampoco lo es tu talento sanador. Muy poca gente posee el Don de la Magia por lo que los pocos afortunados son cruciales para la subsistencia del reino. He hecho llamar a Mirkos el Erudito, el otro gran Mago de poder del reino, para que abandone su torre al este y se apresure a reunirse con nosotros aquí en la capital, de forma que podamos hacer frente a la posible amenaza extranjera. Estoy seguro que no le agradará dejar sus estudios pero asistirá sin duda al requerimiento de su Rey —explicó con calma el anciano Urien.

—¡Estamos muy preocupados por Haradin! —exclamó la Reina con tono angustiado—. Es uno de nuestros mejores amigos y aliados. Ha sido amigo y defensor de la familia real y del reino desde hace muchos años. Él es vital para la supervivencia de Rogdon. Estoy muy preocupada y me gustaría saber qué ha ocurrido y si se encuentra sano y salvo. No acostumbra a ausentarse tanto tiempo sin enviar ningún tipo de noticia.

—Comprendo la gravedad del problema, Majestad… pero ¿cómo puedo yo ayudar? —preguntó Aliana sobrecogida por la petición de asistencia de la familia real.

—Lo último que nos dijo antes de partir fue que iba en busca de un antiquísimo artefacto de gran poder. No especificó su localización, pero mencionó que un escrito en la biblioteca del Templo de Tirsar le había proporcionado una valiosa pista que debía perseguir.

—Ahora comprendo... —asintió Aliana—, con la ayuda de las hermanas puedo intentar encontrar ese escrito en nuestra biblioteca y ver si puedo llegar a alguna conclusión sobre la pista y el destino al que se dirigió Haradin —aventuró, con tono esperanzado.

—¡Fantástico! —expresó la Reina con alegría—. Quizás consigamos encontrarlo. Dispondremos de lo que necesites para ayudarte en la búsqueda. Estoy segura de que la clave se encuentra en la biblioteca y con la gracia divina de la Luz guiadora seremos capaces de encontrarla.

—Esperemos que así sea. Me resisto a pensar que algo terrible le haya ocurrido. No a él, es demasiado inteligente y poderoso —señaló el Rey.

—A veces incluso los más grandes hombres sufren situaciones adversas, impredecibles —comentó Urien en un tono muy suave para no alarmar a los presentes con el mal agüero.

—Padre, si os parece bien, siendo este un problema grave de estado, me gustaría liderar la búsqueda —pidió Gerart voluntarioso al Rey.

—¿Estás seguro de encontrarte lo suficientemente recuperado como para llevar a cabo esta búsqueda? —inquirió su padre mirándolo fijamente.

—Lo estoy, padre. Hace días que ya me ejercito y practico con los soldados y me siento perfectamente —aseveró el príncipe.

—¿Estás seguro, hijo? Has estado al borde de la muerte, no te perdimos por la milagrosa intervención de las hermanas del Templo de Tirsar —le cuestionó con preocupación su madre.

—Lo estoy, madre, no te preocupes. Aliana ha realizado una increíble labor recuperándome en tan poco tiempo. Además, necesito algo de actividad y la misión no es para nada peligrosa.

Solin miró un instante a su hijo, dubitativo, y finalmente asintió.

—Muy bien. Que así sea. Elige tus hombres y parte hacia el Templo. Cuando descubráis la dirección que tomó Haradin organizad su búsqueda y rescate. Infórmame en todo momento de lo que descubráis. Mientras tanto, aseguraremos el reino y nos prepararemos para la posible invasión desde el sur. Esperemos que encontréis al Mago de los Cuatro Elementos antes de que el ejército del Imperio Noceano lance la ofensiva de invasión. Si no, estaremos en clara desventaja. Lo dejo en tus manos, hijo. Encuentra a Haradin, Rogdon le necesita.

—Lo encontraré, padre, tienes mi palabra.