Repudiado
Althor, el octogenario Maestro Forjador de la tribu Bikia, comprobaba el trabajo realizado por Bamul, su discípulo y ahora experto herrero de la aldea. Todas las piezas creadas por Bamul para la gran Ceremonia del Oso eran de una calidad excepcional. Forjadas en su herrería, en su Orrio natal, eran verdaderas obras de arte. Althor, cada año, tal y como establecía la tradición, inspeccionaba al detalle todos los trofeos que recibirían los participantes el día de la ceremonia.
Althor levantó con cuidado una larga espada de doble filo midiendo con ojo de lince su temple al tiempo que, con una serie de estudiados movimientos al aire examinaba su flexibilidad y dureza. En la larga empuñadura en cruz, que permitía el manejo de la espada a una o dos manos, llevaba grabada la insignia de la tribu Norriel, la festividad y el año. Los campeones de cada competición eran obsequiados con una de estas magnificas espadas, en las que tras la ceremonia de entrega de premios, se grababa su nombre y el de su familia en la pulida cruz. Estas espadas de dos filos eran más largas de lo acostumbrado en el oeste del continente de Tremia.
Elaboradas por la experta mano de Bamul eran consideradas auténticas obras maestras y el poseer una de ellas era un gran honor dentro de la tribu.
—Veo que has vuelto a incrementar algo más el alcance de la espada —le comentó el Maestro Forjador a Bamul con un guiño.
—Sí, Maestro. Sigo perfeccionando la técnica que me enseñasteis hace ya muchos años. Son un poco menos flexibles y quizás algo más pesadas pero tan resistentes como la mejor espada corta y proporcionan mayor alcance a nuestros guerreros.
—Estoy seguro de que ellos apreciarán esa ventaja en combate. Nada como encarar a un oponente cuya espada es más débil y corta —respondió el Maestro con una carcajada.
—En efecto, el Maestro Guerrero Gudin las adora, me ha encargado ya dos docenas para sus instructores y para los guerreros de la guardia.
—Creo que vas a tener mucho trabajo en los próximos días.
—Este encargo en concreto no es el problema… Una vez se corra la voz de la existencia de estas espadas tendré a las 30 tribus realizando peticiones. Calculo que para verano tendré encargos superiores a mil espadas. Las tribus del oeste, que comparten frontera con los Golotianos, las requerirán con urgencia. Nunca se sabe cuándo volverá a estallar la guerra con esos embaucadores. La disputa fronteriza no cesa desde hace tres centurias.
—Por lo que se ve el negocio prospera, ¡te vas a retirar siendo rico y bien afamado! —le respondió el Maestro con alegría.
—Sí, como cierto honorable Maestro Forjador del que se rumorea vive retirado en las montañas, cerca de las minas, dedicado por completo a secretos relacionados con el acero. Os recuerdo, Maestro, que sólo os dejáis ver en las ocasiones en las que la jerarquía de la tribu lo demanda —rebatió el artesano más joven lleno de sarcasmo.
Althor no pudo evitar reír alcanzado por un ramalazo de buen humor.
—¿Cómo ha sido el viaje desde las minas, Maestro? Espero que no hayáis tenido que sufrir en exceso los rigores del largo camino —se interesó Bamul.
—A mi edad todos los viajes son duros y cada día más punitivos. Los huesos me duelen cada vez más, es la edad, ¡qué se le va a hacer! Pero este viaje siempre lo hago con entusiasmo. Siento un gran fervor por esta celebración y disfruto viendo como, año tras año, mejoras mis técnicas y creas armas cada vez mejores.
—Vuestras palabras son un gran honor para mí, Maestro. Lo agradezco de corazón.
—Sigamos con el motivo de mi visita, ¿dónde tienes las cotas de malla? Las que son para los vencedores de las pruebas del día de hoy.
El herrero llamó a uno de sus aprendices, un chico moreno y alto con el pelo revuelto, para que fuera a buscar las armaduras al sótano del taller. Al poco tiempo reapareció con varias cotas de malla y las colocó sobre la mesa.
—No pueden compararse a vuestro exquisito trabajo con el metal, Maestro. No seáis excesivamente duro conmigo al juzgarlas.
—No tienes nada por lo que preocuparte, amigo mío —dijo Althor mientras cogía una de las prendas y la examinaba de cerca. Comprobó con detalle el trabajo de anillado y remachado— ¿Patrón clásico cuatro en uno para anillos entrelazados, verdad?
—Sí, Maestro, tal y cómo me enseñasteis hace ya muchos años. Con pesar, he de confesar que no he podido evolucionar mucho esta técnica. He alargado las mangas para que cubran hasta el antebrazo y elevado y reforzado el cuello para una mayor protección.
—Excelente trabajo, estoy seguro que les servirá bien a nuestros jóvenes guerreros, y habiendo salido de tus manos les durará toda una vida.
—Eso dependerá de la cantidad de batallas en las que se vean envueltos —replicó el herrero con una sonrisa.
El segundo de los ayudantes de Bamul se acercó y anunció la llegada del Maestro Guerrero Gudin que esperaba en la parte anterior de la herrería.
Bamul y Althor salieron a recibirlo.
—Buenos días, Gudin —saludó Althor.
—Buenos, ciertamente —concedió el Maestro Guerrero mientras se golpeaba el pecho con el puño e inclinaba la cabeza en saludo.
Gudin era la mismísima personificación de un dios guerrero convertido en ser de carne y hueso. Alto, ancho de hombros y de una musculatura labrada, aunque no excesiva, nacida de toda una vida de entrenamiento. Transmitía una agilidad felina y un enorme poderío físico tanto en su porte como en la forma con la que se movía. Sus ojos negros, bajo un largo y liso cabello moreno, irradiaban tranquilidad y equilibrio. Aunque sin duda, lo que más llamaba la atención del gran guerrero Norriel eran sus cicatrices. Su cuerpo estaba castigado por las inequívocas marcas de incontables batallas. Varias de las horrendas suturas eran visibles en la cara, cejas, barbilla y pómulo izquierdo. Aquel hombre daba la impresión de haber ido hasta el mismísimo infierno y haber regresado en más de una ocasión. Era la viva imagen del invencible guerrero Norriel. Por su dilatada experiencia y su carisma era un hombre muy respetado en la tribu de los Bikia. Sus hazañas en el campo de batalla eran ya un mito entre las 30 tribus Norriel. Asimismo, su incansable trabajo enseñando a los jóvenes y liderando a los veteranos guerreros lo habían convertido en toda una institución, elevándolo casi al estatus de leyenda. Su renombre y notoriedad no se limitaba a los dominios de los Bikia sino que eran bien conocidos en el resto de las tribus Norriel. Todos lo conocían y lo respetaban, tanto los jóvenes como el resto de Maestros Guerreros.
—¿Vienes a comprobar si está todo listo y preparado para la celebración? —preguntó Bamul.
—Así es, Maestro Herrero. Acabo de visitar a Honar el peletero y ya tiene dispuestas las capas de piel de oso para los jóvenes como regalo por su pasaje.
—Estupendo, un guerrero Norriel ha de tener una buena piel de oso para protegerle del frío y llenar de miedo el corazón del enemigo —comentó Althor mientras se sentaba en una de las sillas para dar descanso a sus doloridos huesos.
—También he visitado al carpintero y tiene listos los escudos de la mejor madera de tilo. Tres palmos de circunferencia total para proteger a nuestros guerreros. Reforzados con hierro en el centro y los bordes.
—Estilo tradicional. Ligero y resistente, de menor coste al no ser completamente metálico —comentó Bamul.
—Como bien sabes el coste hay que tenerlo siempre presente, son muchos escudos los que hay que fabricar para nuestros guerreros y el acero escasea. No somos un pueblo rico como nuestro vecino de las tierras bajas, el gran reino de Rogdon, donde sus numerosos soldados disponen del mejor acero que las riquezas pueden comprar. Nosotros el acero lo reservamos para forjar espadas y lo que tenga a bien sobrar para las cotas de malla. Aunque la mayoría de nuestros guerreros no tienen más armaduras que aquella de cuero curtido reforzado con madera que ellos mismos han podido fabricar. Es el signo de los reinos pobres… —se lamentó Gudin.
—No podemos regalar armas de acero y cota de malla a todos los cachorros, el coste sería inmenso. Sólo los campeones de las pruebas los recibirán como obsequio, es todo cuanto puedo hacer.
—Bamul siempre pensando en costes y beneficios, pronto será el hombre más rico de las 30 tribus Norriel —le espetó Althor esgrimiendo una pícara sonrisa.
—Desde luego, hay que prepararse para el largo invierno de la vejez, aunque veo que a usted, Maestro, os sienta fantásticamente bien —devolvió la mofa Bamul que, sentado, se sujetaba la espalda con una fingida muestra de dolor en la cara imitando a su Maestro.
Los tres se echaron a reír llenos de buen humor y camaradería. Hacía muchos años que se conocían y habían compartido tiempos duros en el pasado. Por ello intentaban siempre sacar el máximo provecho de los acontecimientos festivos de la tribu. La vida en las tierras altas del oeste era muy dura, los Norriel eran muy conscientes de aquel hecho. Hoy era un día de gran celebración, los cachorros de la tribu que cumplían 19 primaveras se convertirían en Osos a los ojos de la tribu, en guerreros Norriel por derecho propio. La ceremonia era celebrada por las 30 tribus el primer día de primavera de cada año.
—Será mejor que nos pongamos en marcha y nos unamos a la celebración —comentó Bamul.
—Aquí todo está en orden, voy a terminar de inspeccionar las lanzas para los jóvenes y ya podemos acercarnos a la plaza mayor a disfrutar de la fiesta —afirmó Althor.
—Perfecto. No tardéis mucho, este año tenemos muchos más visitantes de lo habitual, nuestra querida aldea de Orrio está desbordada de gente. Parece que todos han venido a ver a las dos jóvenes estrellas de este año. He visto incluso visitantes de otras tribus que han venido a ver la ceremonia. Parece ser que los rumores viajan largas distancias empujados por el aliento de vanas tertulias y chismorreos desbocados —explicó Bamul.
—Te refieres a Komir y a Hartz, ¿verdad? —preguntó Gudin.
—En efecto, en especial a Komir. Todos quieren ver al joven misterioso de enigmáticos ojos verdes del que tantos rumores sombríos se han desplegado al viento. Comprobar de qué material esta hecho ese chico y si despunta en las pruebas de espada como se espera o si sólo son habladurías. Es como si una sombra, un halo negativo lo envolviera allá donde se dirige. Nunca logrará librarse del estigma creado por su misterioso origen y su llegada marcada en sangre, hace ya 19 primaveras, a nuestra aldea. Además, nadie ha olvidado aquel horroroso incidente junto al río hace unos años... Feo asunto lo que ocurrió con ese joven, y todo lo que a aquello rodeó. Extraño y tenebroso es todo lo que a ese joven concierne —explicó Bamul al tiempo que, como buen Norriel que era lleno de supersticiones, alzaba sus manos en alabanza a las diosas—. Del gigantón, de Hartz, ya os imagináis que es lo que esperan, quieren ver si puede tumbar a todo el que se le ponga por delante, aunque creo que este año hay otro joven de una aldea cercana que es un autentico gigante y se prevé un enfrentamiento de épicas proporciones.
—Gudin, tú que les has enseñado todo lo que saben y tienes tantos años de experiencia en esto ¿qué opinas? ¿Qué sorpresas nos esperan esta tarde? —preguntó Althor intrigado.
—Primero permitidme que os diga que todos los rumores y demás tonterías que circulan en torno a Komir no son más que paparruchadas. Es un joven excelente, noble y obediente, y flaco favor se le hace con tanto estigma y superstición malintencionada. Deberíais cortar de raíz tales comentarios sin sentido y dejar al muchacho en paz. Es un gran chico aunque muchos se empeñen en lo contrario. Creo que vamos a presenciar una tarde histórica. Una tarde de la que se hablará durante muchos años en nuestra tribu —pronosticó Gudin.
—¿Tan buenos son estos dos jóvenes? —pregunto Bamul mientras se recostaba contra la ventana por la que penetraba la cálida luz de la mañana.
—En efecto, amigo mío, hace muchos años que no tenemos guerreros tan sobresalientes. Poseen una habilidad natural para el combate, innata, os lo aseguro, algo con lo que se nace, no sólo fruto del entrenamiento y la formación. En verdad os digo que son especiales, muy especiales.
—¡Entonces apresurémonos a presenciar el espectáculo! —animó Althor dando una zancada en dirección a la puerta.
Komir esperaba sentado en la vieja mesa de roble de la cocina a su gran amigo Hartz. La mañana era algo fresca y aunque Ikzuge, la poderosa diosa Sol, todavía estaba despertando, la sequedad del aire que penetraba por la ventana entreabierta auguraba un día caluroso. Sus padres ya habían partido a la tan esperada celebración, Mirta quería ir temprano para disfrutar de las numerosas mercaderías y a Ulis no le había quedado más remedio que acompañarla como obediente marido que era. Komir bebió un trago de agua del vaso de madera para empujar el nudo que tenía en la boca del estómago, en breve acudiría a ¡la Ceremonia del Oso! El evento que le convertiría en un hombre y le marcaría para el resto de la vida.
Por suerte Hartz le acompañaría. Siempre se sentía mejor en compañía de su gigantesco amigo, no sólo por la sensación de protección que infundía su enorme persona sino porque su indomable espíritu, su carácter extrovertido y su jocosidad le levantaban siempre el ánimo, incluso en los días más grises y tristes.
Respiró profundamente inhalando el agradable aire de la montaña que penetraba por la ventana abierta. Aquella sensación llenaba de tranquilidad a Komir, aunque, muy a su pesar, estaba bien acostumbrado a la ingrata soledad. No tenía muchos amigos, de hecho sólo tenía un único amigo: el gran Hartz, grande en tamaño y enorme en corazón. Reflexionó sobre aquel hecho, sobre los motivos. Toda su vida la gente del pueblo se había mantenido extremadamente distante, como creando un invisible muro de separación hacia él. El motivo, no le quedaba la menor duda, residía en el oscuro misterio de su origen. Nadie conocía el cómo ni el porqué de cómo había aparecido misteriosamente una gélida noche de invierno, y la negativa absoluta de sus padres a discutir el asunto con nadie no había hecho más que aumentar el misterio, acrecentar los descabellados rumores, los miedos a lo desconocido y el escepticismo intrínseco de las gentes del lugar. Y para los extremadamente supersticiosos Norriel nada había peor que un misterio sin resolver. Para colmar el vaso del recelo y la desconfianza, estaba la aparición de aquel extranjero oscuro, muerto en extrañas circunstancias, que una patrulla Bikia de guardia había encontrado la misma noche de su llegada a la aldea.
Un forastero de extraños ojos rasgados como nunca antes nadie había visto.
Estos dos hechos, que de inmediato los habitantes de Orrio relacionaron entre sí, dispararon todo tipo de rumores impensables tanto en la aldea como en los alrededores. Los Norriel eran un pueblo muy supersticioso, con gran arraigo en sus tradiciones centenarias, amigos de lo tradicional y familiar, enemigos de lo extraño y desconocido.
«¡Soy todo un misterio! ¡Un extraño con un misterio sin resolver!»
Y este hecho provocaba sentimientos poco amistosos entre sus vecinos, con los que quisiera o no, debía convivir. Incluso ahora, después tantos años, a los ojos de la aldea seguía siendo un extraño, un ser diferente, alguien marcado por un oscuro secreto, por un arcano misterio.
«Estoy marcado, soy un ser repudiado».
Sus padres nunca le habían revelado el misterio de su llegada. En aquel momento recordó la ocasión en la que había interrogado a Ulis sobre el peliagudo asunto. Éste le relató cómo había realizado una promesa inquebrantable a su esposa Mirta aquella fría noche, la promesa de jamás revelar a nadie lo acontecido y no podía faltar a su palabra de Norriel.
—La palabra de un Norriel es sagrada. Jamás faltes a ella. Tu honor y el de tu familia se comprometen con tu palabra. Si la rompes, lo pierdes todo. ¡Un hombre sin honor no es nada! ¡Menos que nada! Recuérdalo siempre, hijo —le aseveró Ulis agarrándolo por los hombros y mirándolo fijamente a los ojos una fría tarde de verano que Komir no olvidaría jamás.
—Lo entiendo, padre. No volveré a preguntarte sobre este tema. En cuanto a mi palabra puedes estar tranquilo, sé que mi palabra es mi vida y jamás la quebraré, ¡jamás!
Viendo que su padre no podía ayudarlo, Komir intentó más tarde encontrar respuestas en la matriarca de la familia.
—Madre, ¿por qué no me cuentas la verdad de quién soy? ¿De dónde procedo? ¿Cómo llegué una noche de invierno hasta aquí? —le preguntó una tarde lleno de temor y angustia por la posible respuesta.
—Tú eres un regalo de la diosa Iram, nuestra Madre Tierra, una noche apareciste en nuestra puerta para iluminar nuestras vidas y llenarlas de alegría y orgullo —le respondió ella con una enorme sonrisa y abrazándolo llena de ternura.
—No piensas contarme lo que realmente ocurrió, ¿verdad?
—No le des más vueltas a este asunto, Komir. Tú eres nuestro hijo, te queremos más que a la vida y nada ni nadie va a separar a esta familia ni impedir que te queramos hasta la muerte.
—Lo sé, madre… pero aún así me gustaría conocer la verdad sobre mi origen. Si no para divulgarlo al menos para acabar con las extrañas ideas que invaden mis pensamientos.
—No hagas caso de los comentarios de la gente. Son unos supersticiosos ignorantes. Tú eres mi hijo, miembro de mi familia, sangre de mi sangre y no hay nada más de lo que hablar —le contestó ella con una autoridad incuestionable y zanjando la cuestión.
Esa fue la última vez que se habló del misterio de su origen en aquella casa.
Komir no forzó más la cuestión.
Por si aquel misterio no hubiera sido causa suficiente para levantar el recelo de sus compatriotas, un desafortunado segundo incidente acontecido en su infancia terminó por condenarlo al ostracismo más completo en la aldea. Tenía doce años cuando sucedió y aún hoy no se explicaba lo ocurrido ni podía deshacer las consecuencias que aquello desató. Toda su infancia, o al menos toda la que él recordaba, había sido un verdadero martirio excepto en la protección de su hogar. Una vez fuera, no sólo era marginado indiscriminadamente sino que era constantemente atacado y maltratado por sus pares. Los insultos, ataques y vejaciones que debía soportar en silencio eran diarios. Para Komir la crueldad de la niñez no tuvo parangón.
Sufría el tormento con resignación y evitaba la confrontación que por desgracia a nada le conducía y sólo empeoraba su ya crítica situación. Un grupo de bravucones compuesto por seis muchachos de la aldea de aproximadamente su misma edad, eran su infierno particular. Debía evitarlos constantemente y permanecer siempre alerta o terminaba apaleado como un perro pulgoso. Komir sabía que él era el blanco preferido de aquel grupo de rufianes y que asiduamente lo buscaban para torturarlo de mil maneras impensables y después, con sus egos hinchados como un higo maduro, pregonarlo y alardear llenos de satisfacción.
Cuando realizaba tareas o encargos para su madre en la aldea, tenía que andar con sigilo, buscando rutas alternativas para evitar al grupo ya que lo esperaban y perseguían sin descanso allá donde fuera. Para esta banda, cazarlo y zurrarlo se había convertido en una fijación. Mientras se encontrara lejos de la aldea estaba a salvo, pero la asistencia obligatoria al Udag, el adiestramiento guerrero obligatorio, era un problema. Si bien durante el entrenamiento estaba a salvo, ya que nadie osaría jamás interrumpir una lección del severo Maestro Guerrero, el antes y después de la instrucción eran otra historia muy diferente.
Una desafortunada tarde de otoño todo empeoró de forma drástica. Nada volvería a ser lo mismo para el joven Norriel. Su vida quedaría inexorablemente marcada por un traumático incidente de enorme repercusión. Lo recordaba con claridad, como si fuera ayer mismo, cómo camino del Udag cayó en una traicionera emboscada. Había elegido dar un rodeo por el lado sur del puente a la entrada al pueblo y por desgracia para él lo estaban esperando escondidos aquellos estúpidos jóvenes. No se percató de su presencia hasta que ya era tarde y apenas tuvo tiempo de reaccionar. De detrás de un grueso árbol vio salir a Akog con la cara roja de ira; por alguna razón que Komir desconocía Akog le odiaba a muerte. Al verlo, a Komir le dio un vuelco el corazón.
Al instante, a izquierda y derecha, vio aparecer al resto del grupo surgiendo de sus escondites, todos lanzados en su dirección gritando desaforadamente. La sangre se le congeló en las venas, pero el intenso miedo que siguió al sobresalto inicia, le incitó a la carrera. Corrió con una rapidez nacida del terror, veloz, con movimientos raudos, como si su corazón y piernas se alimentaran de la adrenalina pura que lo inundaba. En varias ocasiones en el pasado su velocidad y conocimiento de los parajes circundantes al pueblo le habían salvado de una paliza segura.
Pero en aquella ocasión, a pocos pasos del río, Belgo, un chico muy delgado, rápido y un año mayor que él, le dio caza. Lanzándose a por sus pies lo derribó. Komir cayó rodando pendiente abajo hasta quedar con medio cuerpo dentro del río. Intentó ponerse en pie pero Joxiel, llegó presto y le terminó de atenazar. Poco después tenía a todo el grupo inmovilizándolo contra el vado del río. Por fortuna para él no cubría demasiado y Komir consiguió con esfuerzo mantener la cabeza fuera del agua. Al verse completamente sometido el miedo se apoderó por completo de su ser. Tenía a Joxiel sentado encima del pecho, Belgo le sujetaba las piernas, Etxol el brazo derecho e Inieg el Izquierdo. Komir intentó revolverse con todas sus fuerzas, poseído por el ímpetu de la adrenalina, pero no consiguió nada. El agua fría del río le bañó la cara, llenándolo de aprensión y angustia.
Akog se acercó y sin mediar palabra le golpeó en la cara con el puño.
Komir recibió el fuerte impacto y su labio se partió como un gajo de naranja. El dolor explotó en su rostro.
—¡Dale fuerte a ese bastardo! —gritó Inieg lleno de ira.
—No te preocupes, le voy a romper la cara —vociferó Akog volviendo a golpear al indefenso Komir.
—¡Maldito malnacido! —berreó Etxol presionando con más ahínco aún el brazo de Komir contra el embarrado fondo del río.
—¡Déjame darle un par! —pidió Joxiel.
—¿Por qué… por qué me hacéis esto? —consiguió articular Komir al tiempo que escupía una bocanada de sangre—. Yo no os he hecho nunca nada.
—Tu sola presencia maloliente es un insulto para toda la aldea, escoria forastera —le respondió Inieg.
—No soy diferente, no soy ningún extranjero. Soy Bikia, un Norriel al igual que vosotros —se defendió Komir.
—¡Cómo te atreves a compararte a nosotros, perro extranjero! —le gritó Akog lleno de una ira demencial— ¡Nosotros somos puros Norriel, tú eres un asqueroso bastardo extranjero!
—¡Dejadme que le ajuste las cuentas a ese hijo de una hiena! —gritó Belgo.
Akog volvió a golpearle, un seco y potente golpe que hizo que la nariz le comenzara a sangrar y su mente estallara de dolor. Joxiel comenzó a golpearle las costillas y el pecho. El dolor se disparó y con él un pánico descontrolado y terrible, como si su mente no pudiera soportarlo y quisiera abandonar el cuerpo. Akog se arrodilló, le agarró la cabeza con las dos manos y la empujó hacia atrás, hundiendo la cara de Komir en la fría agua del río. Komir sintió que se ahogaba, le faltaba aire, el pánico lo inundó.
¡Lo iban a matar!
Akog soltó la cabeza de su presa un instante y Komir se apresuró a respirar el preciado aire que le negaban. Tomó dos bocanadas justo en el momento en el que Akog volvía a forzar su cabeza bajo el agua. Pero esta vez prolongó la tortura, convirtiendo aquellos momentos en pura agonía. Sus pulmones debían resistir. Cuando Akog finalmente retiró la presión, Komir intentó respirar de inmediato y tragó la fría agua que inundó sus pulmones y provocó que comenzara a toser convulsivamente. Sin permitir que se recuperara, Akog volvió a sumergirlo de un salvaje empujón. Mantuvo la presión y dejó transcurrir un tiempo vital. Komir sintió su final acercarse, padeció la insufrible agonía producida por la falta de aire, sintió que los pulmones le iban a explotar.
Belgo, liberando la presión que ejercía, dijo con tono de preocupación:
—Akog, para, lo vas a matar, déjale respirar.
No era ningún secreto que Akog era propenso a perder los estribos y darse a la violencia, lo cual no extrañaba a nadie conociendo a su progenitor. En la aldea era bien conocido que su padre era un borracho y un maltratador. Para desgracia del joven Norriel, las palizas que recibía de su padre eran constantes. Nadie sabía qué había sucedido con su madre, pero una fría noche, cuando Akog tenía cinco años, desapareció para no volver jamás. Akog no hablaba nunca de ello pero su sufrimiento interior era palpable.
—Tiene razón, Akog, ¡para ya! —le apoyó Etxol.
Pero Akog no escuchaba a nada ni a nadie, sus ojos reflejaban una exaltación y un brillo cercanos a la demencia, como si estuviera poseído por una furia maliciosa que corroyera su interior y le negara el raciocinio.
Y fue entonces cuando sucedió.
El momento en el cual la vida de Komir daría un giro incomprensible y nunca nada volvería a ser igual.
Con la cabeza bajo el agua, sin poder respirar, sufriendo aquella insoportable tortura, luchó desesperadamente por quitarse de encima a sus agresores y conseguir llegar hasta el preciado aire. «¡Voy a morir! ¡Es mi fin, me ahogo!».
Su esfuerzo resultaba inútil y su desesperación se volvió absoluta.
«¡Fuera de encima, apartaos!».
Y en ese momento de angustia infinita descubrió una insólita luz azulada en su interior, proveniente de lo más profundo de su ser. La luz comenzó a parpadear como tomando vida propia. El resplandor luminoso se concentró en el centro de su pecho formando una brillante superficie circular como un pequeño lago alimentándose de su cuerpo. La extraña luz comenzó a ganar en intensidad, irradiando cada vez con más poder. Komir la sentía tomar vida dentro de su ser, y aun con los ojos cerrados la percibía. Una energía extraña, viva, poderosa, formada por miles de partículas originadas por todo su cuerpo que fluían hacia el centro de su pecho. No entendía qué era pero provenía de su interior, como una energía viva dentro de su cuerpo que irradiaba intensamente. La luz continuó creciendo en intensidad como queriendo abandonar su cuerpo, como si el pecho le fuera a estallar.
El pánico de la certeza de una muerte angustiosa lo devoró por completo. En ese último instante de agonía y desesperación total, aquella arcana luz, que había estado acumulándose y creciendo en su interior, hizo lo impensable.
Explosionó hacia el exterior de su cuerpo.
Como un volcán.
Con una fuerza sobrenatural.
De inmediato Komir sintió que la presión que apresaba su cuerpo había desaparecido por completo. Elevó la cabeza emergiendo de las aguas y respiró el tan necesitado y ansiado aire. Tosió de forma incontrolada, convulsiva, mientras expulsaba el agua tragada que inundaba sus pulmones. Se recostó sobre su brazo derecho intentando recomponerse. Respiró el aire con grandes y entrecortadas inhalaciones. Finalmente consiguió dejar de toser y controlar los espasmos.
Estaba vivo, ¡vivo!
Levantó la mirada. Los cinco atacantes yacían desparramados a varios pasos de distancia, sufriendo posiciones grotescas, como muñecos de trapo. Parecían… parecían muertos… como si algo los hubiera golpeado y lanzado por los aires. Los observó detenidamente, asustado. Daban la impresión de haber golpeado el suelo con exagerada fuerza. Komir se incorporó despacio, se sentía extremadamente cansado, no sólo por la terrible paliza recibida sino por algo más, estaba vacío, completamente falto de vida, como si toda la energía vital de su cuerpo se hubiera evaporado. Apenas podía sostenerse en pie.
Se acercó lentamente, tambaleante, hasta donde yacía Akog. Constató que sangraba por la nariz y los oídos y había perdido el sentido, pero su pulso era firme, estaba vivo. Tenía el rostro y brazos llenos de magulladuras y moratones como si hubiera recibido una tremenda paliza en todo el cuerpo. Comprobó el estado de los otros y presentaban síntomas similares. Todos seguían vivos aunque dedujo que por muy poco. Se quedó helado, mirando a los cinco asaltantes desparramados por el suelo cual rotos monigotes, sin llegar a comprender. No se explicaba qué había pasado, aquella luz los había golpeado con una fuerza imposible, lanzado por los aires y dejado inconsciente. Pero aquello era totalmente inverosímil.
«¡Pero no puede ser!, ¿cómo puede ser posible? ¿Qué demonios ha pasado aquí? ¿Qué era aquella luz en mi interior? ¿Qué he hecho?».
Sin entender qué había ocurrido ni cómo, lleno de temor, partió rápidamente en busca de socorro para el grupo.
Komir lo recordaba bien, como si hubiera ocurrido ayer mismo.
También la reacción condenatoria que siguió al inverosímil suceso.
Pocos días después del incidente, Komir pudo constatar que las lesiones de los cinco atacantes eran más graves de lo que en primera instancia había intuido. Sufrían todos diversas lesiones de consideración. Piernas, brazos y costillas habían sido fracturados. Akog y Belgo, los peor parados, sufrieron lesiones internas que les mantuvieron en cama por meses. El resto no salió mucho mejor parado y necesitaron de largos periodos de recuperación. Era como si alguien les hubiera golpeado con una brutalidad desmedida llevándolos al borde de la muerte.
Cuando fueron interrogados sobre lo sucedido, el grupo acusó a Komir de hereje, de ser un brujo de malévolas artes, de haber utilizado brujería contra ellos. Esta acusación desató todo tipo de controversias, rumores y mala sangre entre las familias y dentro de la propia tribu Bikia. Aunque Komir y su familia lo negaron categóricamente el daño fue ya irreparable. Los padres de los muchachos se presentaron en la casa de Ulis armados y estuvo muy cerca de producirse un derramamiento de sangre. Ulis, Mirta y Komir habían desenvainado ya las armas y se disponían a defenderse de la agresión de una docena de los padres y familiares de los cinco jóvenes malheridos. Completamente furiosos y fuera de sí buscaban venganza, en particular el despreciable padre de Akog que era quien hostigaba y manipulaba al resto.
Por fortuna, Auburu, matriarca y líder de la tribu, llegó a tiempo de intervenir. Con su carisma desbarató el ataque y la sangre no llegó al río. Pero la situación no se resolvió, ni siquiera tras una reunión del Consejo Tribal en la que todos los involucrados en el incidente testificaron ante Los Doce. Komir fue absuelto por el Consejo, pero aquello no agradó nada a padres y familiares de los jóvenes heridos, que si bien tuvieron que acatar la ley de Los Doce, se encargaron de poner a la mayoría del pueblo en contra del joven con todo tipo de falacias y rumores maliciosos.
Aquello condujo a Komir al aislamiento y ostracismo completo dentro de la tribu.
Lo único bueno de aquel ingrato incidente fue que a partir de aquel momento su vida mejoró sustancialmente ya que nadie volvió a osar meterse con él. Pero por otro lado, las pocas personas que hasta entonces le habían dirigido la palabra o habían mostrado amabilidad, comenzaron a eludirlo, temerosas, prefiriendo no tener contacto alguno con él.
Como si alguna pestilencia lo hubiera marcado.
Maldecido por las tres diosas.
Pero eso era ya historia pasada. Agua bajo el puente. La extraña luz que lo salvó y al mismo tiempo condenó, no había vuelto a manifestarse jamás y Komir rogaba a Ikzuge, la diosa Sol, y su hermana Igrali, la Luna, que no volviera a aparecer en su vida ya que todo lo que él ansiaba era, simplemente, ser un Norriel más.
Komir escuchó el familiar silbido que usaban Hartz y él para llamarse y volvió súbitamente a la realidad abandonando la melancólica ensoñación en la que estaba sumido. Se puso en pie y se apresuró a salir de la casa al encuentro de su amigo.
—Buenos días —le saludó dándole un abrazo.
El grandullón le devolvió el abrazo levantándolo del suelo.
—¿Preparado para el combate, pequeñín?
—En cuanto me bajes al suelo lo estaré —respondió Komir entre risas.
—Hoy va a ser un gran día, ya lo creo que sí, montones de cráneos que machacar.
—Y encima te darán un premio por hacerlo —respondió Komir festivamente.
—Es verdad, no lo había pensado… ¡Oh, ya lo creo que va a ser un gran día!
Mirando al gigantón dio gracias a las diosas por semejante amigo. Hartz y él no eran amigos desde hacía mucho tiempo, aunque pertenecieran a la misma aldea y tuvieran la misma edad. De hecho hasta hacía sólo un par de años apenas habían cruzado palabra alguna fuera del Udag. Esto se debía, sin duda, al estigma de Komir dentro de la comunidad, si bien Hartz nunca le había confirmado aquella suposición. Pero Komir conocía al grandullón y sabía que era tan supersticioso como el que más y sumamente temeroso de lo arcano y desconocido. Y él estaba marcado a ojos de la tribu... La amistad que ahora les unía no había nacido de la camaradería o de la cercanía sino que se había forjado a raíz de un fortuito y traumático evento que los uniría para siempre. Había sucedido dos años atrás, durante una expedición de caza organizada por Ugor, padre de Hartz, a la que Komir había sido invitado a asistir gracias a la amistad que unía a Ulis y a Ugor. Ulis había insistido a su hijo Komir en que debía tomar parte en la cacería y él así lo hizo, respetando los deseos de su querido padre. Durante la cacería Ugor fue gravemente herido y los dos muchachos tuvieron que vivir una terrible y épica odisea para lograr ponerlo a salvo. Fue aquella traumática experiencia vital la que forjó una inquebrantable amistad entre ambos.
Desde entonces eran como hermanos.
El ostracismo ya no dolía tanto.
Los dos amigos comenzaron a caminar en dirección a la plaza del pueblo donde la fiesta iba a celebrarse.