Tras la pista
Una descarga de pavor sacudió a Aliana por completo, como un rayo alcanzando a un desdichado e indefenso animal. La columna de Lanceros se precipitaba contra una muralla de salvajes con caras pintadas de rojo que llenos de determinada fiereza esperaban para acabar con ellos. Los Usik Rojos formaban una poblada barrera en el sendero, cortando el paso ascendente. Esgrimían arcos, hachas y lanzas de madera adornados con enormes plumas blancas y grises, en busca de una sangrienta recompensa.
La rubia amazona bajó el arco y se encogió instintivamente sobre el cuello de su veloz caballo. Galopaban pendiente arriba en dirección a la terrorífica muralla de enemigos. Se inclinó hacia adelante y espoleó con fuerza. Sabía que debía cargar contra los Usik, cualquier otra opción significaba la muerte.
«¡Protege, oh madre Helaun, a ésta tu humilde hija, Sanadora de la Orden de Tirsar y a todas las hermanas que me acompañan!» rogó en desesperación a la profetisa de su orden y fundadora del Templo de Tirsar.
El bosque estalló en una ensordecedora batahola de agudos aullidos de guerra Usik.
Una lluvia de letales proyectiles arreció sobre la carga de caballería de los jinetes de azul y plata. Por un breve e interminable lapso, el bosque se sumió por completo en una abismal oscuridad ante los ojos de Aliana. Los negros misiles llenaron el cielo y ensombrecieron por completo el bosque, como si la mismísima muerte descendiera desde el firmamento extendiendo sus negras alas para envolverlos y devorarlos a todos.
Aliana cerró los ojos con fuerza, de forma instintiva, para que la dama de la noche no se la llevara consigo al ultra mundo.
Y el infierno se desató sobre la columna.
Al escuchar los sordos gritos de dolor a su alrededor, volvió a abrir los ojos y comprobó, con insufrible desmayo, la desgarradora escena que se estaba produciendo. Los valientes Lanceros caían abatidos de sus monturas ahogando gritos de dolor. Caían cual anónimos héroes de Rogdon, sus armaduras, perforadas sin piedad por las flechas enemigas, entre los aterradores gritos de los salvajes.
Aliana sintió cómo una saeta le rozaba la mejilla y vio a dos de sus hermanas de la orden caer de las monturas golpeando el duro suelo con gritos de horror. Sólo las armaduras pesadas, de robustas placas, podían soportar semejante lluvia infernal. El miedo le encogió el corazón y se aferró a su montura, en un desesperado intento de sobrevivir a la debacle que se cernía a su alrededor.
En medio del horror, la sangre y la muerte, la potente voz del Sargento Mortuc se alzó apagando con su potencia y severidad los salvajes chillidos enemigos:
—¡Lanzas al frente!
La columna obedeció con marcial compenetración.
—¡Listos para la embestida!
Aliana tragó saliva.
—¡Cargad!
Los Lanceros espolearon.
—¡Por Rogdon!
Un choque brutalmente violento tuvo lugar entre la cuña que formaban los potentes caballos al galope de los Lanceros y la barrera de salvajes que intentaba impedir el avance. Cuerpos de verdusca tonalidad con rostros pintados en rojos colores salieron volando por doquier, despedidos bestialmente por el impacto de los jinetes en cabeza, que habían formado una cuña de ataque.
Aliana pudo ver cómo los jinetes conseguían romper la barrera humana que los Usik Rojos habían formado. Los poderosos caballos continuaron embistiendo a los salvajes, que en su intento por cerrar la brecha abierta, salían despedidos por los aires una vez eran alcanzados por los bravos, fuertes y bien adiestrados animales. Las afiladas lanzas Rogdanas llevaban la muerte a los Usik con extrema precisión, repartiendo muerte entre los enemigos. Los expertos soldados de la columna rompieron la barrera enemiga cual quilla de embarcación sesgando las olas. Avanzaron al límite de las posibilidades de sus caballos hacia la cima de la primera loma de la montaña.
La Sanadora miró a su derecha mientras pasaba a gran velocidad entre los caídos salvajes, que intentaban reorganizarse para volver a atacar. Uno de ellos, el que debía de ser el jefe, gritaba órdenes gesticulando airadamente y apuntando en dirección a la cima de la colina. Iba vestido en un singular atuendo que sorprendió a Aliana: portaba una túnica larga, completamente forrada de plumas. Pero aquellas plumas eran de un tamaño enorme, como provenientes de un ave gigantesca, y en la cabeza una máscara con un gran pico ocultaba su rostro. La imagen del jefe-pájaro le creó una ansiedad intensa. Miró a su derecha para comprobar si Gerart continuaba a su lado y lo vio en su reluciente armadura, irradiando un aura de invencibilidad. La seguridad que el príncipe emanaba calmó su corazón y un leve suspiro de alivio afloró a sus labios.
De súbito, un par de salvajes intentaron derribar al príncipe pero éste los repelió con un potente barrido de su escudo, propulsándolos varios pasos hacia atrás y provocando que se estrellaran contra otros atacantes, derribándolos a su vez.
Libraron la emboscada y galoparon hacia la cima. El agotamiento se apoderó de los caballos, un brillante sudor bañaba su aterciopelada piel. Aliana se dio cuenta de que los caballos no aguantarían mucho más aquel ritmo devastador, sobre todo si continuaban montaña arriba. Miró a su espalda donde el último de los Lanceros de la columna, tras cruzar la línea enemiga, era derribado al recibir su montura una saeta letal en el cuello. El jinete rodó por los suelos con un fuerte golpe, pero se rehizo y se puso en pie. Desenvainó la espada y recogió su escudo del costado del moribundo animal.
Uno de sus compañeros de armas al verlo caer, tirando con fuerza de las riendas de su montura, detuvo su avance y le hizo señas para que montara con él.
—¡Lemus! ¡Sube rápido, pongámonos a salvo! —le urgió.
El caído Lancero lo miró un momento, pero no se movió.
—¡Vamos, Lemus, corre!
—Gracias, Morgen, viejo amigo, pero sabes tan bien como yo que si monto nos condeno a los dos. Ese pobre caballo está al límite de sus fuerzas, no podrá con tanto peso.
—¡Vamos, Lemus! No te preocupes por eso, lo conseguiremos ¡Monta, por la Luz, monta! —le gritó Morgen desde su caballo ofreciéndole la mano.
Pero el derribado Lancero no avanzó hacía su compañero.
—Ha sido un placer y un honor servir contigo, Morgen.
—¡No, Lemus, no!
—¡Por Rogdon! —gritó Lemus con toda la rabia furibunda del que es consciente de su sangriento final.
Encaró al enemigo y se dirigió corriendo a enfrentarse a los Usiks que ya los perseguían pendiente arriba.
Morgen lo miró un desgarrador instante más y lo saludó con un gesto de cabeza, honrando el sacrificio del valiente Lancero.
—Nos volveremos a encontrar… al otro lado, amigo… —giró su montura y la espoleó en dirección a la cima, alejándose de los salvajes perseguidores.
Los supervivientes de la columna cabalgaron durante varias horas al límite de las posibilidades de sus monturas, siguiendo el sendero montaña arriba. Finalmente, alcanzaron la cima donde Mortuc los esperaba. El sargento había desmontado y oteaba a sus espaldas en busca de posibles perseguidores. Las monturas consiguieron llegar, pero la espuma era clara indicativa de un fin cercano.
—¡Desmonten! —ordenó el Sargento—. ¡Descansen las monturas!
Lomar al ver a su amigo Kendas entre los vivos alzó su espada en gesto de alegría. Acto seguido saltó de su corcel y buscó con la mirada alrededor, entre los supervivientes, intentando localizar a Jasmin, la bella Hermana Protectora de ojos esmeralda. Cuando comenzaba a inquietarse por no poder encontrarla, sus ojos dieron con ella. Allí estaba, había desmontado y se encontraba sentada junto a unos matorrales, cabizbaja, junto a otra de sus Hermanas. Parecían las dos únicas supervivientes de la orden. Al verla con vida, sintió como su estómago le daba un vuelco y resopló. Dio gracias a la Luz. De inmediato sintió un alivio descomunal, como si un gran peso que le estuviera oprimiendo el torso se hubiera difuminado.
Se acercó hasta ella y le preguntó lleno de preocupación:
—¿Te encuentras bien, Jasmin? —el tono de su voz surgió discordante y no pudo disimularlo.
—¿Y a ti qué te importa, soldado? —fue la irascible respuesta que recibió de la otra Hermana superviviente.
—Déjanos un momento, Olga, por favor —pidió Jasmin a su amiga y compañera en la Orden.
—Sólo quería cerciorarme de que te encontrabas bien… —intento explicarse Lomar.
—Gracias, Lancero. Agradezco tu interés, me encuentro bien, físicamente al menos, no es necesario tu desvelo.
—Ha sido un verdadero infierno, quería asegurarme de que habías sobrevivido…
—He sido afortunada, al contrario que la mayoría de mis hermanas. Sólo Olga y yo hemos sobrevivido. Ha sido… demencial… La muerte nos ha rondado sin descanso, pensaba que moríamos todos —sin poder reprimir las lágrimas Jasmin comenzó a llorar llevándose las manos a la cara.
Lomar, conmovido por la imagen, se arrodilló junto a ella e intentó consolarla.
—Ha sido apocalíptico, lo sé, pero hemos sobrevivido. Debemos dar gracias por ello. Estamos vivos, milagrosamente, pero vivos. Piensa en tu deber, en la Hermana Sanadora que ha sobrevivido, en que debes protegerla, ahora más que nunca, ya que el peligro que se cierne sobre ella es todavía mayor si cabe.
Jasmin lo miró a los ojos y sonrió entre las lágrimas que arroyaban por sus sucias mejillas.
—Siempre sabes qué decir, ¿eh, Lancero?
—Sí, es la única virtud que poseo. O al menos, eso es lo que tú me dijiste, bella guerrera —dijo él sonriendo.
—Esa y la facilidad para la galantería, que de nada te servirá con una Hermana de la Orden de Tirsar, y mucho menos conmigo.
—Ouch, touché. Me rindo, tú ganas.
—¿O pensabas que al estar yo en un momento vulnerable podrías engatusarme con tu fina palabrería? No dejes que mis lágrimas te confundan, sigo pensando que los hombres sois absolutamente inservibles —respondió ella con una sonrisa.
—Permite que este inservible hombre te seque las lágrimas —dijo Lomar sacando un pañuelo, y le secó las lágrimas con suavidad.
—Gracias por tu gentileza. Ya estoy mejor. Ha sido un mal momento provocado por todo el horror vivido. Hoy he perdido hermanas a las que quería muchísimo. Mi corazón está deshecho.
—Yo me siento igual. Muchos de mis compañeros han muerto hoy. Me parece casi irreal, una pesadilla de la que espero despertar en breve, pero que por alguna razón, no puedo. Sólo quisiera poder despertar y encontrármelos cantando alegres junto al fuego del campamento. Pero la realidad toma el mando y me castiga con la certeza inexorable de que nunca volveré a verlos.
—Sólo de pensarlo me vuelven las lágrimas pero he de ser fuerte. Aliana me necesita.
—Sí, lo mejor que podemos hacer en estos momentos de dolor es concentrarnos en el deber, en seguir adelante. No nos queda otra. Saldremos vivos de esta, ya lo veras, confía en mí.
—Te agradezco mucho los ánimos que me infundes, Lomar.
—¡Ah! Así que conoces mi nombre. ¡Vaya novedad! Verdaderamente sorprenderte, pensaba que ni siquiera te habrías molestado en recordarlo.
—No pierdes oportunidad, ¿eh, Lancero? En cuanto puedes vas a la carga.
—Ser reconocido entre los aborrecidos es siempre un privilegio. Como mi madre me solía decir de pequeño: Si vas a hacer algo, asegúrate de hacerlo bien —dijo Lomar con una gran sonrisa.
Jasmin se rió y tomando el pañuelo de la mano de Lomar se sonó con estruendo en su cara.
Lomar, sorprendido, echó la cabeza hacia atrás.
—He de decir que las hermanas no es que tengáis precisamente unos modales exquisitos —protesto él con una sonrisa burlona.
—Nos enseñan todo tipo de artimañas para espantar moscones molestos.
—¡Uy! ¿Moscón yo? Semejante ultraje, en todo caso avispa, ¡un respeto, señorita!
—Eres incorregible, Lomar. Gracias por aliviar este mal momento.
—Siempre un placer —dijo y realizó una pomposa reverencia que arrancó una sonrisa de la afligida Jasmin.
—Si me necesitas, para lo que sea, aquí estoy.
Jasmin asintió con la cabeza y Lomar se alejó, con el corazón algo más alegre y optimista tras la conversación con la bella Protectora. Saber que Jasmin se encontraba bien le hacia, al menos, sentirse algo mejor entre tanta muerte, desolación y dolor.
Aliana echó un vistazo rápido alrededor, no más de una docena de Lanceros habían sobrevivido a la emboscada de los Usik. Sintió un pesar enorme en su alma. Muchos bravos y leales soldados del reino habían perdido la vida aquel día. Si bien estaba acostumbrada a luchar contra la enfermedad y el dolor, la derrota ante la despiadada muerte siempre le dejaba un sabor amargo en la boca acompañado de un dolor agudo en la garganta. No había tenido la oportunidad de salvar a ninguno de los caídos y aquello la entristecía sobremanera. La impotencia de ver cómo jóvenes vidas, plenas y con futuro, que podrían haberse salvado mediante su Don se perdían sin remedio, la carcomía. Pero era muy consciente de que de haber desmontado para ayudarlos, la habrían despedazado en un instante. Aquella noción, sin embargo, era poco consuelo. Buenos hombres y mujeres habían perdido la vida aquel día y su alma no podía evitar llorar amargamente.
Buscó con la mirada a sus hermanas del templo. Únicamente Jasmin y Olga habían conseguido sobrevivir. Unas irreprimibles lágrimas le bañaron las mejillas al recordar las caras de las hermanas que no volvería a ver jamás. Habían muerto protegiéndola a ella, y aunque sabía perfectamente que aquella era su misión en la vida, como entregadas Hermanas Protectoras, este hecho no hacía más soportable su pérdida.
Observó a los soldados, varios tenían heridas que requerían de su talento. Desmontó de un salto y se acercó a uno de los Lanceros con una saeta clavada en el muslo.
—Necesitas un torniquete —le dijo apoyando sus manos alrededor de la flecha.
—No es problema. Esperaré a que estemos a salvo, apenas me molesta —le respondió el joven soldado mintiendo bondadosamente.
Mortuc se acercó y examinó la herida de su soldado.
—Lo siento, Sanadora, pero debemos continuar, no podemos parar aquí para atenderle. Los Usik nos persiguen, llegarán pronto, debemos desaparecer con rapidez o estaremos perdidos.
—Pero los heridos necesitan atención, puedo ayudarlos —protestó Aliana encarando al fornido Sargento.
Mortuc puso sus enormes manos sobre los hombros de Aliana y la miró a los ojos fijamente.
—Los heridos tendrán que aguantar a que nos encontremos fuera del alcance de los Usik. No hay ninguno tan malherido que no pueda continuar unas horas más.
El Sargento se dio la vuelta y zanjó la cuestión alejándose con su característico brío. Gerart se situó junto a ella y posando la mano en su espalda le dijo con tono intranquilo:
—Será mejor que sigamos las instrucciones del veterano Sargento, su experiencia nos guiará. Sé que quieres ayudarlos desesperadamente, pero tiene razón, debemos continuar.
Aliana miró a los azules ojos de Gerart y se perdió en ellos, su alma halló la calma al instante. Sólo cruzar el umbral de sus ojos le hacia perderse en un mar de sentimientos y en aquel momento deseó no alejarse de él nunca.
—Está bien, Gerart, los atenderé más adelante —claudicó ante el Príncipe.
Gerart volvió a acercarse y le puso la mano en el hombro. Sólo el gesto, le provocó una sensación de calor que le recorrió todo el cuerpo, del estómago hasta el pecho. Los sentimientos que el apuesto príncipe le inspiraba se estaban volviendo cada vez más fuertes, de una intensidad más marcada y aquello, al mismo tiempo, la llenaba de placer y angustia. Para ella, la Orden y su Don, lo eran todo. Se debía a ellos y no podía dejarse llevar por sentimientos hacia un hombre. Sentimientos, que era consciente, iban creciendo, magnificados por las extremas circunstancias en las que se encontraban. Aquello la asustaba. Sorundi, la Maestra Sanadora de la Orden, les había advertido en multitud de ocasiones: El camino de la Sanación y cualquier intención de formar una familia son incompatibles, opuestos. Ambos requieren de toda nuestra devoción y sacrificio. Debemos elegir uno o el otro. Las Hermanas de la Orden de Tirsar elegimos el deber de la Sanación. Al recordar sus enseñanzas Aliana sintió una punzada de vergüenza y remordimiento. Debía mantenerse firme, ahogar aquellos sentimientos hacia Gerart y centrarse en su deber, en su vocación de Sanadora.
El estruendo de la autoritaria voz del Sargento la sobresaltó:
—Continuaremos a pie, siguiendo el sendero hacia el sudeste. Quiero dejar la cima atrás para que nos oculte de los Usik —declaró mientras giraba su caballo y avanzaba sendero abajo.
Todos se encomendaron al Sargento Mayor sin la más mínima duda o dilación.
Tras avanzar durante algo más de una hora, Mortuc se detuvo y ordenó el alto. El grupo de supervivientes cesó en su avance.
—Continuaremos a pie por el bosque en dirección a la cima de la montaña —anunció Mortuc señalando una pendiente importante a su derecha llena de pinos altos.
—Dejad las lanzas y escudos en las monturas, continuaremos ligeros. El ascenso será largo y difícil. Únicamente llevaremos unos pocos víveres y el agua.
—¿Qué hacemos con los caballos? —preguntó Gerart acercándose al Sargento.
—Debemos deshacernos de ellos, que no los encuentren. Debemos hacerles creer que hemos seguido el sendero hacia el este, nosotros cortaremos hacia el norte por el bosque.
—¿Crees que es conveniente abandonar el sendero aquí? —preguntó Gerart mirando a su alrededor con preocupación aparente.
—Sí, debemos escondernos e intentar cruzar al otro lado del pico cortando directamente hacia el norte atravesando el pinar —señaló con el índice hacía los cercanos árboles.
—Hmm… No sabemos si podremos cruzar al otro lado al coronar… —dudó Gerart.
—En efecto, Alteza, pero nuestro destino está en la cima de esa montaña ¿no es cierto? Y es la mejor ruta para perder a nuestros perseguidores. Encontraremos un paso —aseguró el Sargento.
—¿Por qué no seguimos a galope por el sendero? —sugirió Gerart.
—Los caballos no podrán resistir más el castigo y el sendero da un rodeo hacia el este antes de volver hacia el norte. Es bastante probable que nos encontremos con más salvajes allí adelante, prefiero no arriesgarme, Alteza.
—Entiendo. Tienes razón, Sargento Mayor, el sendero desciende y da un largo rodeo a la montaña. Me inquieta esa ruta. Esperemos que podamos encontrar un paso en la cima —especuló el príncipe sopesando la situación.
—¡Por todos los demonios de los abismos que lo encontraremos y si no, lo crearemos, aunque tenga que cavarlo yo mismo a cabezazos! —maldijo el Sargento.
—Esa cima es muy alta y desde aquí puede verse la nieve que la cubre con su blanco manto. Será una travesía dura y peligrosa —advirtió Aliana acercándose.
—La gruta que buscamos está allí arriba, la encontraremos —afirmó Gerart con confianza.
—¡Lomar! ¡Kendas! —llamó el Sargento.
—¡Si, señor! —se presentaron los dos Lanceros.
—Coged todos los caballos atadlos y lleváoslos. Cabalgad siguiendo el sendero hasta que deis la vuelta a la montaña y estéis fuera del campo de visión de nuestros perseguidores. Necesitamos hacer creer a los Usik que hemos seguido el sendero. Una vez allí esconded bien los caballos en el bosque. Cuando los hayáis ocultado dirigíos al norte, a la cima de la montaña. Nos reuniremos allí.
—Sí, señor —asintió Lomar.
—Y esconded bien los caballos, quiero recuperar mi montura, que esos malditos salvajes no le pongan la mano encima a mi Relámpago ¡O juro que os trituraré los huesos! ¿Queda claro?
—Descuide, mi Sargento —le aseguró Kendas.
—¡Los demás, seguidme!
Sin esperar una confirmación, el Sargento se internó rápidamente en el bosque de pinos. El resto de los supervivientes lo siguieron con rapidez. Aliana los contempló unos segundos, las sombras del gran bosque los devoraron y no quedó rastro de su presencia. Sin pensarlo más los siguió consciente de la difícil situación en la que se encontraban y las pocas posibilidades de salir con vida de aquella montaña.
Dos horas más tarde, Lomar desmontaba de un salto de su exhausto caballo y cogiéndolo de las riendas acariciaba su grupa sudada. Tras su montura, otra media docena de caballos descansaban ligados los unos a los otros. La huida con los caballos del grupo había ido bien.
Hasta el momento.
—Están al borde de la extenuación —le dijo Kendas desde su montura, que guiaba otra media docena de equinos.
—Lo sé. Desmonta, compañero. Nos adentraremos en el bosque hacia el sur con los caballos.
Kendas miro alrededor, frunció el ceño y dijo:
—¿Aquí? ¿Tú crees? ¿Estás seguro?
Lomar se encogió de hombros.
—Hemos librado el recodo, la montaña nos cubre. Estamos fuera de la zona visible desde el alto de la colina. Es buen momento para abandonar el sendero. No sabemos cuanta ventaja les llevamos. Podrían estar ya llegando a la cima de la colina. Vamos, eso opino yo aunque si prefieres que sigamos algo más al este…
—No, no. Tienes razón… Abandonemos el sendero y escondamos los caballos —coincidió Kendas desmontando y guiando su corcel hacia el interior del bosque.
Durante algo más de una hora guiaron los caballos hacia el sur adentrándose cada vez más en el gigantesco bosque, la maleza los envolvía por doquier cual áspera neblina. Caminaban en silencio, atentos a cualquier ruido o movimiento, temerosos de encontrarse con el enemigo en cualquier instante. Encontraron un pequeño riachuelo y abrevaron los corceles. Se lavaron y refrescaron un poco en las cristalinas aguas, experimentando la calma, el alivió y la tranquilidad que, como si nada sucediera, les ofrecía el torrente. Pasados unos instantes de paz, llenaron sus cantimploras con el codiciado líquido para reanudar la marcha.
Continuaron caminando en busca de un buen lugar donde ocultar los caballos. Finalmente llegaron a una profunda cañada con una enorme roca blanquecina en lo alto, como si de una estatua de mármol a medio esculpir se tratara.
—Ahí —señaló Lomar con el dedo índice.
—Buen sitio —corroboró Kendas—. Los caballos quedarán completamente ocultos y esa roca es fácilmente reconocible desde una buena distancia.
—Por fin, ya empezaba a pensar que no encontraríamos un lugar donde esconderlos.
—No dejes que el desanimo te pueda, amigo. Siempre hay una solución —le sermoneó Kendas.
—Tu sabiduría me deja siempre anonadado. Un día de estos un ataque de obviedad procedente de tus consejos y proverbios de granja acabará conmigo —le espetó Lomar con ojos burlones.
Kendas no pudo evitar una carcajada, que ahogo rápidamente.
Guiaron a los caballos y los ataron fuertemente a unos árboles en la parte más profunda de la cañada. Les dieron grano para comer de las alforjas y los cubrieron lo mejor que pudieron.
—¿Y ahora qué? —preguntó Kendas.
—Ahora nos dirigiremos al norte para unirnos al resto del grupo —dijo Lomar señalando la cima de la montaña más alta de la cadena al norte.
—Nos vamos a cruzar con los Usik…
—Lo sé, pero no tenemos más remedio. Tendremos que ser muy sigilosos y evitar ser detectados. Dejemos aquí cualquier objeto brillante o de color llamativo —dijo Lomar al tiempo que se quitaba la capa azul y el yelmo.
—Buena idea. Fuera yelmo y coraza, su brillo se distingue a leguas de distancia —le imitó Kendas.
—En la ciudad siempre dicen: Si no deseas que te roben, no te pavonees con tu oro.
—Oh, ¿de verdad? ¿Quién es ahora el de los refranes sin sentido? Anda, ensuciemos nuestras vestimentas y cubrámonos la cara y el pelo con barro y tierra, de esa forma será más difícil que nos vean desde la distancia, o al menos eso espero —dijo Kendas.
—Sí, además la noche se acerca. Será nuestra aliada hoy —aventuró Lomar comprobando sus armas.
Caminaron en sigilo y al llegar al sendero se detuvieron. Ya estaba oscureciendo. Desde su posición, detrás de un caído pino, podían ver una docena de Usiks montando guardia en el recodo de la montaña.
Kendas miró a su compañero y le hizo señas para dar un rodeo. Lomar asintió. Se dirigieron al este y esperaron a que terminara de anochecer echados boca abajo en el suelo, rodeados de espesos matorrales. Finalmente la oscuridad se hizo impenetrable. Los dos Lanceros Reales reptaron por el suelo intentando amortiguar todo sonido para cruzar el sendero descubierto sin ser detectados.
No fueron descubiertos.
Al llegar al otro extremo se pusieron en pie y se adentraron en el bosque, en dirección a la cima de la montaña.
El grupo de supervivientes de la maltrecha columna de Lanceros descansaba formando un círculo entre la maleza del bosque. La noche era fresca y el cielo estaba cubierto de nubes impidiendo que el resplandor de las estrellas penetrara las sombras del escabroso monte. La oscuridad y el silencio absolutos los envolvía.
Mortuc había ordenado nada de fuegos o conversaciones. Los enemigos podían estar cerca y un fuego, incluso en la más oscura de las noches, se distinguiría desde grandes distancias, al igual que las palabras viajaban ligeras a lomos del traicionero viento. Habían ascendido durante horas en dirección a la cima y finalmente, desfallecidos, habían acampado junto a una escarpada pared rocosa. La ladera conseguiría protegerlos de las inclemencias de la noche a aquellas altitudes.
Aliana acababa de finalizar la sanación de las heridas de los supervivientes de la columna. Por fortuna, todas las heridas eran leves y había podido atajarlas sin mayores problemas. No había necesitado agotar toda su energía sanadora, que ahora sentía regenerándose en su interior. Casi podía tocar con la punta de los dedos la azulada energía a la altura de su pecho, la sentía a flor de piel, cual luciérnaga en una noche de verano.
Necesitaba descansar su fatiga: tanto física como emocional. Sin embargo, allí sentada con la espalda contra un gran abeto no conseguía relajarse. Los sangrientos eventos del día la continuaban atormentando. Muchas vidas se habían perdido en el trayecto y tenía la mal agüera sensación de que no serían las últimas. Sólo dos de las Hermanas Protectoras que la acompañaban como escolta habían sobrevivido. Sentadas a su derecha, a corta distancia, la observaban en silencio. No conseguía mitigar el dolor que sentía por la pérdida de las jóvenes vidas de sus hermanas.
—Gracias por curar a los hombres, Aliana —le agradeció Gerart sentándose a su vera con semblante preocupado.
—Shhhh —le regañó Aliana para que bajara el tono de su voz—. No hay nada que agradecer, es mi deber —le susurró ella con una tímida sonrisa.
El príncipe moduló su voz y le susurró:
—Nos has sanado y reconfortado después de una durísima experiencia. Creo que se merece un sincero agradecimiento.
—No es necesario… —quiso atajarle ella.
En un gesto que Aliana no esperaba, el joven príncipe le tomó la mano y la situó afectuosamente entre las suyas.
Aliana se ruborizó ante el gesto del apuesto príncipe. La agradable sensación del contacto de la piel sobre piel, mezclado con el calor reconfortante de las manos de Gerart, la hicieron sonrojarse sin poder evitarlo. Una vez más sentimientos contradictorios la embargaron. No podía eludir aquellos sentimientos de bienestar, de alegría y pasión primaria que Gerart le infundía, cada vez más claros, más diáfanos en su interior. Pero de inmediato la culpa, la sensación de traición a su Orden, a su deber como Sanadora, la asaltaban, machacando como un mazo una nuez, aquellas irresistibles y embriagadoras emociones.
—Alteza… —dijo ella intentando disimular su rubor en un mar de contradictorias pasiones.
—Nada de Altezas, Aliana, ya sabes cómo me llamo —le reconvino él.
—Gerart… —pronunció ella, y sólo el sonido de su nombre en la noche le produjo un revoltijo involuntario en el estómago.
Aliana se apresuró a retirar la mano, sin mirarle a los ojos.
Gerart bajó la cabeza y tras un momento de duda, expresó temeroso:
—Lo siento… no era mi intención…
Aliana se apresuró a atajar la incomoda situación:
—Nada hay que disculpar, Gerart.
—Si te he ofendido… acepta mis…
—No te preocupes —se apresuró a decir ella— es sólo que las Sanadoras no estamos acostumbradas al contacto físico… de un hombre… Pero somos amigos, y no tiene mayor importancia.
—Amigos… —dijo Gerart arrastrando la entonación de la palabra, como si de un insulto se hubiera tratado.
Aliana leyó el agravio en los claros ojos del príncipe y cambió por completo la dirección de la embarazosa conversación.
—Gracias por tu apoyo en estos duros momentos, Gerart.
—Nada tienes que agradecerme, Aliana, es un placer, es mi deber ayudarte y protegerte. No podría perdonarme si algo te sucediera…
—No soy tu responsabilidad, estoy aquí por decisión propia y no me arrepiento.
Aliana le sonrió y desvió la mirada en dirección al férreo Sargento que continuaba realizando labores de forma incansable a unos pasos de distancia. Parecía inagotable. Su energía y vitalidad eran increíbles.
—Un líder nato —afirmó Gerart con admiración mirando al Sargento que desaparecía entre las sombras, en busca de los guardias apostados alrededor del campamento.
—Sí, de verdad que lo es. Resulta increíble la fuerza y energía que derrocha. Todo un portento —atestiguó Aliana viéndolo marchar.
—Los hombres lo respetan, más que eso, lo adoran. Todos siguen sus instrucciones sin la más leve dilación o duda.
—Sí, un hombre de un gran magnetismo y personalidad arrolladora.
—Espero algún día desarrollar parte de ese magnetismo y fortaleza… —anheló el príncipe.
—¿Envidias al Sargento? —preguntó Aliana, extrañada.
—Muy a mi pesar, he de confesar que así es. Todos lo respetan. Acatan sus órdenes sin titubear. Mueren por él sin vacilación alguna, le seguirían al mismísimo infierno si él así lo comandara —reconoció Gerart.
—Morirían por ti de la misma forma.
—No por mí… morirían por el reino, por la corona de Rogdon. Por el país. No es lo mismo.
—Y por ti también. Tú eres el príncipe heredero de Rogdon. No hay un solo soldado que no daría la vida por ti.
—Lo sé pero no me refiero a eso. Mueren por lo que represento no por quién realmente soy —confesó el príncipe cabizbajo.
—Creo que entiendo lo que intentas decirme...
—Nada deseo más que ganarme el respeto de los hombres. Pero en ningún caso debido al título que ostento. Lo que anhelo es el tipo de respeto que el Sargento se ha ganado. Un hombre del pueblo, sin título nobiliario. Inspirar ese respeto, esa adoración entre los hombres.
—El respeto de los hombres se gana. No hay otra forma de obtenerlo. Es un bien muy escaso —explicó Aliana.
—Lo sé. Me esfuerzo por actuar correctamente y tomar las decisiones acertadas en los momentos difíciles. Pongo todo mi ser en ello. Sin embargo, me falta algo, quizás me falte el carisma que se requiere. ¡Cómo envidio su talante, su fuerte personalidad! Yo no consigo imponer mi presencia como él logra hacerlo.
—Piensa que somos todavía muy jóvenes, Gerart. Parte del respeto que el Sargento infunde viene adquirido de sus años de experiencia. De los años agrios de guerras y batallas. De todas y cada una de las historias, detrás de cada una de las incontables cicatrices que pueblan su cuerpo. Ha vivido muchísimo y la experiencia es un grado. Nuestra inexperiencia, por otro lado, es fruto de nuestra juventud. No deberías sentirte culpable por ello. Nadie nace vencedor de batallas, se hace con la experiencia.
—Quizás sea así, pero daría mi brazo derecho por que los hombres me siguieran como lo siguen a él.
—Paciencia, joven príncipe, algún día lo harán.
—¿Verdaderamente lo crees?
—Estoy segura. Más que eso, estoy convencida —le refrendó Aliana mirándolo a los ojos.
—Gracias por tus generosas palabras, me levantan el ánimo, no sabes bien cuánto —le agradeció Gerart llevándose la mano al corazón.
—Nada hay que agradecer. Sé que ahora parece lejano, pero llegará el día que ansías, antes de lo que piensas, ya lo verás.
—Esperemos que así sea, aunque yo no estoy tan seguro, ojala tuviera tu convicción.
—¿Por qué dudas de tu espíritu?
—¿Puedo confiar en ti, Aliana, en tu discreción?
—Tienes mi amistad… desde luego que puedes confiar en mí, Gerart.
—No se con certeza la razón, pero a veces siento que no estoy preparado para afrontar lo que se espera de mí. Sobre todo en presencia de hombres de gran fortaleza interior como mi padre o el Sargento. Soy el príncipe, y algún día seré el rey, pero ahora mismo siento que no tengo el conocimiento y el carisma necesarios para cumplir mi cometido, mi deber para con el reino. No sé si realmente tengo en mi interior lo que es requerido para ser el líder que se espera que sea.
—Te comprendo. Tus dudas son naturales. Todos las tenemos —le dijo ella posando su mano en el antebrazo del joven, con contenida emoción, intentando alentarlo.
—¿Incluso tú? Tú que has sido elegida, que posees el talento de la curación, esa bendición de los dioses.
—Incluso yo. Por fortuna, en el Templo de Tirsar, encontré el apoyo y la ayuda que necesitaba para aprender a utilizar el Don y desarrollarlo. Pero aun así, yo también dudo sobre mí misma, sobre si conseguiré o no sanar la próxima herida o enfermedad a la que me enfrente. Es una batalla que cada vez ha de librarse. En ocasiones saldremos vencedores, en otras derrotados, pero no debemos dudar sino aprender y seguir luchando.
El Sargento apareció de entre las sombras de la noche y quitándose el yelmo se sentó junto al príncipe, dejándose caer pesadamente sobre el suelo.
—¡Por los huevos de Vangor! Hoy sí que ha sido un día para olvidar. Hemos tenido un verdadero infierno de día —susurró agriado.
—Lo ha sido, sí —asintió el príncipe bajando la cabeza.
—Hemos perdido buenos soldados hoy. Valientes jóvenes de Rogdon. Esperemos que sus vidas no se hayan perdido en vano.
—Lo sé, estamos en una misión muy arriesgada, pero es de vital importante para el reino —justificó el príncipe.
—No es necesaria ninguna explicación, Alteza. Órdenes son órdenes. No se cuestionan, se cumplen.
—Sólo quería asegurarte que esas vidas no han sido desperdiciadas inútilmente. Esos valientes Lanceros han muerto sirviendo a su reino y salvarán muchas otras vidas en el futuro cercano.
—Sé que no sois ningún frívolo heredero al trono que menosprecia el valor de la vida de sus súbditos. Tenemos una misión que cumplir y la llevaremos a cabo. Llegaremos a la cima de la montaña tal y como ordenasteis. Lo que no sé es qué esperáis encontrar allí arriba. Sólo hay nieve, rocas y algunas cuevas donde los Usik entierran a sus muertos, o eso es al menos lo que tengo entendido. Tampoco conozco mucho de las costumbres de estos salvajes verduscos.
—Comprendo tu escepticismo, Mortuc, pero debemos encontrar al gran Mago Haradin y lo último que sabemos es que se dirigió a esas cuevas en busca de una antigua reliquia de poder. Debemos encontrarlo y llevarlo de vuelta a la capital, y así lo haremos. Estoy convencido.
El Sargento se quitó los guanteletes y los tiró a sus pies.
—Puede que lo hayan capturado los Usik, o más probablemente que lo hayan matado. Como habéis comprobado, a estos cabrones no les gustan los extranjeros en sus dominios.
—No lo creo. Es un Mago de un gran poder. Puede pasar completamente inadvertido allí por donde camina. Debe de estar en alguna de las cuevas de la cima. Quizás atrapado o herido. Pero no creo que lo hayan capturado los Usik —dijo Gerart negando con la cabeza.
—Bien, esperemos que siga con vida. Buscaremos rastros de su presencia en las cuevas según ascendamos. Pero sigo pensando que lo más probable es que lo hayan capturado y matado estos salvajes de piel de eucalipto —afirmó el Sargento rascándose su frondosa y negra barba.
—Hay varias leyendas locales que hablan de espíritus y muertos que no descansan que habitan las profundidades de esas cuevas. Ni siquiera los propios Usik se atreven a entrar en las cuevas más altas —explicó Aliana.
—Eso no suena nada atrayente. No me importa luchar contra los vivos pero los espíritus… es otra cosa muy distinta —replicó el Sargento realizando el gesto protector de la Luz con la mano.
—No son más que mitos de un pueblo de bárbaros —dijo Gerart restándole importancia.
—Toda leyenda nace de una realidad, puede que haya algo de cierto en los escritos que encontramos en el Templo de Tirsar —comentó Aliana.
—¿Aparte de espíritus y muertos vivientes encontrasteis alguna otra información relevante? —preguntó el Sargento mirando a ambos jóvenes, expectante, su mirada penetrante.
—Encontramos un escrito muy antiguo, de gran interés, junto a otros de leyendas Usik en el cual se describía un extraño Objeto de Poder. Según el relato, Ustas, un jefe Usik Negro de gran influencia en el pasado lejano de la tribu, perdió a su hijo primogénito en una batalla contra extranjeros del sur. Según narra el escrito, tal fue su dolor y desesperación por la pérdida, que ordenó le fuera dado el mayor de los funerales. Proclamó que sería enterrado en la cueva sagrada más alta de la Montaña de los Antepasados. Deseaba brindarle el mayor honor posible, para que viajara a lomos de las grandes águilas al reino de los espíritus de ojos dorados. El jefe subió a la cueva más alta del Pico de Las Águilas, desoyendo las advertencias y negativas de sus brujos y curanderos, consumido por el dolor y la tristeza. Hizo caso omiso de las leyendas que le advertían del peligro de subir a lo alto de la montaña sagrada y molestar el descanso eterno de sus antepasados sagrados. Cegado por el dolor, ignoró advertencias y consecuencias. Mientras preparaba el funeral en el interior de la cueva, un sonido extraño lo perturbó y al girarse se encontró frente a frente con uno de sus antepasados sagrados. El espíritu tenía ojos dorados, demoníacos, y portaba una joya enorme en su mano que emitía una potente luz de tonalidad marrón. Asustado, Ustas se arrojó al suelo pidiendo perdón, por haber molestado el descanso eterno del espíritu sagrado, suplicando con aspavientos y reverencias, en un intento por aplacar su ira y salvar la vida. El espíritu lo contempló unos instantes y volvió a desaparecer en la negrura de la cueva sin emitir un solo sonido. Ustas, sobrecogido por el encuentro, abandonó de inmediato la cueva, llevándose a su hijo consigo. Finalmente, lo enterró en las cuevas inferiores, lejos del espíritu, temeroso de incitar la ira de aquel ser sagrado.
El Sargento parpadeo con fuerza.
—Interesante y preocupante historia. No me deja el cuerpo nada tranquilo —dijo sin disimular en absoluto su malestar.
—No es más que una leyenda, no hay espíritus ni espectros de ojos amarillos allí arriba —aseguró Gerart.
—Puede que no, pero desde luego algo hay, y será mejor que estemos preparados para afrontarlo. Tengamos en cuenta que de los Usik muy poco es sabido, prácticamente nada. Nadie conoce sus costumbres, religión o ni siquiera donde están ubicadas sus aldeas dentro de los gigantescos bosques. Son un misterio, y matan a aquellos que intentan descubrir sus secretos. El hecho de que tal leyenda haya trascendido es, en mi opinión, muy significativo —estableció Aliana.
—¿Por qué creéis que Haradin se encuentra ahí arriba, en esa cueva en particular, me refiero? —indagó el Sargento.
—Haradin buscaba un Objeto de Poder, esto lo sabemos ya que se lo mencionó a mi padre, el Rey Solin, antes de partir hacia el Templo de Tirsar a consultar la biblioteca —explicó Gerart.
—¿La joya de potente luz marrón del espíritu? —aventuró el Sargento como leyendo los pensamientos de Gerart.
—Eso es lo que creemos… —confirmó Aliana—, además junto al antiguo pergamino de la leyenda encontramos una nota de Haradin escrita de su puño y letra.
Aliana sacó la nota de la pequeña bolsa de cuero que llevaba atada al cinturón y se la entrego al Sargento.
Mortuc se acercó la nota a los ojos y leyó:
El segundo de los templos perdidos de los Ilenios.
El gran Templo de Tierra.
En la cima de la Montaña de los Antepasados, en territorio Usik.
El poder del elemento Tierra yace enterrado
—Encontraremos ese Templo de Tierra ¡no lo dudéis! —aseguró el Sargento—. ¡Por las barbas de Sostas el Mezquino que lo encontraremos!