Territorio hostil

 

 

 

Lomar se acercó a su caballo alazán, se quitó el guantelete y le acarició el hocico suavemente. El bellísimo animal de 17 palmos de altura respondió dócilmente a la tierna caricia sacudiendo la cabeza y su larga crin. Lomar le pasó la mano por el aterciopelado lomo. Para la expedición a tierras del este, le habían proporcionado un magnifico animal, uno de los mejores del Establo Real. La Guardia Real de Rogdon tenía a su disposición los mejores caballos del reino y aquel magnífico ejemplar era, sin duda alguna, uno de ellos. Su cuidada crin rojiza brillaba con pureza y se apreciaba el mimo y esmero con el que los cuidadores reales trataban a aquel animal. Era saber popular que Rogdon poseía los mejores caballos del continente y los ejemplares más bellos se encontraban en los establos reales.

Miró a su derecha y contempló como Kendas, su amigo y compañero en el regimiento de Lanceros Reales, un novato como él, repasaba cuidadosamente su equipamiento antes de subir a su montura: un precioso tordo de 16 palmos con mirada vivaz. Su amigo ató en una coleta su largo y liso pelo rubio, como siempre acostumbraba a hacer antes de salir a cabalgar, e inspeccionó su capa detenidamente con sus pálidos ojos azules, como buscando alguna mancha o desgarro.

Cincuenta Lanceros formaban, dentro de la gran fortaleza real de Rilentor, en fila de a dos, una alargada columna frente a los establos. Finalizaban los preparativos, comprobando sus monturas y equipamiento esperando la orden del Sargento Mayor Mortuc para montar y emprender el largo viaje que les aguardaba.

—Buen día para cabalgar —comentó animado Lomar mirando al cielo, donde el sol brillaba ya con fuerza.

—Ya lo creo, Lomar. Un poco de ejercicio no nos vendrá nada mal. Llevamos varios meses realizando prácticas de formación y combate y la verdad, cambiar un poco de aires, algo diferente en lo que centrarse, se agradecerá seguro —reconoció Kendas.

—Sí, yo también estoy contento de que hayamos sido seleccionados para esta expedición. Ya sabes que me encanta poder salir de la ciudad y cabalgar por las tierras de Tremia, sobre todo por las que todavía no conozco. Nada como experimentar nuevos parajes y culturas —comentó ilusionado Lomar.

—Lo único que me preocupa es que nos dirigimos al noreste por el Paso de la Media Luna y, más al este, podemos encontrar dificultades en los grandes bosques una vez entremos en territorio hostil. Las tribus salvajes de esa zona no son para nada amistosas y podríamos tener serios problemas. He oído historias realmente aterradoras de lo que esos salvajes, los Usik, hacen a los extranjeros que capturan. Historias que no te creerías, Lomar…

—No deberías escuchar las historias que cuentan los veteranos, les encanta tomar el pelo a los novatos como nosotros. No te creas la mitad de lo que te cuenten, sólo se están riendo a tu costa —le aconsejó a su amigo—. De todas formas, dudo mucho que nos ataquen. Acostumbran a asaltar a grupos pequeños y poco protegidos que se extravían en esos bosques. Sus acciones son esporádicas y sin organización. No se atreverían a atacar una columna de Lanceros Reales de Rogdon. Además, estoy seguro que tú podrías acabar con todos ellos sin derramar apenas unas pocas gotas de sudor, saldrían todos corriendo, aterrados por el olor a cerdo de granja con el que viniste al regimiento desde tu pueblo y que aún hoy irradias —se mofó Lomar soltando una risotada.

—Muy gracioso... La verdad es que si todos son tan malos luchadores como tú no me costará el más mínimo esfuerzo abrirme paso hasta su líder y derrotarlo. Hasta mi pobre abuela te vencería en combate cazuela en mano —replicó Kendas riendo a carcajadas.

—Eso habría que verlo, mi defensa con sartén es de lo más veloz jamás visto y conozco la técnica de tu abuela a la perfección —le respondió Lomar riendo.

Una atronadora voz bramó a sus espaldas:

—¡Vaya par de soldaditos de pacotilla estáis hechos vosotros dos! ¡Todavía no me explico cómo conseguisteis entrar en el prestigioso cuerpo de Lanceros Reales! Aquel día los instructores debieron de sufrir de locura temporal debido a la exposición prolongada al fuerte sol o estaban borrachos como cubas, una de dos. Con soldados como vosotros pronto toda la gloria de este insigne y prestigioso regimiento desaparecerá para caer en el más absoluto olvido. Más de 200 años de ilustre y notable historia del mejor regimiento de caballería sobre el continente desaparecerá como barrido por el silencioso viento del olvido. Ya pronto me enviarán rameras de los muelles para que les enseñe a montar. ¡Jajaja! ¡A eso llamo yo una auténtica paradoja! —profirió el Sargento Mayor Mortuc situándose junto a los dos novatos.

Lomar y Kendas agacharon la cabeza ante el súbito arrebato.

—¡Terminad de preparaos, partimos en un momento! —ladró a todo el destacamento.

—¡Sí, señor! —contestaron al unísono los dos novatos al fornido Mortuc al tiempo que se cuadraban y saludaban puño en pecho a su Sargento Mayor.

—Cada vez son más flojos estos jóvenes que me envían, parece mentira la poca sangre que corre por las venas de los jóvenes de hoy. Más que hijos de una honrada Rogdana parecéis los hijos bastardos de una puta Norghana. ¿O es que sois hijos de un enclenque cortesano Noceano? Desde luego, con tan pocos bemoles este reino se va derecho al infierno, de cabeza; ¿Qué voy a hacer con soldados con tan pocas entrañas? ¡Pero si me los envían sin huevos! ¿No seréis Eunucos, verdad? —continuó despotricando a viva voz para que todos pudieran oírlo al tiempo que recorría toda la columna hasta llegar a la cabeza.

El Sargento se acercó a Relámpago: su impresionante pura sangre albino de 18 palmos de altura, grupa alta y extremidades fuertes y robustas, criado para la batalla. Era por todos sabido que el Sargento quería más a aquel formidable ejemplar que a cualquier otro ser viviente sobre la faz de la tierra. Nadie osaba acercarse al espléndido animal, que era de una altura colosal, por miedo a molestar u ofender al Sargento. Sólo el Maestro de las Caballerizas tenía permiso para cuidarlo y atenderlo.

Lomar jamás había conocido a nadie como el Sargento Mortuc. Era una autentica fuerza de la naturaleza, un ciclón, un huracán en eterno movimiento arrasándolo todo a su paso, sin un momento de descanso, ni de paz. El Sargento Mayor era de baja estatura pero ancho y fuerte como un buey, lo cual resultaba especialmente chocante cuando se acercaba a su colosal montura. Daba la impresión que había elegido el caballo más grande del reino para suplir así su corta estatura.

«Quizás haya sido así, no me extrañaría en absoluto» razonó Lomar.

Lo que le faltaba de altura le sobraba por diez en carácter y personalidad. Una personalidad muy especial, mezcla de agrio anciano e irascible soldado veterano. Todo el mundo lo conocía y respetaba, desde el último soldado de la fortaleza real a Condes y Generales del reino. Llevaba muchos años a las órdenes del Rey, y éste le profería un trato especial de amistad. Respetaba y apreciaba al cascarrabias soldado con el que había luchado en muchas campañas. La razón por la cual nunca había promocionado de Sargento era, según él mismo explicaba, que simplemente se negaba, ya que la que ostentaba era la posición que él quería ejercer dentro del ejército. No deseaba convertirse en un pomposo oficial, le gustaba ser Sargento y vapulear todos los días a los pobres soldados bajo su mando. Como él mismo aullaba, le encantaba formar y modelar a los jóvenes reclutas en sus primeros años de servicio y mantener afilados a los veteranos.

Lomar lo estaba sufriendo es sus propias carnes.

Nadie conocía su edad con certeza, pero como él mismo solía decir, llevaba varias vidas en el regimiento de Lanceros Reales. Debía de andar cerca de los 50 en opinión de Kendas, aunque siempre les hablaba como si tuviera 101. Por otro lado, Lomar lo había visto combatir en un par de ocasiones y era tan rápido y ágil como el más joven de los soldados novatos, lo cual sorprendía sobremanera. Su fortaleza física por otro lado era legendaria en el reino. Era capaz de proyectar la lanza más lejos y más certeramente que nadie en el regimiento. Combatiendo con espada o maza era capaz de destrozar escudos de cometa de puro metal quebrando los brazos que los sujetaban. Era capaz de atravesar armaduras de coraza pesada con una estocada de espada, algo que contados hombres eran capaces de lograr. Su imponente constitución física le proporcionaba una fuerza descomunal que combinada con años de entrenamiento lo convertían en un adversario realmente formidable.

Los veteranos del regimiento afirmaban haber presenciado cómo el Sargento destrozaba una armadura pesada de placas completa: la armadura pesada más dura existente y que sólo los caballeros y la nobleza empleaban por su elevado coste. Ocurrió en un torneo de exhibición, donde un engreído Conde pensó que su alcurnia y extremadamente valiosa armadura pesada, forjada por los mejores artesanos de Rogdon, podrían con el plebeyo cascarrabias. Cometió el craso error de insultar al Sargento y éste, en su habitual cota de malla ligera y coraza en el pecho, destrozó la armadura pesada del Conde a mazazos. El pomposo noble permaneció varios meses postrado a consecuencia de la paliza.

Pero el rasgo principal, la particularidad más determinante que caracterizaba a aquel pequeño gran hombre era su inmenso carácter y sus interminables arengas. Todos y cada uno de los componentes del regimiento habían disfrutado en silencio de cientos de las amistosas charlas del Sargento así como de sus lecciones corporales, como él las llamaba, refiriéndose al duro entrenamiento físico al que constantemente sometía a todos sus hombres.

—Hoy el Sargento está de buen humor, tenemos suerte —dijo Kendas, sonriendo y guiñando un ojo a su amigo.

—Menos mal, casi prefiero sus sermones a las historias de tu pueblo y sus singulares habitantes, realmente no puedo decidirme entre cual de los dos es una mayor tortura para los oídos —espetó Lomar a su amigo a sabiendas que su humilde origen era un tema con el que provocarlo con facilidad.

El guantelete de Kendas voló por el aire y golpeó a Lomar en el costado del yelmo que protegía su cabeza. Al recibir el golpe, cerró los ojos de forma involuntaria y al abrirlos vio la maliciosa sonrisa de su compañero de armas.

Recogiendo el guantelete del suelo se lo lanzó de vuelta a Kendas, que lo agarró al vuelo.

Un estruendo estalló al inicio de la columna:

—¡Cuando estén ustedes listas, señoritas de compañía, comenzaremos la marcha!

Inmediatamente, todos los hombres dieron por finalizada la revisión de sus monturas y equipos y se prepararon para comenzar el trayecto.

—¡Mon… ten! —se escuchó desde el inicio de la columna.

Los cincuenta Lanceros Reales montaron sus caballos al unísono, realizando el mismo movimiento entrenado un millar de veces.

—¡En marcha! —ordenó el Sargento. La columna comenzó a avanzar por el patio de la fortaleza en dirección a las grandes puertas y el puente levadizo que daba paso a las bulliciosas avenidas de la capital del reino.

 

 

 

Después de algo más de un día de marcha en dirección sur, la columna abandonó los bosques para alcanzar los verdes llanos característicos del sur del reino. Ante la sorpresa de los Lanceros el Sargento ordenó que se detuvieran, sin motivo aparente. Únicamente un pequeño riachuelo que surcaba la planicie procedente de un bosque de hayas al norte rompía la tranquilidad del paraje. Aun así, el Sargento estableció la guardia de perímetro, como era su costumbre. Situó el campamento y, posteriormente, destinó a tres jinetes a vigilar al norte, al sur y al este.

—¡Centinelas alerta! —rugió—. Estoy seguro que, debido a la incapacidad para estar alerta que os caracteriza, hasta una horda de salvajes Masig de las estepas llegaría hasta nuestro campamento gritando sus cánticos de guerra sin que os enterarais. ¡Antes de que reaccionarais estarían bailando sobre vuestros degollados cadáveres! —tronó el Sargento Mayor.

Negando con el gesto y refunfuñando entre dientes se alejó unos pasos, se dio la vuelta y mirando a sus hombres les dijo:

—Abrevad a los caballos y estar preparados para reanudar la marcha en breve, no nos demoraremos mucho.

Lomar se acercó a Kendas y lo saludó con una palmada en el hombro.

—¿Qué crees que hacemos aquí?

—Me imagino que es una parada para recoger algo o a alguien y continuar camino. El Sargento nos comunicó que nos dirigiríamos al Paso de la Media Luna por lo que en breve deberíamos dirigirnos hacia el noreste —aventuró Kendas.

—Es algo extraño que nos detengamos en este lugar. Nada hay aquí más que verde pasto para el ganado.

—Extraño, sí, algo me dice que ésta no es una expedición de reconocimiento normal y corriente, tal y como el Sargento nos ha contado. Aquí está ocurriendo algo más que no conocemos, algo que están manteniendo en secreto —apuntó Kendas mirando a lo lejos.

—Entonces tendremos que averiguar qué se esconde detrás de esta expedición. Nada como un buen misterio para despertar mi interés y agudizar mis instintos —respondió Lomar sonriendo.

—¡Uy! tú y tus instintos, ¡buenos estamos! ¡El sabueso de Rilentor! Pero si eres incapaz de seguir la pista a una mofeta coja y apestosa por un campo sembrado y sin matorrales. ¿Qué será de nosotros contigo investigando misterio alguno? —le respondió Kendas lleno de sarcasmo e intentando mantener el semblante serio.

—Es verdad que nosotros, los nacidos en la capital, no disponemos de las grandes dotes de rastreador que vosotros los campesinos criados entre cerdos y ovejas, disfrutáis. Tampoco somos agraciados con la fortaleza obtenida entrenando en la persecución de gallinas por los corrales, de la que vosotros tanto aprendéis —replicó el capitalino.

—Todavía he de toparme con alguien de la metrópoli con la más nimia destreza en materia alguna, que sea de la más mínima utilidad en la vida real. Especialmente uno como tú, que ha debido de criarse en algún barrio rico de la urbe entre algodones y sedas ya que desde que te conozco sigo sin encontrar el más mínimo atisbo de una habilidad aprovechable en ti —le contestó el joven criado en el campo.

Lomar, que se había quitado los guanteletes para abrevar a su caballo trató de golpear a Kendas en el hombro, pero éste se movió y el puño golpeó la coraza del granjero a la altura del pecho. Lomar retiró el puño rápidamente en medio de un intenso dolor mientras Kendas, riendo a carcajadas se dirigió hacia el árbol donde había depositado su lanza, su escudo azul y plata y su yelmo.

La verdad era que si bien se habían criado en dos entornos muy diferentes, prácticamente opuestos, como eran el campo y la gran ciudad, en el fondo, los dos eran muy semejantes, y Lomar lo sabía. Les guiaba el mismo deseo de convertirse en soldados y servir al reino, y desde muy jóvenes era lo que siempre habían deseado ser. Los dos ansiaban una carrera en el ejército, la oportunidad de luchar y vencer por su Rey y por su patria. Buscaban el honor, la gloria y la fama que se lograban en la guerra, en la batalla, venciendo a los enemigos del reino.

Perseguían la gloria, por Rogdon.

Los dos eran muy buenos luchadores y excepcionales jinetes, hecho por el que habían sido seleccionados para el cuerpo de Lanceros. Por su destacada actuación dentro del regimiento habían sido promovidos a la élite del ejército de Rogdon: a los Lanceros Reales. Un honor que muchos perseguían y muy pocos lograban. El cuerpo de Lanceros Reales estaba compuesto por 4000 guerreros elegidos concienzudamente por sus sobresalientes aptitudes físicas y mentales.

Habían sufrido un durísimo proceso de selección, con interminables y terribles pruebas físicas que el Sargento Mayor Mortuc había supervisado personalmente para asegurar que sólo los mejores soldados lo superaran con éxito. Durante seis interminables meses 300 de los candidatos habían convivido en el campo de entrenamiento de Iltor: un fuerte de madera y piedra situado al sur de la capital en el centro de un inmenso y espeso bosque. El lugar era de renombrada notoriedad dentro del ejército por la dureza del entrenamiento allí impartido. Las pruebas a las que fueron sometidos por el Sargento en aquel bosque, fuera del alcance de ojos amigos, en medio de aquella atmósfera de soledad e inmenso aislamiento, fueron espantosas. Les marcarían para el resto de sus días.

Fueron seis meses de auténtico infierno en la tierra, después del cual solo 65 de los 300 valientes soldados que comenzaron el periodo de prueba, consiguieron finalizarlo. Los dos amigos lo habían logrado. Su deseo de vencer, su deseo de alcanzar la élite, la gloria, les había hecho triunfar donde otros muchos habían fracasado. Lo lograron, superaron todos los obstáculos, todas las penurias y durezas, y alcanzaron el sueño de su niñez: convertirse en Lanceros Reales, los mejores y más admirados guerreros del reino. Pero algo más, una afinidad intangible, les había convertido en grandes amigos. El sufrimiento vivido a lo largo de todo aquel camino había creado un vinculo entre ellos que permanecería de por vida.

Lomar apreció movimiento al oeste. Se llevó la mano sobre los ojos apartando su cabello moreno y protegiendo sus pardos ojos del sol que le impedía ver con claridad. Una columna compuesta por doce jinetes abandonaba el bosque y se dirigía hacia el campamento. A la cabeza de la comitiva destacaba un jinete con una brillante armadura completa de placas en radiante plata y azul con repujado de oro en hombros y pecho. Llevaba un yelmo puntiagudo con un visor que le cubría por completo la cara. Por la excelente montura que portaba y la espléndida armadura, Lomar dedujo que se trataba de alguien de la nobleza, quizás de la corte, un Conde o un alto oficial de buena alcurnia. La armadura pesada no se usaba en el cuerpo de Lanceros ya que su elevado peso fatigaba en exceso a los animales y los jinetes perdían excesiva movilidad. Por ello, el regimiento de Lanceros usaba coraza sobre cota de malla simple que había sido aligerada. Las pesadas botas de la armadura también habían sido sustituidas por botas altas de montar de cuero reforzado con láminas de acero, menos pesadas y más flexibles. Las caderas y muslos las llevaban protegidas por láminas aligeradas.

Aquel jinete en armadura pesada no era un Lancero.

Tras él trotaban once jinetes portando petos grises y plateados con sus braceros y perneras a juego. Toda la comitiva llevaba yelmos redondeados con crestas de finísimas plumas blancas. En los costados de los caballos, junto a las alforjas, descansaban sus arcos de guerra.

Al acercarse la comitiva, Lomar quedó completamente estupefacto ya que se percató de que aquellos jinetes parecían ser mujeres.

—Extraña composición la de ese grupo —le dijo a Kendas mientras señalaba a la hilera de jinetes que se aproximaba al trote.

—Ya lo creo, amigo, y se dirigen hacia aquí. Eso explica el porqué de nuestra parada en este lugar, vienen a unirse a nosotros.

—Genial, un misterio más que descifrar —comento Lomar con una sonrisa frotándose las manos.

Kendas lo miró y entornó los ojos.

 

 

 

El largo viaje a través del reino hasta llegar al paso fronterizo de la Media Luna había durado más de dos semanas. Dos semanas a ritmo vivo en las que la columna de a dos de Lanceros no había sufrido ningún tipo de incidente atravesando las fértiles tierras del reino. Al llegar, como era reglamentario, se presentaron en la impresionante fortaleza que guardaba el paso. Sus murallas eran de una imponente altura de más de 20 varas y con una longitud de 300 pasos. La frontera se encontraba cerrada debido a la tensa situación política y se extremaban las precauciones. El paso, un largo desfiladero entre dos cordilleras montañosas, era el único transitable para un ejército desde el noreste hacia el reino. Al final del desfiladero la Gran Fortaleza de la Media Luna ejercía de inmensa presa, controlando el flujo de forasteros o ejércitos enemigos.

El Sargento Mortuc desapareció en el interior de la gran fortaleza para hablar con el comandante de la guarnición. Al salir señaló a la columna que se reanudara la marcha.

Cruzaron el alargado paso y abandonaron Rogdon. Salieron del territorio del reino y comenzaron su andadura hacia el este. Poco a poco se iban adentrando, cada vez más, en territorio hostil; territorio que controlaban las tribus autóctonas.

Mortuc, en su gran caballo albino, indicó a cuatro de sus hombres que se adelantaran media hora a la columna como avanzadilla. Al curtido y experimentado Sargento no le gustaban las sorpresas y era un hombre muy precavido. De igual manera, llamó a otros ocho jinetes y les indicó que se dividieran para vigilar al este y oeste de la columna. Por último, envió a dos veteranos a cerrar la retaguardia.

Espoleando al imponente Relámpago, Mortuc se colocó a la altura del jinete de la radiante armadura al que seguían la docena de mujeres guerreras.

Lomar y Kendas cabalgaban justo delante del grupo. Al ver al Sargento acercarse, Lomar estiró el cuello atento a cualquier palabra, quería descifrar aquel misterio, la curiosidad lo carcomía. Se preparó para escuchar la conversación entre los dos jinetes, atento a sus voces, que le llegaban como un leve susurro portado por el viento. Trataría de hilar todo lo que su oído osara captar.

—Nos adentramos en territorio hostil. Debemos permanecer alerta, señor —indicó el veterano Sargento al caballero en voz baja.

—¿Esperas dificultades, Mortuc? —inquirió el caballero en pesada armadura.

—En estas llanuras no corremos peligro, mi señor. Son planicies habitadas por tribus nómadas, pacificas en su mayoría, no nos molestarán si somos respetuosos. Pero más adelante nos esperan los interminables bosques y allí, si nos adentrarnos en ellos, con toda seguridad seremos atacados por las tribus Usik que los habitan. Como bien sabéis atacan a los extranjeros que osan transitar sus dominios y son realmente feroces. Entrar en su territorio no es una buena idea. ¿Estáis seguros de que es allí donde debemos dirigirnos? ¿No podríamos dar un rodeo por el sur bordeando los inhóspitos e inmensos bosques? —ofreció el experto soldado.

—Desafortunadamente nos dirigimos al Pico de las Águilas, en la cadena montañosa que se extiende en el corazón del territorio Usik.

El Sargento suspiró profundamente.

—Ese es territorio de los Usik Rojos, una de las tribus más violentas. Los Usik consideran esas montañas sagradas, no creo equivocarme al decir que es donde entierran a sus muertos o eso tengo entendido. Tendremos serias dificultades si nos encuentran en ellas. Además, el acceso a la montaña no es posible desde la parte sur del bosque, tendremos que penetrar en su territorio, algo al norte, y dirigirnos en diagonal hacia el sur hasta encontrar el comienzo del ascenso a las montañas. Muy arriesgado, señor… extremadamente arriesgado, incluso para una pequeña columna como la nuestra. Si somos descubiertos tenemos muy pocas posibilidades de salir vivos de esos bosques… —advirtió el Sargento Mayor mirando fijamente al caballero.

Lomar, que observaba la escena a su espalda disimuladamente, sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda. Miró a Kendas a su derecha y éste le hizo una mueca de espanto con los ojos.

—Comprendo el peligro que la misión conlleva pero es de vital importancia que consigamos llegar Al Pico de las Águilas —prosiguió el caballero en reluciente armadura.

—¿Cuál es el objetivo final de la incursión, señor, si se me permite preguntarlo? —inquirió Mortuc.

El caballero buscó con la mirada a una amazona que cabalgaba junto a él. La mujer, de excepcional belleza, asintió como dando su conformidad de que era el momento de revelar el porqué de aquella peligrosa misión.

—Buscamos al gran Mago Haradin. Creemos que se encuentra en el Pico de las Águilas y que necesita de ayuda. Es de vital importancia encontrarle y llevarlo de vuelta a la capital ya que la guerra podría estallar de forma inminente y su asistencia nos es completamente esencial —explicó el caballero sin tapujos.

—Ummm… comprendo, señor. Conozco al Mago desde hace mucho tiempo, lo considero un amigo y lo aprecio —afirmó Mortuc—, sé que está desaparecido, los rumores vuelan en Rilentor. ¿Qué certeza tenemos de que se encuentra allí?

—Certeza ninguna, pero disponemos de indicios que así lo indican.

—En ese caso, la realidad es que no sabemos si se encuentra allí o no, ni si está con vida. Corremos un gran riesgo sin tener certidumbres. Arriesgamos las vidas de todos estos buenos soldados.

—Soy consciente del riesgo que la misión entraña. Pero hemos encontrado indicios significativos de que se encuentra en esas montañas. Es una misión arriesgada pero necesaria, Sargento Mayor, la guerra con el Imperio Noceano está a punto de estallar. Se ha hecho llamar a Mirkos el Erudito, el otro gran Mago del reino para que se dirija con urgencia a la capital. Es imprescindible encontrar a Haradin, Mirkos solo no podrá con los Hechiceros enemigos, le superarán. La situación es crítica, Mortuc. En gran medida, el futuro de nuestro reino depende de que encontremos a Haradin con vida. Depende de que esta misión finalice con éxito —explicó el caballero.

—¡Maldita, maldita sea! No estaba al corriente de que la situación política fuera tan crítica. ¡Por los cojones de Ulkor el Cornudo! —maldijo el Sargento.

—Lo es, Sargento, y por ello debemos correr el riesgo.

—Tendremos que intentar entrar y salir sigilosamente y con mucha celeridad. Si somos descubiertos en los espesos bosques tendremos muchas y graves dificultades, en eso podéis apostar vuestra vida —aseguró el Sargento.

—Por eso vamos con sólo un destacamento. Si lleváramos un regimiento entero seríamos avistados antes de poner un pie en los bosques.

—Esperemos no ser descubiertos, entrar y salir sigilosamente, de otra forma lo pasaremos mal, muy mal —pronosticó el Sargento.

Espoleando a Relámpago se dirigió a la cabeza de la columna.

Lomar, al oír aquello, tragó saliva. Miró a Kendas y éste negó con la cabeza, apesadumbrado.

 

 

 

Cabalgaron alerta durante dos semanas y media de forma consecutiva, descansando únicamente lo necesario para no forzar a los animales más de lo que pudieran soportar. Finalmente, acamparon en una hondonada junto a un cristalino arroyo que surcaba las estepas. La barrera natural que marcaba el comienzo de los gigantescos bosques se alzaba ante sus ojos, orgullosa en la distancia.

Lomar había conseguido descifrar ya gran parte del misterio en el que se encontraban envueltos. Sabía quién era el hombre en la brillante y lujosa armadura. Aunque durante el día el caballero que acompañaba a las amazonas llevaba aquel yelmo con visor cerrado para no desvelar su identidad o probablemente para ocultarse de los espías Noceanos, durante la noche cuando acampaban, se lo quitaba. Aunque ocultaba el rostro bajo una capucha, Lomar y Kendas, trabajando a turnos y con mucha discreción, habían conseguido reconocerlo y descifrar el misterio del elegante caballero. La sorpresa que los dos novatos se habían llevado había sido mayúscula.

¡Era nada más y nada menos que el mismísimo príncipe Gerart!

¡El heredero a la corona de Rogdon!

Y aquel no había sido su único hallazgo. Una de las noches mientras acampaban, Lomar, realizando la batida de guardia, pudo ver entre las cortinas de una de las tiendas de los soldados, cómo una de las amazonas imponía sus manos a un compañero herido. Lomar, atónito ante lo que estaba contemplando, comprendió entonces que aquella mujer era en realidad una Sanadora del Templo de Tirsar. Tras haber presenciado aquella curación estaba claro que aquella mujer poseía el Don de sanar. Por lo tanto, y viendo cómo las otras amazonas se comportaban con ella, mostrando un respeto bien marcado, dedujo que debían de ser Hermanas Protectoras que la acompañaban: su escolta.

Tras el descubrimiento, había estado observando con detenimiento a las Hermanas Protectoras, intrigado. Su curiosidad por aquellas mujeres se había acrecentado a lo largo del transcurso de la expedición. Por una de ellas en particular. Una joven de larga y salvaje melena azabache y ojos verdes esmeralda que quitaban la respiración.

Jasmin había oído que la llamaban sus compañeras de la Orden. Su belleza y la destreza con la que manejaba el arco lo habían impresionado. Deseaba conocerla, si bien la situación no parecía propicia. Pero Lomar no se daba por vencido y su curiosidad lo impulsaba a investigar, a conocer. Oteó el campamento en busca de la bella guerrera y la encontró encordando su arco, algo apartada del resto de sus hermanas, lo cual no sucedía habitualmente.

Lomar decidió que debía aprovechar aquella oportunidad y armándose de coraje se acercó sigilosamente por la espalda a la Hermana Protectora.

—¿Nuevamente espiando, Lancero? —dijo ella girando la cabeza y mirando a Lomar con sus intensos ojos esmeralda.

Lomar se quedó petrificado a dos pasos, sin saber qué hacer o decir.

—¿Espiando? ¿Quién? ¿Yo? Noooo… no me atrevería… ¿Cómo podéis pensar tal cosa de mí…?

—¡Ja! —exclamó ella con una sonrisa—. Ni siendo cazado en el acto eres capaz de confesarlo, te defiendes como gato panza arriba, esa es toda una virtud.

—Me habéis malinterpretado, sin duda…

—Deja el cuento, soldado, te he visto espiarnos cada noche desde que nos unimos a la expedición. No nos quitas el ojo de encima. ¿Tan fascinantes te parecemos?

—Pues he de confesar que… sí. Sois verdaderamente misteriosas.

—¿Misteriosas? ¡Ja! eres divertido, Lancero, somos Hermanas de la Orden de Tirsar, ni más ni menos, no hay ningún misterio en ello.

—Ummm... no me atrevería jamás a llevaros la contraría, pero permitidme aseguraros que para este humilde Lancero sí que representáis un misterio.

—Puedes dejar de lado las galanterías de la capital, Lancero. Conmigo de nada te servirán, yo no soy una simplona rica de ciudad a la que tus artimañas de hidalgo puedan engatusar.

—Veo que sois una mujer que expresa abiertamente lo que piensa, esa sí que es una gran virtud donde las haya.

—Será mejor que me tutees, soldado, yo no soy de noble estirpe, no soy más que un simple soldado al igual que lo eres tú.

—Si así lo deseáis, señorita, así será —dijo Lomar y aprovechó para situarse frente a ella.

—Bien, ¿y qué es lo que quieres, soldado? Como ves estoy ocupada atendiendo mis armas.

—Podemos empezar con una presentación si te parece bien, me llamo Lomar ¿y tú eres?

—Bien lo sabes ya, con todo lo que nos has espiado deberías saber hasta el color de los ojos de mi tío. Jasmin me llamo.

—Encantado de conocerte, Jasmin —dijo Lomar ignorando el comentario y presentando su mano con una amplia sonrisa.

Jasmin la estrechó a la usanza de los guerreros, sujetando su antebrazo.

Al contacto de sus brazos y sintiendo la cercanía del cuerpo de la bella morena, Lomar sintió un extraño nerviosismo invadirle, una excitación que le nacía en el estómago y se expandía rampante por su cuerpo, algo a lo que no estaba acostumbrado y que lo sobresaltó.

—Y bien, ¿qué es lo que quieres, Lancero? Sé breve, tengo mucho que hacer y perder el tiempo con un hombre es lo peor que una Hermana puede hacer.

Lomar se dio cuenta de que necesitaba de algún tema de conversación que rompiera la gélida barrera que la joven había erigido entre ellos. Improvisó:

—Buen arco, de tejo, excelente calidad, debe de tener un alcance de más de 300 pasos…

—Un Lancero que entiende de arcos, esto si que es una novedad. Siempre había creído que los Lanceros Reales solo entendían de caballos, lanzas y pelanduscas.

—Este Lancero en particular entiende de algún tema más.

—¿De cortesanas y mujeres de vida alegre?

—Me tomas por otro, sin duda.

—Lo dudo, cierto es que todos los Lanceros Reales son iguales.

—¿Noto cierto resquemor hacia los Lanceros, o es mi imaginación? ¿Qué hemos podido hacer para ofender a tan bella dama?

—¡Ahhh! Ahí esta otra vez esa galantería innecesaria. No te molestes, no me interesan tus atenciones en absoluto. Puedes darte la vuelta y volver por donde has venido.

—¿Las hermanas de la Orden sois siempre tan ariscas? ¿O es que te he ofendido de alguna forma sin yo saberlo?

—No es algo personal, Lancero, las hermanas desconfiamos de todos los hombres por igual.

—Por un momento me había sentido halagado, pensaba que el desprecio iba dirigido a mi específicamente… —sonrió Lomar con picardía.

—Muy sutil, veo que eres de mente ágil, soldado. Pero no te alegres demasiado, ya que ahora sí que estoy empezando a odiarte por encima de la norma con la que despreciamos a los de tu sexo…

—¿Y puedo preguntar el motivo de tanta hostilidad?

—Sois hombres, esa es la razón.

—¿Pero es que desconfiáis de todos los hombres en general? —preguntó Lomar incrédulo.

—Así es. Nada bueno viene nunca de un hombre.

—Me dejas boquiabierto, pero ¿qué hemos hecho los de mi género para ofenderos de tal manera?

—Guerras, violaciones, matanzas, destrucción… ¿quieres que siga, Lancero?

—No puedes condenar a todos los hombres por los actos de unos cuantos. Eso sería como decir que todos los Lanceros Reales somos unos asesinos cuando por el contrario somos hombres de coraje y honor. No hay regimiento más honorable en todo Tremia —se defendió Lomar sacando pecho.

—Si tú lo dices… yo sólo veo un puñado de hombres con armas listas para derramar la sangre, a la espera de que se de la orden, que vendrá de otro hombre, y cuyos motivos no conocemos…

—Pero eso no es justo, vosotras también portáis armas y os he visto practicar, sois consumadas guerreras… También lucháis y derramáis sangre.

—¡Ah! Pero los motivos son muy diferentes, Lancero. Nuestro deber es defender a las Hermanas Sanadoras y eso es lo que hacemos. Sólo derramaremos sangre en la defensa de nuestras hermanas, nunca por motivos oscuros o desconocidos. Nosotras no hacemos la guerra, no participamos en conflictos armados, nuestro deber es proteger a la Orden y las Hermanas Sanadoras para que puedan realizar el bien, curar a los heridos y enfermos, llevar alivio a los que sufren.

—Un muy loable fin, he de reconocer —dijo Lomar bajando la cabeza al sentir una punzada de vergüenza.

Cierto era que tanto él como otros muchos Lanceros se habían enrolado en el cuerpo de élite buscando la gloria y la fama, buscando entrar en batalla y convertirse en héroes. Después de escuchar el alegato de la hosca guerrera, sus motivos le parecían ahora bastante mundanos, muy poco gloriosos.

—Y dime, soldado, ¿en verdad crees que si las mujeres gobernaran sobre Tremia, habría tanta muerte y destrucción?

—Si bien he tenido el desafortunado placer de conocer alguna que otra señorita de muy malas pulgas, he de reconocer que probablemente tengas razón. Los hombres somos más propensos a la violencia, no lo niego. ¡Pero esa no es razón para odiarnos a todos!

—Afortunadamente, esa prerrogativa es nuestra —le respondió Jasmin con una pícara sonrisa.

—Veo que estoy perdiendo este combate dialéctico. ¿Cómo podría convencerte de que a pesar de ser hombre, no soy una mala persona, de que alguna pequeña virtud poseo?

—Y ¿para qué habrías de convencerme? ¿Qué buscas con ello? —replicó ella con un brillo en los ojos de un verde cautivador.

—Sólo busco amistad, puedes creerme; no entiendo por qué no podemos llevarnos bien, después de todo estamos metidos en el mismo embrollo.

—La Orden nos enseña, sabiamente, a desconfiar de los hombres y sus motivos. La experiencia dicta que en la mayoría de las ocasiones sus motivos son lascivos y lujuriosos, o cuanto menos, poco nobles.

—¡Puedo asegurarte que en mi caso esto no es así, nada más lejos de la realidad! —se apresuró a defenderse Lomar.

—Relájate, Lancero, no he dicho que tus intenciones sean de tal talante. Pero suele ser lo habitual.

—Puedo asegurarte que si bien me guía la curiosidad, mis motivos son nobles y puros.

—¡Jajaja! Nobles puede ser, puros no estoy tan segura —reconoció Jasmin con una carcajada.

Al escuchar su musical risa, Lomar se dio cuenta de que, en efecto, sus intenciones hacia ella quizás no eran todo lo puras que él se hacía creer a sí mismo.

Otra de las Hermanas Protectoras se acercó hasta ellos.

Lomar hizo ademán de saludar a la recién llegada pero ésta, esgrimiendo un rostro adusto, lo ignoró por completo, como si no estuviera allí.

—Vamos, Jasmin, es la hora del rancho —dijo la recién llegada.

—Estupendo, estoy muerta de hambre —le respondió Jasmin con una sonrisa.

Las dos guerreras se dieron la vuelta y caminaron hacia su grupo, ignorando a Lomar, quien con la palabra en la boca y una extraña sensación en el estómago las contemplaba marchar.

Pese a que en su conversación con la guerrera el ánimo del más mínimo acercamiento había brillado por su ausencia, menos si cabe el interés por parte de la bella guerrera en retomar conversación alguna, Lomar sentía un agradable cosquilleo en su alma. Sin que apenas hubieran pasado unos instantes, sintió unas súbitas ganas de volver a conversar con aquella mujer. No entendía por qué, pero le había causado una fuerte sensación en la boca del estómago, que se había transformado en un pálpito acelerado en el corazón que lo tenía totalmente desconcertado.

Jasmin se alejaba caminando a la par de su compañera, y cuando ya alcanzaron al grupo de la Orden, giró la cabeza disimuladamente y lo miró tan sólo un instante. Los dos cruzaron una brevísima mirada, que esbozó en Lomar una sonrisa interior, oculta, casi secreta, que le devolvió la esperanza de poder volver a hablar con la joven guerrera.

Aquel gesto final de Jasmin llenó de alegría el corazón de Lomar.

Perdido en sus pensamientos sobre la Orden de Tirsar y la impresión que Jasmin le había causado, llegó hasta sus compañeros en el campamento.

—¿Cómo van tus pesquisas, Lomar? ¿Has averiguado algo más sobre la misión del Príncipe y la bella Sanadora? —le preguntó Morgen, uno de los veteranos Lanceros mientras mordía con apetito la ración de campaña.

—Me da la sensación de que en breve vamos a adentrarnos en los bosques de los Usik en busca de alguien importante, me huele mal todo esto… —reconoció con pesadumbre Lomar, intentando quitarse a Jasmin de la cabeza.

—Espero que te equivoques, por nuestro bien —replicó Morgen.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Kendas y tomó un sorbo de agua de la cantimplora.

—Lo dice porque si nos adentramos en esos bosques somos hombres muertos —afirmó Lemus, otro de los veteranos Lanceros cuyas cicatrices en cara y brazos daban fe de su experiencia.

—Ya oíste al Sargento esta mañana, realizaremos una incursión silenciosa, no nos detectarán —le animó su compañero.

—Será mejor que nos preparemos, esos salvajes son duros de pelar. Realmente duros —advirtió Morgen atacando el rancho.

—Y sanguinarios. Tienen la fea costumbre de quemar vivos a los prisioneros después de arrancarles los ojos —explicó Lemus.

—¿Es eso cierto o te estas burlando de nosotros? —preguntó Kendas.

—Tan cierto como que mi paga desaparece en mujeres de alegre vida y vino dulce Noceano —aseguró Lemus.

—¿Por qué no limpiamos entonces esos bosques con el ejército? —preguntó Lomar.

—Ya se ha intentado, sin éxito —explicó Morgen—. El problema reside en que los bosques son inmensos, en realidad son del tamaño de una nación, su extensión es increíble. Adentrarse en ellos supone una lucha encarnizada contra los salvajes y los elementos. Allí estamos en clara desventaja, aquel es su medio natural. Esos diablos de piel verde y caras pintadas son unos luchadores sin igual en su entorno natural.

—¿Y atacar sus poblados mientras duermen? —aventuró Lomar.

—Buena idea, si supiéramos dónde están esos poblados. Nunca se ha encontrado uno. De hecho, existen rumores de que sus poblados están construidos en los árboles, en lo más profundo de los inescrutables bosques, hacia el norte, sobre enormes árboles milenarios a gran altura —explicó Morgen.

—Increíble, pero eso no puede ser verdad, ¿no? —preguntó Kendas muy intrigado.

—Es sólo un rumor, infundado probablemente, pero quien sabe… —dijo Lemus asintiendo—, nunca ha sido constatado, nadie ha encontrado sus poblados elevados y vivido para contarlo. Nuestros rastreadores lo han intentado, pero ninguno ha regresado jamás. Así que será mejor que tengáis mucho cuidado, novatos. Si nos adentramos en esos bosques rezar a la Luz cuanto sepáis, o a los dioses que adoréis, ya que necesitareis de toda la ayuda posible para regresar con vida de allí.

—Tú cuida mi espalda y yo cuidaré de la tuya, hermano —dijo Kendas ofreciéndole el brazo a Lomar que lo estrechó al estilo de los guerreros de Rogdon.

—¡Escudo con escudo y lanza con lanza, hermano! —vitorearon al unísono.

Lemus negó con la cabeza y se retiró murmurando algo sobre novatos y cabezas llenas de serrín.

 

 

 

Una hora antes de que los primeros rayos de sol comenzaran a aparecer por el horizonte rompiendo la oscuridad que ahora cubría a la expectante columna de caballería, el Sargento Mortuc les hizo formar. Debían penetrar los bosques en sigilo y al amparo de la oscura noche para no ser descubiertos.

—Preparados para cabalgar. En línea de a dos —susurró Mortuc situándose a la cabeza—. ¡Adelante!

La columna entraba al galope en los espesos bosques al mismo tiempo que rompía el día. Cabalgaron con rapidez y sigilo siguiendo los abruptos senderos en dirección sureste. Seis hombres patrullaban en parejas a media hora de distanciamiento en las cuatro direcciones alrededor de la columna.

Se adentraban en territorio Usik.

Penetraban en los bosques infernales.

Los primeros dos días de marcha en el interior de los grandes bosques transcurrieron sin incidencias reseñables. Descansaban por la noche sin encender fuego alguno y en silencio. Ojos y oídos atentos a los sonidos del bosque, en busca del enemigo. A la primera luz retomaban la marcha, que era extremadamente dificultosa debido a la espesa maleza. Las primeras horas del tercer día transcurrieron sin problemas, su incursión no parecía haber sido detectada. El bosque se volvía cada vez más espeso y enmarañado, con alta maleza rodeándolos por doquier lo que dificultaba cada vez más el avance de los jinetes. Por aquel terreno les era prácticamente imposible avanzar más rápido que una persona a pie.

A medio día la patrulla del norte falló en reportar.

—¡Sucios salvajes de los bosques! —maldijo el Sargento a pleno pulmón. Seleccionó otros dos hombres y los envió con la orden de volver en cuanto vieran algún indicio de los salvajes de piel verdusca.

A media tarde las patrullas del norte y la del sur no reportaron.

El nerviosismo comenzó a cundir entre la columna de Lanceros.

—¡Maldición! ¡Hemos sido detectados! ¡Al galope! —ordenó el Sargento para avivar la marcha previendo un inminente ataque de los Usik. Pero el avance entre los árboles, por los estrechos senderos y rodeados del espeso follaje, resultaba arduo y lento, incluso para aquellos expertos jinetes.

Aliana miró a su izquierda desde la posición que ocupaba a media columna y, como aparecidos de la nada, vio varios hombres armados con arcos y hachas cortas adornadas con plumas de ave corriendo a gran velocidad paralelos a la trayectoria de la columna. Saltaban por encima de la maleza y las grandes raíces de los frondosos árboles con una agilidad y velocidad pasmosas. Llevaban la cara completamente pintada de negro a excepción de una línea blanca a la altura de los ojos. El cabello lo llevaban totalmente rapado. Su piel era de un color que la sorprendió sobremanera: de un pálido verdusco. Nunca antes había visto a nadie con tal pigmentación. Era realmente sorprendente, una raza única. Vestían con taparrabos de cuero animal curtido y sobre el pecho y la espalda llevaban cuero reforzado con madera para protegerse. Sus rápidos pies estaban cubiertos por mocasines de piel curtida. Viéndolos correr tan rápido como los caballos a pocos pasos de la columna, Aliana sintió verdadero temor.

—¡Gerart, mira! ¡Nos persiguen! —le indicó al príncipe, que cabalgaba a su derecha con su lanza y escudo listos.

—Nos están cercando, llevan tiempo siguiéndonos a distancia, muy pronto nos atacarán —respondió él señalando con su lanza a su derecha, donde otro grupo de Usik Negros corría paralelo a la columna entre los grandes árboles.

La voz del Sargento rugió como la de un león enfurecido:

—¡Atención, columna! ¡Listos para el combate!

Los Lanceros Reales respondieron al unísono:

—¡Roar!

Prepararon sus lanzas y escudos. Las Hermanas Protectoras del Templo de Tirsar cargaron los arcos, listas para defenderse. Continuaron el avance hacia el este al galope, lo más rápido posible por el sendero que finalmente desembocaba en el comienzo del ascenso a la base de la montaña.

El Pico de las Águilas.

Sus perseguidores aumentaban en número a cada paso que daban en dirección a la montaña sagrada. Pronto aquello se pondría muy feo.

Los dos jinetes de la patrulla de avanzada al este regresaron a galope tendido por la dirección a la que se dirigía la columna.

—¡Sargento! ¡Sargento! Usik Rojos, se acercan por el este —advirtieron.

Mortuc se dio cuenta de que se dirigían hacia una trampa, los Usik Negros les cercaban los flancos y los Usik rojos esperaban algo más adelante, en la base de la montaña, probablemente. Pero en aquel bosque no podían detenerse, si se detenían se les echarían encima y serían masacrados entre los árboles. Sus Lanceros estaban en clara desventaja en aquel entorno contra un número muy superior de salvajes. Especialmente tiradores ligeros como aquellos. Su única opción era cargar contra los Usik Rojos, romper la emboscada y huir.

Sin dudarlo, el Sargento tomó la única decisión plausible.

—¡Carga al frente! —ordenó a su columna aumentando la velocidad.

Un terrible grito de guerra, como el aullido de un lobo herido, recorrió los árboles. Le siguieron varios gritos más que ahuyentaron a las aves y los animales del bosque. El ataque sobre la columna de Lanceros se precipitó. Flechas negras surcaron los árboles a gran velocidad procedentes de ambos lados de la columna para golpear a los Lanceros, hombres y monturas por igual. Varios Lanceros cayeron abatidos en los primeros compases de la batalla.

Aliana apuntó con su arco a un Usik que se acercaba gritando con hacha en mano y sin pensarlo dos veces soltó la saeta llevando la muerte al salvaje. A su derecha sus hermanas disparaban a ambos lados abatiendo a los atacantes con habilidad. Los Usik se lanzaron sobre los Lanceros, hacha y cuchillo en mano, y fueron repelidos por las lanzas y escudos de los jinetes. La columna, perfectamente entrenada, no dejó de avanzar pese al feroz ataque que estaba sufriendo. Continuaron avanzando a galope tendido repeliendo las fieras envestidas. Pero las flechas enemigas continuaron derribando monturas y Lanceros.

Aliana miró a su espalda y contempló cómo el combate se encarnizaba. Varios Usik, tomando impulso sobre unas rocas, saltaron sobre dos Lanceros derribándolos al suelo. Al instante otros seis o siete Usik remataron a los caídos soldados antes de que pudieran ponerse en pie.

Varios salvajes a la carrera, situados a ambos lados de la columna, dispararon sus arcos a los vientres de los caballos, casi a bocajarro. Las pobres bestias cayeron entre agonizantes relinchos derribando a sus jinetes. Los Lanceros derribados se pusieron en pie y lucharon con bravura. Varios Usiks cayeron bajo el filo de sus certeras espadas pero fueron finalmente reducidos por el superior número de enemigos.

Cuatro Usik Negros salieron de detrás de unos enormes árboles y cargaron contra Aliana. Sin siquiera pensarlo, tiró una saeta al más cercano, esquivó la rama baja de un árbol y recargó su arco para volver a tirar sobre el siguiente atacante. Tensó el arco, apuntó, y cuando tenía ya encima al Usik, lo alcanzó en un ojo. Sus hermanas abatieron a los restantes salvajes con certeros tiros antes de que pudieran alcanzarla.

Cubriendo su flanco derecho avanzaba el príncipe.

Gerart sintió una saeta golpear con fuerza su yelmo y por un instante perdió de vista al enemigo que se acercaba gritando a gran velocidad por su diestra. Un hacha corta salió despedida de la mano del guerrero con la cara pintada de negro en dirección a su pecho. Gerart bloqueó con su escudo un instante antes de que impactara en su cuerpo. Espoleó su montura y hundió su lanza en el cuello del salvaje agresor.

Miró adelante, donde Mortuc y varios de sus hombres, al frente de la columna, se abrían paso con dificultad entre los salvajes que intentaban cortar el avance de los jinetes. Desde un árbol a la izquierda del sendero, dos salvajes se precipitaron sobre los Lanceros en cabeza. El primero cayó atravesado por la lanza de Lomar, mientras que el segundo fue repelido por un fuerte golpe de escudo de Kendas, que hizo que el atacante saliera rebotado golpeando contra otro árbol. El macabro sonido de huesos quebrados llegó hasta el príncipe. Cuatro Lanceros rezagados se apresuraron a hacer contacto con el grupo de Gerart, el resto de la retaguardia había perecido.

—¡Adelante, columna, adelante! —gritó Mortuc con fiereza mientras ensartaba a un salvaje y embestía a otro con su gran caballo blanco. Mortuc había conseguido romper el cerco de los Usik Negros y espoleó a Relámpago sendero arriba. La columna consiguió poner algo de distancia con sus atacantes, que no podían mantener el paso de los caballos por el terreno ascendente y algo más despejado de la montaña. Mortuc giró la cabeza y contempló apesadumbrado cómo había perdido algo más de un tercio de sus hombres.

—¡Reagrupaos! —ordenó, y toda la columna se apresuró a llegar hasta su posición en lo alto de la colina.

Pero el receso duro sólo un suspiro. Debían huir.

—¡Adelante! ¡Adelante! —comandó una vez reagrupada la columna.

Tomaron una curva en pendiente y sus peores temores se hicieron realidad.

Ante ellos una barrera humana cortaba el sendero ascendente montaña arriba.

Más de un centenar de Usik Rojos esperaban listos para acabar con ellos.