10

Sola Thane se acompasó a las largas zancadas del vulcaniano mientras avanzaban por el pasillo de la Enterprise; era tal vez la única mujer de abordo que podía haberle seguido el paso. Era un proyectil disparado, y Sola el único ser de aquella nave que podía igualar su fuerza en lo que iba a suceder. Los humanos eran excesivamente frágiles. Vaciló ante el pensamiento de lo que la fuerza de Spock, desatada en su presente estado, podría hacer a la frágil carne humana. Se sintió tentada de echarse atrás, ante lo que pasaría con la suya propia.

Peor aún, sabía que lo que los humanos hubieran llamado su corazón, no estaba con ella. Se había quedado en la enfermería con el hombre que había ganado una victoria aún frágil sobre la muerte… tal vez por ella. No deseaba más que acudir a su lado; no había deseado otra cosa durante muchos años.

No resultó posible. Ella no era humana, al menos en esos aspectos vitales que podían convertirla en un peligro para él si ella no ganaba su propia batalla. Estrictamente hablando, no era posible en este preciso momento. Había visto desmoronarse su resolución de mantenerse alejada de él al verle en el calvero. Si la química que ella esperaba no se hubiese materializado, ambos podrían haberse echado atrás; según estaban las cosas, él no iba a retroceder. Y tampoco ella.

Excepto que lo que ninguno de los dos había esperado era Spock.

Ése había sido un error de la propia filosofía de ella. Le miraba ahora, duro, tenso, furioso con ella por el peligro al que había sometido a Kirk, y por la sentencia de muerte que había firmado para el propio Spock. Ella era posiblemente la única no vulcaniana de la galaxia que podía comprenderlo en su totalidad. Su entrenamiento en Vulcano y su necesidad de reforzar sus propios poderes la habían llevado a establecer un vínculo con T’Pau de Vulcano.

Spock llegó a una puerta y entró en el campo energético para abrírsela a ella. Sola la traspuso en el momento en que vio que los ojos de él insistían en que no vacilase. El turboascensor los había dejado en la sección de oficiales. La puerta se abría sobre Vulcano: una pared roja con armas, un ídolo de aspecto demoníaco.

Él activó el bloqueo de privacidad sin dar explicaciones. La había llevado a su camarote. Ella se preguntó si Spock ya habría llegado al punto en que la energía vital se apoderaba de él en un último esfuerzo destinado a salvarle la vida, y el vulcaniano no sería capaz de controlar sus actos… o siquiera recordarlos luego. Si era así, las cosas sucederían muy rápidamente. Y ella descubrió que no estaba preparada.

—Agente autónomo Thane —comenzó él con el tono tenso de la disciplina que se agrietaba—, usted tiene rango superior y la nave ha sido puesta a su disposición. Asumirá ahora el mando y me encerrará.

—No, señor Spock —replicó ella—. No lo haré.

—No tiene otra alternativa. No puedo ser responsable de mis actos. No se lo explicaré porque sería inútil. Es mi derecho.

—No, Spock. No lo es. Tiene usted una obligación… para con el hombre por cuya vida acabamos de luchar.

—Sí —replicó él con hosquedad—. La tengo.

—Lo dijo como si fuera una condena.

—¿Morir con nobleza? —Ella sacudió la cabeza con violencia—. No va a ser así, Spock.

—Usted no lo entiende.

—Muy por el contrario, lo entiendo. Yo no estudié en Vulcano en vano. La suya es quizá la única especie libre que comparte algo de la ferocidad y los poderes de mi mitad zarana. Pero nosotros no intentamos reprimir las emociones hasta el punto que tengan que explotar… fatalmente. Lo que usted no quiere decirme es que su control sexual ha sido desafiado y roto, y que usted ha pasado años intentando salir de esa caja antes de que su control se rompiese y lo volviese un loco desenfrenado en una nave de humanos.

Él adoptó la misma expresión que hubiera tenido si ella lo hubiese golpeado. Sola había descubierto el secreto que Spock mantenía oculto incluso ante Kirk. Y ella sabía que debía continuar abriéndose paso a golpes a través de las defensas del vulcaniano mientras él estuviese todavía en estado de vulnerabilidad y aún conservara el control.

—¿Qué tenía planeado hacer, Spock… si lo acometía entre las estrellas? Tal vez le llegaría cuando se hallara a solas con una o dos humanas, y entonces, ¿qué? ¿Se encerraría? Pero rompería cualquier bloqueo cuando perdiese el control. ¿Qué pensaba hacer entonces?

Spock la miró sin vacilar.

—Morir —contestó.

Ella asintió con la cabeza.

—No va a ser tan fácil, Spock.

—Agente autónomo Thane, en esta nave existe una poderosa mente colectiva que ya estaba erosionando barreras mentales…, las mías, las de él, sin duda las de otros. Para un vulcaniano, el nexo entre la mente y el cuerpo es poderoso. En circunstancias normales, tal vez habría conservado la capacidad de resistir. Hace algún tiempo que mis circunstancias no son normales. No espero ni necesito que usted lo comprenda.

—Usted regresó a Vulcano —adivinó ella—, con la intención de tratar de pagar el precio de Kolinahr… de la total carencia de emociones… por la seguridad de los humanos que habían llegado a significar demasiado para usted.

Los ojos de él se entrecerraron y Sola vio que la fiebre flameaba en ellos.

—No me entienda demasiado bien —le advirtió. Sola no retrocedió.

—Usted sabía que llegaría un día en que Uhura, Christine Chapel o alguna otra, pagarían un precio para salvarle a usted la vida. ¿Cómo podría no salvarlo cualquiera que conociese su valor, que lo amase? Pero ese precio sería demasiado alto. Así que usted se marchó. Pero en esa teoría también había una trampa, Spock. Si usted les tenía el suficiente afecto como para encerrarse en la camisa de fuerza de Kolinahr, entonces cualquier afirmación de carencia de emociones por su parte era un fraude y Kolinahr quedaba irremisiblemente fuera de su alcance.

La mirada que le dirigió Spock era ahora letal.

—No necesito que me dé una lección de filosofía.

—Spock, yo soy una lección de filosofía. Posiblemente yo soy la única lección que a usted le queda por aprender. Eso es lo que su cuerpo supo en el calvero. Es lo que sabe en este momento. Y eso es lo que finalmente va a matarlo a usted si no sale de esa caja.

Él se movió repentinamente y ella pensó que iba a cogerla por el cuello. Pero le levantó el mentón con una mano, sin delicadeza, y los dedos de Spock se le clavaron en la piel.

—No me trate como una madre. ¿Quiere que admita que veo que se equipara usted con mi lógica sin renunciar a las emociones? Muy bien, lo veo. ¿Quiere que admita que usted ha sido el junco que ha roto la espalda de un vulcaniano? Lo admito. Estoy mucho más allá del punto en que el admitir algo pueda hacerme daño alguno… o ayudarme. No solicito nada de usted, excepto que se marche en este momento y active en la puerta un bloqueo que yo no pueda romper. ¡Márchese!

Ella negó con la cabeza.

La mano de Spock le apretó la cara, e hizo que ella se diese cuenta de que la fuerza de acero de él podía romper huesos, incluso los suyos.

—Ya he perdido el control fisiológico en un aspecto significativo —dijo con voz áspera—. ¡Por favor, márchese ahora mismo!

Ella no se movió.

—He dicho antes que haría falta algo más que palabras para salvarlo, Spock. Sólo hay una cosa que lo conseguirá. Los dos sabemos que yo no voy a marcharme.

A través de la mano, ella sintió que de él se apoderaba un repentino e incontrolable estremecimiento. Sola sabía que una parte profunda de él luchaba por la vida que ella le estaba ofreciendo. Pero él negó con la cabeza.

—Incluso si yo lo quisiera y usted lo quisiese… no podemos. Usted no me pertenece a mí. Le pertenece a él. Los dos sabemos que siempre ha sido así. No. Él es mi amigo.

Ella dejó que su propio temperamento se inflamase.

—¡Por cuanto, por supuesto, la muerte de usted solucionará el problema de él! —El tono de ella era ahora violento, y le dejó ver a Spock que ella iba a luchar por la vida de él, incluso en contra de él mismo—. ¡Y, por supuesto, resolverá el mío! —continuó con mordacidad—. ¡Yo iré al encuentro de él pasando por encima del cadáver de usted, y viviremos felices por siempre jamás!

Su sangre de cazadora estaba en llamas, y podía sentir que la sangre de él ardía. Los ojos de Spock eran ascuas, sus dedos se apretaron sobre ella y luego la empujó hacia atrás como en un último esfuerzo de salvarlos a ambos.

—Muy bien —le dijo ella—. Usted le ha dejado probar la afinidad… y ahora se la retira. Muera, y lo empujará a los brazos de la Unidad. No le quedará ningún otro sitio al que acudir. Pero busque excusas, señor Spock. No se moleste en luchar por su propia vida. Ni… por su afecto. Es mucho más fácil arrastrarse al interior de sus viejas pautas y morir, que salir de todas las cajas y vivir.

Él avanzó un paso hacia la mujer como si fuera a romperle el cuello. De pronto, a ella no le importó si lo intentaba. Y supo que no sólo había tenido éxito en excitarle para luchar contra ella. Ella había despertado su propia mitad zarana para enfrentársele, según su intención. Ella habitaba su mitad humana con gran frecuencia entre los humanos, pero la zarana era peligrosa y salvaje. No conocía el miedo cuando le ardía la sangre, a pesar de que ella continuaba sabiendo qué era, como una corriente interna que constituía casi un placer. Ahí tenía una selva a la altura de su selva, un vulcaniano del desierto que podía igualar ingenio y músculos con una le matya del tamaño de un tiranosaurio rex. Spock tenía derecho a la ferocidad de su propia pasión; y la parte zarana de ella tenía derecho a la ferocidad de la suya propia. La parte zarana de ella no amaba tanto la afable entereza de Kirk que su otra parte reverenciaba. La zarana se sentía arrastrada hacia el áspero y monumental esfuerzo de entereza que era Spock. Había visto eso en el calvero y supo que la vida no volvería a ser sencilla nunca más. Si había un error en la filosofía de él, como sucedía, se trataba del error de un gigante, sólo posible para un gigante. Y ella tenía que estar cometiendo un error de tamaño similar… porque ahora sabía que no era por el bien de él, ni siquiera por el de Kirk, por los que iba a tomarlo. Era por sí misma.

Él se detuvo y su voz era tan áspera y temblorosa que salió apenas más alta que un susurro.

—Yo preferiría no morir… ahora. Soy lo bastante vulcaniano como para saber que no tengo elección.

—Usted es más que un vulcaniano. Es Spock. Tiene una elección. Y yo tengo otra. Ya la he hecho.

—Usted hizo su elección en el calvero.

—Esa la hice tiempo atrás… antes de saber cuán Spock era usted.

Ella avanzó lentamente hacia él, deliberadamente, dejando que sus ojos le dijeran que no le tenía lástima ni piedad. Sabía que en muchos sentidos habría sido más fácil para él que le permitieran retirarse y morir en la dignidad de sus propias costumbres, aunque eso significara la agonía del pon farr.

—No voy a permitirle el lujo de morir, Spock —dijo en voz alta, avanzando hasta casi tocarlo con su propio cuerpo.

Podía sentir el calor que emanaba de él.

Spock levantó una mano como para golpearla.

—¡Ni pido ni acepto caridad!

Ella levantó la cabeza.

—Y yo no se la estoy ofreciendo.

Él le aferró los brazos a la espalda y la atrajo hacia sí; por un momento pensó que la rompería con su fuerza. Ella no se rompió, no vaciló. Él comenzó a apartarse y descubrió que no podía, que no quería.

Spock de Vulcano sintió que el mundo se disolvía en llamas.