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Ópalo escuchó un grito nada más llegar al final de las escaleras. Avanzó a tumbos hasta llegar a donde estaba el equipaje de la expedición, desde donde veía la entrada a la estancia en la que Vladawen estaba obrando el ritual. Una luz destellaba y menguaba en aquella cámara, casi siguiendo el pulso de su dolor de cabeza.

La maga pensó en entrar a toda prisa en la sala, pero recordando los peligros que había pasado, decidió hacerlo con prudencia. Mientras avanzaba, vio el cuerno de dragón colocado junto a la musa. Kolvas debía de haberse deshecho del artefacto por un momento. Puede que el corte en el hombro le estuviera poniendo en dificultades, pero sin duda volvería a recoger ambos objetos una vez acabara su trabajo.

Ópalo volvió a dudar de nuevo, y finalmente decidió posar su candil, coger el refulgente cuerno y colocarlo bajo su brazo. Tenía el largo de una vara, y era muy incómodo de llevar, pero tal y como Vladawen había asegurado, era capaz de sentir como incrementaba sus poderes mágicos. Chorreando sangre, aturdida y con la maltrecha cabeza retumbándole como un gong, iba a necesitar de cualquier ayuda extra que pudiera conseguir.

Atravesó agazapada la entrada, miró a un lado y a otro, y entonces cerró los ojos espantada. Había llegado demasiado tarde. Vladawen yacía en medio de un charco de su propia sangre. Con los ojos abiertos de par en par y sin parpadear, con el semblante como una máscara imperturbable, Lilly estaba entregando a Kolvas el arma ensangrentada que era el origen de la luz palpitante que inundaba la cámara. Por su aspecto, debía ser la daga perdida de la que Ópalo había oído hablar. En una esquina, Billuer aparecía también masacrado, y con un acechador del Ukrudan masticando su cadáver, comiendo carne y huesos a partes iguales. La criatura lo había devorado hasta el punto que el Seguidor de Nemorga era ya virtualmente irreconocible.

Ópalo trató de vaciar su mente de culpa y dolor. No había logrado salvar a Vladawen ni al clérigo nigromante, pero quizá aún podría librar a Lilly del influjo del poder de Kolvas. Susurrando, lanzó unos dardos de luz y, al hacerlo, percibió algo interesante. La magia obtenía ahora su poder de las energías acumuladas en el cuerno en lugar de extraerlo de ella misma. En lugar de desvanecerse de su memoria, el conjuro preparado permanecía allí para poder ser empleado cuando ella quisiera.

Los rayos de luz color turquesa arremetieron contra el cuerpo de Kolvas. Éste retrocedió, cayó, pero logró sobrevivir. Ópalo lo sabía porque el troll de las arenas, que evidentemente estaba bajo el mando del mago humano, abandonó su truculenta comida y se lanzó corriendo hacia la entrada.

La maga retrocedió unos pasos y tejió un conjuro al mismo tiempo. Cuando el acechador irrumpió en el pasillo de entrada, se encontró con una bocanada de feroz aliento. La bestia se derrumbó.

Nada más caer, jirones de oscuridad cruzaron volando la cámara por encima del cuerpo en llamas del acechador. Alcanzaron a Ópalo en el torso, y entonces fue su turno de caer al suelo. Giró sobre sí misma, con el cuerno eslareciano repicando contra el suelo, y se apartó de la entrada antes que Kolvas pudiera lanzarle otro ataque.

En cuclillas, sollozando por el dolor de sus nuevas heridas, volvió la vista de nuevo hacia el interior de la cámara, y entonces pestañeó confundida. Kolvas había desaparecido. Debía de haber trepado por una ventana para salir al exterior, en medio de la tormenta, o quizá se había transportado a sí mismo empleando algún extraño medid esotérico.

En realidad dudaba que hubiera hecho alguna de esas cosas. Ya había acabado con Vladawen y con su misión, pero debía de estar ávido de más; codiciaba el cuerno y la musa. Para hacerse con ellas, probablemente se habría vuelto invisible, como había hecho al hablar con Lilly en el patio del castillo de Sendrian. Posiblemente estaría arrastrándose hacia ella, tratando de volver a tenerla a tiro.

Bueno, ella también sabía jugar a eso, aunque ciertamente no tan bien. Musitó un conjuro para ocultarse de la mirada enemiga. Aquel pequeño encantamiento duraría poco, pero quizá sería suficiente.

La maga agudizó su oído, cada vez odiaba más aquel tamborileo en su cabeza y el crepitar de la tormenta. ¿Cómo iba a poder alguien distinguir los sigilosos pasos de su enemigo por encima de todo aquel revuelo?

Puede que no necesitara hacerlo. Quizá podría oler su sudor y su sangre, o sentir, como sólo un mago podía hacer, el enorme poder que bullía en el interior de la daga plateada. Finalmente, de repente, pudo sentir su presencia muy cerca, y justo en ese momento un cosquilleo le recorrió el cuerpo advirtiéndole que volvía a ser visible.

Desesperada, hizo ondear el cuerno del dragón describiendo un arco horizontal. El brillante artefacto chocó contra algo sólido, aunque invisible. Entonces Kolvas apareció de repente ante sus ojos, mientras la fuerza del impacto le hacía caer de espaldas. Aparentemente había estado a punto de lanzarle un conjuro de ataque, o quizá estaba listo para clavarle la daga, pero su ataque a la desesperada lo había alcanzado y había echado a perder su embestida.

Entonces Ópalo le apuntó con la punta del cuerno y arremetió contra él. La improvisada lanza atravesó el pecho del mago y luego se liberó al retroceder éste, tambaleándose. Ópalo quiso repetir el ataque, pero no era ninguna experta en él combate cuerpo a cuerpo, e incluso aunque no hubiera estado herida no le hubiera sido fácil; era lenta en recuperar el equilibrio.

Kolvas aprovechó el momento para escabullirse entre unas sombras, farfulló unas palabras de poder y garabateó unas señales místicas con el puñal. La penumbra se oscureció entonces hasta la más absoluta oscuridad, que lo engulló como una planta carnívora que devorase una mosca.

Jadeando, Ópalo miró a su alrededor con cautela. Una vez estuvo segura de que su enemigo había desaparecido efectivamente, aquella marcha repentina la dejó con un sentimiento de frustración y alivio a partes iguales. Sedienta, mortalmente cansada, y sufriendo aquel espantoso y palpitante dolor de cabeza, pasó por encima del cadáver del acechador para entrar una vez más a la cámara.

—¿Lilly? —dijo—. Kolvas ha huido. Ya no volverá a ordenarte lo que debes hacer. ¿Puedes salir por ti misma del trance?

La asesina se estremeció con violencia. Gimió, cayó de rodillas en medio del charco de sangre de Vladawen y se arañó la cara con las uñas.

Temiendo que su compañera pudiera dejarse ciega, Ópalo se apresuró a apartarle las manos de la cara.

—¡Tranquilízate! —dijo la maga—. Desfigurarte no hará bien a nadie.

—¿Es que no lo entiendes? ¡He matado a Vladawen!

—Estabas bajo el control de Kolvas. No fue tu culpa.

—¡Sí que lo fue! Sabía que mi destino era traicionarlo. Esa maldición de amor no me ataba a él con la fuerza suficiente como para impedirme alejarme de su lado antes de que ocurriera. Sin embargo, preferí quedarme junto a él, creer que...

—¡Ya basta! —espetó Ópalo—. Si es así, yo también soy culpable. Debí haber atacado a Kolvas en el momento justo en que me di cuenta de que era un traidor. Cogerlo desprevenido. A nuestro modo, cada uno de los tres, tú, yo y Vladawen somos culpables; patosos, desleales y falsos amigos. ¿Y sabes qué? Todo eso ya no importa. Lo que tenemos que hacer es decidir nuestro próximo movimiento.

—¿Próximo movimiento? ¡Se ha acabado! Todo se ha acabado.

—Sé que estás apenada, pero párate a pensar un momento. Es posible que Vladawen esté muerto, pero nosotros aún estamos con vida para llevar su cadáver hasta Hollowfaust. ¿No crees que Yaeol es un clérigo lo suficientemente poderoso como para resucitarlo?

Lilly frunció el ceño.

—No creo que los maestros del consejo sean partidarios ya de resucitar a nadie.

—En ese caso los convenceremos. La única pregunta es, ¿cómo conseguiremos llegar hasta allí? Issa y los demás estigios están muertos también. Vi sus cadáveres en los túneles. Sin un guía y una compañía de guerreros, tendríamos que tener mucha suerte para conseguir cruzar el Ukrudan por donde vinimos. Además, creo que mientras antes hagamos llegar al elfo a Hollowfaust, más posibilidades tendrá.

—Estás diciendo que es el momento de utilizar ese rollo de pergamino de viaje instantáneo.

Ópalo suspiró.

—Supongo que sí. Pero esa clase de magia es arriesgada incluso cuando sabes lo que estás haciendo, y ni siquiera es ése mi caso. No soy más que una bruja de granja. Nunca antes he conjurado algo así, ni de un talismán ni de ninguna otra forma. Y encima está esto... —Con las manos temblándole, con los dedos manchados de sangre tiñendo el papel, la maga desenrolló el pergamino y mostró a Lilly el desgarrón que habían causado las garras del acechador.

—Confío en ti —dijo Lilly entonces.

—De acuerdo. Quiero transportarnos a todos; a Vladawen, al cuerno y a la musa. Creo que el conjuro podrá soportar todo el peso.

La asesina asintió con brusquedad.

—Espera aquí un momento. —Dando grandes zancadas fue hasta donde estaban los equipajes y cogió la escultura.

La escritura del rollo de pergamino se enroscaba y emborronaba ante los llorosos ojos de Ópalo. Aún consciente de que El Que Permanece seguía estando muerto, y de que por tanto era incapaz de interceder en favor de ninguno de sus adoradores, empezó a rezarle: Por favor, por favor, no permitas que salga mal. Entonces leyó la frase desencadenante.