PABLO IGLESIAS (1892)

ES el apóstol del socialismo español. Su naturaleza. Su figura. Su importancia fuera de España. Los periódicos franceses. Un discurso.

Dos años hace que conocí al «hermano Iglesias», el apóstol del socialismo español; la idea hecha carne, el Verbo de esta doctrina, que amenaza ser a lo adelante la religión política de todos los pueblos.

Todavía me parece verle y oírle con el calor y el entusiasmo de un hombre convencido.

Desde el primer día me sentí atraído por aquel apóstol que no vacilaré en llamar grande.

Su naturaleza vigorosa y apoplética, de roble y de toro juntamente, reintegraba por un misterioso fenómeno de radiación humana la penuria de la mía, neurótica, excitada y sensitiva. Sin duda de esto, más que de sus ideas —que no negaré tienen para mí el poderoso atractivo de todas las idealidades—nació nuestra amistad nunca interrumpida. Contra lo que suele suceder en la vida, la diversidad de principios, lejos de entibiar nuestro afecto lo acrecentó y como acero probóle al fuego de las disensiones.

Pablo Iglesias es hombre todavía joven. Su cabeza varonil y enérgica, que parece modelada en bronce, recuerda la de algunos reyes de Galicia, en la Edad Media; tiene el pelo de azabache, la frente angosta, aguileña y torcida la nariz, que da marcado carácter al rostro asoleado y pecoso; la barba desaliñada, multicolor e hirsuta, verdes las pupilas, que a veces adquieren reflejos cobrizos, y toda la persona, erguida, valiente, llena de vida y de fuerza extraordinaria; es una fruta sana, madurada en el campo al sol y al aire, que a mis sentidos, un tanto visionarios, recordaba por medio de quiméricas e inverosímiles semejanzas, un terrón saturado de gérmenes de vida, arrancado a la era más fértil de la tierra saliniense, de donde los dos somos oriundos, y las marinadas de la playa, y el perfume de los pinos, y las brisas campesinas que tienen el privilegio de calmar mis nerviosismos.

Pablo Iglesias, ha dado a conocer el socialismo español fuera de España. En los periódicos franceses recibidos estos últimos días, veo algunos artículos muy bien escritos que llevan su firma; El Liberal de Madrid publica sus opiniones sobre el socialismo, al lado de las de Echegaray, Castelar, la Sra. Pardo Bazán y los más distinguidos hombres públicos, y a fe que sufren muy gallardamente el parangón. Con una habilidad que hace honor a su ingenio, pone una vela a la burguesía y otra al socialismo, buscando el modo de no disgustar a nadie:

«Si la burguesía —dice—dando muestra de no haber perdido la cabeza, hace el paso de la sociedad burguesa o individualista, a la sociedad colectivista o comunista, apenas exigirá el empleo de la violencia; si no lo hace, la revolución obrera no podrá menos de revestir caracteres sangrientos.»

En su discurso pronunciado en El Círculo Socialista, hizo resaltar la atención que el gobierno y la burguesía prestan al obrero, lo que indica la importancia que el socialismo adquiere en todas partes; tronó indignado contra los poderes públicos, que habiendo permitido la manifestación republicana en honor de Salmerón, no permitieron la manifestación obrera en honor de la igualdad humana.

Cada palabra suya, dice un periódico, excitaba un aplauso, y después de haber concluido, todavía las aclamaciones resonaron largo rato.

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