19. MI MADRE
Un verano, después de la guerra, en Bournemouth conseguí que un pescador me regalara un enorme pulpo y lo puse en la bañera de la habitación de nuestro hotel, que llené con agua de mar. Lo alimentaba de cangrejos vivos, que abría con sus mandíbulas córneas, y creo que me cogió bastante cariño. Desde luego me reconocía cuando entraba en el baño, y se ponía de colores distintos, indicando su emoción. Aunque en casa habíamos tenido perros y gatos, nunca había tenido mi propio animal. Ahora lo tenía, y consideraba que mi pulpo era tan inteligente y cariñoso como cualquier perro. Quería llevármelo a Londres, darle un hogar, un enorme depósito de agua adornado con anémonas y algas, que fuera mi mascota.
Leí todo lo que encontré sobre acuarios y agua marina artificial, pero, al final, mi voluntad no contó para nada, pues un día entró la camarera de piso, y al ver al pulpo en el baño se puso histérica y lo atacó salvajemente con una larga escoba. El pulpo, molesto, descargó una inmensa nube de tinta, y cuando regresé poco después me lo encontré muerto, flotando en su propia tinta. Cuando regresé a Londres lo diseccioné con gran dolor, para ver qué podía aprender, y guardé sus restos separados en formalina en mi dormitorio, donde permanecieron muchos años.
El hecho de vivir en una casa de médicos, el oír hablar a mis padres y hermanos mayores de pacientes y enfermedades, me fascinaba y (a veces) me aterraba, pero mi nuevo vocabulario químico me permitió, en cierto sentido, competir con ellos. Podían estar hablando del empiema (una hermosa y compacta palabra de cuatro sílabas que definía una repugnante supuración de la cavidad pectoral), pero yo les superaba con empireuma, esa espléndida palabra que define el olor de la materia orgánica al arder. No era sólo el sonido de esas palabras lo que me encantaba, sino su etimología. Yo estudiaba griego y latín en la escuela, y pasaba horas dándole vueltas a los orígenes y derivados de los términos químicos, esos caminos retorcidos y a veces indirectos mediante los cuales habían adquirido su actual significado.
Tanto mi padre como mi madre eran propensos a contar historias médicas, historias que podían comenzar con la descripción de un estado patológico o una operación y de ahí relatar toda una biografía. Mi madre, sobre todo, contaba historias como ésas a sus alumnos y colegas, a quienes venían invitados a cenar o a cualquiera que tuviera a mano; para ella lo médico no existía sin el componente humano. A veces veía al lechero o al jardinero atónitos, escuchando alguno de sus relatos clínicos.
En su consulta había un gran estante lleno de libros de medicina, y yo los hojeaba al azar, a menudo con una mezcla de fascinación y horror. Había algunos que eran mis favoritos: Tumores benignos y malignos de Bland-Sutton, especialmente notable por sus dibujos de teratomas y tumores monstruosos; hermanos siameses unidos por la cintura; hermanos siameses con las caras fusionadas; terneros con dos cabezas; un bebé con una diminuta cabeza accesoria cerca del oído (una cabeza que reflejaba, en diminuta réplica, leí, las expresiones de la cara principal); «tricobezoares», grotescas masas de pelo y otras cosas, engullidas e incrustadas, a veces de manera fatal, en el estómago; un quiste ovárico tan grande que había que llevarlo en carretilla; y, naturalmente, el Hombre Elefante, del que mi padre me había hablado (había estudiado en el London Hospital no muchos años después de que John Merrick viviera allí). No mucho menos horripilante era el Atlas of Dermachromes, que mostraba todas las enfermedades de la piel existentes sobre la faz de la tierra. Pero el más informativo, el más leído, era el Diagnóstico diferencial de French: sus diminutas ilustraciones me resultaban especialmente atractivas. Ahí también se encontraba uno con abundantes horrores: para mí el más aterrador era el artículo sobre la progeria, una senilidad galopante que en pocos meses podía convertir en un anciano a un niño de diez años, haciendo de él una criatura calva, de huesos frágiles, con una enorme napia y voz aflautada, que parecía tan viejo como la arrugada y simiesca Gagool —la bruja de trescientos años de edad de Las minas del rey Salomón— o los dementes Struldbrugs de Luggnagg.[75]
Aunque, con mi regreso a Londres y el «aprendizaje» (eso me imaginaba a veces) con mis tíos, se habían desvanecido como una pesadilla muchos de los miedos de Braefield, éstos habían dejado en mí un residuo de temor y superstición, la sensación de que algo especialmente horrible podía estar aguardándome, y de que eso podía sucederme en cualquier momento.
Sospecho que busqué los peligros de la química como un medio para jugar con esos miedos, convenciéndome de que con atención y vigilancia, prudencia y previsión, uno podía aprender a controlar este peligroso mundo, o al menos a habitar en él. Y, de hecho, gracias a la atención (y a la suerte) jamás me hice demasiado daño, y pude mantener una sensación de dominio y control. Pero, en relación con la vida y la salud, no podía contarse con esa protección. Diferentes formas de angustia, de temor, me asaltaban: me entró miedo a los caballos (que el lechero aún utilizaba para tirar de su carro), por temor a que me mordieran con sus grandes dientes; me daba miedo cruzar la calle, sobre todo después de que nuestra perra, Greta, muriera atropellada por una moto; me daban miedo los demás niños, que se reían de mí (o cosas peores); me daba miedo pisar las juntas de las baldosas de la calle; y, sobre todo, me daba miedo la enfermedad y la muerte.
Los libros de medicina de mis padres alimentaban esos miedos, hacían crecer una incipiente disposición a la hipocondría. A la edad de doce años sufrí una misteriosa enfermedad de la piel, que, aunque no amenazaba con matarme, me produjo una exudación de suero en la parte interior de los codos y posterior de las rodillas, que me manchaba la ropa, por lo cual evitaba a toda costa que me vieran desnudo. ¿Era mi sino, me preguntaba medroso, contraer una de esas enfermedades de la piel o los tumores monstruosos acerca de los que había leído, o era la progeria el atroz destino que se me reservaba?
Le tenía mucho aprecio a la mesa Morrison, una enorme mesa de hierro que se hallaba en la sala del desayuno, y que era lo bastante fuerte, se creía, para soportar todo el peso de la casa si nos bombardeaban. Se contaban muchos casos en los que esas mesas habían salvado la vida de personas que de otro modo hubieran muerto aplastadas o asfixiadas bajo los escombros de sus propias casas. Toda la familia se refugiaba bajo esa mesa durante las incursiones aéreas, y esa protección, ese refugio, asumía para mí un carácter casi humano. La mesa nos protegía, nos vigilaba, cuidaba de nosotros.
A mí me parecía muy acogedora, una especie de cabaña dentro de la casa, y cuando regresaba de St. Lawrence College, a los diez años, a veces me metía debajo y me quedaba sentado o echado, en silencio, incluso cuando no había incursiones aéreas.
Mis padres se dieron cuenta de que en aquella época estaba delicado, y no hacían ningún comentario cuando me retiraba y me metía debajo de la mesa. Pero una noche, al salir de allí debajo, se quedaron horrorizados al ver un círculo de calvicie en mi cabeza: tiña, fue su instantáneo diagnóstico médico. Mi madre me examinó más atentamente e intercambió unos murmullos con mi padre. Nunca habían oído decir que la tiña apareciera de manera tan repentina. Yo no admití nada, intenté poner cara de inocente y escondí la navaja de afeitar de Marcus, que me había llevado conmigo bajo la mesa. Al día siguiente me llevaron a un especialista de la piel, un tal doctor Muende. El doctor Muende me lanzó una mirada penetrante —estaba seguro de que leía la verdad en mi cara—, cogió una muestra de pelo del lugar donde había calvicie, y lo puso bajo el microscopio para examinarlo. Al cabo de un segundo dijo: «dermatitis artefacta», lo que significaba que la pérdida de cabello me la había producido yo mismo, y cuando dijo eso, me puse rojo como un tomate. Después no se habló más de por qué me había afeitado la cabeza o mentido.
Mi madre era una mujer enormemente tímida que casi no soportaba la vida social, y que se quedaba en silencio, absorta en sus pensamientos, cuando se la obligaba a alternar. Pero su carácter tenía un envés, y se volvía expansiva, eufórica, una comediante, una actriz, cuando se sentía relajada, con sus alumnos. Muchos años después, cuando llevé mi primer libro a una editora de Faber's, la mujer me dijo:
—Ya nos conocemos, ¿sabe?
—Creo que no la recuerdo —dije, incómodo—. Nunca se me quedan las caras.
—Es normal que no me recuerde —contestó—. Fue hace muchos años, cuando yo era alumna de su madre. Aquel día la clase estaba dedicada a dar el pecho, y, tras unos minutos, su madre de pronto se interrumpió y dijo: «Dar el pecho no tiene nada de difícil ni de vergonzoso.» Se inclinó y sacó un bebé que estaba dormido, oculto detrás de su mesa, le quitó al niño la ropa que lo envolvía y le dio el pecho delante de toda la clase. Era septiembre de 1933, y el bebé era usted.
Yo también poseo en igual medida la timidez de mi madre, su temor a las reuniones sociales, y su carácter expansivo y exuberante cuando estoy delante de un auditorio.
Había en ella otro nivel, un nivel más profundo, una esfera de total ensimismamiento en su trabajo. Cuando operaba su concentración era absoluta (aunque a veces era capaz de romper ese silencio casi religioso para contar un chiste o decirle la receta de un plato a uno de sus ayudantes). Apreciaba enormemente las estructuras, la manera en que las cosas se unían, ya fueran los cuerpos humanos, las plantas, los instrumentos científicos o las máquinas. Todavía poseía el microscopio, un viejo Zeiss, que había tenido de estudiante, y lo conservaba reluciente, engrasado y en perfecto estado. Aún disfrutaba de coger una muestra de tejido y hacerle cortes, endurecerlos, fijarlos y aplicarles diferentes tinturas, toda esa compleja panoplia de técnicas utilizadas para hacer que los tejidos seccionados fueran estables y perfectamente visibles. Con esas muestras me introdujo en algunos de los prodigios de la histología, y conseguí llegar a reconocer —en las brillantes manchas de la hemotoxilina y eosina, o en las que quedaban sombreadas de negro con osmio— una variedad de células tanto sanas como malignas. Era capaz de apreciar la belleza abstracta de esas muestras sin preocuparme demasiado por la enfermedad o la operación que las hacía existir. También me encantaban las resinas y líquidos olorosos que se utilizaban para hacerlas; el olor del aceite de clavo, el aceite de madera de cedro, el bálsamo de Canadá y el xileno aún siguen asociados, en mi mente, con el recuerdo de mi madre, inclinada sobre el microscopio, totalmente absorta.
Aunque mis padres eran enormemente sensibles al sufrimiento de sus pacientes —más, pensaba a veces, que al de sus hijos—, sus orientaciones, sus puntos de vista, eran fundamentalmente distintos. Todas las horas de tranquilidad que mi padre pasaba en casa lo hacía en compañía de sus libros, en la biblioteca, rodeado de comentarios bíblicos o, de vez en cuando, de sus poetas favoritos de la Primera Guerra Mundial. Los seres humanos, el comportamiento humano, los mitos y sociedades humanas, el lenguaje humano y las religiones ocupaban toda su atención, y le interesaba poco lo no humano, la «naturaleza», que sí interesaba a mi madre. Creo que mi padre se sintió atraído por la medicina porque su práctica era algo clave en la sociedad humana, y él se veía en un papel ritual y esencialmente social. Y creo que mi madre, por su parte, se sintió atraída por la medicina porque para ella formaba parte de la historia natural y la biología. Era incapaz de ver la anatomía o la fisiología humanas sin pensar en paralelismos y precursores en otros primates, otros vertebrados. Eso no ponía en peligro el interés y la sensibilidad que sentía por el individuo, pero lo colocaba siempre en un contexto más amplio, el de la biología y la ciencia en general.
El amor de mi madre por las estructuras se extendía en todas direcciones. El viejo reloj de pared, con sus intrincadas esferas y su maquinaria interior, era muy delicado, y requería constante atención. Mi madre se encargaba personalmente de su cuidado, proceso durante el cual se convertía en una especie de relojera. Y lo mismo con otras cosas de la casa, incluidas las cañerías. No había nada que le gustara más que arreglar un grifo o un retrete que perdían, y casi nunca precisamos los servicios de un fontanero.
Pero sus mejores horas, sus horas más felices, las pasaba en el jardín, y ahí su sentido de la estructura y de la función, su sentido estético y su cariño se juntaban, pues las plantas, después de todo, eran criaturas vivas, mucho más maravillosas, pero también mucho más necesitadas, que los relojes o las cisternas. Cuando, años más tarde, me topé con la frase «sensibilidad por el organismo» —a menudo utilizada por la genetista Barbara McClintock—, comprendí que definía exactamente a mi madre, y que esa sensibilidad por el organismo era algo inherente a todo lo que hacía, desde su pericia con las plantas a la exquisitez y éxito de sus operaciones.
Mi madre adoraba el jardín, los grandes plátanos que bordeaban Exeter Road, las lilas que todo lo llenaban con su aroma en mayo y los rosales trepadores que subían por los espaldares de sus muros de ladrillo. Siempre que podía se dedicaba al jardín, y les tenía un cariño especial a los frutales que había plantado: un membrillo, un peral, dos manzanos silvestres y un nogal. También le gustaban especialmente los helechos, que ocupaban casi por completo los arriates de «flores».
El invernadero, que estaba al final de la sala, era uno de mis lugares favoritos, el lugar donde, antes de la guerra, mi madre había guardado sus plantas más delicadas. Consiguió salir indemne de la guerra, y cuando me entró el interés por la botánica, lo compartí con ella. Guardo afectuosos recuerdos de un helecho arborescente, un Cibotium de textura lanosa, que intenté cultivar en 1946, y una cicadácea, una Zamia, cuyas hojas eran rígidas como cartulina.
Una vez, cuando mi sobrino Jonathan tenía sólo unos pocos meses, recogí un sobre de radiografías que llevaban el nombre de «J. Sacks», que habían dejado en la sala. Comencé a echarles un vistazo con curiosidad, luego con perplejidad, finalmente con horror, pues Jonathan era un bebé bastante guapo, y, de no ser por las radiografías, nadie hubiera imaginado que estaba tan horriblemente deformado. La pelvis, las piernecitas, casi ni parecían humanas.
Fui a ver a mi madre con las radiografías, negando con la cabeza.
—Pobre Jonathan… —comencé a decir.
Mi madre parecía perpleja.
—¿Jonathan? —dijo—. Jonathan está perfectamente.
—Pero ¿y las radiografías? —dije—. He estado viendo las radiografías.
Mi madre se quedó desconcertada, y a continuación prorrumpió en una carcajada, y siguió riendo hasta que las lágrimas le rodaron por la cara. La «J» no correspondía a Jonathan, dijo por fin, sino a otro miembro de la casa, Jezebel. Jezebel, nuestro nuevo bóxer, tenía un poco de sangre en la orina, y mi madre le había llevado al hospital para que le hicieran una radiografía del riñón. Lo que yo había tomado por una anatomía humana grotescamente deformada era, de hecho, una anatomía canina perfectamente normal. ¿Cómo había podido cometer tan absurdo error? Un mínimo conocimiento, un mínimo sentido común me habrían hecho darme cuenta de la verdad. Mi madre, profesora de anatomía, negó con la cabeza, incrédula.
Durante los años treinta, mi madre abandonó la medicina general y pasó a dedicarse a la ginecología y la obstetricia. Nada había que le gustara más que un parto complicado —que un bebé se presentara de brazo, o de nalgas— con una conclusión satisfactoria. Pero de vez en cuando traía a casa fetos malformados: anencefálicos, con unos ojos saltones en lo alto de sus cabezas aplanadas y sin cerebro, o con espina bífida, en los que toda la médula espinal y el encéfalo estaban a la vista. Algunos habían nacido muertos, y a otros mi madre y la comadrona los habían ahogado en silencio al nacer («como un gatito», dijo una vez), pues les parecía que si vivían no tendrían ninguna vida consciente o mental. Deseosa de que yo aprendiera anatomía y medicina, diseccionó para mí varios de esos fetos, y aunque sólo tenía once años, insistió en que yo también diseccionara. Creo que jamás se dio cuenta de lo mucho que eso me afectaba, y probablemente imaginó que sentía el mismo entusiasmo que ella. Aunque yo, de manera natural, había diseccionado por mi cuenta lombrices, ranas y mi pulpo, la disección de fetos humanos me llenaba de repugnancia. Mi madre a menudo me contaba que, siendo yo bebé, le había preocupado el crecimiento de mi cráneo, temiendo que las fontanelas se hubieran cerrado demasiado pronto, y que, a consecuencia de ello, me transformara en un idiota microcefálico. De este modo, vi en esos fetos lo que (en mi imaginación) yo también podía haber sido, lo cual hacía que me fuera más difícil distanciarme de ellos, e incrementaba mi horror.
Aunque quedó entendido, casi desde mi nacimiento, que sería médico (y concretamente, deseaba mi madre, cirujano), esas experiencias precoces me predispusieron en contra de la medicina, me hicieron querer huir de ella y dedicarme a las plantas, que no tenían sentimientos, a los cristales, los minerales y elementos químicos, sobre todo, pues ellos existían en un reino propio inmortal, donde la enfermedad, el sufrimiento y la patología eran desconocidos.
Cuando tenía catorce años, mi madre lo dispuso todo con una colega, profesora de anatomía en el Royal Free Hospital, para que me introdujera en la anatomía humana, y la profesora G., amablemente, me llevó a la sala de disección. Allí, sobre largos caballetes, estaban los cadáveres, envueltos en hule amarillo (para evitar que los tejidos se secaran cuando no se diseccionaban). Fue la primera vez que vi un cadáver, y todos aquellos cuerpos me parecieron extrañamente encogidos y pequeños. Había un horrible olor a tejido muerto y a conservante, y casi me desmayé al entrar: veía puntitos por todas partes y tuve una repentina náusea. La profesora G. me había elegido un cadáver, el cuerpo de una muchacha de catorce años. Ya habían diseccionado parte de la chica, pero había una hermosa pierna intocada por la que podía empezar. Tenía ganas de preguntar quién era la muchacha, de qué había muerto, qué la había llevado allí, pero la profesora G. no suministró ninguna información, y en cierto modo fue mejor así, pues también temía saberlo. Tenía que pensar que era un cadáver, algo sin nombre hecho de nervios y músculos, tejidos y órganos, y diseccionarlo igual que se disecciona una lombriz o una rana, para aprender cómo está ensamblada la máquina orgánica. En la cabecera de la mesa había un manual de anatomía, el Manual de Cunningham; era el ejemplar que los estudiantes de medicina utilizaban en sus disecciones, y las páginas estaban amarillas y mugrientas de grasa humana.
Mi madre me había comprado un Cunningham la semana anterior, de modo que tenía algunos conocimientos, aunque eso no me había preparado para la experiencia real, la experiencia emocional, de diseccionar mi primer cadáver. La profesora G. me dio un empujoncito haciendo una primera incisión longitudinal en el muslo, separando la grasa y mostrando la aponeurosis que había debajo. Me dio varios consejos, y a continuación me puso el escalpelo en la mano y dijo que volvería al cabo de media hora para ver cómo me iba.
Tardé un mes en diseccionar la pierna; lo más difícil fue el pie, con sus pequeños músculos y sus tendones fibrosos, y la articulación de la rodilla, con toda su complejidad. De vez en cuando conseguía percibir la belleza con que todo estaba ensamblado, y experimentaba un placer intelectual y estético igual que el que mi madre obtenía de la cirugía y la anatomía. En su época de estudiante de medicina, había tenido como profesor al famoso anatomista comparativo Frederic Wood-Jones. A mi madre le encantaban los libros que había escrito —El hombre arbóreo, La mano y El pie—, y guardaba como un tesoro los ejemplares que él le había dedicado. Se quedó de una pieza cuando le dije que no «entendía» el pie. «Pero si es como un arco», me dijo, y se puso a dibujar pies, y los dibujaba igual que habría hecho un ingeniero, desde todos los ángulos, para mostrarme cómo el pie combinaba la estabilidad con la flexibilidad, lo hermoso de su concepción y evolución para caminar (aunque aún exhibiera trazas evidentes de su función prensil original).
Yo carecía de la capacidad de visualización de mi madre, de su poderosa intuición para la mecánica y la ingeniería, pero me encantaba oírla hablar del pie y ver cómo dibujaba, en rápida sucesión, patas de lagartija y pájaros, pezuñas de caballo, garras de león, y una serie de pies de primate. Pero el placer que experimentaba al comprender y apreciar la anatomía se perdía casi por completo en el horror de la disección, y la sensación que experimentaba en la sala de disección se extendía a la vida en general, hasta el punto de que no sabía si podría volver a amar los cuerpos cálidos y veloces de los vivos después de ver, oler y cortar el cadáver que hedía a formalina de una muchacha de mi misma edad.