7. QUÍMICA RECREATIVA

Ya incluso antes de la guerra, mis padres y mis hermanos me habían introducido en la química que podía practicarse en la cocina: observar el efecto efervescente del vinagre sobre un trozo de tiza, y luego derramar el pesado gas que eso producía, como una catarata invisible, sobre la llama de una vela, apagándola inmediatamente. O coger un trozo de col lombarda, conservada en vinagre, y añadirle amoníaco para neutralizarlo. Esto conducía a una asombrosa transformación, pues el líquido adquiría todo tipo de colores, de rojo a diversos matices de púrpura, luego se volvía turquesa y azul, y finalmente verde.

Después de la guerra, debido a lo mucho que me interesaban entonces los minerales y los colores, mi hermano David, que había preparado algunos cristales cuando estudiaba química en la escuela, me enseñó cómo hacerla. Me mostró cómo crear una solución sobresaturada disolviendo una sal como alumbre o sulfato de cobre en agua muy caliente y dejar que se enfriara. Hacía falta introducir algo —un hilo o un trozo de metal— dentro de la solución, y dejarlo colgando, para iniciar el proceso. Primero lo hice con un hilo de lana dentro de una solución de sulfato de cobre, y a las pocas horas se produjo una hermosa cadena de cristales azul brillante que subían a lo largo del hilo. Pero si utilizaba una solución de alumbre y un buen cristal semilla para iniciar el proceso, el cristal crecía uniformemente en las dos caras, proporcionándome un solo cristal grande de alumbre en forma de octaedro perfecto.

Posteriormente requisé la mesa de la cocina para hacer un «jardín químico», sembrando una solución espesa de silicato sódico, o vidrio soluble, con diferentes sales de colores de hierro, cobre, cromo y manganeso. La reacción no producía cristales, sino formaciones retorcidas en forma de planta dentro del vidrio soluble, que se hinchaban, echaban brotes, estallaban y cambiaban continuamente de forma ante mis ojos.[13] Este tipo de formación, me dijo David, se debía a la ósmosis: el sílice gelatinoso del vidrio soluble actuaba como una «membrana semipermeable», permitiendo que el agua penetrara en la solución mineral concentrada que había dentro. Esos procesos, dijo, eran cruciales en los organismos vivos, y también ocurrían en la corteza terrestre, lo que me recordó las gigantescas y nodulares masas de hematites en forma de riñón que había visto en el museo: la etiqueta decía que era «mena riñón» (aunque Marcus me dijo en una ocasión que se trataba de riñones fosilizados de dinosaurios).

Disfrutaba con esos experimentos, e intentaba imaginarme los procesos que ocurrían, pero no sentí una auténtica pasión por la química —un afán de combinar, de aislar, de descomponer, de ver cómo cambiaban las sustancias, de ver cómo algunas conocidas desaparecían y en su lugar surgían otras nuevas— hasta que vi el laboratorio del tío Dave y su pasión por los experimentos de todo tipo. Ahora anhelaba poseer un laboratorio propio: no la mesa de trabajo del tío Dave, ni la cocina familiar, sino un lugar donde poder hacer experimentos químicos solo, sin que me molestaran. Para empezar, quería encontrar cobaltita y niccolita, y compuestos o minerales de manganeso y molibdeno, de uranio y cromo, todos esos maravillosos elementos que se habían descubierto en el siglo XVIII. Quería pulverizarlos, tratarlos con ácido, calcinarlos, reducirlos —lo que fuera necesario— para poder extraer los minerales yo mismo. Sabía, pues había estado mirando un catálogo de sustancias químicas en la fábrica, que todos estos metales se podían comprar ya purificados, pero sería mucho más divertido, mucho más excitante, pensé, hacerlos yo mismo. De este modo entraría en el mundo de la química, empezaría a descubrir por mí mismo, de manera parecida a como lo hicieron sus pioneros: viviría la historia de la química por mí mismo.

De modo que me instalé en casa mi propio laboratorio. Tomé posesión de una habitación trasera que nadie utilizaba, originariamente un lavadero, que tenía agua caliente, una pila y un desagüe y diversos armarios y estantes. El cuarto tenía la ventaja de que daba al jardín, con lo que si preparaba algo y se incendiaba, o hervía y se salía del recipiente, o emitía vapores tóxicos, podría sacarlo al exterior corriendo y arrojarlo al césped. Y así fue como el césped no tardó en exhibir zonas chamuscadas y descoloridas, aunque mis padres lo consideraron un precio muy pequeño por mi seguridad, y quizá también la suya. Pero al ver los glóbulos en llamas que a veces surgían, y la general turbulencia y abandono con la que hacía las cosas, se alarmaron, y me instaron a planear los experimentos y a estar preparado para enfrentarme a incendios y explosiones.

El tío Dave me asesoró cuidadosamente acerca de la selección de aparatos: tubos de ensayo, redomas, cilindros graduados, embudos, pipetas, un mechero Bunsen, crisoles, vasos de cristal, matraces aforados, una espiral de platino, un desecador, un soplete, una retorta, un juego de espátulas y una balanza. Me aconsejó también en relación con los reactivos básicos: ácidos y álcalis, algunos de los cuales me los dio de su propio laboratorio, junto con una provisión de frascos con tapón de todos los tamaños, frascos de todas formas y colores (verde oscuro o marrón para los elementos sensibles a la luz), con unos tapones de cristal esmerilado que encajaban perfectamente.

Más o menos cada mes, a fin de aprovisionar mi laboratorio visitaba una casa de productos químicos que me quedaba bastante lejos, en Finchley, situada en un gran cobertizo emplazado a cierta distancia de sus vecinos (que, imagino, lo veían con cierto temor, como un lugar que en cualquier momento podía estallar o exhalar vapores venenosos). Me guardaba el dinero que me daban mis padres —de vez en cuando uno de mis tíos, que aprobaba mi pasión secreta, me daba media corona— y luego cogía una serie de trenes y autobuses hasta la tienda.

Me encantaba curiosear en Griffin & Tatlock igual que si estuviera en una librería. Los productos químicos más baratos se guardaban en unos enormes tarros de cristal tapados; los más caros y escasos se guardaban en frascos más pequeños tras el mostrador. El ácido fluorhídrico —una sustancia peligrosa que se utilizaba para hacer grabados sobre cristal— no podía guardarse dentro de cristal, de modo que se vendía en pequeños frascos hechos de gomosa gutapercha marrón. Debajo de los tarros y frascos que se apretaban en los estantes había grandes garrafas de ácido: sulfúrico, nítrico, agua regia; frascos globulares de porcelana que contenían mercurio (tres kilos de mercurio cabían en un frasco del tamaño de un puño), y trozos y lingotes de los metales más comunes. Los dependientes no tardaron en conocerme: yo era un colegial pequeño para mi edad y apasionado, que apretaba con fuerza sus monedas y se pasaba horas entre frascos y tarros, y aunque a veces me lanzaban algún aviso: «¡Cuidado con eso!», siempre me dejaban comprar lo que quería.

Primero me gustaba lo espectacular: las espumas, las incandescencias, los hedores y las explosiones, que casi definen un primer acceso a la química. Una de mis guías era la Química recreativa de J. J. Griffin, un libro de 1860 que había encontrado en una librería de segunda mano. Griffin tenía un estilo sencillo, práctico, y sobre todo lleno de humor; estaba claro que para él la química era divertida, y la hacía divertida para sus lectores, que probablemente eran chavales como yo, pues había apartados que se titulaban «Química para las vacaciones», en el que se incluían el «Pudin de ciruelas volátil» (que cuando se quita la tapa… abandona el plato y sube hasta el techo»), «Una fuente de fuego» (utilizando fósforo: «el manipulador debe procurar no quemarse») y «Brillante deflagración» (aquí también se advertía que había que «apartar la mano al instante»). Me divertía asimismo la mención de una fórmula especial (tungstato sódico) que hacía que los vestidos y cortinas de las mujeres fueran incombustibles —¿eran corrientes los incendios en la época victoriana?—, y lo utilicé para convertir mi pañuelo en ignífugo.

El libro se abría con «Experimentos elementales», experimentos con tinturas vegetales, viendo cómo cambiaba el color con ácidos y álcalis. La tintura vegetal más común era el tornasol: decía que procedía de un liquen. Yo utilizaba los papeles tornasol que mi padre guardaba en su consulta, y veía cómo se volvían rojos con diferentes ácidos o azules con el amoníaco, alcalino.

Griffin sugería experimentos con decolorantes: yo utilizaba el polvo decolorante de mi madre en lugar del agua clorada que él indicaba, y con ello decoloré el papel tornasol, zumo de col y un pañuelo rojo de mi padre. Griffin también sugería acercar una rosa roja a azufre ardiendo, de modo que el dióxido de azufre producido la decolorara. Al sumergirla en agua, de manera milagrosa, recuperaba su color.

De ahí Griffin (y yo con él) pasaba a las «tintas simpáticas», que se volvían visibles sólo cuando se calentaban o se les aplicaba un tratamiento especial. Jugué con bastantes: sales de plomo, que se volvían negras con sulfuro de hidrógeno; sales de plata, que se ennegrecían al exponerlas a la luz; sales de cobalto, que se volvían visibles sólo cuando se secaban o calentaban. Todo eso era divertido, pero también era química.

En mi casa había otros libros de química, algunos de los cuales los habían utilizado mis padres cuando estudiaban medicina, mientras que otros, los más recientes, pertenecían a mis hermanos mayores, Marcus y David. Uno era la Química práctica de Valentin, un tocho de libro: directo, carente de inspiración, pedestre en el tono, pensado como manual práctico, pero para mí, sin embargo, lleno de maravillas. En la parte interior de la tapa, corroída, descolorida y manchada (pues en su época se había utilizado mucho en el laboratorio), se leían las palabras: «Felicidades, con mis mejores deseos, 21/1/13. Mick.» Se lo había regalado a mi madre, cuando ésta cumplió los dieciocho, su hermano Mick, que tenía veinticinco, y que ya era químico y se dedicaba a la investigación. El tío Mick, hermano menor de Dave, se había ido a Sudáfrica con sus hermanos, y a su regreso había trabajado en una mina de estaño. Me contaron que le encantaba el estaño, tanto como al tío Dave le gustaba el tungsteno, y que en la familia a veces le llamaban el tío Estaño. Yo no conocí al tío Mick, pues murió de un tumor maligno el año que yo nací —sólo tenía cuarenta y cinco—, víctima, creía su familia, de los altos niveles de radiactividad que había en las minas de uranio de África. Pero mi madre había tenido una estrecha relación con él, y su imagen y su recuerdo permanecían vivamente en su memoria. La idea de que fuera el libro de química de mi madre, y del joven químico que no conocí y se lo regaló, hacían que el volumen fuera especialmente preciado para mí.

En la era victoriana había un gran interés popular por la química, y muchas casas poseían su propio laboratorio, al igual que tenían sus helechales y estereoscopios. La Química recreativa de Griffin se había publicado originariamente allá por 1830, y era un libro tan popular que constantemente se revisaba y salían nuevas ediciones; yo tenía la décima, editada en 1860.[14]

Un volumen que complementaba el de Griffin, publicado casi en la misma época y en la misma encuadernación verde y dorada, era La ciencia de la vida doméstica, de A. J. Bernays, que se centraba en el carbón, el gas de alumbrado, las velas, el jabón, el cristal, la porcelana, el barro, los desinfectantes: todo lo que podía haber en un hogar victoriano (y gran parte de lo que aún podía encontrarse en una casa un siglo después).

Muy distinto en estilo y contenido, aunque igualmente concebido para despertar la sensación de asombro («La vida corriente del hombre está llena de prodigios, químicos y psicológicos. Casi todos nosotros pasamos por esta vida sin verlos ni ser conscientes de ellos…»}, era La química de la vida cotidiana, de J. F. W. Johnston, escrito en 1859. Había en él capítulos fascinantes acerca de «Los olores que disfrutamos», «Los olores que nos desagradan», «Los colores que admiramos», «El cuerpo que apreciamos», «Las plantas que criamos», y no menos de ocho capítulos sobre «Los narcóticos que nos permitimos». Dicho volumen no sólo me introdujo en la química, sino en un panorama de exóticas culturas y comportamientos humanos.

Un libro muy anterior, del que pude obtener una copia en bastante mal estado por seis peniques —no tenía tapa y le faltaban unas cuantas páginas—, era The Chemical Pockeot-Bok o Memoranda Chemica, escrito en 1803. El autor era James Parkinson, de Hoxton, con quien volvería a encontrarme en mi época de biólogo, pues había fundado la paleontología, y luego, cuando era estudiante de medicina, como autor del famoso Ensayo sobre la parálisis temblorosa, que con el tiempo se acabaría conociendo como enfermedad de Parkinson. Pero para mí, a los once años, era tan sólo el autor de ese delicioso librillo de química. Ese libro me había hecho ver cómo la química se había expandido, de manera casi explosiva, a principios del siglo XIX; así, Parkinson hablaba de diez nuevos metales —uranio, telurio, cromo, colombio (o niobio), tantalio, cerio, paladio, rodio, osmio, iridio— que habían sido descubiertos pocos años antes.

Gracias a Griffin me hice una idea clara del concepto de «ácidos» y «álcalis» y de cómo se combinaban para producir «sales». El tío Dave demostraba la oposición de los ácidos y las bases midiendo cantidades precisas de ácido clorhídrico y sosa cáustica, que mezclaba en un vaso de precipitados. La mezcla se calentaba muchísimo, pero cuando se enfriaban el tío Dave decía: «Pruébalo ahora, bébetelo.» ¿Bebérmelo? ¿Estaba loco? Pero lo hice, y sólo sabía a sal. «Ya ves», me explicó, «un ácido y una base se juntan y se neutralizan mutuamente; se combinan y forman una sal.»

¿Podía invertirse el milagro?, pregunté. ¿Se podía conseguir que el agua salada se descompusiera en el ácido y la base? «No», dijo mi tío, «eso precisaría demasiada energía. Ya viste el calor que se desprendió al calentar el ácido y la base. Pues para invertir la reacción necesitarías la misma cantidad de calor. Además, la sal es muy estable. El sodio y el cloro se sujetan con fuerza, y ningún proceso químico corriente es capaz de separados. Para ello tendrías que utilizar una corriente eléctrica.»

Un día me lo demostró de manera más espectacular, colocando un trozo de sodio dentro de un tarro lleno de cloro. Hubo una violenta conflagración, el sodio se incendió y se quemó, de manera extraña, dentro del cloro verde amarillento. Pero cuando la reacción acabó, el resultado no fue más que sal común. Creo que después de eso sentí un respeto aún mayor por la sal, pues había visto los violentos contrarios que se unían para fabricarla y la fuerza de las energías, las fuerzas elementales, que ahora quedaban bloqueadas en el compuesto.

Mi tío también me mostró que las proporciones tenían que ser exactas: 23 partes de sodio, en peso, por 35,5 de cloro. Me sorprendieron esos números, pues ya me eran familiares: los había visto en listas en mis libros; eran las «masas atómicas» de esos elementos. Me había aprendido esos números de memoria, del mismo modo mecánico con que uno se aprende la tabla de multiplicar. Pero cuando el tío Dave mencionó esos mismos números en relación con las combinaciones químicas de los dos elementos, mi mente comenzó a hacerse preguntas de manera lenta y secreta.

Además de mi colección de muestras minerales, tenía una colección de monedas que guardaba en una pequeña vitrina de caoba muy lustrosa, cuyas puertas se abrían como las de un teatro de juguete, revelando una serie de delgadas bandejas con círculos cubiertos de terciopelo para las monedas: algunas no tenían más de seis milímetros de diámetro (las de cuatro peniques, las de tres peniques de plata, y las monedas de plata que el limosnero real distribuía entre los pobres el Jueves Santo), otras tenían casi cinco centímetros de diámetro (las coronas, que me encantaban, e incluso había otras más grandes, como las gigantescas de dos peniques acuñadas a finales del siglo XVIII).

Tenía también álbumes de sellos, y los que más me gustaban eran los de islas remotas con ilustraciones de escenas y plantas locales, sellos que con sólo verlos ya viajabas. Adoraba los sellos que mostraban diferentes minerales, y los que eran especiales: triangulares, sin perforar, sellos con filigranas invertidas, otros a los que les faltaban letras o con anuncios impresos en el dorso. Uno de mis favoritos era un sello serbocroata de 1914 del que se decía que, desde cierto ángulo, mostraba los rasgos del asesinado archiduque Fernando.

Pero mi colección preferida era la de billetes de autobús. En aquella época, siempre que uno cogía el autobús en Londres le daban una cartulina oblonga de color en la que había letras y números. Después de que un día me dieran un O 16 Y un S 32 (mis iniciales, y también los símbolos del oxígeno y el azufre, y añadidos a éstos, por un feliz azar, sus masas atómicas) decidí iniciar una colección de billetes de autobús «químicos», para comprobar cuántos de los noventa y dos elementos podía conseguir. Tuve una suerte extraordinaria, o eso me pareció (aunque todo era obra del azar), pues los billetes aumentaron rápidamente, y pronto tuve la colección completa (el W 184, el tungsteno, me proporcionó una satisfacción especial, en parte porque era la inicial de mi segundo nombre). Desde luego, había algunos muy difíciles: el cloro poseía la irritante masa atómica de 35,5, que no era un número entero, pero, imperturbable, recogí un Cl 355 y le añadí un diminuto punto con tinta. Los elementos de una sola letra eran más fáciles de conseguir: pronto tuve un H 1, un B 11, un C 12, un N 14 y un F 19, además del originario O 16. Cuando me di cuenta de que los números atómicos eran aún más importantes que las masas atómicas, empecé también a coleccionarlos. Al final disponía de todos los elementos conocidos, del H 1 al U 92. Cada elemento quedó para mí indisolublemente asociado a un número, y cada número a un elemento. Me encantaba llevar encima mi pequeña colección de billetes de autobús químicos; me daba la sensación de poseer, en el espacio de quince centímetros cúbicos, todo el universo, sus componentes básicos, en mi bolsillo.