CAPÍTULO 33
WOMBE, DREVLIN,
REINO INFERIOR
Un tumulto en el exterior del agujero en la pared atrajo la atención de Jarre, que acababa de dar los toques finales al discurso de Limbeck. Dejó el papel en la mesa, llegó hasta la cortina que hacía las veces de puerta y asomó la cabeza. Comprobó con satisfacción que la multitud congregada en la calle había crecido, pero los miembros de la UAPP que montaban guardia junto a la entrada estaban discutiendo acaloradamente con otro grupo de gegs que pretendían entrar.
Ante la aparición de Jarre, el clamor aumentó.
—¿Qué sucede? —preguntó ella.
Los gegs se pusieron a gritar a la vez y Jarre tardó algún tiempo en calmarlos. Cuando lo consiguió y hubo oído lo que tenían que decir, impartió unas instrucciones y desapareció de nuevo en el interior de la sede de la Unión.
—¿Qué era eso? —preguntó Haplo desde la escalera, con el perro a su lado.
—Lamento que el alboroto te despertara —se disculpó Jarre—. No es nada, en realidad.
—No dormía. ¿De qué se trata?
—El survisor jefe se acerca con su propio dios —contestó Jarre—. Debería haber esperado una cosa así de Darral Estibador. Pues bien, no le dará resultado, esto es todo.
—¿Su propio dios? —Haplo descendió los peldaños con pasos rápidos y ligeros como los de un gato—. Cuéntame.
—No irás a tomártelo en serio, ¿verdad? Ya sabes que los dioses no existen. Supongo que Darral les ha contado a los welfos que constituíamos una amenaza y han mandado a alguien aquí abajo para intentar convencer al pueblo que «Sí, de verdad, los welfos somos auténticos dioses».
—Ese dios que traen…, ¿sabes si es un elf…, un welfo?
—No lo sé. La mayoría de nuestro pueblo no ha visto nunca ninguno. Supongo que nadie sabe qué aspecto tienen. Lo único que sé es que, al parecer, ese dios es un niño y que ha estado proclamando que ha venido a juzgarnos y que va a hacerlo en el mitin de esta noche, para demostrar que estamos equivocados. Pero, naturalmente, tú podrás encargarte de él.
—Naturalmente —murmuró Haplo.
Jarre dio muestras de impaciencia.
—Tengo que ir a asegurarme de que está todo preparado en la Sala de Juntos. —Se echó un mantón por encima de los hombros. Camino de la salida, hizo una pausa y miró atrás—. No le cuentas esto a Limbeck: se pondría demasiado nervioso. Será mejor que el asunto lo tome completamente por sorpresa, así no tendrá tiempo de pensar.
Corriendo la cortina, abandonó la sede de la Unión entre grandes vítores de los congregados.
Ya a solas, Haplo se dejó caer en una silla. El perro, percibiendo el estado de ánimo de su amo, hundió el hocico en la mano de éste en un gesto reconfortante.
—¿Qué piensas, muchacho? ¿Los sartán? —Musitó Haplo, rascando al perro bajo los belfos con gesto ausente—. Ellos son lo más parecido a un dios que pueden encontrar estos enanos en un universo sin dioses. ¿Qué hago si lo son? No puedo desafiar a ese «dios» y revelarle mis poderes. Los sartán no deben tener noticia de nuestra huida de su prisión. Todavía no, hasta que mi amo esté completamente preparado.
Cayó en su silencio ceñudo y meditabundo. La mano que acariciaba al perro relajó sus movimientos y pronto quedó inmóvil. El animal, al advertir que ya no lo necesitaba, se instaló a los pies del hombre con el hocico sobre las patas. Sus ojos acuosos reflejaron la preocupación de la mirada de su amo.
—Qué ironía, ¿no? —murmuró Haplo y, al oír la voz, el animal irguió las orejas y alzó los ojos hacia él, con una de sus cejas blancas ligeramente levantada—. Tener los poderes de un dios y tener que reprimirse de utilizarlos. —Retirando el vendaje que le cubría la mano, pasó un dedo sobre las enmarañadas líneas azules y rojas de los signos mágicos cuyos fantásticos dibujos y espirales decoraban su piel—. Podría construir una nave en un día, salir volando de aquí mañana mismo, si quisiera. Podría mostrar a estos enanos un poder como nunca han imaginado. Podría convertirme en un dios para ellos y conducirlos a la guerra contra los humanos y los «welfos». —Haplo ensayó una sonrisa, pero su rostro recobró enseguida la seriedad—. ¿Por qué no? ¿Qué importancia tendría?
Lo embargó un poderoso deseo de utilizar su poder. No sólo de emplear la magia, sino de usarla para conquistar, para controlar, para dirigir. Los gegs eran pacíficos, pero Haplo sabía que no era éste el verdadero modo de ser de los enanos. De algún modo, los sartán habían conseguido despojarlos de su auténtico carácter y reducirlos a la condición de estúpidos «gegs» servidores de la máquina en que se habían convertido. No había de costar mucho reavivar en sus corazones el feroz orgullo, el valor legendario de los enanos. Las cenizas parecían frías pero, sin duda, aún debía de arder una llama en alguna parte.
—Podría organizar un ejército y construir naves… ¡Pero no! ¿Qué estoy diciendo? ¿Qué me ha dado de pronto? —Haplo volvió a cubrirse la mano con gesto irritado. El perro, encogiéndose ante el áspero tono de voz de su amo, le dirigió una mirada de disculpa creyendo tal vez que había hecho algo malo—. ¡Es mi verdadero carácter, mi naturaleza de patryn, y va a conducirme al desastre! Mi señor me advirtió al respecto: debo moverme con calma. Los gegs no están preparados, ni debo ser yo quien los guíe. Ha de ser uno de los suyos. Limbeck. Sí, he de encontrar el modo de avivar la llama que representa Limbeck.
»En cuanto a ese niño dios, no puedo hacer otra cosa que esperar a ver qué sucede y confiar en mí mismo. Si no es un Sartán, tanto mejor, ¿verdad, muchacho?
Inclinándose, Haplo dio unas palmaditas en el flanco del animal. Éste, satisfecho de que su amo hubiera recobrado el buen humor, cerró los ojos y exhaló un profundo suspiro.
—Y si resulta ser un sartán —murmuró luego para sí, echándose hacia atrás en su pequeño e incómodo asiento y estirando las piernas—, ¡que mi amo me contenga de arrancarle el corazón a ese bastardo!
Cuando Jarre regresó, Limbeck ya estaba despierto y repasaba nerviosamente su discurso, y Haplo había tomado una decisión.
—Bien —anunció Jarre, radiante, mientras se quitaba el mantón de sus anchos hombros—, todo está preparado para esta noche. Querido, creo que éste va a ser el mitin más concurrido desde que…
—Es preciso que hablemos con el dios —la interrumpió Haplo con su voz calmosa.
Jarre le lanzó una mirada de alarma, recordándole que no debía mencionar aquel tema en presencia de Limbeck.
—¿El dios? —Limbeck los miró tras las gafas que colgaban de su nariz en precario equilibrio—. ¿Qué dios? ¿Qué sucede?
—Limbeck tiene que saberlo —apaciguó Haplo a la irritada Jarre—. Siempre es mejor conocer todo lo que se pueda del enemigo.
—¿Enemigo? ¿Qué enemigo?
Limbeck, pálido pero sereno, se había puesto en pie.
—No creerás en serio que son lo que afirman ser, unos dictores…, ¿verdad? —preguntó Jarre a Haplo, mirándolo con expresión ceñuda y los brazos en jarras.
—No, y eso es lo que debemos demostrar. Tú misma has dicho que, sin duda, se trata de un ardid del survisor jefe para desacreditar nuestro movimiento. Si logramos capturar a ese ser que se proclama dios y demostramos públicamente que no es tal…
—¡… entonces podremos derrocar al survisor jefe! —exclamó Jarre, batiendo palmas con gran excitación.
Haplo bajó la cabeza, fingiendo acariciar al perro, para disimular una sonrisa. El animal alzó los ojos hacia su amo con un aire melancólico e inquieto.
—Cabe esa posibilidad, desde luego, pero debemos avanzar paso a paso —planteó Haplo tras una pausa, como si hubiera meditado profundamente sobre el asunto—. Antes de nada, es fundamental descubrir quién es ese dios y por qué está aquí.
—¿De quién habláis? ¿Quién está aquí? —A Limbeck le resbalaron las gafas por la nariz. Las colocó de nuevo en su sitio y alzó la voz—. ¡Hablad!
—Lo siento, querido. Todo ha sucedido mientras dormías.
Jarre lo puso al corriente de la llegada del dios del survisor jefe y de que éste había hecho desfilar al niño por las calles de la ciudad. Después, comentó lo que decía y hacía la gente de Drevlin y que unos creían que el niño era un dios y otros, que no lo era…
—… y va a haber problemas. Es eso a lo que te refieres, ¿no? —la cortó Limbeck, terminando la frase. Después, se dejó caer en su asiento y contempló a Jarre con aire sombrío—. ¿Y si realmente son los dictores? ¿Y si me he equivocado y por fin han acudido a…, a someter al Juicio a nuestro pueblo? ¡Se sentirán ofendidos y tal vez vuelvan a abandonarnos! —Estrujó el discurso entre sus manos y añadió—: ¡Quizá mis actos hayan causado un gran daño a nuestro pueblo!
Jarre abrió la boca con un gesto de exasperación pero Haplo, con un movimiento de cabeza, le indicó que guardara silencio. Luego, dijo:
—Precisamente por eso es necesario que hablemos con ellos. Si son los sar…, los dictores —se corrigió—, podremos explicarles lo que sucede y estoy seguro de que lo entenderán.
—¡Yo estaba tan convencido…! —exclamó Limbeck, entristecido.
—¡Y sigues teniendo razón, querido! —Jarre se arrodilló junto a él y, tomando su rostro entre ambas manos, lo obligó a volverlo hasta que sus ojos se encontraron—. ¡Ten fe en ti mismo! ¡Ese «dios» es un impostor traído por el survisor jefe! ¡Demostraremos eso, y demostraremos también que el survisor y los ofinistas se han aliado con quienes nos tienen esclavizados! ¡Ésta puede ser nuestra gran oportunidad, la ocasión perfecta para cambiar nuestro mundo!
Limbeck no respondió. Apartó con suavidad las manos de Jarre y las apretó entre las suyas, agradeciéndole en silencio su apoyo. Después, levantó la cabeza y miró fijamente a Haplo, con expresión preocupada.
—Ya has ido demasiado lejos para echarte atrás ahora, amigo mío —dijo el patryn—. Tu gente confía en ti, cree en tu palabra. No puedes decepcionarla.
—Pero, ¿y si estoy equivocado?
—No lo estás —respondió Haplo con convicción—. Incluso si se trata de un dictor, los dictores no son dioses y nunca lo han sido. Son humanos, como yo. Fueron dotados de grandes poderes mágicos, pero siguen siendo mortales. En el caso de que el survisor jefe afirme que el dictor es un dios, pregúntale directamente a éste. Si se trata de un verdadero dictor, te responderá la verdad.
Los dictores siempre decían la verdad. Habían recorrido todo el mundo declarando que no eran seres divinos, aunque tomando sobre sí las responsabilidades propias de los dioses. Su falsa modestia encubría su orgullo y su ambición. Si aquel «dios» era un auténtico sartán, rechazaría su condición divina. Si no lo era, Haplo sabría que estaba mintiendo y no le costaría mucho desenmascararlo.
—¿Podemos ponernos en contacto con él? —preguntó a Jarre.
—Lo tienen con sus compañeros en la Factría —respondió ella, pensativa—. No sé mucho de ese lugar, pero preguntaré a algunos de nuestro grupo que sí lo conocen.
—Debemos darnos prisa. Pronto oscurecerá y el mitin esta anunciado para dentro de dos horas. Deberíamos verlos antes de empezar.
Jarre ya estaba en pie y se encaminaba hacia la salida. Limbeck descansó la cabeza en una mano con un suspiro. Las gafas le resbalaron de la nariz y le cayeron en el regazo, sin que él se diera cuenta.
Haplo admiró la energía y determinación de la enana. Jarre conocía sus limitaciones; ella era capaz de convertir en realidad una visión, pero era Limbeck quien tenía los ojos —por muy cegatos que fueran— para captarla. Ahora debía ser él, Haplo, quien mostrara al geg lo que debía ver.
Jarre regresó con varios gegs de aspecto torvo y aire impaciente.
—Existe un camino de entrada a la Factría, unos túneles que corren por debajo del suelo y tienen una boca junto a la estatua del dictor.
Haplo señaló a Limbeck con un gesto de cabeza. Jarre captó su intención.
—¿Me has oído, querido? Podemos penetrar en la Factría y hablar con el presunto dios. ¿Vamos allá?
Limbeck alzó la cabeza. Bajo la barba, su rostro estaba pálido pero en sus facciones había una expresión de determinación.
—Sí —respondió, levantando una mano para que Jarre no lo interrumpiera—. Me he dado cuenta de que no importa si tengo razón o estoy equivocado. Lo único que importa es descubrir la verdad.