CAPÍTULO 5

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MONASTERIO DE LOS KIR, ISLAS VOLKARAN,

REINO MEDIO

La revelación no sorprendió a Hugh. Tenía que ser alguien próximo a Su Majestad, para que éste llevara el apunto con tanta intriga y sigilo. La Mano sabía que Stephen temía un heredero, pero desconocía cualquier otro detalle. A juzgar por la edad del rey, el príncipe debía de tener dieciocho o veinte ciclos. Una edad suficiente para haberse metidos en serios problemas.

—El príncipe está aquí, en el monasterio. —Stephen hizo una pausa e intentó humedecer su lengua reseca. Luego añadió—: Le hemos dicho que su vida corre peligro y que tú eres un noble disfrazado al que hemos encargado que lo escolte a un lugar secreto donde estará a salvo. —Al monarca se le quebró la voz. Crispado, carraspeó y continuó hablando—. El príncipe no pondrá objeciones a la decisión, pues sabe muy bien que cuanto le decimos es cierto: se cierne en torno a él un complot amenazador…

—De eso no cabe duda —comentó Hugh.

El rey se crispó aún más. Su cota de malla rechinó y la espada tintineó en la vaina.

—¡Conteneos, Majestad! —Susurró el correo, apresurándose a interponer su cuerpo entre el monarca y el asesino—. ¡Recuerda a quién te diriges! —reprendió a éste.

Hugh no le hizo caso.

—¿Adonde tengo que llevar al príncipe, Majestad? ¿Qué debo hacer con él?

—Yo te explicaré los detalles —respondió Triano.

Stephen ya no soportaba aquello por más tiempo y empezaba a perder el aplomo. Se encaminó hacia la puerta y, al hacerlo, volvió un poco el cuerpo para no rozarse con el asesino. Probablemente, el gesto fue inconsciente, pero la afrenta no pasó inadvertida a la Mano, que sonrió tétricamente en la oscuridad y murmuró en respuesta:

—Majestad, hay un servicio que ofrezco a todos mis clientes…

Stephen se detuvo, con la mano en el tirador de la puerta.

—¿Y bien? ¿Cuál es? —preguntó sin volver la cabeza.

—Revelarle a la víctima quién lo hace matar y por qué. ¿Debo informar de ello a vuestro hijo, Majestad?

La cota de malla volvió a crujir, revelando que el cuerpo del monarca era presa de un acusado temblor. Pese a ello, Stephen mantuvo la cabeza enhiesta y los hombros erguidos.

—Cuando llegue el momento —sentenció—, mi hijo lo sabrá.

Tenso, erguido, el rey se adentró en el pasadizo. Hugh escuchó sus pisadas perdiéndose en la distancia. El correo se aproximó a él y guardó silencio hasta que oyó cerrarse una puerta a lo lejos.

—No había necesidad de decir eso —dijo entonces, sin alzar la voz—. Lo has herido profundamente.

—¿Y quién es este «correo» que administra los fondos del tesoro real y se preocupa por los sentimientos del rey? —replicó Hugh.

—Tienes razón. —El joven emisario se había vuelto hacia la ventana y Hugh lo vio sonreír—. No soy ningún correo. Soy el mago del rey.

El asesino frunció el entrecejo.

—Eres muy joven para ser mago, ¿no?

—Tengo más edad de la que parece —respondió Triano con jovialidad—. Las guerras y el gobierno de un reino envejecen a los hombres. La magia, no. Y ahora, si quieres acompañarme, tengo ropas y provisiones para tu viaje, además de la información que precisas. Por aquí…

El mago se apartó para dejar paso a Hugh. El gesto de Triano era cortés, pero la Mano advirtió que su acompañante obstruía hábilmente con su cuerpo el pasadizo por el que había desaparecido Stephen. Avanzó en la dirección que le indicaba.

Triano hizo una pausa para recoger la lámpara de la piedra luminosa, alzó la pantalla y avanzó junto a Hugh, muy cerca de su codo.

—Por supuesto, deberás parecer un noble y actuar como tal. Para ello te hemos preparado un vestuario adecuado. Una de las razones de que te escogiéramos es que procedes de noble cuna, aunque no se te haya reconocido. Posees un aire aristocrático innato. El príncipe es muy inteligente y no lo engañaría un patán con ropas caras.

No habían caminado más de diez pasos cuando el mago indicó a Hugh que se detuviera ante una de las muchas puertas que se abrían en el pasillo. Con la misma llave de hierro que había utilizado en las ocasiones anteriores, Triano abrió una vez más. Hugh entró y juntos recorrieron un pasillo transversal al primero y que no estaba en tan buen estado como éste. Las paredes empezaban a desmoronarse y tanto Hugh como el mago avanzaron con toda cautela, pues las grietas del suelo hacían traicionero el camino. Doblaron a la izquierda para entrar en otro pasadizo y un nuevo giro a la izquierda los introdujo en un tercero. Cada uno de los sucesivos corredores era más corto que el anterior. Hugh comprendió que estaban internándose cada vez más en las entrañas del gran monasterio. A continuación, iniciaron una serie de vueltas en zigzag, como si anduvieran al azar. Triano no dejó de hablar un solo instante en todo el recorrido.

—Era aconsejable recoger toda la información posible acerca de ti. Sabemos que naciste en la cama que no debías después de una aventura de tu padre con una criada, y que tu noble padre (cuyo nombre, por cierto, he sido incapaz de descubrir) arrojó a la calle a tu madre. Ella murió durante el ataque de los elfos a Festfol y tú fuiste recogido y criado por los monjes kir. —Triano se estremeció—. No debe de haber sido una vida fácil —añadió en un murmullo, mientras echaba un vistazo a los muros helados que los rodeaban.

Hugh no vio la necesidad de hacer comentarios y guardó silencio. Si el mago pensaba que dándole conversación y siguiendo aquella complicada ruta iba a distraerlo o confundirlo, no lo estaba consiguiendo. Normalmente, todos los monasterios kir estaban construidos según los mismos planos: un patio interior cuadrado, con las celdas de los monjes sobre dos de los lados. El tercero albergaba a los criados de los monjes o a los huérfanos, como Hugh, recogidos por la orden. También estaban allí las cocinas, las salas de estudio y la enfermería.

El niño tendido en el jergón de paja sobre el suelo de piedra se agitó y volvió la cabeza. En la estancia, oscura y sin calefacción, hacía un frío terrible, pero la piel del chiquillo ardía con un calor innatural y, en sus movimientos convulsivos, había arrojado a un lado la fina manta con la que cubría sus brazos desnudos. Otro muchacho, algunos años mayor que el enfermo, el cual parecía tener unos nueve ciclos, entró en la cámara y contempló con aire apesadumbrado a su amigo. El muchacho traía en las manos un cuenco de agua que colocó con cuidado en el suelo al tiempo que se arrodillaba al lado del enfermo. Después, sumergiendo los dedos en el agua, humedeció sus labios resecos, cuarteados por la fiebre.

Esto pareció aliviar los sufrimientos del niño. Dejó de agitarse y volvió los ojos vidriosos hacia su cuidador. Una desvaída sonrisa iluminó su carita pálida y macilenta. El muchacho arrodillado a su lado le respondió con otra sonrisa, rasgó un retal de tela de sus ropas andrajosas y la sumergió en el agua. Después de escurrirla con cuidado para no desperdiciar ni una gota, aplicó la compresa en la frente enfebrecida del pequeño.

—Todo saldrá bien… —empezó a decir el muchacho, cuando una negra sombra se cernió sobre los dos y una mano fría y huesuda lo agarró por la muñeca.

—¡Hugh! ¿Qué estás haciendo?

La voz sonaba tan fría, rancia y oscura como la estancia.

—Yo…, estaba ayudando a Rolf, hermano. Tiene la fiebre y Gran Maude ha dicho que, si no le baja, morirá…

—¿Morir? —La voz hizo estremecerse la cámara de piedra—. ¡Por supuesto que morirá! Es un privilegio para él morir siendo un niño inocente y escapar del mal que es la herencia de la humanidad. De ese mal que debemos sacar de nuestros débiles cuerpos a base de disciplinas. —La mano obligó a Hugh a postrarse de rodillas—. Reza, Hugh. Reza para que te sea perdonado el pecado de intentar contrariar la voluntad de los antepasados llevando a cabo el acto innatural de sanar a un enfermo. Reza para que la muerte…

El niño enfermo emitió un sollozo y contempló con temor al monje. Hugh se desasió de la mano que lo forzaba a seguir de rodillas.

—Sí que rezaré por la muerte —masculló en un siseo, poniéndose en pie—. ¡Por la tuya, hermano!

El monje descargó su bastón sobre los lomos de Hugh y éste se tambaleó. El segundo golpe lo derribó al suelo. Después, siguieron lloviéndole golpes hasta que el monje se cansó de levantar el palo. Por fin, el hermano abandonó la enfermería. El cuenco de agua se había roto durante la paliza. Lleno de golpes y contusiones, Hugh buscó a tientas en la oscuridad hasta encontrar el paño. Estaba húmedo de agua o de su propia sangre, no lo sabía a ciencia cierta. En cualquier caso, lo notó frío y reconfortante cuando lo colocó con ternura en la frente de su pequeño amigo.

Levantando el cuerpecito enjuto entre sus brazos, Hugh estrechó al enfermo contra su pecho acunándolo torpemente, consolándolo, hasta que el pequeño dejó de temblar y agitarse, y su cuerpo quedó frío y quieto…

—Cuando tenías dieciséis ciclos —continuó contando Triano—, escapaste de los kir. El monje con el que hablé me dijo que, antes de marcharte, irrumpiste en las salas de archivos y averiguaste la identidad de tu padre. ¿Lo encontraste?

—Sí —respondió la Mano, pensando para sí que aquel Triano se había tomado mucho interés, realmente, en averiguar cosas acerca de él. El mago había acudido a visitar a los kir y, al parecer, los había interrogado en profundidad. Eso significaba que… Sí, por supuesto. Aquello resultaba muy interesante: ¿quién iba a aprender más del otro durante aquel paseo por los pasadizos?

—¿Era un noble? —lo tanteó Triano con suavidad.

—Así se hacía llamar. En realidad era un…, ¿cómo decías hace un rato?, «un patán con ropas caras».

—Hablas en pasado. ¿Ha muerto, pues?

—Sí. Yo mismo lo maté.

Triano hizo un alto y lo miró con los ojos como platos.

—¡Me dejas helado! Hacer una declaración así con tanta despreocupación…

—¿Y por qué diablos debería preocuparme? —Hugh continuó caminando y Triano tuvo que correr para mantenerse a su lado—. Cuando el muy cerdo supo quién era yo, se me echó encima con la espada. Me enfrenté a él con las manos desnudas y el arma terminó clavada en su vientre. Juré que fue un accidente y el alguacil me creyó. Al fin y al cabo, yo era casi un chiquillo y mi «noble» padre tenía fama de lujurioso: muchachas, jóvenes…, a él le daba igual. No le revelé a nadie quién era, sino que les hice pensar que el muerto me había raptado. Los kir se habían ocupado de darme educación y aún hoy soy capaz de hablar como un noble, si quiero. El alguacil se convenció de que era el hijo de algún aristócrata, secuestrado para saciar la lascivia de mi padre. Supongo que el hombre tenía más interés en silenciar la muerte del viejo licencioso que en iniciar una enemistad entre clanes.

—Pero no fue un accidente, ¿verdad?

Una piedra se movió bajo el pie de Triano, que alargó instintivamente la mano hacia Hugh. Éste sostuvo al mago y lo ayudó a recobrar el equilibrio. Ahora, el camino descendía hacia las entrañas más profundas del monasterio.

—No, no fue ningún accidente. Le arranqué sin esfuerzo la espada de la mano, pues estaba borracho. Le dije el nombre de mi madre y el lugar donde estaba enterrada, y a continuación le clavé el arma en las tripas. Murió demasiado deprisa. Desde entonces he aprendido.

Triano estaba pálido y silencioso. Levantó la piedra luminosa en su candil de hierro y estudió el rostro ceñudo de Hugh, surcado por profundas arrugas.

—El príncipe no debe sufrir —indicó el mago.

—Bien, volvamos a ese asunto —dijo la Mano con una sonrisa—. Por cierto, estábamos teniendo una charla muy agradable. ¿Qué esperabas encontrar? ¿Que no soy tan malo como mi reputación? ¿O tal vez lo contrario, que soy todavía peor?

Triano hacía visibles esfuerzos por no irse por las ramas. Con la mano en torno al brazo de Hugh, se inclinó hacia él y le habló en voz baja, aunque los únicos oyentes que el asesino alcanzó a ver eran unos murciélagos.

—Debes hacerlo con limpieza y rapidez. Por sorpresa. Sin infundir temor. Mientras duerme, tal vez. Hay venenos que…

Hugh se sacudió la mano del mago y replicó:

—Conozco bien mi oficio. Haré las cosas como dices, si es eso lo que deseas. Tú eres el cliente. O, más bien, supongo que hablas por él.

—Sí, eso es lo que deseamos los dos.

Tranquilizado al respecto, Triano suspiró y continuó avanzando un corto trecho hasta detenerse frente a una nueva puerta cerrada. En lugar de abrirla, dejó el candil en el suelo y, con un gesto de la mano, indicó a Hugh que observara el interior. El asesino se agachó, aplicó el ojo al agujero de la cerradura y escrutó la estancia.

La Mano rara vez se emocionaba por nada, nunca exteriorizaba sus sentimientos… Sin embargo, en esta ocasión, su mirada aburrida y desinteresada se convirtió en un destello de sorpresa y conmoción al contemplar por el ojo de la cerradura a su futura víctima. No tenía ante sí al joven intrigante que había forjado en su imaginación; enroscado en un jergón, profundamente dormido, había un chiquillo de rostro pensativo que no debía de tener más de diez ciclos.

Hugh se incorporó lentamente. El mago levantó el candil y estudió el rostro del asesino. Su expresión era sombría y ceñuda y Triano suspiró de nuevo, con una mueca de preocupación en el rostro. Tras llevarse un dedo a los labios, el mago condujo a Hugh a una habitación dos puertas más allá de la anterior. Abrió la puerta con la llave, empujó a Hugh al interior y cerró de nuevo sin hacer ruido.

—¡Ah! —Exclamó Triano sin alzar la voz—, hay algún problema, ¿verdad?

Hugh echó una ojeada rápida y completa a la estancia en que se hallaban y volvió a mirar al ansioso mago.

—Sí. Con gusto echaría unas chupadas a la pipa. La mía me la quitaron en la prisión. ¿No tendrás otra?