CAPÍTULO 9

imgcap.jpg

DE HET A WOMBE, DREVLIN,

REINO INFERIOR

Limbeck aguardaba con expectación el viaje a través de Drevlin hasta Wombe, la capital, a bordo de la centella rodante. Hasta aquel momento, jamás había montado en la centella. Nadie de su truno lo había hecho y entre la multitud corrían abundantes murmuraciones respecto a que un delincuente común gozara de privilegios que les estaban negados a los ciudadanos normales.

Algo dolido al oírse llamar delincuente común, Limbeck ascendió los peldaños y penetró en lo que parecía una caja de reluciente latón, dotada de ventanas y apoyada en numerosas ruedas que corrían por unos raíles metálicos. Sacó las gafas del bolsillo, ajustó las frágiles patillas de alambre tras las orejas y contempló a la multitud. Localizó enseguida a Jarre, aunque ésta tenía la cabeza y el rostro ocultos bajo la sombra de una voluminosa capa. Era demasiado arriesgado intentar establecer un diálogo por señas, pero Limbeck consideró que no sucedería nada si se llevaba sus gruesos dedos a los labios y le enviaba un breve beso.

Llamó su atención una pareja que permanecía apartada de los demás en el otro extremo del andén y le sorprendió comprobar que se trataba de sus padres. Al principio, lo conmovió pensar que habían acudido a despedirlo. Sin embargo, una ojeada al rostro sonriente de su padre, semioculto bajo una enorme bufanda que llevaba en torno al cuello para asegurarse de que nadie lo reconocía, llevó a Limbeck a pensar que no estaban allí por amor a él, sino, probablemente, para cerciorarse de que veían por última vez a un hijo que no les había traído más que líos y descrédito. Con un suspiro, Limbeck se acomodó en el asiento de madera.

El conductor del vehículo, conocido popularmente como el centellero, echó un vistazo a Limbeck y al garda que lo acompañaba, los dos pasajeros que ocupaban el único compartimiento. Aquella inhabitual parada en la estación de Het le había hecho acumular un considerable retraso sobre el horario y no quería perder más tiempo. Al observar que Limbeck empezaba a ponerse en pie —el enano creyó ver entre la gente a su antiguo maestro—, el centellero se echó por encima de los hombros las dos trenzas de su barba, cuidadosamente partida en el mentón; a continuación, agarró dos de las numerosas clavijas metálicas que tenía ante sí y tiró de ellas. Varias mordazas de metal que sobresalían del techo del compartimiento se elevaron desde éste y se cerraron en torno a un cable suspendido encima del vehículo. Se produjo un chispazo azulado, un silbato dejó oír su voz aguda y potente y, entre chisporroteos y zumbidos eléctricos, la centella rodante arrancó con una sacudida.

La caja de metal se meció y cabeceó adelante y atrás. Las mordazas que se agarraban al cable encima de los viajeros despedían alarmantes chispas, pero el centellero no pareció inmutarse. Asió otra de las clavijas metálicas, la empujó hasta hundirla en la pared y el vehículo adquirió más velocidad. Limbeck pensó que en su vida había experimentado una sensación tan maravillosa.

La centella rodante había sido creada mucho tiempo atrás por los dictores para su empleo en la Tumpa-chumpa. Una vez que los dictores desaparecieron misteriosamente, la propia máquina se hizo cargo de su funcionamiento y mantuvo con vida aquel medio de transporte igual que se mantenía operativa ella misma. La vida de los gegs estaba destinada a servir a ambas.

Todos los gegs pertenecían a algún truno, es decir, formaban parte de un clan que había vivido en la misma ciudad y había adorado a la misma parte de la Tumpa-chumpa desde que los dictores llevaran por primera vez a los enanos a aquel mundo. Cada geg realizaba la misma tarea que había desempeñado su padre, y el padre de éste, y el padre del abuelo, antes que él.

Los gegs realizaron su trabajo a conciencia. Eran competentes, hábiles y expertos, pero carentes de imaginación. Cada uno sabía servir a la Tumpa-chumpa en el puesto que tenía asignado y no mostraba el menor interés por las demás partes de la máquina. Más aún, ninguno se cuestionaba las razones para hacer lo que hacía. Por qué había que girar la rueda, por qué no debía permitirse que la flecha negra del silbato apuntara nunca hacia la zona roja, por qué había de tirar del tirador, pulsar el pulsador o girar la manivela, eran preguntas que no se le pasaban por la cabeza al geg corriente. Pero Limbeck no era un geg corriente.

Ahondar en los «cómo» y los «porqué» de la gran Tumpa-chumpa era una blasfemia y atraía la cólera de los ofinistas, que constituían la casta sacerdotal de Drevlin. La máxima ambición de la mayoría de los gegs era llevar a cabo su acto de adoración según las enseñanzas de los maestros de su truno, y realizarlo satisfactoriamente. Esto les habría de proporcionar, a ellos o a sus hijos, un lugar en los reinos superiores. Pero Limbeck no se daba por satisfecho con ello.

Cuando pasó la novedad de moverse a una velocidad tan tremenda, el viaje en la centella empezó a resultarle muy deprimente. La lluvia batía contra las ventanas. Unos relámpagos naturales —no los rayos azulados que creaba la Tumpa-chumpa— descendían de las nubes turbulentas y en ocasiones afectaban a los chisporroteos azules del vehículo, haciendo que la caja metálica saltara y vibrara. En el techo del compartimiento se oyó el repiqueteo del granizo. Desplazándose alrededor, debajo, encima y a través de enormes secciones de la Tumpa-chumpa, la centella parecía estar exhibiendo presuntuosamente —al menos, a los ojos de Limbeck— el grado de esclavitud de los gegs.

Las llamas de unos hornos gigantescos iluminaban la penumbra opresiva y permanente. Bajo su resplandor, Limbeck observó a sus congéneres —apenas unas sombras oscuras y achaparradas recortadas contra el fuego deslumbrante— atendiendo las necesidades de la Tumpa-chumpa. La visión despertó en él una rabia que, advirtió compungido, había arrinconado y casi había dejado extinguirse en su interior mientras se dejaba absorber por la tarea de organizar la UAPP.

Se alegró de volverla a experimentar, de aceptar la energía que le proporcionaba, y empezó a meditar sobre cómo trasladar aquel sentimiento a su alegato cuando un comentario de su acompañante interrumpió momentáneamente sus pensamientos.

—¿Qué has dicho? —preguntó.

—Digo que es hermosa, ¿verdad? —repitió el garda, contemplando la Tumpa-chumpa con admiración y respeto.

«Esto ya es demasiado», pensó Limbeck completamente indignado. «Cuando me conduzcan ante el survisor jefe, contaré a todos la verdad…».

—¡Fuera! —Gritó el maestro, con la barba erizada de cólera—. ¡Vete de aquí, Limbeck Aprietatuercas, y que nunca vuelva a ver por esta escuela tus ojos miopes!

—No entiendo por qué se ha molestado así —replicó el joven Limbeck mientras se ponía en pie.

—¡Fuera! —aulló el geg.

—Era una pregunta perfectamente lógica.

La visión de su instructor abalanzándose hacia él y blandiendo una llave de tuerca en la mano hizo que el alumno emprendiera una rápida e indecorosa retirada hasta salir del aula. Limbeck, del decimocuarto gremio, abandonó la escuela de la Tumpa-chumpa con tales prisas que no le dio tiempo a ponerse las gafas y, en consecuencia, cuando llegó a la rechinante rueda roja, se equivocó de dirección. Las salidas estaban señaladas, por supuesto, pero Limbeck era tan corto de vista que no distinguió el rótulo. Abrió la puerta que, creía, daba paso al corredor que conducía a la plaza del mercado, recibió el viento en pleno rostro como una bofetada y se dio cuenta de que aquella puerta se abría en realidad al Exterior.

El joven geg no había estado nunca en el Exterior. Debido a las temibles tormentas que barrían la tierra al ritmo medio de dos por hora, nadie abandonaba nunca el refugio de la ciudad y la reconfortante presencia de la Tumpa-chumpa. Repletos de túneles, pasadizos cubiertos y senderos subterráneos, los pueblos y ciudades de Drevlin estaban construidos de tal modo que los gegs podían recorrerlos durante meses sin que mojara su rostro una sola gota de lluvia. Quienes tenían que viajar por la superficie utilizaban la centella rodante o los gegavadores. Pocos gegs salían alguna vez al Exterior caminando.

Limbeck titubeó en el umbral de la puerta, escrutando con sus ojos miopes el paisaje bañado por la lluvia y barrido por el viento. Aunque éste soplaba con fuerza, en aquel momento se producía una pausa entre dos tormentas y se filtraba entre las nubes perpetuas una débil luz grisácea que, en Drevlin, era lo más parecido a un día despejado y radiante bajo los rayos de Solarus. La luz daba un aspecto encantador al paisaje de la isla, habitualmente lóbrego, y titilaba y parpadeaba sobre las numerosas palancas, ruedas y mecanismos de la Tumpa-chumpa, que giraban, rodaban y se movían arriba y abajo incansablemente, mientras las nubes de vapor se alzaban hasta unirse a sus hermanas en el cielo. El resplandor mortecino hacía que la superficie de Drevlin, melancólica y deslustrada, llena de grietas y montones de escoria y hoyos y zanjas, pareciera casi atractiva, sobre todo, cuando lo único que alcanzaba a ver el espectador era una especie de suave y borroso contorno de color fango.

Limbeck advirtió inmediatamente que se había equivocado de camino. Sabía que debía volver atrás, pero el único lugar al que podía acudir era su casa y estaba seguro de que, para entonces, ya habría llegado a oídos de sus padres la noticia de que lo habían expulsado de la escuela de la Tumpa-chumpa. Exponerse a los terrores del Exterior le resultaba mucho más atractivo que afrontar la cólera de su padre, de modo que, sin pensarlo más, traspasó el umbral y cerró la puerta de golpe a sus espaldas.

Aprender a caminar por el fango fue toda una experiencia en sí misma. Al dar el tercer paso, resbaló y cayó pesadamente en el cieno. Cuando se incorporó, descubrió que una de sus botas estaba atascada y necesitó todas sus fuerzas para sacarla. Escudriñó el terreno en penumbra y llegó a la conclusión de que los montones de escoria tal vez le proporcionarían un apoyo más firme. Avanzó chapoteando entre el fango hasta alcanzar al fin las pilas de coralita que dejaban a su paso las potentes palas excavadoras de la Tumpa-chumpa. Al escalar la superficie dura y compacta de la coralita, advirtió complacido que había acertado: era mucho más fácil caminar sobre ella que por el barrizal.

También se dijo que la vista debía de ser espectacular y pensó que era preciso contemplarla. Sacó las gafas del bolsillo, se las colgó de la nariz y miró a su alrededor.

En las planicies de Dravlin se alzaban las chimeneas y los tanques contenedores, las antenas productoras de rayos y las enormes ruedas en movimiento de Tumpa-chumpa, muchas de cuyas estructuras se alzaban a tal altura que sus extremos humeantes se perdían entre las nubes. Limbeck observó con temor y respeto la Tumpa-chumpa. Cuando uno servía sólo a una parte de aquella gigantesca creación, tendía a concentrarse únicamente en esa parte y perdía de vista el conjunto. A Limbeck le vino a la cabeza el viejo dicho de que los dientes no le dejan a uno ver la rueda.

«¿Por qué?», se preguntó (por cierto, era la misma pregunta que había provocado su expulsión de la escuela). «¿Por qué está aquí la Tumpa-chumpa? ¿Por qué la construyeron los dictores, para luego dejarla aquí? ¿Por qué vienen y van cada mes los inmortales welfos, sin cumplir jamás con la promesa de elevarnos a los refulgentes reinos superiores? ¿Por qué? ¿Por qué?».

Las preguntas martillearon en la cabeza de Limbeck hasta que los resonantes porqués, las ráfagas de viento o la propia visión de la mole reluciente de la Tumpa-chumpa, o las tres cosas a la vez, empezaron a aturdirlo. Parpadeando, se quitó las gafas y se frotó los ojos. En el horizonte se cerraban las nubes, pero el geg calculó que aún quedaba algún tiempo hasta que descargara la siguiente tormenta. Si volvía ahora a casa, una tormenta muy distinta caería sobre él, de modo que decidió continuar explorando.

Temiendo romperse sus preciadas gafas en alguna caída, Limbeck las guardó cuidadosamente en el bolsillo de la camisa y empezó a abrirse paso por el montón de escoria. Los gegs —pequeños, robustos y hábiles de movimientos— caminan con gran seguridad. Deambulan por estrechos pasadizos construidos a cientos de metros de altura sin que se les mueva un pelo de la barba. Cuando desean trasladarse de un nivel a otro, suelen agarrarse a los dientes de una de las enormes ruedas y elevarse con ellas, colgados de las manos, desde el fondo hasta la altura deseada. Pese a su deficiente vista, Limbeck descubrió muy pronto el mejor modo de atravesar las pilas de coralita cuarteada y fragmentada.

Ya estaba moviéndose con soltura y avanzando bastante deprisa, cuando pisó un terrón suelto que se movió y lo hizo trastabillar. Tras ello, tuvo que concentrarse en vigilar dónde ponía el pie y, sin duda, fue ésta la causa de que olvidara vigilar la proximidad de las nubes. Sólo se acordó de la tormenta cuando una racha de viento casi lo derribó y unas gotas de lluvia le cayeron en los ojos.

Se apresuró a sacar las gafas, ponérselas y mirar a su alrededor. Sin darse cuenta, había caminado un trecho considerable. Las nubes se cerraban ya sobre él, el abrigo de la Tumpa-chumpa estaba a cierta distancia y volver sobre sus pasos entre la coralita rota le iba a llevar un buen rato. Las tormentas de Drevlin eran feroces y peligrosas. Limbeck observó en la coralita hoyos ennegrecidos donde habían impactado los relámpagos. Si no le caía encima un rayo, sin duda lo alcanzaría el gigantesco pedrisco que lo acompañaba y el geg empezaba ya a pensar que no tendría que preocuparse nunca más por presentarse ante su padre cuando, dando la vuelta en redondo, vio algo de gran tamaño en el horizonte, que se estaba tornando negro rápidamente.

Desde la distancia a la que se hallaba no podía precisar qué era aquel algo (sus gafas estaban chorreando agua), pero cabía la esperanza de que pudiera ofrecerle refugio de la tormenta. Sin quitarse las gafas pues sabía que las necesitaba para localizar el objeto, Limbeck avanzó tambaleante por los montones de escoria.

Había empezado a llover y pronto advirtió que veía mejor sin gafas que con ellas, de modo que se las quitó. El objeto no era ahora más que una silueta borrosa frente a él, pero la silueta se agrandaba cada vez más, señal de que se estaba acercando. Sin las gafas, Limbeck continuó sin distinguir de qué se trataba hasta que lo tuvo justo delante.

—¡Una nave welfa! —exclamó con un jadeo.

Aunque no había visto nunca ninguna, reconoció la nave al instante por las descripciones que había escuchado. Construida con piel de dragón tensada sobre madera y dotada de enormes alas que la mantenían suspendida en el aire, la nave tenía un aspecto y un tamaño monstruosos. El poder mágico de los welfos la hacía flotar para transportarse desde los cielos hasta el Reino Inferior donde vivían los gegs.

Pero aquella nave no volaba ni flotaba. Estaba apoyada en el suelo y Limbeck, contemplándola con sus ojos miopes a través de la lluvia torrencial, habría jurado que estaba rota —si tal cosa era posible en una nave de los welfos inmortales—. Varias piezas de madera astillada sobresalían formando extraños ángulos y la piel de dragón estaba desgarrada, mostrando grandes agujeros.

El estallido de un relámpago muy cerca de él, y el trueno posterior, le recordaron el peligro que corría, así que se apresuró a saltar por uno de los huecos abiertos en el costado de la nave.

Un olor pestilente le provocó náuseas.

«¡Uf!». Se llevó la mano a la nariz. «Me recuerda la vez en que una rata se metió en la chimenea y murió. Me pregunto qué causará este hedor».

La tormenta se había desatado y la oscuridad en el interior de la nave era casi absoluta. Sin embargo, los relámpagos eran casi continuos y proporcionaban breves destellos de luz antes de que la nave quedara sumergida de nuevo en tinieblas.

La luz no fue de mucha ayuda a Limbeck. Tampoco las gafas, cuando se acordó de ponérselas. El interior de la nave era extraño y no le encontró ningún sentido. Fue incapaz de distinguir la parte superior de la inferior o de decir qué era el suelo y qué un tabique. Había varios objetos esparcidos a su alrededor, pero el geg no supo qué eran ni para qué servían y se mostró reacio a tocarlos. En el fondo de su cabeza, tenía miedo de que, si perturbaba algo de la extraña nave, ésta se elevara de pronto y desapareciera con él. Y, aunque la idea de tal aventura resultaba emocionante, Limbeck sabía que si su padre ya se había mostrado furioso en otras ocasiones, sin duda soltaría espumarajos por la boca si se enteraba de que su hijo había molestado de alguna manera a los welfos.

Limbeck decidió quedarse cerca de la salida, tapándose la nariz con los dedos, hasta que pasara la tormenta y pudiese regresar a Het. Sin embargo, los «porqués», los «cómo» y los «cuándo» que continuamente le creaban problemas en la escuela empezaron a darle vueltas en la cabeza.

—Qué serán esos bultos —murmuró, observando varios contornos borrosos de aspecto fascinante esparcidos por el suelo unos palmos delante de él.

Se acercó con cautela. No parecían peligrosos. De hecho, tenía aspecto de…

—¡Libros! —Exclamó con asombro—. Igual que esos con los que el viejo escribiente me enseñó a leer.

Antes de que Limbeck se diera cuenta cabal de lo que estaba sucediendo, el «¿porqué?» lo empujó hacia adelante.

Estaba muy cerca de los objetos y comprobó, con creciente expectación, que efectivamente eran libros. Entonces, su pie tocó algo blando y húmedo. Se inclinó, sufriendo arcadas debido a la pestilencia, y aguardó a que un nuevo rayo iluminara el obstáculo.

Horrorizado, observó que se trataba de un cadáver ensangrentado y descompuesto…

—¡Eh, despierta! —dijo el garda, dando un codazo en el costado a Limbeck—. La siguiente parada es Wombe.