CAPÍTULO 17
PELDAÑOS DE TERREL FEN,
REINO INFERIOR
Las palas excavadoras se alzaron con su carga hacia las nubes de la tormenta, camino de los depósitos de Drevlin. Limbeck, viéndolas ascender, se preguntó cuánto tardarían en descargar la coralita y volver en busca de más. ¿Cuánto tardaría alguien en descubrir su marca? ¿La advertiría alguien? Y, si era así, ¿sería algún simpatizante de su causa, o un ofinista? Si la encontraba un ofinista, ¿cuál sería su reacción más probable? Si era un amigo, ¿cuánto tardaría en ensamblar el manipulador? ¿Llegaría a tiempo de salvarlo de la muerte por frío o inanición?
Estos lúgubres pensamientos eran inusuales en Limbeck, quien por lo general no se atormentaba con preocupaciones, sino que tenía un carácter alegre y optimista. Tendía a ver lo mejor en la gente. No sentía ninguna animadversión contra nadie por el hecho de que lo hubieran atado al Plumas de Justiz y lo hubieran lanzado allí abajo a una muerte segura. El survisor jefe y el ofinista jefe habían hecho lo que consideraban mejor para el pueblo. No era culpa suya si creían en aquellos que afirmaban ser dioses. No era extraño que el survisor y sus seguidores no hubieran creído la historia que les contaba: ni la propia Jarre la había aceptado.
Tal vez fue pensar en Jarre lo que dejó a Limbeck triste y desanimado. Confiadamente, había dado por seguro que ella, al menos, tomaba en serio su descubrimiento de que los welfos no eran dioses. Limbeck, encogido y tiritando en el fondo de la zanja, aún no podía aceptar el hecho de que no era así. Aquella certeza casi había echado a perder toda la ejecución. Ahora que la emoción inicial había pasado y no tenía otra cosa que hacer sino esperar que todo saliera bien e intentar no pensar que había un increíble número de cosas que podían salir mal, Limbeck empezó a reflexionar seriamente en lo que sucedería cuando (no si) fuera rescatado.
—¿Cómo pueden aceptarme como líder, si creen que miento? —Preguntó a un reguero de agua que corría por la pared de la zanja—. ¿Por qué quieren que vuelva, siquiera? Jarre y yo siempre hemos dicho que la virtud más importante es la verdad, que la búsqueda de la verdad debía ser nuestro objetivo supremo. Ahora, Jarre cree que miento y, pese a ello, es evidente que espera que continúe como líder de nuestra Unión.
»¿Y cuando regrese, qué? —Limbeck lo vio claramente, con más nitidez de lo que había visto nada en años—. Me seguirá la corriente. Sí, eso harán todos. ¡Oh, sí!, me mantendrán como líder de la Unión… Al fin y al cabo, los dictores me han juzgado y me han dejado vivir. Pero sabrán que es un engaño. Más aún: ¡yo mismo sabré que es un engaño! Los dictores no tienen nada que ver en esto. Habrá sido la astucia de Jarre lo que me habrá devuelto a Drevlin, y ella lo sabrá y yo también. ¡Mentir! ¡Eso será lo que haremos!
El geg estaba cada vez más trastornado.
—Sí, claro —continuó—, tendremos muchos nuevos simpatizantes, pero vendrán a nosotros por razones equivocadas. ¿Puede basarse una revolución en una mentira? ¡No! —Limbeck apretó con fuerza su puño recio y mojado—. Es como edificar una casa sobre barro. Tarde o temprano, se hundirá bajo tus pies. ¡Tal vez me quede aquí abajo! ¡Eso es! ¡No volveré!
»Pero eso no demostraría nada —reflexionó—. Simplemente, pensarán que los dictores me han condenado y esto no ayudaría en absoluto a la causa. ¡Ya sé! Les escribiré una nota y la enviaré en el manipulador en lugar de subir yo. Veo algunas plumas de tiero por aquí. Usaré una para escribir. Como tinta emplearé limo. —Se incorporó de un salto y murmuró—: “Al escoger quedarme aquí abajo y tal vez morir donde me encuentro…”. Sí, suena bien. “… espero demostraros que cuanto os he dicho sobre los welfos es cierto. No puedo ser líder de quienes no creen en mí, de quienes han perdido la fe en mí”. Sí, está muy bien.
Limbeck trató de parecer animado, pero advirtió que la complacencia por el discurso se desvanecía con rapidez. Tenía hambre y estaba mojado, frío y asustado. La tormenta estaba cesando y descendía sobre él un silencio espantoso, terrible; un silencio que le recordaba el gran silencio, el Perpetuo Oír Nada. Recordó que estaba ante el Perpetuo Oír Nada y se dio cuenta de que la muerte de la que hablaba con tanta ligereza podía resultarle sumamente penosa.
Después, como si la muerte no fuera suficiente, imaginó a Jarre recibiendo la nota, leyéndola con los labios apretados y aquella arruga que siempre le aparecía sobre la nariz cuando estaba disgustada. Limbeck ni siquiera necesitaría las gafas para leer la nota que ella le enviaría entonces. Casi podía oír ya su contestación:
«¡Limbeck, déjate de tonterías y sube inmediatamente!».
—¡Oh, Jarre! —Musitó con tristeza para sí—. Si al menos tú me hubieras creído… Los demás no importan, pero tú…
Un impacto que sacudió el suelo le hizo vibrar los huesos y rechinar los dientes, sacándolo de su desesperación y arrojándolo al suelo simultáneamente.
Tendido de espaldas, desconcertado y mirando hacia lo alto de la zanja, el geg se preguntó si ya habrían regresado las excavadoras. ¿Tan pronto? ¡Si no le había dado tiempo de escribir la nota!
Se incorporó, aún aturdido, y contempló la penumbra gris. La tormenta había amainado. Seguía cayendo una lluvia fina y había niebla, pero habían cesado los truenos, los relámpagos y el granizo. No divisó las zarpas descendiendo, pero lo cierto es que no podía distinguir una mano delante de la cara. Buscó las gafas en el bolsillo, se las puso y volvió a observar el cielo.
Entrecerrando los ojos, creyó observar una serie de borrosos globos que se materializaban entre las nubes. Pero, si se trataba de las excavadoras, se encontraban a una buena altura todavía y, a menos que alguna hubiera descendido prematuramente o se hubiera estrellado —lo cual parecía improbable ya que la Tumpa-chumpa rara vez permitía que se produjeran accidentes de este tipo— las palas mecánicas no podían haber sido la causa de aquel ruido sordo. ¿Cuál era, entonces?
Limbeck se apresuró a escalar las paredes de la zanja. Se sentía más animado. ¡Ahora tenía un «qué» o un «por qué» para investigar!
Al llegar al borde de la zanja, se asomó con cautela para observar. Al principio no vio nada, pero fue porque no miraba en la dirección correcta. Cuando volvió la cabeza, reprimió una exclamación, maravillado.
Una luz brillante, que irradiaba más colores de los que Limbeck había imaginado nunca que existieran en su mundo gris y metálico, surgía de un agujero gigantesco a no más de veinte pasos de él. Sin detenerse a pensar que la luz podía ser peligrosa, o que cualquiera que fuera el objeto o ser que había causado el tremendo golpe pudiera resultar letal, o que las palas excavadoras podían estar descendiendo lenta e inexorablemente, Limbeck se encaramó sobre el borde de la zanja y corrió hacia la luz todo lo deprisa que sus piernas, cortas y gruesas, podían trasladar su cuerpo rechoncho.
Numerosos obstáculos le impedían el paso. La superficie de la pequeña isla estaba salpicada de hoyos producidos por las zarpas excavadoras y Limbeck tuvo que evitarlos, así como los montones de coralita suelta caídos de las palas cuando éstas transportaban la roca hacia arriba. Abrirse camino entre tantos impedimentos le llevó cierto tiempo, además de unas energías considerables. Cuando por fin alcanzó la luz, estaba jadeante, tanto por el esfuerzo físico, al que no estaba acostumbrado, como por la expectación que sentía. Porque, al llegar a las proximidades, Limbeck advirtió que los colores de la luz formaban claramente dibujos y formas.
Abstraído por las hermosas imágenes que observaba en la luz, Limbeck trastabilló casi a ciegas sobre el suelo rocoso y se salvó de caer de cabeza en el hoyo al tropezar con un saliente de coralita y caer de cara junto al borde del agujero. Tembloroso, se llevó la mano al bolsillo para comprobar si se le habían roto las gafas. No las encontró en su sitio. Al cabo de un terrible momento de pánico, recordó que las llevaba puestas. Avanzando a rastras, observó con admiración el fondo del hoyo.
Al principio, sólo distinguió una luminosidad brillante, multicolor y en perpetuo cambio. Después, los colores se aglutinaron en diversas formas y combinaciones. Las imágenes luminosas eran verdaderamente fascinantes y Limbeck las contempló con cauteloso asombro. Mientras observaba aquel carrusel de luces en constante cambio, la parte de su mente que siempre andaba interrumpiendo sus pensamientos maravillosos y trascendentales con cuestiones mundanas como «¡Ten cuidado de no tropezar con esa puerta!», «¡La sartén está caliente!» o «¿Por qué no fuiste antes de que nos marcháramos?», le dijo ahora en tono apremiante: «¡Las zarpas excavadoras están bajando!».
Limbeck, concentrado en las imágenes, no hizo caso.
Comprendió que estaba viendo un mundo. No el suyo, sino un mundo ajeno. Era un lugar de una belleza increíble que le recordó algunas de las imágenes que había visto en los libros de los welfos, aunque no era el mismo. El cielo no era gris, sino de un azul luminoso, claro e inmenso, salpicado apenas de unas cuantas nubecillas blancas. La vegetación abundaba por todas partes, y no sólo en las macetas caseras. Vio espléndidas construcciones de líneas fantásticas, vio amplios paseos y avenidas y vio gentes que hubieran podido ser gegs, sólo que eran altos y delgados, y con los brazos y las piernas más esbeltos…
¿De veras lo había visto? Limbeck parpadeó y observó la luz. ¡Estaba empezando a descomponerse en pedazos! Las imágenes se desfiguraban. Limbeck deseaba que reaparecieran aquellas gentes. Desde luego, no había visto nunca a nadie —ni siquiera a los welfos— que se pareciera a lo que había creído distinguir en la fracción de segundo antes de que la luz se apagara con un parpadeo, volviera a ponerse en marcha al instante y pasara a otra imagen.
Limbeck, con los ojos escocidos y doloridos pero deseosos de sacar algún sentido a las imágenes parpadeantes, se arrastró sobre el borde del hoyo hasta localizar la fuente de la luz. Ésta irradiaba de un objeto situado en el fondo.
—Ha sido eso lo que ha producido el impacto —murmuró Limbeck, protegiéndose los ojos con la mano y observando el objeto con interés—. Ha caído del cielo, igual que yo. ¿Es una parte de la Tumpa-chumpa? Si lo es, ¿por qué ha caído? ¿Por qué me muestra esas imágenes?
¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué? Limbeck no podía soportar no saber las respuestas. Sin pensar en absoluto en el posible peligro, salvó el borde del hoyo y se deslizó por la pendiente. Cuanto más se acercaba al objeto, mejor podía verlo. La luz que surgía de él se difundía hacia arriba y, desde su nueva posición, resultaba menos brillante y cegador.
Al principio, el geg quedó decepcionado.
—¡Pero si no es más que un pedazo de coralita! —exclamó, levantando unos fragmentos de roca que se había desprendido—. Aunque, desde luego, es la pieza de coralita más grande que he visto nunca. Pues es mayor que mi casa… Y, por otra parte, jamás he oído hablar de un trozo de coralita que cayera del cielo.
Bajó deslizándose un poco más, desplazando pequeños guijarros de roca que resbalaron debajo de él y cayeron dando tumbos por la pendiente del cráter. Limbeck contuvo el aliento. Complacido, asombrado y pasmado, acalló al instante la advertencia mental que le estaba recordando: «¡Las zarpas excavadoras! ¡Las zarpas!».
La coralita era sólo una cáscara, una envoltura externa. Se había agrietado, probablemente en la caída, y Limbeck podía observar el interior.
Al principio creyó que era parte de la Tumpa-chumpa, pero luego pensó que no era así. Estaba hecho de metal, como la Tumpa-chumpa, pero el cuerpo metálico de ésta era liso e impoluto. El metal del objeto estaba cubierto de símbolos extraños y estrambóticos, y la luz cegadora surgía de las grietas abiertas en él. Y esas grietas eran también —o así le parecía a Limbeck— la causa de que no pudiera ver la imagen completa.
—Si abriera un poco más las grietas, tal vez podría ver mejor. ¡Esto es realmente emocionante!
Se dejó caer hasta el fondo del cráter y corrió hacia el objeto metálico. Medía unas cuatro veces su estatura y era grande como una casa —como bien había calculado desde el primer momento—. Alargó resueltamente la mano y efectuó un rápido tamborileo sobre el metal con las yemas de los dedos. No estaba caliente al tacto, cosa que Limbeck temía debido a la luz resplandeciente que surgía de su interior. El metal estaba frío y el geg pudo apoyar la mano en él e incluso seguir con los dedos los símbolos grabados en su superficie.
Encima de él sonó un crujido extraño y de mal agüero, mientras aquella molesta parte de su cerebro seguía chillándole algo acerca de palas excavadoras que descendían, pero Limbeck ordenó a aquella voz interna que se callara y dejara de molestarlo. Aplicó la mano a una de las rendijas y advirtió que éstas corrían alrededor de los símbolos pero no cortaban ninguno de ellos. Limbeck empezó a dar tirones de ambas partes de la grieta para ver si podía abrirla un poco más.
Sin embargo, sus manos parecían reacias a llevar a cabo la tarea asignada y Limbeck entendió la razón: de pronto, lo había asaltado el desagradable recuerdo de la nave welfa accidentada.
«Cuerpos putrefactos. Pero me condujeron a la verdad».
La idea pasó por su mente con la rapidez de un latido y, obligándose a no volver a pensar en ello, dio un enérgico tirón a los bordes de la rendija de metal.
La grieta se ensanchó y toda la estructura metálica empezó a estremecerse con una vibración. Limbeck retiró las manos y retrocedió de un salto pero, al parecer, el objeto sólo estaba asentándose mejor en el cráter, pues el movimiento no tardó en cesar. Con cautela, Limbeck se acercó de nuevo y esta vez escuchó algo.
Era una especie de gemido. Aplicó el oído a la rendija y escuchó con atención, deseando que los crujidos de las palas excavadoras que descendían de los cielos cesaran y le permitieran oír mejor. Volvió a captar el gemido, más fuerte esta vez, y no tuvo la menor duda de que había algo vivo en el interior de la cáscara metálica y que estaba herido.
Todos los gegs, incluso los más débiles, poseen una fuerza tremenda en los brazos y el cuerpo. Limbeck colocó las manos a ambos lados de la grieta y empujó con todas sus energías. Aunque el metal se le clavó en la carne, las planchas se abrieron bajo la presión y, tras un breve esfuerzo, el geg pudo colarse por la rendija.
Si fuera la luz habría resultado muy brillante, allí dentro el fulgor era cegador y Limbeck desesperó de poder ver algo. Finalmente, localizó la fuente del resplandor, irradiando desde el centro de lo que el geg, por asociación con el pasado, había dado en considerar una nave. Los gemidos procedían de algún lugar a su derecha y Limbeck, utilizando las manos como visera, consiguió evitar la mayor parte de la potente luz y escrutar la nave en busca del autor de aquellas muestras de dolor.
De pronto, el corazón le dio un vuelco.
—¡Un welfo! —Fue su primer pensamiento—. ¡Y está vivo!
Lleno de excitación, se acuclilló junto a la figura y observó una gran mancha de sangre bajo la cabeza, pero ningún otro signo de heridas en el resto del cuerpo. También comprobó, con cierta decepción, que no se trataba de un welfo. Limbeck sólo había visto en una ocasión a un humano, y había sido en los grabados de los libros de la nave welfa. La criatura que ahora tenía ante él guardaba parecido con los humanos, aunque no era del todo como ellos. No obstante, una cosa era cierta:
Aquel ser, de gran estatura y cuerpo delgado y musculoso, era sin duda uno de los presuntos dioses.
En aquel instante, los alarmados avisos del cerebro de Limbeck se hicieron tan insistentes que, a regañadientes, se vio obligado a prestarles atención.
Echó un vistazo por la grieta del armazón de la nave y se encontró contemplando la boca abierta de una pala excavadora que se cernía directamente sobre su cabeza y descendía a gran velocidad. Si se daba prisa, tendría el tiempo justo de escapar de la nave antes de que la zarpa cayera sobre ella.
El dios que no lo era soltó un nuevo gemido.
—¡Tengo que sacarte de aquí! —le dijo Limbeck.
Los gegs son una raza de buen corazón y no cabe duda de que Limbeck actuó movido por consideraciones altruistas al poner en peligro su propia vida para salvar la del dios, pero es preciso reconocer que lo movió también el pensamiento de que, si volvía con un dios que no lo era, Jarre se vería obligada a aceptar su historia.
Asió al dios por las muñecas y empezó a arrastrarlo por el suelo de la nave accidentada, cubierto de escombros, cuando notó —con un escalofrío— que las manos del herido lo agarraban a su vez. Sobresaltado, miró al dios. Los ojos de éste estaban muy abiertos y lo observaban. Sus labios se movieron.
—¿Qué? —Con el estruendo de las excavadoras, Limbeck no podía oírlo—. ¡No hay tiempo! —añadió, alzando la cabeza.
El dios dirigió la vista hacia arriba. En su rostro había una mueca de dolor y Limbeck se percató de que estaba realizando un esfuerzo supremo por conservar la conciencia. Pareció reconocer el peligro, pero éste no hizo sino ponerlo más frenético y apretó con fuerza las muñecas de Limbeck. Las marcas le durarían semanas.
—¡Mi… perro! —musitó.
Limbeck observó al dios. ¿Había oído bien? Echó una rápida ojeada a la nave accidentada y de pronto vio, justo a los pies del dios, a un animal atrapado bajo unas planchas de metal retorcido. Limbeck lo contempló con un acelerado parpadeo, sorprendido de no haberlo visto antes. El perro lanzaba gañidos y se meneaba entre los hierros que lo apresaban. No podía liberarse, pero no parecía estar herido y era evidente que todos sus esfuerzos estaban concentrados en acercarse a su amo, pues no prestó la menor atención a Limbeck.
El geg levantó la vista. La zarpa bajaba con una rapidez que a Limbeck le resultó muy fastidiosa, teniendo en cuenta la lentitud con que habían descendido todas la vez anterior. Enseguida, volvió los ojos de nuevo hacia el dios y el perro.
—Lo siento —dijo con aire impotente—. ¡No hay tiempo!
El dios, con los ojos fijos en el perro, intentó desasirse de las manos del geg pero el esfuerzo consumió sus últimas energías pues, de pronto, sus brazos quedaron fláccidos y la cabeza le cayó hacia atrás. El perro, viendo a su amo, gimoteó con más fuerza e incrementó los esfuerzos por liberarse.
—Lo siento —repitió Limbeck dirigiéndose al animal, que continuó sin prestarle atención. El geg apretó los dientes, oyendo cada vez más cerca el sonido de la zarpa, y arrastró el cuerpo del dios por el suelo lleno de escombros. Los esfuerzos del perro se hicieron frenéticos y sus gemidos se convirtieron en aullidos, pero Limbeck advirtió que sólo era porque veía que se llevaba a su amo y él no podía seguirlo.
Con un nudo en la garganta que era a la vez de lástima por el animal atrapado y de miedo por sí mismo, Limbeck tiró y arrastró y empujó el cuerpo del dios hasta alcanzar al fin la brecha en la cubierta metálica. Con enorme esfuerzo, logró pasar por ella al herido y, tras depositar el cuerpo exánime en el fondo del cráter, se arrojó al suelo junto a él en el instante en que la pala excavadora golpeaba la nave de metal.
Se produjo una explosión ensordecedora. La sacudida levantó a Limbeck del suelo y lo volvió a arrojar contra él, dejándolo sin aliento. Una lluvia de fragmentos de coralita cayó sobre él y los afilados cantos se clavaron dolorosamente en su piel. Cuando la lluvia cesó, todo quedó en silencio.
Aturdido, Limbeck levantó la cabeza muy despacio. La zarpa colgaba inmóvil sobre el cráter, dañada sin duda por la explosión. Miró a su alrededor para observar qué había sido de la nave, esperando encontrar un amasijo de restos retorcidos.
Sin embargo, no vio absolutamente nada. La explosión la había destruido. No, aquello no era del todo exacto, pues no se veía ningún fragmento metálico en el cráter. No quedaba resto alguno de la nave. Ésta no sólo había resultado destruida, sino que se había volatilizado como si nunca hubiera existido.
Aun así, Limbeck todavía tenía al dios para demostrarle a Jarre que no había perdido la razón. El dios se agitó y abrió los ojos. Con un gemido de dolor, movió la cabeza para mirar a su alrededor.
—¡Perro! —murmuró con voz débil—. ¡Eh, perro, ven aquí!
Limbeck volvió la vista a la coralita hecha añicos por la explosión y sacudió la cabeza, sintiéndose inexplicablemente culpable pese a que sabía que no había tenido la menor oportunidad de rescatar al animal si quería salvar la vida de su amo.
—¡Perro! —insistió el dios con una voz que parecía quebrada por el pánico.
El geg sintió una nueva punzada de dolor en el corazón y alargó la mano con la intención de procurar tranquilizar al dios, pues temía que acabara causándose nuevas heridas.
—¡Ah, perro! —Musitó de nuevo el dios con un profundo suspiro de alivio y con la mirada fija en el lugar que había ocupado la nave—. ¡Estás ahí! ¡Ven! ¡Ven aquí! Vaya un viaje, ¿verdad, muchacho?
Limbeck miró en aquella dirección, ¡y allí estaba el perro! Arrastrándose entre los fragmentos de roca, renqueante y apoyado solamente sobre tres patas, el animal avanzó hacia su amo. Con un alegre brillo en los ojos y las fauces abiertas en lo que Limbeck hubiera jurado que era una sonrisa de satisfacción, el perro lamió la mano de su amo herido. El dios que no lo era volvió a caer en la inconsciencia. El perro, con un gañido y una sacudida, se dejó caer a su lado, apoyó la cabeza sobre las patas y clavó sus inteligentes ojos en Limbeck.