Capítulo 21

Lo cierto es que, sin Randi, mi productividad en el trabajo quedaba lejos de lo adecuado. Sin embargo, contaba con un pequeño respiro económico. Mi padre tenía una cita con el especialista en Seattle al final de la semana y mi plan era llevarlo en automóvil el jueves. Así aprovecharía para hacer yo misma los repartos y me ahorraría el coste del transportista.

Hacia las cinco y cuarto ya había cerrado la tienda para que me diera tiempo a arreglarme un poco para mi cita. Estaba entrando en el descapotable que en algún momento necesitaría vender, cuando de pronto me acordé de que no tenía a nadie para que cuidara a mi padre por la noche. Había pensado pedírselo a Randi y lo había olvidado cuando se fue. Mierda.

No podía salir por ahí con un hombre. Tenía que quedarme en casa a cuidar a mi padre.

—Vaya mierda —murmuré, antes de salir del Mustang y encaminarme de vuelta a casa. No me hacía ilusiones de que Gage fuera el hombre de mis sueños, pero eso no importaba. La idea de un rollete sin compromiso me seducía más y más a cada hora y de hecho me excitaba la idea de volverlo a ver. ¿Qué puedo decir? A veces las hormonas se imponen al sentido común. Al entrar en casa estaba tan ocupada sintiendo lástima de mí misma que no reparé en que mi padre y la señora Webbly estaban juntos en la cocina. Ella reía y tenían la música puesta, country, por supuesto. Estaban enfrascados en lo que parecía una intensa partida de póker, a juzgar por las fichas apiladas en pequeños montones sobre la mesa.

Aquello parecía un casino.

—¿Has pasado un buen día? —le pregunté a mi padre, dándole un beso en la coronilla.

—Mary y yo lo hemos pasado estupendamente juntos —respondió—. Ha estado muy bien.

—Me alegro mucho —le dije mirando a la señora Webbly, que me sonrió con dulzura.

—Hemos pasado un día maravilloso —confirmó—. Antes solíamos jugar a las cartas un montón, cuando tú vivías en Seattle, pero desde que se murió tu madre, como que lo dejamos. Ha estado muy bien volver a jugar de nuevo.

—Hemos hablado mucho de ella —comentó mi padre, sonriente—, de cómo siempre hacía trampas.

—¿Y no se daba cuenta de que lo sabíamos? —dijo, riendo, la señora Webbly—. Tenía que saberlo.

—Oh, claro que lo sabía —confirmó mi padre—, pero disimulaba muy bien. Mientras nadie le llamara la atención, todos podíamos seguir divirtiéndonos.

Ambos rieron ahora al unísono y recordé la infinidad de veces que nos habíamos sentado en torno a aquella misma mesa para jugar a las cartas cuando yo era una niña. Los recuerdos eran agridulces, pero por primera vez no me resultaban dolorosos. Echaba de menos a mi madre y siempre lo haría, pero tal vez estaba empezando a curarme de la herida.

Así lo esperaba, al menos.

—Enseguida vuelvo —les dije y me dirigí a la cocina. De camino saqué el teléfono móvil y le mandé un mensaje a Gage.

YO: No puedo salir esta noche. Sé que suena estúpido, pero olvidé que no tengo a nadie para que cuide a mi padre.

Respondió inmediatamente.

GAGE: Mary Webbly se quedará con él. Ya lo hemos hablado. Está encantada de que salgas por ahí.

Hum… aquello me desconcertó un tanto. No sabía cómo sentirme ante sus «arreglos». Bien pensado, vale, pero un pelín atrevido, ¿no?

YO: Vale. La próxima vez me lo consultas antes, ¿de acuerdo?

GAGE: Fijo. Me alegro de que estés planeando una segunda vez.

—Ah, mierda —murmuré para mis adentros.

—Esa boquita... —me dijo la señora Webbly, que se me había acercado por detrás sin que yo la oyera.

—Lo siento, no me di cuenta de que lo había dicho en voz alta —dije, sintiéndome tan culpable como cuando mi abuela me sorprendía haciendo una travesura. Mary me sonrió y después sacó una coctelera y la sacudió. Los cubitos entrechocaron dentro.

—Necesitamos más whisky —dijo—. Tu padre tenía algo, pero no mucho. Se quedará dormido temprano y, cuando se acueste, me marcharé a casa, a menos que me digas que ha estado levantándose por las noches últimamente.

—No, no se levanta por la noche —le dije—. Una vez que echa el cierre, se acabó lo que se daba.

—Algunas cosas no cambian nunca —dijo, asintiendo con expresión de complicidad—. Tu madre se quejaba siempre de que roncaba como un oso y de que no conseguía despertarlo ni a tiros.

—Gracias por ayudarnos —le dije, incómoda—. Sé que esta no es su responsabilidad.

—Tonterías —replicó ella—. Llevo viviendo en este edificio desde antes de que tú nacieras. Si eso no me convierte en familia, que venga Dios y lo vea. No me importa nada vigilarlo un poco y así estoy tranquila. ¿Cuándo va a ir a ver de nuevo a ese especialista?

—El jueves —le dije.

—Muy bien —aprobó—. No te olvides de comentarle al doctor que, aunque Tom haya tenido algunos problemas para llevar el edificio en el último par de años, esto de la cabeza no empezó realmente hasta la muerte de Tricia. Fue repentino.

La miré, sorprendida.

—Imaginaba que había sido progresivo y que no me había dado cuenta porque estaba muy absorbida con mi vida de Seattle —comenté.

—Yo no lo noté antes de la muerte de Tricia —se reafirmó la señora Webbly.

«Vaya.»

—De acuerdo, se lo comentaré —dije.

—Pásatelo bien con tu amigo —añadió—. Me gusta. Sé que no fue sincero contigo al principio, pero tenía buenos motivos. Yo he vivido toda mi vida en Hallies Falls, casi setenta años. Vi cómo surgieron los Nighthawks y después cómo cambiaron. Puedo no estar de acuerdo con los métodos de ese muchacho, pero es buena cosa que haya venido, Tinker. Estoy segura.

De acuerdo…

—Voy un segundo arriba —le dije firmemente, pues deseaba cortar la conversación. A este paso acabaría dándome consejos sobre sexo también.

—Lo único, sé precavida —me dijo—. Utiliza siempre un…

—¡No! —le corté en seco—. No, ya está, me voy…

La señora Webbly rompió a reír mientras yo salía disparada hacia la puerta.

A veces la retirada es la única opción.

***

Nunca he sido una de esas chicas que adoran las motos, pero la vista de Gage subiendo a la acera, montado en su Harley… bueno, digamos que la cita no había siquiera comenzado oficialmente y yo ya necesitaba un cambio de ropa interior. Aquello era peligroso —él era el peligro personificado y no porque formara parte de un club de moteros—. Lo había deseado desde el primer momento en que apareció ante mí, en la tienda. En cierto modo era mi primer sentimiento real desde la muerte de mi madre, mi primer sentimiento positivo, al menos.

¿Adónde podría llevarme todo aquello?

Todo lo que sabía en realidad de aquel hombre es que me había contado un montón de mentiras.

«Recuerda que se trata de pasar un buen rato, no tienes que casarte con él», me dije. Aquel pensamiento me tranquilizó, mientras observaba por la ventana cómo Gage se acercaba al porche de mi casa. Tras sonreír tímidamente a mi padre y a la señora Webbly, salí a recibirlo como si fuera una colegiala que va por primera vez al baile de fin de curso. ¿Cuándo era la última vez que había tenido una cita?

Antes de casarme con Brandon.

—¡Hola! —le saludé, levantando la mano, y concluí que no me gustaban las citas. Había practicado el sexo con aquel hombre hacía menos de doce horas y aquí estábamos, en la situación más incómoda que cabe imaginar. Fingir someternos a un antiguo ritual de cortejo cuando ya nos habíamos acostado juntos se me antojaba un tanto estúpido, la verdad.

«Recuerda, lo único que pasa es que quieres disfrutar de un poco de sexo», me dije.

Sí, lo quería, ya lo creo que lo quería.

Bajé las escaleras del porche y me reuní con Gage. Él me echó la mano a la nuca y me atrajo para darme un rápido —pero caliente— beso, que puso fin a todos aquellos molestos pensamientos —barridos por una fuerte subida de mi temperatura interna—. Me apreté contra el cuerpo masculino que parecía envolverme y aspiré su aroma con una sensación de alivio difícil de describir. Estar junto a él me hacía sentir bien. Segura.

«Estás colada por este tío, imbécil», me dijo mi sentido común. «No te funciona bien el cerebro.»

Le dije a mi sentido común que se fuera a la mierda, le eché las manos al cuello a Gage y le besé a mi vez, profundamente.

—¡Meteos en una habitación! —gritó de pronto la señora Webbly y me separé de mi «cita», otra vez presa de sentimientos de culpa. Mi inquilina y mi padre nos observaban desde el porche, con sonrisas un tanto burlonas en sus rostros. Gage rio, pero yo solté un gruñido de exasperación.

—Al menos podían fingir que nos dejan un poco de privacidad —comenté.

—Esa no parece la manera de hacer las cosas aquí —repuso Gage, llevándome del brazo hacia su moto. Mientras caminábamos, me pregunté por qué narices no se me había ocurrido ponerme ropa adecuada para montar en moto, seguramente porque no soy una loca de las motos, ¡buf! Gage me tendió un casco y me acaricié aprensiva el cabello, que llevaba cuidadosamente peinado.

—No vas a creerlo —le dije—, pero no se me pasó por la cabeza que íbamos a ir en tu moto.

Gage alzó una ceja y sonrió, un tanto burlón.

—Pero si montas de maravilla, al menos por lo que he visto en la cama —me dijo—. Anoche no te preocupaba tanto tu pelo. Vamos, Tinker, algunas veces hay que soltarse y disfrutar un poco. Esta noche es para pasarlo bien, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —dije, casi con timidez y sintiéndome como una tonta—. Bueno, ¿qué hay que hacer con ese cacharro?

—Te lo pones en la cabeza —respondió Gage amablemente—. Después te llevo a dar a una vuelta y nos vamos a cenar al Jack’s.

—Qué listillo eres —comenté, con cara de exasperación.

—Y a ti eso te pone caliente —replicó él.

Eché mano al casco y me encogí de hombros, como fingiendo que no tenía razón en eso último.

***

Cinco minutos después estábamos en marcha. Iba agarrada con fuerza a la cintura de Gage y mi pelvis abrazaba su culo, lo cual me daba no poco gusto —la vibración de la moto en mi entrepierna también contribuía lo suyo—. Se podría esperar que, habiéndonos acostado juntos la noche anterior, yo ya estaría más «tranquila», pero qué va, ahora era aún peor, porque ya sabía lo bueno que era en la cama y quería más.

El sol aún brillaba, aunque ya estaba bajo en el cielo. El aire me daba con fuerza en la cara mientras avanzábamos con rapidez hacia las colinas y me pregunté adónde pretendería llevarme. No es que me importara especialmente. El último año y medio había sido un infierno para mí y tenía la impresión de que cada minuto había sido una nueva crisis. Esta noche, sin embargo…, no tenía la obligación de conseguir nada.

Solo tenía que relajarme y disfrutar.

Después de lo que me pareció un abrir y cerrar de ojos, salimos de la autopista y entramos en una carretera secundaria. Entonces entendí cuál era el lugar al que Gage pretendía llevarme. Malachi Ridge. No era mala elección. Aquella cresta montañosa tenía unas vistas increíbles y un montón de rincones donde una pareja podía pasar un rato conociéndose mejor, protegida por la privacidad que daban los árboles. Solo de pensarlo, sonreí de oreja a oreja.

¡Gage me estaba llevando a un sitio donde pudiéramos hacer el amor al aire libre!

Era cursi, tonto y maravilloso al mismo tiempo, porque no había hecho nada tan divertido en años. Cuando alcanzamos la cumbre de la cresta, todo mi cuerpo vibraba anticipando lo que iba a ocurrir. Gage debía de sentir lo mismo, porque nada más apagar el motor de la moto, me agarró la mano y la llevó hasta su entrepierna. Tras palpar el grueso bulto, rompí a reír.

Mi inquilino motero me deseaba tanto como yo a él, sin ninguna duda.

—Entonces tu plan era llevarme aquí arriba… ¿y? —le dije.

Gage me agarró por el muslo y lo apretó.

—Bueno, había pensado que podíamos follar —respondió—. Pensaba haberte invitado a mi apartamento antes de salir, pero al final decidí que esto sería mejor, dadas las circunstancias. No es que me importe lo que tu padre y Mary Webbly puedan ver u oír, pero…

—A mí sí me importa —corté yo mientras le frotaba el miembro lentamente—. Es un poco raro esto de vivir con mi padre a mi edad. Hoy al menos parecía más consciente.

Gage me agarró los dedos con fuerza y los apartó de su entrepierna.

—Será mejor que nos bajemos de la moto antes de que me dé un tirón o algo —dijo.

—Eh, solo estaba intentando ser agradable —repliqué.

—Deja que saque una manta y serás mucho más agradable tumbada boca arriba —me dijo.

***

Aunque evidentemente no era la primera vez que Gage venía a Malachi Ridge, yo conocía la zona mucho mejor que él. Había visitado el paraje desde niña, cuando mis padres me traían de picnic, y más tarde con mis amigos. Carrie había perdido su virginidad con Darren allí arriba, una noche que yo recordaba muy bien. Margarita y yo nos habíamos pasado horas aguantando sus preliminares en el asiento de atrás del automóvil, así que cuando por fin se bajaron para pasar de verdad a la acción, las dos respiramos de alivio.

De toda la vida, Malachi Ridge era para mí sinónimo de fiesta, pero hacía mucho tiempo que no iba por allí y se me había olvidado lo bonito que era. Gage extendió la manta en una pradera de mullida hierba, muy cerca del despeñadero, lo cual nos proporcionaba una maravillosa vista abierta a todo el valle.

Gage me agarró de nuevo la mano y me atrajo para darme uno de aquellos besos tan intensos en los que era un auténtico experto. Sentí que me derretía encima de él y me abandoné por completo a mis sentidos, mientras su mano me recorría la espalda y presionaba mi cuerpo contra el suyo. Su pecho era firme, musculoso, y los brazos que me sujetaban eran como columnas. Aquel hombre exudaba virilidad por todas partes —hasta su olor era sexi y no es que usara colonia ni nada de nada… era todo él.

Masculino.

Gage empezó a moverse con mayor urgencia y me empujó suavemente hacia abajo, para que me tendiera junto a él en la manta. La suave excitación que llevaba notando todo el día en la entrepierna cobró fuerza y me provocó un intenso escalofrío. Mi deseo aumentó aún más en el momento en que se echó encima de mí, me metió una rodilla entre las piernas y las separó para acceder a mi intimidad.

Después de otro beso en la boca, largo y profundo, Gage se dirigió a mi cuello para continuar el trabajo con los labios. Unos instantes después, sus dedos agarraron el borde inferior de mi camiseta y la fueron levantando hasta quitármela por encima de la cabeza. Tuve un momento de incomodidad, cuando él fijó su vista en mis pechos y en mi vientre. Sabía que mi ropa interior, negra y con lazos, me sentaba muy bien, pero también sabía que en mi piel eran visibles las estrías, la prueba de que Tricia había sido real y parte de mi vida, aunque su tiempo hubiera sido tan corto.

Algunas mujeres las llamaban cicatrices de guerra.

Yo había perdido mi guerra.

Gage se inclinó precisamente hasta aquella zona de mi cuerpo y la recorrió hacia arriba con la lengua, hasta llegar a mis pechos. Entonces se metió uno de mis pezones en la boca, a través de la suave tela satinada, y desabrochó mis jeans. Cerré los ojos, saboreando las sensaciones que me invadían: deseo anhelante, satisfacción por hacer algo divertido y tonto por una vez, la tibieza del aire, el olor del humo…

Abrí los ojos y vi cómo Gage se disponía a desabrochar mi ropa íntima, que estaba cubierta de pequeñas motitas blancas.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—¿El qué? —dijo él.

—Estas pequeñas…

Me interrumpí en el momento en que él chupó mi pezón hacia el interior de su boca y lo relamió en círculos con la lengua. Cerré los ojos y olvidé todo lo demás, mientras mi cuerpo parecía convertirse en un único órgano capaz de sentir una sola sensación, la más acuciante lujuria. Perdí la noción del tiempo, pero recuerdo que jugó de esta forma con mis senos durante el rato suficiente como para volverme loca, hasta que comencé a agitar las piernas debajo de él, presa de una insoportable tensión erótica. Aquel trabajo con la boca era increíble, pero ya no me bastaba.

Empujé a Gage para apartarlo un poco y poder bajarme los pantalones, gesto que él aprobó con una sonrisilla en las comisuras de su boca.

—Tienes prisa, ¿eh? —comentó.

—¿Tienes un condón? —le dije—. Si no, yo llevo en el bolso.

—Ya veo que vienes preparada —repuso, riendo. Yo le saqué la lengua en respuesta y el rio con más ganas.

—Bueno, saca el condón —le dije, con tono impaciente— y quítate la ropa. Si voy a quedarme en pelotas al aire libre, lo menos que puedes hacer es seguirme.

—Eres dominante en la cama —afirmó él—. Me gusta.

—Más te gustará cuando estés dentro de mí —repliqué y, sin mediar más palabra, me llevé la mano a la entrepierna y comencé a estimularme yo sola con el dedo. Al ver aquello, Gage abrió la boca con un gesto tan gracioso como el de un dibujo animado.

—Tic, tac, tic, tac —dije—. El tiempo pasa, Gage. No querrás que continúe hasta acabar yo sola, ¿verdad?

Un segundo después, su chaleco estaba fuera de su cuerpo y perfectamente doblado, cortesía que no obtuvo su camiseta. A continuación se sacó la cartera, de la cual extrajo un condón, y se dispuso a desabrocharse las botas, pero yo ya estaba demasiado impaciente. Me puse de rodillas, le agarré por el borde de los pantalones y le atraje con fuerza hacia mí, sin concesiones. Gage sonrió mientras le desabrochaba el cinturón y el botón y le bajaba la cremallera. Un segundo después, el motero tenía los jeans a la altura de las rodillas y aproveché la ocasión para hacerle perder el equilibrio y obligarle a tumbarse en el suelo. Sin perder un segundo, me coloqué encima de él.

Gage estrechó la mirada y su sonrisa se esfumó en un segundo.

—Dios, eres perfecta —declaró, en tono muy serio y yo respondí deslizando mi entrepierna a lo largo de su miembro erecto, untándoselo con la evidencia de mi excitación. El roce del tronco de su virilidad contra el centro de mi placer, caliente, duro como una piedra y cubierto de fina piel aterciopelada, estuvo a punto de hacerme llegar al clímax de forma inmediata.

«Mierda.»

—¿Y el condón? —pregunté, arqueando una ceja, y Gage me lo entregó, aparentemente mudo. Tras abrir la bolsa con los dientes, saqué el preservativo, me incliné hacia su poderosa masculinidad, la besé, le di un mordisquito y después le coloqué la goma en la punta y la desenrollé a lo largo de su tronco. Hasta aquel momento él me había permitido llevar el control de la situación, pero comprendí de golpe que mi periodo al mando se había acabado. Sus manos me agarraron por las axilas, me colocó encima de él, sin ninguna delicadeza, y sentí el extremo de su ariete en el umbral de la entrada hacia mi túnel del placer. Gage me empujó hacia abajo, me clavó en él literalmente y eché atrás la cabeza.

Si sus besos de antes habían sido tiernos, en esto no había ni rastro de ternura. Apoyándome en sus hombros, comencé a moverme rítmicamente hacia él, acompañando sus empellones con los míos. Cada pocos segundos frotaba mi entrepierna contra su pelvis, para aliviar momentáneamente el urgente deseo que acicateaba mi centro del placer. La excitación creía dentro de mí como si mi cuerpo se hubiera convertido en una olla a presión.

—Joder, tenías que verte —comentó Gage con voz sofocada, pero no le hice caso, concentrada como estaba en la brutal deflagración que se iba gestando poco a poco y que ya se me venía encima. Él me agarraba con fuerza las caderas y nuestros movimientos se volvían a cada rato más frenéticos. De pronto Gage arqueó la pelvis, llenándome desde un nuevo ángulo, y aquello fue como apretar el detonador. Lancé un potente gemido, sin poder contenerme, y me desplomé sobre su pecho, satisfecha y aliviada.

Gage por su parte no perdió ni un segundo, pues él estaba aún lejos de quedar satisfecho. Tras echarme a un lado, se colocó sobre mí y redobló sus ataques con más fuerza, mientras yo trataba de recordar cuál era mi propio nombre.

«Ah, sí, Tinker.»

Abrí los ojos y vi los de Gage sobre mí, más intensos que nunca. Tenía la mandíbula crispada y no paraba de penetrarme, una y otra vez, como una taladradora, mientras el sudor le chorreaba por la cara. Al cabo de un rato sus movimientos empezaron a volverse más erráticos, sus labios se crisparon y lanzó un potente grito de tensión liberada. Con un estremecimiento, sentí que su cañón latía con fuerza dentro de mí mientras liberaba su carga dentro del condón.

Finalmente, Gage se inclinó sobre mí y me besó en los labios.

—No ha estado mal —le dije, sonriente—. Debes ganarte buenas propinas por este servicio.

—La próxima vez me traigo la jarra de las monedas —replicó, sonriéndome a su vez.

Dicho esto se tumbó a mi lado y me atrajo para rodearme con su brazo. Había oscurecido y el sol estaba ya muy bajo. La pendiente de la colina era suficiente como para permitirnos ver la puesta sin tener que sentarnos.

—Fíjate, el humo de los incendios hace que la puesta de sol tenga un color increíble —comentó él.

—Y que lo digas —respondí y en aquel momento volví a fijarme en las pequeñas motas blancas, que ahora flotaban en el aire. Seguí una con la mirada y fue a parar al pecho de Gage, brillante de sudor. La toqué con el dedo y se disolvió, dejando una marca gris en su piel.

—Ceniza —dijo Gage—. De los incendios.

Suspiré al acordarme de los abuelos de Randi. Los incendios eran algo familiar para mí desde la infancia —es imposible vivir rodeada de tantos parques nacionales sin conocerlos—, pero lo cierto es que no recordaba nada como lo de aquel año. Me acurruqué contra el cuerpo de Gage, relajada y por fin libre de inquietudes.

«Bueno, reconozco que al final esto no era tan mala idea», murmuró mi sentido común. «Mientras no se te suba a la cabeza y hagas alguna estupidez, como enamorarte…»

Gage me besó en la coronilla y me acarició la espalda, arriba y abajo, relajándome aún más, mientras contemplábamos el espectáculo de la naturaleza. El resplandor anaranjado permanecía sobre las colinas durante más tiempo de lo normal y en aquel momento me di cuenta.

Aquel resplandor no era del sol.

Era el fuego.

Mucho fuego. Los incendios eran realmente grandes.

—¿Ves eso? —susurró Gage y asentí con la cabeza—. Joder, parece irreal.

Pues sí.

—A los abuelos de mi asistente, Randi, los estaban evacuando de su casa —le dije—. Nunca había visto algo así.

—Por el momento no ha bajado de las colinas —me recordó—. Sé que es un gran incendio, pero está a mucha distancia de la ciudad. No creo que haya nada que temer.

—Así lo espero —musité.

***

—La próxima vez que hagamos algo así voy a tener que llevarme crema solar —comenté, removiéndome incómoda en mi asiento. Estábamos sentados en el Jack’s Roadhouse, en uno de los reservados junto a la pared. Yo me había pedido una hamburguesa con patatas, porque si al chico no le gustaba que una mujer se metiera entre pecho y espalda una comida de verdad delante de él, entonces tendríamos un problema.

—¿Y eso por qué? —dijo él.

—Creo que me he quemado las tetas en la montaña —respondí, riendo disimuladamente. Estaba de muy buen rollo, probablemente más relajada de lo que debería. Sin embargo…, ¿qué iba a hacerme, a fin de cuentas? Ya nos habíamos acostado juntos y no es que estuviera esperando una declaración matrimonial por su parte.

Gage gruñó y después rompió a toser, porque le había pillado bebiendo. Aquello me hizo reír de nuevo y él intentó fingir que me miraba enfadado —le habría quedado mejor si hubiera logrado mantener una expresión seria.

—Bueno, quería preguntarte algo —dijo de pronto.

—¿De qué se trata? —pregunté.

—¿Te apetece que después nos acerquemos al club y te presento a algunos de mis hermanos? —dijo.

Fruncí el ceño, sin saber qué decir.

—Lo hemos pasado bien esta noche, pero creo que… —comencé.

—¡Desde luego los tienes muy bien puestos! —gritó de pronto una voz femenina. Miré hacia atrás y vi a Talia Jackson, que avanzaba hacia nosotros a buen paso y con cara de muy pocos amigos.

—Joder —murmuró Gage—. Deja que me encargue de esto, ¿vale? No la escuches.

Talia cayó sobre nosotros como una arpía furiosa. Según la veía venir, la imaginé con alas de murciélago —sucias y deshilachadas—, echando fuego por los ojos y soltando unas risillas nada apropiadas. En aquel momento sus ojos se encontraron con los míos y cesaron las risas —me quería muerta, era evidente, lo llevaba escrito en la mirada—. Al recordar su cuchillo, tragué saliva. Me había cortado el rollo definitivamente.

La vida parece todo color y diversión hasta que alguien te ataca con un machete.

—¡Eres una zorra de mierda! —me gritó al llegar a la mesa. Ya se lanzaba directa contra mí, pero Gage se interpuso entre nosotras de un salto, se la subió al hombro como si pesara menos que una pluma y se encaminó hacia la salida. Talia mientras tanto no dejaba de sacudirse y de gritar.

—¡Es un mentiroso! —aulló—. ¡Te utilizará y luego te dejará tirada como una colilla, Tinker Garrett, pero antes te ofrecerá como carnaza a todos sus amigos! ¡Eso es lo que hacen! ¡Utilizará tu negocio como una tapadera para vender droga y, cuando lo descubran, se reirá mientras tú vas a la cárcel! Los Reapers son una pandilla de cobardes y…

Gage salió del bar y seguí oyendo sus gritos, aunque ya eran ininteligibles. Parpadeé lentamente, miré a mi alrededor y me pareció que la mitad de la ciudad estaba observándome. De pronto, Daisy Wasserman se acercó rápidamente, se sentó frente a mí y me agarró la mano.

—¿Estás bien, Tinker? —me dijo, con rostro de preocupación. Fruncí el ceño, tratando de decidir si sí o si no.

—No estoy segura —le dije—. ¿Ha ocurrido de verdad? ¿Qué persona es capaz de hacer esto?

—Sí, ha ocurrido de verdad —suspiró Daisy—. Talia Jackson es la tía más macarra y asquerosa que he visto en mi vida. Nunca entenderé cómo ella y su hermano han podido joder tanto a nuestra ciudad. Las cosas iban mucho mejor cuando no estaban por aquí. Oye, estás temblando.

Levanté la mano y vi que era verdad. Me temblaban los dedos como si… bueno, como si acabaran de atacarme por sorpresa en un bar.

—Me voy a casa —dije, con el rostro ardiendo. Me veía de nuevo en el supermercado, discutiendo con la madre de Jamie. ¿Por qué no dejaban de ocurrirme cosas así? Yo era una persona agradable y simpática. Cocinaba cosas, pagaba mis impuestos, mi historial de crédito era excelente y sin embargo…, allí estaba otra vez. Humillada en público.

—¿Quieres que te lleve? —me ofreció Daisy.

—Creo que debería ir a buscar a Gage —repuse, tratando de aclarar mis ideas. Los gritos de Talia aún se oían en el exterior y me estremecí solo ante la idea de salir.

—No, he cambiado de idea —dije—. Lo hablaré con él más tarde, porque esto es demasiado para mí ahora mismo. ¿Puedes llevarme? No tengo vehículo aquí y aunque lo tuviera, he bebido un poco demasiado como para ponerme al volante.

—Por supuesto —dijo Daisy, sonriendo de forma tranquilizadora—. ¿Quieres que le pregunte a Jack si podemos salir por la cocina? Tengo el automóvil aparcado ahí, justo detrás.

Talia continuaba vociferando delante del bar y Gage también le respondía a gritos, como en un reality show de los malos.

—Eso estaría genial —le dije, hurgando en mi bolso en busca de la cartera. Saqué tres billetes de veinte dólares, los coloqué en el centro de la mesa y escribí rápidamente un mensaje para Gage:

YO: Lo siento. Esto es una locura y me he marchado a casa. Hablamos en otro momento, ¿vale? Lo he pasado bien, pero no quiero estar cerca de ella. Dame un poco de tiempo y lo hablamos.

Correcto. Muy civilizado. Realmente me gustaba Gage, pero aquel lado de su vida no me iba nada. Ni un poquito. Necesitaba tiempo para pensar en todo.

—Listo, vámonos —le dije a Daisy. Mientras nos dirigíamos a la cocina, noté que me seguían muchos pares de ojos, ojos que me juzgaban en silencio. En aquel momento zumbó mi teléfono, miré y me encontré un mensaje.

CARRIE: ¿¿¿Qué cojones???? ¿¿¿Te has peleado con Talia en el Jacks???

Uf. La historia de mi niñez y adolescencia —hasta las paredes tenían oídos en mi ciudad de nacimiento—. Gage era bueno en la cama, pero el drama y la escandalera parecían seguirlo allí donde iba. Yo había decidido vivir una vida libre de estas cosas, pero aquella estúpida exnovia suponía una violación constante e insoportable de mi territorio.

El pequeño automóvil de Daisy estaba aparcado detrás del bar, en una plaza en la que podía leerse «Reservado para Jack». La miré fugazmente y ella se sonrojó y se encogió de hombros, de forma tan graciosa que casi me distrajo de los gritos que se oían en la distancia.

Casi.

Pero no del todo.